Un chato de vino

Un chato de vino

Los romanos medían los volúmenes de forma harto complicada: su mayor medida de capacidad era el cuadrantal (un ánfora) correspondiente a 26,6 litros actuales; el ánfora tenía dos urnas y cada urna cuantro congi; cada congus tenía seis sextarios y cada sextario dos héminas o cuatro cuartarios y cada cuartario tres «cyathi», lo que equivale a 45,6 cm³ de la actualidad.

Y es precisamente este cyathi la medida que a mí me interesa y de la que yo vengo a hablarles.

Porque según nos cuenta Marcial en sus Epigramas el cyathus era la medida de bebida corriente para los romanos; es decir, que si un ciudadano romano se acercaba a un thermopolium a echar un ratico lo normal es que se pidiera un cyathus de vino y en este punto debo repcrdar que el latín es un idioma flexivo donde los sustantivos se declinan según la función que desempeñan en la frase, de forma que debo indicar que cyathi es el plural de ciathus.

Así pues cuando el romano se pedía una sola bebida pedía «un cyathus de vino», por ejemplo, lo cual no deja de sorprender cuando uno es español y al acercarse a una taberna se pide «un chato de vino».

Y sí, aunque la RAE diga que «chato» proviene del latín «platus» (llano), esto está puesto en cuestión por etimólogos notables (Enrique Otón, José Sánchez Real) que afirman que «platus» es válido para los chatos de nariz pero que «chato», en el caso del vino, proviene de la antigua medida romana de capacidad usada para pedir un trago de bebida: el cyathus.

Y yo ¿qué puedo hacer si soy un hispanorromano cultural? Pues haré como Marcial o como Horacio o Virgilio y me aplicaré un «cyathus» de vino y unos altramuces (del ár. hisp. _attarmús,_ este del ár. clás. _turmus,_ y este del gr. θέρμος _thérmos._) y ya otro día les hablaré del por qué al altramuz le llaman chocho.

Diálogo del desesperado

Diálogo del desesperado

Les hablaba el otro día de la canción del arpista como ejemplo de literatura en el antiguo Egipto y en la que aparecían ejemplos de los tópicos que hoy conocemos como «carpe diem» o «ubi sunt». Hoy quisiera traerles un poema mucho más inquietante conocido como el del «Diálogo de un hombre con su Ba» o también como «Diálogo del desesperado de la vida con su alma», un poema datado en el siglo XXI AEC, una fecha que hace que Jesucristo estuviese tan distante del poema como nosotros lo estamos del propio Jesucristo.

Pues bien, desde esa remota era nos llega la voz de un hombre que contempla la muerte (hay quien ha sugerido que podría tratarse de un suicida) y la v3 como… Bueno, mejor juzguen ustedes por sí mismos como contempló este hombre de hace casi 5000 años la muerte a través de su conversación con su «Ba» (para los antiguos egipcios una fuerza anímica, un componente de la parte espiritual del hombre, que supone la fuerza animada de cada ser fallecido, o la personalidad espiritual manifestada una vez acaecida la muerte).

Vayamos al poema:

«La muerte delante de mí hoy está
Como la salud para el inválido
Como superar la enfermedad.

La muerte delante de mí hoy está
Como el perfume de la mirra
Como sentarse bajo la tienda en día ventoso.

La muerte delante de mí hoy está
Como el final de la lluvia
Como el retorno de un hombre a casa tras una campaña de ultramar.

La muerte delante de mí hoy está
Como el aroma del loto
Como sentarse en los lindes de la embriaguez.

La muerte delante de mí hoy está
Como cuando el cielo se despeja
Como un buscador llevado a lo que ignoraba.

La muerte delante de mí hoy está
Como el afán de un hombre de ver su casa de nuevo

Tras innumerables años de cautividad».

No sé qué les parece a ustedes, ya me lo comentarán.

