El Sacromonte y el Monte Sacro

El Sacromonte y el Monte Sacro

La primera de las fotografías que ven al pie de este post pertenece a un barrio llamado Montesacro y está en Cartagena; la otra es de un barrio llamado Sacromonte y está en Granada.

No se extrañe si he llamado «barrio» a ese solar que se ve en mi ciudad entre la calle del Caramel —donde yo vivo— y el Molino o la antigua Compañía de Aguas y el Castillo.

Ambos barrios ilustran bien la historia y catadura moral de los ayuntamientos y los políticos que han gobernado ambas ciudades. Montesacro y Sacromonte son nombres simétricos pero antagónicos y reflejan perfectamente el diferente grado de amor por la ciudad y sus vecinos que hay en Granada o en Cartagena.

En Granada el barrio humilde se cuidó y hoy es un lugar bello y de indudable atractivo; en Cartagena el barrio humilde fue demolido a pesar de su protección legal, desalojando a la gente honrada que en él vivía y demoliendo sus casas y sus calles hasta convertirlo en una ruina donde el barrio yace arrasado hasta sus cimientos.

¿Y todo por qué?

Por dinero, por ansia, por avaricia, por catetura, por estolidez, por vesania, por incultura, por soberbia, por la más alta expresión de ignorancia atrevida y avaricia especulativa.

Malditos sean quienes acabaron con mi barrio y la felicidad de muchos, tan sólo en busca de llenar los bolsillos de unos pocos.

Si en Granada hubiesen gobernado alcaldes y alcaldesas cartageneros no duden que habrían acabado, no ya con el Sacromonte sino hasta con la Alhambra y habrían tratado de llenarlos de dúplex adosados o torres de pisos.

Pero no, afortunadamente para Granada, los políticos cartageneros se quedaron en Cartagena y así destruyeron minuciosamente y hasta los cimientos el 25% del casco antiguo de nuestra ciudad, amén de generar innumerables solares en diversas calles del centro.

Y eso que se suponía que todo el centro estaba legalmente protegido.

Hoy el chancro del Monte Sacro supura en pleno centro de Cartagena la pus repulsiva de aquellos que, diciendo defender su ciudad, demolieron sus barrios y dejaron sin techo a sus vecinos. Y supura también para la vergüenza de todos nosotros que les toleramos todas aquellas tropelías a aquella banda de caciques ignorantes. Y cuando digo todos digo todos. Desde el último ciudadano que no salió a la calle a pararles los pies, al primer juez que cohonestó la tropelía bajo un manto de aparente legalidad y a mí mismo que no fui capaz de organizar en defensa de los más humildes alguna acción que hiciese pagar caras sus fechorías a quienes destruyeron el barrio.

Hoy el Monte Sacro y el Sacro Monte son dos realidades distintas que cantan las vergüenzas de nuestra ciudad ante los miles de turistas que nos visitan todos los días.

Y lo peor es que los de siempre siguen ahí, agazapados, esperando la oportunidad de convertir la desgracia de todos en dinero para lucrar su avaricia. Su canallada no ha terminado y antes o después les veremos volver a saltar a la yugular de nuestra ciudad.

Sólo espero que el Monte Sacro haga honor a su nombre y aparezcan en él tal cantidad de restos arqueológicos que les impida construir y lucrarse por todo el resto de sus vidas.

Desde mi ventana estaré vigilando.

Carthago Spartaria

Carthago Spartaria

Los cartageneros solemos atribuir la fundación de nuestra ciudad al magnífico instinto marinero de los carthagineses, unos fenicios que habían hecho de la navegación y el comercio su modo de vida. La visión del puerto perfectamente «cerrado a todos vientos y encubierto» (como escribió Cervantes) suele opacar todas las demás circunstancias y nos hace olvidar una que tuvo tanta importancia como las propias características naturales del puerto: la abundancia de esparto en la zona.

Sí, a nuestra ciudad, allá por los siglos V y VI se la conoció como «Carthago Spartaria» y les aseguro que la presencia del esparto en su nombre no fue en absoluto casual.

La importancia del esparto en Carthago Spartaria, nuestra actual Cartagena, fue crucial durante siglos, especialmente por su uso en la fabricación de cabos y estachas con que equipar las jarcias de los barcos que se construían o se reparaban en su puerto. No sólo, pues, era cuestión de que el puerto fuese magnífico sino que, además, se contaba con una materia prima importante para poder aparejar las embarcaciones.

La industria del esparto en nuestro entorno se mantuvo vital hasta mediados del siglo XX, cuando comenzó su declive debido a la introducción de fibras sintéticas más baratas y versátiles. Estas nuevas fibras, como el nylon, ofrecían una mayor resistencia y durabilidad, además de ser más económicas de producir. Esto llevó a un declive en la demanda de esparto y a la eventual desaparición de esta industria no sólo en nuestra ciudad sino también en todo el levante español, con especial virulencia en Valencia.

Quizá esta historia sirva para ilustrar con tintes locales algo tan evidente como que el futuro de las comunidades humanas está indisolublemente unido a la generación y desarrollo de tecnologías que abran nuevas vías de desarrollo en antiguos lugares. La riqueza de nuestra ciudad —y de cualquier otra ciudad— no está, pues, en los recursos naturales con que pueda contar, sino con la capacidad de generar conocimiento y tecnología por parte de sus habitantes. Dicho de otro modo, importa poco tener o no tener esparto si tenemos la creatividad precisa para inventar y producir otro tipo de fibras.

