Ley de Godwin, España 2023

Ley de Godwin, España 2023

La ley de Godwin o regla de analogías nazis de Godwin es técnicamente un enunciado (pese a que se popularizó como ley) de interacción social propuesto por Mike Godwin en 1990 que establece lo siguiente:

«A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno».

En su consecuencia cuando, en un debate o hilo en internet, alguien menciona a Hitler o a los nazis se considera que quien lo hace ha perdido el debate y se cierra el mismo.

En realidad tal regla es una reformulación lejana de la llamada falacia «del hombre de paja», una forma de falsificación del discurso ajeno consistente en adjetivar o reformular la afirmación ajena para catalogarla dentro de las ideologías socialmente inaceptables.

Si alguien afirma que la inmigración ilegal no es deseable la adjetivación de «fascista» tratará de evitar toda discusión sobre el postulado; si alguien afirma que los bancos han expoliado a miles de familias españolas y jamás van a devolver sus latrocinios la adjetivación de «marxista» o «comunista» tratará de evitar entrar a investigar lo dicho.

Pareciera que somos incapaces de debatir con quienes no podemos catalogar dentro de un molde ideológico, pareciera que atendemos antes al perfil ideológico antes que a la sustantividad del argumento. Para nosotros más importante que la verdad es quién la dice, lo decisivo es si es Agamenón o su porquero el autor de la frase.

Me gusta la ley de Godwin y en su virtud suelo dejar de leer las argumentaciones de quienes debaten desde que uno llama al otro «fascista» o desde que el otro llama al uno «marxista» o «comunista» o algo parecido. La taxidermia ideológica no me interesa lo más mínimo, sólo quiero leer argumentos razonados y sin referencias «ad hominem».

«Ad hominem», esa es otra.

Humildad al juzgar

Nunca aspiré a defender a un delincuente para que este resultase absuelto y sus delitos quedaran impunes. Jamás pensé que ganar un juicio fuese algo diferente de hacer justicia; en ningún caso pensé que me alegrase ver justificado a un culpable ni juzgué que fuese un éxito profesional hacer descarrilar la pesada máquina de la administración de justicia en favor de un malvado.

Si aún así esto ha pasado y en tantos años de ejercicio es normal que haya pasado muchas veces (a la administración de justicia le prescriben los delitos, se le pasan los plazos y se le olvida cumplir requisitos esenciales) jamás lo he celebrado, porque el error que te favorece hoy te perjudicará mañana.

Soy abogado hace mucho tiempo y he visto a la administración de justicia errar de muchas formas aunque, de entre todas ellas, la que más me hiere es esa en la que se condena a un inocente que no puede delatar a su hijo, a su mujer o a su hermano; en la que se mandan a prisión a quien se come un marrón porque un amigo es un amigo o a quien ha de confesarse culpable amenazado por aquellos a quienes beneficia una conformidad inicuamente planteada por la fiscalía. Puedo contar una buena colección de ejemplos de todo esto.

Y no es que sea yo tan simple como para pensar que la administración de justicia es un mundo celestial donde nada falla; sé que falla, que falla mucho, que seguirá fallando con desesperante regularidad y que volverá a cometer errores ya cometidos una y otra vez, pues en España nadie parece querer arreglar esto.

Lo que en verdad me irrita es la suficiencia de quienes juzgan y están convencidos de conocer una verdad que se les escapa por completo y mandan complacidos a prisión a un inocente con la satisfacción pintada en el rostro y sin que en su cerebro pueda caber duda alguna.

Porque quienes ejercen la evangélicamente execrada profesión de juzgar —«no juzguen y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados» dice el evangelio de Lucas— debieran recordar que tienen no solo la obligación de juzgar sino también el derecho a equivocarse, pero que, lo que no tienen jamás, es el derecho a ser soberbios, a creerse infalibles ni a actuar como si lo fueran.

No es una cuestión de juicio es algo más simple, es humildad.

Y alguno de ustedes pensará «eso es que a Pepe le han condenado hoy a un inocente» y no, no es eso, es que esta tarde, echando la vista atrás, he recordado a un maravilloso malvado que hace ya eones nos engañó a la fiscalía, a la audiencia y a mí —que era su defensor— para ser condenado y salvar así a alguien a quien quería.

Y lo logró.

Dilaciones indebidas

La opinión pública está consternada por los efectos en favor del reo que tiene la ley llamada del «Solo sí es sí» y se contabilizan las reducciones de pena que se vienen produciendo.

