Toute une éternité d’amour

Toute une éternité d’amour

Yo recuerdo con ternura aquel café y aquella chica.

El café, antes de ser café había sido un negocio de venta de libros jurídicos y no era extraño que, si levantabas el asiento de alguno de sus muchos bancos corridos, te encontrases con algún ejemplar sin guillotinar del Castán o el Rodríguez Devesa.

La chica era la más bella del mundo. O al menos así la veía yo.

Las horas en aquel café se prolongaban desde la sobremesa hasta la madrugada y, como siempre sonaba la misma e interminable selección de canciones, podías saber qué hora era con solo reconocer la canción: si sonaba «La marcha de Sacco y Vanzetti» ya podías jurar que eran las cuatro de la tarde o, si sonaba «My baby just cares for me», es que era hora de pedir la última, la del estribo, e iniciar la vuelta a casa.

Ella solía llegar antes que yo y cuando yo abría la puerta del café y la veía sentada con sus libros de filosofía solía ser la hora de la «Marcha de Sacco y Vanzetti».

A las cinco de la tarde Georges Moustaki cantaba «Le Métèque» y, para esa hora, sus besos me traducían con toda precisión el sentido exacto de aquellas palabras en francés que decían «Et nous ferons de chaque jour, toute une éternité d’amour» que eran para mí el único fragmento inteligible de la canción.

Hoy ese café y aquella chica ya no existen pero, esta mañana, el teléfono me ha sorprendido con Georges Moustaki cantando «Le Métèque» y al llegar a lo de la «éternité d’amour» he sentido que volvían a ser las cinco de la tarde de mi vida y que le debía un post a aquella chica.

Silencios cobardes

Silencios cobardes

Supongo que a ustedes les llamará la atención tanto como a mí el silencio cobarde que guardan la Confederación Comarcal de Organizaciones Empresariales de Cartagena (COEC) o la Cámara de Comercio de Cartagena en el tema CAETRA.

Resulta incomprensible, a primera vista, que una decisión que perjudica al empresariado cartagenero como es la de llevarse la dirección de CAETRA a Murcia no sea reprobada inmediatamente por los representantes de COEC o Cámara y, sin embargo, todo tiene su explicación; una explicación que, como casi siempre, se encuentra en asuntos de dinero, ese «stercore diaboli» (estiércol del diablo, Papa Francisco dixit) con que el infierno abona los malos instintos de quienes dicen representatnos.

COEC y Cámara desde hace años atraviesan una situación económicamente lamentable y, escasas de numerario, dependen de las subvenciones para poder sobrevivir. Sin subvenciones COEC y Cámara habrían de cerrar y, ante el riesgo de que el gobierno de turno les cierre el grifo, prefieren cerrar la boca y dimitir —como la alcaldesa— de su función legítima, cohonestando con su presencia y su silencio la infamia cometida en el asunto de la dirección de CAETRA.

Y el problema no es que su silencio sea un silencio mercenario y cobarde, el problema es que, callando ante la injusticia, pierden toda razón de ser como asociaciones destinadas a representar y defender al empresariado cartagenero. Y, dado que ellas no cumplen su función de defensa, pronto —y esto puede ser muy pronto— el empresariado cartagenero sentirá que son absolutamente innecesarias por inútiles y así aparecerán otras organizaciones que sí representen al empresariado, les quiten toda su legitimidad a las dimitidas y las manden al desguace.

Yo, por mi parte, voy a seguir redactando unos estatutos que me han encargado, porque están tardando.

Monseñor Reig y el problema del mal

Monseñor Reig y el problema del mal

Esta semana un sedicente ministro de dios afirmó (literalmente) que la discapacidad es «herencia del pecado» y del «desorden de la naturaleza» y, como era de esperar, gran parte de la población de sintió abochornada por tales afirmaciones.

Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que se alzaran voces sosteniendo que las tales palabras, aunque literales, sacadas de contexto se estaban malinterpretando y, naturalmente, se apresuraron a ofrecer un «contexto» teológico que sirviese de emoliente a la escandalosa frase.

No creo que lo lograran porque, en realidad, tal tarea es misión imposible.

Al debate en el que negligentemente se enredó Reig Plá se le conoce como «el problema del mal» y ha sido formulado de muchas y diferentes maneras a lo largo de la historia de la humanidad.

A Epicuro (341–270 a.C.) se le atribuye la formulación más temprana y conocida del problema del mal:

«¿Quiere Dios prevenir el mal, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Puede hacerlo, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Puede y quiere hacerlo? ¿Entonces por qué existe el mal?»

En su Diálogos sobre la religión natural, David Hume (1711–1776) reformula el argumento epicúreo: «¿Está Dios dispuesto a prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces es impotente. ¿Es capaz, pero no está dispuesto? Entonces es malévolo ¿Es capaz y está dispuesto? ¿De dónde, pues, proviene el mal?».

Hume no niega directamente la existencia de Dios, pero considera que el mal en el mundo pone seriamente en cuestión la existencia de un Dios tradicionalmente concebido como bueno y todopoderoso.

Más recientemente J.L. Mackie (1917–1981) un filósofo australiano desarrolló el argumento lógico del mal. Sostenía que es lógicamente incompatible que Dios sea omnipotente, omnibenevolente y que exista el mal. Su famoso artículo “Evil and Omnipotence” (1955) defendía que no hay forma coherente de mantener los tres enunciados a la vez sin contradicción.

Yo, antes que a Epicuro o Hume, había escuchado planteado este problema del mal en una canción de Atahualpa Yupanqui que el gaucho Jorge Cafrune interpretaba con su estilo característico.  La obrita, llamada las «Coplas del payador perseguido», en cierto punto afirmaba:

«Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, créamelo,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó».

Y desde entonces, cada vez que veo niños morir de hambre o inocentes cadáveres infantiles muertos sin razón alguna que pueda justificarlo, me viene a la memoria aquel verso que recitaba Cafrune y pienso que, seguramente, «Dios, por allí, no pasó». Y es verdad que me cuesta creer que haya un dios en Canaán que permita las matanzas que vemos todos los días o que exista un dios en Ucrania que permita que bombas, drones y misiles, aniquilen la vida de centenares de niños y niñas.

Dios, por allí, parece evidente que no pasó.

El problema del mal, como les dije es viejo, tan antiguo como la religión y la humanidad.

El primer texto escrito donde se especula sobre este problema es un texto acadio que data de los siglos XIV-XIII AEC y que, conforme a su «incipit» conocenos como el «Ludlul bel nemequi» aunque es popularmente conocido en países de habla inglesa como el «Poema del justo sufriente» o como «El Job babilónico» pues su argumento es sorprendentemente parecido al del más antiguo de los libros de la Biblia: el «Libro de Job».

En el «Ludlul bel Nemequi» se nos relata cómo cambió un día la suerte de un hombre Shubshi-meshre-Shakkan, un hombre rico de alto rango. Cuando fue acosado por señales ominosas, provocó la ira del rey, y siete cortesanos tramaron todo tipo de daño contra él. Esto resultó en que él perdiera sus propiedades («han dividido todas mis posesiones entre gentuza extranjera»), sus amigos («mi ciudad me desaprueba como un enemigo; de hecho, mi tierra es salvaje y hostil»), su fuerza física («mi carne está flácida y mi sangre ha menguado»), y la salud, como él relata que «se revolcaba en mis excrementos como una oveja». Muy probablemente este poema fue conocido durante su exilio en Babilonia por el pueblo hebreo y se haya en el origen siquiera sea remoto del libro de Job.

Y hablando del «Libro de Job» no se fíen ustedes de lo que les enseñaron en el colegio. Job no sufre con paciencia los males que Yahweh (por una ridícula apuesta con un satán) permite que le ocurran sino que, antes bien, se subleva contra el dios que le abandona.

Lo de «el señor me lo da, el señor me lo quita, bendito sea dios» sólo pasa en las primeras páginas, porque los males de Job se acumulan de tal manera que, si lee usted el Libro de Job más allá de los versículos iniciales, es posible que se sorprenda y no poco.

Cuando el mal es gratuito y recae directamente sobre víctimas inocentes todos los argumentos de quienes plantean el «problema del mal» alcanzan el peso de un razonamiento casi irrefutable y evidente por sí mismo.

