En la España de mi niñez no se comían hamburguesas. Incluso ni existía tal nombre, si alguien por un casual veía una hamburguesa no la llamaba así, la apellidaba como «filete ruso».

Sin embargo, cuando los televisores pudieron comprarse firmando letras en Avelino Marín Garre (1965-66), los españoles comenzamos a ver series norteamericanas (El Fugitivo, Los Intocables) donde los protagonistas comían hamburguesas y nos comenzó a picar la curiosidad.

Por aquel entonces había en Cartagena una base militar norteamericana donde camareros españoles preparaban hamburguesas a los yanquis en cantidades industriales y no podía pasar mucho tiempo sin que uno de aquellos camareros viese el negocio y ofreciese a los españoles aquel exótico bocadillo de carne picada con cebolla, tomate, lechuga, queso, mostaza y ketchup que salía en las series de TV.

Recuerdo muy bien dónde comí mi primera hamburguesa, fue en un bar de la calle 18, entre las casas de marina modernas y las viejas, donde uno de aquellos camareros de la base americana había abierto su propio negocio. Recuerdo que mi madre sentía curiosidad por probar aquel producto y recuerdo que me dijo: «dicen que este hombre hace auténticas hamburguesas porque ha aprendido con los militares norteamericanos en la base de Tenetegorra». De forma que allí me fui.

Recuerdo no solo lo que dijo mi madre sino también mi sensación al probar aquel incomestible bocadillo.

Para un niño de siete años aquella superposición de pan-carne-tomate-lechuga-cebolla-queso-mostazaketchup-otravezpan era un bocado imposible de abarcar. Como mucho, al morder, se producía una efusión de mostaza y ketchup que te ponía las manos, la cara y el jersey pringando. Mi sensación fue de casi repugnancia, aquello no se podía comer cristianamente. Un bocadillo de chorizo con o sin tulipán era perfectamente comestible sin ponerte perdido de zumaques varios, pero, aquella especie de magma sedimentario, parecía diseñado expresamente para que no pudiese ser comido sin pringarse.

La experiencia no me gustó en absoluto y no volví a comer hamburguesas hasta que, más de 20 años después, abrieron las primeras franquicias de hamburgueserías en España.

Hoy, mientras me como estas hamburguesas que me han vendido en la carnicería de la calle de Canales, pienso en aquella mi primera experiencia hamburguesil y me reafirmo en mi primera e infantil impresión.

Por eso, yo, estos cachos de carne picada jamás los meto entre panes, prefiero comerlos con cuchillo y tenedor y, si alguien me pone pegas, le recuerdo que es así como se comen los filetes. Los filetes rusos, por supuesto.

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