Pobres abogados

Quizá sea tiempo ya de decirlo: entre los abogados hay bolsas de pobreza; no de escasez o de apretura, sino de pobreza.

Les conozco, les he visto enfermar y hacerse viejos con pensiones de apenas trescientos euros (les pilló desprevenidos el cambio de plan de jubilación), trabajando hasta los ochenta años o más no por vocación sino por necesidad, ejerciendo en su casa porque no hay dinero para alquilar despachos y dando por descontado que habrán de ser abogados hasta la muerte porque a estas alturas ya no les queda otra. Pueden creer que les exagero, están ustedes en su derecho, pero yo les conozco y sé de qué hablo.

Tras ocho años de crisis los abogados llevan sus angustias económicas con una dignidad que encoge el corazón, escondiendo bajo las togas, los trajes y las corbatas la angustia de vivir al día, pero dispuestos a defender los derechos y las esperanzas de quienes se acercan a ellos.

Ya sé que no es distinto lo que les pasa a los autónomos, a los trabajadores, a los pequeños empresarios… Ya sé que es la misma agonía; pero es que luego está el gobierno, ¡ay el gobierno!, dictando leyes para entregar los divorcios a los notarios, sacar procedimientos hereditarios de manos de los abogados para entregarlos también a los notarios, congelando las retribuciones del turno de oficio, derogando las faltas de tráfico para hacer caro el antes gratuito proceso para reclamar por las lesiones producto de los accidentes, imponiendo tasas a las personas jurídicas… Y un largo etcétera. 

No quieren una abogacía independiente, prefieren esos grandes despachos con quienes siempre se puede hablar y a los que no cualquier tiñalpa puede acudir. Definitivamente los abogados independientes molestan con su manía de defender los derechos de los menos favorecidos, de los hambrientos como ellos. Sí, los abogados independientes molestan en un mundo que pretende cada vez más controlar la justicia y en el que ellos son el anacrónico resíduo de la independencia y la justicia posible.

Por eso, cuando veo anunciadas cosas como “jornadas de internacionalización de despachos”, eventos de “branding”, de “marketing” o de “coaching” para abogados, me pregunto si quizá los organizadores de los mismos no conocerán a los mismos abogados que yo. Porque los abogados que yo conozco no son los que salen en las páginas salmón de la prensa económica, los que tienen sucursales en Hong-Kong o Nueva York o dividen a los integrantes del despacho en “juniors” y “seniors”. 

Yo conozco otra abogacía, esa que en 2015 tiene bolsas de pobreza, la que no sale en los titulares, para la que no se organizan congresos… pero que es la que sufre, calla, da la batalla y mantiene la esperanza de que la justicia aún es posible en este país.

Legislar contra el ser humano

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Hoy me he desayunado con esta estremecedora foto de portada de El País y me ha venido a la memoria aquella máxima que, cuando estaba en la facultad de derecho, tanto nos repetía nuestro profesor de economía política: «no se puede legislar contra el mercado». Nos contaba que, cuando los precios no los fijaba el mercado sino los gobiernos, inmediatamente aparecía el mercado negro y aseguraba que, si se fijaba un precio exorbitante para el tabaco o el alcohol —por ejemplo—, inmediatamente aparecería un mercado negro donde algunos ofrecerían las mercancías a su precio real a los consumidores de ellas dispuestos a comprarlas.

La afirmación de mi profesor me parece acertada aunque ese «mercado» no sea, en el fondo, más que un conjunto de transacciones producidas entre personas que quieren comprar y otras que quieren vender; ese mercado, pues, no sería más que un subconjunto (negocial) del conjunto mucho mayor (vital) de las aspiraciones humanas.

Hoy, como digo, he recordado esa afirmación al ver a estas decenas de seres humanos tratando de salvar la vida. Si no es posible legislar contra el mercado (y a evitarlo dedican los países del mundo occidental ingentes recursos en forma de tribunales de la competencia y aún llegando a la guerra por imponer ese principio) ¿cómo es posible que podamos establecer leyes que van en contra de las más esenciales aspiraciones del ser humano?

Los seres humanos no sólo desean negociar, comprar y vender, sino que antes que eso desean esas cosas que proclaman campanudos textos legales: el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Si no se puede legislar contra el mercado mucho menos se puede legislar contra el ser humano y —si se hace— el mercado negro de seres humanos será el menor de los problemas que habremos de afrontar y la historia nos enseña esa verdad con incontestables ejemplos.

Entendámoslo, la pobreza no es un problema sólo de los pobres: es un problema nuestro también, es un problema de todos; las islas de riqueza en medio de un océano de pobreza están condenadas a ser tragadas por él y otro tanto les pasará a las islas de libertad o felicidad si les rodea un mar de injusticia y desesperación. La consecuencia de esta verdad es que si la pobreza no es sólo un problema de los pobres nos toca a todos —y no solo a ellos— remediarla. Las palabras de Cervantes no son un mero artificio retórico

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida

Y es por la vida, por la libertad y por la búsqueda de la felicidad por lo que se ahogan estos seres humanos de la foto.

Algo estamos haciendo mal, muy mal: no se puede legislar contra el ser humano.

Materia, forma e información

Platón y Aristóteles
Platón y Aristóteles

Probablemente mi catedrático de Derecho Romano, Jesús Burillo Loshuertos, nunca sabrá el mal que me ha hecho el que, en mi primer examen como universitario, incluyese la pregunta de a quien pertenece la escultura, si al escultor o al dueño del mármol, pregunta sobre la que ya escribí en otro post.

En el fondo de la pregunta, además de un histórico debate jurídico entre sabinianos y proculeyanos, late la vieja dualidad materia-forma de la que se ocuparon ampliamente antiguos filósofos y pensadores.

Reflexionando sobre la información en cuanto que acción de informar o dar forma a algo, viene a la mente inmediatamente la percepción de que, mientras la materia es finita y escasa (al menos dentro de las fronteras de nuestro planeta), la capacidad de informar es inagotable, al menos mientras no falte la energía.

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