Otro abogado asesinado en Colombia: Edison Alberto Molina Carmona. Ya van más de 800.

Otro abogado asesinado en Colombia: Edison Alberto Molina Carmona. Ya van más de 800.

Edison Alberto Molina Carmona, abogado de Puerto Berrío, asesinado en Colombia. Era un firme opositor al gobierno municipal.

http://www.vanguardia.com/santander/barrancabermeja/224915-asesinan-a-reconocido-jurista-de-puerto-berrio

¿Un himno para la región?

Andan hablando de componer o elegir un himno para la región de murcia y no me gusta la idea. Yo pienso como los Machado que:

«Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son;
y cuando el pueblo las canta
ya nadie sabe su autor»

Algo así le pasa al himno de España (la vieja «Marcha Granadera») que ya nadie sabe su autor. Se especula con su origen popular, con la autoría de Federico de Prusia o de Espinosa y hasta con el andalusí Avempace, pues la música de esta Nuba Andalusí recuerda poderosísimamente a la marcha granadera, actual himno de España. Resultaría muy curioso que el origen de nuestro himno se encontrase en un filósofo andalusí, musulmán y de la taifa de Zaragoza.

La moraleja del submarino de Peral

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Hoy se cumplen 125 años de la botadura del submarino de Peral, el primer torpedero submarino del mundo.
Propulsado por un avanzado sistema de acumuladores eléctricos y con sistemas de navegación submarina precursores de la cibernética el submarino de Peral ponía en cuestión la supremacía naval británica, de forma que esta recurrió a una compleja estrategia de corrupción política en la que no fue difícil hacer caer a nuestros políticos de la época. Sobres contra torpedos: La victoria británica estaba cantada.

En 1898 España pagó el precio de tanta corrupción con mas derrotas navales de Santiago y Cavite y la subsiguiente pérdida de Cuba y las Filipinas.

Peral, decepcionado, conservó de su buque tan sólo la bandera, se negó a cooperar con ningún gobierno extranjero a pesar de las tentadoras ofertas que le hicieron y fundó una empresa de acumuladores eléctricos cuya sede social estaba, curiosamente, en Madrid, en la calle Génova número 13.

Hoy el submarino de Peral está en reparación, dañado su casco por el paso del tiempo y por hallarse a la intemperie. El ayuntamiento de Cartagena ha decidido, acertadamente, protegerlo a pesar de que es un icono casi totémico para los habitantes de la ciudad.

Hoy cumple 125 años el submarino, lugar de trabajo para muchos de mis vecinos de Cartagena. Felicidades a todos.

La historia del submarino de Peral es no sólo motivo de orgullo para los cartageneros sino también un claro ejemplo de lo que puede pasarle a un país gobernado por la corrupción y no por los principios que, más allá de la electricidad, hicieron posible el submarino de Peral.
No olviden la moraleja: La tienen esculpida en piedra en la plaza de los Héroes de Cavite.

Vale.

Mazzantini y la vergüenza

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Cuentan que cuando el famoso diestro Luís Mazzantini se cortó la coleta le preguntaron por qué lo hacía; y cuentan también que el diestro de Elgóibar respondió: “Porque para ser matador de toros hay que tener vergüenza y antes de perderla prefiero tomar otro camino”.

Ferviente monárquico, Luís Mazzantini, tras abandonar los toros se dedicó con notable éxito a la política y llego a ser concejal del ayuntamiento de Madrid y Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila. Para esa profesión, al parecer, a Don Luís la vergüenza ya no le parecía necesaria.

Teoría básica del «Caldero»

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Vaya por delante que me he abstenido de intitular este post adjetivando al caldero como «del Mar Menor» o «murciano» porque, como comprobará quien tenga la paciencia de leer, son nombres equívocos cuando no simplemente erróneos o interesados. Quien vaya a criticar esa omisión por ser yo natural de Cartagena hará bien en esperar a terminar de leer el post y no anticipar juicios de intenciones.

