Ideologías

Ideologías

Los seres humanos estamos todos programados por la naturaleza para amar a nuestros hijos y para dar por ellos todo lo que tenemos incluida la vida, también hemos nacido para amar a otros humanos lo suficiente como para tener hijos con ellos, para confiar en los amigos y para compartir con ellos alegrías y penas, para que los actos violentos nos estresen y reaccionemos tratando de impedirlos con los medios a nuestro alcance. Quien no ama o no cuida a sus hijos no se reproduce y la vida y la biología solo premian la reproducción y es por eso que nosotros somos hijos de una larguísima estirpe de seres que tenían esos instintos y es eso lo que heredamos de ellos.

A todos esos impulsos que hemos heredado genéticamente les llamamos instintos y muchos de ellos los compartimos con otros individuos del reino animal.

Pero los seres humanos, a la programación biológica con que venimos al mundo, añadimos una programación, mucho más peligrosa e incontrolable que la natural, a la que llamamos programación cultural.

Los seres humanos no sólo ajustamos nuestros comportamientos a nuestros instintos sino que adecuamos nuestros actos a los elementos culturales con que nuestro entorno no ha programado. Costumbres, creencias, lecturas, relatos y un sinfin de elementos culturales conforman nuestra programación cultural y es ahí donde entran en juego las siempre peligrosas hipóstasis.

Hipostasiar —me recuerda Joludi— es el término al que recurrió Kant para referirse al delito intelectual de dar carta de naturaleza real a lo que solo es un objeto de razón. Así dotamos de personalidad a entidades que solo existen en nuestra razón, hipóstasis como la patria o dios son asumidas por el ser humano como si fuesen entidades reales, les atribuimos deseos y les hacemos hablar, legislar o exigir conductas a las que adecuamos la nuestra.

Organizamos las cruzadas al grito de «Dios lo quiere», enviamos a seres humanos a matar o morir en nombre de «la patria» y prometemos el cielo a quienes maten en la tierra.

Un libro considerado sagrado por musulmanes, hebreos y cristianos, en el primer libro de Samuel, capítulo 15, versículos 1 al 3 contiene el siguiente y terrible mandato, sedicentemente divino:

«Cierto día, Samuel le dijo a Saúl: «Fue el Señor quien me dijo que te ungiera como rey de su pueblo, Israel. ¡Ahora escucha este mensaje del Señor! 2 Esto es lo que el Señor de los Ejércitos Celestiales ha declarado: ‘He decidido ajustar cuentas con la nación de Amalec por oponerse a Israel cuando salió de Egipto. 3 Ve ahora y destruye por completo[a] a toda la nación amalecita: hombres, mujeres, niños, recién nacidos, ganado, ovejas, cabras, camellos y burros'»».

Durante milenios los pueblos han tomado por «palabra de dios» lo que no es sino escritura de hombres y si leyésemos los textos sagrados de civilizaciones anteriores a la nuestra veríamos cómo operaban del mismo modo. Fue Ra quien pidió a faraón atacar a los hititas del mismo modo que Enlil, Enki o Marduk ordenaron conquistar reinos vecinos.

Dios, una peligrosa hipóstasis, no pide que matemos, son los hombres que escriben la palabra de dios los que justifican sus actos haciéndole decir lo que nunca dijo; y no sólo es la hipóstasis divina la que hace matar o morir por ella, es también la raza, el pueblo, la patria… objetos de razón a los que nuestro cerebro mal formado ha dado carta de naturaleza de entidades reales.

Somos seres peligrosos y admirables: podemos darlo todo por y quitarlo todo por una idea, una hipóstasis, es por eso que —tras los terribles hechos de ayer— solo puedo desear que reaccionemos usando de la razón y no de peligrosas fabulaciones que jamás conducirán a ningún resultado razonable.

Verdaderamente uno nunca acaba de creer hasta donde puede llegar el ser humano.

La voz que clama ¿dónde hago la pausa?

La voz que clama ¿dónde hago la pausa?

Saber cómo colocar correctamente en un texto las comas, puntos y comas y otros signos, le ha costado milenios a la humanidad y es por eso que no debieramos despreciar tales normas y colocar las comas, puntos, dos puntos, guiones y puntos y comas como mejor nos parezca.

