La fotografía que trucó la NASA

La fotografía que trucó la NASA

La NASA trucó alguna foto del alunizaje y, hoy que se conmemoran los 50 años de la llegada del hombre a la luna, vamos a alegrarle un poco el día a los conspiranoicos. Para su desgracia ninguna de las fotos que ellos dicen que son falsas lo son, son auténticas y, para quienes vivimos en directo aquellos años, algunas de sus afirmaciones son risibles cuando no ofensivas. Sólo un ejemplo: todos los niños de la Tierra sabíamos de antemano que la bandera ondearía en la luna aunque no hubiese aire; Jesús Hermida y Luís Miravitlles nos lo habían venido explicando con antelación por televisión. Por eso, escuchar ahora que alguien te viene con lo de la banderita no es que produzca hastío —que lo produce— es que resulta estomagante.

Pero sí, hay una foto trucada y es precisamente la más famosa de las fotos que se tomaron durante la misión Apollo XI: la fotografía que Neil Armstrong tomó a Buzz Aldrín y que se convirtió en el icono de aquel vuelo. En la fotografía se ve a Buzz Aldrin de frente, sobre la superficie de la luna, mientras que reflejadas en su visor aparecen multitud de imágenes, entre ellas la del propio Neil Armstrong tomándole la fotografía. La cámara utilizada fue la Hasselblad (Mooncamera) y la película una Kodak Ektachrome (no, por entonces no había fotografía digital… ni teléfonos móviles).

¿Por qué digo que está trucada?

Bueno, los astronautas llevaban la cámara acoplada a su pecho y enfocar no era tarea fácil de forma que la versión original de la foto no tiene el mejor de los encuadres (foto 1) así que la NASA decidió reencuadrarla añadiendo espacio negro por encima (no, no deis la lata, con este tiempo de exposición el cielo es negro y las estrellas no se ven) y así se publicó la imagen archiconocida que puedes ver en la foto 2. Sin embargo la NASA «olvidó» que la mochila espacial, en su lado derecho —según el punto de vista del lector— lleva acoplada una antena de comunicaciones (véase foto 3), antena que en la foto 2 simplemente no sale porque tampoco sale en la fotografía original.

Así pues, queridos conspiranoicos y demás elegidos de los dioses, es bueno que sepáis que, acusando de falsedad a fotografías absolutamente legítimas, se os escapó y no visteis justo lo que teníais delante de los ojos: que la fotografía más conocida de la misión Apolo era precisamente la que estaba retocada.

¡Ea!, feliz 50 aniversario y gracias a todos los astronautas e ingenieros —De Gagarin a Armstrong y de Korolev a Von Braun— que me regalaron una infancia donde todo parecía posible.

Paternalismo

Escribe John Stuart Mill en «Sobre la libertad»:

La única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar determinados actos, porque eso fuera mejor para él, porque le haría más feliz, porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo. […] La única parte de la conducta de cada uno por la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás. En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.

A pesar de que el razonamiento anterior aparenta ser evidente por sí mismo y parece constituir un eficaz límite a la irrefrenable voluntad de los gobiernos para controlar nuestras vidas, sin embargo, tropezamos diariamente con injerencias de los gobiernos en muchos aspectos de nuestras vidas. Ese principio de libertad que enunció John Stuart Mill parece estar en la crisis más absoluta.

En nuestros días, aunque un albañil desee trabajar en un andamio sin arnés de seguridad, porque le molesta y no quiere usarlo, la ley obliga al empresario a imponerle su uso incluso contra su voluntad, imposición que, si bien atenta contra la más elemental concepción de libertad, creo que todos estamos de acuerdo en calificar como sensata. Si usted desea bañarse en la playa cuando hay bandera roja no podrá hacerlo en la medida que un agente de la autoridad le descubra: usted no puede arriesgar su vida aunque le venga en gana. De nada le servirá decir que su vida es suya y que usted se la juega como quiere, el policía no se lo permitirá y le protegerá a usted de usted mismo. Si decide usted correr un encierro en San Fermín y un policía estima que no está usted en las condiciones físicas precisas le impedirá correr y le expulsará de la carrera. ¿Para cuando podrá la policía protegerme de mis gustos alimenticios e impedirme comer bocadillos de chopped-pork porque el pan es bollería industrial y el chopped colesterol malo?. Boxeo, motociclismo, automovilismo, alpinismo, comida basura, McDonalds, Burguer King… son actividades que «por nuestro bien» podría prohibir el estado. Ya lo hace con algunas plantas —cannabis— aunque lo permita con otras —tabaco—. ¿Hasta dónde llega la capacidad del gobierno de inmiscuirse en nuestras vidas y decidir por nosotros lo que podemos y no podemos hacer? ¿Hasta dónde puede el estado protegernos de nosotros mismos y tratarnos como menores de edad?

