La singularidad tecnológica jurídica

Quizá no hayan ustedes oído hablar de la «singularidad tecnológica», si no es así, muy resumidamente les cuento qué es con la inapreciable ayuda de la wikipedia: la singularidad tecnológica (o simplemente, «la singularidad») es una hipótesis según la cual el advenimiento de la superinteligencia artificial desencadenará abruptamente un crecimiento tecnológico desenfrenado, dando lugar a cambios insondables en la civilización humana. De acuerdo con esta hipótesis, un agente inteligente actualizable (tal como un ordenador que ejecuta la inteligencia artificial general basada en software) entraría en una «reacción» de ciclos de auto-mejora, con cada generación nueva y más inteligente apareciendo más y más rápidamente, resultando en una poderosa superinteligencia que, cualitativamente, superaría con creces toda la inteligencia humana.

Sé que suena a ciencia-ficción y sin embargo a la mayoría de los científicos no les resulta esta de la singularidad una hipótesis extraña ni increíble sino todo lo contrario, en general la consideran natural. Padres o precursores de la revolución tecnológica como el mismísimo John Von Neumann admitían la singularidad como perfectamente natural e incluso la mencionaron en años ya tan lejanos como 1950:

«El progreso cada vez más veloz de la tecnología y los cambios en el modo de vida humano parecieran dar a entender que se acercar alguna singularidad esencial en la historia de la raza más allá de la cual los asuntos humanos, tal y como ahora los conocemos, no podrían continuar…»

Quizá a alguno de ustedes le parezca un sueño pero, viniendo este sueño de John Von Neumann, yo me lo tomaría muy en serio, pues pocas personas han sido más certeras en materia de sueños que él, permítanme no añadir más y dejarles sólo un link a su biografía.

John Von Neumann además fue el primero en manejar con naturalidad el concepto de máquinas autorreplicantes, un concepto que sitúa a la tecnología en el umbral del salto evolutivo y de la aparición de nuevas formas de vida distintas de las que ahora conocemos. La mezcla de este último concepto y el de la singularidad nos conduce a inquietantes visiones del futuro pero no teman porque, según los científicos más reputados, para llegar a la singularidad faltan bastantes años… entre 20 y 100… o quizá menos :-)

La singularidad para algunos, entre los que me cuento, no se producirá de forma abrupta sino que irá ganando espacios progresivamente hasta alcanzar ese instante decisivo; déjenme que les explique mi primer contacto con la singularidad.

Yo he jugado al ajedrez desde joven y he procurado mantener hasta hoy un nivel de juego que me permita tomar parte en competiciones de cierto nivel y disfrutarlas (¿te he contado que yo jugué contra el campeón del mundo en una última ronda?) por eso, dada mi edad (56) he podido seguir de primera mano el nacimiento y evolución de los programas de ajedrez por ordenador.

Recuerdo que hasta 1985 los artefactos que jugaban al ajedrez eran cachivaches inútiles a muchos de los cuales incluso les costaba enrocarse y comer al paso. Pero en 1985 y corriendo sobre un entonces flamante «Sinclair QL» tuve la ocasión de jugar contra el programa «Chess» de la empresa Psion y programado por Richard Lang. Gané pero debo decir que allí ya había un oponente y no una mera curiosidad. Siempre pensé (y me equivocaba) que los ordenadores nunca serían mejores que un ser humano jugando al ajedrez, pero la década posterior me demostró cuan equivocado estaba. Anatoli Karpov, campeón mundial, sostenía que esto no le preocupaba lo más mínimo pues, por ejemplo, los coches son más veloces que los hombres y nadie se siente mal por ello, pero lo del ajedrez no era como la velocidad en los coches, para mí el ajedrez era una forma de arte y que una máquina pudiera superarnos en algo tan íntimo y tan humano como es la reflexión y el raciocinio me inquietó durante bastante tiempo hasta que asumí que aquella «singularidad» era irreversible.

