Recuerdo que de niño, cada vez que oía que el 12 de octubre era llamado «el Día de la Raza», se me producían naúseas casi físicas.
Recuerdo escuchar la expresión «Día de la Raza» y preguntarme ¿Qué narices me estarán queriendo decir con ese nombrecito? ¿Día de la Raza? ¿De qué raza? ¿Pero es que en España no sabemos todos que somos como los perros callejeros, unos mil leches producto de los cien pueblos y pueblas que han pasado por la península ibérica a lo largo de la historia?
La raza… ¡menuda raza! desde que neandertales y cro magnones habitaban la península hace más de 30.000 años por aquí ha pasado todo bicho viviente: los homo sapiens de los campos de urnas, los indoeuropeos, los iberos, los celtas, los fenicios, los griegos, los carthagineses, los romanos, los suevos, los vándalos, los visigodos, los árabes, los gitanos, los judíos, los alemanes de Mallorca, los ingleses de Magaluf y hasta magyares como Kubala y Puskas.
¿Raza dice usted? ¿Día de «La Raza»? Deje que me descojone, caballero.
En mi infancia lo del «Día de La Raza» era el nombre que algunos «falangistas valerosos» aplicaban a la festividad del 12 de octubre, día que, por aquellos tiempos, se conocía oficialmente como el «Día de la Hispanidad», un nombre que a mí me caía bien y que no entendía que nadie quisiera sustituir por el, a mi juicio repulsivo, nombre de «Día de la Raza».
Pero ya se lo dije al principio: soy un ignorante, desconozco muchas cosas y a menudo juzgo demasiado rápidamente.
No digo que quienes utilizaban entonces e incluso ahora la expresión de «La Raza» no lo hiciesen con una intencionalidad ideológica digna de un cráneo fraguado con hormigón de búnker berlinés, lo que digo es que por las mentes de quienes idearon la expresión «Día de la Raza» no pululaba ninguna de las ideas que yo, prejuiciosamente, les atribuía.
La existencia en Sevilla, junto al Parque de María Luísa, de un «Monumento a La Raza» inaugurado en 1929 debió hacerme sospechar. El monumento, una especie de mural, luce unos versos del poeta nicaragüense Rubén Darío que dicen textualmente:
«Ínclitas razas ubérrimas,
sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos,
luminosas almas, ¡salve!»
Total ná, «razas ubérrimas», «Hispania fecunda», «espíritus fraternos», «luminosas almas»… Rubén Darío no podemos decir que se quedase corto, no…
Pero ¿qué significa todo esté galimatías?
Mi desconcierto alcanzó niveles máximos cuando descubrí que, en países americanos como Honduras, aún se celebra el «Día de la Raza», así, con este nombre. Al conocer ese dato me quedé petrificado de piedra basáltica del volcán Popocatéptl.
Y fue bueno que me quedase de piedra de este volcán mexicano porque de México llega la explicación más plausible de todo esté galimatías de la mano —o mejor dicho de la pluma— del principal intelectual de la Revolución Mexicana, es decir, de Don José Vasconcelos y Calderón.
Resulta que esté prolífico autor, verdadero apóstol de la educación de su estado, hombre que había ocupado relevantes puestos públicos en el gobierno mexicano y que fue incluso aspirante a la presidencia de la república, es el principal responsable de este asunto de «La Raza» que, como verán, es justamente todo lo contrario de lo que parece.
En el pensamiento de Vasconcelos los conceptos exclusivos de raza y nacionalidad debían ser trascendidos en nombre del destino común de la humanidad. Este pensamiento tuvo su origen en un movimiento de intelectuales mexicanos de la década de 1920, que apuntaron que los latinoamericanos tienen sangre de las cuatro razas primigenias del mundo: roja (amerindios), blanca (europeos), negra (africanos) y amarilla (asiáticos): la mezcla entre todas ellas da como resultado la aparición de una quinta y última, la más perfecta y sublime.
