Los santos de mi ciudad

Los santos de mi ciudad

El santoral de mi ciudad no resiste el más mínimo examen de la autoridad eclesiástica.

En mi ciudad los santos del cielo no suelen ser bondadosos sujetos beatíficos ni dóciles monjitas rezadoras con aroma a claustro o a salón parroquial; en mi ciudad los santos y las santas empuñan con más frecuencia una pistola semiautomática o una navaja que un báculo episcopal o un rosario, porque en Cartagena los santos blandengues y relamidos gustan poco y es quizá por eso por lo que se le tiene tanta ley a santos como San Pedro, que además de espadachín y pendenciero es, en el iconostasio de los cartageneros, un santo obrero, rebelde, jaranero e indisciplinado.

Les cuento esto para advertirles de que los santos de que les voy a hablar en esta historia no pertenecen a esa estirpe que puebla los expedientes vaticanos de beatificación. Los santos de que voy a hablarles hoy no han realizado ningún milagro que los avale y ni siquiera es seguro que hayan entrado en el cielo del dios de los cristianos. Lo que sí puedo asegurarles es que los cartageneros les han elevado a sus particulares altares laicos y mis paisanos esperan antes encontrarse con ellos en la vida futura —si es que la hubiere— que con ninguno de esos santos de mitra o toca que miran beatíficamemte hacia los cielos en los camarines de las iglesias.

Y ahora vayamos al turrón.

Los santos de que yo quiero hablarles hoy se llamaban Miguel y Caridad. Miguel había nacido en La Unión en el año 1900 y Caridad, algo mayor que él, había nacido en Cartagena en el año 1879, de forma que, para el año 1936 que fue cuando sucedieron los hechos que voy a narrarles, Miguel contaba 36 años y Caridad ya era una mujer de 56.

Sus vidas, eso sí puedo adelantárselo, no habían sido de esas que su Santidad Pio XII, a la sazón papa de la Iglesia de Roma, habría puesto de ejemplo para nadie, pero no dejaban de tener su interés.

Miguel era hijo de una familia minera de La Unión. A los 9 años y por necesidad comenzó a trabajar en una imprenta m primero sindicalista de la UGT, luego militante del PSOE y, tras diversos avatares, afiliado del Partido Comunista de España. Llegó a ser alcalde de Cartagena pero para el día 25 de julio de 1936 el cargo que ocupaba Miguel era el de simple concejal del Ayuntamiento de Cartagena.

La vida de Caridad había sido mucho más miserable que la de Miguel. Hija de una mujer con fama de vivir en el mundo de la prostitución, Caridad desde muy niña fue prostituida por su propia madre en un barrio enclavado en el centro mismo de Cartagena: el barrio del Molinete. La pequeña Caridad, para su desgracia, fue entregada desde casi niña a hombres mucho mayores que ella.

Es preciso aclarar a quienes no sean de Cartagena que el Molinete, a finales del siglo XIX y principios del XX, era meca de toreros, artistas y cantaores flamencos, pero también ¡ay! era un bullicioso barrio prostibulario alimentado por las súbitas fortunas amasadas con la minería de la plata y el plomo o la llegada de barcos de la Armada repletos de marinería. Y fue en ese barrio y en ese ambiente donde nació y creció Caridad.

Pero, por inverosímil que parezca, Caridad no fue una chica normal. Desde muy joven fue amante de políticos y ricos propietarios mineros y por su cama pasaron regularmente alcaldes de Cartagena y Ministros del gobierno de Alfonso XIII que la hicieron su amante.

Para 1936, Caridad ya contaba 56 años pero había amasado una discreta fortuna y era la dueña del burdel de más fama del Molinete; su red de contactos e influencias, además, era tan amplia como la persona más ambiciosa pudiese desear.

Y fue en ese situación cuando ocurrieron los hechos que quiero narrarles.

Los generales Franco, Goded y Mola se habían sublevado en Marruecos, Barcelona y Navarra, hacía apenas una semana. Las Brigadas de Navarra avanzaban hacia Madrid y el ejército de África trataba de pasar a la península para acabar con el gobierno de la República.

Por su parte en Cartagena, que permaneció leal a la República con toda su flota, se desató una frenética búsqueda y captura de miembros, reales o imaginarios, de la llamada «quinta columna», lo que convirtió de inmediato en sospechoso a cualquier individuo de derechas.

Y en medio de toda aquella locura el 25 de julio de 1936 turbas incontroladas decidieron asaltar iglesias y templos y destruir cuanto de valor hubiese en ellos.