Así pues, al menos en lo que al ajedrez respecta, la singularidad podríamos decir que ya ha tenido lugar, ahora conviene preguntarse si esa «singularidad» parcial o de vía estrecha amenaza a otras áreas de mi vida como es el ejercicio profesional. Sé que sí, pero, a ello, dedicaremos otro post, hoy es tarde y debo dormir. Les dejo hasta el nuevo post con este video que quizá les aclare —o no— algunos conceptos.

https://youtu.be/bfNTwTQSRzk

La clase política española «olvida» a los héroes de El Baler.


El 30 de junio de 1898 un grupo de soldados españoles decidieron hacerse fuertes en la iglesia de un pueblecito filipino llamado «El Baler» y cumplir con su deber defendiendo la posición a todo trance. Lo de «cumplir con su deber» es un concepto para cuya comprensión no está capacitada la clase dirigente española y es por eso que cuando estos hombres, pasado casi un año, seguían resistiendo sin dar crédito a la noticia de que España hacía tiempo que había rendido las Filipinas, los dirigentes españoles comenzaron a lanzar infundios sobre ellos. Tanta resistencia no era normal se dijo, sin duda estos hombres seguían allí dentro porque habían robado la caja del regimiento. Así se dijo.

Conozco bien y de cerca esta fábula pues estas infamias son tan frecuentes como actuales en España: cuando unos pocos cumplen con su deber apenas sin medios, los jerifaltes que —con dispendio de medios— no han sido capaces ni de simular un atisbo de cumplir con el suyo, sienten que esos tiñalpas que sí lo hacen les están poniendo en evidencia. Los parásitos gobernantes, cuando esto pasa, en primer lugar tapan la noticia (no vaya a ser que la gente se dé cuenta de su flagrante incompetencia), luego, cuando la noticia se sabe, difaman a quienes no hacen otra cosa que cumplir con su deber (han robado la caja del regimiento) y finalmente, cuando se comprueba que ni una ni otra cosa son ciertas , reducen el asunto a chiste o anécdota sin trascendencia.

La guerra hispano-norteamericana en Filipinas se presentaba en principio muy favorable para España. Países como Inglaterra y Japón pronosticaron una fácil victoria española (los barcos USA tenían sus bases a miles de millas y la artillería de costa española era buena sobre el papel) pero la realidad, como saben, fue muy distinta. Que los defensores de «El Baler» no creyesen en una rápida rendición española no era nada disparatado como también era sumamente lógico que los abyectos dirigentes que les mandaron a morir allí se viesen puestos en evidencia por el coraje de Las Morenas, Vigil de Quiñones y el resto de los encerrados.

El pasado 30 de junio, en España, nadie recordó a los defensores de «El Baler» (Los últimos de Filipinas); sin embargo en el otro lado del mundo y frente a la iglesia de este lugar de la Isla de Luzón, los filipinos sí les dedicaron un sentido homenaje. Quizá a la clase política española se le sigue atragantando esa imagen de unos cuantos que, cumpliendo con su deber, ponen en evidencia sin proponérselo la ineptitud e inmoralidad de sus dirigentes.

El 30 de junio se cumplieron 119 años desde el inicio de la gesta de «El Baler» y esta va por quienes cumplen con su deber a pesar de la inmoralidad gobernante.

Un mes de juzgados trampa hipotecarios

El de los juzgados hipotecarios «trampa» va a pasar a la historia como uno de los mayores fiascos organizativos que se conocen por parte de quienes «organizan» nuestro sistema judicial. Hay quien, a la vista de las proporciones del fiasco, considerará incluso que un error tan evidente y predecible no puede ser un error sino que ha tenido que ser buscado de propósito para beneficiar a alguien y será entonces cuando quienes así piensen comenzarán —como de hecho ya han comenzado— a afirmar que el propósito real de la medida es favorecer a la banca frente a los consumidores. No entraré en eso, pueden elegir ustedes: o incompetencia o malicia, como gusten; no seré yo quien haya de tratar de inclinarles a uno u otro extremo en ese punto.