Resulta, pues, que «La Raza» a la que se refería originariamente el nombrecito «Día de la Raza» y la que cantaba el poema de Rubén Darío es justo a la nuestra, la de los perros callejeros, la de los «mil leches». La Raza de la que habla Vasconcelos es la raza de los antirracistas, la de los mestizos, la de todos en realidad porque, en el fondo, todos los seres humanos somos eso, mestizos.
Según Vasconcelos la América hispana es la suma de toda la humanidad, el punto culminante de su historia: América es donde se combina la hispanidad europea (síntesis de celtas, iberos, romanos, germanos) con «el espíritu contemplativo» del indio americano, «la sensualidad» del africano y «el sentido de unidad colectiva» del asiático. ¡Toma candela, Manuela!
Y a esta raza que no es raza, a esta raza antirracista, Vasconcelos (a quien ciertamente no le faltaban palabras) la bautizó nada menos que como «La Raza Cósmica» y se tiró el folio de publicar en Madrid, en 1925, un ensayo titulado así: «La Raza Cósmica».
Es así como se entiende que Rubén Darío, en el monumento a la raza de Sevilla, hablase de «Ínclitas razas ubérrimas» (en plural) y de «espíritus fraternos». Mientras que cualquier filósofo centroeuropeo con cráneo de hormigón y acero hubiese hablado del «Volkgeist» y de otras ideas de bigotito recortado, aquí, el Darío y el Vasconcelos, se tiraron un pegote verdaderamente cósmico:
—¿A nosotros nos váis a hablar de razas? ¡Tirad pal búnker, cabezas de cemento!
No creo necesario aclarar que este post no pretende ser del todo científico y que algo de ironía hay en él, tampoco pretendo saberlo todo sobre el pensamiento del recién descubierto por mí Vasconcelos y sobre su delirante idea de la «Raza Cósmica», de hecho, ya lo dije al principio, debo confesar que todo esto hace poco no lo sabía, que soy un ignorante, que había fundado mi juicio sobre premisas erróneas y que quizá también lo esté haciendo ahora.
Quiero decirles que siempre puedo estar equivocado, en suma.
Sin embargo no creo engañarles si les digo que prefiero esta raza de mestizos que a todos nos hace hermanos a cualquier otro intento racista, clasista, nacionalista o indigenista que pretenda desunir y eliminar todo aquello que nos convierte en esa «raza» mestiza de mil leches que hace que todos compartamos ancestros y, por lo tanto, nos convierte a todos en hermanos.
Autor: José Muelas
Mi sufijico materno
Como en mi figón habitual cuando, en la mesa de al lado, se sienta un matrimonio que requiere finústicamente la presencia del camarero y le solicita:
«Un «cafetito» cortado con leche sin lactosa y otro normal; una «flautita» de salmón y unas «galletitas» de las que se ven en el expositor del mostrador».
Casi me atraganto al oír tal barahúnda de flautitas, cafelitos y galletitas.
Recuerdo perfectamente cuando, de niño, el profesor nos enseñó que los diminutivos en castellano se hacían añadiendo el sufijo «-ito» a las palabras. Recuerdo que me invadió una sensación de repugnancia casi física, yo nunca había construído un diminutivo en -ito y, cuando escuchaba a alguien hacerlo, mi percepción era que se trataba de una cursilada insufrible, algo falso e impostado pues ¿cómo alguien en su sano juicio podía construir un diminutivo con el sufijo -ito, estando ahí mi natal -ico tan a la mano?
El cabreo que cogí esa tarde aumentó cuando el profesor añadió que -ito era la forma correcta y que si nosotros hacíamos el diminutivo en -ico era por nuestra natural burricie, esa misma burricie que nos llevaba a pronunciar «quinse» en vez de quince.
Recuerdo que me juré que yo nunca sería un cursi de esos que hacían los diminutivos en -ito y que, dijera lo que dijera el profesor, yo los haría siempre en -ico.
Luego pasaron los años y leí el Quijote y en él aprendí que lo que decía mi profesor era con toda probabilidad falso porque Cervantes, en esa obra, el diminutivo que prefirió era el terminado en -illo (114 veces) seguido por mi natal -ico (49 veces) y ya después el execrable -ito y otros sufijos válidos en lengua castellana (-uelo, -ete, -ejo…).