Para Miguel, el militante del Partido Comunista y concejal del Ayuntamiento de Cartagena protagonista de nuestra historia, aquella forma de proceder era inaceptable y la jornada resultó particularmente dura para él.

En un primer momento, Miguel se presentó en la iglesia de Santa María de Gracia pues allí se acumulaban numerosísimos pasos de Francisco Salzillo de extraordinario valor artístico. Junto a personas como la poetisa Carmen Conde (primera mujer miembro de la Real Academia Española de la Lengua), trató de evitar la quema de las esculturas pero sin éxito, viéndose obligado a huir del lugar al ver peligrar su propia vida.

Miguel se encontró posteriormente con idénticas escenas de destrucción en otras iglesias y fue entonces cuando decidió dirigirse a la Basílica de la Caridad, templo de la patrona de nuestra ciudad, la Virgen de la Caridad, donde el destino le llevaría a cruzarse con la otra Caridad de nuestra historia, no la virgen, obviamente, sino la otra santa de nuestro relato.

Porque en la puerta del templo de la Caridad, como en el resto de las iglesias de la ciudad, se había agolpado una masa descontrolada dispuesta a destruir cuanto hubiese en el interior del templo. Lo que no esperaba aquella masa furiosa es que, por el vecino barrio prostibulario del Molinete, pronto corriese la voz de que iban a destruir la imagen de la Patrona de la ciudad, lo que dio lugar a una reacción inesperada.

Enteradas de que la masa se dirigía al templo de la Patrona las chicas del burdel de Caridad decidieron atajar el paso a la turba y provistas de armas blancas se colocaron en la puerta principal de la basílica determinadas a bloquear el paso a la turba.

No está claro cuántas chicas formaron el cuadro ese día frente a la iglesia, tampoco está claro si era la propia Caridad quien las capitaneaba, en lo que sí coinciden todos los testigos es que en el momento de máxima tensión, cuando las chicas y la turba se aprestaban al enfrentamiento a cara de perro, apareció desde dentro de la iglesia el concejal Miguel.

Miguel había llegado a la iglesia de la Caridad por su parte posterior, la que colindaba con el Molinete y, entrando en la iglesia por la puerta trasera, se dirigió hasta la puerta principal a donde llegó cuando el enfrentamiento entre las chicas de Caridad y la masa que venía a asaltar la iglesia parecía inevitable.

La masa increpó al comunista Miguel y Miguel increpó a su vez a la masa. Las chicas cerraron filas en torno a Miguel y este, se cuenta, que amartilló su pistola.

Lo que pasó en ese momento varía según las versiones de los diversos testigos que refieren esta historia.

«Si vais a subir esos escalones acerrojad los fusiles porque os aseguro que no os va a ser fácil» dicen algunos que dijo… Eso o algo parecido. Quién sabe, lo que estaba ocurriendo allí estaba transitando en ese momento por la delgada línea que delimita los márgenes del campo de la historia de los límites de la leyenda.

Sea como fuere lo cierto es que quienes venían con la masa se achantaron y que quienes les dirigían se achantaron también, de forma que comenzaron a disolverse ante la determinación del concejal y las chicas de Caridad que no tardaron en quedar dueñas del campo.

Muchas iglesias e imágenes ardieron ese día pero eso no pasó en el templo de la Patrona de Cartagena salvado por un inesperado pelotón de voluntarias. En todos los años que quedaban de guerra el templo ya nunca más volvió a ser amenazado y Caridad y sus chicas subieron así al olimpo cartagenero de las leyendas.

Tras la guerra Caridad Norberta Pacheco (alias Caridad «La Negra» en el submundo prostibulario pero ya también Caridad La Negra para todos los cartageneros) disfrutó de un reconocimiento social, incluso entre las clases altas, que nunca pudo imaginar. Los Viernes de Dolores, día de la fiesta grande de nuestra ciudad, un lugar preeminente para ella en la basílica de la Caridad y en los corazones de los cartageneros estaba asegurado. Hoy, todavía, todos los Viernes de Dolores, una agrupación cofrade hace llegar al templo un ramo de rosas negras en recuerdo de Caridad La Negra, la santa de nuestra historia.