Ha pasado un mes desde que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) —con el «placet» del Ministro de Justicia— instaurase un sistema que, según ellos, debería hacer frente al aumento de litigios relacionados con las cláusulas abusivas que presentan las hipotecas en España.

Ha pasado un mes, como decimos, y comienzan a aparecer datos del funcionamiento de este sistema, construido sobre 54 juzgados únicos provinciales que ponen de relieve la absoluta insensatez de la medida. En este artículo trataremos de repasar esos datos y, para ello, usaremos como términos de comparación la provincia más poblada de España y —por razones obvias— la mía. Como veremos, en ambos casos, la medida adoptada por el CGPJ se revela como un auténtico fiasco. Comprobémoslo.

Comencemos por la provincia más poblada de España (Madrid), una provincia que cuenta con más de 200 juzgados civiles capacitados para conocer de este tipo de demandas y que, sin embargo, siguiendo las directrices del CGPJ, ha encomendado a un sólo juzgado (el Instancia 101) el conocimiento de todas las demandas de este tipo. En tan sólo 15 días este juzgado recibió 1.102 demandas lo que, de mantenerse la tasa, dará lugar a unas 2.200 demandas al mes. Teniendo en cuenta que un juzgado con 1.000 demandas al año ya está colapsado podemos afirmar sin ningún género de dudas que, de mantenerse este ritmo, este juzgado madrileño recibirá cada mes una carga de trabajo igual a la que recibirían dos juzgados iguales en dos años: una auténtica locura.

Si, en cambio, estos 2.200 asuntos se hubiesen distribuido entre los más de 200 juzgados de Primera Instancia de Madrid, cada uno de ellos no tocaría ni a diez demandas; una cifra absolutamente digerible a pesar de la lamentable carencia de juzgados en nuestro país y de la pésima relación juez/habitante que exhibe. Faltan jueces, sin duda, pero si, además, encargas a uno solo lo que podrían hacer más de 200 lo que estás provocando es un atasco cuyas proporciones no pueden pasar desapercibidas a nadie.

Por tanto, por lo que a Madrid respecta, podemos afirmar sin ningún género de dudas que el juzgado YA está colapsado según se advirtió al CGPJ. No ha hecho falta ni un mes, han bastado 15 días, juzguen ustedes mismos.

Por lo que respecta a la Región de Murcia, conforme a los datos facilitados por el propio Tribunal Superior de Justicia (TSJ), en este mes de junio el juzgado único encargado de tramitar el tipo de demandas que nos ocupa ha recibido 274 demandas. Si esta tasa se mantiene el juzgado único de Murcia estará colapsado en 3 meses (habrá recibido en un trimestre una cantidad de asuntos igual a la máxima que podría digerir en un año). Si estas 274 demandas se hubiesen distribuido entre los 54 juzgados de 1ª Instancia con que cuenta nuestra región apenas si habrían supuesto 5 asuntos más por juzgado.

A la vista de estas cifras la medida adoptada por el CGPJ en relación con este asunto resulta tan absolutamente incomprensible que es difícil no buscar más bien coartadas que explicaciones y lo es mucho más si añadimos todo el resto de circunstancias que ensucian hasta lo inaceptable la misma: la falta de medios, el recurrir a jueces en prácticas, la centralización infamante sin más beneficio que el de dificultar el acceso de los ciudadanos a la justicia… No necesito repetirlas en este artículo, si hace usted una mínima búsqueda en la red las encontrará a cientos y suscritas por voces más autorizadas que la mía.

Visto lo visto uno no acaba de entender que el CGPJ se obstine en mantener una medida contra la que se han alzado todas las voces independientes del mundo de la justicia en España y que ha dado lugar a que incluso parlamentos autonómicos —como el de la Región de Murcia— hayan emitido su opinión unánime en contra. ¿Qué gana el CGPJ gobernando no sólo contra la opinión de todos sino contra la de los propios administrados?

