Me sirvo un vermut mientras leo y el libro me habla y me dice:
«Cuando un hombre lee un libro no lee lo que el autor del libro dice, sino aquello que el propio lector piensa».
Y tiene razón.
Para Filón de Alejandría las sagradas escrituras eran un texto neoplatónico, en cambio, para el cordobés Maimónides eran un texto Aristotélico. Ni que decir tiene que el primero era neoplatónico y el segundo aristotélico.
Para comprender necesitamos olvidar todo conocimiento previo y tratar de escuchar lo que se nos dice sin juzgar. Necesitamos usar de la epojé, suspender nuestro conocimiento previo y comprender sin juzgar.
Para entender a otras culturas o a otras religiones, filosofías o formas de pensar debemos «suspender» (epojé) nuestro conocimiento y juicio previos y escuchar y estudiar hasta comprender. Cuando hayamos comprendido ya habrá lugar a otras cosas.
Mientras no hagamos eso no leeremos el libro de nadie, sino nuestro propio libro, nunca escucharemos un discurso de nadie, sino nuestro propio discurso y nunca entenderemos nada, ni siquiera a nosotros mismos.
Hay quien se toma el vermú con una rodaja de naranja, yo lo acompaño con estas otras cosas.
Hace unos días mi amigo Miguel me trajo unas botellas de vino y, en especial, me encareció el consumo de una, de la parte de Utiel-Requena, que contenía vino fermentado en ánfora; es decir, en vasija de barro.
Desde que Pasteur descubriese que la conversión del mosto en vino no se debía a ningún proceso mágico sino a una serie de complejos procesos químicos, los científicos (y no los agricultores ni los bodegueros) han ido tomando el control de estos procesos, de forma que los confinan en recipientes superhigiénicos como el acero inoxidable donde pueden controlar todas las variables que intervienen en el proceso. Cualquier día harán la fermentación en matraces de pyrex, si es que no lo han hecho ya.
A mi no me parece mal, pero tampoco bien del todo; desde que los químicos se han hecho cargo de los procesos, la vinificación se parece a estos procesos químicos tanto como hacer el amor se parece a una fecundación in vitro. Y no es que yo me queje, pero es que hay cosas que cuando las programas, las agendas y las procedimentalizas, como que pierden su encanto. Yo no sé si estos bodegueros o enólogos higiénicoinoxidables le pedirán a su novia un certificado de sanidad antes de declararles su amor vitrohigienizado pero, visto lo visto que hacen con el vino, no me extrañaría. Tengo mucho respeto a los científicos pero —y que dios me perdone— yo jamás me haría novio de una química de estas.
Fermentar en barro es cutre, pero mola, mola mucho. La humanidad ha fermentado en barro durante 6.000 años y le ha ido bien ¿Quién tiene nada que decir?
Los galos inventaron los toneles y cuando los romanos los vieron se quedaron anonadados por lo magníficos que eran como continente para cualquier producto pero… Son caros, muy caros, comparados con unos pegotes de arcilla con los que hacer una tinaja son carísimos. Y es por eso que en Valdepeñas, La Mancha, Utiel-Requena y en medio mundo los seres humanos siguieron fermentando su vino en barro. ¿No recuerda usted esas gigantescas tinajas de barro de la Mancha, en cuyo interior puede jugarse un partido de fútbol? Pues a eso me refiero.
Los romanos fermentaron en barro y, aprovechando que el barro es permeable a aromas exteriores, ahumaron sus ánforas con vegetales diversos para comunicarles los más extraños aromas. En Valdepeñas o La Mancha fermentar en barro ha sido una seña de identidad y ahora, en Utiel Requena, han fermentado este vino así para que yo me lo beba.
Pueden imaginar que, tratándose del regalo de un amigo, he pensado bastante sobre cómo consumir este vino y, tras darle vueltas a la mollera, me he decidido a hacer un completo valenciano; es decir, arroz de menú y vino de Utiel Requena de acompañamiento. La uva bobal le va bien al arroz y, si no le va, al menos es su compatriota y allá se entenderán.