Es por eso que resulta lamentable que a nuestro país y a nuestra ciudad se les escapen entre los dedos la mayor de sus riquezas: la de sus estudiantes y científicos que, no bien acaban sus estudios, ponen rumbo a países extranjeros en busca de las oportunidades que no encuentran en su tierra.

La era del capitalismo industrial o financiero hace décadas que se acabó y en un mundo gobernado por el capitalismo cognitivo/informacional perder de este modo a nuestra mayor riqueza es, simplemente, suicida.

Sueño con ver crecer alrededor de la UPCT un universo de oportunidades para los estudiantes que en ella se forman, lo que no sé es si eso también lo sueñan nuestros gobernantes locales, regionales o nacionales. Es o eso o quedarnos para siempre en el mundo del esparto.

Deberíamos tomar nuestro futuro en nuestras manos, no deberíamos dejar las cosas importantes en manos ajenas.

Mi sufijico materno

Como en mi figón habitual cuando, en la mesa de al lado, se sienta un matrimonio que requiere finústicamente la presencia del camarero y le solicita:

«Un «cafetito» cortado con leche sin lactosa y otro normal; una «flautita» de salmón y unas «galletitas» de las que se ven en el expositor del mostrador».

Casi me atraganto al oír tal barahúnda de flautitas, cafelitos y galletitas.

Recuerdo perfectamente cuando, de niño, el profesor nos enseñó que los diminutivos en castellano se hacían añadiendo el sufijo «-ito» a las palabras. Recuerdo que me invadió una sensación de repugnancia casi física, yo nunca había construído un diminutivo en -ito y, cuando escuchaba a alguien hacerlo, mi percepción era que se trataba de una cursilada insufrible, algo falso e impostado pues ¿cómo alguien en su sano juicio podía construir un diminutivo con el sufijo -ito, estando ahí mi natal -ico tan a la mano?

El cabreo que cogí esa tarde aumentó cuando el profesor añadió que -ito era la forma correcta y que si nosotros hacíamos el diminutivo en -ico era por nuestra natural burricie, esa misma burricie que nos llevaba a pronunciar «quinse» en vez de quince.

Recuerdo que me juré que yo nunca sería un cursi de esos que hacían los diminutivos en -ito y que, dijera lo que dijera el profesor, yo los haría siempre en -ico.

Luego pasaron los años y leí el Quijote y en él aprendí que lo que decía mi profesor era con toda probabilidad falso porque Cervantes, en esa obra, el diminutivo que prefirió era el terminado en -illo (114 veces) seguido por mi natal -ico (49 veces) y ya después el execrable -ito y otros sufijos válidos en lengua castellana (-uelo, -ete, -ejo…).

El diminutivo en -ico, además, a su función disminuidora añade una indudable función afectiva, una función afectiva tan grande que en algunos casos esta sobrepuja a la función disminuidora. El uso afectivo del -ico en la Diócesis de Cartagena me exigiría un extenso análisis de ejemplos pero, si son ustedes de aquí, me entenderán.

No pasó mucho tiempo antes de que consultara el Diccionario de la Real Academia Española y descubriese que el sufijo -ico era un castellano absolutamente correcto y reconocido por ella. Se lo transcribo literalmente:

«-ico, ca
1. suf. And., Ar., Mur., Nav., Col., C. Rica, Cuba y Ven. Tiene valor diminutivo o afectivo. Ratico, pequeñica, hermanico. A veces, toma las formas -ececico, -ecico, -cico. Piececico, huevecico, resplandorcico. En Colombia, Costa Rica, Cuba y Venezuela, solo se une a radicales que terminan en -t. Gatico, patica. Muchas veces se combina con el sufijo -ito3. Ahoritica, poquitico».

Y desde entonces sé que a Juan puedo llamarlo Juanico, Juanillo, Juanelo, Juanete o Juanito según me apetezca y sabiendo que cada diminutivo tiene no solamente una función disminuidora sino afectiva, ponderativa, despectiva, regional o de muchos otros tipos.

Y ahora, acabada mi colación, me voy a ir a casa y voy a dejar a este matrimonio con sus flautitas y galletitas.

Y que no se me enfade nadie, yo solo soy un zagalico de aquí.

Persevera, per severa, per se vera

Persevera, per severa, per se vera

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser. (Baruch Spinoza)

Recuerdo cómo estaban los ánimos en mi ciudad en 1993. La reconversión industrial golpeaba la comarca de Cartagena y, en La Unión, por ejemplo, miles de personas se enfrentaban a un traumático final de la minería. Tras haber convertido la bahía de Portmán en un vertedero y haber hecho de ella el punto más contaminado del Mediterráneo, la multinacional Peñarroya vendió por un euro todos sus derechos en la Sierra Minera a conocidos empresarios locales para que estos llevasen a cabo las siempre sucias tareas de cierre. La continuidad de la minería en la zona había enfrentado a vecinos de La Unión con vecinos de El Llano del Beal: los primeros querían continuar con la actividad a toda costa, pues de lo contrario perderían sus trabajos, los segundos defendían su pueblo y sus propiedades, pues, el filón, pasaba justo bajo sus casas y continuar con las explotaciones mineras suponía desalojarles de sus hogares y borrar el pueblo del mapa. Los ánimos se crisparon y los habitantes del Llano se prepararon para resistir e impedir el avance de la cantera, resulta curioso recordar que los ánimos llegaron a alterarse tanto que, en el Llano del Beal, Herri Batasuna obtuvo unos magníficos resultados en las elecciones de esos años.