Sépase, en primer lugar, que el caldero, aunque les suene raro, fue en su origen un plato de esos que, como algunos cocidos, suelen llamarse de «tres vuelcos».

No es que yo haya presenciado el momento fundacional de este plato, claro está, pero me atengo en este punto a las muy verosímiles conjeturas que el acreditado «calderólogo» cartagenero Eugenio Martínez Pastor efectuaba al respecto: El caldero es un plato humilde de pescadores honestos, y básicamente se compone de un caldo de pescado en el que luego se cocinará el arroz. Caldo, arroz y pescado son los teóricos tres vuelcos que nos podría dar el caldero (hoy ya nadie toma caldo) pero esta característica ya nos ofrece algunas pistas sobre las clases de calderos que en el mundo son.

Digamos que el caldero es plato que en origen se improvisaba por los pescadores con lo que daba la mar y lo poco que llevaban de casa. Si estos pescadores eran del Mar Menor usaban de los peces propios de este mar: las galúas, mújoles, etc… Y por eso a ese caldero se le llama con toda corrección «Caldero del Mar Menor». Si los pescadores faenaban en el «Mar Mayor» (nombre que aquí se da, por oposición, al Mediterráneo) usaban de los peces propios de este mar y por eso a ese caldero se le suele llamar habitualmente «De Cabo de Palos». No se le llama «Caldero del Mar Mayor» porque en el Mediterráneo hay más puertos pesqueros que el de Palos y singularmente porque a pocas millas naúticas se abre el puerto de Cartagena donde hay un importante núcleo de pescadores en el barrio de Santa Lucía que, como no podía ser menos, también se alimentaban a base de caldero.

Es este caldero de Santa Lucía (hoy casi inencontrable) el más cercano al caldero primigenio ya que el mismo se cocina usando patatas y puede dar lugar a los teóricos tres vuelcos. Básicamente es un guiso hecho con pesca del mediterráneo -en general con la más humilde pues las mejores piezas se destinaban a la venta- y usando, como es normal en los guisos, patatas. El caldo sobrante del guiso se aprovecha para el mismo día o para otro para preparar el arroz que ahora llamamos «caldero».

Señaladas las tres principales clases de caldero que en el mundo son, diré que nadan tienen estos calderos de «murcianos» salvo el imprescindible uso de la «ñora», estimable producto que ha dado nombre incluso a una población pero que, lamentablemente, la Región de Murcia no ha sabido potenciar a través de las denominaciones de origen y demás recursos legales en boga para estos casos.

Y si Murcia presta las ñoras, la vecina comunidad valenciana presta el «all i oli» (alioli, ajoaceite), cosa que no es de extrañar, pues esa comunidad también presta en su origen el nombre a nuestros vientos cartageneros («lebeche» del «llebetx», «jaloque» del «xaloc»…) y hasta la ese propia del «seseo» de nuestros marineros de Santa Lucía, pues tengo para mí que el mismo es primo hermano del seseo de los puertos de la vecina comunidad. En este punto me abstendré de citar al «Efesé» dada su pésima ejecutoria en la liga.

Finalmente diré que no voy a dar receta alguna de este plato ya que las tienen a millares en internet, sólo les diré que el «punto» del arroz es básico pues el «melis» es el principal criterio que usaremos para dar nota al plato.

El caldero, como la tortilla, como la paella, es plato que permite sesudas disquisiciones casi teológicas entre los comensales; uno sostendrá que no es elegante comer el pescado, otro que el abuso del alioli es una cosa bárbara, otro defenderá la existencia y particularismo de los calderos de Portman, Mazarrón o Águilas; otros afirmarán que es preciso usar de piedras del fondo marino… En fin, llevo 52 años viviendo en este litoral y nunca he comido un caldero con habitantes de la zona que no haya dado lugar a debates gastronómicos enconados, sutiles y a veces hasta violentos. Por eso, si van a discutir cualquiera de las cosas que sostengo en este post, tiéntense la ropa antes.

