LexNet y el «benchmarking»

En España somos unos fieras en esto de la informática y la justicia. Como la Justicia ya no iba mal de por sí, la falta de planificación (o la sobra de avidez) ha dado lugar a que casi cada comunidad autónoma tenga un sistema de gestión procesal distinto, atención al dato:


Hasta 10 sistemas de gestión procesal distintos que, en muchos casos, «ni se hablan» entre sí. No me hablen ustedes de Steve Jobs, ni de Bill Gates ni de Richard Stallman, para tíos listos nosotros. Viva España.

Hemos gastado 10 veces lo que habría bastado gastar una sola vez, y todo para liar un carajal informático que ni Silicon Valley hubiese conseguido liar aunque pusiera todo su empeño en ello. Como digo: «semos» los mejores. 

Un niño de 11 años habría optado por copiar o usar en todas las comunidades autónomas el mismo sistema, en lugar de gastarse 10 veces el dinero para hacer algo que ya estaba  hecho; pero, claro, eso es porque los niños de 11 años no perciben los complejos problemas jurídico-financieros de la coyuntura política. Ustedes me entienden.

Pienso en esto y, mientras espero unas horas a que LexNet decida admitirme un escrito, un amigo me sugiere por whatsapp que deberíamos hacer una comparativa entre los diversos programas existentes. «¿Un benchmarking?» -le digo- a lo que él me responde «no sé qué carajo es un benchmarking, pero aquí alguno o algunos se han gastado un pastizal en software y hardware para hacer una mierda como el sombrero de un picador» (mi amigo es hombre de metáforas poco elaboradas).

Y mientras LexNet sigue sin digerir un folio DIN-A4 a una cara, pienso que mi amigo tiene razón, que, ahora que ya tenemos 10 programas distintos para hacer la misma cosa, bien podríamos compararlos y ver cual funciona mejor y cual peor y, de paso, acabada la comparativa, podríamos correr a gorrazos a los responsables de los peores programas, que eso no devolverá el dinero malgastado a las arcas públicas, pero es una actividad que relaja mucho y contribuirá sin duda a serenar los ánimos del electorado en estos tiempos convulsos.

Luego, una vez elegido el mejor de los programas, podríamos instalarlo en todas las comunidades de forma que todos los sistemas se entendiesen entre sí y de este modo mejorase sensiblemente el funcionamiento de nuestra administración de justicia. En este punto habría que establecer un premio especial porque, si elegido un programa, el mismo no puede ser compartido por todos debido a que los responsables no eligieron convenientemente las licencias, tendremos entonces que volver a correrlos a gorrazos. Esto, sin duda, tampoco solucionará el problema de no poder compartir el programa, pero, nuevamente, proveerá de paz a muchos administrados, alejará de las arcas públicas bastantes farfollas y saneará el tejido de una buena parte de nuestra clase política. Todo esto son beneficiosos efectos colaterales que, no por menos obvios, debemos minusvalorar.

Si seguimos hasta el final con el método de los gorrazos podremos, con un poco de fortuna, llegar a encontrar el programa ideal y, de paso, también a deshacernos de una buena caterva de pastueños semovientes que ramonean en el erario público. Sé que el método propuesto no resulta muy dospuntocero ni hipstermillenial, pero a mí, al pronto, me parece bastante efectivo.

Estoy plenamente convencido de que esto de que cada CCAA haya invertido un pastizal en desarrollar su propio sistema no ha tenido nada que ver -por supuesto- con comisiones, ni sobres, ni ninguna de esas cosas que con harta frecuencia suele denunciar sin pruebas el populacho ignorante. Es mucho más «diecinuevepuntocero» atribuirlo a un inesperado efecto secundario del principio de Hanlon, diagnóstico este que resulta mucho más científico.

Si España fuese una empresa privada tengo para mí que todos estos dirigentes estarían, sin duda, despedidos. Hemos pagado 10 veces lo que se podía comprar con un solo pago; gracias a ese gasto no sólo no hemos obtenido lo que necesitábamos sino que ahora, además, necesitamos organismos de coordinación y armonización (más sueldos, más pasta) y todo para que el resultado sea justo el contrario del pretendido.

Por eso, a esta hora incierta de la madrugada y -sin duda- fruto de la desesperación que produce LexNet, se me ocurre que sí, que igual mi amigo tiene razón, y que lo que hace falta aquí es una buena tanda de gorrazos bien despachados.

No creo que pase.

El evento Carrington

Nuestra confianza en la tecnología es desmedida. Ponemos en manos de ella incluso la seguridad de nuestra vidas. ¿Se ha preguntado alguien qué pasaría si de pronto todos nuestros ordenadores, redes de telecomunicaciones e incluso la energía eléctrica dejasen de funcionar? No estoy seguro de si estamos preparados para eso.

El 1 de septiembre se conmemorará el 157 aniversario de lo que se conoce como el «Evento Carrington» (The Carrington Event); una fortísima tormenta solar que afectó a la tierra de formas sorprendentes. Para que se hagan una idea les diré que se vieron intensas auroras boreales en todo el planeta y que, como consecuencia de la llegada a la tierra de particulas de carga magnética muy intensa, el telégrafo dejó de funcionar, operarios del mismo fueron víctimas de los chispazos y se provocaron numerosos incendios en sus instalaciones.

Era 1859, es verdad, y por eso los efectos se manifestaron sobre los pocos artefactos eléctricos que había en la época, de forma que el fenómeno fue celebrado con cierta algazara pero sus consecuencias pasaron inadvertidas para la mayoría de los habitantes de la Tierra. 

¿Alguien ha previsto las consecuencias de un evento similar en nuestros días? ¿Imaginan ustedes las consecuencias de que todos nuestros artefactos eléctricos, informáticos y cibernéticos dejasen de funcionar?

Estamos orgullosos de nuestra civilización y disfrutamos con injustificada soberbia de nuestros adelantos tecnológicos. Esperemos que un mal viento solar no nos saque de nuestro sueño.

Sobre virus y memes memos

En un mundo de información casi infinita sólo hay un recurso escaso: la atención humana. Proliferan los canales de TV, de radio, los periódicos, los blogs y los posts en las redes; pero un ser humano sólo puede procesar un ítem cada vez y, de entre los millones que le rodean, elegirá sólo uno en cada ocasión: aquel que más atraiga su atención. El recurso escaso por antonomasia en la sociedad de la información es, pues, la atención y es por ese recurso escaso por el que se desatan costosísimas guerras mediáticas.