Este «problema del mal», considerado por muchos pensadores como uno de los argumentos lógicos más solidos en contra de la existencia de un dios omnipotente y bueno, es en el que Reig Plá se metió de hoz y de coz (sobre todo de coz) cometiendo una negligencia rayana en la imprudencia temeraria cuando decidió introducirlo, como de pasada, en su discurso. Con un mínimo de sentido común hubiera debido prever que lo mejor que podía pasarle es un escándalo como el que ha montado aunque, vista su trayectoria vital, parece que a este hombre lo que en verdad le gusta es provocar este tipo de escándalos.

La teodicea de las diversas religiones monoteístas (para los que tienen religiones dualistas como los zoroastrianos el problema se conlleva mucho mejor) ha tratado de ofrecer explicaciones más o menos convincentes aunque siempre hay algo que le dice a la razón humana que «Dios por allí no pasó» cuando presencia los dramas que la vida diariamente nos ofrece.

¿Qué explicaciones son esas? Bueno son variadas:

San Agustín, por ejemplo, argumentó que el mal en realidad no existe sino que es «ausencia de bien», no algo creado por Dios, un argumento —y que me disculpen quienes tengan una opinión contraria— francamente poco convincente.

Santo Tomás de Aquino, con un razonamiento parecido, sostuvo que Dios permite el mal para obtener bienes mayores lo cual es tanto como no justificar en absoluto por qué un dios bueno permite el mal.

Leibniz, quizá con más éxito popular, formuló la famosa idea de que vivimos en «el mejor de los mundos posibles» aunque a nadie se le escapa que el mundo mejoraría si no se asesinasen niños. Y en fin, finalmente, Alvin Plantinga, filósofo contemporáneo, propuso la idea de la «defensa del libre albedrío» como una solución lógica: Dios permite el mal porque crear seres libres implica el riesgo de que elijan el mal lo que tampoco aclara mucho las cosas.

Otros razonamientos (por ejemplo el que realiza el medio digital Infovaticano para tratar de dar «contexto» a las palabras de Reig Plá) ponen el foco en el llamado «pecado original» sosteniendo que lo que Reig Pla quería decir es que el dolor, la enfermedad y la fragilidad humana, se comprenden plenamente a la luz del pecado original y de la redención obrada por Jesucristo. Que esto no implica una relación directa entre los pecados individuales y el sufrimiento específico, sino que señala que toda la creación está marcada por una herida primordial debido al pecado de Adán, introduciendo desarmonía entre el hombre, la naturaleza y Dios. El sufrimiento, la muerte y la enfermedad no son castigos personales, sino realidades que forman parte de un universo herido que espera la plenitud redentora.

Si a usted le parece que «toda la creación está marcada por una herida primordial debido al pecado de Adán, introduciendo desarmonía entre el hombre, la naturaleza y Dios» pues quizá pueda tratar de aceptar la doctrina religiosa en este punto, pero dudo que su razón alcance a entender —por incomprensible— este abstruso razonamiento de Infovaticano.

Sea como sea y crea usted lo que crea —que es muy libre usted de creer en lo que le parezca mejor y no quiero yo llevar razón en temas de esta especie— lo que sí podrá comprender es que mezclar en la misma frase el sufrimiento y el dolor gratuito de niños inocentes con el pecado, la herencia y el desorden de la naturaleza, es una imprudencia de tal calibre que cuesta pensar que una persona en sus cabales pueda haberla realizado.

Y voy a olvidarme de este asunto aunque solo sea para salvaguardar mi salud mental.

Málaga y la Reina de Saba

Málaga y la Reina de Saba

Hace dos post les hablaba de que el fenicio —como el resto de lenguas semíticas— escribe sólo las consonantes mas no las vocales.

Les ponía en ejemplo de mi ciudad 𐤒𐤓𐤕 (QRT «ciudad») pero pude ponerles el de Cádiz 𐤂𐤃𐤓 (GDR «recinto murado») o también Málaga 𐤌𐤋𐤊𐤀 una secuencia que se translitera como MLK’, aunque en el caso de Málaga hay interesantes problemas de error en la traducción.

—Oiga, usted en el post sobre el nombre de su ciudad nos dijo con toda claridad que la secuencia MLK significa «rey» con toda claridad y nos puso el ejemplo del dios fenicio MeLKaRT al tiempo que nos decía que las secuencias MLK + KRT podían traducirse como «El rey de la ciudad». Si «MaLaKa» incorpora la secuencia MLK parece evidente que su nombre significa «Rey».

—Bueno… Hay algún problema del que entonces no le hablé pero que creo que hoy puedo tratar de aclarar.

Lo de escribir sólo las consonantes tiene algunos problemas el más famoso de los cuales es, sin duda, el nombre del mismo Dios de la Biblia.

Estoy seguro que casi todos ustedes saben que Dios en hebreo se escribe con las letras YHWH, el llamado «tetragramatón», lo malo es que, al no saber qué vocales hay entre las consonantes, lo mismo podemos escribir «YaHWeH» que «YeoHWaH». La prohibición judía de pronunciar el nombre de dios hace que, aunque sepamos escribirlo, no sepamos pronunciarlo.

—Oiga ¿y eso qué tiene que ver com Málaga? Es obvio que pone MLK y eso es «rey».

—Bueno, sí y no, déjeme que le cuente una historia que hay en la Biblia y ya luego usted decide.

No le negaré que MLK significa generalmente rey y que donde usted vea esa secuencia puede suponer que se habla de un rey, ya sea su nombre MaLaKias, abiMeLeK, MeLKaRT, MoLoK o MeLKisedeq, Melquisedec, Melkisetek o Malki Tzedek (en hebreo: מַלְכּי־צֶדֶֿק, traducido como ‘mi rey de justicia’).

Con esto no debería haber duda pero ese MLK de Málaga ¿es rey, reina o alguna otra cosa? Es aquí donde me viene al pelo la historia de la Biblia de que quería hablarles y que da nombre al post. Permítanme que se la cuente.

Como seguramente saben en la Biblia se relata, en I Reyes 10 y II Crónicas 9, que una cierta Reina de Saba (actual Yemen, por entonces Arabia Félix) visitó al Rey Salomón portando grandes regalos de su tierra. Esta Reina de Saba cuyo nombre no menciona la Biblia aparece más tarde de forma relevante en el Corán y, en el libro sagrado de la iglesia ortodoxa etíope, llega a afirmarse que tuvo un hijo con Salomón.

Sin embargo no todo es tan claro. Indudablemente MLK es rey y su forma femenina es MLKT (la desinencia T marca el femenino igual que en idioma egipcio) que es como la menciona la Biblia (מַלְכַּת שְׁבָא Malkaṯ Šəḇāʾ) aunque no puede descartarse que la historia de la Reina de Saba no sea más que una leyenda derivada de un hecho real cual sería la llegada a Israel desde Saba de una caravana oficial, una delegación de comercio diplomático, o una figura simbólica que representa a un grupo mercantil poderoso (por ejemplo, los sabeos controlaban el comercio de incienso y especias) pues el título MLKT (forma femenina de MLK en hebreo) podría haberse malinterpretado como una reina literal, cuando en realidad se refería a un «dominio» o «reino» en sentido institucional.

Como ven ningún idioma se libra de la anfibología y MLKT no necesariamente es traducible como reina.

Sin embargo, en el caso de Málaga la Bella, hay datos adicionales pues a la vieja MaLaKa el mismísimo Estrabón la llamó «princesa entre las demás de esta costa». También las monedas encontradas representan con reiteración a un dios, posiblemente MeLKart, dios de Tiro, lo que sugiere que el étimo real se halle en lo profundo del nombre Málaga.

Así pues la tierra del Piyayo y el cenachero fue, si su nombre no nos engaña y yo creo que no lo hace, antes que otra cosa reina o princesa y, dicho esto, tengo para mí que le cuadra bien el nombre a la ciudad de la manquita.

La silente sociedad civil

El asunto de CAETRA no sólo está poniendo de manifiesto cómo, quiénes nos gobiernan, anteponen su interés personal y partidista a sus obligaciones de representación y defensa del interés de la ciudad sino que revela también el sinnúmero de voces subvencionadas que componen el ruido mediático habitual de esta ciudad.

Ante el ignominioso caso CAETRA, en el que nuestra alcaldesa se opone a que venga a nuestra ciudad la dirección de un programa regional de 26 millones de euros y prefiera que se lo lleven a Murcia, uno esperaría que organizaciones como COEC o como Cámara de Comercio desarrollaran una actividad algo más que testimonial, pero este martes pasado ya pudimos comprobar que no.