Y si la Sierra Minera era un polvorín no menos lo era la ciudad de Cartagena. La Primera Guerra del Golfo y la huida del capital Kuwaití se había unido a la reconversión industrial y las grandes empresas de la ciudad cerraban una tras otra, desde la Empresa Nacional de Fertilizantes a Potasas y Derivados pasando por industrias clásicas de Cartagena como la «Española del Zinc» o la popular «Desplatación». La revuelta obrera era cada vez más violenta y se había llegado al extremo en 1992 cuando, durante unos durísimos disturbios y en oscuras circunstancias, resultó incendiado el Parlamento Autonómico de la Región de Murcia (foto) cuya sede está en Cartagena. El humo y las llamas saliendo del Parlamento eran una ilustración casi perfecta del estado en el que se encontraban los ánimos de los cartageneros en aquellas fechas. A pesar de sus 200.000 habitantes muchos cartageneros comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de buscar un futuro fuera de la ciudad; un triste final a 3.000 gloriosos años de historia.

Sin embargo, quiénes así pensaban olvidaban que esta ciudad contaba con un capital que estaba ante sus ojos. Contaba con una magnífica ubicación y un puerto de calidad superlativa —Asdrúbal y sus carthagineses sabían lo que hacían— contaba todavía con un importante tejido industrial (la primera refinería de petroleos de España y un importante sector de construcción naval) y sobre todo contaba con cartageneros y cartageneras que nunca habían perdido su consciencia de pertenecer a una ciudad única en el mundo, superposición visible de pueblos prerromanos, fenicios, carthagineses, iberos, romanos, bizantinos y así hasta completar treinta siglos de historia.

El grado de destrucción del centro de la ciudad llegó a tal punto que incluso fue utilizado para grabar películas bélicas ambientadas en lugares como Beirut u otras localizaciones de Oriente Medio. Durante estas películas se llevaban a cabo demoliciones en pleno centro de la ciudad (vean, por ejemplo, el film «Navy Seal» y se entretendrán un rato comprobándolo) y todo aquello parecía que acabaría con el definitivo abandono del casco antiguo y la marcha de los vecinos a vivir a las urbanizaciones del extrarradio.

Sin embargo esta puñetera ciudad es resistente y si lleva tres mil años aquí no es por casualidad. Justo durante las explosiones y la grabación de las películas de que les hablo, en el mismo lugar en que se grabó la demolición de un hotel en el film «Navy Seal», comenzaron a aparecer restos arqueológicos que hicieron palidecer a los arqueólogos. La ciudad, desnudada hasta el extremo, devolvía a los bárbaros que la maltrataban un tesoro de valor incalculable: el perdido teatro romano de Carthago Nova.

La recuperación del teatro llevó lustros pero con la recuperación del mismo corrió pareja la recuperación de la ciudad y, en el más puro estilo de esta jovencita de 3000 años, lo hizo perseverando en sí misma.

El puerto creció, la refinería y el tejido industrial crecieron, pero, sobre todo, creció la presencia de la vieja y siempre joven Carthago Nova. En un centro de la ciudad tan abandonado por sus habitantes como vil y suciamente expulsados de él por especuladores y administraciones sin alma, comenzaron a aparecer viejos e íntimos trozos de nuestra joven adolescente. Ya no era solo el Teatro Romano, eran termas y templos que permitían a los habitantes de la ciudad tocar lo mismo las piedras de la iglesia de su patrona que las basas y fustes de las columnas del viejo templo de la diosa-sirena Atargatis o la diosa madre Isis. Mucha gente se pregunta erróneamente por qué los cartageneros son como son cuando lo que habrían de preguntarse es justamente lo contrario: cómo podrían ser de otra manera viviendo en un lugar así.

Si Cartagena ha salido adelante durante estos años ha sido siempre siendo ella misma, perseverando en su esencia y es por eso que, si en algún lugar resulta particularmente cierta la afirmación del filósofo Baruch Spinoza de que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», ese lugar se llama Cartagena.

Y si la ciudad nos ha enseñado esto a lo largo de la historia ¿por qué no la escuchamos?

Podemos dedicar decenas de millones de euros a construir un carísimo auditorio, pero al final del viaje no tendremos sino lo que muchas otras ciudades tienen y de mejor calidad; podemos dedicar carísimas inversiones a ciclos sobre manifestaciones culturales extranjeras pero, al final del camino, siempre preferiremos los lugares y ambientes originales a las copias.

Con el dinero invertido en un auditorio de calidad parecida al de muchas otras ciudades se podría haber recuperado ya el anfiteatro romano, amalgama única en el Mediterráneo de espectáculos fundados en la muerte, pues Plaza de Toros y Anfiteatro se funden y superponen. ¿Cuántas ciudades en el Mediterráneo tienen algo así?

Nadie llega a ser Elvis imitando a Elvis, nadie llega a ser Picasso tratando de copiar a Picasso; si hemos de ser algo seamos antes que nada auténticos, seamos nosotros mismos. Nuestra ciudad no necesita ser ninguna otra ciudad distinta de la que es para tener éxito, lo lleva demostrando tres mil años, sería muy bueno que nuestra administración y nosotros mismos la ayudásemos en su tarea.