Los tópicos y el creciente fértil

Los tópicos y el creciente fértil

«Ubi sunt» y «carpe diem» son dos tópicos literarios que instintivamente, probablemente por su nombre latino, asociamos inmediatamente a autores latinos. El primero (ubi sunt) procede de la expresión latina «Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?» («¿Dónde están quienes vivieron antes que nosotros?») y ha sido utilizadísimo en todas las literaturas del mundo aunque, probablemente, si eres un lector hispanohablante tu ejemplo más cercano sea ese fragmento de las «Coplas a la muerte de su padre», escrito por Jorge Manrique, y que dice:

¿Que se fizo el rey don Juan?
los infantes de Aragón
¿que se fizieron?
¿Qué fue de tanto galán?
¿que fue de tanta invencion
como truxieron?

Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras,
y çimeras,
¿fueron syno devaneos?
¿que fueron sino verduras
de las eras?

Este tópico literario del ubi sunt suele aparecer vinculado al del «tempus fugit» (traducido como «el tiempo huye», «el tiempo se fuga», «el tiempo vuela», o «tiempo fugaz») y este, por pura lógica, unido al del «carpe diem», una locución latina concebida por el poeta romano Horacio(65-8 a. C.) en su libro  «Odas» (I, 11), cuya traducción literal es «aprovecha el día» o «cosecha el día», en el sentido de aprovechar el tiempo y no malgastarlo.

Pues bien, estos tópicos que vinculamos sistemáticamente con autores latinos («carpe diem» con Horacio, «tempus fugit» con Virgilio) son tan humanos que resultaría inexplicable que no fuesen ya populares en civilizaciones anteriores a la romana y la griega. Ocurre, sin embargo, que, como hasta hace apenas poco más de cien años no sabíamos leer ni la escritura egipcia ni la sumeria-acadia-babilónica, hemos asimilado dichos tópicos a la cultura grecolatina.

Es por eso que hoy, releyendo el poema egipcio titulado «El canto del arpista», he vuelto a pensar en todo eso que hemos perdido por no disponer a tiempo de los conocimientos precisos para conocerla. Les copio una traducción de la «Canción del arpista»:

«Una generación pasa y otra perdura
Desde el tiempo de los antepasados.
Los dioses que se han manifestado en otros tiempos
Descansan en sus pirámides.
Los nobles espíritus, igualmente,
Están sepultados en sus tumbas.
Los que han construido edificios
Cuyos emplazamientos ya no existen,
¿Qué ha sido de ellos?
[…]
¿Dónde están sus tumbas?
Sus muros han caído,
Ya no existen sus tumbas.
Es como si nunca hubieran existido.
No hay difuntos que vuelvan del más allá
Y que cuenten su estado
Y que cuenten sus cuitas
Y que aplaquen nuestro corazón
Hasta que nosotros lleguemos
Al lugar donde ellos han ido.
[…]
¡Alegra, pues, tu corazón!
[…]
Pon mirra sobre tu cabeza,
Vístete de finos ropajes
Perfúmate con perfúmenes exóticos, propios de un dios.
Multiplica tus placeres.
[…]
Transcurre feliz el día y no desfallezcas.
Mira, nadie se ha llevado sus cosas consigo;

Mira, nadie ha regresado jamás».

Creo que a nadie le pasará despaercibido el tópico «ubi sunt» a partir del verso que dice «¿Qué ha sido de ellos? ¿dónde están sus tumbas?», del mismo modo que tampoco a nadie le pasará despaercibido en este poema el tópico del «carpe diem» a partir del verso que dice «¡Alegra, pues, tu corazón!».

Quizá si hubiésemos desentrañado antes los secretos de la lengua egipcia hoy estos tópicos se conocerían como los tópicos del arpista egipcio.

Han pasado unos 5000 años desde que egipcios y sumerios comenzaron a escribir la historia, hasta hace apenas cien no sabíamos leer con excatitud —aún hoy día no sabemos del todo— y nos perdimos una parte fundamental de la historia de la humanidad.

Por eso hoy releyendo el «Canto del arpista» he vuelto a pensar en esto y en la eterna reflexión de los seres humanos sobre el inexplicable fenómeno de la vida.

Spam navideño

Spam navideño

Las felicitaciones navideñas son una cosa y el «spam» otra bien distinta, esto debiera estar claro.

