Las olimpiadas, una competencia amañada

Las olimpiadas, una competencia amañada

Mucho se ha hablado estos días del «espíritu olímpico» y de los principios inspiradores de las olimpiadas pero a mí, lo que me invade últimamente, es la sensación de que todo esto de las olimpiadas fue un invento de hombres, hecho por hombres y para hombres, en el seno de una sociedad regida por valores masculinos. Piensen si no en el eslogan «citius, altius, fortius» (más rápido, más alto, más fuerte) que ha sido el lema de las olimpiadas modernas desde sus inicios allá por el año 1896.

Leído con distancia el lema pareciera más bien una apología de las características en las que, debido al dimorfismo sexual humano, el hombre suele superar a la mujer. Claro que los hombres suelen correr más rápido, saltar más alto y pegar más fuerte que las mujeres y es por eso que, un espectáculo fundado en la competencia y exaltación de estas características, me parece una competencia trucada, un concurso amañado, el producto de una sociedad donde se valoran especialmente estos aspectos «masculinos» por sobre otros.

Vamos a imaginar que esto de las olimpiadas, en lugar de la antigua Grecia o en la Europa del siglo XIX, se hubiese inventado en una sociedad matriarcal paleolítica; imaginemos a la abuela diciendo:

«Vamos a hacer una competición donde premiaremos y honraremos a los indivíduos que den a luz más hijos, lleven adelante una mejor lactancia y demuestren una mayor flexibilidad en sus cuerpos».

Como pueden imaginar, todos hoy consideraríamos injusta esa competencia. Los hombres no pueden tener hijos pues su cuerpo se lo impide, la lactancia tendrían que llevarla a cabo artificialmente y en cuanto a flexibilidad pues… ya saben ustedes.

El dimorfismo sexual existe y los cuerpos masculinos y femeninos no son iguales por muchas y muy buenas razones (la propia supervivencia de la especie la primera), son distintos porque su finalidad es cooperar y no competir por lo que hacerles enfrentarse en las mismas disciplinas supone siempre y en términos absolutos otorgar una ventaja a uno de los dos en función de la actividad seleccionada (curiosamente el único deporte absolutamente igualitario —el ajedrez— no es olímpico).

Y mientras veo cerrar los juegos olímpicos de París 2024 pienso en que, agotado el primer cuarto del siglo XXI, seguimos instalados en el placer de la competencia frente a las actividades cooperativas, en un mundo de ganadores y perdedores, de alegría o drama, de exaltación de características y actitudes heredadas tras varios milenios de admiración de «lo masculino», de preferir competiciones donde unos ganan y otros pierden a actividades donde nadie pierde y todos ganan.

Es esa capacidad del cuerpo humano femenino de engendrar vida y hacer de esto una victoria para todos, esa que asombró a los primeros seres humanos y que, por alguna razón, desde hace varios milenios resulta menos atractiva y espectacular que aquellas otras de correr más rápido, saltar más alto o pegar más fuerte.

¿Y por qué les cuento yo esto?

Bueno, quizá porque ahora mismo estoy mirando las fotografías de la egipcia Nada Hafez (tiradora de esgrima) y la azerbaiyana Yaylagul Ramazanova (arquera), que han competido brillantemente en estas olimpiadas, embarazadas ambas de siete meses.

En las próximas olimpíadas, pienso yo, ha de ser oficial la prueba de 100 metros lisos embarazados. Y a ver qué hombre es capaz de ganarla.

Tiempos de cooperación

Nos cuesta admitir que para el mundo no somos importantes, que nuestro destino es el olvido, que no somos muy distintos de los demás y que la vida es una ilusión a la que debemos dar sentido. Acostumbrados como estamos a ser el centro del mundo (todo lo contemplamos desde nuestra guarida corporal) nos resulta doloroso admitir que somos, en el fondo, iguales a cualquier otra persona.

Es por eso que la diferencia nos resulta tan agradable, porque nos selecciona, nos encuadra, nos distingue y nos hace sentir que somos «más alguien» proporcionándonos ese amable y cálido refugio al que llamamos «sensación de pertenencia», una sensación que, seres humanos más astutos o más malvados —según se mire— aprovechan para gobernar nuestras conductas.

Lo hicieron en el pasado aprovechando las evidentes diferencias cromáticas y morfológicas de las razas hasta conducir al mundo a dos guerras mundiales. Lo hicieron —y lo hacen— segmentando a los seres humanos por la lengua que hablan, o por sexo, o por el dios en que creen o por el sistema económico que defienden.