Nada nos ha sido tan rentable como ser nosotros mismos, así pues, ¿por qué no perseveramos en ello?. Si lo mira usted bien, ser nosotros mismos es lo que mejor sabemos hacer y en eso no tendremos nunca competencia.

Pronto estrenaremos un nuevo curso, sería bueno que nuestros políticos estrenasen también nuevas mentalidades.

Provincianismos

Provincianismos

España es un país curioso donde todos parecen saber que Iniesta es el futbolista «de Fuentealbilla», Sergio Ramos o Curro Romero son el defensa y el diestro «de Camas» y que el vino es de Valdepeñas, sin que nadie se sienta obligado a aclarar que Fuentealbilla es un pueblo de Albacete, Camas un municipio colindante con Sevilla (río Guadalquivir de por medio), o que Valdepeñas es un municipio de Castilla-La Mancha.

Turrón de Jijona, peladillas de Alcoy, ajo de Las Pedroñeras, melón de Villaconejos, finos de Montilla-Moriles, torta del Casar, queso de Cabrales… Parece que nadie considera necesario aclarar a nadie dónde se encuentran estas localidades, los autores presumen informada a su audiencia salvo, claro está, que hablen de la Región de Murcia.

Los andaluces en esto son maestros y desde antiguo entendieron que Utrera no está en Sevilla ni Antequera en Málaga, que Utrera está exactamente en Utrera y que Antequera está justamente donde ha de estar: en Antequera; y es precisamente por eso que los mostachones son de Utrera y no de Sevilla en tanto que los molletes vienen de Antequera y no de Málaga.

Nadie en Andalucía parece necesitar explicar que Jerez «está en Cádiz» (lo cual es, por otro lado, absolutamente falso) o que Ronda «está en Málaga». Más aún, si nos vamos al mundo del flamenco esta forma administrativo-provinciana de hablar movería a la risa más desaforada: ¿Imagina usted a un crítico musical hablando de la «Soleá de Alcalá (Sevilla)»

—¿Qué idiotez es esa?
—Es para que no la confunda usted con la soleá de Alcalá de Henares (Madrid)
—Oiga ¿Es usted tonto?
—Pues igual sí.

Explicar a un lector que el vino de Jerez se hace en Cádiz es llamarle ignorante, mejor sería hablarle del Puerto de Santamaría o de Sanlúcar de Barrameda porque, puestos a gastar tinta, más vale hacerlo en algo útil.

En cambio, en relación con nuestra región pareciera que los medios consideran que los españoles son todos unos ignaros.

A ver cómo se lo explico: no hay muchas ciudades en España que tengan una imagen de marca mundial tan poderosa como Cartagena.

A poco que usted lo piense reparará en que cualquier niño o niña del mundo que haya ido al colegio, al estudiar historia antigua, necesariamente toma conocimiento de la existencia de nuestra ciudad y de algunas de las cosas que en ella ocurrieron.

Todos los libros de historia de todos los niños de todos los colegios del mundo contienen mapas donde figura nuestra ciudad y le cuentan a sus alumnos la historia de un vecino de esta ciudad, un tal Aníbal, un zagal que un día decidió conquistar Roma… y que casi lo consigue. ¿Imagina usted lo que le costaría a cualquier ciudad comprar una presencia así en los libros de historia?

La historia de la humanidad se decidió en esa guerra a la que llamamos segunda guerra púnica; si los carthagineses hubiesen ganado, por ejemplo, hoy día no hablariamos castellano sino un idioma derivado del fenicio y toda nuestra cultura sería muy diferente.

Muy pocas ciudades del mundo han sido el escenario donde se han jugado dos imperios el destino de la humanidad; muy pocas ciudades han tenido vecinos tan decisivos para la historia del género humano como Aníbal, Asdrúbal o el mismo Amílcar Barca; muy pocas ciudades, en fin, se han ganado un lugar en la historia tan por derecho propio como la nuestra.

Y sin embargo, a diferencia de Fuentealbilla, Valdepeñas, Jerez, Ronda, Camas o Utrera, muchos medios de comunicación de nuestra región deben de entender que sus lectores son unos ignorantes y se ven compelidos a confundir a sus lectores «explicándoles» que Cartagena «está en Murcia». No en la Región de Murcia, no, sino «en Murcia».

Esta forma de confundir tan propia de nuestra región no es exclusiva de Cartagena, este verano he visto en un telediario nacional afirmar que el festival del Cante de las Minas se celebra «en Murcia» y otro tanto he escuchado de otras fiestas y eventos significativos de nuestra región.

Este borrado regional que aqueja a nuestra autonomía, curiosamente, es celebrado por algunos políticos para quienes nuestra región resulta demasiado grande y variada como para entrarles en la mollera y así, poco a poco, la van erosionando y destruyendo mientras se refocilan con su propia estulticia.

Comprenderán ustedes que, cuando una chirigota de Beniaján compitió en el concurso de agrupaciones carnavalescas de Cádiz, yo me sonriese al ver que era anunciada por Canal Sur TV simplemente como «chirigota de Beniaján» mientras que en «La Verdad» se la llamaba «chirigota murciana». Entenderán que entonces no pudiese evitar pensar en que algún día habría de escribir un post como este.