De una coma puede depender el futuro de muchas personas y, si no me creen, fíjense en el ejemplo que voy a ponerles.

Es en el bíblico libro de Isaías donde, en hebreo, se contiene la siguiente expresión:

«Yo soy la voz que clama en el desierto allanad los caminos del Señor».

La traducción literal no es así pero, como esta perícopa es famosa en la forma que la he transcrito, así la dejaremos. En lo que sí me importa que se fijen es en que, en hebreo antiguo, no había signos de puntuación —y a menudo ni siquiera espacios entre las palabras— de forma que el texto podría traducirse así, sin signos de ninguna especie y, esto, genera un grave problema porque ¿qué nos quiere decir el texto?

Para los antiguos judíos no había ninguna duda de dónde iba la pausa y cuál era el sentido de la frase:

«Yo soy la voz que clama: en el desierto allanad los caminos del Señor». («…haced una vereda a Yahweh» o «…preparad un camino a Yahweh»)

Para los modernos cristianos la pausa va en otro lugar:

«Yo soy la voz que clama en el desierto: allanad los caminos al Señor».

Como podemos ver el sentido cambia por completo, en el primer caso la voz clama que se hagan caminos en el desierto; en el segundo caso es una voz que clama en el desierto la que pide que se hagan caminos al Señor sin indicar dónde.

Para los antiguos judíos no había dudas porque ellos ya sabían de qué pie cojeaba Yahweh. Yahweh era un dios al que los israelitas habían conocido en el desierto cuando ellos eran sólo un pueblo de beduinos que andaba con sus rebaños de un lado para otro. Era por eso que Yahweh, si había de aparecerse a alguien en algún lugar siempre era en el desierto y, por eso, si querías estar a solas con dios debías ir al desierto. A Yahweh le gustaba el desierto y los pastores y detestaba las ciudades, las casas y los agricultores. Por eso, en el Génesis, Caín, el malvado, es agricultor, mientras que Abel, el bondadoso, es pastor, que es como a Yahweh le gusta que sean los hombres. Es por eso también que, cuando hay que ir a estar en contacto con dios, los buenos israelitas se van al desierto y así lo hacen Elías, Juan el Bautista y el propio Jesús durante cuarenta días y cuarenta noches; pero, sobre todo, lo hace la comunidad esenia de Qumram que sabe muy bien que donde hay que hacerle un camino a Yahweh es en el desierto.

Todavía hoy los judíos celebran la fiesta de los tabernáculos donde, viviendo en tiendas, recuerdan que ellos son no más que un pueblo de pastores beduinos y es por eso que, cuando en Jeremías 35 el rey invita a los recabitas a dormir bajo techado, ellos le dicen que nanay, que ellos no duermen más que bajo las estrellas o sus tiendas. Es por eso también que, cuando Jesús nace en Belén —un pueblo cercano a Jerusalén—, no van a adorarle los vecinos de la aldea o los agricultores, sino los pastores, porque Yahweh es un dios muy consecuente con aquello que le gusta y no iba a permitir que acudiesen a adorar a su hijo unos hortelanos incapaces de pastorear vacas o dormir al raso.

Tras todo esto judíos y cristianos es obvio que entienden la Biblia de manera diferente, al menos esta perícopa de Isaías que suele citarse a propósito de su invocación por San Juan Bautista. Como Juan Bautista predicaba en el desierto (y ahora ya sabes por qué) para los cristianos la voz pasó de ser «la viz que clama» a ser la voz «que clama en el desierto» lo que le añadía al texto un sentido desesperanzado, un claro indicio de que la voz desértica no sería oída y es este el sentido con el que se usa hoy esta expresión cuando decimos lo de «soy una voz que clama en el desierto».

Y todo por culpa de una pausa, de una coma, de unos dos puntos. Por la falta de un solo signo ortográfico ahora desconocemos que para los israelitas el desierto no era solo un espacio físico, sino teológico; nos cuesta entender por qué tantas personas marcharon a Qumram o por qué al Caín agricultor le tocó ser malo y al Abel pastor bueno.

Y ahora que voy llegando al final pienso en cuántas comas habré omitido o habré puesto de más en este texto… Pero, si Isaías no puso ninguna ¿no puedo yo equivocarme en alguna?

