Esta semana un sedicente ministro de dios afirmó (literalmente) que la discapacidad es «herencia del pecado» y del «desorden de la naturaleza» y, como era de esperar, gran parte de la población de sintió abochornada por tales afirmaciones.
Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que se alzaran voces sosteniendo que las tales palabras, aunque literales, sacadas de contexto se estaban malinterpretando y, naturalmente, se apresuraron a ofrecer un «contexto» teológico que sirviese de emoliente a la escandalosa frase.
No creo que lo lograran porque, en realidad, tal tarea es misión imposible.
Al debate en el que negligentemente se enredó Reig Plá se le conoce como «el problema del mal» y ha sido formulado de muchas y diferentes maneras a lo largo de la historia de la humanidad.
A Epicuro (341–270 a.C.) se le atribuye la formulación más temprana y conocida del problema del mal:
«¿Quiere Dios prevenir el mal, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿Puede hacerlo, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Puede y quiere hacerlo? ¿Entonces por qué existe el mal?»
En su Diálogos sobre la religión natural, David Hume (1711–1776) reformula el argumento epicúreo: «¿Está Dios dispuesto a prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces es impotente. ¿Es capaz, pero no está dispuesto? Entonces es malévolo ¿Es capaz y está dispuesto? ¿De dónde, pues, proviene el mal?».
Hume no niega directamente la existencia de Dios, pero considera que el mal en el mundo pone seriamente en cuestión la existencia de un Dios tradicionalmente concebido como bueno y todopoderoso.
Más recientemente J.L. Mackie (1917–1981) un filósofo australiano desarrolló el argumento lógico del mal. Sostenía que es lógicamente incompatible que Dios sea omnipotente, omnibenevolente y que exista el mal. Su famoso artículo “Evil and Omnipotence” (1955) defendía que no hay forma coherente de mantener los tres enunciados a la vez sin contradicción.
Yo, antes que a Epicuro o Hume, había escuchado planteado este problema del mal en una canción de Atahualpa Yupanqui que el gaucho Jorge Cafrune interpretaba con su estilo característico. La obrita, llamada las «Coplas del payador perseguido», en cierto punto afirmaba:
«Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, créamelo,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó».
Y desde entonces, cada vez que veo niños morir de hambre o inocentes cadáveres infantiles muertos sin razón alguna que pueda justificarlo, me viene a la memoria aquel verso que recitaba Cafrune y pienso que, seguramente, «Dios, por allí, no pasó». Y es verdad que me cuesta creer que haya un dios en Canaán que permita las matanzas que vemos todos los días o que exista un dios en Ucrania que permita que bombas, drones y misiles, aniquilen la vida de centenares de niños y niñas.
Dios, por allí, parece evidente que no pasó.
El problema del mal, como les dije es viejo, tan antiguo como la religión y la humanidad.
El primer texto escrito donde se especula sobre este problema es un texto acadio que data de los siglos XIV-XIII AEC y que, conforme a su «incipit» conocenos como el «Ludlul bel nemequi» aunque es popularmente conocido en países de habla inglesa como el «Poema del justo sufriente» o como «El Job babilónico» pues su argumento es sorprendentemente parecido al del más antiguo de los libros de la Biblia: el «Libro de Job».
En el «Ludlul bel Nemequi» se nos relata cómo cambió un día la suerte de un hombre Shubshi-meshre-Shakkan, un hombre rico de alto rango. Cuando fue acosado por señales ominosas, provocó la ira del rey, y siete cortesanos tramaron todo tipo de daño contra él. Esto resultó en que él perdiera sus propiedades («han dividido todas mis posesiones entre gentuza extranjera»), sus amigos («mi ciudad me desaprueba como un enemigo; de hecho, mi tierra es salvaje y hostil»), su fuerza física («mi carne está flácida y mi sangre ha menguado»), y la salud, como él relata que «se revolcaba en mis excrementos como una oveja». Muy probablemente este poema fue conocido durante su exilio en Babilonia por el pueblo hebreo y se haya en el origen siquiera sea remoto del libro de Job.
Y hablando del «Libro de Job» no se fíen ustedes de lo que les enseñaron en el colegio. Job no sufre con paciencia los males que Yahweh (por una ridícula apuesta con un satán) permite que le ocurran sino que, antes bien, se subleva contra el dios que le abandona.
Lo de «el señor me lo da, el señor me lo quita, bendito sea dios» sólo pasa en las primeras páginas, porque los males de Job se acumulan de tal manera que, si lee usted el Libro de Job más allá de los versículos iniciales, es posible que se sorprenda y no poco.