Sin embargo hay un factor que produce infinidad de reducciones de condena, un factor muchísimo más extendido y muchísimo más indicativo de la patología estructural que padece nuestra administración de justicia: la atenuante de dilaciones indebidas.

Los juicios en España se prolongan tanto que la atenuante de dilaciones indebidas es patognomónica de la enferma administración de justicia española.

Nadie cuenta estos casos, están fuera de foco, han sido causados y son consecuencia de la incuria de todos los partidos políticos que han gobernado España.

Hoy un juez, harto de estar harto, ha decidido dispararse —es metáfora— un disparo en la sien publicando este hilo en tuíter.

La administración de justicia española muere de inanición pero nadie la alimentará, los delincuentes con mayúsculas —los de despacho y coche oficial— la quieren así, anémica y moribunda antes que fuerte y capaz de cumplir con su misión.

Una elección decisiva

Una elección decisiva

Una batalla decisiva se está librando en el mundo de la abogacía, una batalla que ha de definir cómo será el mercado de los servicios jurídicos en el siglo XXI.

Esta batalla se libra, de un lado, por un activo bando de fondos de inversión, empresas multinacionales, grandes corporaciones, aseguradoras y bancos. Personas jurídicas todas estas cuyo objeto social, única razón de ser y primer mandamiento inscrito en sus estatutos, es el ánimo de lucro.

El otro bando de esta batalla lo componen un grupo desestructurado de abogados y abogadas que ejercen su profesión en despachos individuales o de pequeña dimensión cuyos objetivo vital es a día de hoy la supervivencia, pero que saben que la actividad que desarrollan no está sometida a la ley de la oferta y la demanda ni al principio de máximo beneficio, al menos, con carácter principal.

El ejercicio de la abogacía nunca ha tenido como primera finalidad el lucro del abogado; por encima de este lucro están los intereses del cliente y por eso, cuando entran en conflicto las instrucciones del cliente y el propio ánimo de lucro del letrado o letrada, una concepción antigua y honesta de la profesión dictaba a los profesionales con toda nitidez qué habían de hacer.

Estos profesionales, además, han sido quienes han defendido a las personas, a los comunes, al pueblo, frente a los abusos de bancos, compañías de seguros o inmobiliarias, principales protagonistas de los litigios en este país en cuanto que principales infractores de las normas. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ha sido esta clase de letrados y letradas las que han salvaguardado hasta ahora los derechos y libertades de los ciudadanos pues, absolutamente independientes en sus intereses personales y profesionales de bancos, aseguradoras, inmobiliarias o poderes políticos, han litigado contra ellos hasta lograr tumbar algunos de sus más viles abusos.

Lo que ocurre en esta batalla es que, mientras el primero de los bandos —con las arcas llenas— maniobra coordinadamente utilizando sus innumerables contactos políticos y económicos; el segundo, el de la abogacía independiente, carece de unidad y coordinación y, es más, quienes deberían ser sus representantes carecen de conciencia de la existencia de la batalla o, directamente, se han pasado al enemigo porque lo de que de verdad desean es jugar en el otro bando.

Mientras, los fondos de inversión, presionan alrededor del gobierno para que se aprueben reformas legales que regulen las demandas colectivas en las formas que ellos desean para, así, poder montar negocios que dejan a Arriaga jibarizado. Al tiempo, otras empresas, se dedican a la mercadotecnia para captar clientes que luego ofrecer a los verdaderos letrados a cambio de un porcentaje de sus honorarios. Letrados y letradas trabajando a precios de administrativo para empresas de inversión o mercadotecnia y captación de clientes que, bajo la bandera pirata de la abogacía, no son más que mercaderes de carne.

Pero para poder hacer todo esto era preciso antes que toda una estructura deontológica, una forma de entender la profesión, se desmoronase. Que se desmembrasen las normas sobre publicidad para poner a los letrados y letradas en manos de los mercachifles que captan a la clientela, que se liberalizasen precios de forma que pudiesen ofrecerse servicios jurídicos a precios temerarios, que esta labor de intermediación para explotar a clientes y a letrados fuese, en suma, legal y hasta bien vista.

Y eso lo han conseguido.

Lo han conseguido porque quienes dirigen nuestro Consejo General —singularmente su presidenta— ha trabajado para ello. Por eso su foto de ayer en la inauguración de unas oficinas de la empresa Legalitas es tan ilustrativa.