Decían en la Grecia clásica que, a quien los dioses quieren destruir primero le vuelven loco; pero no loco de cualquier enfermedad sino de lo que ellos llamaban «hibris», una especie de desmesura soberbia. Pues bien, el CGPJ ha rebasado los límites de la mesura y lo ha hecho incurriendo en la más intolerable soberbia: desoyendo a sus pares (jueces y magistrados como ellos mismos); desconociendo la opinión de abogados, procuradores y el resto de los operadores jurídicos; ignorando los pronunciamientos de órganos representativos de la soberanía popular; desoyendo las quejas de las asociaciones de consumidores… Indudablemente quienes han adoptado o fomentado esta medida están poseídos por la «hibris» y su fin ya se adivina. Esperemos, por nuestro bien, que en su caída no se lleven por delante más de lo que ya se han llevado. Vale.

Españoles somos todos

La frase «falai de castelhanos e de portugueses, porque espanhóis somos todos…» (habla de castellanos y de portugueses, porque españoles somos todos…) se atribuye a Luís de Camões, el autor de «Os Lusíadas», la obra épica portuguesa por antonomasia. La wikipedia, por su parte, recoge como de Almeida Garrett (escritor portugués) la siguiente cita

«Españoles somos y de españoles nos debemos preciar cuantos habitamos la península ibérica. España y Portugal es tan absurdo como si dijéramos España y Cataluña. A tal extremo nos han traído los que llaman lengua española al castellano…»

No es pues extraño que reyes de Portugal como Alfonso V no tuviesen empacho en firmarse como «reyes de Castilla y León y Portugal… etc.» ni que se sostenga que Juan II de Portugal escribió a sus primos Isabel y Fernando censurándoles que se llamasen a sí mismos «Reyes de España» cuando no eran más que reyes de dos de sus reinos y que para español él, su señora y el porco a la alentejana.

Y mientras veo las imágenes dantescas del incendio que devora el corazón de Portugal no puedo dejar de recordar las maravillosas temporadas pasadas en ese país ni, mientras compruebo con angustia cómo crece la cifra de muertos, puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta; porque es verdad que cuando muere un portugués el dolor tiene una intensidad especial.

Descansen en paz y ojalá esto nunca vuelva a repetirse.

Levántate y anda


Los griegos llamaron al ser humano anthropos literalmente «el que mira hacia arriba». Es un nombre apropiado pues es verdad que el ser humano nunca es tan ser humano como cuando se orienta hacia arriba, se yergue sobre sus piernas, se pone en pie y mira a lo alto. Sólo los enfermos y los muertos permanecen postrados en un sillón o en una cama.

No es casual, por tanto, que las palabras que el Evangelio nos dice que se emplearon para resucitar a Lázaro y devolverlo a su condición de hombre vivo fuesen precisamente esas: «levántate y anda».

Levantarse y andar son dos tareas absolutamente simples para una persona viva pero virtualmente imposibles para un ser humano que agoniza o para un muerto. Los organismos enfermos o en descomposición son incapaces de tareas tan sencillas.

Cuando ponerse en pie y caminar es una actividad inesperada, inusitada o llamativa en el seno de una organización, es que esta está cercana a la muerte o en franca descomposición. Si a alguien le llama la atención que otro se levante y ande es porque el sorprendido es un ser que agoniza o está muerto, física, psíquica o moralmente.

Sin embargo a veces uno detecta señales de vida que, por pequeñas que sean, son más interesantes que toda la postración dominante y piensa que es posible que, como dijo el poeta, todavía seamos capaces de levantarnos y andar, de dejar la cama donde nos dormimos con la multitud y de salir a caminar por nosotros mismos.

Hay días bonitos, ayer fue uno.

Los alienígenas invasores

No son humanos. No están hechos de la misma sustancia que nosotros, aunque se parezcan a nosotros no son como nosotros, aunque su reino parezca ser de este mundo resulta evidente que ellos pertenecen a otro, son alienígenas venidos de otra galaxia, no te quepa la menor duda.