Cuando el mal es gratuito y recae directamente sobre víctimas inocentes todos los argumentos de quienes plantean el «problema del mal» alcanzan el peso de un razonamiento casi irrefutable y evidente por sí mismo.
Este «problema del mal», considerado por muchos pensadores como uno de los argumentos lógicos más solidos en contra de la existencia de un dios omnipotente y bueno, es en el que Reig Plá se metió de hoz y de coz (sobre todo de coz) cometiendo una negligencia rayana en la imprudencia temeraria cuando decidió introducirlo, como de pasada, en su discurso. Con un mínimo de sentido común hubiera debido prever que lo mejor que podía pasarle es un escándalo como el que ha montado aunque, vista su trayectoria vital, parece que a este hombre lo que en verdad le gusta es provocar este tipo de escándalos.
La teodicea de las diversas religiones monoteístas (para los que tienen religiones dualistas como los zoroastrianos el problema se conlleva mucho mejor) ha tratado de ofrecer explicaciones más o menos convincentes aunque siempre hay algo que le dice a la razón humana que «Dios por allí no pasó» cuando presencia los dramas que la vida diariamente nos ofrece.
¿Qué explicaciones son esas? Bueno son variadas:
San Agustín, por ejemplo, argumentó que el mal en realidad no existe sino que es «ausencia de bien», no algo creado por Dios, un argumento —y que me disculpen quienes tengan una opinión contraria— francamente poco convincente.
Santo Tomás de Aquino, con un razonamiento parecido, sostuvo que Dios permite el mal para obtener bienes mayores lo cual es tanto como no justificar en absoluto por qué un dios bueno permite el mal.
Leibniz, quizá con más éxito popular, formuló la famosa idea de que vivimos en «el mejor de los mundos posibles» aunque a nadie se le escapa que el mundo mejoraría si no se asesinasen niños. Y en fin, finalmente, Alvin Plantinga, filósofo contemporáneo, propuso la idea de la «defensa del libre albedrío» como una solución lógica: Dios permite el mal porque crear seres libres implica el riesgo de que elijan el mal lo que tampoco aclara mucho las cosas.
Otros razonamientos (por ejemplo el que realiza el medio digital Infovaticano para tratar de dar «contexto» a las palabras de Reig Plá) ponen el foco en el llamado «pecado original» sosteniendo que lo que Reig Pla quería decir es que el dolor, la enfermedad y la fragilidad humana, se comprenden plenamente a la luz del pecado original y de la redención obrada por Jesucristo. Que esto no implica una relación directa entre los pecados individuales y el sufrimiento específico, sino que señala que toda la creación está marcada por una herida primordial debido al pecado de Adán, introduciendo desarmonía entre el hombre, la naturaleza y Dios. El sufrimiento, la muerte y la enfermedad no son castigos personales, sino realidades que forman parte de un universo herido que espera la plenitud redentora.
Si a usted le parece que «toda la creación está marcada por una herida primordial debido al pecado de Adán, introduciendo desarmonía entre el hombre, la naturaleza y Dios» pues quizá pueda tratar de aceptar la doctrina religiosa en este punto, pero dudo que su razón alcance a entender —por incomprensible— este abstruso razonamiento de Infovaticano.
Sea como sea y crea usted lo que crea —que es muy libre usted de creer en lo que le parezca mejor y no quiero yo llevar razón en temas de esta especie— lo que sí podrá comprender es que mezclar en la misma frase el sufrimiento y el dolor gratuito de niños inocentes con el pecado, la herencia y el desorden de la naturaleza, es una imprudencia de tal calibre que cuesta pensar que una persona en sus cabales pueda haberla realizado.
Y voy a olvidarme de este asunto aunque solo sea para salvaguardar mi salud mental.
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Como un juego de niños
Cualquier animal social, para vivir en grupo, necesita respetar las normas que regulan el funcionamiento del grupo y esto es válido para una colonia de simples bacterias como para la más evolucionada horda de chimpancés u homo sapiens.
Estas habilidades para la vida en grupo no se adquieren culturalmente mediante el aprendizaje sino que están inscritas, al menos en su nivel más básico, en los genes de los miembros del grupo dando lugar a conductas que se heredan. En el caso de los humanos a ese conjunto de conductas heredadas (el «derecho natural» genuino) se añade otro conjunto de normas fruto de la evolución cultural de cada comunidad.
¿Se ha planteado usted si la empatía, el orgullo o la venganza son rasgos heredados o aprendidos?