Ella lo ha hecho y los 83 decanos que se sientan en el sótano del Paseo de Recoletos se lo han permitido; no sé si por ignorancia, o por falta de criterio, o por incapacidad para pelear contra un sistema enquistado, o por que la regulación de este Consejo se remonta a tiempos de la dictadura, o porque realmente les parece bien la dirección que llevan las cosas, o por cobardía —que también la ha habido— o por simple interés personal de unos pocos que se han apropiado de las instituciones de la abogacía cual si fuesen parte de su propio patrimonio.

Lo cierto es que, desde hace años, se libra esta batalla definitiva para la supervivencia de esta forma de ejercicio profesional al que he dedicado mi vida y el bando en el que peleo sólo ha sufrido derrotas, unas veces a manos del enemigo otras con la impagable colaboración de quienes dicen estar a nuestro lado.

La batalla está llegando al final, pronto los más nos convertiremos en asalariados de los menos y ya no habrá nada que hacer.

Ayer la fotografía de la presidenta nos dejó claro de qué lado está y con quien juega, ahora falta saber si la abogacía independiente es capaz de hacer algo para detener la catástrofe.

Tú decides: o peleas o te rindes.

Darwin y los memes

Darwin y los memes

Leo en el muro de una amiga de Facebook que hoy es el aniversario del nacimiento de Charles Darwin, probablemente el científico más inspirador de la última centuria para quienes se ocupan del estudio de los seres vivos.

Pero también de entidades no vivas, me explicaré.

Charles Darwin nos enseñó que allá donde hay herencia y mutación hay evolución y que se perpetúa aquella mutación que ofrece a quien la incorpora un mayor éxito reproductivo.

Pero eso no ocurre solo con los seres vivos.

Hay entidades que se replican no por sí mismas sino parasitando o invadiendo a otros seres vivos. Es el caso de los virus, seres difícilmente clasificables como vivos, que se reproducen no por sí mismos sino invadiendo células donde replicar su código genético; pero yo no hablo de ellos.

Yo hablo de otras entidades que se replican colonizando a otros seres vivos, concretamente los seres humanos.

Pruebe usted a cantar una canción pegadiza, instintivamente otras personas a su alrededor la cantarán, puede que hasta se obsesionen y canten la canción de forma maníaca. El hecho de que una canción salte de un cerebro a otro hace que la canción, una sucesión inerte de sonidos, se replique y perviva hospedada en el cerebro de quienes la cantan. La canción se replica merced a esa peculiar calidad de sus sonidos que provocan a quienes los escuchan a reproducirlos.

La canción se reproduce (se canta) se propaga entre quienes la oyen (están en contacto con ella) que se «contagian» de ella y la reproducen a su vez (la replican) con más o menos exactitud o afinación (mutaciones) las notas que la componen.

En general las mutaciones son perniciosas pero puede ocurrir que alguna de ellas tenga éxito y haga que quienes escuchen la canción con mutaciones sientan más ganas de cantar esa versión que la original, de modo que la canción mutada tenga más éxito replicativo que la versión origina que irá cayendo en el olvido hasta morir.

Ya lo dijo Darwin, si hay herencia y mutación acabará funcionando la evolución y triunfará aquella entidad que tenga mayor éxito reproductivo. Si quieres un buen ejemplo de esto puedes examinar la historia del archifamoso villancico «Jingle Bells» comparando su partitura original con la versión que, hoy, todos conocemos.

Pero eso no pasa solo con las canciones sino con cualquier idea, credo político o religioso, construcciones mentales (informacionales) que sólo existen en el cerebro humano y cuya existencia depende de su capacidad de replicarse en otros cerebros. Para las ideas, para los credos, para las ideologías, la muerte es el olvido. Las entidades informacionales mueren cuando dejan de replicarse por ello sólo llegan a nosotros aquellas mutaciones de cada ideología que encuentra en cada momento un mayor éxito replicativo.

No es de extrañar que las religiones cuiden especialmente a su idea generatriz («Amarás a Dios sobre todas las cosas») o los credos políticos sus dogmas fundacionales («Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…») y es normal, solo se replican las ideas que impulsan su replicación del mismo modo que la vida solo premia la vida.

Hoy se habla con naturalidad de «memes» y de «volverse viral» pero sospecho que la mayoría de los que lo hacen desconocen que «meme» es una expresión que inventó Richard Dawkins parodiando a «gene» (la forma inglesa de «gen») para referirse a esas entidades informacionales que se comportaban como si fuesen genes.