Coger tu lista de contactos y enviar a todos de una tacada un mensaje que diga «La familia Regúlez desea feliz navidad» es spam, aunque le pongas una imagen de un «christma» copiado y pegado de internet (circunstancia agravante). Este tipo de felicitaciones son una de las mejores formas de decirle a alguien que te importa un carajo, que no te vas a tomar el tiempo ni de escribir su nombre.

Una felicitación navideña, para que lleve un poco de felicidad a quien la recibe, lo primero que debe contener es el nombre del felicitado o felicitada para que este, al menos, sepa que por un segundo de tu vida has pensado en él. Lo segundo que debe contener (y esto es para nota) es un esfuerzo creativo suplementario al «feliz navidad» habitual.

Estas navidades no me incluyas en el grupo de los de «me importan un carajo» y si me vas a felicitar no lo hagas haciéndome saber que no estás dispuesto a perder un segundo de tu vida en recordarme. No me hagas spam.

Carthago Spartaria

Carthago Spartaria

Los cartageneros solemos atribuir la fundación de nuestra ciudad al magnífico instinto marinero de los carthagineses, unos fenicios que habían hecho de la navegación y el comercio su modo de vida. La visión del puerto perfectamente «cerrado a todos vientos y encubierto» (como escribió Cervantes) suele opacar todas las demás circunstancias y nos hace olvidar una que tuvo tanta importancia como las propias características naturales del puerto: la abundancia de esparto en la zona.

Sí, a nuestra ciudad, allá por los siglos V y VI se la conoció como «Carthago Spartaria» y les aseguro que la presencia del esparto en su nombre no fue en absoluto casual.

La importancia del esparto en Carthago Spartaria, nuestra actual Cartagena, fue crucial durante siglos, especialmente por su uso en la fabricación de cabos y estachas con que equipar las jarcias de los barcos que se construían o se reparaban en su puerto. No sólo, pues, era cuestión de que el puerto fuese magnífico sino que, además, se contaba con una materia prima importante para poder aparejar las embarcaciones.

La industria del esparto en nuestro entorno se mantuvo vital hasta mediados del siglo XX, cuando comenzó su declive debido a la introducción de fibras sintéticas más baratas y versátiles. Estas nuevas fibras, como el nylon, ofrecían una mayor resistencia y durabilidad, además de ser más económicas de producir. Esto llevó a un declive en la demanda de esparto y a la eventual desaparición de esta industria no sólo en nuestra ciudad sino también en todo el levante español, con especial virulencia en Valencia.

Quizá esta historia sirva para ilustrar con tintes locales algo tan evidente como que el futuro de las comunidades humanas está indisolublemente unido a la generación y desarrollo de tecnologías que abran nuevas vías de desarrollo en antiguos lugares. La riqueza de nuestra ciudad —y de cualquier otra ciudad— no está, pues, en los recursos naturales con que pueda contar, sino con la capacidad de generar conocimiento y tecnología por parte de sus habitantes. Dicho de otro modo, importa poco tener o no tener esparto si tenemos la creatividad precisa para inventar y producir otro tipo de fibras.

Es por eso que resulta lamentable que a nuestro país y a nuestra ciudad se les escapen entre los dedos la mayor de sus riquezas: la de sus estudiantes y científicos que, no bien acaban sus estudios, ponen rumbo a países extranjeros en busca de las oportunidades que no encuentran en su tierra.

La era del capitalismo industrial o financiero hace décadas que se acabó y en un mundo gobernado por el capitalismo cognitivo/informacional perder de este modo a nuestra mayor riqueza es, simplemente, suicida.

Sueño con ver crecer alrededor de la UPCT un universo de oportunidades para los estudiantes que en ella se forman, lo que no sé es si eso también lo sueñan nuestros gobernantes locales, regionales o nacionales. Es o eso o quedarnos para siempre en el mundo del esparto.

Deberíamos tomar nuestro futuro en nuestras manos, no deberíamos dejar las cosas importantes en manos ajenas.

Del gen a la justicia

Empezando por el principio

Me preguntan con frecuencia qué es la justicia y si creo en ella y esto creo que es algo que nos pasa con frecuencia a los juristas.