Esta pregunta ha ocupado a muchos pensadores y políticos y ha dado lugar a un término —paternalismo— con el que se designa a estos regímenes o a estas políticas caracterizadas por inmiscuirse en las decisiones de los ciudadanos con la idea de protegerlos de sus propias decisiones equivocadas.

La pregunta es ¿quién nos asegura que quienes toman esas decisiones en los gobiernos están mejor informados o tienen una mayor garantía de acierto que nosotros mismos? ¿Hasta dónde esa política de decidir por sus ciudadanos no esconde una forma de dictadura?. Tenemos ejemplos de gobernantes lo suficientemente necios como para tomar sistemáticamente las decisiones equivocadas y lo suficientemente corrompidos como para tomar decisiones que sólo les favorecen a ellos con el subterfugio de que es «por nuestro bien».

Yo, por mi parte, no sé dónde se encuentra el límite óptimo entre libertad y paternalismo aunque tengo para mí que la clave se encuentra en la información. No sé si el estado debe decidir por mí —creo que no, ya he conocido a demasiados majaderos con mando en plaza— lo que sí sé es que el estado debería garantizar que yo tuviese a mi alcance toda la información necesaria para tomar una decisión adecuada.

Si la doctora me prohibe la glucosa el gobierno no debe prohibirme el pan, pero sí debería cuidar de que yo supiese cuánta glucosa contienen los alimentos que se venden en los comercios, de forma que yo pueda decidir con acierto; yo debería poder saber si el aceite con que se ha elaborado un determinado producto es aceite de palma o no y que este hecho no se camufle bajo equívocas etiquetas como «aceites vegetales». No se debería permitir que se informe que la margarina es «saludable» porque le han añadido artificialmente calcio cuando es una grasa «trans» perniciosa para el organismo. Lo decisivo es que los ciudadanos dispongan de la máxima información disponible para tomar decisiones y sólo en casos excepcionales y bien fundamentados limitar su autonomía de decisión. Para eso la transparencia y el libre flujo de información son esenciales.

En la vida real, por desgracia, pasa justo lo contrario de lo que debería, unos ciudadanos sin más ni menos formación que otros ciudadanos, por ejemplo, toman decisiones por todos, ocultando de paso los debates y elementos de juicio que han tenido en cuenta. Tales prácticas no merecen siquiera el calificativo de paternalismo sino de sociedad secreta, pues tal forma de proceder es más propia de una sociedad secreta que de un órgano democrático.

En todo caso el debate sigue abierto: ¿hasta dónde puede restringirse la libertad del individuo incluso en el caso de que se haga pretendidamente por su bien?

El invierno que viene

Mientras veo cómo en la calle aprieta un sol de justicia vuelvo a releer «Noche triste de octubre» el poema indispensable de Jaime Gil de Biedma:

«Definitivamente parece confirmarse que este invierno

que viene, será duro.

Adelantaron

las lluvias, y el Gobierno,

reunido en consejo de ministros,

no se sabe si estudia a estas horas

el subsidio de paro

o el derecho al despido,

o si sencillamente, aislado en un océano,

se limita a esperar que la tormenta pase

y llegue el día, el día en que, por fin,

las cosas dejen de venir mal dadas…»

Y, quizá por que no es octubre sino julio, quizá porque no es otoño sino verano, se me ocurre que sí, que vale, que es posible que definitivamente el invierno que viene sea duro pero que, de lo que ya estoy harto, es de que siempre sea duro para los mismos.