Entidades locuaces y ubícuas cuando se trata de estar al lado del poder político en congresos, saraos, ruedas de prensa y otros eventos de moqueta y canapé, COEC y Cámara se muestran increíblemente cautas y renuentes a asistir a actos donde cabe poca alabanza al gobierno y a actitudes caciquiles. El martes pasado, por ejemplo, se les echó muy en falta en el acto organizado por la asociación «Origen» a propósito de CAETRA, acto al que sí acudieron representantes, diputados regionales y concejales del resto de los partidos a excepción, claro, del de la alcaldesa.

Todo esto le lleva a uno a preguntarse por el estado de salud de la sociedad civil cartagenera. ¿Hasta dónde la subvención o la influencia condicionan el comportamiento de nuestra sociedad civil? ¿hasta dónde llega la colonización gubernamental de entidades teóricamente independientes?

En un estado donde la política pretende ocuparlo todo —hasta la justicia— la existencia de una sociedad civil sana e independiente es la única garantía democrática que queda y por eso, si esta sociedad civil se trufa de silencios subvencionados y de voces mercenarias, se habrá perdido toda esperanza.

Y ya no es sólo que representantes conspícuos de la sociedad civil guarden silencio, es que pronto aparecerán los habituales agentes blanqueantes, prontos a ganar relevancia y presencia social a costa de vender su alma al diablo.

Pronto saldrán a la luz. Ya lo verán ustedes.

Mañana toca podcast en la SER, buen momento para reflexionar sobre todo esto.

La ciudad doliente

Introducción

No me gusta ver a mi ciudad instalada en la queja perenne y en la frustración perpetua, repitiendo una y mil veces una lista de agravios tan larga como su propia historia y apelando exclusivamente a la protesta individual o colectiva como única herramienta de solución.

Digámoslo claramente aunque moleste: el mismo problema que sufre Cartagena lo sufren 43 de los 45 municipios de la región y, por lo que respecta al cuadragésimo cuarto, es un problema que también sufren la mayor parte de sus 55 pedanías.

Es más, el problema que padece Cartagena no es ni siquiera propio ni exclusivo de la región de Murcia sino que lo viven la mayor parte de los municipios de España y es un problema que nace de una insensata ordenación del territorio trabada a medias sobre un anticuado soporte ideológico nacionalista y una irracional red de administraciones construidas sobre el modelo de la administración centralista borbónica. Este modelo —que analizaremos— da lugar a un sistema que, de forma perpetua y constante, depreda a unos territorios tributarios (la inmensa mayoría de España) en favor de unos pocos lugares elegidos que, de este modo, generan a su favor un sistema incesante de ingresos que viene bombeando desde hace más de dos siglos recursos y riqueza desde los territorios tributarios hacia los territorios dominantes, empobreciendo a unos y enriqueciendo a otros.

Ese sistema, absurdo, irracional y periclitado, es sentido con especial intensidad en mi ciudad, Cartagena, pero no es un problema exclusivo de ella y ni siquiera es ella la ciudad o territorio más perjudicado por el mismo, sólo quizá lo vive con especial intensidad y esto hace que se contabilicen con especial atención (o al menos con más atención que en otros lugares) la cada vez más larga lista de agravios que el sistema produce. Ahora bien, que el problema no sea sentido en otros lugares no quiere decir que no estén tan o más afectados que mi ciudad por este sistema perverso de depredación interterritorial.

Describamos primero el mecanismo de depredación para articular más adelante una propuesta de solución.

El mecanismo de depredación

La designación de una ciudad como capital nacional, autonómica o provincial, le otorga una posición dominante que provoca un flujo inmediato tanto de naturaleza económica como de influencia política en su favor y en perjuicio del resto de ciudades tributarias. Desde el mismo momento de su nombramiento y salvo circunstancias excepcionales se instala un sistema generador de desequilibrios interterritoriales en favor de estas ciudades y en perjuicio de las demás.

Suelen señalarse como herramientas principales de depredación el hecho de que la instalación de la capital en una ciudad conlleva la instalación en su municipio de una administración y una clase funcionarial que, manteniendo sus infraestructuras y cobrando sus salarios de los impuestos que paga toda la región los gastan en un único y exclusivo lugar. Piensen en que la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia paga a más de 60.000 funcionarios de los cuales un porcentaje importante tienen su puesto de trabajo en instalaciones mantenidas en Murcia. Tal situación provoca un flujo constante de dinero de las ciudades tributarias a la ciudad capital sin que acabe de entenderse por qué, en pleno siglo XXI, la Consejería de Agricultura ha de estar en Murcia y no en Lorca, Totana o Torre-Pacheco. Particularmente inspirador —y permítanme la broma en temas tan serios— sería ver la Consejería de Ecología y Medio Ambiente instalada en San Pedro del Pinatar o Portmán, con su consejero y todos sus funcionarios contemplando diariamente el estado de los lugares que deben regenerar.

La concentración funcionarial y de poder político en una sola ciudad conlleva asimismo que las oligarquías económicas se instalen al lado de las administraciones públicas con quienes han de tratar, negociar o en las cuales han de tratar de influir, produciéndose de nuevo un injustificable trasvase interterritorial de influencia y poder económico.

Esto, obviamente, no es nada que yo acabe de inventarme, esto es algo que ha sido objeto de reiterado estudio académico.

Esta situación es, además, evidente para cualquier habitante de una zona tributaria y, como adelanté, no son pocos los estudios científicos que la confirman como, por ejemplo, Bel G., Heblich S. (2011). “Industrial Concentration and Public Infrastructure Investment: Spanish Evidence.” un estudio que muestra cómo las decisiones políticas sobre infraestructuras tienden a beneficiar a las capitales administrativas; De la Fuente, A. y Vives, X. (1995) “Infraestructuras y localización industrial: un panorama analítico y empírico.”un estudio que, aunque centrado en localización industrial, destaca cómo las infraestructuras públicas, muchas veces ubicadas en capitales, fomentan una mayor actividad económica; José Villaverde y Adolfo Maza (2009). “Regional economic disparities and decentralisation in Spain.” trabajo que argumenta que la descentralización política en España ha favorecido a las capitales autonómicas, que reciben más recursos y funciones que otras ciudades de la misma región; Luis Rubalcaba-Bermejo (1999). “Business services in European cities: demand, location and regional policy.” donde se analiza cómo las capitales regionales concentran servicios avanzados, muchas veces como resultado de su papel político y administrativo.

En fin, para los habitantes de cualquier ciudad no capital (2/3 de la población española) tales estudios aparecen como innecesarios ante las evidencias de una realidad discriminatoria perennemente vampirizadora de recursos de las ciudades tributarias hacia las capitales dominantes.

El que esta depredación sea y haya sido perpétua y constante en los últimos dos siglos ha dejado huellas indelebles en nuestros territorios en forma de desequilibrios territoriales siempre —y salvo excepcionales casos— en favor de las ciudades capitales y en perjuicio de las ciudades tributarias.

Si es usted un habitante de Lorca, Cieza, Yecla, Jumilla o cualquiera de los 44 municipios tributarios de esta Región debería usted preguntarse cuál es el futuro de su ciudad si este sistema se mantiene cincuenta años más. Con toda probabilidad sus nietos ya no serán más lorquinos, ciezanos, yeclanos o jumillanos, pues antes o después habrán emigrado hacia la ciudad capital en busca de mejores oportunidades de las que le ofrece su tierra. Pregúntese, de paso, también, por qué acepta usted ese destino como si se tratase de una cruel fatalidad y no pudiese ser cambiado.

Pero antes de pasar a la acción —aunque los motivos que le he dado debieran ser bastantes— quizá sea bueno conocer las trampas ideológicas que nos han traído aquí y por qué esas coartadas ideológicas no deben pervivir ni un lustro más si queremos que en España las fracturas interterritoriales y sociales no acaben destruyendo un estado cada día más frágil.

Fundamentos ideológicos del sistema depredatorio

Dije más arriba que la organización territorial española era heredera del centralismo borbónico de una parte, en especial en lo que se refiere a la administración provincial, y de los principios nacionalistas propios del siglo XIX, en especial en cuanto se refiere a la administración autonómica. Veamos cómo operan ambos.

La división provincial y el centralismo borbónico

En las monarquías absolutistas del despotismo ilustrado propio de los siglos XVIII y XIX con frecuencia vemos provincias más o menos de similares poblaciones y tamaños cuyas capitales son el eje de una máquina centralista que, a su vez, es movida por el eje central que es el el lugar donde radica el trono. El poder emite órdenes que se transmiten a través de un sistema burocrático y de comunicaciones centralizado dando lugar a redes de poder centralizadas cuyo ejemplo visual paradigmático sería la red de carreteras y ferrocarriles de España. Una red al servicio del poder, no de los ciudadanos.