La mayor parte de las veces no suelo responder y despacho la pregunta con evasivas. Y no es porque yo no quiera responder o no tenga una idea muy precisa de lo que es la justicia, lo que ocurre es que me harían falta horas, incluso días, para explicar a quien me pregunta lo que yo entiendo que es la justicia.

Sin embargo las redes sociales tienen una ventaja y esta es que nadie está obligado a leerlas, verlas o escucharlas, de forma que, por larga que sea la explicación, no hay problema alguno en que se la ofrezca aquí y así lo haré.

Puede dejar de prestar atención ahora, si lo desea, porque voy a comenzar la historia por el principio y le aseguro que este principio ocurrió hace muchos, muchos, años; tantos como 2.700 millones de años, cuando la vida apareció sobre la tierra.

No se asuste, vamos a despachar muchos millones de años en unas pocas líneas pero, por el momento, déjeme que le cuente que todos los seres vivos, incluidos seres humanos, tienen un antepasado común, un ser vivo al que los científicos llaman LUCA (Last Universal Common Ancestor).

En el principio fue Luca

Sabemos que todos los seres vivos que hoy pueblan nuestro planeta tienen un antepasado común gracias a la evidencia genética y molecular que se encuentra en todas las formas de vida actuales. A través de estas pistas, los científicos han podido deducir que todas las especies conocidas comparten ciertos componentes moleculares y procesos bioquímicos fundamentales.

Y los hijos de Luca cooperaron

Cómo la vida recorrió el camino que media entre un ser unicelular como Luca y las complejas sociedades humanas que hoy día conocemos es una de las aventuras más maravillosas que existen y, en ella, jugará un papel fundamental una de las estrategias más exitosas de la naturaleza: la cooperación.

Guarden en la memoria este concepto pues sin cooperación no hay interacción social, no hay comunidades, no hay reglas que regulen el funcionamiento de esas comunidades y no hay, por tanto, moral, justicia ni derecho. El origen y la caracterización de nuestra moral y de nuestra concepción de lo justo y de lo injusto nace del fenómeno de la cooperación y es tan antiguo como ella, pero, de momento, sigamos conociendo qué pasó con los hijos de ese ser primigenio, solitario y unicelular llamado Luca.

Los primeros descendientes de LUCA no eran más que un tipo de células llamadas “procariotas” (el propio LUCA no sería más que un organismo celular procariota evolucionado a partir de proto-células). Estas células carecían de núcleo y no habrían sido capaces por sí mismas de dar lugar a todo la fantástica variedad de especies que ahora conocemos.

El paso de procariotas a eucariotas significó el gran salto en complejidad de la vida y uno de los más importantes de su evolución. Sin este paso, sin la complejidad que adquirieron las células eucariotas no habrían sido posibles ulteriores pasos como la aparición de los seres pluricelulares. La vida, probablemente, se habría limitado a constituirse en un conglomerado de bacterias. De hecho, los cinco reinos restantes proceden de ese salto cualitativo. El éxito de estas células eucariotas posibilitó las posteriores radiaciones adaptativas de la vida que han desembocado en la gran variedad de especies que existe en la actualidad.

¿Cómo se produjo la aparición de las células eucariotas? ¿Cómo dio la vida este gigantesco salto cualitativo?

La cooperación

Por increíble que les parezca gracias al más importante motor de progreso con que cuenta la naturaleza: La cooperación. Las células procariotas “cooperaron” formando “sociedades” (nótense las comillas) que dieron lugar a un fenómeno llamado “simbiogénesis”.

Todo comenzó cuando una bacteria que obtenía energía mediante el azufre y el calor, se fusionó con una bacteria nadadora. Ambas pasaron a formar un nuevo organismo y sumaron sus características iniciales. Como resultado salió el primer eucarionte.

Este primer eucarionte era anaeróbico y por tanto era incapaz de sobrevivir en ambientes donde existía oxígeno un gas que, por entonces, se encontraba cada vez más presente en el planeta. La solución vino de la mano otra vez de la “cooperación” de este eucarionte con una nueva bacteria que sí respiraba oxígeno y que por entonces vivía de forma autónoma. Esa bacteria que entonces vivía de forma autónoma y que pasó a asociarse con el eucarionte hasta formar un único ser vivo hoy la conocemos como “mitocondria” y podemos verla en la actualidad en el interior de las células de los seres vivos.