No un «meme» no es un chiste ni un dibujito, es un concepto mucho más complejo aunque, comi es difícil de explicar, la evolución ha hecho que haya proliferado un significado que no es sino una grosera mutación de su sentido originario pero que, como a nadie escapa, goza de un mayor éxito replicativo entre los cerebros a colonizar.

Entender la información (y por ende la sociedad de la información) es una tarea compleja y apasionante a la que no muchos —a salvo de unas élites no siempre bienintencionadas— parecen querer dedicar tiempo.

En todo caso tal tarea sería imposible sin Darwin.

Sólo cambian diosas, templos y ritos, el alma humana persevera. Per severa. Per se vera.

Sólo cambian diosas, templos y ritos, el alma humana persevera. Per severa. Per se vera.

En el pequeño espacio que se ve en la fotografía los cartageneros han dado culto a tres diosas desde hace más de dos mil años. A ustedes puede parecerles algo de poca importancia, a mí me impresiona y me sume en cavilaciones.

En primer término pueden ver el templo de Isis, una deidad egipcia cuyo culto fue mayoritario en el siglo I de nuestra era. Diosa madre, grande en magia, estrella de los mares y protectora de los marineros no cuesta imaginar cómo su culto llegó hasta aquí desde el oriente en los barcos que llegaban desde allá.

A la izquierda, tras una especie de escalinata, se ve la única columna que queda del templo de Atargatis, otra diosa relacionada con el agua, de hecho Atargatis fue una diosa sirena, mitad mujer mitad pez. Fue otra diosa que llegó en barco.

A la derecha se ve la cúpula de la iglesia de la Virgen de la Caridad, la actual patrona de la ciudad, otra figura sacral que también llegó en barco.

Muchas oraciones de muchas personas de muchas fes y credos distintos aún vibran en este pequeño espacio de mi ciudad. ¿Hay algo especial en él que atrae a las diosas?

Esta es una de las muchas partes de que está hecha mi ciudad.

Adam Smith y los límites del ser humano

Adam Smith y los límites del ser humano

Ayer me entretuve en remendar el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx desde mi punto de vista esencialmente informacional de la realidad, hoy me parece de justicia hacer lo mismo con el primer párrafo de la obra fundamental del economista y filósofo escocés Adam Smith (Kirkcaldy 1723), «La Riqueza de las Naciones» (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations) en la que dejó sentadas las bases de la economía clásica con sus trabajos y a la qué la cultura popular identifica con la biblia del capitalismo.

Pues bien, el primer párrafo del primer capítulo del primer libro de la obra fundamental de Adam Smith «La riqueza de las naciones» comienza afirmando…

«El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo».

Y, al igual que me sucede con el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx, desde mi punto de vista, tal afirmación tampoco puede ser aceptada así como así. Veámoslo.

La división del trabajo no es una mejora organizativa que los seres humanos escojan simplemente para producir más, la división del trabajo es una realidad que impone la cada vez mayor complejidad de las tareas que desarrollan los seres humanos y la limitada capacidad que tienen estos para almacenar información (conocimientos). Analicémoslo despacio.

Creo que ya les conté una vez —uno siempre predica su fe ya sea de forma directa o indirecta— que el problema del pulpo (sí, el pulpo), como el de muchos prebostillos nacionales, es que es un inculto.

Un pulpo, a lo largo de su vida, puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender de forma que, cada uno de los recien nacidos pulpillos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto del ser humano como especie es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten sus progenitores, seres con quienes conviven durante toda su infancia. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la cultura es una de las más eficaces estrategias evolutivas de que dispone la especie humana; ahora bien, cuando la cultura (el conocimiento, la información) alcanza un volumen tan enorme como el que ha alcanzado el saber humano en los tiempos modernos, es obvio que ya no puede ser almacenada en un solo indivíduo, de hecho, hace milenios que dejó de poder ser almacenada en un solo indivíduo.

Medimos la capacidad de almacenamiento de información en cualquier soporte con toda naturalidad y así, decimos: «ese disco tiene 18 Terabytes» o «ese USB puede almacenar 500 Gigabytes»… Esta forma de expresarnos es para nosotros, desde hace unos 20 años, perfectamente natural y, sin embargo raramente la aplicamos a las personas y decimos «fulano es un crack, tiene tantos Petabytes de almacenamiento libre…»

La capacidad humana de almacenar conocimientos es finita y es por eso que todos no sabemos hacer todas las cosas.