El diminutivo en -ico, además, a su función disminuidora añade una indudable función afectiva, una función afectiva tan grande que en algunos casos esta sobrepuja a la función disminuidora. El uso afectivo del -ico en la Diócesis de Cartagena me exigiría un extenso análisis de ejemplos pero, si son ustedes de aquí, me entenderán.
No pasó mucho tiempo antes de que consultara el Diccionario de la Real Academia Española y descubriese que el sufijo -ico era un castellano absolutamente correcto y reconocido por ella. Se lo transcribo literalmente:
«-ico, ca
1. suf. And., Ar., Mur., Nav., Col., C. Rica, Cuba y Ven. Tiene valor diminutivo o afectivo. Ratico, pequeñica, hermanico. A veces, toma las formas -ececico, -ecico, -cico. Piececico, huevecico, resplandorcico. En Colombia, Costa Rica, Cuba y Venezuela, solo se une a radicales que terminan en -t. Gatico, patica. Muchas veces se combina con el sufijo -ito3. Ahoritica, poquitico».
Y desde entonces sé que a Juan puedo llamarlo Juanico, Juanillo, Juanelo, Juanete o Juanito según me apetezca y sabiendo que cada diminutivo tiene no solamente una función disminuidora sino afectiva, ponderativa, despectiva, regional o de muchos otros tipos.
Y ahora, acabada mi colación, me voy a ir a casa y voy a dejar a este matrimonio con sus flautitas y galletitas.
Y que no se me enfade nadie, yo solo soy un zagalico de aquí.
Shem Tov el soriano
Hace un tiempo que ando sin ganas ningunas de escribir en redes sociales. Sin embargo, ayer, mi amigo Chichu Lucas de Pedro (un comunista leninista que se tiene ganado el infierno para tres reencarnaciones) sin duda con el ánimo de pincharme, me facilitó la noticia de que la casa Sotheby’s de Nueva York sacaba a subasta con un precio de salida de 5 millones de dólares un códice —teóricamente una copia de la Biblia— escrito por un judío soriano (Shem Tov ben Abraham) del siglo XIV.
Y supongo que muchos de ustedes se preguntarán ¿cómo un viejo códice puede llegar a alcanzar un precio tan alto?
Sin duda es algo a lo que merece que intentemos encontrarle una explicación sin perjuicio de que ya saben ustedes que el precio de una cosa es algo que no necesariamente responde al valor intrínseco de la misma sino al juego de la oferta y la demanda.
Así pues trataré aquí de ofrecer una explicación posible, aunque sea somera, y esto me conduce necesariamente a hablarles de la Biblia y de su «texto original».
Porque ustedes me habrán oído quejarme a menudo de las malas traducciones de la Biblia que corren por ahí y ustedes, con razón, se preguntarán si es que yo dispongo del original auténtico de la Biblia, porque malamente podré denunciar como errónea una traducción si el texto que yo manejo como original en realidad no lo es. Así que están ustedes plenamente legitimados para preguntar ¿dónde está el original de la Biblia?
La respuesta quizá les desilusione: el original de la Biblia no está en ningún lado porque, simplemente, no existe ningún original de la Biblia, tan solo tenemos supuestas copias de ella.
El Códice de Aleppo, un manuscrito datado en el año 930 EC es la primera copia de la Biblia que tenemos y no completa, puesto que un incendio destruyó toda la parte correspondiente a la Torá.
A día de hoy el llamado «Codex Leningradensis» (datado en el año 1008 EC) es considerado la copia más completa de lo que suponemos que era el original de la Biblia que tenemos; es decir, una copia realizada mil años después de Cristo y es este Códex Leningradensis el códice que hoy día se utiliza mayoritariamente por los expertos que llevan a cabo traducciones del Antiguo Testamento, es decir, de la Biblia hebrea.
Sabiendo que la copia más antigua que tenemos se realizó unos mil años después del fallecimiento de Cristo es legítimo que nos preguntemos hasta qué punto dicha copia es fidedigna en relación a los supuestos originales que trata de reproducir y esta pregunta nos conduce, a su vez, al trabajo de una serie de sabios a los que la historia conoce como los «masoretas».