La uva bobal, seña de identidad valenciana, tenía fama de suave y poco alcohólica, y yo aún recuerdo a un viejo guardia civil, que tras cuatro años de andar dando campanazos por las sierras de Utiel Requena a cuenta de un tal José Corredor, me dijo:
—Mira Pepito, el vino de Utiel Requena es tan suave que yo, tras cuatro años de andar por esos montes, jamás he necesitado beber agua.
Claro que esos guardias civiles no son como los de ahora, aquellos guardias civiles se hacían un arroz en el monte con la carne de una ardilla que habían cazado del disparo de un Mauser (pruebe usted a hacerlo si le parece fácil, pruebe) vestían tricornios inverosímiles, capas y guerreras que no se parecen en nada a ese atuendo actual que me llevan, que si les quitas el rótulo «Guardia Civil» de la espalda y les pones «Servicio de Limpieza» o «Electricidad Martínez», te lo crees.
Pero no, desmintiendo al guardia de que hablo, este vino de Utiel Requena que pruebo hoy es un muchacho de 13’5⁰ del que no se debe abusar, astringente como buen hijo de su madre bobal y perfecto para acompañar a este arroz que, al tiempo que acabo estas lineas, está ya casi difunto.
¡Viva la fermentación en barrica y vivan las noches y las tardes de pasión!
De fermentaciones en matraces e inseminaciones in vitro siempre estaremos a tiempo.
Quizá sea hoy un buen día para hablar de algo que creo que es bueno que conozcas, se llama el «Efecto Cantillón».
Para hacer frente a la crisis económica derivada de la pandemia los gobiernos de occidente han aprobado multimillonarias ayudas en euros y dólares para las economías.
—¿Y de dónde sale el dinero de esas ayudas? (Se preguntará usted) —Pues ¿de dónde ha de salir, hombre de dios? ¡de la imprenta! De ahí es de donde salen todos los billetes.
Y usted se queda mosca pues no acaba de entender que la riqueza aumente imprimiendo papeles y empieza a pensar que aquí hay gato encerrado.
No es usted solo, son muchísimos los economistas que se han ocupado de este milagro de los cromos llamados dinero sin respaldo en contravalor alguno.
(No, no insista, los papeles a los que usted llama dinero, desde 1971, no tienen respaldo ni en oro, ni en plata ni en hojalata).
Pero, si está usted mosca y sospecha que hay gato encerrado en esto de pintar papeles con tinta, espere que le cuente lo que hoy quería contarle, algo que descubrió un economista irlandes nacido en 1860, a quien se considera padre de la economía política y que se llamaba Richard Cantillon.
El efecto Cantillon describe el efecto desigual de las políticas monetarias sobre la economía. Esto es, si un banco central inyecta más dinero en la economía, el aumento resultante de los precios no se produce uniformemente. Richard Cantillon (1680-1734) fue el primer economista en afirmar que todo cambio en la oferta monetaria distorsiona la estructura de una economía. Esto se debe a que el dinero de nueva creación no es distribuido ni simultáneamente ni uniformemente a lo largo de la población.
¿Y qué significa todo esto?
Significa que, si usted —como yo— es un ciudadano común y no nadie importante ni cercano al gobierno, le están tomando el pelo y el dinero.
Verá, cuando se imprime dinero no se crea riqueza (no hay que ser un genio para darse cuenta de esto) y finalmente solo conduce a inflación, a una subida de precios, pero, ese proceso no es instantáneo sino progresivo y es ahí donde usted pierde y los de siempre ganan.
Cuando se imprime dinero este no se reparte a la población en su conjunto sino que se concede, a través de una serie de «ayudas», a determinados empresarios (piense usted en los bancos o en las empresas que prefiera) que, en el momento de recibir el dinero recién imprimido, pueden usarlo para comprar a precios previos a la puesta en circulación de dinero. Para ellos es genial, el dinero recién impreso y con la tinta fresquita es un maná caído del cielo.