Los seres vivos vienen al mundo con muchísima información preprogramada. En su «read only memory» (ROM) almacenan todas las instrucciones precisas para mantenerse vivos, respirar, hacer la digestión, realizar la fotosíntesis si son plantas… Todas estas acciones usted (y todos los seres vivos) «saben» llevarlas a cabo aunque no sepan por qué. Luego, cada especie, en mayor o menor medida tiene una memoria «ram» donde almacena conocimientos útiles para ella.

En el paleolítico los conocimientos que el ser humano almacenaba en esa memoria «ram» estaban mayoritariamente dirigidos a procurarse su supervivencia y la de los suyos, aunque la construcción de herramientas de sílex o la confección de pigmentos para «almacenar» información en forma de dibujos y pinturas en sus cavernas, fueron cada vez ocupando una mayor parte de esa «random access memory» (RAM).

Si entendemos que la capacidad humana para acumular información es finita entenderemos sin problema por qué, espontáneamente, aparece la división del trabajo que en lugar tan prominente situa Adam Smith y comprenderemos por qué la fabricación de alfileres de que nos habla Adam Smith o la de sartenes de que nos habla Marx exigen de división del trabajo.

Ninguna persona puede dominar al mismo tiempo las habilidades precisas para distinguir los filones de los distintos minerales, detectarlos, picar en una mina, entibar galerías y extraer mineral; mucho menos saber eso y dominar el arte del fundido, aleación y forja de metales, confección de esmaltes y otros elementos necesarios para la terminación del producto… Y aunque alguien tuviera todo el conocimiento necesario para ello lo sería en un grado muy básico. Hoy hay carreras enteras dedicadas a la ingeniería de minas, por ejemplo y a todo lo anterior habrís que añadir el transporte y comercialización del producto.

Si llamamos «personbyte» (como indica C. Hidalgo) a la cantidad de información que es capaz de almacenar un ser humano, se entenderá por qué son necesarias muchísimas personas para fabricar, por ejemplo, un avión o un submarino. No porque lo exija la «división del trabajo» como método organizativo, sino porque son necesarios muchos conocimientos (personbytes) para transformar la materia en una navío submarino o en un aparato volador.

Así pues, desde nuestro punto de vista informacional, tampoco el primer párrafo de «La riqueza de las naciones» de Adam Smith resulta particularmente impactante sino más bien naif.

Entenderán que si, desde el primer párrafo, ambos textos capitales me resultan sospechosos de no entender el mecanismo profundo que determina el funcionamiento de la realidad y las sociedades, el debate comunismo-capitalismo me parezca periclitado. Déjenme tener mi propio criterio y no me embarquen en un antiacuado juego de pares o nones.

Supongo que a estas alturas ya habré hartado a mis lectores, entenderán por eso que un día escriba sobre el Nitrato de Chile y la riqueza, otro sobre el «Personbyte» y la construcción de submarinos y otro sobre la evolución y los Reyes Magos. Sé que si trato de explicarme soy aburrido y por eso es mejor recurrir a la vieja herramientas de las historias y los relatos, porque con ellos siento que siembro poco a poco mi punto de vista, mi forma de entender las cosas.

Los post diarios son práctica, lo demás es teoría.

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

En la década de los 60 del siglo XIX, mientras Marx redactaba su obra cumbre, El Capital, en América del Sur varios países experimentaban un desarrollo extraordinario gracias a su riqueza en materias primas.

Especialmente representativo de esta prosperidad económica fue el caso del Perú que, debido a la gran riqueza en guano que acumulaban sus islas, comenzó a obtener cuantiosos ingresos mediante el sistema de las llamadas «consignaciones», un sistema mediante el cual el Estado y determinados empresarios llegaban a acuerdos por los que se otorgaba a estos la explotación del guano durante un tiempo a cambio de un porcentaje que variaba entre el 35 y el 45 %. El consignatario se encargaba de todo el proceso de explotación, exportación y venta del guano mientras que el estado recibía una porción del ingreso líquido después de producida la venta. El problema fue que, como el Estado generalmente necesitaba efectivo y no podía esperar hasta el reparto de ingresos, solía pedir dinero por adelantado a los consignatarios que, de este modo, se convirtieron en los mayores prestamistas del Estado cobrándole entre el 4 y 13% de interés.

Los cambios de toda índole que en esta época de prosperidad se produjeron en Perú extienden sus efectos hasta nuestros días, estando en la base de la escisión de la sociedad peruana entre el interior y la costa, pero esa es otra historia.