Es verdad que aún se pueden ver en los bares de la ciudad fotografías de los años mozos de Caridad donde esta, supuestamente, aparece desnuda, pero, salvo para la mirada ignorante del turista, no hay en ello falta de consideración alguna hacia Caridad. En Cartagena a los santos también se les recuerda así, aunque…

Aunque en el caso de Caridad La Negra no solo fue elevada a los altares tras los mostradores de las tabernas y, si vas a la Basílica de la Caridad y a la derecha del altar te inclinas, verás en lugar bien visible el cuadro de una María Magdalena del pintor Manuel Wsell de Guimbarda, que nos recuerda poderosamente a una niña de 15 años, una tal Caridad Norberta, que fue de niña modelo del pintor y que está para siempre a la derecha de la otra Caridad, la que ella y sus muchachas defendieron aquel lejano 25 de julio de hace muchos, muchos, años.

Para nuestro otro santo, Miguel, el final de la guerra no fue tan dulce como para Caridad. Miembro del Partido Comunista y concejal de izquierdas en el Ayuntamiento de Cartagena durante la guerra, Miguel Céspedes fue juzgado en un procedimiento sumarísimo en el que fue acusado de «adhesión a la rebelión» e investigado en referencia a su posible participación en varios asesinatos y en la redacción de la lista de presos a ejecutar en la «saca» de la cárcel de San Antón del 18 de octubre de 1936, en la que 49 personas fueron fusiladas.

En su favor declararon numerosos testigos y en 1943 fue condenado «exclusivamente» por «adhesión a la rebelión» a 30 años de prisión, si bien fue excarcelado ese mismo año y pudo acogerse a indulto en 1945. Desde entonces abandonó cualquier actividad política, y permaneció hasta su fallecimiento en 1971 al frente de su imprenta.

Como pueden imaginar los sucesos del 25 de julio pesaron mucho en todo esto, al igual que la sombra de las dos Caridades de esta historia.

Hoy, la vieja imprenta del tipógrafo Manuel Céspedes se arruina en el lateral sur de la Plaza de San Francisco, pero aún nos permite ver el nombre con que Miguel decidió bautizar a su negocio.

Adivinen ustedes por qué o por quién.

Cicatrices

Cicatrices

Para las civilizaciones orientales las cicatrices son parte de la historia de las personas y los objetos y, antes que ocultarse, se embellecen; es una filosofía a la que llaman «kintsugi».

Lo que ocurre es que, a veces, las cicatrices supuran y nuestra ciudad, tras 2250 años de guerras, acumula tantas cicatrices que alguna, aún, no está del todo cerrada.

Cicatrices de la segunda guerra púnica podemos verlas todavía en la muralla carthaginesa que hay en San José; también se pueden ver aun cicatrices de la Guerra de Sucesión en la Puerta de la Serreta, de la Guerra del Cantón en la Plaza de Juan XXIII y de la Guerra Civil en multitud de lugares como el Parque de Artillería, el Ayuntamiento o los refugios de la Calle de Gisbert, un lugar que, además, nos enseña que no todas las cicatrices son visibles, que en Cartagena, las heridas, también son internas.

Pero, de entre todas las cicatrices de nuestra ciudad, hay una que supura especialmente.

Saqueada por unos y bombardeada por otros las ruinas de la Catedral de la Diócesis de Cartagena son una llaga abierta en la carne de la ciudad.

Y es que llama la atención que, aquellos que nos enseñaron el mandamiento de «no dirás falso testimonio ni mentirás», fueran los mismos que no dudaron en falsificar documentos para usurpar el título de sede primada a nuestra ciudad en favor de Toledo o trasladar el Obispado a una ciudad cercana. A pesar del tiempo transcurrido, estos de quienes les hablo, ni han hecho examen de conciencia, ni han mostrado el más mínimo dolor por sus acciones, no se adivina que tengan el más mínimo propósito de enmienda y aún estamos esperando que confiesen públicamente sus trapisondas.

Si ustedes no me entienden les aseguro que ellos me entienden perfectamente.

Hoy, 16 de enero, festividad de San Fulgencio, mientras en una ciudad cercana —que nunca conoció a Fulgencio— el clero come boniatos y toma vino de mistela celebrando al patron de la diócesis, en Cartagena, su capital, la cátedra de Fulgencio, la sede de Liciniano, el lugar de donde Leandro o Isidoro tuvieron que huir, sigue en ruinas tras 86 años de abandono debido a los bombardeos de unos y la incuria manifiesta de todos.

Y no, esto no es kintsugi ni honra de las cicatrices, esta es una llaga que supura.

En fin, feliz día de ese cartagenero que se llamó Fulgencio —San Fulgencio para los cristianos— y felicidades a todos los Fulgencios, Penchos y Penchicos de esta diócesis que, afortunadamente, aun son muchos.






