Dice el Génesis (1:26) que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza aunque tengo para mí que la cosa fue al revés y quien creo a dios a su imagen y semejanza fue el hombre.

El ser humano empezó viendo a dios con tanta frecuencia en la naturaleza que casi cada cosa tenía su dios: el árbol, el búfalo, la fuente… Con un sinfín de dioses el hombre fue tirando durante milenios y según abandonaba su status de cazador-recolector fue haciendo disminuir el número de dioses a adorar: en la Atenas clásica ya no adoraba a un dios para cada cosa sino que les reservaba tareas, digamos, más abstractas: ahora tenía dioses para el amor, la guerra, la muerte, la belleza…

Con las grandes religiones monoteístas se resolvió la hiperabundancia de dioses pero la historia se encargó de ir adecuando sus trabajos a las necesidades humanas. Así, mientras que en el momento de escribirse el Génesis el oficio de Dios era verdaderamente prolijo y hubo de ir creando una por una todas las cosas llegando incluso a ejercer de alfarero para crear al hombre y a la mujer; con el Imperio Romano y Bizancio adoptó visos de basileus y convirtió el cielo en corte celestial. Avanzó el tiempo y con Newton y su universo determinista ya no tuvo necesidad de crear las cosas una por una sino que le bastó con enunciar las leyes físicas que movían al universo para hacerlo funcionar y, en nuestros días, su función creadora va poco más allá de definir las ecuaciones que gobiernan el universo que conocemos. Hemos reservado a dios un puesto de supremo programador del universo.

Esta variabilidad de las tareas divinas en función de los descubrimientos científicos más recientes no es exclusiva del concepto de dios sino que se extiende a otros muchos ámbitos. Por ejemplo, mientras el cielo de los judíos —habitantes de un país seco— era un huerto con frutales, para algunos escandinavos era un cerdo que nunca se consumía por más filetes que se le cortasen, para los musulmanes ya lo saben ustedes y supongo que, para un milenial, el cielo será una especie de sofisticada experiencia de realidad virtual.

También las organizaciones humanas han caído en esta correlación: si para los bizantinos la corte del emperador era un trasunto del reino de dios (a su vez copia de la corte), tras la Ilustración las organizaciones eran relojes que funcionaban con precisión newtoniana (Timon Cormenin) y tras la revolución industrial máquinas bien engrasadas. En la actualidad las buenas organizaciones tienden a ser imaginadas como redes y, en general, seguimos haciendo de dioses, cielos y organizaciones, metáforas de nuestros últimos avances tecnológicos.

En el fondo quizá nosotros mismos no escapemos a ese fenómeno y resulte que las tecnologías que vamos adquiriendo nos vayan modificando, aunque, bien mirado, esto último es una pura obviedad.

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