Como escribió Timon Cormenin: «En la máquina ingeniosa y sabia de nuestra administración la ruedas grandes impelen a las medianas y estas a las pequeñas».

Tal tipo de redes son una de las peores catástrofes que puede sufrir un estado del siglo XXI, pues este tipo de topologías jerárquicas, usualmente redes radiales o «estrelladas» de poder, son incompatibles con un desarrollo justo y equilibrado de los territorios.

Este tipo de redes obedecen más a la necesidad de ejercer el poder sobre el territorio que a la voluntad de enfrentar problemas concretos de la población. Son redes decimonónicas tendentes a que la voluntad de los gobiernos centrales alcance a todos los territorios y responden a un tipo de sociedades en que las comunicaciones se realizaban en carruajes o como mucho ferrocarril y son precisamente las redes radiales de carreteras o ferrocarril en España una de sus mejores ilustraciones.

El nacionalismo estatal y los nacionalismos periféricos

Para quien todavía no lo sepa el nacionalismo, como forma de organizar los estados del mundo es una ideología con apenas doscientos años de historia, fundada sobre la creencia de que cada nación tiene un cierto espíritu e idiosincrasia (volkgeist) y que, aparte de haber dado lugar a la organización actual del mundo ha sido la causa de los mayores crímenes y guerras desatados por el ser humano.

Una aclaración inicial: abomino del nacionalismo

Cualquiera de cuantos siguen este blog saben que soy cartagenero y que Cartagena es mi patria, no sólo por nacimiento sino por un sentimiento incontrolable de amor por mi tierra que sé que no es exclusivo mío, sino compartido por muchos de mis conciudadanos.

Pero, para quienes hayan leído lo que escribo con más detenimiento, sabrán también que abomino del nacionalismo como forma de organizar políticamente la sociedad.

No hay contradicción en ello. Del mismo modo que no entiendo que la fe que cada uno profese haya de gobernar la vida de la sociedad y que me parece fundamental la separación iglesia-estado, tampoco entiendo que el hecho de haber nacido aquí o allá haya de determinar el estatus jurídico o político de ninguna comunidad ni de ninguna persona. Del mismo modo que considero que iglesia y estado deben ser conceptos separados, tambien considero que los conceptos estado y nación deben separarse si aspiramos a un mundo humano, justo y en paz.

Son (somos) muchos los que instintivamente percibimos que religión y nacionalismo han sido las principales causas de conflictos en el mundo desde finales del siglo XVIII. Son (somos) muchos también los que profesamos un sentimiento incontrolable de amor por nuestra tierra o por nuestra fe, pero es fundamental saber que eso no nos autoriza a fundar sobre esos sentimientos ninguna forma de estado. Nación y fe son conceptos tan humanos como irracionales y ningún estado puede fundamentarse sobre la irracionalidad.

Créanme si les digo que el estado-nación es una fórmula tan periclitada de organizar la sociedad como la del estado-teocrático. Y sin embargo, mientras vemos la segunda como una forma organizativa propia de regímenes antidemocráticos, fanatizados o atrasados, no percibimos al estado-nación con las mismas notas de fanatismo e irracionalidad, aunque las tiene en la misma o mayor medida. Entendemos el mundo como un conjunto de naciones más que de indivíduos, consideramos natural que cada nación tenga su estado y un poder exclusivo (soberano) sobre un territorio y profesamos la criminal creencia de que es legítimo quitar la vida en nombre de la patria («todo por la patria») y que podemos exigir a nuestros connacionales que den la vida por ella («todo por la patria»).

Y todo ello aunque nadie, absolutamente nadie, ni siquiera los más profundos estudiosos del tema, sepan ni puedan explicar con un mínimo rigor científico qué es una nación. Las únicas definiciones sedicentemente «científicas» de nación nos llegan desde el romanticismo alemán con su «Volkgeist» y demás magufadas, patrañas incubadas durante años que eclosionaron en dos guerras mundiales (sobre todo la segunda) y en la mayor colección de crímenes que el ser humano ha podido cometer en nombre de una doctrina.

Hoy nos parece natural que Rusia, Estados Unidos o China se armen nuclearmente y se amenacen con la destrucción de la raza humana en caso de que alguno de ellos trate de prevalecer, como si el triunfo de un concepto abstracto como «China», «Rusia» o los «Estados Unidos», justificase inmolar en su altar a toda la humanidad.

Si a usted esto le parece razonable le sugiero que revise su equilibrio mental: su equilibrio mental está alterado y sufre de profundas deficiencias.

Esto pudo servir en el siglo XVIII para sustituir la soberanía de los monarcas por otro sujeto de soberanía (la nación), esto pudo servir en tanto las armas del género humano no eran capaces de destruir al propio ser humano más que de forma limitada, pero, hoy que el ser humano puede acabar con la entera humanidad varias veces, tal forma de pensar es una criminal aberración que debe ser extirpada de raíz.

Si a usted le parece natural que el mundo se organice en naciones y respalda usted todas las consecuencias de dicha organización no solo tiene usted, a mi juicio, un problema sino que es usted también un problema para el mundo.

Y sentado mi férreo antinacionalismo veamos ahora cómo el mismo contribuye a la depredación de unos territorios por otros y a la generación de tensiones inútilmente disgregadoras.

El nacionalismo como criterio organizador de las comunidades humanas

Tras la caída del Antiguo Régimen —y en el caso concreto de España tras la desaparición del rey de la vida del país secuestrado por Napoleón Bonaparte en 1808— se hubo de buscar un fundamento para la soberanía y el ejercicio del poder.

Mientras perduró el Antiguo Régimen la justificación del origen del poder fue siempre de naturaleza religiosa, los reyes eran reyes por designación divina («Deo gratias», «por la gracia de Dios») expresada a través de unos vínculos hereditarios. Sin embargo, la desaparición del rey de la vida pública en Francia debido a la revolución y en España debido al secuestro del tándem Carlos IV-Fernando VII por Napoleón, impulsó a buscar un fundamento para esa soberanía que antes ejercía el soberano por derecho divino. La solución muchos creyeron encontrarla en una reciente idea producto del romanticismo alemán: la nación.

En el caso concreto de España fue la Constitución de 1812 la primera en expresar esta idea en su artículo 3 al expresar: «La soberanía reside esencialmente en la Nación…» aunque, en el momento de redactar el texto nadie supiera con exactitud qué era eso de «la Nación» por lo que hubo de ser definida con carácter previo, concretamente en el artículo 1, como «…la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios» un concepto sintéticamente coincidente con «el pueblo», pero esta identificación de la nación con el pueblo no duraría mucho.

La creencia de que la nación es un concepto previo al estado mismo y que viene definido por unos antecedentes culturales, históricos, lingüísticos o culturales donde encarna el «espíritu» (volkgeist) de un pueblo pronto sustituyó al simple y hasta tautológico concepto contenido en la Constitución de 1812. La creencia en tan irracional y fantasmagórica entidad dio lugar a procesos tanto de integración (Alemania, Italia) como de disgregación, singularmente de imperios como el Austro-Húngaro o el imperio hispánico cuyo nombre oficial era el de Monarquía Católica.

La historia del siglo XIX es la historia de la constitución (invención) de las diversas naciones que habrían de componer el mundo civilizado, especialmente en Europa y de modo exitosísimo en la antigua América Hispana.

Fue en ese siglo (no antes) cuando se construyó el relato nacional español con una selección de episodios históricos sobre los que construir una identidad nacional. Igual proceso se vivió en la América Hispana y en bastantes zonas de Europa. Este proceso fue tan exitoso que, culturalmente, pronto se identificó el concepto indefinible e indefinido de «nación» con el concepto de estado llegando a proclamarse el derecho de toda nación (sea esto lo que sea) a constituirse en estado.

Ocurre, sin embargo, que en monarquías compuestas como la española no era sola España la que reunía los vagos requisitos cuasi mágicos para ser considerada nación sino que partes de la misma comenzaron a reivindicar su status de nación.

Esta reivindicación no fue demasiado sólida hasta que la catástrofe de 1898 debilitó grandemente el relato nacionalista español, al tiempo que la pérdida del negocio ultramarino y antillano de algunas regiones (singularmente Cataluña) impulsó el conjunto de creencias que alientan a todo nacionalismo, pero no solo eso.

No olvidemos que el centralismo borbónico para 1898 llevaba casi un siglo dejando sentir sus efectos depredadores, efectos depredadores en favor de Madrid que fueron sentidos de forma especialmente acusada en Cataluña y otras regiones como las provincias vascas si bien, en este último caso, trufado de otras componentes ideológicas como el absolutismo carlista.