Y se me ocurre también que no, que este invierno no va a ser duro para quienes esperan que se les abone el turno de oficio mientras presencian el paripé de administraciones que retrasan desvergonzadamente el pago y colegios que amenazan con amenazar cuando ven próximo el abono; que no, que este invierno no puede ser duro para los compañeros y compañeras que enferman, agonizan o simplemente dan a luz mientras los plazos les corren o una legislación inicua les obliga a una inmediata sustitución como si fuesen material fungible; que este invierno no puede ser duro para los abogados que litigan contra los bancos y ven como todo se confabula para que los bancos no paguen unas costas que a ellos jamás se les discutieron en ninguna ejecución; que este invierno no puede ser duro para aquellos que defienden los derechos de los demás sin que sus honorarios determinen ni uno sólo de los pasos que dan en su defensa; y que no…

Definitivamente este invierno no tiene por qué ser duro para los mismos de siempre, definitivamente hemos de hacer que el invierno que viene sea duro, y hasta insoportable, para aquellos que maltratan a la justicia y a la abogacía en que creemos.

Por eso, déjate libre y reserva para ti el último fin de semana de noviembre, porque definitivamente, esta vez sí, el invierno se lo vamos a hacer duro a otros.

Los días 29 y 30 de noviembre tenemos un trabajo que hacer juntos, resérvatelos para ti.

Sólo una mujer

Sólo una mujer

Si ha habido una personalidad controvertida en la historia de México ha sido la de Malinali, Malintzin, Malinche o Doña Marina, que con todos estos nombres fue conocida esta mujer.

Nació y creció en una región donde se hablaba el idioma popoloca, hija de un padre al parecer mexica, de ahí que desde niña hablase también el nahuatl. Vendida como esclava, tras la muerte de su padre, a un señor maya, pronto aprendió a hablar maya también.

Cuando tenía entre 15 y 18 años Cortés y sus hombres aparecieron por allí y, tras el enfrentamiento de Centla, volvió a cambiar de dueño pasando a manos de aquella banda de aventureros españoles, pues su dueño anterior la entregó como regalo junto con otras diecinueve mujeres más.

Es difícil imaginar lo que significa ser vendida por tu madre a un señor que te usa como mejor prefiere y que este, luego, te venda a una especie de monstruo blanco, con pelo pajizo y vello por todas partes que, además, huele horrible (para los indígenas que trataron a los hombres de Cortes su mal olor era paradigmático).

Cuando Cortés llegó a dominios mexicas se encontró con que nadie hablaba su lengua (el nahuatl) salvo aquella esclava «entremetida y bulliciosa» según nos cuenta Bernal Díaz del Castillo. Malintzin se convirtió, pues, en la última esperanza de Cortés que, a partir de aquel momento, se convirtió en inseparable de ella; tanto que los mexicas no llamaban Cortés a Cortés sino «el dueño de Malintizin»; es decir, «Malinche». Es curioso que la historia acabase bautizando a Malintzin con el nombre que los mexicas dieron a Cortés (Malinche) y es llamativo también que fuese ella quien acabase dando nombre a Cortés para sus enemigos y no al revés.

Se dice que Malintzin y Cortés se amaron, yo no lo creo. Es cierto que acabaron teniendo un hijo en común, Martín Cortés, pero no es menos cierto que para una esclava como ella yacer con su dueño no era algo infrecuente. Los soldados españoles, no obstante, la respetaron en grado sumo y la imagen de «Doña Marina» es tratada con inusual cariño y respeto no sólo para el estándar de una mujer de la época, sino para una mujer, indígena y esclava.

Probablemete Malintzin sólo quería volver a su pueblo y vivir tranquila y libre y se dice que llegó a ese acuerdo con Cortés: cuando él derrotase a los mexicas ella sería libre.

Siglos después se ha dicho también de ella que traicionó a su país —cosa imposible pues México no existía— pero, si a alguien ayudó, fue a los pueblos que se sublevaron contra los mexicas y que por ello ayudaron a Cortés. Conviene recordar que, cuando Cortés sitia Tenochtitlan, su ejército lo componen unos 800 europeos (entre españoles, italianos, un griego, negros…) y más de 70.000 indígenas, fundamentalmente totonacas y tlaxcaltecas, deseosos de ajustar cuentas a los mexicas.

Dicen que traicionó a una raza… como si ella pudiese saber lo que ocurriría en los siglos venideros. Malintzin fue una mujer que buscó sobrevivir y salir de la miserable situación en que se encontraba… y lo logró con algo que no se le suponía entonces a las mujeres: inteligencia.

