Están entre nosotros

Están entre nosotros

Conviven con nosotros desde la noche de los tiempos. Dueños de un saber «secreto» consideran a sus contemporáneos una especie de masa inconsciente que no es capaz de captar la realidad profunda de las cosas. Ellos saben que nada ocurre por casualidad, que todo efecto tiene una causa y que esta causa se halla casi siempre en un grupo oculto y manipulador que controla los eventos desde las sombras. Ellos saben que gobiernos, corporaciones, sociedades secretas (como los masones o los illuminati) u otras élites globales son las que controlan el mundo y son ellos, los despiertos, los únicos que están descubriendo está verdad oculta en medio de la ignorancia general de una sociedad dormida.

Igual te parece que estos grupos son algo moderno, propio de terraplanistas, negacionistas y otras nuevas tribus habitantes de la red, pero no te engañes, siempre han estado entre nosotros y muy a menudo han dejado sentir su influencia de forma intensa.

Si buceas en la historia los puedes encontrar en forma de seguidores de cultos mistéricos, de selectos grupos gnósticos, de sociedades secretas y a veces rayanas en lo esotérico como masones o rosacruces.  Inflamados por una visión maniquea de la realidad estos grupos de «elegidos» suelen dividir el mundo en términos de «buenos» y «malos». Generalmente, presentan a la élite poderosa o grupo oculto que les mencionaba antes como el villano que manipula y engaña a la mayoría de la población y esta estructura binaria les permite simplificar situaciones complejas.

Este tipo de movimientos suelen surgir alrededor de sucesos complejos de no sencilla explicación (epidemias, atentados terroristas, logros científicos…) y permiten a sus creyentes ofrecer una «explicación» simple a sucesos que, de otra forma, exigirían una compleja investigación y aproximación.

Son inmunes a cualquier razonamiento: la evidencia que contradiga su creencia se interpretará como parte de la conspiración, y aquellos que la presenten, a menudo, serán percibidos como engañados o cómplices; mucho más si quien la presenta es un organismo oficial: las teorías de la conspiración se basan en la idea de que la información oficial es engañosa o manipulada. Existe una profunda desconfianza hacia gobiernos, medios de comunicación, ciencia y figuras de autoridad, a quienes ven como cómplices en la ocultación de la «verdad» que ellos poseen.

Acólitos de la cofradía de la tierra plana, de los chemtrails, del origen extraterrestre sumerio de la humanidad a través de los annunaki, de la luna hueca, del proyecto MK-Ultra y el control mental, fanáticos negacionistas de la llegada del hombre a la luna o férreos defensores de la tesis de que las vacunas son una forma de control social, toda esta tribu de nuevos «gnósticos» se extiende y amplía su ámbito de actuación y creencias a nuevos territorios, en especial los territorios políticos.

Y la sociedad de la información está, por muchos motivos, de su parte.

En una sociedad donde multitud de personas se sienten desconectadas o alienadas las comunidades conspirativas ofrecen un sentido de pertenencia. A través de estos movimientos los individuos encuentran una identidad compartida y un grupo donde sus opiniones, aunque marginales, son valoradas. La sociedad de la información y sus inevitables sesgos de confirmación algorítmicos hacen el resto pues los algoritmos de recomendación tienden a promover justo la información que agrada o coincide con las creencias del usuario, lo cual genera una fuerte corriente de confirmación e intensifica las creencias conspirativas. Las burbujas de creencias, por ridículas que sean, cada vez abundan más y si alguien afirma que los inmigrantes haitianos se comen las mascotas de los habitantes de Springfield no dudes que pronto aparecerán «testigos» o «informaciones» que apoyen tal afirmación. Que existan opiniones en sentido contrario dará igual, el algoritmo las mostrará mucho menos y, en todo caso, dichas objeciones chocarán contra la inmunidad a la contradicción que padecen los adeptos a esta forma de pensamiento.

Parece ridículo pero es la soledad del ser humano, su necesidad de pertenencia, uno de los más firmes motores de este fenómeno, necesidad de pertenencia que también podemos encontrar cimentando el éxito de determinados movimientos religiosos o nacionalistas.