El Auxiliar 2⁰ de Máquinas

El Auxiliar 2⁰ de Máquinas

Fue por ese detalle por el que, muchos años después, la familia del Auxiliar 2⁰ de Máquinas, sabría que él llevaba el práctico a bordo.

El B-6 había sido diez años antes el orgullo del Arma Submarina española pues, el ahora viejo pero entonces joven sumergible, había batido el récord mundial de permanencia en inmersión al mantenerse sumergido tres días, una hazaña increíble para la época.

En aquellos años los marineros del B-6 paseaban orgullosamente por Cartagena luciendo en la cinta del lepanto el distintivo de su sumergible; ahora, sin embargo, la dotación del B-6 esperaba la muerte entre los muros del Arsenal de El Ferrol y uno de ellos, el Auxiliar 2⁰ de Máquinas, se ocupaba en plantearse y resolver difíciles operaciones aritméticas.

Esperar la muerte no es algo para lo que nadie esté preparado. El Auxiliar 2⁰ de Máquinas había oído hablar de personas que habían logrado no perder la cordura en trances como ese ocupando su mente en tareas complejas como analizar partidas de ajedrez, pero él no sabía jugar a ese ni a ningún otro juego parecido y por eso, ahora, ocupaba su mente en resolver difíciles operaciones aritméticas.

Las razones por las que los marineros del B-6 esperaban allí la muerte eran de esa especie que sólo se encuentra en las guerras civiles.

Cuando el B-6 zarpó de su base de Cartagena con una carga de 25 toneladas de munición para el ejército del norte era ya un submarino viejo. Sus tubos lanzatorpedos era dudoso que pudiesen o quisiesen disparar, los 60 metros nominales de profundidad que podía alcanzar en inmersión cuando fue construido se habían reducido a 30 y las 25 toneladas de carga que acarreaba no ayudaban tampoco a que un navío de equilibrio tan delicado como un submarino estuviese en las mejores condiciones de navegar.

Todos en Cartagena sabían, además, que el comandante del submarino no era de fiar. Sospechoso de ser partidario del ejército rebelde, desde Madrid se cometió la insensatez de darle el mando del B-6 para aquella misión, pues a la República no le quedaban ya oficiales del Cuerpo General capaces de mandar este tipo de navíos.

El destino del B-6 estaba escrito desde el mismo momento que zarpó de Cartagena con destino a Bilbao y el desenlace sobrevino cuatro días después de su partida, cuando el sumergible se hallaba a la altura del Cabo de Peñas —frente a la costa asturiana— y fue avistado, navegando en superficie, por el destructor «Velasco» de la escuadra rebelde.

En un primer momento el destructor se lanzó a por el sumergible pero el B-6, al divisarle, hizo inmersión perdiéndose de la vista del destructor el cual, sin dispositivos de rastreo submarino, no pudo sino dar la noticia a otros dos barcos rebeldes que navegaban por la zona, el remolcador artillado «Galicia» y el bou armado «Ciriza» para que extremasen la vigilancia y ahí vio el comandante del B-6 su oportunidad.

Dispuesto a entregar el submarino al enemigo, el comandante ordenó superficie una vez pasado el peligro y permaneció así hasta que el «Galicia» y el «Ciriza» les avistaron de nuevo, momento en el que volvió a ordenar inmersión pero no sin antes sabotear la válvula del acústico. Iniciada la inmersión la tripulación observó como penetraba agua por la vela del submarino y ante el riesgo de hundirse hubieron de volver a salir a superficie donde el comandante contaba con entregar el submarino a la escuadra enemiga.

Sin embargo, la tripulación, ya había decidido que ese no sería el destino del B-6.

Con el «Galicia» disparando sus cañones a una milla por la proa y acercándose a toda máquina, el B-6 hizo su última inmersión mientras el «Galicia» le pasaba por encima lanzando cargas de profundidad. El submarino volvió inmediatamente a superficie y a 1500 metros la tripulación se aprestó a defenderse con el único cañón de cubierta del submarino.

Porque, aunque el comandante traidor siguió ordenando absurdas maniobras para que el submarino quedase a merced de los barcos adversarios, los marineros del B-6 no estaban dispuestos a que eso sucediese y, sordos a las órdenes del comandante, comenzaron a disparar frenéticamente el cañón del submarino contra los barcos adversarios. Y lo hicieron admirablemente.