Destruido el Templo de Salomón por primera vez por los babilonios el pueblo judío mantuvo su unidad en el exilio en torno a una serie de historias que se fueron recogiendo en una serie de documentos que, finalmente, acabaron constituyendo lo que hoy día conocemos como la Biblia hebrea y que, con leves diferencias, constituye la base del Antiguo Testamento.
Vueltos del exilio a su tierra y levantado el segundo templo que más tarde Herodes hermosearía y que fue el que conoció Jesucristo y sus apóstoles, todas esas historias fueron recogidas en una serie de colecciones de textos que, andando el tiempo y bastante siglos después de que Cristo muriese, acabaron convirtiéndose en la Biblia hebrea, nuestro Antiguo Testamento.
Pero el segundo templo también fue destruido en el año 70 por los romanos tras la revuelta judía que provocó una intensa y sangrienta represión y, destruido el templo, lo único que quedó al pueblo judío fueron de nuevo esas escrituras que recogían aquellos antiguos relatos y leyendas sobre los que se construyó una vez la unidad del pueblo judío.
Fueron una serie de sabios quienes afrontaron la tarea de evitar que aquellos textos se perdiesen y por eso comenzaron a copiarlos con un cuidado especialísimo en que fuesen fidedignos, aunque necesariamente añadieron a ellos una serie de anotaciones imprescindibles para que los judíos de las nuevas generaciones pudiesen entenderlos correctamente e incluso pronunciarlos como debían ser pronunciados; a estos sabios, se les llamó «masoretas».
Una de las cosas que hicieron estos masoretas fue añadir las vocales a los textos originales en hebreo y arameo pues, como quizá ustedes no sepan, el hebreo el arameo, el árabe, el fenicio y en general todas las lenguas semíticas, no escriben las vocales, sino tan solo las consonantes. La pronunciación de las palabras, por tanto, depende de la identificación y de la memoria del lector.
Si me lo permiten y para que entiendan mejor lo que digo, les pondré un ejemplo, si bien lo haré en fenicio porque, a fin de cuentas, voy a utilizar el nombre de mi ciudad para tratar de explicarles cómo funcionan los alfabetos semíticos.
El nombre fenicio de mi ciudad traducido al castellano actual es el de «ciudad nueva», dos palabras que en fenicio se escriben como ven a continuación (léase de derecha a izquierda).
𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕
Estos signos, transliterados, nos dan la expresión supuestamente
«Quart hadasht»
Pero esto es solo supuestamente puesto que los signos fenicios que hay escritos (en la primera palabra) se corresponden tan solo con las consonantes QRT (o KRT).
Las tres consonantes QRT significan exactamente «ciudad» y las puede usted encontrar en muchos lugares del Mediterráneo si bien con variación de las vocales que hay entre dichas consonantes como por en Cartaya o Carteya del mismo modo que, por ejemplo, también podemos encontrarlas dentro del nombre del dios Melkart donde, si se fijan, también encontrarán el triglitero QRT (KRT) que, en todos los casos, significa «ciudad».
Cuáles fueran las vocales que existían entre la Q (K) la R y la T realmente no es posible saberlo, salvo que tengamos algún testimonio indirecto de alguien que escuchase a algún carthaginés o algún fenicio pronunciar esa sucesión de consonantes.
Otro ejemplo sería la sucesión de consonantes MLQ (MLK) que significa rey o señor, una sucesión de consonantes que podemos encontrar en nombres antiguos como Melquisedec o Abimelec y en nombres todavía usados como Malaquías.
¿Y en Melkart? Pues sí, también, y ahí pueden ver ustedes que se conjugan las sucesiones MLK (rey o Señor) y KRT (ciudad) de modo que podemos traducir el nombre «Melkart» como «el rey o el señor de la ciudad» de forma que no sea de extrañar que este fuese el nombre de la deidad supremos para los fenicios de la ciudad de Tiro y sus secuelas cartaginesas pues su propio nombre nos lo indica. Personajes importantes de la historia de Carthago llevaron nombres teofóricos que incorporaban el nombre de Melkart como Amílcar (Amelkart) Barca (BRK), que traducido (Amílcar, 𐤇𐤌𐤋𐤒𐤓𐤕) resulta «el hermano de Melkart».