Los reyes magos y la evolución

Los reyes magos y la evolución

Se dice que la evolución tiene que ver con la supervivencia de los mas aptos pero eso es falso, la evolución no es una historia de lucha, colmillos y sangre, la evolución sólo tiene que ver con quién tiene mayor éxito reproductivo.

La vida es ese fenómeno mediante el cual entes materiales son capaces de reproducirse, la diferencia entre una entidad viva y una que no lo está es que la entidad viva es capaz de reproducirse por sí misma. Es esta peculiaridad la que condiciona toda la evolución: quién se reproduzca transmitirá sus características a la siguiente generación, quien no lo haga colocará sus características en vía muerta. Usted y yo somos descendientes y tenemos por ello las características de una larga serie de seres vivos que se reprodujeron, quienes no lo hicieron desaparecieron.

Es por eso que en la naturaleza no se perpetúan los que sobreviven sino los que se reproducen, es por eso que decenas de animales mueren inmediatamente después de reproducirse aunque sea, en casos tan extremos como el de la mantis, solo para alimentar a la hembra. Por extrañas que parezcan estas estrategias reproductivas, si tienen éxito, pasarán a la próxima generación de los de su especie y se perpetuarán.

Piénselo así: si usted tiene hijos algo de usted pasará a la próxima generación —aunque sea su mal humor— pero, si no los tiene, sus características biológicas habrán entrado, en lo que a usted respecta, en via muerta.

La vida celebra la vida sobre todas las cosas y por eso la noche de Reyes que se celebra hoy es, seguramente, la noche más feliz del año.

Ocurre sin embargo que nuestra población envejece, las cenas de Nochebuena cada vez se van llenando más de sillas vacías y los Reyes Magos, cada año, ven cómo disminuye el número de domicilios que han de visitar.

Cuando eres niño crees que la mesa de Nochebuena siempre estará llena y que los Reyes, la noche del cinco al seis de enero, se portarán bien contigo aunque tú no te hayas portado demasiado bien con el mundo. Con los años descubres que no es así, que las mesas se vacían hasta quedar desiertas y que los Reyes empiezan a no tener quien les escriba.

Y es entonces cuando te das cuenta de que la vida solo celebra a la vida y de que algunas cosas solo tienen sentido cuando pagamos a la vida su tributo y nos reproducimos.

Así que amigo, amiga, aplícate a la tarea, no podemos mandar a los Reyes al INEM; bastante tenemos con lo que tenemos.

La cera que arde

Vivir es ir eligiendo a cada instante una opción y renunciando a todas las demás, descartar miles de biografías posibles para escribir sólo una: la tuya.

Es por eso que cuando, avanzada la vida, tomas conciencia de lo que eres, muy a menudo añoras esa lejana edad de oro en que todo era posible, en que, como diría el maestro Landero, no había proyecto que excediera los límites de nuestro afán.

Pero esa edad de oro era solo un espejismo, podías vivir cualquier vida, sí, pero habías de elegir una y elegir siempre es renunciar.

Ahora que ya has elegido y sientes que ya no puedes ser lo que quieras, que eres lo que eres (lo que has ido eligiendo ser) y que esa es la cera que arde y se consume, seguramente añoras ese momento mágico en que la vida se mostraba ante ti para que tomases de ella lo que prefirieses.

Pero ya te lo dije, vivir es elegir una de entre todas las vidas posibles e ir escribiendo, elección a elección, una única biografía: la tuya.

Felicitaciones hipócritas

Felicitaciones hipócritas

Cuentan que en los hospitales, cuando te reaniman de la anestesia, te llaman por tu nombre «¿Qué tal José?».

Nombrar a las personas, pronunciar su nombre, es un acto parecido a una caricia y es un acto que, desgraciadamente, cada vez practicamos menos. Estos días se llenará tu timeline de whatsapp de felicitaciones estándar en las que aparecerán todos los motivos navideños imaginables pero en las que no aparecerá tu nombre.

Esa repugnante costumbre de mandar felicitaciones masivas a todo el mundo es, seguramente, la mejor forma de decirte que le importas un carajo al remitente, que no va a gastar ni un segundo de su tiempo en escribir las tres letras de Ana, las cuatro de José o las cinco de María.

Llama a los que quieres por su nombre y deséales feliz navidad si es que se la deseas, pero no inundes las redes sociales de bienquedismo hipócrita.