Estos alienígenas tienen como misión gobernar a la humanidad y someterla a sus dictados para lo cual han creado una peligrosa raza de replicantes que, haciendo gala de indudables habilidades sociales, se infiltran en nuestras estructuras políticas y de poder; han tenido tal éxito en su labor de mezclarse y confundirse con nuestros gobernantes que hay expertos ufólogos que sostienen que TODA nuestra clase política está compuesta por este tipo de alienígenas replicantes.

Sólo hay una forma de distinguir a estos alienígenas de un genuino ser humano y es por su incapacidad absoluta para sentir vergüenza. Por algún error de programación estos replicantes están incapacitados para sentir ni imitar ningún rasgo que lejanamente recuerde a la tan humana sensación de vergüenza. La necesidad de disimular sus pensamientos, la inexistencia de un verdadero sentimiento de solidaridad social que dispare esa rara emoción, la inutilidad de revelar con signos externos el sentimiento íntimo del error, impidió a los programadores dotar a lo replicantes siquiera de los rasgos externos que caracterizan a la emoción de la vergüenza.

No es fácil reconocer a un replicante pero si ustedes se fijan en sus gestos pronto podrán ser unos auténticos «blade runners». Atiendan.

Cuando vean ustedes sonreír a un alto cargo en el Congreso mientras el resto de la cámara vota su reprobación no le quepa duda, con toda probabilidad sea un replicante; cuando alguien en lugar de avergonzarse por la falta y la mangancia propias se engalle y acuse a los contrarios de hacer lo mismo, no le quepa duda, es un replicante; cuando algún gobernante gobierne en contra del pueblo y a favor de la banca y con gesto afable afirme que «es por el bien de los ciudadanos», no lo dude un segundo: es también un replicante.

Quieren adueñarse de la tierra pero la desvergüenza les delata. No, no son de los nuestros, no son humanos, no están hechos de la misma sustancia que nosotros, son replicantes que quieren apropiarse del poder del estado y del patrimonio de todos.

Ahora ya sabes lo que hay, la sociedad está siendo invadida por una raza de replicantes alienígenas y es una guerra sin cuartel: es o ellos o tú. Pero ahora ya tienes una ventaja, sabes distinguirlos, les delata la desvergüenza.
PD. Hoy el presidente del CGPJ Carlos Lesmes y el ministro de justicia han sacado adelante un plan de juzgados únicos provinciales para favorecer a la banca en la tramitación de los procesos por cláusulas abusivas. Ninguno de ambos se ha sonrojado.

¿Judas o Ludwig?

Por favor, respóndame: ¿Comenzar a leer este post ha sido decisión suya? ¿O quizá estaba ya escrito en alguna parte que usted hoy y a esta hora leería este post? Se lo preguntaré de otro modo: este encuentro de hoy entre usted y yo ¿es casual o es una cita?

Si lo piensa, para que usted esté leyendo hoy este post, necesariamente ha tenido que producirse antes una conspiración universal: desde su nacimiento y el mío (y el de todos nuestros antepasados hasta llegar a la primera célula viva) hasta que a mí me diese por escribir el post y a usted por leerlo. Pensarlo da un poco de vértigo porque, si bien se examina, desde el big-bang hasta aquí, todos los hechos de la historia del universo se han ido sucediendo con precisión infinita para que yo haya podido escribir hoy este post y para que, usted —hoy y a esta hora— pueda leerlo. Créame, si alterásemos un sólo nanosegundo de la historia del universo yo no habría escrito este post y usted, en este momento, no me estaría leyendo.

Esto que le acabo de contar no se me ha ocurrido a mí solo, naturalmente, sino que lo han pensado millones de personas antes que yo y es el pensamiento que se encuentra tras las teorías conspirativas, fatalistas, deterministas o calvinistas y es también el pensamiento que bulle detrás de eso que —vulgarmente— llamamos «predestinación».

Si un personaje encarna a la perfección el drama de la «predestinación» este no es otro que el de Judas, el apóstol que traicionó a Jesús. Si Jesús era Dios y por tanto conocía el futuro sabía sin duda que Judas le entregaría y conforme al Evangelio, en efecto, lo sabía:

Llegada la tarde, Jesús se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.» Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!» Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: « ¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.» (Mateo 26).