Mientras duró la fiebre del guano los estados europeos compraron y pagaron a precio de oro este producto —no más que una gigantesca acumulación de defecaciones de aves— y fue gracias a él que pudieron alimentar a su creciente población pues, usado como abono, el guano rendía resultados espectaculares.

Marx no vivió lo suficiente como para asistir al trágico final de esta época dorada de la historia del Perú pues, mientras concluía la primera edición de la primera parte de «El Capital», estaba naciendo en la ciudad de Breslau (entonces Prusia hoy Polonia) el científico alemán Fritz Haber quien, junto con personalidades de la talla de Max Born o Karl Bosch (sí, Bosch, el de BASF) descubrieron procesos químicos para fabricar abonos de forma que el guano se tornó innecesario.

Aquella mercancía maravillosa por la que Chile, Bolivia y Perú habían guerreado, ahora simplemente no valía nada y los países que la producían, simplemente, enfrentaban la bancarrota.

Cuando nació Fritz Haber, Marx, acababa de publicar su primera parte de «Das Kapital» aquella obra colosal cuyo primer párrafo decía:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Seguramente, para un europeo de 1866, la riqueza de las sociedades se podía percibir como un «inmenso arsenal de mercancías»; aunque un peruano, un chileno o un boliviano, unos cuantos decenios después, aprenderían dolorosamente que la riqueza de las sociedades no es un arsenal de mercancías (aunque estas sean tan valiosas como lo fue el maravilloso guano) sino un «inmenso arsenal de conocimientos» como los que acumulaban los alemanes en personalidades como Haber, Born o Bosch. En 1918 Fritz Haber recibió el Premio Nobel y Carl Bosch en 1931.

A día de hoy Perú importa 1,2 millones de toneladas de abonos sintéticos al año; el país del guano hoy paga el abono que gasta a empresas extranjeras y devuelve con creces los ingresos que un día recibió.

Mi parecer es que las sociedades ricas nunca lo han sido por la abundancia de mercancías, sino por poseer la información necesaria para transformar materias primas y así subvenir a sus necesidades.

En el calcolítico había el mismo cobre en el planeta Tierra que a principios del Paleolítico, la diferencia radicaba en que el ser humano, en el calcolítico, descubrió la forma de trabajarlo. Las herramientas de cobre (arados, cinceles, azuelas…) hicieron más productivas —más ricas— a las sociedades que pudieron disponer de ellas.

De hecho, a día de hoy, existe en la Tierra exactamente la misma cantidad de cobre que había en el calcolítico o en el Paleolítico, ni un átomo más ni un átomo menos, la diferencia es que hoy con el cobre no se fabrican arados, cinceles o azuelas; hoy disponemos de la información precisa para convertir al cobre en un conductor de la electricidad. El ser humano informa la materia en función de la información de que dispone y es esta actividad la que genera riqueza, la que dota de valor de uso a materiales que antes carecían de él, la que los hace valiosos.

Podríamos, pues, provisionalmente, modificar un tantito el primer párrafo de «El Capital» de Marx y donde él escribió:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Escribir nosotros…

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de conocimientos» y la información como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la información».

Si para Marx era la mercancía el centro de su sociedad mercantil, para nosotros será la información el centro de nuestra sociedad a la que —coherentemente— llamaremos Sociedad de la Información.

—¿Y podemos seguir hablando en esta sociedad de cosas como la «propiedad de los medios de producción», los «imperialismos», las «revoluciones» y cosas así?

—No se apure, desde luego que sí, pero eso lo veremos en otros capítulos de esta historia.

De momento le dejo con una fotografía de lo que significa trabajar en el guano.

¿Pares o nones?

¿Pares o nones?

Recuerdo que, de chavales, los de mi generación nos vimos obligados a hacer una elección muy delicada: ¿eramos capitalistas o comunistas?

Hasta 1975 no había demasiado problema, uno podía permanecer callado y nadie lo atribuiría a falta de criterio político sino a prudencia, porque no estaba el horno político para bollos; pero, a partir de 1977, la obligación de definirse políticamente se hizo cada vez más perentoria, mucho más para unos adolescentes —como éramos nosotros— que andaban a la busca de forjarse una identidad.