Pero, cuando ese dinero entra en circulación, produce la inevitable inflación y cuando llega a su bolsillo en forma de salario ese dinero ya no tiene un poder adquisitivo igual al que tenía para el banquero al que se lo dieron en primer lugar, sino que usted, aunque haya recibido dinero, ya compra a precios superiores, usted no es más rico sino, probablemente incluso más pobre. Es a esto a lo que conduce el Efecto Cantillon y es esto lo que quiere decir con lo de que «si un banco central inyecta más dinero en la economía, el aumento resultante de los precios no se produce uniformemente».
Europa y los USA (estos últimos de forma llamativa) están imprimiendo cromos a los que llaman dinero de forma masiva, y usted debería saber que, en ese intercambio de cromos, usted es el tonto oficial. Porque usted sabe que nadie habla con usted cuando se pactan ayudas e inyecciones económicas; usted sabe que es el último de la fila y que a usted el dinero le llega porque su jefe le paga y que estos billetes recién imprimidos llegan antes al banco que a usted.
Es bueno que usted sepa que, esos cromos recien impresos a los que aún nos empeñamos en llamar dinero y en los que tenemos la misma fe que podríamos tener en los billetes del Monopoly o en los Mortadelos de mi niñez, esos cromos digo, no valen lo mismo recien imprimidos que cuando, mucho más tarde, llegan a sus manos; y no porque se haya alterado el numerito pintado en ellos, sino porque se ha alterado el numerito pintado en un papel mucho menos valioso pero mucho más auténtico que esos cromos: el cartelito escrito incluso a mano donde el tendero ha puesto el precio que debe usted pagar para llevarse un producto de la tienda.
Existen sofisticados esquemas Ponzi y complicadas formas de engaño pero el dinero, desde 1971, es una de las más eficaces y abyectas.
Si el objetivo de tu vida es ser rico es bueno que leas esto y no te equivoques: si el objetivo de tu vida es ser rico de verdad, has de saber que nunca lo lograrás juntando cromos de papel. Aunque les llames dinero.
En Cartagena fabricamos submarinos y eso da carácter a nuestra ciudad.
Para fabricar submarinos no sólo son necesarios unos planos y materia prima, son necesarios muchos ingenieros, técnicos y obreros que lleven adelante una difícil tarea. No cualquier soldador, por ejemplo, sirve para soldar en un submarino; soldar secciones de un submarino es un trabajo delicadísimo que sólo pueden llevar a cabo los mejores, y lo mismo ocurre con cualquier otro oficio que puedas imaginar. La cantidad de know-how que acumulan muchos vecinos de mi ciudad es un capital humano que está pidiendo a gritos ser mejor aprovechado.
Si Microsoft planea construir datacenters submarinos ya les digo yo un buen lugar para construirlos: mi ciudad. Si quiere usted aprovechar los fondos marinos para criar sus vinos a temperatura controlada ya les digo yo quien puede fabricar su bodega: mis paisanos.
Y si para construir submarinos hacen falta magníficos obreros para tripularlos hace falta una clase especial de marinos, esos que van todos los días a trabajar a la Base de Submarinos del Arsenal de Cartagena. Mis vecinos son gente especial, ya les digo.
En Cartagena, desde que Aníbal le declaró la guerra a Roma, hemos perdido todas las guerras (fuimos carthagineses contra los romanos, romanos contra los visigodos, visigodos contra los musulmanes, musulmanes contra los cristianos, cantonales contra los centralistas y último bastión de la II República en la guerra civil) pero, a pesar de todo, seguimos aquí y nuestros barcos aún navegan sobre el mar y, a veces, bajo él.