Las ideas que ha ido teniendo el ser humano sobre sí mismo han tenido a menudo consecuencias dramáticas. No es lo mismo pensar que el niño, cuando nace, es una hoja en blanco que la sociedad escribe a través de la educación a pensar que el niño, cuando nace, ya trae un equipamiento genético que determina muchas de sus características; no es lo mismo pensar que el hombre es un ser bondadoso por naturaleza que la sociedad estropea a que el hombre es, en sí mismo, un ser malvado que si no expresa toda su maldad es gracias a que, de alguna forma, firmó un contrato social que hace que la sociedad le salve de sí mismo.
Es muy peligroso creer que sabemos cómo es el hombre porque ello nos llevará a dictar leyes que pueden ir contra su naturaleza y hacerlo profundamente infeliz.
En la naturaleza existe la empatía, existe el orgullo y existe el altruismo y no sólo en la especie humana sino también, en mayor o menor medida, en cualquier animal social. Pero también existen en el hombre multitud de aspectos que no comprendemos y que no sabemos si se deben a la cultura o a su equipamiento genético. Hoy el País publica una serie de estudios científicos que yo conocía desde hace tiempo a través de los estudios del primatólogo Frans de Waal pero sobre los que no me había atrevido a escribir en redes sociales por temor a ir contra el «mainstream» del pensamiento actual: ¿los juegos de los niños y niñas humanos son diferentes por educación o existe algún tipo de condicionamiento genético?
El tema, que debiera ser estrictamente científico, sé que puede segmentar a los lectores rápidos en función de algunos apriorismos políticos y no me gustaría que ese fuese el caso, sólo quisiera compartir el «state of the art» de la ciencia en este punto y, para ello, nada mejor que transcribir las apreciaciones del propio Frans de Waal, primatólogo al que, como sabrán los lectores más antiguos y recalcitrantes de estos post, he dedicado numerosos artículos:
Una mañana, a través de mis binoculares, vi a Amber encaminarse hacia la isla en una extraña postura encorvada, renqueando sobre una mano y dos piernas. Con la otra mano abrazaba la cabeza de un cepillo de crin contra su vientre, exactamente igual que una madre chimpancé sostiene a un neonato que es demasiado pequeño y débil para agarrarse por sí solo. Amber era una hembra adolescente de la colonia de chimpancés del zoo de Burgers. Uno de los cuidadores debió de dejarse el cepillo, y Amber le había quitado el mango. Ocasionalmente, lo acicalaba y deambulaba con el cepillo colocado en la grupa, como una madre cargando con un retoño más crecido”.
En los infantes humanos encontramos un patrón similar al de los chimpancés: las niñas juegan mucho más con muñecas que los niños, en todas las culturas. Sin duda, desde pequeños aprendemos que algunas actividades son socialmente más aprobadas para un género u otro, y con frecuencia se estigmatiza a los niños que juegan con muñecas. Sin embargo, las observaciones con primates indican que también podría existir una base biológica.
Para comprobarlo, en 2008 se llevó a cabo un experimento en el Centro de Investigación de Yerkes con macacos (Macaca mulatta). A 39 infantes les dieron distintos objetos para que se divirtieran. Unos eran juguetes comúnmente asociados a chicos, como pelotas, tractores y otros objetos con ruedas, y otros eran peluches similares a muñecas, que solemos asociar a las chicas. El resultado fue que, al igual que ocurre con los humanos, los machos prefirieron los juguetes con ruedas a los peluches, mientras que las hembras no mostraron preferencias
Este resultado llama la atención, sobre todo si tenemos en cuenta que los macacos no tienen este tipo de objetos en su hábitat natural. En un gran número de especies de mamíferos, cada sexo juega de manera diferente: los machos suelen tener un juego más dinámico y brusco que las hembras. Por tanto, es posible que los juguetes con ruedas permitieran a los macacos desarrollar este tipo de juego mejor que los peluches.
Si dos machos jóvenes de macaco o chimpancé se ponen a jugar con una muñeca, lo más probable es que esta termine destrozada. Cada uno agarrará un extremo y tirarán de él en una lucha por hacerse con el objeto, demostrando así quién es el más fuerte. Por el contrario, las hembras lo arroparán y le inspeccionarán la zona de los genitales. Son más propensas a los cuidados.
Estas diferencias en el tipo de juego también se ha observado en los humanos. Los niños son más enérgicos y las niñas utilizan más los juegos narrativos. Por lo tanto, es posible que niños y niñas tengan juguetes distintos porque escogen aquellos que les permiten desarrollar mejor su tipo de juego. En 1982, un estudio estadounidense hizo una encuesta para averiguar los motivos por los que estos escogían los juguetes. El 55% habló de lo que podía hacer con esos juguetes, frente al 1% que hizo referencia a su género.