Estas células que ya eran capaces de respirar oxígeno prosiguieron su racha de éxitos “cooperativos” asociándose más tarde con bacterias capaces de aprovechar la energía solar (fotosintéticas) que también pasaron a formar parte su organismo: había nacido la primera planta.

El origen bacteriano de mitocondrias y plastos está fuera de toda duda y esa labor investigadora se la debemos a la famosa bióloga Lynn Margulis que fue quien descubrió este proceso de “endosimbiosis seriada”.

Si es verdad que «ubi societas ibi ius» no puede uno dejar de sospechar que algo comenzó a fraguarse con esta cooperación bacteriana. Pero dejémoslo para más adelante, cuando estudiemos la forma en que la cooperación emerge y se desarrolla en la naturaleza.



NOTA PARA EL POST

Me preguntan con frecuencia qué es la justicia y si creo en ella y esto creo que es algo que nos pasa con frecuencia a los juristas. La mayor parte de las veces no suelo responder y despacho la pregunta con evasivas. Y no es porque yo no quiera responder o no tenga una idea muy precisa de lo que es la justicia, lo que ocurre es que me harían falta horas, incluso días, para explicar a quien me pregunta lo que yo entiendo que es la justicia. En este capítulo inicio una explicación de lo que sea la justicia desde una perspectiva evolutiva y te dejo algún apoyo sobre lo que en el video se dice.

Sobre LUCA:

Moody, E. R. R. (2024). The nature of the last universal common ancestor and its impact on the early Earth system. Nature. https://doi.org/10.1038/s41559-024-02… [1]

Weiss, M. C., Sousa, F. L., Mrnjavac, N., Neukirchen, S., Roettger, M., Nelson-Sathi, S., & Martin, W. F. (2018). The last universal common ancestor between ancient Earth chemistry and the onset of genetics. National Center for Biotechnology Information. https://doi.org/10.1371/journal.pgen…. [2]

Koskela, M. (2012). Looking for the Last Universal Common Ancestor (LUCA). In Evolutionary Biology (pp. 121–134). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-642-126… [3]

Wikipedia contributors. (2024). Last universal common ancestor. In Wikipedia, The Free Encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Last_un… [4]

Sci-News. (2024, July 12). Last Universal Common Ancestor Lived 4.2 Billion Years Ago. Sci-News. https://www.sci.news/biology/last-uni… [5]

Springer contributors. (2024). Last Universal Common Ancestor. In Encyclopedia of Astrobiology (pp. 1728–1729). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-642-112… [6]

Sobre la simbiogénesis:

Lavagnino, N. J. (2014). Simbiosis y evolución: un análisis de las implicaciones evolutivas de la simbiosis en la obra de Lynn Margulis. CONICET Digital. https://doi.org/11336/85651 [2] Margulis, L. (2012).

Lynn Margulis (1938-2011), la evolución de la célula. Jot Down. Recuperado de https://www.jotdown.es/2012/01/lynn-m… [5]

Wikipedia contributors. (2024). Teoría simbiogenética. En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3… [3]

Están entre nosotros

Están entre nosotros

Conviven con nosotros desde la noche de los tiempos. Dueños de un saber «secreto» consideran a sus contemporáneos una especie de masa inconsciente que no es capaz de captar la realidad profunda de las cosas. Ellos saben que nada ocurre por casualidad, que todo efecto tiene una causa y que esta causa se halla casi siempre en un grupo oculto y manipulador que controla los eventos desde las sombras. Ellos saben que gobiernos, corporaciones, sociedades secretas (como los masones o los illuminati) u otras élites globales son las que controlan el mundo y son ellos, los despiertos, los únicos que están descubriendo está verdad oculta en medio de la ignorancia general de una sociedad dormida.

Igual te parece que estos grupos son algo moderno, propio de terraplanistas, negacionistas y otras nuevas tribus habitantes de la red, pero no te engañes, siempre han estado entre nosotros y muy a menudo han dejado sentir su influencia de forma intensa.