Al final de sus días a Doña Marina se la reputaba todopoderosa, casó con un español de cierta nobleza y si no fue feliz como ella hubiese querido, lo que sí que fue probablemente, es el anticipo de ese país que entonces no existía y que hoy conocemos como México.

Malintzin, Doña Marina, Malinche, ha sido tratada injustísimamente por la historia y por eso, ahora que se cumplen 500 años de la ocurrencia de esos hechos, quizá convenga que reparemos en que, debajo de todo el debate que se ha montado sobre ella, tan sólo hay un ser humano: una mujer.

Flyover states

La gente guay, la wonderful people de los Estados Unidos, vive en la costa este o en la costa oeste, pero no en el centro del país, allí parecen vivir otro tipo de personas como los Simpsons, los Flanders, los parados de la industria del automóvil que nos muestra Michael Moore en sus películas o suceden sucesos incomprensibles como la matanza de Columbine (Colorado).

Para la gente de éxito que vive en Nueva York, San Francisco o Silicon Valley, estos estados que hay entre la costa este y la costa oeste no son más que flyover states, los territorios que hay que sobrevolar para viajar de una zona relevante a otra.

La riqueza en los Estados Unidos, el American Way of Life, parece haber olvidado a muchos de estos estados a algunos de los cuales se denomina despectivamente como el Rust Belt, el «cinturón de la herrumbre».

Condenados a la irrelevancia, a la marginalidad, los habitantes de estos estados se saben expatriados de una determinada concepción de su país defendida por los apóstoles de la corrección política que viven en Washington, Nueva York o California. ¿Les extraña que esos estados hayan votado a Donald Trump?

Acusar a los votantes de Trump de racistas, xenófobos, proteccionistas o antiglobalización, es no haber entendido nada. Esta población, sus padres y abuelos, en otro tiempo encarnaron el American Way of Life, trabajaron duro sabiendo que con eso podían mejorar sus condiciones de vida y la de sus familias; ahora ese American Way of Life ya no existe para todas las familias que se quedaron sin empleo, por ejemplo, en Detroit, tras la crisis industrial del automóvil y la llegada de los automóviles japoneses, coreanos y europeos. La costa este y la costa oeste se enriquecieron con la globalización pero esa riqueza no llegó a Detroit, hoy capital del «cinturón de la herrumbre».

No es sólo un problema de dinero, estas personas que, hasta hace pocas décadas, sentían legítimo orgullo de pertenecer a una clase media que ayudaba con su trabajo al crecimiento de su nación, contribuyendo con su esfuerzo a la creación de productos de los que se sentían orgullosos (inolvidable Clint Eastwood como jubilado de la Ford en «Grand Torino»), ahora sienten que son absolutamente irrelevantes para los políticos que toman las decisiones en Washington, políticos que, si antes se referían a estas personas con orgullo como representantes del American Way of Life, ahora simplemente las olvidan o, cuando no las olvidan, las consideran inadaptadas, personas que no han sabido «transformarse» o adaptarse a las nuevas situaciones.

¿A alguien le extraña que, si aparece cualquier político populista, una buena parte de ellos le vote?

Estos votos nacidos del enfado producen una reacción aún peor pues los políticos wonderful, en lugar de preguntarse por qué ha pasado esto, simplemente insultan a este electorado llamándoles xenófobos, fascistas o simplemente ignorantes.

Lo grave es que no sólo en Estados Unidos existen los flyover states, también existen en Alemania, Gran Bretaña, Francia o Italia. También en estos países la riqueza se acumula en unos núcleos —no necesariamente geográficos— y huye de otros.

Si uno mira a Francia verá como la renta per cápita se acumula en una serie de metrópolis —curiosa o no tan curiosamente los lugares donde ha ganado Macron las elecciones— mientras que el resto del mapa lo constituyen pueblos y ciudades pequeñas donde se ha impuesto la candidata Le Pen.

En Italia el fenómeno se repite con la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas; pues el populismo no es patrimonio exclusivo de la derecha, también hay fenómenos parecidos a la izquierda. El fenómeno ocurrido en los USA se reproduce: los políticos bienpensantes, en lugar de preguntarse por qué grandes capas de la población han votado a personas como Le Pen, prefieren dedicar al fenómeno epítetos ofensivos del tipo de «fascistas» o «xenófobos»; los bienpensantes de derechas, en cambio, en lugar de preguntarse por qué triunfa sorpresivamente el movimiento cinco estrellas en Italia, tampoco ahorran insultos ni descalificaciones. La dialéctica de fascistas y perroflautas se impone.