Otro día hablamos del postre.

IFTTT (If this then that)

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Estoy entreteniéndome con ifttt una aplicación que permite automatizar muchas tareas en el smartphone. Muy útil e interesante.

No me llames por teléfono: Escríbeme.

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¡No me llames por teléfono!

Sé que sabes escribir, que dispones de SMS, de WhatsApp, de email… ¿Por qué no los usas? ¿Por qué me llamas?

No sabes qué estoy haciendo cuando llamas, no sabes si estoy hablando con otra persona, si estoy rellenando una botella de aceite con un embudo, si me estoy cepillando los dientes o si estoy enmedio de una revisión médica…

Tú, que me llamas, no soportarías que -enmedio de una conversación conmigo- alguien hiciese sonar un timbre y nos interrumpiera. Tú, que me llamas, considerarías un signo de mala educación que alguien se dirigiese a mí mientras hablo contigo, te interrumpiese, y se pusiese a hablar conmigo de sus problemas como si fuesen más importantes que los tuyos.

Cuando me llamas por teléfono asumes que no tengo nada más importante que hacer en el mundo que hablar contigo, que debo interrumpir todas mis actividades y atenderte y que, si no lo hago, tienes derecho a enfadarte. Porque te enfadas si no contesto, y me lo recuerdas en la primera ocasión que tienes de hablar conmigo y así me ratificas en la opinión de que o eres un ególatra maleducado o un analfabeto que no sabe escribir.

No me llames: esa es la regla. Escríbeme.

Porque si me escribes no tendré que tomar notas a mano de las insensateces que me cuentes, nunca olvidaré nada, podré consultarlo en el futuro y, sobre todo, no decidirás por mí en qué debo emplear mi tiempo y cuando.

Escribe maldito. Sé que sabes hacerlo, sé que puedes hacerlo.

¿Quien te ha dado derecho a pensar que eres la persona más importante de mi vida? No me llames salvo que tu vida peligre, escríbeme.

Espero que en no más de cinco años se dé tormento a quienes hagan llamadas de voz sin haber cruzado antes dos mensajes escritos y su conducta se recoja como falta en el código penal. Que las llamadas a las 23:00 o a las 7:30 estén penadas como delito y que sólo el estado de necesidad objetivo pueda librar de la cárcel al infractor.

Espero también que en no más de cinco años aparezca un teléfono que valga para hacer todo lo que ahora hace un teléfono menos llamadas de voz.

Así que ya lo sabéis: Escribid malditos.

Entre el anís y la coñá

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Antes de que el coñac de Jerez le desplazase, España era un país que bebía anís mayoritariamente. Se le tenía por una bebida salutífera y se le atribuían toda suerte de beneficiosas propiedades. En 1884 los habitantes de la población de Monóvar (Alicante) quedaron milagrosamente a salvo de la epidemia de cólera que arrasó España y tal prodigio, por obscuros razonamientos, se atribuyó al consumo de anís por parte de los vecinos de aquella localidad; ello, naturalmente, disparó aún más el consumo. Tal fenómeno fue aprovechado por avispados comerciantes de licores que llevaron a cabo campañas de marketing verdaderamente pintorescas. La más recordada fue la llevada a cabo por el comerciante catalán José Bosch Grau quien, al observar que en las tabernas la clientela para pedir anís pedía simplemente “Mono” (apócope de Monovar), decidió incluir la imagen de un simio en la etiqueta. El simio en cuestión llevaba en la mano derecha un pergamino con la críptica leyenda “La ciencia lo dijo y yo no miento” en alusión, al parecer, al prodigio de Monovar. En la cara del mono, además, muchos han querido ver también la efigie de Charles Darwin (que por entonces fletó su teoría de la evolución) o de algún político de la época. Pero, sin duda, la mayor aportación de este catalán insigne fue el diseño de la botella diamantina, imitadísima luego, y que, por azares del destino, se ha convertido en un instrumento folclórico-musical de uso general, algo que Don José Bosch jamás habría imaginado.