Para quienes tengan menos de 35 años la posibilidad de que el mundo quedase destruido por un holocausto nuclear en la segunda mitad del siglo XX es algo perteneciente al pasado remoto pero, para quienes como yo nacimos en medio de la crisis de los misiles de Cuba que estuvo al borde de provocar la destrucción del mundo civilizado, tal contingencia fue algo muy real y se mantuvo así durante casi medio siglo.

Que el ser humano pudiese autoexterminarse tan solo por la cuestión de si la economía debía gobernarla el mercado o el gobierno ilustra perfectamente la estupidez humana.

Y esa estupidez no parece ir a menos.

Hemos heredado las armas nucleares  que se construyeron al calor de una contienda ideológica ya pasada y ahora esas armas las esgrimimos en nombre de viejas querellas (yo soy ruso tú ucraniano, yo soy cristiano tú musulmán, yo soy palestino tú judío, yo estadounidense tú chino).

Hoy, agotado ya casi el primer cuarto del siglo XXI, parece que no hemos aprendido que las amenazas para la especie humana —incluida su propia estupidez— son de naturaleza global, que el cambio climático, la ecología, las migraciones humanas, son fenómenos que no entienden de nacionalidades ni dioses y que, si no los solucionamos entre todos, todos nos iremos antes temprano que tarde al carajo.

Y, en medio de esto, seres humanos que no han sido capaces de dar sentido a sus vidas buscan una identidad predicando que, si hablas gaélico o corso, tienes derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra, que si en tu comunidad se corren toros por las calles o se baila la sardana o el pasodoble, tienes derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra, que si tu dios se llama Alá, Yahweh, Cristo o Rama, tienes también derecho a la soberanía exclusiva y excluyente sobre un trozo de tierra.

Estamos locos.

Han pasado diez mil años desde que comenzaron a formarse las primeras grandes comunidades humanas y todavía la exaltación de la competencia en detrimento de la cooperación, la exacerbación de la diferencia por ridícula que está sea, la creación y promoción de ideologías destinadas a segregar y no a unir, ciegan la mente de los hombres y les hacen incapaces de apreciar que la historia de toda la naturaleza, desde la primera célula eucariota hasta el más complejo cerebro humano, es una gloriosa historia de cooperación.

No sé cuántas más guerras, muertes y violencia habremos de soportar antes de darnos cuenta de que la cooperación es la única salida.

Beatus ille (ma non troppo)

Beatus ille (ma non troppo)

Horacio (Quinto Horacio Flaco) era un cachondo, un tipo tan humano como la contradicción, lo que pasa es que su grandeza literaria ha eclipsado al ser humano que había tras el nombre con que firma sus obras.

Hijo de un liberto, Horacio no era lo que se espera de un romano de aquellos tiempos; hombre de sólida formación intelectual Horacio era un cobarde confeso. Su mala suerte quiso que Horacio fuese un firme defensor de la República cuando Julio César fue asesinado. Declarada la guerra civil entre el bando tiranicida y los vengadores de César (Octaviano, Marco Antonio) Horacio se apuntó al bando de Bruto y llegó a combatir como oficial en la batalla de Filipos. La derrota fue total y Horacio huyó poco gallardamente según el mismo nos cuenta.

«Contigo conocí en Filipos la rápida huida
Y dejé sin gloria abandonado el escudo
cuando quebró el valor y los más amenazadores
tocaron con el mentón la tierra indigna».

Y, sin embargo, Horacio consiguió que la vida le sonriese. Derrotado, miembro del bando perdedor, buscó trabajo como escribano de un cuestor y se dedicó a escribir poemas que le granjearon buenos e influyentes amigos que le presentaron a amigos más influyentes aún (¿les suena un tal Cayo Mecenas?) hasta conseguir que el propio Octaviano (ahora Augusto) le ofreciese el cargo de secretario.

Pero Horacio rechazó el puesto, hombre de convicciones epicúreas no deseaba una vida llena de tensiones y trabajos, tanto más cuanto que su amigo y protector Mecenas cubría generosamente sus necesidades.

A Horacio, el bajito y gordezuelo poeta epicúreo, debemos tópicos eternos como el del «Beatus ille» y el «carpe diem»; sin embargo, humano como la contradicción como dije, no está claro que ni la historia ni sus seguidores hayan entendido bien a Horacio.

El tópico del «Beatus ille» ilustra las ventajas de la vida apartada y campestre y en España lo ilustró bien fray Luis de León en los famosos versos a la salida de la cárcel que dicen:

«Dichoso el humilde estado 
del sabio que se retira 
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa 
en el campo deleitoso 
con sólo Dios se compasa 
y a solas su vida pasa 
ni envidiado ni envidioso».