Aunque, bien mirado, es bueno recibir estas felicitaciones anónimas siquiera sea para saber a quién no importas nada, a quien le da exactamente igual si tu navidad es feliz o no.

Hoy me han mandado una felicitación sin trampa y con buen cartón, manuscrita, como debe ser y llena de fondo en las formas. Y me ha hecho una ilusión enorme, hay algo en la palabra escrita que hace de estas felicitaciones una forma de arte, arte pequeño, arte sano.

Lo bueno de estas felicitaciones no es que te deseen felicidad es que ellas, por sí mismas, te la proporcionan. No hace falta que me deseen felicidad, con recibirla ya lo soy.

Hoy es un día feliz, ahora me toca dar las gracias, por supuesto, también de forma manuscrita.

Irresponsables

Como siempre el lunes debo entregar un podcast para la radio y esta semana ¿de qué puedo hablar sino del tema de la semana? Supongo que cada uno tiene su visión del asunto; yo, naturalmente, también tengo la mía y esta es.

Desjudicializar

Un corrupto o un delincuente no temen a nada salvo a la justicia y es por eso que los primeros interesados en desjudicializar son los corruptos y los delincuentes.

Resulta obnubilante cómo, desde 2008 para acá, todos los partidos políticos en el gobierno han insistido machaconamente con el tema de la «desjudicialización»; al parecer, para ellos, que los temas se resuelvan en el juzgado es intrínsecamente malo… y no me extraña. Que los temas acaben en el juzgado suele ser malo, sobre todo, para el delincuente y el corrupto.

Y no, no me salga con la cancamusa de que por qué escribo ahora de esto y no lo hice antes; no me salga con eso, por favor, porque antes también lo hice y con la misma o mayor vehemencia que ahora. El argumento de que «antes también se hizo» no es más que un eslogan de hooligan o fanático. Los errores no corrigen errores y los errores de ayer no convalidan los de hoy, de forma que, si va a decir eso, mejor ahorrese el esfuerzo y no meta más ruido en el ambiente.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que en este país la justicia funcione, seguramente porque si funcionase no habrían podido hacer tan fácilmente ni durante tanto tiempo las tropelías que han hecho y es por eso que les encanta convertir en «trending topic» y en considerar negativo que un asunto se «judicialice», sobre todo si tiene que ver con asuntos de dinero público manejado por ellos o sus amigos reales o de conveniencia.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que nadie meta su nariz en sus manejos financieros y mucho menos si es un juez de instrucción tiñalpa y piojoso que escapa a su órbita de influencia.

Es por eso que todos los gobiernos habidos, los de antes y los de ahora, adoran hablar de «desjudicialización», sobre todo de las causas que afectan a sus amigos y conmilitones.

Dime cuánto inviertes en justicia y te diré cuánto odias la corrupción, dime cuánto hablas de desjudicialización y te diré cuánto sospecho que quieres hacer o has hecho algo ilegal o delictivo.

El pueblo sólo dispone de una herramienta para que los ricos, los poderosos, los gobernantes, se sujeten al imperio de la ley y esta es la justicia.

Por eso cuando miro los presupuestos y veo lo que invierten en justicia o cuando les escucho hablar de desjudicialización me formo de ellos una imagen, creo, que bastante exacta.

Y es deprimente.

Los engendros engendrados

Cuando el dictador murió no había un clamor de partidos políticos en España reclamando democracia; en realidad apenas si había un partido bien organizado que lo hiciese y este era «el Partido», el PCE. Los demás carecían de una mínima infraestructura y su apoyo social era puramente testimonial.

Hoy pueden contártelo de otra forma, pero créeme, era así.

Entre los recuerdos que me acompañan está el de una tarde en un autobús vacío donde viajábamos apenas cuatro personas: Adolfo Suárez González, Manuel Alonso, un escolta y quien esto escribe. Estábamos en plena campaña electoral vasca y mi sensación aquella tarde mientras el autobús atravesaba Euskadi era la del viaje a ninguna parte.

Había tenido ocasión de compartir tiempo con Adolfo Suárez otras veces pero nunca en un ámbito tan reducido de forma que aproveché una ocasión que ya no se repetiría:

—Presidente ¿cómo y por qué se puso en marcha la transición?