Con la llegada de la Constitución de 1978 se asumió que el criterio de organización de todo el estado debería ser ese abstracto e inasible concepto de nación que animaba no sólo a España sino a otras «nacionalidades» que formaban parte de la misma. La organización territorial española, desde entonces, en lugar de obedecer a criterios económicos, de resolución de problemas, de articulación del territorio o redistribución de riqueza, obedece a un vago conjunto de relatos históricos falsos o simplemente inventados en la abrumadora mayoría de los casos.

Fundada la articulación del país sobre estos criterios irracionales nacionalistas no sólo no se resolvió ninguno de los problemas que generaba la vieja administración centralista borbónica (que se mantuvo en forma de provincias, diputaciones, delegaciones y sub-delegaciones del gobierno) sino que añadió un problema más: la aparición de una serie de nuevas capitales, que si no eran corte si eran cortijo de una nueva clase política autonómica, y que dieron lugar a la aparición de una nueva máquina depredadora que superpuso a las capitales de provincia las nuevas capitales autonómicas. Madrid siguió conservando su capitalidad y determminando las redes jerárquicas españolas si bien, las nuevas nacionalidades más fuertemente nacionalistas, operaron de contrapoder exigiendo obvenciones y gabelas que compensasen los desequilibrios y los agravios sufridos desde la llegada de la administración borbónica.

La Constitución de 1978 como vemos, en lugar de contener a una ideología tan antigua y periclitada como el nacionalismo, lo que hizo fue fomentarlo convirtiendo a la visión nacionalista del mundo y de nuestro nuestro propio estado en prácticamente la visión natural y estándar para todos los ciudadanos.

Quedó así instaurado el doble sistema de depredación que hoy padecen los territorios tributarios que forman la inmensa mayoría de las tierras de España. Un sistema que es urgente desactivar y extirpar si tú, como yo, formas parte de cualquiera de esos territorios tributarios que sufren la depredación de cortes y cortijos, de élites y de concentraciones de poder económico o político.

Nos jugamos en ello el futuro de la inmensa mayoría de los territorios y habitantes de este lugar que el mundo conoce como España.

En post siguientes veremos el modo de hacerlo porque hoy, me parece, que mientras redactaba estas líneas alguien ha anunciado que «habemus papam».

El nombre de mi ciudad

El nombre de mi ciudad

Creo que estos días les he hablado de muchas cosas (del islam, de las cruces de mayo, de las papas con chocos…) aunque siento que he hablado poco de mi ciudad, así que, esta tarde, me van a permitir que les cuente la historia del nombre de mi ciudad. Ténganme paciencia.

A mi ciudad le dieron nombre (como dijo Cervantes) los carthagineses, que a su vez eran no más que una colonia fenicia que, como es natural, hablaba y escribía en fenicio.

Para entender el nombre de mi ciudad es preciso entender primero cómo funciona el idioma fenicio, siquiera sea superficialmente, así que déjenme decirles que el fenicio es una lengua semítica no muy distinta del hebreo, el arameo o el árabe y que, como ellas, a la hora de escribir no dibuja las vocales sino solo las consonantes, pues es en las consonantes donde se esconde la fuerza semántica de las palabras. Por ejemplo, si yo les pidiese que adivinaran el nombre de una ciudad del mundo cuyas vocales son «AI» estoy convencido de que nadie tendría la seguridad de la ciudad de que estoy hablando, pero si yo escribo las consonantes de su nombre «MDRD» tengo la seguridad de que un altísimo porcentaje de mis lectores sabrán de inmediato de qué ciudad hablo.

Es por eso que fenicios, hebreos, arameos o árabes no suelen escribir las vocales (aunque hay signos auxiliares para ellas) y sí solo las consonantes de ahí que el alfabeto fenicio esté compuesto exclusivamente por consonantes.

No desprecien ustedes el alfabeto fenicio pues todos, absolutamente todos, los alfabetos del mundo descienden del alfabeto fenicio y seguramente les sorprenda saber que el alfabeto latino y el árabe, tan distintos entre sí, descienden los dos del alfabeto fenicio.

Los fenicios (y con ellos los carthagineses), pues, enseñaron a la humanidad a leer y escribir y, reduciendo los miles de signos de los silabarios mesopotámicos o egipcios a poco más de 20 letras, convirtieron la tarea de aprender el alfabeto en una tarea sencilla y pusieron la escritura a disposición de todas las clases sociales.

Si usted y yo nos estamos comunicando ahora mediante este texto es gracias a los fenicios, no lo olvide.

¿Y en qué dirección escribían los fenicios? ¿de derecha a izquierda o de izquierda a derecha?

La respuesta exacta es que en cualquiera, de hecho, a menudo, escribían el primer renglón de derecha a izquierda y el segundo de izquierda a derecha y así sucesivamente. A esta forma de escribir se le llama «bustrofedón» y fue común en las épocas tempranas de las lenguas, momento en que el griego o incluso el latín se escribían de izquierda a derecha o de derecha a izquierda dependiendo de los gustos del escriba. Con el tiempo latín y griego comenzaron a escribirse principalmente de izquierda a derecha mientras que el fenicio/carthaginés se escribió principalmente de derecha a izquierda y es por eso que tanto el hebreo como el arameo como el árabe se escriben de derecha a izquierda, aunque por entonces no era una regla fija y hoy puede usted usar el alfabeto fenicio como prefiera. Yo, por razones técnicas, lo escribiré en este post de derecha a izquierda salvo que les diga otra cosa.

Una vez explicado esto les diré que Carthago, la originaria, la de Túnez, deriva de las expresiones fenicias que, transliteradas, se corresponderían con las secuencias latinas QRT HDST. La primera letra de la grafía fenicia «𐤒» presenta algunas dificultades pues representa un sonido extraño al alfabeto latino. Qop (𐤒‏‏‏‏‏) es la decimonovena letra del alfabeto fenicio y representaba el sonido oclusivo uvular sorda transliterado como /q/. De esta letra derivan la qof siríaca (ܩ), la kuf hebrea (ק), la qāf árabe (ﻕ), la qoppa (Ϙ) griega, la Q latina y la Ҁ cirílica. Quizás deriven también de ella las fi (Φ) y psi (Ψ) griegas y las Ф y Ѱ cirílicas.

No se extrañen pues si ven la letra «𐤒‏‏‏‏‏» transliterada como «K» o como «C» y de hecho, ustedes verán que, dependiendo de la época, el nombre de nuestra ciudad aparece escrito en textos latinos como Karthago o Carthago.

La primera palabra de las dos que componen el nombre de nuestra ciudad «QRT» (o KRT o CRT) significa exactamente «Ciudad» en fenicio.

Pueden ustedes encontrar la secuencia QRT o KRT en muchos lugares del Mediterráneo siempre con este mismo significado de «Ciudad»; por ejemplo, si oyen el nombre de un dios llamado MELKART ya pueden ustedes apostar a que es un dios fenicio o cananeo y en su nombre hace referencia a algo que tiene que ver con una ciudad. Y así es. La secuencia MLK significa «rey» y puede usted encontrarla en nombres bíblicos como MaLaKias o abiMeLeK o incluso en la actualidad en nombres musulmanes como Abd el MaLiK. Por su parte la secuencia KRT quiere decir ciudad de forma que la secuencia MLKRT (MeLKaRT) puede ser traducida con toda corrección como «el rey de la ciudad» y, en efecto, así es pues Melkart era el principal dios de la ciudad fenicia de Tiro, lugar de donde son originarios los carthagineses.

Como puedes imaginar muchas ciudades del Mediterráneo incorporan la secuencia sonora KRT en su nombre y, por solo citar ciudades de España, les recordaré Cartaya, en la costa onubense, la vieja Carteia carthaginesa. Es muy divertido buscar KRT’s en el Mediterráneo y si un día les sobra tiempo les estimulo a que lo hagan.

Y sí la secuencia 𐤒𐤓𐤕 (QRT, KRT, CRT) significa «ciudad» la secuencia 𐤇𐤃𐤔𐤕 (HDST) significa «nueva». Así pues, ambas secuencias juntas, KRT HDST significan exactamente «Ciudad Nueva».

Pero ¿a qué ciudad hace referencia este nombre? ¿a la Carthago de Túnez o a la Carthago de España?