Y ahora que he pronunciado el apellido «Barca» no puedo resistirme a contarles que la sucesión de consonantes BRK significa «rayo» y podemos encontrarla, no solamente en el apellido de la familia BaRKa, sino también en filósofos como BaRuK Spinoza (reparen en la BRK) o incluso en el nombre del ex-presidente de los Estados Unidos Barack (BRK) Obama.
Pero volvamos al tema que nos ocupa. Para todos aquellos judíos de la diáspora que no sabían o no conocían cómo se pronunciaban las palabras en hebreo o arameo que estaban escritas en los textos sagrados tan solo en forma de consonantes, los judíos masoretas decidieron inventar una forma de marcado que indicase las vocales a los judíos que no dominaban la pronunciación y así lo hicieron meticulosamente en todas las palabras salvo en una, justo esa que se escribía con las cuatro consonantes a las que hoy conocemos como tetragramatón: YHWH.
¿Qué vocales deben colocarse entre esta sucesión de consonantes?
No lo sabemos: la prohibición de pronunciar el nombre de Dios mas que en unos pocos momentos señalados y solo por el sumo sacerdote hizo que se olvidase cómo se pronunciaba exactamente el nombre de Dios y cuáles eran las vocales que iban entre las consonantes YHWH. Los diversos copistas colocaron entre las cuatro consonantes vocales diversas y así, por ejemplo, hoy día nos ha resultado la palabra «YaHWeH» o la palabra «YeHoWaH» dependiendo de las vocales que cada uno decidiese escribir entre las consonantes y que, debo adelantárselo, tampoco eran vocales seleccionadas al azar, sino con unas intencionalidades muy concretas.
Los masoretas indicaron además palabras malsonantes que no debían ser pronunciadas, aunque aparecían en los textos sagrados e incluso llegaron a sustituir la palabra YHWH por Elohim o Adonaí al igual que introdujeron comentarios marginales o finales (masoras) para la mejor inteligencia del texto.
Pues bien, el trabajo de los masoretas —es preciso decirlo— fue cuidadosísimo; de hecho computaban las letras, el número de caracteres, incluso las letras mal escritas o el tamaño de las mismas para tratar de que sus copias fuesen absolutamente fidedignas al original, pues ese era su trabajo.
La exactitud del trabajo de estos judíos masoretas en cierto modo ha sido confirmada por la aparición reciente de los manuscritos del Mar Muerto, entre los cuales destaca el «Gran rollo de Isaías» el texto del libro del profeta que forma parte Antiguo Testamento o Biblia hebrea
Es verdad que el gran rollo de Isaías hallado en el Mar Muerto, tampoco es original, sino una copia, pero es una copia de aproximadamente del siglo segundo antes de Cristo, mientras que las copias de que disponemos ahora singularmente el Codex Leningradensis es una copia mil años posterior al fallecimiento de Cristo, con lo cual deberíamos suponer que, por la cercanía en el tiempo, este gran rollo de Isaías hallado entre los manuscritos del Mar Muerto podría ser una magnífica piedra de contraste para verificar la exactitud de las copias masoréticas.
Y sí, para sorpresa de muchos, la identidad entre el el gran rollo de Isaías hallado en el Mar Muerto y los textos del libro del profeta Isaías contenidos en el Antiguo Testamento resulta, hasta cierto punto, sorprendente.
Dicho de otro modo, los judíos masoretas tuvieron bastante éxito en su labor de mantenerse lo más fidedignos posible a las copias que ellos, a su vez, supusieron fidedignas de las copias de los documentos que, alguna vez, fueron originales.
Así pues y dicho esto debemos concluir que es imposible señalar a un solo códice o documento como el original de la Biblia pues simplemente este original se perdió hace muchos, muchos, siglos y ya no tenemos acceso a él sino solo a estas copias de que les estoy hablando.