La respuesta de cualquier político de hoy, de los que nacieron a la vida consciente con la constitución ya aprobada, probablemente sería que el viejo régimen, acosado por las tensiones internas y las demandas de los partidos políticos entonces ilegalizados, no tuvo más remedio que ceder e iniciar un proceso democratizador que finalmente «se cerraría en falso» según ahora han dado en afirmar.

La respuesta que me dio entonces Adolfo Suárez fue muy diferente.

—Mira, todo el mundo sabía que las cosas no podían seguir así, pero había miedo, la guerra civil estaba aún muy viva en el recuerdo de los españoles y cualquier cambio era muy difícil. La mayoría de la gente básicamente lo que quería era un cambio en paz.

Es difícil entender cada momento histórico si lo aislamos de su ambiente social y parte del ambiente de aquellos años recuerdo que era una canción de «Jarcha», un grupo de folk andaluz, que decía

…pero yo solo he visto gente
que sufre y pasa dolor y miedo
gente que tan solo pide
vivir su vida, sin más mentiras
y en paz.
(Armenteros, Herrero y Baladés. 1976. «Libertad sin ira».)

Y seguramente esa canción cuenta bien cuál era el estado anímico de este país al iniciarse la transición y cuáles eran las ideas compartidas por la mayor parte de la población.

«Dicen los viejos que en este país
Hubo una guerra
Que hay dos Españas que guardan aún
El rencor de viejas deudas

Dicen los viejos
Que este país necesita
Palo largo y mano dura
Para evitar lo peor

Pero yo solo he visto gente
Que sufre y calla, dolor y miedo
Gente que solo desea
Su pan, su hembra y la fiesta en paz…

Libertad, libertad
Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira

Porque hay libertad
Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá».

Y es verdad que, en mi recuerdo, eran esos los temores y los deseos en aquellos años. Deseos de cambio, de libertad, pero también miedo al recuerdo de las dos Españas y a que la situación, en algún punto, se tornase incontrolable y volviésemos a lo que había sido la historia de España desde la muerte de Fernando VII en 1833: una sucesión interminable de golpes de estado, pronunciamientos y guerras civiles.

Como dije al principio, salvo el PCE, al momento de la muerte del dictador, ningún otro partido tenía una organización y una infraestructura seria en España. Había grupos terroristas bien organizados como ETA pero, en general, la amplísima mayoría de la población española era ajena a cualquier participación política distinta de la organizada por el propio régimen, cada vez más triste y macilenta.

Y seguramente fue por eso que en la Constitución de 1978 se fortaleció el papel protagonista de los partidos otorgándoles casi todo el protagonismo en la canalización de la representación política, un fortalecimiento que, si entonces parecía necesario, hoy en muchos aspectos parece estar en el origen de algunos de los problemas que enfrentamos.

Porque en España vivimos en una democracia en la que elegimos a quienes nos representan, pero elegimos sólo entre aquellos a quienes los partidos políticos nos permiten elegir. Todo esto no sería ningún problema si los partidos fueran agrupaciones sinceramente democráticas pero eso, lamentablemente, no es así.

Hoy en los partidos al que discrepa se le aparta, hoy en los partidos solo cabe adhesión al líder y así el pensamiento independiente es laminado. Hoy, si alguien tiene algún tipo de aspiración política, lo primero que ha de hacer es dimitir de su facultad de pensar y adherirse a lo que piense el líder o la cúpula gobernante. Y, como el número de afiliados a los partidos en España es bajísimo, resulta que la nómina de candidatos entre los cuáles debemos elegir es seleccionada por unas pocas personas, de entre el círculo de otras pocas personas adictas a las anteriores y, todas ellas, caracterizadas por una increíble facilidad para absorber como propias las ideas del líder o la cúpula manteniendo siempre lejos la funesta manía de pensar.

No es de extrañar que estos partidos engendro engendren listas de candidatos con sus mismas o mayores carencias, candidatos que, más adelante, constituirán unas Cámaras, Cortes y Asambleas, de la misma naturaleza y características que los engendros que las engendraron.

Y así engendradas las Cámaras de representación política no es de extrañar que asistamos a espectáculos como los que ahora presenciamos y a los que, desde hace tiempo, nos tienen habituados.

Perdónenme si me amustio con todo esto pero cuando veo el futuro de tanta buena gente en sus manos me angustio.