Esta lectura deja en el aire muchas preguntas: si Jesús sabía que Judas le traicionaría ¿por qué le dejó hacerlo y así condenarse? y… si no le hubiese dejado ¿se habría estropeado todo el plan previamente trazado de pasión, muerte y resurrección?. Por otro lado ¿podía Judas hacer otra cosa que entregar a Jesús? ¿Podía el libre albedrío de Judas ir en contra del siniestro destino que ya estaba escrito para él?

Con fundamento en esta paradoja, sobre el siglo II o III, se escribió el llamado «Evangelio de Judas», un corto texto de naturaleza gnóstica que nos presenta a Judas como el discípulo predilecto de Cristo y el único que sabía realmente —junto con Jesús— qué es lo que iba a pasar la noche de la última cena. Desde este punto de vista Judas era la clave de los planes divinos y, por tanto, no era conforme a este «evangelio» un réprobo sino el primero de los justos.

Más adelante volveremos con Judas, por el momento dejaremos a un lado evangelios e historias sagradas y volveremos al campo de lo científico, porque el determinismo, el fatalismo o la predestinación no son cuestiones ajenas a la ciencia sino que, por el contrario, han sido la propia ciencia y los científicos quienes, a veces sin demasiada conciencia de ello, han contribuido a establecerlos firmemente entre nuestros hábitos de pensamiento y esto nunca fue tan evidente como en los años que siguieron a los descubrimientos de Sir Isaac Newton.

Hasta principios del siglo XX explicar el estado del universo era para los científicos tan sencillo como aplicar las leyes de Newton. Se podía decir dónde había estado cada cuerpo celeste en un momento determinado de la historia y dónde estaría en el futuro; conforme a las leyes de Newton no parecían existir procesos irreversibles bastaba con pasar de t a -t para pasar del futuro al pasado del universo con toda sencillez. La sensación de que el azar no cabía en este universo y de que había un plan predeterminado de antemano para el funcionamiento del cosmos se afianzaron. Se llegó a un curioso convencimiento: si la ciencia no es capaz de predecir el futuro es porque no dispone de todos los datos necesarios porque, cuando dispone de ellos, el futuro no es más que una consecuencia de las condiciones presentes. Por más que los seres humanos perciban el tiempo como una realidad muy cierta y el azar como algo evidente, el universo de Newton no se comporta de forma caprichosa y el azar no es más que una apariencia que nace de nuestra ignorancia; en suma: Dios no juega a los dados. Judas kaputt. Fin del post y pregunta respondida: si usted ha leído hasta aquí es porque así estaba escrito, si lo deja ahora es porque así está escrito y si continúa leyendo es porque está predestinado a ello. Yo le animo a seguir leyendo aunque sólo sea por darle un corte de mangas al destino y porque usted y yo sabemos que el tiempo y el azar existen aunque no sepamos explicarlo. Y le animo a seguir también porque quisiera hablarle de Ludwig.

Ludwig, como Judas, fue un hombre sin suerte: en un tiempo en que los átomos no eran más que una interesante analogía para muchos científicos, él se empeñó en trabajar con ellos defendiendo su existencia real. Ludwig dedicó años a estudiar el orden del cosmos pero, para su desgracia, todo cuanto veía en nuestro mundo contradecía sus predicciones. Los estudios de Ludwig dejaban sentado sin ningún lugar a dudas que el orden en el cosmos no sólo no debía aumentar sino que debía disminuir hasta llegar al caos total. Y sin embargo… sin embargo Ludwig miraba a su alrededor y sólo veía orden y armonía, un orden y una armonía crecientes con las flores engendrando flores y la vida engendrando vida. Cuando los ojos afirman lo que la razón niega ni las personalidades más fuertes lo llevan bien y Ludwig, para su desgracia, no tenía madera de héroe.