Los medios de comunicación gastan ingentes cantidades de dinero para atraer la atención de la gente -“audiencia” la llaman ellos- y, por eso, pagan millones de euros, por ejemplo, para obtener la exclusiva de retransmisión de los Juegos Olímpicos, porque está demostrado que este acontecimiento es especialmente apto para captar la atención de la audiencia. Podríamos calcular cuanto vale la atención de una persona si dividimos lo pagado por la exclusiva de la retransmisión de los juegos en España entre el número de espectadores que componen la audiencia o, con más precisión aún, si dividimos los ingresos obtenidos entre el número de personas que integran la audiencia.1

Hecha esta introducción -que muy bien pudiera haberme ahorrado- voy al tema que esta mañana ha ocupado durante unos minutos mi atención: las cadenas meméticas de “corta y pega” en las redes sociales, cadenas de “memes memos” que, a pesar de su aparente inanidad, resultan muy interesantes, créanme.

Estoy seguro que este mensaje lo ha leído usted alguna vez en Facebook:

Que pena que esté pasando esto!

Al final tendremos que abandonar Facebook. A demás del video porno, hay un nuevo hacker en Facebook. Sale entre los comentarios de tus contactos una frase ofensiva de tu parte, es realmente fea y aparenta que ha salido de tu perfil. Tu no ves nada, pero tus amigos si lo ven, esto puede ofender y crear malentendidos

Quiero decirles a todos mis contactos que, si les llega algo ofensivo, no he sido yo, ni ha salido de mi

Copiar y pegar (no compartir)

Este tipo de “cadenas” es tan vieja como la humanidad y, sin embargo, todavía sigue demostrándose eficaz para atraer la atención -la carísima atención- de la audiencia, por más que su contenido resulte insensato y en ocasiones risible. Veamos otro clásico de Facebook:

Mejor prevenir qué lamentar. Canal 11 noticias, está hablando acerca del cambio de política de privacidad de Facebook. Siendo el día 29 de Junio del 2016 a las 00:41 Yo NO DOY PERMISO a Facebook para usar mis imágenes, tanto del pasado como del futuro. Con ésta declaración, doy aviso a Facebook qué está estrictamente prohibido divulgar, copiar, distribuir o tomar cualquier otra acción contra mi persona en éste perfil y/o el contenido de éste perfil, ya qué es información privada y confidencial. La violación de la privacidad puede ser castigada por la ley (UUC–1–308–11 308–103). Nota: Facebook ahora es una entidad pública, una nota como ésta. Sí lo prefieres puedes copiar o pegar ésta versión. Si no, publica una declaración por lo menos una vez, de lo contrario estás tácticamente permitiendo el uso de tus fotos, así como de la información contenida en las actualizaciones del estado de tú perfil. No compartas. Tienes qué copiar y pegar. Ahora ya es oficial! Se ha divulgado en los medios de comunicación. Facebook acaba de publicar la entrada de un precio de £5.99. Para mantener la suscripción de tú estado para ser “Private” Si pegas éste mensaje en tu página, el ofrecimiento será libre (Pegar no compartir) Si no mañana, todas tus publicaciones pueden convertirse en datos públicos, incluso los mensajes o fotos qué se han eliminado. Después de todo, no cuesta nada, simplemente copia y pega.

Por qué este tipo de «meme memo» tiene éxito no es cuestión baladí. Tras amenazar al lector con una serie de males, acto seguido le ofrece una fácil forma de prevenirse contra ellos (copiar y pegar el texto) y, así, enfrenta al lector a dos opciones posibles:

La primera opción es comprobar si la amenaza es real y si la legislación invocada existe o es tan sólo un disparate.

La segunda es la más fácil: copiar y pegar el texto y conjurar así la amenaza, sea esta real o no.

El éxito del meme nos ilustra perfectamente sobre una característica tan humana como la ley del mínimo esfuerzo. Enfrentados a la disyuntiva muchos lectores optarán por cortar y pegar el meme pues, al fin y al cabo, resulta menos engorroso cortar y pegar que comprobar su -por otro lado evidente- falsedad.

No desprecien esta estrategia pues está en el fondo de memes exitosísimos. En este ejemplo es fácil descubrir la falsedad de la amenaza, pero, cuando la amenaza no es falsable y es lo suficientemente grave, puede producir memes exitosísimos de los cuales no pondré ejemplos por no herir susceptibilidades.

La eficacia replicativa de esta última cadena citada de memes memos ha sido enorme y la he visto pegada incluso en muros de personas a quienes tengo por muy inteligentes e incluso brillantes, así que bien vale la pena reflexionar sobre el fenómeno.

El “ciclo de vida” de estas cadenas suele ser muy parecido: una vez puesta en circulación una cadena, si la misma alcanza a un número crítico de lectores, su difusión se disparará hasta que, en cierto momento, la audiencia se sature, aparezcan muestras de desagrado cuando no burlas de ella y la cadena comience su marcha hacia el olvido que es la muerte de los memes.

Estas cadenas, también, ilustran la identidad existente entre el ciclo de vida de los memes y de los virus; y no es de extrañar, pues los virus no son sino cadenas de ADN (cadenas información al fin y al cabo) que, para reproducirse (replicarse), necesitan infectar previamente un organismo vivo, justamente igual que estos “memes memos”. Las estrategias que un virus o uno de estos “memes memos” utilizan para replicarse son sintéticamente equiparables y ambos evolucionarán (replicación, herencia y mutación) hasta su forma de máximo éxito replicativo.

Estos “memes memos”, al igual que los virus, nos hacen llevar a cabo conductas que favorecen su difusión tales como cortar y pegar su contenido informacional; un virus, por su parte, nos hará estornudar para facilitar su difusión y eventual replicación… Si el “meme memo” o el “virus” alcanzan a una masa crítica de “huéspedes” la epidemia de memeces o estornudos está asegurada. Afortunadamente los seres vivos disponen de armas defensivas y, tras la infección, inmediatamente comienzan a generar estrategias defensivas.

Uno de los mecanismos más eficaces de defensa contra los virus es la llamada “vacuna”; cuando hemos estado en contacto con un virus desarrollamos anticuerpos que nos protegen de él, de igual modo, el contacto con un “meme memo” poco activo nos protege eficazmente contra ellos (eso está muy visto… ese chiste es viejo… eso se parece a…) y con ello podemos pasar por la vida inmunes a memeces o estornudos.