Y sí, en el «Beatus ille» Horacio nos cuenta lo mismo pero con una diferencia, al llegar al final añade unos versos desconcertantes que cambian todo el sentido del poema:

«haec ubi locutus faenerator Alfius,
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere».

Lo que traducido apresuradamente más o menos quiere decir:

«Y dicho esto, el usurero Alfio, proyecto de agricultor,
cobró en los Idus todo su dinero
y lo presta en Calendas».

El cambio de punto de vista y la ironía que Horacio introduce con estos versos es brutal, quien nos está hablando de las virtudes del campo y la vida sencilla y retirada no es un filósofo, sino que el «aspirante a hortelano» del poema es un ruín usurero. Pareciera que el tal Alfio pone en su elogio de la vida retirada y rural la misma convicción que siglos más tarde pondrá el «Domine Cabra» en su elogio gastronómico del nabo.

—¿Nabo tenemos? ¡a fe mía que no hay manjar que se le iguale!

La posteridad parece que, encandilada con el tópico del «beatus ille», no llegó a entenderle del todo.

Horacio no ocultó sus contradicciones y, a través de sus delirantes conversaciones con su esclavo, por mano del propio Horacio sabemos que, si no le invitaban a cenar él era feliz: le componía un poema a las coles de su huerto y se preparaba una cena que reputaba la mejor del mundo pero, si un amigo le invitaba aunque fuese a altas horas de la madrugada, Horacio olvidaba sus coles y salía disparado en medio de la noche hacia la ciudad olvidando rápidamente las ventajas de la vida campestre.

Contradictorio y humano, muy humano, así era Horacio y, ahora que escribo esto, me surge la pregunta ¿epicúreo o hedonista?

Bueno, eso quizá lo discutamos mañana.

Españoles que nacen donde les da la gana

Españoles que nacen donde les da la gana

Afirma la gente de Cádiz que los gaditanos nacen donde les da la gana y otro tanto he oído afirmar también a los de Bilbao, pero, si de mí dependiese, creo que este nacer donde a cada uno le da la gana debiera ser la norma general para todo el estado español. Este asunto de dónde nacen los españoles está cobrando actualidad a propósito de las preguntas y respuestas que la prensa hace sobre su «españolidad» a figuras deportivas como el boxeador Emmanuel Reyes o los futbolistas Williams y Yamal.

Si repasa usted la historia de España constatará que muchos de sus personajes más conspicuos no han nacido dentro de los límites de nuestra estrecha piel de toro y no se contarían, para un numeroso grupo de «españoles de cuna», entre los españoles «de verdad».

Colón por ejemplo quizá sea el personaje que mayores servicios prestó a la corona hispana y, sin embargo, no sabemos dónde nació. Y no, no se se fíe usted de la tesis genovesa ni de ninguna otra tesis, Don Cristóbal Colón ocultó muy bien su origen a pesar de que jamás usó en su correspondencia (incluso con su hermano y su hijo) otra lengua que el castellano.

Tampoco el hombre que inició la primera vuelta al mundo había nacido dentro de los límites de lo que hoy conocemos como España sino que, bien al contrario, Don Fernando de Magallanes había nacido en el vecino Portugal.

Y, si a soldados y guerreros atendemos, podemos pasearnos por el Museo del Prado y veremos que el quizá más famoso de los generales de los tercios, Don Ambrosio de Spínola, tampoco había nacido en la península ibérica. Y, si nos retraemos a la Región de Murcia, por hablar de algo más cercano, veremos también que el principal escultor de ella, Francisco Salzillo, era hijo de otro Salzillo pero este napolitano, como Lamine Yamal pero all’italiana.

Ambrosio de Spinola Doria (Génova 1569, Castelnuovo 1630). Cristóbal Colón (¿? Circa 1451, Valladolid 1506). Fernando de Magallanes (Sabrosa 1480, Mactán 1521).
Américo Vespucio (Florencia 1454, Sevilla 1512). Carlos de Habsburgo (Gante 1500, Yuste 1558). Alejandro Farnesio (Roma 1545, Arrás 1592). Antonio Malet, Marqués de Coupigny (Arrás, Artois ¿?, Madrid 1825)
Arturo O’Neill y O’Kelly (Irlanda 1749-Madrid 1814) Teodoro Reding von Biberegg (Schwyz 1755-Tarragona 1809) Nicolás Salzillo, (Santa Maria Capua Vetere 1672, Murcia 1727) Cristóbal de Roda Antonelli. (Gatteo 1560, Cartagena de Indias 1631). Juan Bautista Antonelli (Gatteo 1527, Toledo 1588). Bautista Antonelli. (Gatteo 1547, Madrid 1616). Mateo Vodopich. (Dubrovnik 1716, Cartagena 1787).  Doménikos Theotokópoulos (Candia 1541, Toledo 1614)… etc., etc., etc.