A todo esto hay que añadir esa indudable sensación de placer que produce el sentirse un «elegido», un miembro de la «contracultura» dueño de un «pensamiento crítico» que desafía a la verdad oficial. Hay un algo heróico en todo esto, tanto más heróico cuanto más insensata sea la tesis que se profesa.

Nunca me acabaron de caer bien los chamanes dueños de conocimientos ocultos, los gnósticos poseedores de una verdad solo para iniciados, de grupos secretos que buscan ventaja en la sociedad a través de su cooperación al margen de la misma. Todo su juego de rituales iniciáticos, secretos compartidos y teorías pseudocientíficas, cuando por fin los conoces, resultan absolutamente ridículos y más merecedores de un tratamiento terapéutico que de una atención crítica sería.

Lo malo es que muchas de estas insensateces se hallan en la base de partidos y movimientos sociales que un día pueden llegar a gobernarnos.


Coronavirus y conspiración

Coronavirus y conspiración

La pandemia de coronavirus ha caído como una bendición sobre todos los partidarios de las diversas teorías de la conspiración. Anteayer, por ejemplo, un hombre mayor preguntaba en alta voz a los clientes que hacían fila en la caja del supermercado:

—Vosotros sabéis que este bicho no ha venido de Marte, ¿verdad?. Este bicho es de aquí, de la Tierra, y alguien ha tenido que soltarlo porque antes este bicho por aquí no estaba. Vosotros veréis pero «enterarse» bien de que hay muchos que nos quieren muertos.

El hombre, sin duda convencido de que americanos o chinos están detrás de este asunto del COVID-19, ligó rápidamente la infección con los «chemtrails» y con los «poderes ocultos» que rigen la sociedad y que, por razones que no alcanzo a comprender, nos quieren matar a todos.

No tiene sentido tratar de hacer reflexionar a quienes profesan la religión de la teoría de la conspiración, es tan imposible como hacer abjurar de su fe a un fanático religioso, ellos creen eso y su creencia —en nada diferente de un virus como les comentaré otro día— impide toda forma de raciocinio salvo la que apoye sus tesis.

A veces me divierto suministrando información disparatada pero muy creíble para ellos, otras me abstengo siquiera de mencionarles este tema para nada, pues su infección es peligrosa y les causa no pocos padecimientos.

Viendo al hombre en estado de agitación pensé decirle que tenía mucha razón y que esto de los virus venía de largo, que estas cadenas de ADN o ARN a las que llamamos virus o viroides, según los casos, son —según sostiene con toda razón mi amigo Joludi— un maléfico invento de la familia Rockefeller que, para más inri, decidió dejar su infame acción encriptada en su nombre.

Porque el término «ribonucléico» contenido en el nombre del ADN y el ARN (ácidos desoxirribonucléico y ribonucléico) proviene del nombre de la pentosa llamada ribosa o, vulgarmente “azucar rib” y, se la llama así, porque fue descubierta en el Rockefeller Institute of Biochemistry (RIB). Así pues, donde ustedes vean la partícula RIB, ya saben que los malvados Rockefeller metieron sus no siempre limpias manos: ribosa, riboflamina, ribonucléico, ribosoma… Etc., etc., etc…

Si le llego a contar a este hombre esta historia estoy seguro que habría apretado los dientes y habría pensado con cruel satisfacción: «Sí, todo encaja, malditos…».

Claro que, inmediatamente podría haberle contado otra versión, que la ribosa se obtuvo por primera vez de otro carbohidrato llamado «arabinosa» y los científicos, arbitrariamente, eligieron tres letras que ordenaron como mejor les pareció.

Y ahora ustedes mismos pueden seleccionar la historia que prefieran: a) Rockefeller+Conspiración, b) Rockefeller-Conspiración, c) Científicos arbitrarios+Conspiración (los científicos eran americanos) o d) Científicos-Conspiración.

Yo me muevo entre la solución «b» y «d», no sé ustedes, pero si averiguan la solución exacta me harán feliz.