La moneda nacional turca se llama lira y ha perdido más del 70% (setenta por cien) de su valor en los últimos seis años. El caso de Turquía lo encontramos también en paises como Nigeria, donde su divisa, el Naira, desde que existe como unidad monetaria, se ha ido devaluando constantemente a causa de la inflación galopante que asola al país. El mismo fenómeno ocurre en países que cuentan sus experiencias en el mismo idioma que nosotros, como por ejemplo Argentina, donde el peso, con una inflación anual en 2020 del 31,6% (treinta y uno con seis por ciento), se diluye en los bolsillos de una población que, habitando uno de los países más ricos de la tierra, ha sufrido todo cuanto una nación pueda sufrir, desde dictaduras asesinas a corralitos. En España diríamos que a los argentinos se les fue la riqueza a chorros, aunque los argentinos saben que los chorros son otra cosa, muy a menudo políticis o financieros que viven estupendamente gracias al mango ajeno.
Estos tres ejemplos ilustran muy bien qué puede pasarle a los ahorros de los ciudadanos cuando unos pocos controlan el dinero de una nación; cuando unos desaprensivos controlan las imprentas donde se imprimen estampas a las que llaman dinero, donde un grupo de magnates controlan toda la economía a través de complejas herramientas construidas a base de fondos buitre, de activos y de operaciones que no entiende nadie salvo ellos, al tiempo que los estados protegen ese esquema piramidal al que llamamos sistema financiero dándole un aura de respetabilidad.
Fue por eso que cuando, tras la terrible crisis de 2008, Satoshi Nakamoto publicó su Whitepaper sobre el Bitcoin y lo diseñó de forma que no pudiese estar nunca en manos de los estados o de las corporaciones financieras, eligió el momento preciso para hacerlo.
Para un ciudadano turco, nigeriano o argentino, adquirir bitcoins (o Ethereum o Stablecoins) ha sido hasta ahora tarea fácil y, para quienes se dieron cuenta a tiempo de que esas estampitas de papel a las que llaman dinero no valían nada, el bitcoin fue una forma de preservar sus ahorros frente a los tejemanejes y mangoneos de sus gobernantes.
Con lo que les he dicho estoy seguro de que no les extrañará que, según las encuestas, Turquía lidere el ranking de países cuya población más utiliza el bitcoin y el resto de las criptomonedas, como también estoy seguro de que imaginarán que, en los primeros puestos del ranking, se situan también países como Argentina o Nigeria.
A los gobiernos de estos países pueden ustedes imaginar que no les gusta que sus ciudadanos tengan autonomía financiera y no estén presos de su sistema monetario o bancario y por eso, países como Turquía han prohibido, por ejemplo, pagar con PayPal y ahora se proponen prohibir el pago con bitcoins.
Imagínense un ciudadano con bitcoins a quien el gobierno de su cleptocracia quiera expropiar o embargar su dinero y este —el gobierno— se dé cuenta de que no puede hacerlo, que embargar criptomonedas es algo que no está a su alcance. ¿Cómo va a permitir un cleptogobierno que la población tenga herramientas que impidan que se la pueda depredar? y es entonces cuando en las mentes de los políticos aparecen ideas legislativas que, permítanme que me sintonice en argentino, tratan de dejar el país para los chorros del oro. Creo que aunque sean españoles me entenderán.
Lo que ocurre es que no es tan fácil para estos gobiernos controlar el invento de Satoshi: simplemente no pueden. Los ciudadanos pueden transferirse entre sí las criptos —solo necesitan un teléfono móvil y eso sí que no falta en ningún lado— y el gobierno nada puede hacer. El gobierno tampoco puede quitarles ni embargarles las criptos, salvo que torturen y obliguen a los ciudadanos a revelar una contraseña que seguramente ni ellos mismos recuerdan.
En Nigeria intentaron cerrar el acceso por internet a las casas de cambio (exchanges) donde adquirir bitcoins pero eso solo dio lugar a que se estableciese un mercado negro donde el bitcoin, en aquellos momentos a uno 50.000$, alcanzase en Nigeria cotizaciones astronómicas de casi 100.000$ (cien mil dólares).