Si buceas en la historia los puedes encontrar en forma de seguidores de cultos mistéricos, de selectos grupos gnósticos, de sociedades secretas y a veces rayanas en lo esotérico como masones o rosacruces.  Inflamados por una visión maniquea de la realidad estos grupos de «elegidos» suelen dividir el mundo en términos de «buenos» y «malos». Generalmente, presentan a la élite poderosa o grupo oculto que les mencionaba antes como el villano que manipula y engaña a la mayoría de la población y esta estructura binaria les permite simplificar situaciones complejas.

Este tipo de movimientos suelen surgir alrededor de sucesos complejos de no sencilla explicación (epidemias, atentados terroristas, logros científicos…) y permiten a sus creyentes ofrecer una «explicación» simple a sucesos que, de otra forma, exigirían una compleja investigación y aproximación.

Son inmunes a cualquier razonamiento: la evidencia que contradiga su creencia se interpretará como parte de la conspiración, y aquellos que la presenten, a menudo, serán percibidos como engañados o cómplices; mucho más si quien la presenta es un organismo oficial: las teorías de la conspiración se basan en la idea de que la información oficial es engañosa o manipulada. Existe una profunda desconfianza hacia gobiernos, medios de comunicación, ciencia y figuras de autoridad, a quienes ven como cómplices en la ocultación de la «verdad» que ellos poseen.

Acólitos de la cofradía de la tierra plana, de los chemtrails, del origen extraterrestre sumerio de la humanidad a través de los annunaki, de la luna hueca, del proyecto MK-Ultra y el control mental, fanáticos negacionistas de la llegada del hombre a la luna o férreos defensores de la tesis de que las vacunas son una forma de control social, toda esta tribu de nuevos «gnósticos» se extiende y amplía su ámbito de actuación y creencias a nuevos territorios, en especial los territorios políticos.

Y la sociedad de la información está, por muchos motivos, de su parte.

En una sociedad donde multitud de personas se sienten desconectadas o alienadas las comunidades conspirativas ofrecen un sentido de pertenencia. A través de estos movimientos los individuos encuentran una identidad compartida y un grupo donde sus opiniones, aunque marginales, son valoradas. La sociedad de la información y sus inevitables sesgos de confirmación algorítmicos hacen el resto pues los algoritmos de recomendación tienden a promover justo la información que agrada o coincide con las creencias del usuario, lo cual genera una fuerte corriente de confirmación e intensifica las creencias conspirativas. Las burbujas de creencias, por ridículas que sean, cada vez abundan más y si alguien afirma que los inmigrantes haitianos se comen las mascotas de los habitantes de Springfield no dudes que pronto aparecerán «testigos» o «informaciones» que apoyen tal afirmación. Que existan opiniones en sentido contrario dará igual, el algoritmo las mostrará mucho menos y, en todo caso, dichas objeciones chocarán contra la inmunidad a la contradicción que padecen los adeptos a esta forma de pensamiento.

Parece ridículo pero es la soledad del ser humano, su necesidad de pertenencia, uno de los más firmes motores de este fenómeno, necesidad de pertenencia que también podemos encontrar cimentando el éxito de determinados movimientos religiosos o nacionalistas.

A todo esto hay que añadir esa indudable sensación de placer que produce el sentirse un «elegido», un miembro de la «contracultura» dueño de un «pensamiento crítico» que desafía a la verdad oficial. Hay un algo heróico en todo esto, tanto más heróico cuanto más insensata sea la tesis que se profesa.

Nunca me acabaron de caer bien los chamanes dueños de conocimientos ocultos, los gnósticos poseedores de una verdad solo para iniciados, de grupos secretos que buscan ventaja en la sociedad a través de su cooperación al margen de la misma. Todo su juego de rituales iniciáticos, secretos compartidos y teorías pseudocientíficas, cuando por fin los conoces, resultan absolutamente ridículos y más merecedores de un tratamiento terapéutico que de una atención crítica sería.