La identidad información-virus es algo sobre lo que ya escribí hace años, de forma que les remito a aquel post si desean seguir explorando este campo; las distintas estrategias virales y meméticas no caben en este post de forma que aquí dejaré el tema porque hoy, en realidad, yo solamente quería hablar de memes memos y, sobre todo, decirles lo siguiente: 

Que, si no copian y pegan el enlace a este post en twitter y facebook, caerán sobre ustedes y sus familias todo tipo de desgracias económicas, acabarán en la ruina más espantosa y habrán de vivir hasta el fin de sus días de la caridad ajena.

Así que ya lo saben, avisados están.


  1. En 2016 han visto los juegos olímpicos unos 32 millones de personas en España, mientras que en Europa también se producían importantes audiencias. Una estimación exacta de cuántas personas vieron los juegos en Europa no es fácil de hacer rápidamente pero, considerando un porcentaje medio de audiencia del 22% nos arrojaría una cifra cercana a los 111 millones de personas. EuroSport, por su parte, ha pagado por los derechos de los juegos de 2020 y 2024 -incluídos los juegos de invierno- unos 1.300 millones de euros con lo que puede usted deducir con cierta facilidad cuánto está pagando este canal por su atención. Si,además, usted considera que Eurosport venderá la atención así adquirida a sus anunciantes, podrá usted comprobar que su atención cotiza cada vez más cara. ↩︎

La última librería

No creo que el autor de la tablilla de Kish llegase a imaginarlo nunca, tampoco creo que Rómulo Augústulo pensase en ello aquel 4 de septiembre del año 476; quizá Constantino Paleólogo sí tuvo más conciencia de la trascendencia de lo que iba a suceder aquel martes 29 de mayo de 1453 mientras caminaba hacia las murallas de Constantinopla con la firme determinación de morir luchando en ellas al lado de sus hombres. Pero estoy seguro que ninguno de ellos pensó jamás que los hechos que estaban viviendo se convertirían en los hitos con que la humanidad dividiría las edades de la historia en los milenios venideros.

Hoy, mientras leía un artículo de la agencia Univisión a propósito de una magnífica librería de Los Ángeles, me han venido a la cabeza aquellos hechos y he pensado que, tal vez, si hubiésemos de buscar un hito con que cerrar nuestra actual Edad Contemporánea este bien pudiera ser el del cierre de la última librería.

El nombre de la librería de la que trata el artículo es casi una broma macabra: “The last bookstore” y ha sido al conjuro de ese nombre ¿comercial? que se me han venido a la memoria el escriba de Kish escribiendo en su tablilla, Rómulo Augústulo entregando el cetro imperial al bárbaro Odoacro y Constantino XI Paleólogo, espada en mano en las murallas de Constantinopla, esperando la última y decisiva acometida de la infantería jenízara.

Desde que el escriba de Kish trazó sus primeros signos hasta nuestros días han transcurrido 5.500 años, 55 siglos fascinantes en los que el conocimiento humano encontró una nueva patria donde habitar y preservarse. Recluído en el cerebro de los homo sapiens durante 160.000 años, a partir de Kish el conocimiento pobló nuevos continentes en forma de tablillas de barro, papiros o lápidas. Gracias a la escritura el ser humano aumentó su memoria y sus capacidades intelectuales hasta límites insospechados; desde Kish en adelante las nuevas generaciones podrían disponer del conocimiento acumulado por sus ancestros y ya nada volvería a ser igual. Tras 160.000 años durante los cuales la inmensa mayoría de los homo sapiens apenas si habían hecho otra cosa que tallar herramientas en piedra; los 5.500 años que siguieron a aquel remoto día en Kish, vieron a ese mismo homo sapiens aprender los secretos de la naturaleza y dominar las energías naturales hasta, finalmente, lograr salir de la Tierra y alcanzar los confines del sistema solar.

Durante esos 5.500 años todo el saber humano ha estado adherido a un soporte material cuya copia y reproducción era el principal problema. Inventos como la imprenta (1455) cambiaron el mundo mucho más que la caída del último resto del imperio romano en Constantinopla (1453) pero el ser humano es así: necesita la perspectiva que da el tiempo para apreciar el valor de lo que nace y apenas unos instantes para percibir la importancia de lo que muere.

Una cierta melancolía invade al ser humano cuando piensa que, esos soportes que han sido la patria del conocimiento durante 5.500 años, están próximos a ser abandonados. Como Constantino XI Paleólogo al sentir que era el último día de un imperio que había sido patria de los romanos desde hacía 2.200 años, los seres humanos del siglo XXI se enfrentan con melancólica rebeldía a lo que saben inevitable: el conocimiento abandonará lo que ha sido su hogar durante 5.500 años para marchar a habitar unos espacios intangibles, ajenos a la tranquilizadora sensación que el tacto aporta a esta especie que se dedicó 160.000 años a tallar piedras con sus manos.

Y quizá el nombre de esta librería de Los Ángeles de la que les hablo, “The last bookstore”, no sea sino un augurio que, como los augurios que anunciaron la caída de Constantinopla, anuncie también el fin inevitable de una era gloriosa.

Quizá no haya otra opción y el día que cierre la última librería sea el día que los hombres hayan de tomar en cuenta para dar por cerrada la era más fascinante de la vida de la humanidad. Quizá ese destino esté ya escrito en uno de esos libros prontos a ser abandonados pero, si es así, espero que lo veamos… y que sea para bien.

La razón en marcha: denuncia contra Lexnet ante la Comisión Europea

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El pasado jueves día 12 en la Real Academia Española de Jurisprudencia y Legislación se celebró una jornada con el sistema de comunicación LexNet en el punto de mira. Puede que a ustedes esto les parezca poca cosa o algo natural, pero les aseguro que por la forma en qué se hizo, por el espíritu que la animaba —que era en gran parte el del Catedrático y miembro de número de ella Don Andrés de la Oliva— y por el contenido de la misma, esa jornada fue para mí — y sospecho que para muchos miles de juristas— algo mucho más  que una simple jornada. Vayamos poco a poco.

La Real Academia es una institución tan antigua como moderno el espíritu que la hizo nacer: fue fundada en el siglo XVIII e impulsada por las ideas ilustradas, esas ideas que —en palabras de Emmanuel Kant— obligaban y obligan al hombre a salir de un estado de puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad que es —aclara Kant— la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es de naturaleza culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. Sapere aude ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! Esa fue y aún es la divisa de la Ilustración.