En esos años mis compañeros de clase fueron tomando cada uno su camino con la natural extremadura en que se desenvuelve la adolescencia. Hubo quienes acabaron en Fuerza Nueva o en los Guerrilleros de Cristo Rey y hubo también quienes acabaron en grupos a la izquierda de la ORT, el PTE o partidos afines. Fueron los menos, los más no teníamos ni idea de por qué habríamos de elegir ser capitalistas o comunistas y pronto aprendimos que, para saberlo, no teníamos más remedio que leer «El Capital» de Karl Marx, biblia del pensamiento comunista o «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, catecismo del pensamiento capitalista, según se nos hizo entender por aquel entonces.

Lo malo es que esos libros, para unos adolescentes, eran unos ladrillos insufribles, unos tostones para los cuales nuestras entendederas no estaban preparadas.

—Tú dices que eres comunista pero no te has leído «El Capital».
—Sí me lo he leído.
—Pues explícame el rollo ese de la plusvalía.
—Bueno es que eso es un poco liado y yo, la verdad…

La verdad era que lo único que sabíamos muchos de «El Capital» es que nadie entendía «lo de la plusvalía».

Además, los adolescentes de aquella época andábamos muy ocupados, además de luchando con las fiebres tercianas que nos producían las chicas, tratando de leer y entender el «Así hablaba Zaratustra» de Nietzsche o paseando el Ulises de Joyce a fin de impresionar a alguna muchacha. Pero como, a esa edad, las muchachas a los hombres nos sacan dos o tres años de edad mental, no solo no impresionamos a ninguna de nuestras compañeras con el nunca leído Ulises sino que, con Nietzsche y Zaratustra, agarramos una dispepsia mental notable, de la que, invariablemente, nos sacaba una buena partida de futbolín.

Entre unas cosas y otras, formarnos un criterio político fue una tarea que a muchos se nos había quedado pendiente cuando llegamos a la facultad.

Por mi parte debo decir que la Facultad no contribuyó mucho a aclarar mis ideas y este trabajo que creí tener resuelto para 1988 se prolongaría en verdad diez años más, hasta 1998, año en que internet cambiaría mi forma de ver las cosas pues me permitió leer a todos esos autores que me gustaban pero de los que nunca tuve noticia antes de la existencia de la red. Y así, entre 1998 y 2008, fui formando mi criterio político, un criterio que, obviamente, no se puede encontrar ni en «El Capital» ni en «La riqueza de las naciones», aquel juego de pares y nones al que parecía reducirse todo el juego de la política en 1977.

¿Y por qué cuento todo esto?

Porque hoy, de la misma forma que hizo Guy Debord al comienzo de su obra «La sociedad del espectáculo», me he propuesto parodiar «El Capital» y la «La riqueza de las naciones» cambiando sus conceptos por los míos y sus silogismos por los míos, pero manteniendo su estructura formal. Quería, para abrir boca, empezar con el primer párrafo de El Capital (Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie; 1867-1883) aunque ahora, tras escribir este largo «introito», ya no me queda tiempo para hacerlo y sospecho que tampoco a ustedes ganas de leerlo.

No sé por qué me pierdo en tantos prefacios, facios y postfacios en lugar de ir al turrón directamente; debo estudiarlo también.

Pacto de lectura

Pacto de lectura

Casi todos los días, cuando me siento a comer, a falta de alguien con quien conversar, converso conmigo mismo y es lo que luego ustedes leen encima de la foto del plato que acabo de comerme.

Conversar, a veces discutir, con uno mismo es algo absolutamente genial pues, pase lo que pase, siempre acabo teniendo razón yo; lo que no resulta tan fácil es tratar de explicarme luego ante ustedes pues hasta yo tengo complicado decidir a veces si lo que cuento lo hago como ejercicio literario, como fábula, como ensayo o como simple broma o divertimento y eso es importante saberlo.

De todos los acuerdos que se pueden finalizar entre un redactor y sus lectores el más importante es, sin duda, el llamado «pacto de lectura».

Los «pactos de lectura» suelen firmarse casi desde las primeras lineas de texto; convendrán conmigo en que no es lo mismo que un autor comience un texto escribiendo que «Cervantes nació en Alcalá de Henares» a que lo comience diciendo que «En un lugar de La Mancha…»; en el primer caso tácitamente entendemos que estamos ante una biografía, en el segundo que estamos ante algo bastante más raro, probablemente una novela.

Los pactos de lectura entre autor y lector son frecuentemente aformales pero hay géneros donde la formalidad adquiere tintes de rito y las primeras líneas adoptan una forma invariable. Si yo comienzo un texto escribiendo «érase una vez…» usted, sin duda ninguna, sabrá que todo lo que voy a contar después es un cuento.