Y a día de hoy —y esto le gustará a mi amigo Chichu Lucas de Pedro— el códice más fidedigno que hay en opinión de los principales expertos al texto original hebreo es el Codex Leningradensis, el cual se encuentra en la actual San Petersburgo y, dicho esto, supongo que a Chichu le gustará saber que el códice, a pesar del cambio de nombre de la ciudad, sigue denominándose Codex «Leningradensis», nombre este de resonancias marxistas que debe satisfacer las más oscuras expectativas de mi soviético amigo.
¿Y qué pinta en todo esto el judío soriano Shem Tov Ben Abraham y su copia del Antiguo Testamento?
Pues, aparte de su valor como antigüedad, sin duda influye que el mismo está lleno de referencias, al desaparecido Códice Hillel, un códice del siglo VII que pasaba por ser una de las más autorizadas versiones de la Biblia Hebrea.
Es por eso que el códice del judío soriano Shem Tov también tiene un valor especial.
Quizás sea conveniente decir en este punto que el códice Hillel sobre el que trabajó Shem Tob fue destruido por los musulmanes, por los almohades, no sea que alguno de mis lectores sienta la tentación de creer que fue la Inquisición la que acabó con el texto. La fe del pirómano no es exclusiva de la Inquisición y la han utilizado prácticamente todas las religiones del mundo.
Así pues no tengo duda de que el soriano Shem Tov, aunque por ser judío no comiese torreznos, es uno de los sorianos universales y que merecen estar en la lista de hijos ilustres de Soria por derecho propio. Estoy casi convencido que ningún seríano ha escrito un libro que alcance en el mercado un valor comparable al escrito por este judío castellano que vivió en los siglos XIII y XIV de nuestra era.

Privacidad e intervención de las comunicaciones
Pavel Durov, el fundador de Telegram, ha sido detenido por orden de un juez francés y esta acción vuelve a traer al primer plano un debate fundamental para el futuro de nuestra sociedad.
Tratemos de poner las cosas en contexto.
El derecho al secreto en las comunicaciones y el derecho de los estados (en exclusiva el poder judicial) a intervenir las mismas son dos derechos en pugna. Sabemos que el derecho al secreto en las comunicaciones puede ser una herramienta útil para que determinadas organizaciones criminales consigan sus fines, del mismo modo que, sin secreto en las comunicaciones, la causa de la libertad quedaría inerme en países dictatoriales, al igual que muchos periodistas verían en peligro sus vidas así como cualquier disidente de la clase que sea.
Poder vulnerar el secreto de las comunicaciones es la aspiración legítima del poder judicial pero es también el sueño húmedo de la mayoría de los estados, desde los desvergonzadamente dictatoriales hasta los aparentes campeones de la democracia y la libertad ¿O es preciso recordar cómo Estados Unidos —por ejemplo— ha visto desvelados sus no muy limpios manejos en casos como el de Wikileaks, Prism o Echelon?
Pero esto no es solo una cuestión de estados y organizaciones criminales (que a veces son la misma cosa) sino de una particular forma de economía a la que se ha dado en llamar «capitalismo de vigilancia» (surveillance capitalism), un modelo de negocio fundado en la vigilancia, recopilación y uso de nuestros datos. Esto es válido no sólo para los datos que exponemos libremente en nuestras redes sociales, sino incluso para aquellos que compartimos por un correo electrónico que debería ser siempre secreto y que en la generalidad de los casos no lo es. Hoy nuestros datos alimentan inteligencias artificiales, algoritmos de mercadotecnia y publicidad e incluso forman parte de campañas de alteración de opciones políticas.
Si mira usted el listado de las cinco primeras empresas estadounidenses verá que estás son
Apple, Microsoft, Alphabet (Google), Amazon y NVIDIA, todas ellas empresas de nuevas tecnologías y en su inmensa mayoría proveedoras de servicios de correo, almacenamiento, mensajería y similares.