Y el jueves 12 de mayo la Real Academia se atrevió. Se atrevió a hablar de LexNet y, al atreverse, uno notaba que en el ambiente flotaba todo ese universo moral que da sentido a las cosas, ese que hace que una institución que acaba de cumplir 253 años luzca joven e inaugural, ese que hace que los debates que se celebran dentro de sus antiguos muros se conviertan en trending topic durante varias horas en redes sociales y los medios de comunicación electrónicos recojan sus debates, ese que hace que la esperanza de los juristas aún siga viva. Nacida bajo el influjo de una, por entonces, novedosa tecnología de la información (la imprenta) la Real Academia usó el pasado jueves con la habilidad de una adolescente todo el poder que dan las nuevas tecnologías de la información a quienes no tienen más capital que el mejor de los posibles: el humano.

Pero, con todo, no basta con atreverse a pensar solamente, es preciso también poner la razón en marcha y por eso, cuando en el coloquio alguien preguntó qué se podía hacer contra Lexnet la respuesta fue sencilla y directa: podemos hacer lo que sabemos hacer, trabajar como juristas y usar los medios que nos da la ley.

En aquella jornada se anunció la presentación de una denuncia contra LexNet ante la Comisión Europea y hoy, apenas tres días después, esa denuncia es una realidad. Uno de los ponentes, Javier de la Cueva, la ha interpuesto y hoy la comparte por si cualquiera de ustedes desea adherirse a ella, modificarla o adaptarla conforme le dicte su razón.

Pueden encontrar la denuncia en esta página o descargarla directamente en este enlace.

Por lo demás si desean ver lo que pasó en aquella jornada o escuchar algunas de las cosas que en ella se dijeron pueden ver los siguientes videos que, en el mejor estilo pirata y a coste cero, se grabaron durante la jornada.

 

https://embed.bambuser.com/broadcast/6256347
https://embed.bambuser.com/broadcast/6256465
https://embed.bambuser.com/broadcast/6256483

Suspiros de España

Ahora que se cumplen quince años del nacimiento de la wikipedia nadie se pregunta ya si esa enciclopedia hecha por autores anónimos es fiable o no, la pregunta ha sido respondida hace mucho tiempo incluso por la propia Enciclopedia Británica —la más reputada del mundo hasta el advenimiento de wikipedia— y la respuesta ha sido «sí».

Wikipedia es uno de los mejores ejemplos de eso que el catedrático de Harvard Yochai Benckler llama «producción entre pares basada en el bien común» y para la que la red es un elemento primordial.

Ciertamente la red es maravillosa y no me resisto a contarles algo que me ha pasado hoy mismo cuando he colgado en Facebook un micropost relativo al cartagenerísimo pasodoble «Suspiros de España» compuesto en esta ciudad desde donde escribo, Cartagena, por el maestro Álvarez y estrenado, según los datos «oficiales» en 1902 la víspera del Corpus Christi por la Banda de Infantería de Marina en la también cartaginesa Plaza de San Sebastián.

Por qué el pasodoble se llama así (Suspiros de España) ha caído siempre bajo el campo de la leyenda. Hasta este momento la versión más difundida es la que narraba el maestro Alfredo García Segura en su libro «Músicos en Cartagena. Datos Biográficos y Anecdóticos» (Cartagena, 1995. ISBN 8487529291) y que sintéticamente era la que sigue:

El Maestro Álvarez Alonso ofrecía conciertos animando las veladas del café La Palma Valenciana, en la calle Mayor de Cartagena. Una noche, al terminar su actuación, enseñó a sus amigos una melodía en forma de pasodoble que había escrito sobre una mesita del café, y que pronto fue acogida con alborozo por su clara inspiración.

En su recorrido nocturno, se detuvo ante la confitería España, ubicada frente al café de sus actuaciones, y observando una confitura típica llamada «suspiros» (avellanas caramelizadas), se inspiró para bautizar «Suspiros de España» a su nueva partitura.

Sin embargo esa versión, aunque ben trovatta mas que posiblemente no sea vera, porque hoy, día en que me he decidido a colgar en Facebook una microentrada hablando de este pasodoble, un seguidor mío, el abogado Antonio Navarro Selfa, me ha hecho llegar unos recuerdos que guarda la familia de sus esposa de cuando sus antepasados regentaban en 1901 el elegantísimo «Café-Restaurant España» sito en la calle Mayor de Cartagena en la llamada «Casa Cervantes». La prueba documental es incontestable: el pasodoble «Suspiros de España» no se estrenó en 1902 en la víspera del Corpus Christi pues, como se ve en la foto del programa que acompaño, su interpretación ya estaba anunciada en el «Cafe-Restaurant España» para el 22 de octubre de 1901.

Suspiros de España en Cafe España (1)

La prueba no admite réplica y conforme a ella deberemos añadir un añito más a la vida de este pasodoble. Que el café-restaurant donde tenemos noticia de la primera interpretación de la marcha se llame «España» me ha llevado a preguntarme si quizá los «suspiros» del nombre no vendrían de la «Confitería España» sino que quizá estarían confeccionados en el propio «Café España»; Antonio me dice que la familia de su mujer no guarda facturas de la confitería pero que los «suspiros» —efectivamente— se compraban a la «Confitería España».

Ahora, armado de este material, me propongo editar la entrada de wikipedia sobre este pasodoble añadiendo estos datos, quizá sin importancia pero más exactos que los existentes; y esto es algo que no se puede hacer con ninguna otra enciclopedia, quizá porque no usen de la «producción entre pares basada en el bien común» que decía Yochai Benkler o, con bastante más seguridad, porque no conozcan a la esposa de mi amigo Antonio.

Así pues va por ustedes, por wikipedia, por Cartagena, por los «suspiros» y por el maestro Alonso, autor de ese pasodoble, ni torero, ni guerrero, ni fallero… Ese pasodoble que suena a paz, a emigración, a guerras civiles, a ausencias y a exilios; un pasodoble que suena a España y que sería el himno de España si los españoles estuviésemos hechos de mejor pasta, de una pasta como la de los «Suspiros» que se servían en el «Café España». Vale.

 

LexNet: siete pecados capitales.