Tras alcanzar varias veces al «Galicia» causándole daños y la muerte de 9 desgraciados marineros, el submarino forzó máquinas tratando de escapar pero, avisado del combate, el destructor «Velasco» comenzó a cañonear al submarino desde 5000 metros de distancia. Fue cuestión de tiempo que las salvas del Velasco alcanzasen al B6 destrozándole una de ellas la máquina, de forma que, viéndose perdidos y sin gobierno, los marineros del B6 abandonaron el barco no sin que antes el Auxiliar 2⁰ de Electricidad y el Cabo Artillero bajasen al interior del buque para abrir los grifos de fondo y hundirse con su barco: el submarino no combatiría bajo bandera rebelde.

Rescatados por el Velasco, los supervivientes del B6 fueron sometidos a un simulacro de Consejo de Guerra y ahora esperaban en el Arsenal del Ferrol su ejecución. Por eso, ahora, el Auxiliar 2⁰ de Máquinas del B-6 realizaba complejos cálculos mientras esperaba que le sacaran de la prisión para conducirlo frente al pelotón de fusilamiento en el paredón de la Punta del Martillo.

Y así se fueron sucediendo los días para los marineros del B-6, viendo salir y no volver a viejos compañeros, Maquinistas, Auxiliares de Torpedos y de Radio, Cabos de Artillería y Electricidad… y esperando que al día siguiente les tocase a ellos.

Cuando se espera la muerte no hay mucho que hacer, si acaso tratar de no volverse loco y eso era lo que hacía el Auxiliar 2⁰ de Máquinas con sus cálculos y operaciones.

Y fue por ese detalle por el que —muchos años después— los familiares del Auxiliar 2⁰ de Máquinas, supieron que el viejo marinero llevaba el práctico a bordo y esperaba la muerte.

Porque el viejo Auxiliar 2⁰ de Máquinas, el mismo que había esquivado la muerte muchos años antes en el Arsenal de El Ferrol, yacía en la cama de un hospital de Cartagena y se le oía musitar, débilmente, complejos cálculos aritméticos.

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Quizá deba dar una explicación a quienes lean esto y no sean de Cartagena. «Llevar el práctico a bordo» es en el habla de aquí —al menos en el habla de hace unos años— sinónimo de llevar la muerte encima. Una expresión del tipo «ese lleva el práctico a bordo» viene a significar algo así como «la enfermedad de ese es incurable», o «ese ya está condenado».

Y otro dato. Toda la tripulación del B-6 fue condenada a muerte salvo —obviamente— el comandante que les traicionó quien se incorporó inmediatamente al ejército rebelde. Quienes no fueron ejecutados vieron conmutada su condena por la de 30 años de prisión.

La presente historia está fundada en hechos reales aunque, creo, que suficientemente deformados en algunos detalles.

¡Esos son del B6!

¡Esos son del B6!

El submarino B6 era el orgullo del arma submarina española. En 1927 había batido el récord mundial de permanencia en inmersión al permanecer sumergido 72 horas, para entonces una hazaña increíble.

El sumergible, de aquella, lo mandaba el teniente de navío Pablo Ruíz Marcet pero, para el diario «La Voz de Guipúzcoa», el papel más llamativo de la gesta correspondía a un «morrosko» eibarrés, Domingo Zenarruzabeitia, experto levantador de piedras y que había asombrado a la tripulación levantando en el Arsenal de Cartagena más de 300 kilos de metal. Su amigo y compañero de tripulación, el donostiarra Pedro Garín, contaba que, en uno de los peores momentos de la inmersión y con el ambiente ya muy cargado de CO2, se hizo preciso machacar unas piedras de potasa para depurar el aire, cosa que el bueno de Domingo Zenarruzabeitia hizo durante dos días usando dos lingotes de 50 kilos cada uno. Dicen que durante el trabajo nunca dejó de sonreír.

Otro de los tripulantes destacados del sumergible, según el diario citado, era la mascota del submarino: un canario extremadamente sensible al enrarecimiento del ambiente y en el que la tripulación confiaba más que en los aparatos detectores.

Aclara «La Voz de Guipúzcoa» que lo que más halagaba el amor propio de la tripulación —según contaba Pedro Garín— «era el interés que despertábamos en las calles de Cartagena. Nada puede satisfacernos tanto como el oir a nuestro paso la frase: «Ese es del «B6″».

El fin del B6 sin embargo fue mucho menos alegre y mucho más dramático. El B6, junto con el resto de la flota submarina española, permaneció leal a la República; sin embargo buena parte de la oficialidad era férrea partidaria de los sublevados y esta fue la causa de su fin.

El 15 de septiembre de 1936 zarpó el B6 de Cartagena con destino a Bilbao. Había sido “recuperado” para mandarlo el alférez de navío Oscar Scharfhausen Kebbon, un conocido partidario de los sublevados pero que, ante la falta de oficiales cualificados, fue puesto al frente del sumergible si bien bajo la vigilancia, como segundo, del maquinista Juan Cumbrera.