Podría alargar esta lista hasta el infinito pero me basta con estos ejemplos para ilustrar el hecho de que nacer en España es una cosa y ser español y prestar servicios a España puede ser otra muy distinta.

Que tu madre sea o no española y que te dé a luz en Cádiz o en Bilbao es una pura cuestión de suerte y es por esto que no alcanza uno a entender que esta sea razón suficiente para otorgar más derechos a un ser humano que a otro.

Si bien se piensa, este hecho de que sea el puro nacimiento en un determinado lugar o de unos determinados padres el que otorgue derechos que a otros seres humanos les son negados (ius sanguinis, derecho de sangre), no es nada distinto de lo que sucedía en aquel viejo sistema social del Antiguo Régimen que prescribía que, quien fuese hijo de un noble, heredase el título nobiliario y los privilegios a él anexos. Para muchos todavía, sin embargo, el hecho de haber nacido (obviamente de casualidad) de padres españoles les hace sentirse tan superiores a otros seres humanos como superior se sentía un conde o un duque hace dos siglos ante sus semejantes. Creo que quienes así se sienten están en un profundo error lógico y moral, tanto mayor cuanto más extremado: si gozan de esos derechos por puro azar la humildad debiera ser su primera norma de conducta para con aquellos que no tuvieron su misma suerte.

Los ciudadanos romanos, refractarios a todos estos asuntos de naciones y nacionalidades, lo solventaron afirmando aquello de que «Ubi bene ibi patria» o, como escribió Cicerón «Patria est ubicumque est bene», lo que no traduciré porque creo que se entiende.

A veces me pregunto qué pasaría si la condición de español o española no viniese regalada y hubiese que ganársela o si se pudiese perder con todos los derechos que lleva aparejada por un mal uso ¿Cuántos de los muchos «patriotas» que ahora se ven lo serían en ese caso? ¿Cuántos de esos «antiespañoles» que ahora disfrutan de los derechos que otorga la nacionalidad por el mero hecho de nacer se abrazarían a la bandera?

Nada hay más fatuo ni pueril que enorgullecerse de algo que no nos hemos ganado, que nos ha venido regalado por casualidad. Dejo que ustedes me digan qué creen que pasaría si los españoles y españolas pudiesen nacer en verdad donde a cada uno le diese la gana.

Derrotas judiciales

Cuando uno comienza a ejercer no tiene demasiado clara la trascendencia personal y profesional de perder o ganar un juicio, algo que, habitualmente, acaba uno aprendiendo a golpes. Películas americanas y series de TV nos han acostumbrado a la imagen del abogado «ganador», un «killer» del foro seguro de sí mismo y para quien la victoria es el único resultado posible. Como pueden imaginar tal visión de la abogacía es profundamente infantil y no puede estar más alejada de la realidad.

Es verdad que, cuando uno empieza, da mucha importancia a las victorias y a las derrotas, uno, en su inexperiencia, cree que una sólida reputación profesional se gana sobre un ejercicio plagado de victorias y donde si las derrotas suceden mejor que sean pocas y que no transciendan demasiado.

Tal creencia es un error. La «victoria» y la «derrota» no significan nada en absoluto si no las ponemos en relación con las circunstancias específicas del caso, de forma que el mejor índice de éxito no es este de la victoria o derrota sino el de la satisfacción del cliente, un objetivo que, junto a una buena dosis de conocimientos jurídicos, exige una alta capacidad para la gestión de las emociones y expectativas del cliente, además de un amplio abanico de habilidades extrajurídicas.

Yo, naturalmente, cuando empecé a ejercer, sobrevaloraba desmesuradamente a esos dos impostores a los que llamamos victoria y derrota.

Y, llegados a este punto, permítanme que, les cuente otra historia personal.

Las elecciones generales de 1989 fueron consideradas —y aún lo son— como unas de las más controvertidas en la historia democrática de España

El lento anuncio de los resultados en muchos distritos electorales junto con defectos graves en los datos del Registro, una estructura ineficiente de la administración electoral y la lucha política en curso entre el gobernante PSOE y los partidos de la oposición sobre la mayoría absoluta socialista en el Congreso, dio lugar a un gran escándalo cuando los resultados electorales en una serie de distritos fueron impugnados bajo acusaciones de irregularidades y fraude.

Los tribunales de justicia se vieron obligados a intervenir, pues las elecciones se impugnaron en circunscripciones como la de Murcia donde la lucha por el último escaño resultó particularmente virulenta dado que, dicho escaño, determinaría si el Partido Socialista seguiría gozando de mayoría absoluta en España o por el contrario la perdería.