Por supuesto, esto no quiere decir que su entorno cultural no afecte. Uno de los juguetes preferidos de los macacos del experimento era un carrito de la compra en miniatura, pero este no es un juguete popular entre los niños humanos, probablemente por el imaginario asociado a él.
Es importante aclarar que hablamos en términos generales, siempre hay excepciones. Por ejemplo, la exposición en el útero a hormonas sexuales influye en las preferencias por los juguetes. Las niñas con hiperplasia suprarrenal congénita, que secretan más andrógenos de lo normal, presentan un juego más parecido al de los chicos y también eligen juguetes típicamente masculinos con más frecuencia. Esto es así, aunque desde pequeñas se les anime a utilizar juguetes supuestamente femeninos.
Y sin embargo, a pesar de lo expuesto, yo no tomaría decisiones definitivas sobre resultados científicos que, como todos los resultados cuentíficos, son siempre más o menos provisionales, jugar a ser Dios con otros seres humanos legislando sobre aspectos que no podemos estar seguros de conocer es siempre peligroso.
No hay nada que me inquiete tanto como un legislador absolutamente seguro y convencido de lo que hace y, en ese sentido, todos los credos me inquietan sean religiosos o políticos.
Desde 2008 he tratado de penetrar en los fundamentos genéticos —y por tanto evolutivos— de los comportamientos sociales —y por ende jurídicos— humanos para tratar de entender el verdadero derecho natural que se esconde tras las conductas humanas y que está escrito en su ADN y es por ello que me he dedicado a buscar los antecedentes de estos comportamientos en otros animales que podrían mostrar estadios evolutivos anteriores al de la especie humana actual.
He aprendido mucho en este viaje de 25 años aunque, seguramente, mi convicción más asentada es la de que la única seguridad válida es la duda; esa y la de que este tipo de post no suelen interesar a nadie, mucho menos en verano y a la hora de la siesta.
Alabí, alabá, alabín bombá
Si tienes unos años seguramente has jugado a este juego que ves en esta fotografía que tomo prestada de la Asociación de jóvenes del municipio de Abla-Almería.
El juego se llama «chinche monete», «chinchemonete» o «chichemonete» y en él podemos encontrar un buen ejemplo de cómo en los juegos infantiles se criptografiaban viejas influencias culturales de civilizaciones remotas.
La herencia humana no sólo se encierra en los genes sino también en los memes, esos fragmentos de información que pasan de generación en generación convirtiéndonos en lo que somos y, del mismo modo que en nuestro código genético conservamos, por ejemplo, la mínima aportación de vándalos o visigodos, en nuestro código memético conservamos las aportaciones de cuantas civilizaciones nos han hecho lo que somos.
Quizá el chinchemonete o el «guá» (al que seguro también has jugado) sean un buen ejemplo de esto.
Tal y como nos enseña Federico Corriente, sillón K de la Real Academia Española de la Lengua, «chinchemonete» deriva del romance andalusí ČÍNČE LOM-BÉTE (‘cíñete el lomito’) y, para quien haya jugado, creo que no necesito explicar más.
Los ejemplos son interminables: «guá» deriva del árabe zádwa, pero es que el clásico «alabí alabá alabín bombá (alla‘ibín áyya ba‘ád alla‘íb BÓN BÁD) significa exactamente en árabe»jugadores, venga ya, el juego va bien»; y si la grada contesta «Ra!, ra!, ra!» puede usted estar seguro de que no invocan a ningún dios egipcio sino que esa expresión (Ra!, ra!, ra!) lo que significa en árabe es, literalmente, «¡mira!, ¡mira!, ¡mira!».
Así pues, trate de no olvidar que los árabes, los moros, también son una parte no sólo genética sino también memética de lo que es usted.
Playa de Portmán, años ’60 (urbanización)
Ahora que la costa está llena de urbanizaciones esta imagen parece salida de un mundo irreal. Dos zagales juegan en el agua con una caja de madera y un cordel y, detrás, luce en todo su esplendor la «urbanización» de la playa de Portmán: un conjunto de barracas que eran desmontadas cuando acaba el verano devolviendo a la playa su aspecto originario. Ahora que el hormigón ha invadido nuestras costas y que los zagales tienen teléfono móvil, recuerdo aquellos años, cuando a los adultos para veranear les bastaba una barraca y los niños éramos felices con una caja de madera y un cordel.