Cuesta trabajo imaginar en España unos pueblos y ciudades asimilables a los flyover states americanos pues en España las distancias son demasiado pequeñas, pero podríamos, quizá, apuntar a que nuestros flyover states son esos lugares donde el AVE o no para o ni siquiera llega.

La tendencia a concentrar todas las inversiones principales en apenas cinco ciudades y las inversiones secundarias en unas pocas decenas más, deja a inmensas zonas de la geografía española fuera de la dinámica del crecimiento nacional y tal fenómeno no es específico del tren; ocurre con la justicia y su injusta, inútil, ineficaz y antieconómica política de concentración de sedes que trata de abandonar una planta distribuída en favor de una concentrada; ocurre con los servicios y oficinas de las administraciones centrales y autonómicas, ocurre con los servicios… Dos tercios de la población española no viven en capitales de provincia y —dado que muchas capitales de provincia como Soria, Teruel o Jaén viven también en el olvido— las ciudades que concentran la gran inversión, finalmente, apenas si rebasan la decena y media.

España no es un fenómeno aislado ni muy diferente de los Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia o Gran Bretaña, donde el referéndum del Brexit ya ha mandado un mensaje muy claro.

En España, los restos de una frágil clase media que mira el futuro con un temor que nunca se vio en las generaciones anteriores, son ya terreno abonado para aventuras políticas populistas y nuestros políticos wonderful parecen más interesados en ocuparse de sus cosas que de entender las transformaciones que once años de crisis están provocando en la sociedad española.

La población más maltratada, la que habita en la España vaciada, en la parada o en la olvidada, cada vez está más divorciada de una clase política que, no es ya que no la represente, sino que siente a esta clase política como uno de sus principales problemas pues, según encuestas del CIS, en España, tras el paro, el funcionamiento de la clase política es el problema más gravemente sentido.

Mientras pienso en todo esto leo los estudios que se hacen sobre tuits y mensajes en redes sociales de los miembros de esta clase política, y los encuentro mayoritariamente autorreferenciales y relativos a sus estrategias de pactos, a su propio juego, pero en todo caso ajenos a los problemas de las personas que les han elegido. Pienso en todo esto y siento que una crisis importante se está larvando, que una burbuja de desafección y hastío está creciendo sin control y, aunque no puedo evitar un cierto temor, tampoco puedo evitar comprender la lógica del proceso.

Muertes olvidadas

En 2016 España registró por primera vez menos de 300 asesinatos en un año (exactamente 292, de los cuales, 44, se debieron a violencia machista).

En 2016 también, los fallecidos en accidente de tráfico ascendieron a la dramática cifra de 1.160.

Sin embargo, la primera causa de muerte violenta en España en 2016 (y en 2017, y en 2018…) fue el suicidio, con unos aterradores 3.569 fallecimientos de los cuales 907 correspondieron a mujeres y el resto a hombres.

La magnitud de la cifra no necesito ilustrarla: los y las suicidas más que duplican a los fallecidos por todas las demás causas de muerte violenta en España y sin embargo…

Sin embargo a nadie parece importarle que un número irracionalmente alto de españoles y españolas se quiten la vida, o al menos eso parece deducirse de la insignificante presencia de estos sucesos en los medios de comunicación. Y, si la cifra de suicidios parece no importar a nadie, mucho menos parece preocupar a las autoridades el por qué de esos suicidios: no hay estadísticas oficiales sobre las causas de tanta muerte a pesar de que, a día de hoy, un español tiene más del doble de posibilidades de morir por su propia mano que por un accidente de automóvil, tren, avión o incluso asesinado.

Invertimos millones en policía que nos asegure contra los delitos, en agentes de tráfico, en obras que hagan más segura la circulación en nuestras carreteras y en campañas de seguridad vial que reduzcan un número de muertos en tráfico que siempre nos parece inaceptable; pero no parecemos dedicar un euro a estudiar las causas de que españoles y españolas decidan acabar con su vida. ¿Por qué?

Sinceramente no lo sé. Quizá a los gobiernos les aterra poder descubrir que esos muertos (mayoritariamente hombres entre los 30 y los 60 años) no sean solamente personas deprimidas o enfermas y que, detrás de su depresión, de sus faltas de ganas de vivir y de su suicidio, pueda estar la penosa situación económica o vital a que se enfrentan y a la que nos han conducido una larga sucesión de gobiernos y políticos incompetentes.