Cuestión algo más que de estilo. Yo me apunto al estilo andaluz.

El moje ¿Murciano o Manchego?

El moje ¿Murciano o Manchego?

«Res ipsa loquitur», decían los romanos, las cosas hablan por sí mismas, decimos nosotros y justamente eso he sentido yo este mediodía cuando el camarero me ha traído el plato de mojete murciano que ven en la foto.

Mojete Murciano, Moje, Moje Manchego, ensalada murciana, todos estos nombres designan una y la misma cosa (vid. wikipedia) una preparación hecha a base de tomate partido a trozos pequeños (con o sin piel), cebolla finamente picada (preferiblemene cebolleta), olivas negras o de cuquillo, huevo duro, aceite de oliva virgen y atún de lata (no bonito). Se puede sustituir el atún por bacalao un poco asado y troceado o por capellán troceado y, según la experiencia por mí acumulada en los últimos 63 años, este moje es más común realizado con tomate de bote pelado o escaldado. Yo no recuerdo que me lo hayan servido jamás con tomate natural en ninguna casa de comidas.

Y es que, como les dije, «res ipsa loquitur», las cosas hablan por sí mismas y por más que los murcianos llamen «mojete murciano» y los albaceteños «moje manchego» a este plato es lo cierto que se trata de la misma cosa, al igual que hasta hace apenas 42 años Murcia y Albacete formaban parte de una única y la misma región.

Sin embargo en 1982 Albacete decidió separarse de Murcia e iniciar su camino por separado, todo un siglo XIX de reticencias al centralismo murciano (un día les hablaré de la estancia de la Audiencia Territorial de Albacete en Cartagena) y una cierta doble identidad llevaron a Albacete a abandonar a un antiguo vecino y cambiarlo por otro más prometedor. De ser la tercera ciudad de la Región de Murcia por población (la superan Murcia y Cartagena), Albacete pasó a ser la ciudad más poblada de Castilla-La Mancha, había que elegir: o cola de gato o cabeza de ratón. Y eligieron.

Yo, que soy de Cartagena, disfruto de este plato como de un plato exótico y tanto me da si en la carta reza que el moje es manchego o resulta ser murciano el mojete.

Sólo pienso que, con tantas cosas como nos unen, es penoso que la caterva de políticos que tenemos en la región hagan que muchos cartageneros envidien a los albaceteños y su exitosa salida de naja.

Siempre nos quedará el mojete. (O el moje).

Olvidando pasados y destruyendo futuros

Olvidando pasados y destruyendo futuros

Hoy, 12 de julio de 2023, se cumplen 150 años de la sublevación republicana y federal que dio lugar al Cantón de Cartagena.

Ninguna institución oficial de la Región de Murcia lo va a conmemorar, ni para su gloria ni para su execración.

La presencia de la Región de Murcia en la historia de España tiende a ser residual. De hecho, si consideramos el término «Historia de España» como ese período histórico que abarca desde la Constitución de Cádiz de 1812 —primera vez que la «Nación Española» es mencionada como protagonista político— hasta nuestros días, la presencia de nuestra región no parece haber sido demasiado relevante.

La imagen general de lo que sea la historia de España para la población ha venido en buena medida influenciada por la obra colosal de Don Benito Pérez Galdós —los «Episodios Nacionales» que, muy apropiadamente, comienzan con la batalla del Cabo Trafalgar y la invasión francesa de 1808— en la cual la Región de Murcia es un personaje absolutamente irrelevante de no ser por qué, Don Benito, relata minuciosamente y de forma por cierto magistral, los sucesos ocurridos durante el Cantón de Cartagena, un movimiento por el que Don Benito no puede ocultar sus simpatías.

Llama la atención que el suceso más relevante ocurrido en la Región de Murcia (sí, el Cantón no sólo fue cosa de cartageneros ¿o hemos olvidado el papel esencial del huertano y diputado Antonete Gálvez?), llama la atención, digo, que el suceso históricamente más relevante ocurrido en nuestra región desde que la nación española es elevada a la categoría de protagonista político, sea minuciosamente olvidado por nuestro gobierno regional y aún municipal.

Pueden ustedes denostar una sublevación que acabó con el 80% de la ciudad destruida tras feroces bombardeos, pueden ustedes censurar un movimiento que pretendía imponer desde abajo una república federal en España, ferozmente laico, donde se reconoció el derecho al divorcio, a donde acudieron en defensa de los más dispares ideales bakuninistas y anarquistas de toda laya al igual que miembros de la recién derrotada Comuna de París (un suceso de importancia mundial), simples republicanos federales y una población en gran medida inocente.

La Región de Murcia ha carecido de toda identidad política hasta que, abandonada por la provincia de Albacete, se constituyó en comunidad autónoma uniprovincial tras la Constitución; sin bandera (hubo que inventarla) y sin himnos (todavía hay que inventarlo), lo peor que le ocurre a esta Región es que carece de ninguna identidad compartida y no porque no la tenga —la tiene y podría repartir identidad entre las comunidades autónomas de España— sino porque sus políticos, obsesionados con la identidad capitalina, son incapaces de leer ni de siquiera intuir cuán profunda es la identidad de esta tierra.

Con estos políticos y con esta visión de nuestra región la Región de Murcia jamás tendrá un lugar en el pasado al que todos podamos mirar con orgullo y, lo que es peor, jamás tendremos un lugar en el futuro al que mirar con esperanza.