Como ya les conté en un post anterior en 1989 yo era un jovencísimo abogado que estaba afiliado a uno de los partidos que habían concurrido a aquellas elecciones y que, a pesar de los malos resultados obtenidos en el conjunto nacional, en la circunscripción de Murcia había ganado un escaño al Congreso: el del diputado José Ramón Lassuén Sancho, un economista aragonés al cual el partido había colocado como cabeza de lista en Murcia con las consiguientes tensiones entre los militantes de la Región.

Ni que decir tiene que, centrada la pugna electoral en Murcia entre el Partido Socialista, Izquierda Unida y el Partido Popular, la repetición de las elecciones muy probablemente haría perder al partido que yo defendía el diputado, por lo que, cuando se interpuso la correspondiente reclamación judicial mi partido comenzó a buscar un abogado que defendiese la corrección de las elecciones en la circunscripción y la innecesariedad de su repetición.

Y digo que «comenzó a buscar un abogado», porque aunque llamó a varios, incluso dirigiéndose a la dirección de Madrid, finalmente parecía que ninguno quería ocuparse de una defensa que se antojaba difícil e ingrata, que prometía poco prestigio y que tampoco parecía que pudiera ser generosamente retribuida; así que mi partido recurrió al joven abogado militante  que probablemente llevaría el asunto sin cobrar y que, sin duda, sería lo suficientemente inconsciente como para asumir esta tarea que otros muchos habían rechazado.

Quiero decir con esto que me llamaron a mí y yo, que era joven, inconsciente y creía en la causa, naturalmente acepté sin saber exactamente en dónde me estaba metiendo.

Para 1989 yo apenas si había llevado unos cuantos juicios de faltas y algunos casos de oficio de aquellos de doble instancia en los que instruía y fallaba el mismo juez… y poca cosa más.

Cuando me hice cargo de este asunto de pronto todo el funcionamiento de la Administración de Justicia pareció cambiar: las actuaciones del Tribunal Superior de Justicia se señalaban y celebraban con exactitud prusiana, los secretarios judiciales me llamaban por teléfono directamente para consultarme posibles fechas o para adelantarme amablemente por teléfono resoluciones que posteriormente le llegarían al procurador.

Presentar escritos a la medianoche con toda la prensa esperando a la entrada del Palacio de Justicia de Murcia se convirtió para mí en algo habitual y de pronto comencé a pensar que yo era un abogado conocido, de los que salían en la prensa y en la tele y el vértigo me invadió.

¿Qué pasaría si yo perdía ese juicio? España entera, en mi imaginación, «sabría» que yo había perdido lastimosamente y todo mi futuro profesional (pensaba yo) se caería como un castillo de naipes. El terror a perder, estúpidamente, me embargó y fue en ese estado de ánimo en el que una mañana, cerca de las tres de la tarde, fuimos llamados a comparecer en la Sala de Vistas del TSJ porque se iba a dar lectura en audiencia pública a la sentencia, una sentencia cuyo contenido, a diferencia de lo que ocurre hoy día, no se había filtrado previamente.

La fotografía recoge el momento en que la Sala de lo Contencioso de Murcia dio lectura a la Sentencia en riguroso directo en el Telediario de las tres de la tarde (no recuerdo ningún otro caso en que se haya leído una sentencia en directo en el telediario). Yo soy el tercero de los abogados que están sentados (tengo la barbilla apoyada en la mano) y entre los asistentes a la lectura podemos ver muchas caras conocidas de jueces, magistrados y políticos de Murcia. Los periodistas, por su parte, están literalmente tirados en el suelo de los estrados.

Perdimos.

Es difícil describir los estados de ánimo por los que fui transitando según el Tribunal leía sus fundamentos de derecho, lo que sí puedo asegurar es que mi estado mental al escuchar el fallo era sintéticamente igual al de un boxeador que acabase de recibir un «uppercut» en la mandíbula.

Cuando me levanté de estrados reuní las fuerzas precisas para buscar una cabina telefónica y llamar al principal afectado, a José Ramón Lassuén. Afortunadamente no hube de explicarle muchas cosas, creo que él también había escuchado el fallo en el telediario.