Han pasado nueve días desde que LexNet se ha vuelto una herramienta obligatoria para la práctica totalidad de los profesionales que trabajan con la administración de justicia en España; nueve días en los que no he escuchado ninguna expresión de alegría y sí muchas de queja o condena. Yo tengo mi propia opinión sobre la herramienta y, si me lo permiten y con toda humildad, se la expongo a continuación, señalando aquellos siete aspectos que me parecen más profundamente censurables del sistema: los, a mi juicio, siete pecados capitales de LexNet.

1. LexNet atenta contra la independencia del poder judicial.

Dado que LexNet es un sistema informático que tiene acceso a todas las notificaciones que se producen en la práctica totalidad de los expedientes judiciales de España, una medida básica de seguridad habría sido atribuir el control de sus infraestructuras al Consejo General del Poder Judicial y no a una administración distinta de la administración de justicia. Sin embargo no se ha hecho así y se ha optado por colocar toda la infraestructura bajo el control del Ministerio de Justicia (una administración distinta del poder judicial)*. Que los datos de la Administración de Justicia se encuentren bajo el control y supervisión del poder ejecutivo y que este a su vez pueda entregar el tratamiento de los mismos a una empresa privada es algo que repugna al sentido común y choca con las más elementales buenas prácticas. Esta tendencia del poder ejecutivo a privar al poder judicial de toda capacidad real de actuación sin contar con su tutela no es más que el reflejo de la voluntad de control de un poder sobre otro. No hay razones económicas que lo justifiquen y hay muchas razones de orden lógico, jurídico y democrático que aconsejarían lo contrario. El que el poder ejecutivo pueda fiscalizar todas y cada una de las notificaciones que emite el poder judicial o que pueda acceder a los archivos de todos los procedimientos de España es una circunstancia que puede tener consecuencias inimaginables y ninguna buena.

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2. LexNet es opaco

Trate usted de averiguar cómo funciona LexNet tras la pantalla. ¿Es un mero webmail? ¿es otra cosa? ¿qué protocolos usa?.

He tratado estos días de averiguarlo sin demasiado éxito, la información técnica sobre LexNet no pasa de manuales de información al usuario y algún documento antiguo con visiones muy generales del sistema. Lo que hace o no hace Lexnet más allá de la interfaz de usuario es algo que cae bajo el velo del misterio. No desespero y sigo intentado enterarme de qué es y cómo funciona LexNet tras las bambalinas.

3. LexNet no es neutral

En un mundo donde la mayor parte de los ordenadores viajan ya en el bolsillo de los usuarios (smartphones y tablets) LexNet aparece como un sistema no neutral y que sólo parece entenderse bien con los productos de una única empresa: Microsoft. Lamentablemente Microsoft no está presente ni en los smartphones ni en las tabletas (abrumadoramente operados por el SO «Android» o el «iOS» de Apple) lo que nos conduce al siguiente pecado capital.

4. LexNet es viejo.

Que este sistema de gestión halle dificultades casi insalvables para operar en smartphones y tablets hace del mismo un sistema más propio del siglo XX que del siglo XXI. Por otro lado, la filosofía del sistema pronto se ha revelado inadecuada. El futuro marcha por un acceso electrónico al completo expediente electrónico radicado en la Administración de Justicia (no en el Ministerio) de forma que se le pueda consultar íntegramente y no sólo en el establecimiento de un sistema de notificaciones.

5. LexNet es un impuesto en especie que grava a los profesionales de la justicia.

El Ministerio ha decidido «informatizar» la justicia imponiendo a los profesionales el uso de LexNet, pero no sólo eso, ha impuesto a los profesionales el coste, no sólo económico de tal iniciativa. Así, no sólo se impone a los profesionales de la justicia el que compren el lector o los elementos precisos de hardware sino que además se les obliga a que los instalen o contraten a alguien para su instalación (que lo haga RedAbogacía, por ejemplo, nada cambia, pues esa empresa se mantiene con dinero de los abogados) sin que el Ministerio de Justicia quiera saber nada del coste de todo esto.

Mucho más, convirtiendo en obligatoria la herramienta, se obliga a los profesionales de la justicia —que no de la informática— a que destinen un importante número de horas a formarse sin que exista contraprestación alguna por estos «trabajos forzados» que resultan particularmente hirientes en algunos casos.

6. LexNet es una herramienta discriminatoria.

No todos los abogados tienen 25 años ni todos los profesionales de la justicia nacieron con un ordenador bajo el brazo. Muchos de los abogados que conozco vienen de la «tecnología» del papel carbón y la máquina de escribir y, siendo magníficos profesionales del derecho, ahora se les impone adquirir habilidades informáticas sin las cuales no podrán ejercer la profesión para la que están particularmente cualificados. Debiera recordarse en este punto lo dispuesto en el artículo 8 (entre otros) de la ley 11/2007, de 22 de junio, de acceso electrónico de los ciudadanos a los Servicios Públicos y que, a lo que se ve, no es de aplicación a los profesionales que se relacionan con la administración de justicia

Artículo 8. Garantía de prestación de servicios y disposición de medios e instrumentos electrónicos.

1. Las Administraciones Públicas deberán habilitar diferentes canales o medios para la prestación de los servicios electrónicos, garantizando en todo caso el acceso a los mismos a todos los ciudadanos, con independencia de sus circunstancias personales, medios o conocimientos, en la forma que estimen adecuada.

2. La Administración General del Estado garantizará el acceso de todos los ciudadanos a los servicios electrónicos proporcionados en su ámbito a través de un sistema de varios canales que cuente, al menos, con los siguientes medios: a) Las oficinas de atención presencial que se deter- minen, las cuales pondrán a disposición de los ciudada- nos de forma libre y gratuita los medios e instrumentos precisos para ejercer los derechos reconocidos en el artículo 6 de esta Ley, debiendo contar con asistencia y orientación sobre su utilización, bien a cargo del personal de las oficinas en que se ubiquen o bien por sistemas incorporados al propio medio o instrumento. b) Puntos de acceso electrónico, consistentes en sedes electrónicas creadas y gestionadas por los departa- mentos y organismos públicos y disponibles para los ciu- dadanos a través de redes de comunicación. En particular se creará un Punto de acceso general a través del cual los ciudadanos puedan, en sus relaciones con la Administra- ción General del Estado y sus Organismos Públicos, acce- der a toda la información y a los servicios disponibles. Este Punto de acceso general contendrá la relación de servicios a disposición de los ciudadanos y el acceso a los mismos, debiendo mantenerse coordinado, al menos, con los res- tantes puntos de acceso electrónico de la Administración General del Estado y sus Organismos Públicos. c) Servicios de atención telefónica que, en la medida en que los criterios de seguridad y las posibilidades técni- cas lo permitan, faciliten a los ciudadanos el acceso a las informaciones y servicios electrónicos a los que se refie- ren los apartados anteriores.