Lo ocurrido en Cartagena hace 150 años puedes condenarlo o puedes elogiarlo, ambas posturas y todos los matices intermedios son legítimos, lo que no puedes hacer es olvidarlo y tratar de que todos lo olviden: eso retrata a cualquier político como un indigente cultural.

Yo no soy nacionalista, yo no creo que existan esos entes a los que llamamos «naciones» y que tienen una identidad propia y distinta de los habitantes de un territorio, entidades en nombre de las cuales hablan personad que, como los venales sacerdotes de otros tiempos, nos dicen lo que la patria «quiere» o qué es y qué no es patriótico. Las naciones son un producto existoso del romanticismo político y son una entelequia tan irreal como los dioses y los reyes «por la gracia de dios» que antes nos gobernaban; las naciones son no más que un relato pero tan eficaz como lo han sido antiguos textos sagrados.

Y dicho esto mi sensación es que quienes nos han gobernado de 1978 aquí, ciegos por la miopía que les impide ver más allá de uno solo de los municipios de esta región, han sido incapaces no ya de imaginar una entidad política moderna y alejada del romanticismo político del que hablo sinp incapaces de hacer algo mucho más sencillo: descubrir y potenciar las brutales señas de identidad de este trozo de tierra del sureste de la península ibérica que, desde Diocleciano, formó una unidad política por muchos motivos protagonista de la historia de nuestra península y del mundo, aunque por entonces no se conociese la palabra «Murcia».

No siempre se cumplen los 150 años de una efeméride y si ni el gobierno regional de mi comunidad ni el municipal de mi ciudad son capaces de recordar el suceso en lo bueno y en lo malo que tuvo lo único que puedo colegir de todo ello es que ninguno de los que nos gobiernan está capacitado para forjar un futuro ilusionante y en el que quepamos todos los habitantes de esta región.

A la paz de dios

A la paz de dios

Una imagen de la Inmaculada Concepción de María preside el rectángulo que los cartageneros conocemos como Plaza de Risueño.

En su lado norte un edificio tan antiguo y valioso como poco cuidado alberga en sus bajos el «Restaurante Alhambra» un local árabe que sirve comida «halal» y que ha tenido la buena idea de colocar mesas y sillas en la propia plaza.

El lado este de la plaza lo ocupa la magnífica «Panadería Davó» un lugar que hornea y produce artesanalmente sus panes y sus dulces y del cual aún no he logrado saber las horas de cierre pues siempre que paso lo encuentro abierto.

Al lado sur hay un local de apuestas bajo el cual hay una casa romana visitable que es conocida —una curiosa councidencia— como «La casa de la fortuna» y no por causa del local de apuestas que hay sobre ella sino a causa de alguno de los frescos que aún decoran aquella vieja casa romana.

Finalmente, el lado oeste lo ocupan algunas viviendas y la trasera del «Cine Central» (antes «Cine Sport») un local maravilloso que lleva abandonado años aun cuando parece que la Comunidad Autónoma en algún eón próximo hará algo.

La plaza, inhabitable en horario diurno debido al calor del verano, por la noche y con la fresca se convierte en un espacio amable. Hoy iba a cenar a mi casa —algo más adelante en la calle Serreta— cuando he visto las mesas, los árboles y la magnífica temperatura que convidaba a cenar algo allí.

Me he pedido un pisto (es hora de cenar y no se debe embaular demasiado) y ahora, bajo la protectora imagen de la Inmaculada Concepción de María, cenamos a la paz de dios —se llame este como se llame— cristianos, musulmanes, ateos, agnósticos y hasta algunos subsaharianos de negrísima piel negra cuyo credo religioso no soy capaz de inferir.

Yo tendría que haber ido a cenar a casa pero aquí se respira paz y frescura ¿Cómo iba a dejar pasar esta oportunidad?

El auténtico padre de la patria

El auténtico padre de la patria

Hablaba hoy con un joven político de la Región de Murcia a propósito de eso que llaman las «identidades» regionales y debatíamos sobre por qué esta región carece de esa identidad compartida por todos que otras regiones sí tienen.

Ustedes ya saben lo que yo pienso sobre las «identidades» nacionales y regionales, el fundamento ideológico y los relatos que las sustentan —pues ya lo he contado en post anteriores— pero, interpelado esta mañana sobre por qué toda esa tramoya no funciona en el caso de la Región de Murcia, no me ha quedado más remedio que jugar con unas reglas que no comparto y decirle

—Toda la culpa la tiene Leandro.

El hombre me ha mirado con cierta curiosidad —cosa rara pues jamás me hace el menor caso— y he tenido que recordar todos los libros del colegio de mi niñez para justificar mi respuesta.

Mira, cuando en el siglo XIX se construyó la identidad española en este relato el momento inaugural corresponde al reino visigodo y eso se aprecia en las historias de España y en las lecciones de nuestras viejas enciclopedias de «Álvarez».

Para los niños de los 60 (y de los 20, los 30, los 40 y los 50 y aún de décadas anteriores) la historia de España no comenzaba sino hasta el reinado del rey godo Recaredo. Durante las lecciones anteriores los niños estudiábamos cómo los saguntinos, numantinos y cántabros demostraban frente a cartagineses y romanos el celtibérico valor de los protohispanos; cómo Trajano o Séneca demostraban la sabiduría y conocimiento de los hispanorromanos y cómo una panda de salvajes, llamados «los bárbaros del norte», finalmente, llegaban a la península ibérica destrozándolo todo porque eran unos bestias que, además, eran unos herejes del carajo que yacían en el piélago de la herejía arriana. Recuerdo bien la ilustración de aquella lección en mis libros infantiles: un sujeto a caballo, espada en mano, cabalgaba sobre un fondo de destrucción y casas en llamas.