Gracias a las criptomonedas un ciudano turco, argentino o nigeriano, puede guardar su dinero no solo en bitcoins, sino en dólares o euros, pues las llamadas «stablecoins» les garantizan que sus ahorros estarán respaldados en dólares o euros, y no sufrirán de los tejemanejes y componendas de quienes imprimen los cromos nacionales.
Es por eso que hay países como Canadá donde cada día se abre un nuevo fondo cotizado en bolsa (ETF) donde exponer el dinero de las empresas a las criptomonedas, donde se regulan estos activos y donde se entiende que, en ellos y bajo ellos, hay una tecnología de seguridad que está establecida en favor de la ciudadanía y como freno al control centralizado del dinero por las oligarquías de siempre. Es por eso que hay países como Estados Unidos donde, al frente de la SEC, no se coloca a un economista, sino a un experto del MIT en criptografía y criptomonedas, y es por eso que hay países como Turquía, donde el partido en el gobierno, el dueño de la impresora de los cromos, trata de contener la marea de los bitcoiners y la oposición política a su gobierno, se opone férreamente a esas limitaciones.
Es la pelea de siempre entre quienes tienen poder, dinero o riqueza y quieren conservarlo y quienes tratan de ganarse el futuro sin que se lo roben de antemano los primeros.
Es la vieja lucha entre el ser y el deber ser, entre la libertad y el interés, entre la centralización y la descentralización
En mi libro de lectura de 4⁰ de primaria descubrí muchas cosas. Descubrí, por ejemplo, que un texto no era solo un conjunto de palabras que memorizar o estudiar —como hacía con «El Parvulito» o la «Primera Enciclopedia» de Álvarez— sino que podía ser algo divertido, algo que me hiciera reir a carcajadas o emocionarme. En ese libro de lecturas («Selección» se llamaba) aprendí a describir interiores con Blasco Ibáñez, exteriores con Pereda, situaciones con Armando Palacio Valdés o caracteres con Ramón Pérez de Ayala. Trozos de La Barraca, Peñas Arriba, La Hermana San Sulpicio o Trigre Juan formaban parte del libro junto con muchas más.
Cierta tarde que leí en clase, por primera vez, un diálogo entre una señora, su marido y el dependiente de una camisería me dí cuenta de lo divertido que era y volví a casa contando los minutos para leerles a mis padres ese mismo fragmento esperando verles desternillarse de risa al leérselo yo.
En ese libro también aprendí que hay idiomas que no son el castellano y en los que las palabras no se pronuncian como se escriben, sino de forma distinta. La acción de aquel fragmento transcurría en un tren donde un viajero catalán, un tal Puig, se encontraba con un paisano de Reus («del mismo Reus», decía Puig) con quien compartía butifarra y ojén.
Ese día me tocaba a mí leer en voz alta y, con todo mi vozarrón de nieto de un torpedista sordo, al llegar al nombre del viajero leí con toda claridad y decisión «Puig», así como suena.
La señorita Ursulina (así se llamaba la pobre mujer que nos desasnaba) me detuvo y me corrigió: «ese nombre se lee «Puch», es catalán». Memoricé el asunto y seguí leyendo pero, desde entonces, en mi subconsciente el colmo de la catalanidad es llamarse Puig y ser vecino de Reus. A mí, en aquella época, Reus me parecía un lugar situado casi en los Pirineros, al norte, muy al norte, y lleno de butifarras y embutidos… Hasta que, para mi fortuna, supe que Reus está al sur de Cataluña y que de lo que está lleno es de vermú y avellanas.
Hoy, mientras se cuece la coliflor y la lavadora acaba de centrifugar, me acuerdo de los muchos amigos y amigas que tengo en Reus y, naturalmente, me estoy apretando un vermú del mismo Reus.
