El hombre que leía a Rafael Barret

Recuerdo bien aquella noche.

Era ya casi hora de cenar cuando de algún lado llegó una orden para intervenir en casa de un ciudadano que, a algunos otros vicios insoportables para el régimen, unía también el de leer.

El servicio duró poco. Apenas si yo había acabado de cenar cuando «la fuerza actuante» estaba de vuelta cargada con una colección de libros con las hojas aún sin cortar de la Editorial Sopena Argentina. El jefe de la «fuerza actuante», sin duda apremiado porque a él también le esperaba la cena en casa, determinó provisoriamente que mi padre habría de llevarse los libros en custodia como depositario y así llegaron aquellos libros a mi casa.

Como todo lo «provisional» en España, la presencia de aquellos libros en mi casa se hizo eterna y, por eso, no dejó de parecerme normal que mi madre los fuese leyendo todos sistemáticamente hasta que un día, a la hora de comer, ocurrió lo que tenía necesariamente que ocurrir.

Mientras comíamos sopa de cocido con fideos (estos detalles por razones que se me escapan nunca se olvidan) mi madre levantó la vista del plato y dijo a mi padre con toda candidez:

—Oye Pepe ¿sabes que a mí me gusta lo que pone en esos libros?

Yo, temiéndome lo peor, seguí mirando fijamente al plato de sopa sin saber cuál sería exactamente la reacción de mi padre pero me tranquilicé cuando vi que, simplemente, se encogía de hombros y que ponía cara de estar harto de libros y de órdenes que él no entendía. Como si no hubiese pasado nada mi padre siguió comiendo su sopa.

Yo, naturalmente, me apresuré a leer aquellos libros para verificar qué era aquello que le gustaba a mi madre y quien era la persona que lo escribía. Por más que le di vueltas yo allí no encontré nada raro ni que me pareciera peligroso; de hecho el autor, un tal Rafael Barret, me resultaba absolutamente desconocido y en ninguno de mis libros de texto ni en ninguna otra de mis lecturas había ninguna referencia a él.

Aquellos libros, naranjas y negros con los títulos de la portada en blanco, siguieron dando vueltas por mi casa muchos años aunque ni mi madre ni yo les prestábamos ya atención y estoy seguro que, el día que logre reunir ánimos, buscaré entre los viejos enseres de la casa de mi madre y encontraré alguno de ellos, porque estoy seguro que alguno sigue allí.

Fue hará unos tres años que, al hilo de la muerte de mi padre, me acordé del tal Rafael Barret y decidí investigar quién era aquel hombre que había provocado con sus escritos la intervención de la guardia civil en la casa de un ciudadano privado. Y lo encontré.

No les contaré su vida ni les haré reseña alguna de su biografía, es interesantísima y no quiero privarles del placer de leerla si a ello se deciden, sólo les diré que, aún siendo español, se le considera el padre de las letras paraguayas. Y en mi búsqueda encontré uno de aquellos pasajes que tanto le gustaban a mi madre y a mí. El texto se titula «Gallinas» y a continuación se lo transcribo:

«Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí.

Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.»

(«Gallinas», Rafael Barret, 1910)

He dudado mucho sobre si contarles o no esta historia y no han sido pocas las veces que la he iniciado para abandonarla acto seguido, pero creo que ya ha pasado el tiempo suficiente. Soy el último testigo vivo de ella y me parece, pues, que ya puedo contarla.

Ayer fue 25 de abril

Ayer fue 25 de abril

Recuerdo muy bien aquel 25 de abril, no del 73, ni del 74 ni del 75. Si mi memoria no falla era un 25 de abril de 1976 o 1977.

Como saben ustedes hay un momento en la adolescencia de las personas en que las muchachas sacan una diferencia de dos años de edad mental sobre los muchachos y en mi colegio no fue distinto. Para aquellos años 76-77 nosotros, los chavales de mi generación, todavía jugábamos al futbolín mientras que nuestras compañeras ya andaban enredadas en actividades de bastante más madurez. Y por eso a los chavales nos pasó lo que nos pasó.

Franco acababa de morir y España enfrentaba un futuro incierto, el presidente del gobierno Arias Navarro no había dado un solo paso hacia la democracia y el recién llegado Adolfo Suárez se enfrentaba a un búnker monolítico para nada dispuesto a tomar otro rumbo que el del franquismo sin Franco. En esas circunstancias mi colegio seguía funcionando como si nada hubiese cambiado desde la muerte de Franco.

Sin embargo, dos años antes, en 1973, en el vecino Portugal unos capitanes habían organizado un incruento golpe de estado que acabaría con la dictadura de Marcelo Caetano. El golpe se desarrolló con una civilidad máxima: los cañones de los fusiles de los soldados portugueses se llenaron de claveles que les entregaba la población y, por eso, a ese golpe de estado se le conoció en el mundo como «la revolución de los claveles» y esa revolución en el país vecino, como pueden imaginar, provocó importantes temblores de tierra en la política del estado franquista.

El problema de que les quiero hablar, ya se lo adelanto, fueron los claveles y que los chavales a esa edad estamos atontolinados.

Porque nuestras compañeras de clase, firmemente comprometidas con la democratización de nuestro país, aquel 25 de abril decidieron conmemorar el aniversario de la revolución de los claveles y a tal fin aquella mañana aparecieron por el colegio con un cargamento importante de claveles rojos, acto seguido tocaron a generala y nos convocaron a todos los muchachos a su presencia. Allí, sin más explicaciones, nos dieron a cada uno un clavel y nos dijeron que teníamos que colocárnoslo como mejor pudiésemos, preferiblemente en el ángulo del jersey de cuello de pico azul que era el uniforme del colegio.

Obviamente nosotros, a su lado y a esa edad, éramos unos simples zangolotinos dispuestos a hacer lo que ellas ordenaran de forma que todos nos acabamos colocando el clavel de marras hasta agotar existencias.

Lo siguiente que recuerdo eran las caras de los profesores: caras de disgusto, caras de alegría entre los más jóvenes, alguna cara de miedo entre los más mayores y auténticas miradas de ira entre quienes ocupaban cargos de responsabilidad.

A pesar de nuestra candidez de adolescentes de pelo grasiento, barba a medio hacer y cara llena de granos, los chavales pronto nos dimos cuenta de que allí pasaba algo y que nuestras compañeras nos habían enredado en alguna trapisonda que nosotros no alcanzábamos a entender pero, fuera por desconocimiento, por candidez o porque ellas no te vieran que no hacías caso allí nadie se quitó el clavel y lo que es más curioso, no recuerdo que ningún profesor se atreviese a decirnos nada a pesar de sus miradas asesinas.

Era evidente que en aquella España ya no solo tenían miedo los demócratas, que para 1976-77 el miedo ya se había instalado en todos los bandos y que, aunque nadie sabía qué nos traería el futuro, lo que todos sabíamos que no nos traería era más de lo mismo por mucho que algunos siguiesen empeñados en ello.

No recuerdo que yo, al salir de clase, tuviese la menor noción de lo que había pasado y hubieron de pasar algunos meses antes de que me enterase del sentido de la añagaza de mis compañeras.

Hoy esas adolescentes tienen ya 64 años, pero siguen siendo en mi mente y en mi corazón las chicas de mi vida.