Sin embargo, estos «bárbaros del norte», un par de lecciones después, aparecían ya como los titulares del reino de forma que los alumnos de entonces estudiábamos la lista de los reyes godos como los primeros «Reyes de España». Si tienes dudas acércate a la Plaza de Oriente en Madrid y verás que allí están sus estatuas como reyes de una España que acababa de nacer.

¿Qué había pasado para que estos que no eran sino unos «bárbaros» pasasen a ser los legítimos titulares del reino de España?

Pues eso, que intervino Leandro, pero, para entender lo que hizo, hay que leer ese par de lecciones que separaban la intitulada «los bárbaros del norte» de esa otra que nos contaba cómo el rey Don Rodrigo (el último rey godo) había perdido España a manos de los musulmanes.

En ese par de lecciones los niños leíamos primero cómo Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, se convirtió al cristianismo neto y católico mientras que su padre se arriscó en la nefanda herejía arriana. Leovigildo acabó degollando a su hijo —los visigodos eran así— el cual, conseguida la palma del martirio merced a su violenta muerte, fue proclamado santo: San Hermenegildo.

Afortunadamente para las Españas en Sevilla acababan de nombrar obispo a un zagal de Cartagena llamado Leandro. Cómo y por qué había tenido Leandro que huir de Cartagena y marchar a Sevilla da para dos o tres novelas pero eso lo dejaremos para otro día, hoy toca contar que Leandro, un tipo listo y de sólida cultura, convenció al rey godo Recaredo de que eso del arrianismo era una catetada muy grande y que lo que tenía que hacer era convertirse al catolicismo neto y de este modo conformar sus creencias con las de la población hispana.

Recaredo le hizo caso, se convirtió y, desde entonces, gracias a Leandro y al burro de Recaredo, la monarquía visigoda pasó a ser monarquia hispánica.

Sí, no le den vueltas, para nuestros viejos libros de historia si no eras católico no eras español por mucho que te empeñaras y fue por eso que los árabes, por más que se tiraron ocho siglos en la península ibérica, nunca fueron considerados españoles por nuestros libros mientras que los visigodos, con apenas dos siglos de presencia en la península, se convirtieron en el núcleo fundacional de la nación española, con sus Rodrigos perdiendo España y sus Pelayos echándose al monte en las Asturias.

Desde entonces acá la historia de España es la historia de los reinos del norte peleando contra unos árabes que, a pesar de sus ochocientos años de presencia en la península, nunca se ganaron en nuestros libros de historia la condición de «españoles».

¿Y quién fue pues el padre de la patria española?

Pues un cartagenero, Leandro (San Leandro), que, al convertir a Recaredo al cristianismo, produjo las condiciones idóneas para el relato que ahora conocemos. Leandro, ese zagal cartagenero que hubo de huir con sus hermanos a Sevilla, es un tipo al que se rinde culto en Sevilla, en toda España y, naturalmente, también en la Región de Murcia, a pesar de que, cuando él vivió, ni la ciudad de Murcia existía ni mucho menos ninguna comunidad política con ese nombre que Leandro jamás alcanzó a oír ni pronunciar.

Leandro, con su III Concilio de Toledo, también la lió parda en el asunto de los credos los cismas y el filioque y hasta tiene su cuota parte de responsabilidad en la no tan lejana guerra serbo-croata, pero eso ya lo conté otro día.

Y ahora… Ahora ya no les voy a contar más, se me ha enfriado el café y voy a pedirme otro para tomármelo calentico que es como a mí me gusta.

Otro día les cuento lo de la identidad (o falta de identidad) de esa Comunidad Autónoma que coincide con la diócesis carthaginense; ahora me voy a tomar el cafelico a gusto.

Las vírgenes y las identidades nacionales

Las vírgenes y las identidades nacionales

Mientras camino hacia el juzgado de guardia veo que toda la población con la que me cruzo camina en sentido contrario al mío. En un momento dado me cruzo con un fiscal que camina perfectamente enchaquetado también en sentido contrario, me sonríe, me hace un gesto con la mano y me dice: ¡a ver a la Virgen!

Cuando me lo dice dejo de pensar en el asunto que me conduce al juzgado y reparo en que hoy domingo la patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad, va a salir en procesión conmemorando no recuerdo qué centenario de su llegada a la ciudad. A la vista del gentío que camina hacía allá (muchos enchaquetados, muchos con escapularios, algunas mujeres con mantillas) me pongo a pensar en cuán importantes son las vírgenes en la formación de la identidad de las patrias y naciones católicas.