El otro día, hablando de la incultura del pulpo, les dije que los chimpancés eran superiores mentalmente a los humanos en muchos aspectos ybque, si alguien lo dudaba, que me lo dijera. Ninguno de mis seguidores lo puso en duda, lo que demuestra que, o bien tienen mucha fe en lo que les cuento, o bien no me hacen ni puñetero caso, o bien —como yo creo— mis lectores pertenecen al grupo de los «homo» (y mulieribus) bastante más «sapiens» que el resto.
Como, de todas formas, creo que alguno de ellos no quedó convencido de lo que le dije hoy, si me lo permiten, haremos un experimento y les pondré a competir contra un chimpancé. Si pierden no se acongojen, yo he perdido todas las partidas y mi moral no ha bajado lo más mínimo.
El juego es el siguiente: un ordenador les mostratrá en la pantalla números del 1 al 9, ustedes deben memorizarlos y luego ir tocando con el dedo los números del 1 al 9, pero cuidado, en cuanto toquen el 1 el resto de los números se convertiran en cuadrados blancos, de forma que deben ustedes memorizar su posición antes de comenzar el juego.
Ahora échense unas partiditas con este chimpancé y decidan quien es mejor a este juego y si, en este punto ellos o nosotros somos los más «sapiens».
Mañana volveremos a hablar de pulpos, chimpancés, inteligencia y cultura.
Veo llenarse mi TL de banderas bicolores, tricolores y hasta crucíferas que conmemoran, cada una según la ideología del propietario de su muro, el aniversario de la proclamación de la II República Española.
A mí, si me lo permiten, les diré que todo este detalle de las banderas me importa poco. Me explicaré.
Nunca he comprado el jamón por la etiqueta ni el vino por la marca, sino por el sabor; del mismo modo que jamás he juzgado a las personas por sus vestidos o su nombre, sino por sus hechos.
España es una cosa y las múltiples banderas con que se la ha representado es otra y debo aclarar que ninguna de estas banderas me molesta y a todas guardo un profundo respeto.
La Cruz de Borgoña
La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas.
Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.
Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la fotografía anterior en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.
Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.
Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.
Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.
No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.
¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.
Luego vinieron las carlistadas… se asume tradicionalmente (aunque de forma eerónea) que los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.
Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América
La rojigualda
El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.
Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que pueden ver en una de las imágenes que acompañan a este post: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.
Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.
Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.
Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.
El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.
La bandera de la II República Española.
Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.
Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.
Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».
No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el “Guadalajara”, con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado “Ebro”, mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.
La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.
Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto en la foto de abajo.
Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece —sí, me enorgullece— tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.
Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.
Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.
El jovencito que ven en la foto se llama Matusalén, tiene unos 2000 años de edad y pertenece a una especie de palmeras extinguida hace quinientos años: la palmera de Judea.
Como bien saben en Elche la palmera puede ser la base de todo un sistema económico y la palmera de Judea era fundamental para la subsistencia de los cananeos en la época de Cristo; fue precisamente por ello por lo que los romanos se dedicaron a exterminarla minuciosamente a fin de sofocar las innumerables revueltas judías.
El último bastión judío en ser aniquilado, como todos ustedes saben, fue Masadá (¿por qué no repondrán esa maginifica serie de TV?), una fortaleza situada en una altísima meseta virtualmente inexpugnable para cuya toma, el ejército romano, hubo de construir una rampa de 100 metros de longitud que salvase un desnivel de otros 100 metros (para Jorge Campanillas un paseito en bici) por donde asaltar la fortaleza.
Tras siete meses de asedio los defensores de Masadá se suicidaron y los romanos tomaron la fortaleza cuando nada vivo quedaba allí.
¿Nada? No. Como en los viejos comics de Asterix un ser vivo judío todavía resistía al invasor: dentro de una jarra algún defensor de Masadá había guardado para el futuro unas semillas de Palmera de Judea.