Por desgracia la época dorada del anís concluyó con la difusión de los coñacs de jerez que comenzaron a desplazarle de tal manera que, hoy día, míticos aguardientes anclados en el inconsciente colectivo de los españoles ya no existen. Hoy ya nadie podría pedir“una copita de Ojén” porque el Ojén, aguardiente otrora famoso, ha pasado a mejor vida. Con el aguardiente de Cazalla ocurre otro tanto, cada vez es más difícil hallarlo en los comercios y hemos de certificar que este licor, famoso y recio, puede acabar sus días en breve de la misma forma que el Ojén.

Pero, como la moda y los gustos de los españoles son veleidosos, es ahora el coñac el que se ve arrinconado por el consumo de bárbaros aguardientes confeccionados, en el mejor de los casos, con hierbas de dudosa procedencia.

Aguardientes naturales procedentes de la uva (coñac) o caña de azúcar (ron), aptos para ser bebidos y disfrutados solos o en compañía se ven substituidos por la bárbara ginebra, un producto que nadie en su sano juicio podría beber sin mezclarlo antes.

Pues bien, en esta España de Gin Tonics barrocos y coloridos, yo prefiero atenerme al coñac, un producto natural, apto para ser bebido y saboreado sin mezclar con gaseosas ni aguas de litines; bebida que exige conocimiento y paladar y en la que, gracias a dios, todavía no corre uno el riesgo de encontrarse pepinos, trozos de lima o incluso algún trozo de los papeles de Bárcenas.

Reforma energética y sentido común

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Hay cosas que repugnan al sentido común como, por ejemplo, cobrar por el autoconsumo de energías renovables.

Nos quieren robar el sol

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Hace trece años en Cochabamba (Bolivia) una compañía multinacional (Bechtel) se hizo con la red de abastecimiento de agua de la ciudad. Poco después el agua subió de precio y, a fin de evitar que la población pudiese autoabastecerse y hubiese de consumir el agua de la compañía, se reguló y restringió incluso el consumo de agua de lluvia. Estas acciones -que el mundo contempló como uno de los más acabados ejemplos de la infamia- condujeron a violentos enfrentamientos que recibieron el nombre de «La guerra del agua», una de cuyas manifestaciones es la que se ve en la fotografía que abre este post.

Películas como «También la lluvia» o «La Corporación» se hicieron eco de estos sucesos y -en general- el mundo reprobó las abyectas prácticas de esta multinacional que, finalmente, hubo de renunciar al control del agua y desistir de las acciones legales que había iniciado.

Ahora compruebo con estupor que en España no ya el agua, sino el sol, el viento o cualquier fenómeno natural que pueda producir energía eléctrica para el autoconsumo de las personas, va a ser indirectamente gravado por el llamado «peaje de respaldo» que el gobierno piensa imponer por decreto a todo aquel que tenga la intención de autoabastecerse con energías renovables. Gran negocio, sin duda, para las eléctricas.

El gobierno español, que no es capaz de saber lo que hacen los tesoreros de su partido, se cree con derecho a impedir que los ciudadanos conviertan el sol o el viento en electricidad sin pagar. Parecen considerarse los señores de la creación y, llegados a este punto, ya no sé si frotar un bolígrafo en la manga del jersey para atraer papelitos no estará pronto sancionado. Siguiendo el enfermo razonamiento de los redactores del decreto quizá los agricultores hayan de pagar en un futuro por el transporte de electrones durante la fotosíntesis o quizá -genial idea- pueda cobrar el gobierno una tasa a todos los que -imprudentemente- se acerquen a tomar el sol en la playa.

Recuerdo que cuando vi los sucesos de Cochabamba pensé que eran cosas que sólo podían pasar en países subdesarrollados sometidos a la vileza de empresas criminales. Ahora que puede ocurrir en España ya no sé qué pensar. Pero nada bueno, se lo aseguro.