El de la mexicana Virgen de Guadalupe es quizá el ejemplo más paradigmático de esto. Antes de la independencia mexicana, durante el período virreinal, en la Nueva España ocurría como en la Vieja España y proliferaban las vírgenes en cada pueblo; sin embargo, en un curioso proceso histórico, la Virgen de Guadalupe se enfrentó a la de los Remedios en cuanto que la guadalupana se asociaba a los pobres y a las clases humildes en tanto la de los Remedios se asociaba a grupos sociales más acomodados. La Virgen de Guadalupe, al final de este proceso, extendió su culto y prácticamente opacó al resto de advocaciones marianas. Es más, la Virgen de Guadalupe se asoció indisolublemente a la nación mexicana; si observamos las representaciones que se hacen de Hidalgo (Miguel Hidalgo, padre de la nación mexicana) en todas ellas le veremos indisociablemente unido a la figura de la Virgen de Guadalupe.

La construcción de los relatos que definen la identidad de las naciones son siempre un cúmulo de contradicciones insoslayables que se resuelven por medio del más irracional de los recursos del alma humana: la fe.

La Virgen de Guadalupe no es de origen mexicano sino que encuentra su homónima en la Villa de Guadalupe donde esta Virgen negra recibe especial veneración y es patrona de la Extremadura española, la patria de Cortés y Pizarro. Incluso el nombre «Guadalupe» es evidentemente árabe pues proviene de وادي اللب Wad-al-Lubb, «río oculto», aunque también se considera وَادِي ال‎ (wādī l-, “valle del”) + Latin lupum (lobo), nombre con que se asigna el río Guadalupe, que surge en Sierra de las Villuercas en Extremadura en España, y que desemboca en el río Guadiana.

Si ves el prefijo «Guad» (Wad, wadi) delante de cualquier palabra ya puedes apostar a que estamos hablando de un río (Guadiana, Guadalquivir, Guadalete, Guadalcanal…) y no ocurre nada distinto con el nombre «Guadalupe».

Sin embargo para los mexicanos puedo asegurarte que su Virgen de Guadalupe nada tiene que ver con la nuestra; tan es así que, en un famoso sermón, Fray Servando Teresa de Mier aseguró que la Virgen ya se encontraba en México antes de la llegada de los españoles, de hecho sostenía que Santo Tomás, el dubitativo apóstol de Cristo, había ido a México antes de la llegada de los españoles a predicar a los indígenas

«La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada en la tilma de Juan Diego, sino en la capa de Santo Tomás apóstol de este reino. Mil setecientos cincuenta años antes del presente, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ya era muy célebre y adorada por los indios ya cristianos, en la cima de Tenayuca, donde le erigió templo y colocó Santo Tomás».

En América, como en Europa, las vírgenes son elementos fundamentales en la creación de la identidad nacional de los países católicos y no hablo ya de la polaca Virgen de Częstochowska sino que, desde la más remota antigüedad, en los países mediterráneos la imagen de una diosa es una seña de identidad.

España forja su identidad nacional al mismo tiempo que la forjan las naciones ibdroamericanas, invadida la península por Napoleón y secuestrados los reyes el vacío de poder creado da lugar a que los dominios de la monarquía hispánica formen juntas que serán los núcleos de las futuras independencias americanas y en la península el fenómeno no fue distinto.

Cuando Napoleón sitia Zaragoza se hace archifamosa la jota que dice

«La Virgen del Pilar dice
que no quiere ser francesa
que quiere ser capitana
de la tropa aragonesa».

El viejo mito mediterráneo de la Atenea Promacos reaparece ahora con aires baturros. Cuando la falange ateniense marchaba a la batalla lo hacía con la seguridad de que, en el momento del ataque, delante de ellos siempre marcharía Atenea, de ahí su advocación, «Atenea Promacos» (Atenea, la que va delante) y sus atributos pues, más allá de sus ojos de lechuza (el animal que ve en lo oscuro) Atenea es una mujer soldado que nace con casco, escudo y lanza.

Como Atenea para los atenienses la Virgen del Pilar capitaneaba a las huestes mañas.

En la península ocurre otro tanto, casi todas las identidades tienen su Virgen: Covadonga para los asturianos, Montserrat para los catalanes, Begoña para los vascos, del Pilar para los aragoneses… Una comunidad que se precie con fuerte sentido de identidad tiene que tener su virgen, su Atenea Promacos, porque si no, no es nada.

Y todo en realidad no es más que un relato acaso tan cierto o tan insensato como el de Fray Servando Teresa de Mier. Porque si Santiago no estuvo en Hispania ni hay Pilar en Zaragoza ni desembarco en Cartagena ni sepulcro en Compostela; porque que el Apóstol Tomás estuviese en centroamérica es tan probable como que Jesucristo hubiese visitado América tras su resurrección como dice el Libro del Mormón.

Sin embargo no desprecies los relatos por ser falsos; lo importante de un relato no es que sea cierto sino que mueva el espíritu y el obrar de los seres humanos y hay que reconocer que, ciertos o no, los relatos de la Virgen de Guadalupe, del Pilar o de cualquiera de las demás advocaciones marianas han sido extraordinariamente exitosas en ese campo.

Como en mi patria, Cartagena, donde hoy, mientras yo escribo esto sentado en el juzgado de guardia, la población se congrega alrededor de una advocación mariana (La Virgen de la Caridad) a la que atribuye una voluntad de permanencia en esta ciudad que, por ser hoy el día que es, no dicutiré.

Al fin, sea verdadero o no, para los cartageneros la Virgen de la Caridad (y curiosamente no su Hijo al que, a pesar de llevar en su regazo muerto todos olvidan) es «la que va delante», la «abogada nuestra». La «promacos» de la ciudad.

El alma humana es muy difícil de entender.