En 1963 un arqueólogo —Yigael Yadin— encontró la jarra y archivó las semillas (¿cómo iban a sobrevivir 2000 años unas semillas?) hasta que, en 2005, Elaine Solowei, una botánica con más fe en la vida que Yigael, decidió plantar unas cuantas. Y, para sorpresa de todos, aquellas semillas de 2000 años, las últimas resistentes del asedio de Masadá, germinaron y de ellas nació la palmera que ven en la foto: un jovencito —era una palmera macho— al que llamaron, claro está, Matusalén.
El problema fue que Matusalén no tenía compañera y, como todo el mundo sabe, en el asunto de la reproducción un hombre solo no es capaz de hacer nada a derechas; pero, sucesivas excavaciones en Qumrán y otros lugares, trajeron a la luz nuevas semillas, varias de las cuales resultaron ser de hembras y el milagro se hizo: hoy la palmera de Judea vuelve a vivir tras haber resistido el asedio de Masadá durante más de 2000 años.
Sabemos de formas de vida capaces de viajar en meteoritos soportando las terribles condiciones del espacio exterior, conocemos pequeñas formas de vida, como los tardígrados, capaces de resistir condiciones inimaginables, y por eso, a mí, la noticia de estas semillas resistiendo milenios a un designio destructor me resulta muy inspiradora.
Tengo la intuición de que la vida es un fenómeno común en el universo y que, aunque las tremendas distancias existentes nos impidan contactar con formas de vida complejas, algún día nos encontraremos con algún tipo de forma de vida —por primitiva y simple que sea— en un entorno más o menos cercano. La ley de la evolución es implacable y sospecho que ningún ser vivo se habría adaptado a resistir viajes espaciales si tal entorno no le hubiese sido común en algún momento. Estas semillas de palmera, la última resistente de Masadá, nos cuentan con su vuelta a la vida que esta es mucho más resistente de lo que podemos llegar a pensar y que, cuando los seres humanos ya no existan, igual todavía Matusalén y sus compañeras siguen dando dátiles.
Leo, desde hace ya tiempo, con horror que China está a punto de lanzar su moneda digital de banco central (CBDC son sus siglas en inglés) y me invaden oscuros pensamientos pues el Yuan Digital (así se llama esa moneda) puede convertirse en una de las más odiosas herramientas totalitarias de que pueda disponer un estado dictatorial. Imagine usted un mundo donde, hasta la última de sus monedas esté controlada por el gobierno, donde este pueda decidir cuánto valen sus monedas, pueda expropiárselas, transferirlas sin su consentimiento o cobrarse directamente impuestos contra su voluntad. El estado, además, sabrá en qué gasta usted hasta el último céntimo y puede dejarle sin capacidad de gasto en determinadas mercaderías a su antojo.
Si el estado controla el dinero, si los pagos anónimos no son posibles, habremos instaurado una nueva forma de dictadura, dictadura contra la cual se crearon las monedas digitales pero que, como siempre, crearon una nueva tecnología que, pensada para la libertad y la democracia, los estados pueden usar con finalidades totalitarias y de control.
China y su Yuan Digital están ya en la rampa de lanzamiento mientras Europa y USA marchan con notable retraso. Si estas dos últimas potencias copian el modelo chino la democracia y la libertad estarán en peligro en todo el mundo; si, por el contrario, entienden la filosofía descentralizadora y democrática que anima las criptomonedas, fundadas en tecnologías de libro mayor distribuido y descentralización, la humanidad puede experimentar un salto cuántico en términos de libertad, democracia y eficacia económica.
Yo sé que esto que escribo a muchos les sonará a chino (como el Yuan), que otros me repetirán viejos sonsonetes, pero créanme si les digo que en este momento no se trata de hablar de si criptomonedas sí o no, porque criptomonedas va a haber, aunque solo sea el Yuan Chino, se trata de saber cómo queremos que funcionen esas criptomonedas.