Benito Sacaluga” en su blog, cuenta que el 19 de septiembre de 1936, tras diversas maniobras sospechosas del comandante Scharfhausen, este logró sabotear el barco dejando abierta la válvula del acústico, de forma que hizo creer a la tripulación que el submarino se estaba hundiendo y provocó de este modo su salida a superficie.

Allí le esperaban los bous armados “Galicia” y “Ciriza” que abren fuego contra el sumergible. No obstante su inferioridad este respondió al fuego con su único cañón de cubierta y lo hizo con tal precisión que alcanzó al “Galicia” varias veces causándole daños y bajas pero, cuando se disponía a cañonear al “Ciriza”, apareció a toda máquina el destructor «Velasco» contra el que, en superficie, nada podía hacer el submarino el cual, pronto, recibió un cañonazo que destrozó su sala de máquinas poniéndolo fuera de combate.

La única forma de entregar un submarino al bando contrario fue la elegida por Scharfhausen: salir a superficie en medio de tres barcos adversarios. El submarino no podía pelear en superficie contra estas unidades que, de haber estado sumergido, jamás le hubiesen detectado al carecer de medios técnicos para ello. No obstante, los planes de entregar el submarino al bando contrario fueron frustrados por el Auxiliar 2º de Electricidad Juan Heredia Rodríguez y el Cabo de Artillería Pascual Crespo que se ocuparon de abrir las válvulas del buque mandándolo a pique y hundiéndose ellos mismos con la nave.

El resto de la tripulación fue rescatada y juzgada en el Ferrol en el sumario 127/1936. Fueron condenados a muerte unos y, otros, eludieron el paredón con penas de cadena perpétua. Diez de los treinta y siete tripulantes fueron fusilados en la Punta del Martillo del arsenal ferrolano y el resto, quedaron presos.

El comandante Scharfhausen no, el comandante Scharfhausen fue —naturalmente— absuelto e incorporado en calidad de oficial a la flota de Franco. Se cuenta que se propaló el rumor de que también había sido fusilado para que su “viuda” recibiese una pensión de la República, pero la realidad es que estaba vivo y ahora combatía para el bando contrario.

Ayer pude examinar la lista con la dotación completa del sumergible el día de su hundimiento y pude confirmar lo que buscaba: la identidad del Auxiliar 2º Maquinista.

Vivió para contarlo.

La identidad y la memoria

Somos lo que recordamos. Nuestra identidad es nuestra biografía y ni siquiera íntegra, sino sólo lo que consciente o inconscientemente recordamos de ella. Si se borra la memoria de una persona su identidad se extingue, como en los enfermos de Alzheimer; si se cambia por otra la doble personalidad y la locura son la consecuencia.

Las personas sabemos quiénes somos porque recordamos nuestra biografía, que, al fin y al cabo, no es tan larga como para no poder recordarla en lo esencial. Es, pues, difícil que nadie pueda engañarnos respecto a quienes somos.

Los grupos humanos, las naciones, los pueblos o comoquiera que les queramos llamar, también son memoria aunque en este caso colectiva; lo que ocurre es que su biografía es más larga que la de los indivíduos y no la recordamos porque la hayamos vivido sino porque nos la cuentan. Es por eso que hay tanta competencia para escribir y reescribir la historia de los pueblos y naciones: porque si se cambia la historia recordada se cambia al mismo tiempo la identidad de ese pueblo y esta es la manera más sencilla de manejar a los grupos humanos.

Memoria individual y memoria colectiva definen nuestra identidad como individuos y como grupos y es por eso por lo que hay que tener tanto cuidado con quienes pretenden contarnos nuestra historia.

Hoy es 18 de julio, el aniversario de una rebelión y del inicio de una salvaje guerra cuya historia me han contado de muchas formas a lo largo de mi vida. Quienes la ganaron quisieron en mi niñez que la recordase de una forma muy determinada y, con posterioridad, dependiendo de la ideología de mis interlocutores, han tratado de contármela de muchísimas formas diferentes.

En realidad, quienes trataban de venderme su visión de esta guerra no me estaban hablando de historia, lo que estaban tratando era de interpretar a su gusto la historia por que así cambiaban, también a su gusto, la identidad de mi país y mis paisanos.

Por eso, cuando oigo a políticos hablar de historia, me pongo en guardia, porque no es que estén tratando de decirnos cómo fueron las cosas, lo que están tratando es de decirnos lo que debemos ser y, mucho más aún, están tratando de legislar lo que somos.