Países ricos y países pobres

Países ricos y países pobres

En casi todas las charlas que di en Colombia, en algún momento u otro, apareció siempre la cuestión de la América del Sur pobre frente a la América del Norte del Río Grande rica y, para enfrentar esa cuestión, siempre traté de poner en claro qué era eso de la riqueza o de la pobreza de un país.

Si por «riqueza» se entiende que un país disponga de abundantes recursos naturales no cabe duda de que América del Sur es un continente agraciado por la providencia pero, les decía, no creo que la abundancia de recursos naturales sea lo que hace en verdad rico a un país y les solía poner el ejemplo de Chile.

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta «per capita» superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer; sin duda muchos de ustedes recuerdan aún el azulejo que se ve en la fotografía; «agricultores, abonad con nitrato de Chile» y añadía las palabras «único natural», este fue uno de los últimos esfuerzo chilenos por mantener su comercio.

Para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido sin embargo la fortuna volvió a sonreir a Chile pues, en esos lustros, la electricidad, el telégrafo y la telefonía exigían cada día más hilo de cobre y Chile, por fortuna, era rico en cobre.

Y dicho esto ¿consideran ustedes a Chile un país rico o un país pobre?

Yo, permítanme decirlo y que no se me enfade ningún chileno, no lo considero rico, sino ponre. Rico es el país que, comi Alemania, tiene conocimientos suficientes como para prescindir del comercio del nitrato cuando le hace falta (recordemos que todo el comercio de nitrato de Chile estaba controlado por Gran Bretaña) o es capaz de diseñar e implementar esos aparatos que necesitan del cobre que otros facilitan.

Disponer de materias primas es cuestión de suerte, disponer de cultura y conocimiento es cuestión de esfuerzo pero permite forjar el futuro independientemente de la suerte que se haya tenido en el reparto de riqueza. El cobre no vale nada, si vale es porque alguien le ha encontrado un uso revolucionario (la electricidad) y por eso no es rico quien tiene cobre sino quien tiene los conocimientos que permiten su uso.

No, riqueza no es disponer de recursos materiales, riqueza es disponer de conocimiento, de cultura, de todo eso que, en sentido amplio, llamamos información.

No creo que América del Sur sea pobre en cuanto a materias primas sino todo lo contrario, es riquísima; sí es pobre en cuanto que ella no controla estas materias primas, en general explotadas y esquilmadas por empresas anglosajonas que no han dudado en corromper u ocupar gobiernos para ello y, sobre todo, es pobre, en la medida que la pobreza material de sus gentes drena a sus sociedades de inteligencia, cultura e información, permitiendo que sus mejores cerebros acaben siempre en el extranjero enriqueciendo a otras sociedades.

Y esto que digo no sólo sirve para América del Sur sino para mi propio país; un país que confía en buena parte su futuro a unos turistas de sol y playa que un día dejarán de venir y que, de momento, han acabado con el 80% de los recursos naturales y turísticos del Mediterráneo Español. Un país cuyos profesionales de la sanidad marchan recién egresados a países extranjeros; un país cuyos científicos, si quieren desarrollar una carrera científica exitisa, deben marchar al extranjero.

Estamos perdiendo nuestra mayor riqueza en favor de otros países, así que nadie se extrañe si un día descubrimos que somos, esencialmente, pobres.

Aún quedan jueces en Colombia

Aún quedan jueces en Colombia

Ada Laleman es magistrada y trabaja en un juzgado especializado en el retorno de tierras. La violencia, las incursiones de guerrilla, narcoguerrilla, militares, paramilitares… hicieron a los campesinos abandonar sus tierras que, ahora, están en manos de quienes las usurparon. La ley permite a los campesinos ahora retornar a sus tierras pero una cosa es la ley y otra su cumplimiento. Hace diez años al abogado que interponía una demanda de este tipo muy a menudo se le asesinaba (hasta 800 llegaron a morir), hoy, simplemente, las sentencias pueden no ejecutarse nunca.

Personas como Ada Laleman, por esta causa, deben vivir perennemente con escolta y con el temor de ser objeto de un ataque violento; pero cumple con su deber incluso con la frustración de saber que, en muchos casos, sus sentencias serán ignoradas y eso —que siempre queda gente que cumple con su deber— es lo que hace que aún haya esperanza para Colombia.