Cuando las cosas se ponen turbias, aunque sea en mi imaginación, suelo recurrir a una medicina infalible: acercarme al frente este del Puerto de Cartagena y llegarme al mirador que hay entre las baterías de costa de San Fulgencio, Santa Florentina y Santa Ana. Si permanezco allí el tiempo suficiente y —sobre todo si es de noche— los males del alma se alivian pronto. Y eso hice. Me recuerdo en la noche mirando encenderse y apagarse la lejana luz del faro de Cabo Tiñoso (donde nació mi padre) y pensando en que yo lo había dado todo y no había regateado ningún esfuerzo, que mi trabajo era pedir justicia y no hacerla, que eso era trabajo del tribunal y que me importaba un carajo lo que la sociedad pudiese pensar, que mi sueño era ser abogado y que nada de esto me lo iba a impedir.

Obviamente nadie es importante para nadie por el hecho de salir unos meses en diarios o televisiones; la notoriedad —lo aprendí pronto— se esfuma con mucha mayor velocidad de la que aparece por lo que no debemos tener demasiado miedo a estas cosas. Lo que sí me emocionó fueron las muestras de cariño de los militantes de mi partido y en especial de los de las juventudes, que me habían visto trabajar y sabían que me acababa de comer una buena ración de una comida que nadie quería.

En honor a la verdad debo decir que mi partido (y el Partido Socialista) recurrieron al Tribunal Constitucional y este revocó la sentencia del TSJ de Murcia —al final, pues, ganamos— pero ahí fue la mano de Tomás Ramón Fernández la responsable del éxito y no la mía, aunque no necesito decir cuánta experiencia gané gracias a estos procesos.

Hoy, más de 35 años después de aquello, victoria y derrota son eventos que, aunque nunca acaban de gestionarse bien, los evaluo de otra forma.

Lo que no deja de sorprenderme —visto en la distancia— es cómo alguien pudo confiar en mí para defender un asunto en que estaba en juego la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados de España.

Debían estar muy desesperados.

Los últimos restos del bando realista

El surgimiento del nacionalismo dio lugar a la mayor oleada de mentiras y falsedades que imaginarse puedan sobre la historia y esta afirmación es válida no sólo para los «nacionalismos periféricos» de catalanes y vascos sino también para el propio nacionalismo español y para todos los nacionalismos en general.

Piense usted en el caso de eso que se llama las «guerras de independencia» hispanoamericanas. Usualmente la percepción que se tiene de dichas guerras es la de que pugnaban de un lado unos patriotas y de otro los soldados del ejército de España como potencia colonial.

Toda esa visión es falsa y si quieren entender bien este proceso les recomiendo que lean la obra del profesor Tomás Pérez Vejo que es quien, a mí juicio, mejor ha estudiado y enfocado el asunto de las independencias americanas (en especial México donde es profesor) hasta conceptuarlas como auténticas guerras civiles, que fue, por otra parte, la forma en que las entendieron sus contemporáneos.

Hoy no quisiera entrar en un tema tan largo y complejo como este de las independencias hispanoamericanas sino contarles otra experiencia personal que me llevó a considerar, siquiera sea a efectos meramente dialécticos, si es que aún existen en hispanoamérica restos del llamado «bando realista». Les cuento.

Correría el año 2014 y acababa de firmar yo como decano un convenio con los abogados de Cartagena de Indias cuando recibí una carta manuscrita de alguien que decía ser «representante del pueblo mapuche». En la carta denunciaba la opresión que sufría su raza por parte de los gobiernos de Chile y Argentina y me pedía que hiciese lo que estuviese a mi alcance por remediarlo.

Por qué llegó aquella carta a mi despacho desde la otra punta del mundo lo ignoro, sólo acierto a pensar que cerca de la localidad desde la que se me remitía había otra Cartagena más y que quizá eso influyese, pero a ciencia cierta no lo sé.

La carta me intrigó pues, de entrada, yo no tenía ni idea de quiénes eran los mapuches.

Una búsqueda en internet pronto aclaró mis dudas, los mapuches son ese pueblo autóctono de América del Sur al que los españoles conocemos como «araucanos».

Para quienes no lo sepan los araucanos son los protagonistas del principal poema épico castellano «La Araucana», de Alonso de Ercilla. Valientes y leales como ningunos la Corona Española nunca pudo dominarlos de forma que, finalmente, acabaron firmando una serie de acuerdos que principiaron por el llamado «Parlamento de Quillín» en 1641 en donde los araucanos vieron reconocido su autogobierno al tiempo que reconocían como enemigo de su pueblo a cualquier enemigo de la Corona Española. Sus tierras son las que pueden ver en el mapa y los tratados fijaron su límite sur en la frontera que marcaba el río Biobío.