Lo malo es que muchas de estas insensateces se hallan en la base de partidos y movimientos sociales que un día pueden llegar a gobernarnos.


Ubi societas ibi ius

Ubi societas ibi ius

Dice un proverbio latino de atribución dudosa que «ubi societas ibi ius»; es decir, que allá donde hay sociedad hay derecho y a mí está afirmación me parece tan cierta que, desde hace unos 16 años, creo que es válida no sólo para las sociedades humanas constituidas por seres conscientes sino también para las sociedades vivas menos evolucionadas como aquellas formadas por microbios o bacterias, carentes de sistema nervioso e incapaces —por tanto— de todo raciocinio.

Conforme a esta concepción el derecho, la justicia o la regulación de las relaciones interindividuales no nacería originariamente de actos de razón sino de procesos evolutivos independientes inicialmente de la voluntad de los indivíduos que forman el grupo. La evolución genética primero y memética y cultural después harían el resto.

Hemos llenado el origen del derecho y el derecho natural de mitos, contratos sociales que nunca existieron, autoridades divinas legislando desde la cima de una montaña al estilo de Hammurabbi y Moisés y hemos dado de lado a una comprensión del derecho científica, biológica, evolutiva e informacional a la que parecen ser refractarios los juristas.

Afortunadamente la ciencia aún sigue ahí.

Tostadas, tomate, jamón e inteligencia artificial

Tostadas, tomate, jamón e inteligencia artificial

Ya viví la «singularidad» y el camino hacia ella en el mundo del ajedrez en los años 90 y ahora disfruto experimentando con el muy parecido camino que las inteligencias artificiales han emprendido en otros aspectos de la vida humana. Y, si con los algoritmos de ajedrez disfruté y aún disfruto (¿has visto que «espiritualmente» juega alpha-zero?), ahora disfruto conversando con las inteligencias artificiales e intercambiando con ellas ideas que me persiguen desde los hace más de tres lustros que empecé a escribir en mi blog actual.

Está mañana, mientras desayuno, le he preguntado a propósito de uno de mis tole-toles habituales: el origen evolutivo de la justicia y, como tenía redactado un trocito de post que hoy pensaba endosarles a ustedes, antes de pegarlo aquí he decidido pedirle opinión a una avanzada IA sobre el mismo y esta ha sido la conversación. Me ha dejado bastante satisfecho y con ganas de seguir experimentando con ella.

Se la copiaré pero antes pongo una foto del bar donde estoy desayunando para ilustrar de cualquier manera la conversación y paso a trascribir la conversación:

«Hola, dice un proverbio latino que «ubi societas ibi ius»; es decir, que allá donde hay sociedad hay derecho y a mí está afirmación me parece tan cierta que creo que es válida no sólo para las sociedades humanas constituidas por seres conscientes sino también para las sociedades vivas menos evolucionadas como aquellas formadas por bacterias, carentes de sistema nervioso e incapaces —por tanto— de todo raciocinio.

Esto me sugiere que el derecho, la justicia o la regulación de las relaciones interindividuales no nace de actos de razón sino de procesos evolutivos independientes inicialmente de la voluntad de los indivíduos que forman el grupo.

¿Qué opinas sobre esto y qué nos dice la ciencia al respecto?»

—Tu reflexión sobre el proverbio latino «ubi societas, ibi ius» plantea una idea fascinante sobre el origen del derecho y la justicia como fenómenos no exclusivos de la razón humana, sino como resultado de procesos evolutivos que podrían surgir incluso en formas de vida menos complejas, como las bacterias. Esto sugiere una visión del derecho y de las normas sociales como elementos emergentes de la vida en comunidad, más que como creaciones racionales deliberadas.

¿Es el derecho un fenómeno exclusivo de los seres humanos?

La noción tradicional de derecho se ha basado en la capacidad humana de razonar y tomar decisiones morales, lo que ha llevado a la creación de leyes y sistemas de justicia. Sin embargo, desde un enfoque evolutivo, algunas teorías sugieren que las normas de comportamiento —incluyendo las normas implícitas de cooperación y reciprocidad— podrían surgir en cualquier forma de vida social, aunque carezca de razón consciente o lenguaje formal.