Tampoco llevó bien Ludwig las críticas de los científicos de su época y aunque genios como Maxwell le apoyaron encontró opositores crueles como Ernst Mach que no le alegraron la vida en absoluto.

Fuese como fuese el caso es que, pasados los años, todos reconocieron la corrección de las teorías de Ludwig y estas teorías cambiaron el mundo y quién sabe si hasta el destino de usted y de mí pues, a partir de ahora, le garantizo que si usted deja de leer este post ya no será porque el destino le obligue a ello sino porque a usted le da la gana y si lo sigue leyendo tampoco será porque esté predestinado sino simplemente porque a usted le sale de las narices. Compruébelo.

Desde la obra de Ludwig los seres humanos saben que hay dos magnitudes que jamás decrecen en el universo, la primera es el tiempo (esa magnitud que todos sabemos qué es pero no somos capaces de explicar) y otra la entropía (una magnitud que sabemos explicar pero que en el fondo no sabemos muy bien qué es). Desde Ludwig Boltzmann los procesos irreversibles fueron ganando espacio en la escena científica, la flecha del tiempo apareció dibujada en la entropía y, de pronto, al universo determinista de Newton se le abrió una vía de agua. Más adelante la mecánica cuántica nos habló de sucesos intrínsecamente aleatorios en la naturaleza e incluso de la imposibilidad de predecir el futuro aunque tuviésemos toda la información disponible sobre el estado del sistema o del universo entero.

Quizá Judas, antes de ahorcarse, aún pudo pensar que él no era el verdadero culpable de lo sucedido y que el responsable de todo aquel drama era el espíritu que lo planeó todo y que, sabiendo que él tendría que traicionar, no le impidió hacerlo permitiendo que él se perdiera para toda la eternidad. 

La familia del pobre Ludwig, sin embargo, nunca tuvo por entero el consuelo de que aquel horror que vivieron fuese obra del destino; más bien fue un complejo conjunto de circunstancias, al final de las cuales el libre albedrío dejaba sentir su sombra ominosa, las que determinaron que aquel 5 de septiembre de 1906, Elsa, la hija de Ludwig, le encontrase ahorcado colgando de una cuerda al entrar en su cuarto. 

Yo no he visto atacar naves en llamas…

Yo no he visto atacar naves en llamas más allá de Orión ni he visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Pero… 

He visto ponerle precio a la justicia y destinar los ingresos a ayudar a corporaciones que abusaban de los consumidores. Y he visto quejarse de la lentitud de la justicia mientras se la dejaba morir de inanición negándole la mínima ayuda indispensable. Y he visto culpar de la lentitud de la justicia a los ciudadanos que acudían a ella a reclamar lo que les habían depredado. Y he visto llamar querulantes a los ciudadanos cuando sólo reclamaban lo que era suyo. Y he visto cómo se llamaba «modernización» al uso de tecnologías del siglo pasado. Y he visto cómo se dictaban leyes sin dotación presupuestaria alguna tan sólo para aparentar que se hacía algo. Y proponer cambiarlo todo para que nada cambie. Y he visto a muchos aplaudir para medrar, sonreír para medrar, callar para medrar… Lo que no he visto es rubor en ningún rostro.

Porque antes veréis brillar Rayos-C en Tannhäuser que el rubor en el rostro de un ministro.

La lectura de la hipoteca


Esta vez no iban a cogerle por sorpresa; el notario leía monótonamente la escritura de préstamo hipotecario hasta que llegó al terrible párrafo que contenía la fórmula maldita. Sin embargo, esta vez, estaba preparado. Miró al prestatario por encima de la montura de sus gafas de cerca y, tras coger aire discretamente, dirigió su mirada de nuevo al maléfico algoritmo y atacó con voz firme el pasaje:

-«Sepa usted que la cuota es igual a «C» mayúscula, multiplicada por la inversa del sumatorio desde «m» minúscula igual a uno, hasta «n» minúscula del productorio desde «p» minúscula igual a uno hasta «m» minúscula de la inversa de la suma de uno más el cociente del producto de «i» minúscula por «d» minúscula sub «p» minúscula dividido entre 36.000…»

(…)

-¿Lo ha entendido usted? 