A ambas, pues ambas ciudades se llamaban EXACTAMENTE IGUAL lo cual ya fue advertido por autores romanos que llamaron la atención a sus compatriotas sobre el hecho de que no debían llamar a la Carthago de Hispania «Carthago Nova» pues ya el propio nombre Carthago incorporaba el significado de «nueva». Así pues Carthago una y Carthago la otra, ambas con el mismo nombre y ambas ciudades «nuevas».

A la vista de las secuencias originales fenicias entenderán porqué prefiero escribir Carthago a Cartago, pues la h separa las dos palabras de nuestro nombre, CaRT HaGo, Quart Hadast, QRT 𐤒𐤓𐤕 – HDST, 𐤇𐤃𐤔𐤕.

Por todo esto hoy he decidido darle un toque local a mi avatar y colocarle en la estrella, en lugar de la habitual #T, el nombre primigenio de mi ciudad, empezando por esa letra extraña Qop (𐤒‏‏‏‏‏) que podría haber representado originalmente una aguja de coser, específicamente el ojo de la aguja (en hebreo קוף quf y en arameo קופא qopɑʔ ambos se refieren al ojo de una aguja) o la parte posterior de la cabeza y el cuello (qāf en árabe significa «nuca»).

Y no me parece mal que la primera letra de nuestra ciudad represente al ojo de una aguja pues con ella se escribió también aquel versículo evangelio del camello, el rico y el ojo de la aguja (es más facil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el cielo). Y es que me parece a mí que es también más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que algunos pastadores del presupuesto público de la Asamblea o del Gobierno Regional entiendan el sentido profundo de alguna de estas cosas.

Las cruces de mayo y el islam

Las cruces de mayo y el islam

Se está celebrando en muchos lugares de España la fiesta de las cruces de mayo y —visto que en lugares como Cartagena esta fiesta no tiene más profundidad que la de un macrobotellón para mayor ganancia de los hosteleros— me van a permitir que aproveche la ocasión para decirles que esta fiesta de las cruces de mayo es un buen momento para establecer los orígenes del islam.

Y, como alguno de ustedes habrá comenzado a trasudar con esta afirmación de que el islam tiene su origen en la fiesta de la cruz de Cristo, antes de seguir adelante le ruego que me lea con indulgencia y me dé tiempo a explicarme.

Vayamos, pues, al turrón sin mayor dilación.

La fiesta de las cruces de mayo conmemora el descubrimiento de la cruz de Cristo por la madre del emperador Constantino; es decir, la madre del emperador que convocó el concilio de Nicea para fijar la ortodoxia católica.

Recordemos lo que pasó en este concilio y las consecuencias que tuvo para la cristiandad.

Hasta el concilio de Nicea no había una versión oficial del cristianismo, antes al contrario, coexistían muchas versiones de la fe cristiana. A poco que hayan leído ustedes sobre el tema recordarán que para el tiempo en se convocó el concilio de Nicea había al menos una versión del cristianismo en plena efervescencia: el arrianismo. Para un cristiano arriano Jesucristo es el Hijo de Dios, procedente del Padre, pero no es eterno, sino engendrado por el Padre antes que Dios creara el tiempo. De esta manera, Jesús no sería coeterno con Dios Padre, si bien habría empezado a existir fuera del tiempo, en tanto el tiempo se aplica solamente a las creaciones de Dios. Hay que destacar que los arrianos no se denominaban a sí mismos de esta manera, y se trata de un término empleado por los autodenominados ortodoxos.

Obviamente un arriano no se llamaba a sí mismo arriano sino simplemente cristiano, el nombre de «arrianos» se lo colocó la facción trinitaria vencedora en Nicea.

Antes de este cristianismo arriano ya habían existido —y en muchos casos aún perduraban— otras versiones del cristianismo como es el caso del cristianismo de Marción cuya doctrina afirmaba la existencia de un verdadero Dios, desconocido y ajeno al mundo, revelado por Jesús, al cual se oponía un ser inferior, el demiurgo, a quien identifica con Yahveh, el dios de los judíos. Alegaba que la Ley mosaica era imperfecta y contraria a las enseñanzas del evangelio por lo que rechazaba la Biblia judía y en general las creencias y prácticas del judaísmo. Compiló por vez primera las epístolas escritas por Pablo de Tarso y las publicó junto a una versión modificada del Evangelio de Lucas. Se considera por ello a Marción el inventor del concepto de Nuevo Testamento.

Pensar que en los siglos IV-V-VI había un solo cristianismo es tan erróneo como creer que el cristianismo era una doctrina circunscrita a los límites del imperio romano. Había cristianos en el imperio romano, sí, pero también los había en el imperio persa, en arabia y muchos otros lugares. Para que se hagan una idea, en el siglo VIII (siglo del nacimiento del islam) la difusión del cristianismo nestoriano llegaba desde Arabia hasta la China.

Con todo esto en mente piensen ustedes ahora cuáles podían ser las consecuencias geopolíticas del Concilio de Nicea y su decisión de que un solo cristianismo —el trinitario— fuese el oficial dentro de los confines del imperio romano.

La primera consecuencia, obviamente, fue la derrota de todos los cristianismos no trinitarios (arrianismo, docetismo, gnosticismo, nestorianismo…) dentro del imperio lo que, paradójicamente, produjo un alivio evidente entre los imperios vecinos al imperio romano. En el imperio persa, por ejemplo, se dejó de mirar a los cristianos con recelo cual si fuesen una «quinta columna» del imperio romano, pues sus cristianos no eran trinitarios sino nestorianos y el Concilio de Nicea no hizo sino expulsar a los cristianos no trinitarios del imperio y potenciar los cristianismos derrotados en Nicea dentro de los límites del Imperio Persa, némesis del imperio romano, que acabó viendo a los cristianos nestorianos como «sus» cristianos.

Guarden en la memoria este dato porque la divinidad de Jesucristo, el trinitarismo de Nicea y todas las controversias cristianas en torno a la figura del Hijo, están en el origen de esa religión judeo-cristiana a la que se acabará conociendo como islam siglos más tarde.

Pero, por ahora, volvamos a la madre de Constantino, Elena, y a su descubrimiento de la cruz de Cristo origen de la fiesta de las cruces de mayo.

Ni que decir tiene que el «descubrimiento» de la más sagrada reliquia de la cristiandad tuvo consecuencias geopolíticas inesperadas por entonces.

Según los datos ofrecidos por los historiadores de la época, en torno a los años 325-327 Elena vigilaba las labores de desmantelamiento del foro occidental de un templo consagrado a Afrodita. Mientras se realizaban estos trabajos, se encontraron las tres cruces, los clavos y el titulus crucis (el letrero mandado poner por Pilato a la cruz). Elena misma, al volver a Roma, decidió que la cruz fuera partida en dos de manera que una parte de ella pudiera trasladarse a la capital del imperio partiendo el titulus crucis también en dos con idéntica motivación.

Las otras dos mitades de la cruz y su titulus quedaron en Jerusalén, dominado entonces por el imperio romano aunque no lejos del «limes» con el imperio persa, auténtica némesis de los romanos y con quien se sucedieron siglos de guerra y tensiones.

El clímax de la tensión entre persas y romanos llegó en el año 613 en que los persas invadieron Jerusalén y aniquilaron du guarnición. El rey persa Cosroes II Abharwez (el Victorioso) mandó entonces al obispo de Jerusalén deportado, junto con las reliquias de la cruz, a la ciudad de Ctesifonte, cerca de Bagdad.

La reacción romana como pueden imaginar fue violentísima y entre el 613 y el 627 tanto el Imperio Persa como el Imperio Romano (bizantino) se desangraron atrozmente en una guerra sin cuartel que les dejó absolutamente extenuados.

Fue en ese mundo del imperio persa extenuado, poblado por cristianos monoteístas no trinitarios y plagado de evangelios no reconocidos por la iglesia trinitaria (apócrifos) donde acabó arraigando un siglo más tarde esa religión que otro siglo después conoceremos como islam.

En el 627, tras la batalla de Nínive, el emperador romano Heraclio recupera la santa reliquia y en un desfile triunfal la devuelve a Jerusalén, quedando desangrados ambos imperios.

Pero el dominio romano de Tierra Santa estaba condenado a extinguirse, extenuados por la guerra contra los persas apenas una década después, en el 638, Jerusalén fue conquistada por un tal Umar ibn al-Jattab en el año 638.

¿Quién era este hombre y quiénes los soldados que le acompañaban?

Nuestra primera tendencia es decir que eran musulmanes pero les ruego que conserven en la memoria dos datos: el primero es que hasta el año 750 no existe ningún texto que nos hable de la existencia de ningún profeta llamado Mahoma (Muhammad); el segundo es que hasta el año 800 no podemos hablar con propiedad de una religión llamada islam.