Conforme a la regulación de LexNet ahora, para ser por ejemplo abogado, no basta la cualificación jurídica exigida, es precisa una cualificación tecnológica que, en algunos casos, supone una brecha insalvable para determinados profesionales mayoritariamente veteranos y dignos de mejor trato.

7. LexNet funciona

Mal, pero funciona, y eso es una de las peores cosas que podía pasarnos porque, antes o después, acabaremos acostumbrándonos a usar este sistema y convertiremos en crónica la enfermedad tecnológica que acarrea. Lo provisional en España se vuelve eterno y soluciones anticuadas y malas acaban pasando por «modernas». Malas noticias en este punto.

Conclusiones provisionales

Los «siete pecados» anteriores no son desde luego una lista exhaustiva, estoy seguro que cada uno de mis lectores añadirá o quitará alguno o algunos de la lista y seguramente con razón; en todo caso estas son mis «conclusiones provisionales» que me gustaría no tener que elevar a definitivas aunque, ciertamente, hoy por hoy soy pesimista al respecto. Vale.


 

La exacta ubicación de los servidores del Ministerio de Justicia no consta. Diversos servicios y otras fuentes nos indican que los servidores del Ministerio de Justicia pudieran estar alojados (en condiciones que desconocemos) por Telefónica de España (véase consulta whois en la imagen inserta en el post) sin embargo la exactitud de esta información es cuestionable; por lo que hemos corregido la información inicial de este post a pesar de que la misma no ha sido desmentida por el ministerio quien, en respuesta al mismo, sí nos hizo llegar otras observaciones. (13/01/16)

 

¿A quién pertenece la escultura? ¿al escultor o al dueño del mármol?

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Esta fue la primera pregunta que hube de responder cuando inicié mis estudios de derecho; fue la primera pregunta de mi primer examen de derecho romano y debe de ser por eso que no la he olvidado casi treinta años después y quizá por eso (y porque mis paisanos andan enzarzados como cada año en la II Guerra Púnica que enfrentó a Carthagineses y Romanos) hoy me ha vuelto a venir a la memoria.

La verdad es que la pregunta admitía —y admite— respuestas diferentes, pero, como intuí que mi profesor quería saber si entendíamos lo que era la «especificación», yo respondí sin dudar que la escultura era propiedad del escultor en virtud de la mencionada «especificación».

Para quien desee mayores precisiones debo indicar que la pregunta se efectúa en un contexto donde ambos implicados —el dueño del mármol y el escultor—actúan de buena fe; es decir, que el escultor no esculpe a sabiendas de que el mármol no es suyo y que el dueño del mármol no deja esculpir de mala fe al escultor.

Desde entonces he hecho esta pregunta, como pasatiempo, a muchos amigos ajenos a los estudios de derecho y me he deleitado escuchando las razones que daba cada uno en apoyo de sus opiniones; en realidad casi cualquier respuesta me es válida, más que el resultado me interesan los argumentos.

En Roma la diversidad de opiniones sobre esta cuestión se manifestaba de forma clara en las pugnas que sabinianos y proculeyanos (dos escuelas jurídicas) mantenían al respecto. Los sabinianos defendían que el dueño del mármol debía ser el dueño de la escultura (indemnizando al escultor por su trabajo) mientras que los proculeyanos sostenían que el escultor debería ser considerado el dueño de la escultura indemnizando al dueño del mármol por el material empleado.

Siempre preferí a los proculeyanos. La escultura es una cosa diferente del bloque de mármol y, al igual que el dueño de una cosa no puede reivindicarla cuando ha sido destruída (sólo podrá recibir la indemnización), el dueño del mármol no puede reivindicar su bloque (pues ya no existe) y lo que hay es una nueva realidad: una escultura.

Quede constancia de que, cuando formulo la pregunta a efectos de éste post, no me estoy ciñendo a un momento o lugar histórico determinado. Para el derecho alemán, español o francés, por ejemplo, en éste año 2015 la respuesta será una; pero no será la misma respuesta la que se dará en otros países, ni esa respuesta habrá sido siempre la misma a lo largo de la historia. Lo que me interesa es el proceso que se oculta bajo la cuestión.

Siempre me ha resultado curioso el proceso por el cual una persona, dando forma a una materia, es decir «informándola», crea una especie distinta. Esta comunicación de información a la materia hace que aparezca una nueva especie y esta aparición de una nueva especie merced a la mezcla de materia e información subraya la importancia que tiene esta para el derecho, incluso en épocas remotas y muy alejadas de nuestra actual sociedad de la información.

Siempre me ha parecido también que, en general, estos aspectos informacionales han constituido un factor perturbador para el derecho privado, el cual no ha sabido siempre regularlos debidamente y prueba de ello es la variedad de las distintas soluciones que se han dado a esta misma cuestión: Considerar la información accesoria de la materia, considerar a la materia accesoria de la información o incluso atenerse en exclusiva al valor de una y de otra.

Si bien se mira, todos los productos manufacturados (y aún los no manufacturados) son una mezcla de materia y de información y es recto que, cuando compramos o vendemos un bien, siempre estamos transmitiendo algo más que el propio bien: la información incorporada a dicho bien.

Es decir, cuando un mercader romano de la antigüedad compraba en la Galia un tonel para transportar líquidos, ése mercader no sólo estaba adquiriendo un simple objeto de madera, estaba recibiendo también la información precisa para fabricar un recipiente de madera más resistente y más apropiado para algunas actividades que las ánforas usuales. El galo que vendía el tonel se desprendía del mismo a cambio de dinero y, sin embargo, no se desprendía de la información que entregaba incorporada al tonel, pues la información se replica y no se destruye por compartirla. El tonel cambiaba de manos, la información se propagaba.

Del mismo modo, un relojero del siglo XVIII que vendía un cronómetro no vendía sólo un objeto mecánico para medir el tiempo, estaba vendiendo también el plano exacto de construcción de cronómetros sucesivos; información esta que, en determinadas épocas, fue una cuestión de estado para los paises con intereses ultramarinos, pues el cronómetro era imprescindible para calcular la longitud y, por tanto, navegar con seguridad y acierto.