El prestatario, que había ido abriendo progresivamente los ojos hasta adquirir la expresión de un pez abisal, respondió con un hilo de voz…

-Perfectamente, está claro como el agua… ¿dónde hay que firmar?

Katiusha

Hoy me he enterado de que en el accidente aéreo ocurrido ayer en aguas del Mar Negro, junto con otros noventa pasajeros, perdió la vida Vladislav Golikov, un cantante de los coros del Ejército Rojo que alcanzó notoriedad en España por su peculiar estilo de cantar la jota. Descanse en paz.

Si el afecto se mide por las obras, a la luz de estas, podríamos concluir que vivimos en un país querido y admirado para las gentes del exterior a pesar de nuestros clamorosísimos defectos. Este afecto es evidente en el caso de los rusos, y no tan solo por el desgraciadamente fallecido cantante, sino por la ingente producción musical rusa que ha tenido como fuente de inspiración las formas musicales españolas.

Ya Mikhail Glinka (1804-1857) nos dejó una jota absolutamente redonda que los más impacientes pueden escuchar aquí  a partir de los 2’50». Y este es sólo el principio de una ubérrima producción rusa en este campo.

Compositores como Rimski Korsakov, Tchaikovski o Dimitri Shostakovich compusieron magníficas obras de sabor español de forma que la obra de «música española» más conocida en el mundo no es de Albéniz o Falla sino que está compuesta por un ruso y quizá sea el «Capricho Español» de Rimski Korsakov.

El fenómeno contrario (compositores españoles que dediquen su atención a la música rusa) no lo conozco. Quizá se deba a mi falta de erudición en materias musicales, pero, si preguntan a la población española a este respecto no creo que nadie vaya más allá de Georgie Dann y su «Kasatschok», composición que, sobre no ser original sino copia, no parece que reciba ningún tipo de aporte beneficioso de la mano del cantor veraniego que, antes al contrario, destroza una deliciosa canción rusa -Katiusha- (inspirada en una obra de Igor Stravinski o compuesta por él mismo) que habla de una mujer que añora a su novio incorporado a filas.

¿Por qué nuestro país atrae la atención de los compositores del resto del mundo mientras que aquí del exterior tan sólo parece interesarnos la música más comercial?

Bien podría ser que seamos estupendos y no lo sepamos. Tenemos armonías propias (la escala frigia o hispano-árabe surte efectos mágicos) y los compases, ritmos y formas propios de la música española hacen de ella una fértil fuente de inspiración; además -¿a qué negarlo?- es que es bonita, pegadiza, engancha y si no vean ustedes alguna retransmisión de patinaje artístico y verán qué efecto causa la música española en el auditorio.

Pero… ¿de verdad somos tan estupendos? ¿O quizá influirá también que aquí hayamos podido tener una nómina de peores músicos? No lo creo.

España, en todo caso, mantiene una deuda de cariño con Rusia y con los muchos compositores de otros países que le han dedicado amorosas composiciones pero -¿por qué no decirlo?- probablemente la principal deuda de cariño que mantiene España es con ella misma.

Vivimos en un país que no sabe quererse y prefiere lo ajeno a lo propio sin más razón que porque es ajeno. Vivimos también en un país que, puestos en el lado contrario, cuando afirma su amor por lo propio lo hace con la inteligencia de un hincha de fútbol, sin entender qué es eso que llama «lo propio», confundiendo la etiqueta con el producto, el símbolo con la patria y aplaudiendo cualquier «made in spain» que le pongan por delante.

En fin, no sé si tenemos arreglo o si los planes de educación han echado ya a perder toda esperanza, en cualquier caso ayer falleció un ruso que, cantando jotas, nos hizo emocionarnos y pensar que quizá este lugar donde vivimos no es el peor lugar del mundo. Descansa en paz Vladislav.