Cuando Chile y Argentina llevaron a cabo sus procesos independentistas los mapuches, leales a sus pactos, defendieron a la Corona Española y, aunque en principio se les reconoció la soberanía sobre sus tierras, poco a poco los gobiernos de Chile y Argentina les fueron hostigando a través de las campañas militares conocidas, eufemísticamente, como «Pacificación de la Araucanía» y «Conquista del Desierto». Esto significó la muerte de miles de personas y la pérdida de territorios del pueblo araucano, pues fueron desplazados hacia terrenos de menor extensión denominados «reducciones» o «reservaciones», y el resto de las tierras se declaró fiscal y fue subastado. Un proceso, como ven, bastante parecido al de las reservas indias de los Estados Unidos.

En los siglos xx y xxi, los araucanos (mapuches) han vivido un proceso de aculturación y asimilación a las sociedades de ambos países y existen manifestaciones de resistencia cultural y conflictos por la propiedad de la tierra, el reconocimiento de sus organizaciones y el ejercicio de su cultura y es por eso que hoy, el pueblo mapuche, todavía esgrime con orgullo ante las organizaciones internacionales sus pactos con la Corona Española para defenderse de lo que consideran una política execrable de los gobiernos de los países que ahora ocupan sus territorios.

Como pueden imaginar puse el tema en conocimiento del Consejo General de la Abogacía el cual se negó a tomar acción alguna aduciendo que ello estropearía nuestras relaciones con Chile y Argentina y ahí quedó el tema.

Pero yo no les he olvidado y por eso, cuando alguien me pregunta sobre la forma en que la Corona Española trató a los indios en América, yo, en lugar de responderle, le cuento la historia de la carta que me mandaron los mapuches, una carta donde aún un pueblo autóctono pedía ayuda a España contra quienes les oprimían y dejo que quien me pregunta saque sus conclusiones.

La cuestión mapuche ha generado debates que se desarrollan en diversos ámbitos, desde la discusión jurídica pasando por la controversia historiográfica sobre su condición de pueblos originarios hasta el polémico uso del epíteto de terrorista. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha condenado en diversas instancias al Estado de Chile por el uso inadecuado de la ley antiterrorista y a veces pienso que este conflicto civil ilustra bien las guerras que se produjeron en hispanoamérica entre los partidarios de nuevos estados y los defensores de la vieja legalidad monárquica (cada quien según sus convicciones y conveniencias).

Los siempre fieles y valientes araucanos (hoy llamados mapuches) serían, pues, desde este punto de vista los últimos rescoldos de la defensa de la vieja legalidad; serían, en suma, los últimos integrantes del bando «realista». Y no me tomen literalmente.

Y no, el territorio mapuche no era un enclave menor ni sin importancia, es el que ven en el mapa.

La morralla

Hubo un tiempo ya lejano en que dediqué unos pocos años de mi vida a la política. Cuando la dejé solo tenía de ella buenos recuerdos y no volví a ella porque no quería estropear el recuerdo de aquella buena experiencia. La prensa, la tele y la radio me trataron con cariño y aún hoy día, cuando recuerdo lo joven e ingénuo que yo era, me admira no haberme encontrado con ninguno de esos furibundos ataques maniqueos que hoy tanto se estilan. Eran otros tiempos, la política en España se hacía de otra forma.

Y el caso es que yo era un pipiolo.

Yo jamás había dado un mitin y recuerdo que, cuando me dirigía a alguno y para cargarme emocionalmente, mi fuente de inspiración era una casette de Carlos Cano que yo llevaba en el coche.

En aquella cinta se hablaba de emigración:

«Hasta un pueblo de Alemania
ha llegado el Salustiano,
con más de cuarenta años
y de profesión el campo».

También se hablaba, claro, de esa migración cíclica que era la marcha a la vendimia:

«Los jornaleros se van
a la vendimia francesa
sola queda una mujer
con el pecho lleno pena…»

Y, cómo no, de los pescadores que, por entonces, eran perseguidos y apresados en aguas pretendidamente marroquís.

«Ya se van los marineros
cantando por altamar
y ni la Virgen del Carmen
sabe cuándo volverán…»

Pero con la canción que siempre terminaba antes de bajar del coche era con «La Morralla», una cancioncilla en compás de Tango de Cádiz (tango de carnaval) que a mí me parecía un himno y que me recordaba exactamente lo que yo era: morrallita.

«Pues la misma morralla
esa que nunca ni pa Dios calla,
la del punto y la raya
que hasta los pelos está cuando estalla;
la que da la batalla
y no recibe ni una medalla,
la que hace que el pobre
pise alacrán y salte la valla.
La que el pan elabora
saca el aceite y nunca me falla.
De esa misma morralla,
morrallita soy yo».

Cuando me bajaba del coche y con esa canción aún en los oídos yo me sentía capaz de hablar en cualquier plaza. Y lo hacía, de Algezares a El Palmar y del Cabezo a Corvera, pues Murcia era por entonces mi entorno.