Y sin embargo… Sin embargo para el año 691 estos recién llegados a Jerusalén habían construido en la explanada del viejo templo de Yahweh un nuevo templo sagrado conocido hoy día como «la cúpula de la roca». Si todavía no había una edición del Corán ¿qué textos la decoraban?

La respuesta les sorprenderá: ese lugar santo para los musulmanes no contiene versículos del Corán, su epigrafía nos habla de Jesucristo y de su Madre la Virgen María aunque dejando bien claro que Jesucristo, santo y profeta, no es hijo de Dios ni es Dios porque Dios no tiene ni necesita hijos.

Un nestoriano lo firmaría en el acto.

Al tiempo que dentro de la cúpula ya no hay iconos ni imágenes al otro lado de la frontera, todavía dentro del imperio romano, la revolución iconoclasta sacudía al imperio. Siendo clara la prohibición de representar imágenes de dios el emperador empleaba su furia en destruir imágenes algo en lo que los nuevos ocupantes de Jerusalén parecían estar totalmente de acuerdo.

A esos recién llegados se les llamó de muchas formas: judíos ismaleitas (descendientes de Ismael el primer hijo de Abraham), se les llamó también agarenos (descendientes de Agar, la madre de Ismael), se les llamó judíos del desierto y a la fé que les movía se la consideraba una forma de judaismo propia de los habitantes del desierto. Aunque hablaban en árabe su lengua de cultura seguía siendo el griego y era así como leían a Aristóteles y al resto de filósofos griegos… El estado de extenuación en que quedó el imperio persa tras la guerra contra el imperio romano a cuenta de la cruz de Cristo les permitió extenderse por todo él sin esfuerzo y los romanos apenas si pudieron escapar a ser ocupados por estas nuevas poblaciones.

El Concilio de Nicea, la definición de una ortodoxia, la expulsión de los heterodoxos, la condena de unos evangelios creídos pero no autorizados fueron el caldo de cultivo y los mimbres con que elaborar una nueva religión judeo-cristiana. Las guerras a cuentas de la Cruz en que murió Jesús desangraron a los imperios dominantes y permitieron que estos heterodoxos, estos judíos del desierto, ismaelitas, agarenos o como usted prefiera llamarles, pudieran ocupar simplemente los territorios que dos estados exhaustos ya eran incapaces de controlar. Apenas un siglo después, no antes del 800, a su creciente conjunto de creencias se le llamó islam y el resto es historia.

Y todo porque Elena, un día, encontró la Cruz mientras su hijo Constantino fijaba una ortodoxia que es justo lo que celebramos hoy con las cruces de mayo.

Seguramente ismaelitas o agarenos podrían esgrimir mejores razones que nosotros para celebrar esta fiesta.

La palmera y la sura 19

La palmera y la sura 19

Recuerdo que, de niño, cada vez que comíamos dátiles en casa, mi padre me repetía una historia a propósito del dátil y la palmera

—Pepito ¿sabes que dentro del hueso del dátil se esconde la imagen del niño Jesús?

Yo ya me conocía la historia pero antes de darme tiempo a responder mi padre ya había cogido la navaja y estaba partiendo longitudinalmente por la mitad el hueso del dátil que acaba de comerse. Tras seccionar el hueso me lo enseñaba y me decía

—¿No ves la imagen del niño Jesús?

Yo ciertamente no veía nada más que un huequecito informe pero, a lo que se ve, mis dotes para la pareidolia estaban muy por debajo de las de mi padre.

Tras aquello venía la inevitable explicación de por qué dentro del hueso del dátil estaba la imagen del niño Jesús.

—Cuando la Sagrada Familia huyó a Egipto para ponerse a salvo de las iras de Herodes hubo un momento en que los soldados que les perseguían casi les dan alcance y San José, viéndose perdido, bajó a María y al niño del pollino y trató de ocultarlos tras una palmera, pero el intento fue en vano pues la palmera era muy alta y no les ocultaba. Fue entonces cuando María pronunció la frase mágica y exclamó: «¡Oh palmera, cúbreme!» y la palmera, al instante, se dobló y bajando sus palmas ocultó a la Sagrada Familia de forma que sus perseguidores no les vieron y pasaron de largo.

Yo la historia se la había escuchado decenas de veces lo que nunca supe a ciencia cierta es dónde había aprendido mi padre aquella historia. Hoy pienso que la historia debe formar parte de algún evangelio apócrifo o de alguna versión del Auto de Reyes Magos que mi tío Juan solía organizar por navidades en la pedanía de Santiago el Mayor.

Estas historias apócrifas son más frecuentes de lo que parece y están tan arraigadas en la mente y las tradiciones que muchos cristianos las tienen por parte del evangelio o de la historia sagrada porque ¿quién no ha oído hablar de la mujer Verónica o de la crucifixión de Pedro cabeza abajo o de los padres de la Virgen María San Joaquín y Santa Ana?

¿Qué pensarían si les digo que ninguna de estas historias figuran en los textos evangélicos?

Pues no, no figuran, pero la tradición oral es tan fuerte que esas historias han llegado hasta nuestros días y podemos ver incluso pasos de la Verónica o cruces cabeza abajo representando a San Pedro cuando llega la Semana Santa.

Los cuatro evangelios canónicos son sólo una mínima parte de las múltiples historias que tenemos de la vida de Jesús de Nazaret que, si contamos evangelios apócrifos y otros textos apócrifos también, superan los 70. Muchas son las historias que se cuentan en ellos y muchas de ellas han llegado hasta la actualidad por la vía de la tradición o por conductos más inesperados como el texto sagrado de los musulmanes: el Corán.

Créanme si les digo que los cristianos (de fe o simplemente de cultura) entendemos muy mal el Corán y, lo que es peor, no hacemos el más mínimo esfuerzo por entenderlo. Debo decir que también, muchos musulmanes, tienen ideas preconcebidas y acientíficas sobre el Corán y lo entienden poco y mal. Déjenme que les ponga un ejemplo.

Por razones que se me escapan la Europa cristiana considera el Corán poco menos que como un libro que, de pronto, alguien escribió y, como por arte de birlibirloque, se expandió y difundió y dio lugar a una rápida sucesión de guerras de conquista a las que solo pusieron fin las derrotas de Poitiers o Covadonga. Segfuramente no necesitan que yo les explique que tal versión de la historia no alcanza la categoría de un cuento para niños. Esta idea de que, de pronto, un profeta llamado Mahoma escribió un libro como de la nada provocando acto seguido una conmoción religiosa de carácter mundial debe ser desterrada simplemente porque las cosas nunca son así y en el caso del Corán tampoco es así.

En este punto sería bueno que repasásemos cómo era la sociedad en la que nace el Corán y cuáles son sus antecedentes.

Lo primero que sroprenderá a los menos avisados es que el Corán es un hijo histórico de la Biblia Hebrea y de los Evangelios cristianos. Ustedes no verán, por ejemplo, que en el Corán se cuente la historia de Noé o se repitan las historias contenidas en la Biblia Hebrea. El Corán, un libro redactado en primera persona y que habla directamente al lector usando la segunda persona del singular, simplemente nos advertirá con frases del tipo «No abuses del vino, recuerda a Noé»; pero no nos contará quién es Noé pues dará por supuesto que el lector lo sabe, porque tiene un conocimiento previo del contenido de la Biblia Hebrea.

El Corán nace también en medio de esa sociedad de oriente medio en la que se estaban escribiendo esos más de setenta evangelios apócrifos de que les hablé antes y es aquí donde la historia sobre la palmera y los dátiles que me contaba mi padre me viene al pelo.