Se ha hablado de los desahucios como causa de suicidios pero ¿y ese hombre sin estudios que ha perdido su trabajo a los 50 con dos hijos a su cargo?; ¿y esa mujer trabajadora del campo que llegados los 60 no ve renovado su contrato? ¿Y ese pequeño empresario arruinado? ¿Y esos ciudadanos y ciudadanas que saben que no cobrarán la pensión de jubilación como lo hicieron sus padres y que habran de trabajar hasta la ancianidad?… ¿Cuántas depresiones tienen su origen en la crisis económica o en el ninguneo de quienes mandan hacia los últimos escombros de lo que un día fue feliz clase media española?

Creo que sí, creo que les aterra descubrir que la primera causa de depresiones y de muerte en España pudiera ser esta extraña forma de vida a la que ellos mismos han conducido a las clases más populares de este país; esas que otrora fueron clase media y que ahora, desclasadas, marginadas y sumidas en la irrelevancia social, no son más que un oscuro objeto de deseo para políticos populistas y una pesadilla para los políticos wonderful de discurso políticamente correcto y postureo en los medios de comunicación.

La primera causa de muerte violenta en España merece ser estudiada, merece ser comprendida y merece ser atajada porque, como dice el credo liberal, las personas no sólo tienen un derecho fundamental a la libertad y la igualdad sino también a la búsqueda de la felicidad.

Periféricos e irrelevantes

Hubo un tiempo en que existió una clase media, integrada culturalmente y en una dinámica de ascensión social. Una sociedad sin miedo al futuro y segura de su entorno cultural. Sin embargo ese tiempo se acabó: ahora esa clase media segura y sin miedo ha saltado por los aires, grandes capas de la población viven al día y desconfían de toda esa clase compuesta por personajes influyentes, poderosos y ricos, que les relegan a la periferia del sistema. Ahora ya no solo son los barrios obreros los que están en la periferia, ahora los profesionales (sí, los abogados también) los agricultores, los habitantes de las ciudades pequeñas, los de los pueblos, los trabajadores…, saben que están en la periferia del sistema y no hay síntomas de que eso vaya a cambiar en el futuro.

Se está larvando un cambio muy serio, haríamos bien en reflexionar sobre ello.

Carabí hurí, carabí hurá.

Siempre me atrajeron las canciones infantiles de los juegos tradicionales, sobre todo las de las niñas. Canciones del tipo «Quisiera ser tan alta como la luna…» o aquella de «A un capitán sevillano siete hijas le dio Dios…» me fascinaban, me parecía que había mucha historia oculta tras esas canciones y me admiraba su perdurabilidad tan solo apoyada en juegos infantiles. Consideraba que algunas de estas canciones superaban los dos siglos y otras podían entenderse incluso anteriores.

Durante un tiempo las investigué como material de experimentación de la evolución memética pero hoy me he llevado una sorpresa leyendo el discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua de Don Federico Corriente, en el cual se examinan palabras usuales en castellano que tuvieron su origen en el dialecto andalusí del árabe, palabras y expresiones tan sorprendentes como «que si quieres arroz Catalina», a quien nadie atribuiría un origen nupcial andalusí. Pero de eso hablaré otro día porque en el discurso se me ha aparecido una expresión mil veces escuchada en una canción infantil: Elisa de Mambrú.

Yo no sé si ustedes han oído una canción que dice, entre otras estrofas:

«Qué hermoso pelo tiene,

carabí;

qué hermoso pelo tiene,

carabí;

¿quién se lo peinará?

carabí hurí, carabí hurá»

Aunque tiene muchas letras y estrofas la canción original es triste pues la niña muere (si buscan en youtube la niña en cambio vive y juega, cosas de esta sociedad que oculta la muerte a todo trance) pero lo más característico de ella es la repetición como antífona, estribillo o salmo responsorial del «carabí», «carabí hurí, carabí hurá».

Durante años juzgué que no se trataba más que de una onomatopeya (otras canciones —como el «caramba, carambita», otra palabra de origen árabe, de Los Chunguitos— la han usado) pero hoy Don Federico Corriente me ha sacado de dudas: «Carabí hurí carabí hurá» es una expresión árabe andalusí que ha permanecido en las canciones de las niñas por influjo de las nodrizas moriscas.