Si quieres que una ideología triunfe sobre las demás déjale contar la historia a su manera, no solo cambiará la realidad sino que, imperceptiblemente, nos cambiará a nosotros mismos.

Memoria individual y memoria colectiva, identidad personal e identidad colectiva, conceptos peligrosos si caen en manos de insensatos o de malvados.


Nota. El 18 de julio de 1936 las Cortes de la nación estaban formadas por 473 diputados, de los cuales 17 (3,5%) eran comunistas y ninguno (0%) falangista.

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Esta tarde, mientras volvía a la ciudad desde un oscuro centro comercial, se ha presentado ante mis ojos un impresionante celaje con tonos sonrosados; era la hora del crepúsculo, esa hora que los fotógrafos llaman la hora dorada, pero que a mí, hoy, a quien me ha traído a la memoria es un viejo chansonnier español de los años 40 y 50 a quien yo sólo alcancé a ver en su decadencia artística, Don Luís Sancho Monleón, más conocido por su nombre artístico: Jorge Sepúlveda.

A mí, de niño, me llamaba la atención este cantante de acento catalán que cantaba, con voz nasal y aterciopelada, amables y nostálgicas melodías.

Uno de sus grandes éxitos, una canción titulada «Mirando al mar», empezaba de una forma tan cursi y arzobispal que todos suponíamos haría las delicias de quienes mandaban en aquellos años en España, pues principiaba justo con la frase que da título al post y que, a mí, a la vista del celaje del ocaso, me ha venido a la memoria con su música incluída: «Bajo el palio de la luz crepuscular…».

Ni que decir tiene que he empezado inmediatamente a tararearla.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda), además de una voz peculiar, tenía también una curiosa forma de actuar, pues sostenía invariablemente el micrófono con la mano izquierda mientras gesticulaba con la derecha; era una forma de actuar un tanto envarada pero él tenía muy buenas razones para ello.

Y sí que las tenía, porque, a este cantante romántico y amable para el régimen, un disparo en primera línea de fuego le había inutilizado tres dedos de la mano izquierda.

Sí, Luís Monleón había sido sargento durante la guerra civil, aunque no en el bando que sus amables canciones podrían hacer sospechar, sino justo en el contrario. El valenciano (que no catalán) Luís Monleón había servido como sargento en el ejército de la República y acabó la contienda recluido en el campo de concentración de Albatera aunque, antes de acabar prisionero, primero fue fusilado.

No fueron pocos los españoles de uno y otro bando que sobrevivieron a un fusilamiento; en aquellos años se mataba mucho y no se gastaba compasión ni en el tiro de gracia y a Luís no se lo dieron, de forma que pudo vivir para cantarla y, en cuanto salió del campo de Albatera, se dirigió a Zaragoza a probar suerte en el mundo de la música.

De allí marchó a Madrid y la radio hizo el resto: sus canciones pasaron a formar parte de la memoria musical de los años 40, 50 y muy tempranos 60.

Cuando sintió declinar su estrella se retiró a su casa de Mallorca de donde solo salió en los 70 al recobrar sus canciones cierta notoriedad con la moda de la música «camp».

Tras la muerte de Franco, Luís Sancho Monleón ingresó en la Asociación de Militares Republicanos, desde la que se dedicó a prestar ayuda a las viudas de los militares que combatieron en el bando del gobierno.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda) murió en Mallorca el 26 de junio de 1983 y sus cenizas fueron depositadas, por su expreso deseo, en la fosa común nº 7 del cementerio de Palma de Mallorca, junto a los restos anónimos de muchos otros que, como él, se mantuvieron leales a la República.

Y ahí siguen a día de hoy, al lado del Mediterráneo, mirando al mar y, en tardes como esta, bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular.

¿Cursi? ¡Quiá!

Caridad

Vivo en una ciudad que esconde historias en cada rincón, muchas te pasan desapercibidas años hasta que, una noche, caes en la cuenta o alguien te saca de tu ignorancia.

Fue al principio de la guerra civil que se produjo el asalto de iglesias y la quema de imágenes. Muchas imágenes se perdieron —casi todas las de Salzillo— y, las que se salvaron, casi todas encierran una interesante historia. Una de las historias más curiosas y más llena de mitos fue la de cómo se salvó la imagen de la patrona de la ciudad: La Virgen de la Caridad.