Ahora sé que yo era un pipiolo pero todas aquellas experiencias me fueron forjando, lo que nunca se me olvidó —supongo que aquella canción me marcó— es que yo era morralla y que mis acciones, entonces y después en el mundo de la abogacía, tenían siempre unos destinatarios concretos.

Este tipo de pensamiento mío es criticable pero no seré yo quien lo haga, aunque solo sea por seguir la advertencia de aquella escritora que nos enseñó a no hablar demasiado mal de nosotros mismos, no fuera que todos terminaran por creerlo. Son los peligros de la autocrítica.

Y me dirá usted: ¿Y a mí qué me importa su pasado y sus rancios gustos musicales? ¿por qué me cuenta usted esto?

Y yo le responderé que por nada, que ha sido sólo porque esta tarde en una de esas aplicaciones de música que llevo en el teléfono me han salido como en cadena desde «Las murgas de Emilio el Moro» a «La Morralla» y un recuerdo cálido de hace 40 años ha vuelto a mí mente.

La querella del presidente

La abogacía del estado ha interpuesto una querella por prevaricación contra el juez que instruye la causa contra Begoña Gómez, esposa del presidente del gobierno. La querella se ha filtrado rápidamente, este es el texto.

Gazpacho de jeringuilla

Gazpacho de jeringuilla

Mi amiga Ana Maria Acero Velasco  me ilustra sobre las suertes del gazpacho y me dice en un comentario a un post anterior mío que, a este gazpacho al que yo llamo cartagenero mi amiga Damiana unionense y el resto de la región como mejor le pete, es conocido en España como «gazpacho de jeringuilla».

El nombre me horripila, pero lo compruebo y efectivamente es así. La propia Wikipedia recoge la receta de este gazpacho bajo el nombre de gazpacho de jeringuilla e incluso el propio Kisco García «chef» de Almodóvar del Río donde regenta un restaurante con una estrella Michelín, compruebo que recomendó ya en el año 2020 el gazpacho de jeringuilla como una de las delicatessen de las que no debería privarse ningún español llegado el verano.

Mucho más aún, el mismísimo Ateneo de Córdoba (un lugar donde ciertamente se entiende de gazpachos) nos ofrece una receta oficial del gazpacho de jeringuilla con, según sus señorías, exclusivamente de agua sal vinagre, aceite y pepino.

Tengo para mí que la omisión del orégano por los ateneistas es grave pecado pues le resta a este gazpacho de jeringuilla uno de sus mayores atractivos aromáticos y yo diría que incluso refrescantes.

No he logrado encontrar. el porqué de un nombre tan feo para una preparación culinaria tan sofisticada y si me lo permiten les recordaré de nuevo que esta mezcla de agua, sal y vinagre es la que, desde la noche de los tiempos, se ha venido utilizando por los agricultores de todo el mundo para hidratarse cual si de un isotónico avant la lettre se tratase.

Así nos lo cuenta la Biblia en el libro de Rut y así sabemos que se hidrataban los legionarios romanos. Fue esta mezcla de agua y vinagre la que —ya lo conté ayer— le ofrecieron al propio Cristo para calmar su sed en el madero.

Hijo de la posca este gazpacho de jeringuilla me ha hecho feliz muchas veces veranos. Y espero que lo siga haciendo en el futuro. Pero sobre todo lo que más me gusta es que con los comentarios de mis followers siempre aprendo algo nuevo, siempre me dan una idea nueva y hacen de mí una mejor persona.

Gracias followers, vamos a atacar este gazpacho.

Mazamorra, dips y toppings

Mazamorra, dips y toppings

Hoy para comer me he preparado un cuenco de mazamorra, ese protogazpacho con resabios de sinagoga que ocupó los paladares andaluces antes de que el tomate hiciese su aparición en el siglo XVI.

Al servírmelo he pensado en comerlo con unas regañás y ponerle por lo alto las aceitunas negras y el huevo duro que se ven en la fotografía y es ahí donde me ha asaltado la duda: ¿cómo explicar todo esto a un chaval que aún no está en la veintena? Y se me ha venido a la mente la imagen de una camarera o camarero de franquicia explicando al chaval: «La mazamorra es una especie de dip al que puedes colocarle los toppings que tú elijas, ya sean olivas, jamón, huevo, almendras laminadas…»

Y me he quedado pensando en cómo un producto con tanta historia detrás como la mazamorra (otro día se la cuento) puede ser desintegrado por una cultura de franquicias sin alma.

Maimónides se revolvería en su tumba si se enterase.