Es más, creo que se puede afirmar que, siempre que se produce una transmisión, sea de la naturaleza que sea, se produce una transmisión de información y es mi propósito ocuparme en éste texto de algunos de los aspectos informacionales de los negocios jurídicos.

Por lo que atañe al derecho privado se me ocurre que el valor de la información no podía dejar de estar presente, por ejemplo, en la compraventa de semovientes. A ningún comprador de ganado medianamente instruído se le escapaba que los animales comprados son portadores de una información que transmiten a las generaciones posteriores. Aunque no se conocía la existencia de los genes, era evidente para estos hombres la existencia de una ley natural que siglos después formularía elegantemente Cervantes: «es ley natural que cada cosa engendre su semejante»; y por eso, el ganadero, a la hora de comprar un semoviente, examinaba cuidadosamente sus características, pues no tenía duda de que dichas características se transmitirían con gran probabilidad a su descendencia. La antigua práctica de pagar al dueño de un animal de características excepcionales porque cubriese a hembras de otro propietario en la esperanza de que las crías participasen de las buenas cualidades del semental, ilustra la importancia que se atribuye a la información en ése campo; de hecho esta inseminación no es más que una compraventa de información, pues no otra cosa sino la información contenida en los genes del semental es el auténtico objeto de la transacción.

También en el caso de las transacciones de las meras materias primas la información forma parte de la transacción. Incluso en el caso de que se transmita una materia simple que el hombre no puede informar o que carezca de la capacidad de autorreplicarse, siempre habrá una trasferencia de información aunque esta sea la simple, pero decisiva, información de que esta materia prima existe.

Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que las transferencias informativas están presentes en todas las transmisiones humanas aunque, sólo en el caso de que dichas transmisiones de información sean manifiestamente valiosas, parecen haber preocupado al derecho. Sin embargo, ahora que estamos entrando de lleno en la era de la información, tengo para mí que esta primera pregunta de mis exámenes de derecho encierra enseñanzas mucho más profundas de lo que pensaban sabinianos y proculeyanos; pero este aspecto «informacional» de las transacciones será materia de otros posts más tecnológicos y menos clásicos que éste.

Hackers de hace 1200 años

Manuscrito de Al Kindi. Texto cifrado.

Sir Isaac Newton entendía bien cómo funcionaba el progreso humano y por eso, cuando le preguntaron cómo había conseguido realizar toda la ingente cantidad de descubrimientos que —no siempre con acierto— se le atribuyen, en una carta a su «amigo» Robert Hooke respondió simplemente: «Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes».

Estos gigantes a que se refería Sir Isaac eran, sin duda, hombres de la talla de Copérnico, Galileo o Johannes Kepler; pero, incluso cuando dio esta humilde respuesta, Sir Isaac cabalgaba sobre las espaldas de otro gigante menos conocido, el filósofo Bernardo de Chartrés, quien, alrededor del 1130, ya había dejado escrito que:

«…somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura.»

Y esta cita me viene al pelo porque hoy, a través de un artículo de la revista Forbes, me he enterado de que un investigador de seguridad de Microsoft (Keny Samara) junto con sus colegas Muhammad Naveed (de la Universidad de Illinois) y Charles Wright (de la Portland State University), han demostrado cómo eran capaces de extraer información de las bases de datos de diversos hospitales incluso cuando estas estaban protegidas por los más avanzados sistemas de cifrado.

No les fatigaré con datos técnicos, sólo les diré que, al final, el «abracadabra» que permitía romper la encriptación es un sistema clásico de criptoanálisis que, aunque estudiado hoy en el ámbito de las llamadas «nuevas tecnologías», es conocido desde hace aproximadamente 1200 años gracias a la creatividad de los sabios del califato Abasí que, reunidos en la llamada «Casa de la Sabiduría» (Bayt al-Hikmah), analizaron textos cifrados y establecieron técnicas de criptoanálisis que todavía están en la base de los ataques hacker. El primer director de la biblioteca y el cetro de traducción de la «Casa de la sabiduría» se llamó Abū Yūsuf Ya´qūb ibn Isḥāq al-Kindī, conocido simplemente como Al-Kindi, y a él se atribuye la autoría de los más antiguos documentos que se conservan en materia de criptología. En uno de sus manuscritos sobre la forma de descifrar mensajes cifrados se contienen los fundamentos del que todavía es uno de los métodos básicos de descifrado: el análisis de frecuencia.

Entender los fundamentos de este sistema de descifrado no es difícil, supongamos que usted cifra un texto cuyo original está escrito en español, pues bien, sabiendo la frecuencia con que en español se utilizan las diversas letras (por ejemplo la letra «e» aparece con una frecuencia de 13,68% y la «a» de 12,53%), uno puede suponer que, los caracteres que aparezcan en el texto cifrado con tal frecuencia, han de tratarse de las letras que en castellano aparecen con esa frecuencia dada.

Obviamente los sistemas de cifrado han tratado de eliminar esa debilidad pero, al final, ocurre que bajo todas las sofisticaciones introducidas acabamos recurriendo a la herramienta que Al Kindi nos regaló hace 1200 años y es un manuscrito de Al Kindi el que vemos en la imagen que abre este post: el trabajo de uno de los primeros hackers de la historia y que, junto con trabajos de otros eminentes gigantes musulmanes como el uzbeko Abu Abdallah Muḥammad ibn Mūsā al-Jwārizmī, han hecho posible que enanos como nosotros nos hayamos podido asomar al mundo de las matemáticas, del álgebra, de la criptografía y de todas esas herramientas sin las cuales nuestra «sociedad del conocimiento» sería imposible.

Han pasado 1200 años desde que vivieron gigantes como Al Kindi o Al Waritzmi (el que dio nombre a los algoritmos y al álgebra) y aun seguimos sentados sobres sus hombros, aunque nuestra ignorancia y nuestro orgullo de enanos nos impida darnos cuenta.

Nuestros números son árabes, nuestro dios es judío, nuestro alfabeto es latino… ¿a quiénes llamamos, entonces, «extranjeros»?

La representación política en crisis

Elecciones en 1933
Elecciones en 1933

La representación política está en crisis, al menos esa forma de representación política que hemos conocido hasta el advenimiento de la revolución tecnológica que vivimos desde finales del siglo XX.