«Carabí hurí carabí hurá» es expresión que proviene del andalusí «kárbi urí, kárb yurá»; literalmente traducido «mi pena se ha visto, mi pena se verá».

Traten de pensar la expresión con este sentido en la canción Elisa de Mambrú, en su triste versión original…

«Elisa ya se ha muerto

carabí

la llevan a enterrar

carabí hurí carabí hurá

Encima de la caja

carabí

un pajarillo va

carabí hurí carabí hurá…»

…y, sin duda, la que antes pensábamos onomatopeya ahora cobra todo su sentido profundo.

Leyendo a Federico Corriente uno tiene la sensación de que lo árabe, lo andalusí, se oculta en nuestra cultura casi en cualquier parte, desde las matemáticas (pí, algoritmo, álgebra…) a los juegos serios o de azar (ajedrez, naipes, dados…) y hasta a los infantiles (cichemonete —ajusta el lomo— o el «guá»); aunque, ciertamente, es en las canciones infantiles donde parece haberse escondido para dar de sí un profundo sentido lírico a nuestra infancia; una infancia a la que hoy día veo cantar cada vez menos.

Les dejo con una almibarada versión del romance Elisa de Mambrú donde, en el mejor estilo Disney, se han sustituído los pasajes fúnebres por pasajes felices mucho más del gusto de los padres actuales, dispuestos a ahorrar a sus hijos cualquier visión triste de la realidad.

Los oficios de dios

Los oficios de dios

Dice el Génesis (1:26) que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza aunque tengo para mí que la cosa fue al revés y quien creo a dios a su imagen y semejanza fue el hombre.

El ser humano empezó viendo a dios con tanta frecuencia en la naturaleza que casi cada cosa tenía su dios: el árbol, el búfalo, la fuente… Con un sinfín de dioses el hombre fue tirando durante milenios y según abandonaba su status de cazador-recolector fue haciendo disminuir el número de dioses a adorar: en la Atenas clásica ya no adoraba a un dios para cada cosa sino que les reservaba tareas, digamos, más abstractas: ahora tenía dioses para el amor, la guerra, la muerte, la belleza…

Con las grandes religiones monoteístas se resolvió la hiperabundancia de dioses pero la historia se encargó de ir adecuando sus trabajos a las necesidades humanas. Así, mientras que en el momento de escribirse el Génesis el oficio de Dios era verdaderamente prolijo y hubo de ir creando una por una todas las cosas llegando incluso a ejercer de alfarero para crear al hombre y a la mujer; con el Imperio Romano y Bizancio adoptó visos de basileus y convirtió el cielo en corte celestial. Avanzó el tiempo y con Newton y su universo determinista ya no tuvo necesidad de crear las cosas una por una sino que le bastó con enunciar las leyes físicas que movían al universo para hacerlo funcionar y, en nuestros días, su función creadora va poco más allá de definir las ecuaciones que gobiernan el universo que conocemos. Hemos reservado a dios un puesto de supremo programador del universo.

Esta variabilidad de las tareas divinas en función de los descubrimientos científicos más recientes no es exclusiva del concepto de dios sino que se extiende a otros muchos ámbitos. Por ejemplo, mientras el cielo de los judíos —habitantes de un país seco— era un huerto con frutales, para algunos escandinavos era un cerdo que nunca se consumía por más filetes que se le cortasen, para los musulmanes ya lo saben ustedes y supongo que, para un milenial, el cielo será una especie de sofisticada experiencia de realidad virtual.

También las organizaciones humanas han caído en esta correlación: si para los bizantinos la corte del emperador era un trasunto del reino de dios (a su vez copia de la corte), tras la Ilustración las organizaciones eran relojes que funcionaban con precisión newtoniana (Timon Cormenin) y tras la revolución industrial máquinas bien engrasadas. En la actualidad las buenas organizaciones tienden a ser imaginadas como redes y, en general, seguimos haciendo de dioses, cielos y organizaciones, metáforas de nuestros últimos avances tecnológicos.

En el fondo quizá nosotros mismos no escapemos a ese fenómeno y resulte que las tecnologías que vamos adquiriendo nos vayan modificando, aunque, bien mirado, esto último es una pura obviedad.