En el ámbito de la biología, existen múltiples ejemplos de comportamientos organizados en seres vivos que, aunque no regulados por leyes en el sentido humano, parecen seguir una forma de «normatividad» emergente. Estos sistemas regulan las interacciones dentro de grupos para garantizar la supervivencia o mejorar las posibilidades de éxito evolutivo.

Ejemplos de «regulación» en organismos no conscientes:

1. Bacterias y la comunicación química: Las bacterias, por ejemplo, no tienen sistema nervioso ni capacidad de razonamiento, pero se organizan de manera colectiva a través de procesos como la quorum sensing. Este mecanismo regula el comportamiento colectivo en función de la densidad de la población bacteriana, permitiendo, por ejemplo, la formación de biopelículas o la coordinación en la liberación de toxinas. Aunque no podemos hablar de «derecho» en el sentido tradicional, se trata de una forma de regulación que establece ciertas reglas sobre cuándo y cómo los individuos deben actuar en beneficio del grupo.

2. Insectos sociales: En las sociedades de insectos como hormigas y abejas, hay comportamientos muy estructurados y «reglas» de cooperación que son esenciales para la supervivencia de la colonia. Las hormigas obreras, por ejemplo, tienen roles bien definidos y realizan tareas que benefician al grupo en su conjunto. Aunque no existe un derecho formal, su comportamiento colectivo responde a principios de organización que son funcionales para la supervivencia de la colonia.

3. Evolución de la cooperación: En animales más complejos, la cooperación puede surgir sin necesidad de un razonamiento consciente sobre normas. En muchas especies de mamíferos, las relaciones de cooperación y altruismo recíproco están documentadas. Estos comportamientos no se basan en un acuerdo explícito, sino que son producto de la evolución, donde las conductas cooperativas se seleccionan porque benefician a los individuos en el largo plazo.

¿Es el derecho un producto evolutivo?

Desde esta perspectiva biológica, podríamos argumentar que el derecho, entendido como un conjunto de reglas que regulan las relaciones entre los individuos, puede tener raíces más profundas en la evolución que lo que solemos atribuir únicamente a la razón humana. Si las bacterias y otros organismos menos evolucionados muestran patrones de conducta regulados por principios que favorecen la supervivencia colectiva, podríamos estar ante una forma primitiva de regulación que, en los humanos, alcanzó niveles de abstracción y formalización mucho más altos gracias a la capacidad de razonar, crear normas explícitas y reflexionar sobre la justicia.

Algunos filósofos y científicos del comportamiento han explorado la idea de que los humanos hemos desarrollado instituciones como el derecho a partir de nuestra historia evolutiva. Desde la psicología evolutiva y la biología del comportamiento, se argumenta que las normas de justicia, reciprocidad y cooperación tienen una base biológica, y que el derecho formal es una manifestación cultural de estos instintos profundamente arraigados. John Rawls y Robert Axelrod, por ejemplo, estudiaron cómo la cooperación puede emerger incluso en situaciones de conflicto y competencia, sugiriendo que nuestras instituciones legales son una extensión sofisticada de procesos evolutivos que favorecen la cooperación.

Conclusión

Tu propuesta de que el derecho y la regulación no son exclusivamente productos de la razón humana, sino de procesos evolutivos, está bien respaldada por la ciencia. Aunque los sistemas legales humanos son claramente construcciones sociales avanzadas, los principios básicos de cooperación y regulación de las interacciones sociales pueden encontrarse incluso en organismos mucho menos complejos. En ese sentido, podríamos decir que el derecho, como fenómeno de regulación de las relaciones, tiene raíces evolutivas que preceden a la aparición de la conciencia y la razón humanas, y que han sido adaptadas y perfeccionadas por la cultura y la civilización.

Este enfoque evolutivo aporta una perspectiva enriquecedora, donde la justicia y el derecho no son únicamente invenciones humanas, sino también una expresión de la vida en comunidad y de la necesidad de mantener un equilibrio entre los intereses individuales y los colectivos, desde los organismos más simples hasta las sociedades humanas más complejas.

El juicio de Ramón Luís (podcast)