Hasta ahora nuestras constituciones han venido configurando la representación política como un acto mediante el cual un representante (sea este gobernante o legislador) actúa en nombre de un representado (elector en el caso de las democracias) para la satisfacción de sus intereses. Según este sistema el representado no puede controlar ni exigir que el gobernante cumpla con sus responsabilidades sino, exclusivamente, por medio de mecanismos electorales institucionalizados con los que podrá castigar a su representante o partido político en las siguientes elecciones. Este sistema de representación es el que ha dado lugar a las críticas del tipo «la democracia no puede ser votar una vez cada cuatro años» y a exigencias populares del tipo «democracia real ya». A lo que se ve, esta forma de representación política que supuso en el momento de su inicial aplicación un avance de dimensiones históricas y sobre la que se construyeron los sistemas políticos democráticos que hoy conocemos, parece en lo presente insuficiente a los ciudadanos; y puede que sea verdad que es insuficiente.

Muchas cosas han cambiado desde que la revolución tecnológica que se inició a finales del siglo pasado alcanza a capas cada vez más amplias de la población: si la presencia del elector era con anterioridad difícil o imposible, gracias a esas tecnologías de la información de que ahora disponemos esa presencia aparece no cómo posible sino cómo extremadamente sencilla. A los electores ya no les basta con votar cada cuatro años sino que quieren ser escuchados, ya no quieren representación, quieren presencia y cualquier acción que limite, olvide o restrinja esa presencia produce frustración y es juzgada negativamente.

Al asentamiento en España de tal forma de pensar han contribuido de forma más que principal nuestros actuales representantes: en un país carcomido por la corrupción política el discurso y la actuación de estos «representantes» más que referirse a los electores se movía en la pura y simple autorreferencialidad. De ahí a estigmatizarlos como «casta» sólo había un paso, aunque, dada la forma en que esta forma de representación se desarrolla, la autorreferencialidad es casi inevitable. Sea como fuere la demanda de más presencia de los ciudadanos en los asuntos políticos y las sospechas hacia el sistema de representación y a los propios representantes que de ella han surgido se palpa en la calle. En una época donde el botón «me gusta» ocupa gran parte de la vida social de las personas aparece como cada vez más difícil de justificar su exclusión cuatrienal de los asuntos públicos y comienzan a aparecer demandas de participación que hace apenas 15 años eran impensables. Surgen así preguntas como las que el filósofo Byung-Chul Han formula: «¿Para qué son necesarios hoy los partidos si cada uno es él mismo un partido, si las ideologías que en tiempo constituían un horizonte político se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya se representa a sí mismo?»

Este proceso de debilitamiento del sistema de representación política que hasta ahora sostiene nuestros sistemas políticos democráticos no es más que una consecuencia natural de la difusión de las tecnologías de la información que hacen posible una presencia inmediata y directa en asuntos en los que hasta ahora era imposible. Si la representación política supone la enajenación por parte de los electores de su poder político durante cuatro años en favor de sus representantes, no es de extrañar que los electores sean cada vez más cicateros a la hora de enajenar ese poder político: la forma en que el mismo se ha empleado por sus representantes no parece aconsejarles otra cosa.

Los riesgos de que la crisis de la representación política se agrave están ahí y haríamos mal en desconocerlos pues este sistema de representación política es aún irremplazable y no existe alternativa a él. Es por eso por lo que nuestros representantes debieran actuar audazmente y en una forma tan antigua como lo hicieron los padres de la Constitución de los Estados Unidos.

En el momento de aprobarse la constitución de los Estados Unidos (1787) apenas un 60% de la población de ese país sabía leer y, sin embargo, apenas dos años después (1789), se aprobaba la primera enmienda a dicha constitución que, entre otras cosas, proclamaba:

«El Congreso no hará ley alguna (…) que coarte la libertad de expresión o de la prensa…»

Con un 60% de población analfabeta cuesta trabajo pensar que el derecho a la libertad de prensa fuese una aspiración fuertemente demandada por los estadounidenses; mucho más aún cuesta pensar que esa demanda se elevase a la categoría de derecho fundamental constitucionalmente protegido. Y, sin embargo, la consagración de ese derecho colocó a los USA a la cabeza del mundo, permitió la democracia tal y como hoy la conocemos y sirvió de ejemplo al resto de los países que en siglos sucesivos la fueron estableciendo también; y esto lo hicieron con un 60% de población analfabeta y cuando, del 40% restante, apenas una ínfima proporción leía la prensa. Los USA se adelantaron a su tiempo, fueron creativos y entendieron que esa nueva tecnología tenía enormes implicaciones políticas. La historia premió su audaz creatividad; en España la libertad de prensa no llegó de verdad sino en 1978; es decir 189 años después que en los USA, y este retraso en este y otros campos aún lo estamos pagando y lo pagaremos en el futuro.

Hoy que en España tenemos un sistema político en descomposición, ahora que se reclaman modificaciones de la Constitución y los estatutos de autonomía uno echa de menos esta creatividad y audacia de que hicieron gala los constituyentes norteamericanos hace 215 años. Nos empeñamos en mantener debates de hace 150 años: Discutimos cansinamente el “ser de España”, la “independencia” de viejos reinos de hace 500 años, el papel de los jefes de estado… Pero no hacemos el más mínimo esfuerzo para ser audaces y creativos y somos incapaces de detectar que hoy la tecnología tiene implicaciones mucho más importantes y acuciantes que en 1789.

Si en 1789 apenas una ínfima parte de la población leía la prensa y consideraron fundamental el derecho a la libertad de la misma ¿qué diremos en 2013 de la enorme trascendencia que tienen las tecnologías de la información?

Hoy esas tecnologías permiten opinar a casi cualquier ciudadano sobre las cuestiones que le incumben; hoy esas tecnologías permiten a casi cualquier ciudadano participar en la elaboración de las normas que le afectan; hoy esas tecnologías permiten que los representantes políticos contacten de forma inmediata y habitual con sus representados, y permiten la transparencia, y permiten que los datos públicos sean verdaderamente públicos, y permiten, en suma, aprovechar intensivamente la mayor riqueza que tiene un país, es decir, su capital humano, los hombres y mujeres que lo integran.

Hoy tenemos cosas que los constituyentes de 1789 ni se atreverían a soñar pero nos faltan justo esas calidades humanas que ellos sí tenían: Creatividad y audacia.

¿No puede España por una vez en la historia ir por delante del resto? ¿Es que siempre habremos de llegar 189 años tarde?