Esta forma de ritualizar el pacto de lectura para que no pueda haber equívocos entre autor y lector es tan antigua como la propia escritura y se da en todas las lenguas. El bíblico «Libro de Job», por ejemplo, en su original hebreo comienza así («Érase una vez…») y por eso cualquier judío sabe que ese libro es un cuento, que no cuenta hechos reales, cosa que los lectores occidentales, por ese temor sacral que infunde la Biblia, olvidan fácilmente de forma que lo toman literalmente, lo que es muy comprensible sobre todo si tenemos en cuenta que, tras su lectura en el templo, se añade después la frase «Palabra de Dios», por lo que no es extraño que el feligrés acabe hecho un lío ante un dios que se juega la vida de los hijos de Job en una apuesta con Satán.

Hoy nos basta con leer un «érase una vez» o un «once upon a time…» para firmar con el autor un inequívoco pacto de lectura, pero en otras épocas, cuando la escritura era un recurso casi taumatúrgico de registrar palabras, no es extraño que la ritualización de estos pactos de lectura fuese algo más larga.

Veamos cómo empieza uno de los cuentos de la epopeya de Gilgamesh (Mesopotamia, año 2500 AEC) que nos narra la bajada al inframundo de su amigo Enkidu:

«…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal como un regalo;
cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo, cuando Enki zarpó hacia el inframundo,
contra el señor se levantó una tormenta de pequeños granizos,
contra Enki se levantó una tormenta de grandes granizos.
Los pequeños eran martillos livianos,
los grandes eran como piedras de catapultas.
La quilla del pequeño bote de Enki temblaba como si estuviera siendo embestida por tortugas, las olas en la proa del bote se elevaban para devorar al señor como lobos y las olas en la popa del bote atacaban a Enki como un león.

En ese momento, había un solo árbol…»

Y es a partir de aquí que se nos cuenta la historia del árbol «Halub» y todas sus peripecias hasta acabar convertido en silla y cama para la diosa Innanna.

Con la misma o parecida fórmula («…en aquellos días en que se determinó el destino,
cuando la abundancia se desbordó en la Tierra,
cuando An tomó los cielos para sí,
cuando Enlil tomó la tierra para sí,
cuando el mundo inferior le fue dado a Ereshkigal…») comienzan otros varios episodios del poema de Gilgamesh, lo que lleva a pensar que fuesen ese exhordio inamovible con que escritor y oyentes firmaban aquel antiguo pacto de lectura. Personalmente debo confesar que me gusta la mención a «aquellos tiempos en que se determinó el destino» pues encaja perfectamente con los mitos sumerio-acadio-babilónicos sobre las peripecias de la redacción (e incluso robo) del libro del destino.

Es verdad que es difícil entender y disfrutar estos textos con sus reiteraciones si no reparamos en que están escritos en verso y que, al igual que hoy, cuando escribimos en verso repetimos estrofas por razones musicales o poéticas

«El lagarto está llorando
la lagarta está llorando
el lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos»

O incluso incluímos en nuestras composiciones palabras incomprensibles…

«Achilipú, apú, apú…»
«Aserejé, ja, de jé…»

pues ellos también lo hacían

«…cuando zarpó, cuando zarpó,
cuando el padre zarpó hacia el inframundo,»

Es una pena que al traducir se pierda la musicalidad del lenguaje original pero no se puede tener todo. A veces pienso que sería bonito escuchar el poema de Gilgamesh recitado en acadio, un idioma semítico con semejanzas evidentes al actual árabe o al propio hebreo, quizá algún día alguien lo haga y podamos escuchar un sonido de cinco mil años contando cómo Gilgamesh, buscando la inmortalidad, fatigó el mundo conocido para volver a su tierra sabio y mortal.

Pareciera que, aunque yo no lo creo, no hubiese nada nuevo bajo el sol… Y, ahora que digo esto, caigo en que esto también está dicho al menos desde que el profeta redactó el bíblico Eclesiastés:

«Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece.
5 Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve á su lugar donde torna á nacer.
6 El viento tira hacia el mediodía, y rodea al norte; va girando de continuo, y á sus giros torna el viento de nuevo.
7 Los ríos todos van á la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo.
8 Todas las cosas andan en trabajo mas que el hombre pueda decir: ni los ojos viendo se hartan de ver, ni los oídos se hinchen de oir.
9 ¿Qué es lo que fué? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol.»