Si se toman ustedes la molestia de leer uno de los evangelios sobre la infancia de Jesús que la iglesia católica rechazó como apócrifo —el llamado «Pseudo Mateo»— verán cómo en el capítulo 20 se relata una historia bastante parecida a la que me contaba a mí mi padre:

«20 Sucedió que a los tres días de marcha, María se sintió fatigada por el calor del desierto. Vio una palmera y dijo a José: «Descansaré un poquito bajo su sombra». José la llevó rápidamente a la palmera y la hizo bajar del jumento. Una vez que se hubo sentado, mirando hacia las ramas de la palmera, vio que estaban llenas de frutos, y dijo a José: «Desearía, si es posible, tomar algún fruto de esta palmera». José le contestó: «Me sorprende que digas esto cuando ves lo alta que es esta palmera y que pienses en comer de sus frutos. Yo me preocupo más de la escasez de agua, que ya falta en los odres, y no tenemos para satisfacer nuestra sed y la de los jumentos». 2Entonces el niñito Jesús, recostado con rostro alegre en el regazo de su madre, dijo a la palmera: «Dóblate, árbol, y con tus frutos da alivio a mi madre». Inmediatamente, ante esta voz, la palmera dobló su cima hasta las plantas de María. Y recogieron de ella frutos de los que todos quedaron reconfortados. Una vez que fueron recogidos todos los frutos de la palmera, seguía inclinada esperando para levantarse que le dieran la misma orden que la había ordenado inclinarse. Entonces Jesús le dijo: «Levántate, palmera, descansa y sé compañera de mis árboles que están en el paraíso de mi Padre. Pero abre ahora desde tus raíces una vena que está escondida en la tierra para que de ella broten aguas con las que podamos saciarnos». Al punto se levantó la palmera, y empezaron a salir de sus raíces manantiales de agua limpísima, fresca y dulce por demás. Cuando vieron las fuentes de agua, se alegraron con gran alegría, y se saciaron con hombres y jumentos dando gracias a Dios».

Como ven la historia que me contaba mi padre y esta historia del Pseudo Mateo guardan algunos paralelismos que, de pronto, se volverán en sorprendente identidad si leemos los versículos (aleyas) 18 al 34 de la Sura 19 del Corán, titulada simplemente «Mariam». Leámosla:

«18.Dijo ella: «Me refugio de ti en el Compasivo. Si es que temes a Dios…» 19. Dijo él: «Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un muchacho puro». 20. Dijo ella: «¿Cómo puedo tener un muchacho si no me ha tocado mortal, ni soy una ramera?» 21. «Así será», dijo. «Tu Señor dice: ‘Es cosa fácil para Mí. Para hacer de él signo para la gente y muestra de Nuestra misericordia’. Es cosa decidida». 22. Quedó embarazada con él y se retiró con él a un lugar alejado. 23. Entonces los dolores de parto la empujaron hacia el tronco de la palmera. Dijo: «¡Ojalá hubiera muerto antes y se me hubiera olvidado del todo…!» 24. Entonces, de sus pies, le llamó: «¡No estés triste! Tu Señor ha puesto a tus pies un arroyuelo. 25. ¡Sacude hacia ti el tronco de la palmera y ésta hará caer sobre ti dátiles frescos, maduros! 26. ¡Come, pues, bebe y alégrate! Y, si ves a algún mortal, di: ‘He hecho voto de silencio al Compasivo. No voy a hablar, pues, hoy con nadie’» 27. Y vino con él a los suyos, llevándolo. Dijeron: «¡María! ¡Has hecho algo inaudito! 28. ¡Hermana de Aarón! Tu padre no era un hombre malo, ni tu madre una ramera». 29. Entonces ella se lo indicó. Dijeron: «¿Cómo vamos a hablar a uno que aún está en la cuna, a un niño?» 30. Dijo él: «Soy el siervo de Dios. Él me ha dado la Escritura y ha hecho de mí un profeta. 31. Me ha bendecido dondequiera que me encuentre y me ha ordenado la azalá y el azaque mientras viva, 32. y que sea piadoso con mi madre. No me ha hecho violento, desgraciado. 33. La paz sobre mí el día que nací, el día que muera y el día que sea resucitado a la vida». 34. Tal es Jesús, hijo de María, para decir la Verdad, de la que ellos dudan».

Como ven la historia es idéntica a la contenida en el Pseudo Mateo pero no sólo en él, el niño de tres años que habla y da respuestas sapienciales es también una imagen típica de los evangelios apócrifos.

No, el Corán no es un libro aparecido de la nada, sino que se desarrolla y se escribe dentro de un universo cultural judeo cristiano y para entender su sentido es preciso entender antes qué cultura es la que da lugar a él pues solo así entenderemos su éxito fulminante.

¿Dónde pondremos, pues, la historia que me contaba mi padre, en el Pseudo Mateo 20 o en la Sura 19 del Corán? ¿O la pondremos dentro de la ecumené que dio lugar al nacimiento de estas y muchísimas otras historias parecidas.

La historia de la formación del Corán es apasionante y si la desconocemos desconoceremos absolutamente nuestra propia historia. Les dejo, para que piensen, con una pregunta:

Si el Corán no se consolidó como texto al menos hasta el año 780 y las bases del sunismo no se consolidaron al menos hasta el año 800… ¿quiénes invadieron la península en el año 711?

Ya les adelanto que ni los paises vecinos ni ellos a sí mismos se llamaban todavía musulmanes. ¿Quiénes eran, pues, estos desconocidos?

Ayer fue 25 de abril

Ayer fue 25 de abril

Recuerdo muy bien aquel 25 de abril, no del 73, ni del 74 ni del 75. Si mi memoria no falla era un 25 de abril de 1976 o 1977.

Como saben ustedes hay un momento en la adolescencia de las personas en que las muchachas sacan una diferencia de dos años de edad mental sobre los muchachos y en mi colegio no fue distinto. Para aquellos años 76-77 nosotros, los chavales de mi generación, todavía jugábamos al futbolín mientras que nuestras compañeras ya andaban enredadas en actividades de bastante más madurez. Y por eso a los chavales nos pasó lo que nos pasó.

Franco acababa de morir y España enfrentaba un futuro incierto, el presidente del gobierno Arias Navarro no había dado un solo paso hacia la democracia y el recién llegado Adolfo Suárez se enfrentaba a un búnker monolítico para nada dispuesto a tomar otro rumbo que el del franquismo sin Franco. En esas circunstancias mi colegio seguía funcionando como si nada hubiese cambiado desde la muerte de Franco.

Sin embargo, dos años antes, en 1973, en el vecino Portugal unos capitanes habían organizado un incruento golpe de estado que acabaría con la dictadura de Marcelo Caetano. El golpe se desarrolló con una civilidad máxima: los cañones de los fusiles de los soldados portugueses se llenaron de claveles que les entregaba la población y, por eso, a ese golpe de estado se le conoció en el mundo como «la revolución de los claveles» y esa revolución en el país vecino, como pueden imaginar, provocó importantes temblores de tierra en la política del estado franquista.

El problema de que les quiero hablar, ya se lo adelanto, fueron los claveles y que los chavales a esa edad estamos atontolinados.

Porque nuestras compañeras de clase, firmemente comprometidas con la democratización de nuestro país, aquel 25 de abril decidieron conmemorar el aniversario de la revolución de los claveles y a tal fin aquella mañana aparecieron por el colegio con un cargamento importante de claveles rojos, acto seguido tocaron a generala y nos convocaron a todos los muchachos a su presencia. Allí, sin más explicaciones, nos dieron a cada uno un clavel y nos dijeron que teníamos que colocárnoslo como mejor pudiésemos, preferiblemente en el ángulo del jersey de cuello de pico azul que era el uniforme del colegio.

Obviamente nosotros, a su lado y a esa edad, éramos unos simples zangolotinos dispuestos a hacer lo que ellas ordenaran de forma que todos nos acabamos colocando el clavel de marras hasta agotar existencias.

Lo siguiente que recuerdo eran las caras de los profesores: caras de disgusto, caras de alegría entre los más jóvenes, alguna cara de miedo entre los más mayores y auténticas miradas de ira entre quienes ocupaban cargos de responsabilidad.

A pesar de nuestra candidez de adolescentes de pelo grasiento, barba a medio hacer y cara llena de granos, los chavales pronto nos dimos cuenta de que allí pasaba algo y que nuestras compañeras nos habían enredado en alguna trapisonda que nosotros no alcanzábamos a entender pero, fuera por desconocimiento, por candidez o porque ellas no te vieran que no hacías caso allí nadie se quitó el clavel y lo que es más curioso, no recuerdo que ningún profesor se atreviese a decirnos nada a pesar de sus miradas asesinas.

Era evidente que en aquella España ya no solo tenían miedo los demócratas, que para 1976-77 el miedo ya se había instalado en todos los bandos y que, aunque nadie sabía qué nos traería el futuro, lo que todos sabíamos que no nos traería era más de lo mismo por mucho que algunos siguiesen empeñados en ello.

No recuerdo que yo, al salir de clase, tuviese la menor noción de lo que había pasado y hubieron de pasar algunos meses antes de que me enterase del sentido de la añagaza de mis compañeras.

Hoy esas adolescentes tienen ya 64 años, pero siguen siendo en mi mente y en mi corazón las chicas de mi vida.