La versión más difundida de los hechos cuenta que una madame de burdel (Caridad «La Negra») y sus muchachas se opusieron al asalto armadas con cuchillos y tijeras y que, con la ayuda posterior de algunas autoridades, hicieron desistir a los asaltantes. La historia es parcialmente cierta pues parece que Caridad La Negra nunca estuvo allí.

La iglesia de La Patrona colindaba con el barrio tolerante de la ciudad en 1936 y es verdad que, cuando la iglesia fue asaltada, un grupo de prostitutas se encerró en el templo dispuestas a hacer resistencia. Lo que normalmente no se cuenta es que por allí apareció un concejal socialista que, al frente de las mujeres, hizo retroceder a los asaltantes. Una escena se repite en casi todas las versiones de la historia: los asaltantes se acercan hasta los escalones de acceso al altar donde están el concejal socialista y las mujeres y se oye una frase desde el grupo defensor: «si vais a subir esos escalones más vale que lo hagáis con las pistolas empuñadas». Los asaltantes, fuese por la razón que fuese, no se atrevieron a subir los escalones y la imagen de la patrona se salvó.

Tres años después Cartagena era la última ciudad en capitular frente al ejército de Franco y el concejal socialista de nuestra historia aún estaba en la ciudad. Todos sabían que era «rojo» y se daba por seguro que sería represaliado, pero la historia ocurrida tres años antes disuadió a los ocupantes de hacerlo. Este concejal se dedicaba a las artes gráficas y tenía una imprenta —hoy cerrada— en la Glorieta de San Francisco en la que trabajó durante toda la dictadura.

La otra noche pasé por las ruinas de lo que fue su imprenta y alguien me señaló el nombre de la misma. Y me dejó pensando un buen rato.

Caridad «La Negra»

Mi ciudad, como todas las ciudades del Mediterráneo, tiene su panteón especial de héroes y dioses del pueblo a quienes este rinde culto a través del viejo rito de contar sus hazañas a la generación siguiente. Nuestros dioses y santos viven así en la memoria del pueblo que es, a fin de cuentas, el único altar donde se rinde verdadero culto a los dioses. Son generalmente personajes humildes —el pueblo admira la virtud y la inteligencia que se manifiesta en las personas más inesperadas— a veces incluso aparentemente malvados (en Cartagena los personajes duros pero sentidos son especialmente queridos) y, como comprobarán si siguen leyendo, la «santa» de la que les voy a hablar pertenecía a esta particular especie de personas.

A Caridad Norberta Pacheco Sánchez (Cartagena 1879) la llamaron «Caridad La Negra» por el color de su pelo y fue la “madame” del burdel de más éxito de “El Molinete”, el viejo barrio tolerante de la ciudad. Fue amante del hombre más rico de Cartagena, José Maestre, que fue también ministro en dos de los gobiernos de Alfonso XIII. No se dejó monopolizar por él y le compatibilizó con alcaldes y otros políticos. Además fue modelo para pintores y gracias a eso, un retrato de ella encarnando a la Magdalena, salido de los pinceles de Wssell de Guimbarda, adorna ahora las paredes del templo de la patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad, advocación que, a lo largo de la historia, dio nombre a Caridad y a decenas de miles de cartageneras.

También sirvió de modelo para fotógrafos y, una de las fotografías de ella, es la que ven más abajo. Joven y morena, con las formas que gustaban en la época, fue, afortunadamente, capturada para la historia por la cámara de Casaú.

Fue Caridad, a pesar de lo dicho y de todos los pesares, mujer devota y de buen corazón. Su ayuda económica a las familias pobres tejió una leyenda a su alrededor y, por eso, cuando el 25 de julio de 1936 ella y un grupo de prostitutas bajadas del Molinete impidieron que la patrona de la ciudad y otras imágenes fuesen quemadas, Caridad La Negra, para el pueblo, se elevó hasta la categoría de mito.

Es verdad que ellas fueron las que intervinieron decididamente en los primeros momentos aunque luego recibiesen ayuda de los guardias de asalto y los políticos de izquierdas de la ciudad, pero toda esa ayuda, en todo caso posterior, para nada cambió la imagen que el pueblo se había hecho del suceso: La Negra y sus chicas defendiendo a la patrona… ¿imaginan una historia mejor?

Pasaron los años y en 1947, concluida la guerra, Caridad mandó unas rosas negras al templo de La Caridad el día de la festividad de la Patrona.

Y hoy… Hoy sigue llegando al templo de la Caridad (la Patrona) un ramo de rosas negras todos los Viernes de Dolores… y, lo que es más importante, la historia de una mujer buena y valiente sigue pasando de generación en generación en mi ciudad.