Puede usted imaginar que estas empresas, como los estados, tampoco desean que las comunicaciones de usted sean absolutamente privadas, es más le ofrecen gratis sus servicios a los consumidores y creo que usted puede imaginar fácilmente por qué.
Si la sociedad manifiesta sus temores al respecto de la privacidad siempre hay un oportuno caso de pedofilia o tráfico de drogas que hace que esa misma sociedad reconsidere sus demandas y es por eso que —fuera de las demandas de algún activista (que acaba exiliado o en prisión generalmente) o de algún minoritario partido pirata— este asunto no parece interesar a nadie. Para cuando interese me temo que el problema no tendrá remedio; de hecho es posible que ya no lo tenga.
Hoy sin embargo me he encontrado con la atractiva personalidad de Meredith Wittaker (la chica de la foto que ilustra el post), cara visible de una empresa de mensajería (Signal) comprometida con el secreto de las comunicaciones, el cifrado y la privacidad.
Leo su entrevista en Wired y veo que afirma que «todos tenemos un análisis claro del capitalismo de vigilancia y de lo que está en juego con la vigilancia masiva en manos de los poderosos» y pienso que esa claridad de visión será en su empresa, en Signal, porque en la sociedad todos los días nos dejamos ganar mansamente esta batalla y ya la mayoría piensa que está sociedad de la vigilancia es la forma natural en que ocurren las cosas.
Y, mientras, el debate entre la justa intervención y el imprescindible derecho al secreto en las comunicaciones se sigue cerrando una y otra vez siempre en el mismo sentido en medio de la indiferencia de todos.
El informe oral y las complicidades culturales
Debo confesar que el último post es particularmente espeso y en el se mezclan desde la geometría fractal a la teoría del caos pasando por las ecuaciones no lineales y los atractores extraños.
Mientras lo escribía, pensaba que el riesgo de resultar absolutamente incomprensible a mi audiencia era altísimo. No obstante, tengo en mucho la inteligencia de mis lectores y por eso me permití dar rienda suelta a mis demonios íntimos, algunos de los cuales tienen mucho que ver con la ciencia. Naturalmente mi amigo Chichu Lucas no desaprovechó la oportunidad de responder a aquel galimatías en redes sociales con la respuesta obvia; es decir, «la gallina» y de paso trató de pincharme manifestando que pagaría por escuchar un informe mío en sala en el que hablase de Laplace de Newton o de Mandelbrot.
Créanme que lo esperaba. Ese castellano, comunista irredento, suele siempre dispararme a la línea de flotación en sus comentarios y le prometí que contestaría a su maldad con un post y ese post es este.
Recuerdo que, cuando comencé a ejercer, yo daba por supuesto que el nivel cultural de cualquier juez magistrado o abogado era muy superior al mío y daba también por supuesto que, cualquier referencia que yo hiciese a un texto literario o a cualquier tipo de teoría filosófica sería conocida incluso con más profundidad que yo por el magistrado o por el compañero que ocupaban el resto de los lugares del estrado, pero me equivocaba.
Recuerdo también que en una de mis primeras apelaciones civiles, que por entonces se hacían oralmente, se me ocurrió que ante un informe particularmente abstruso de la parte contraria vendría muy al pelo el que yo de alguna forma parodiase ese conocido texto del Quijote donde Cervantes cita los disparatados razonamientos de Feliciano De Silva en concreto aquel que dice (y cito de memoria) aquello de:
«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace en tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de vuestra fermosura».
Añadiendo a continuación Cervantes
«y con este y otros razonamientos que no hubiese entendido el mismo Aristóteles, aunque naciese solo para ello…».
A mí esta cita me parecía muy a propósito para subrayar que el razonamiento intrincado de mi compañero resultaba incomprensible. La juventud es imprudente y yo lo era, los años te enseñan —a veces incluso a golpes— a ser humilde.
Como la figura literaria era prácticamente una copia del texto cervantino yo daba por sentado que los magistrados conocerían de sobra tal pasaje. Mi sorpresa fue grande cuando me percaté de que ninguno de ellos pareció darse cuenta de que yo estaba citando precisamente el Quijote.
Y dicho esto de este caso debo decir que en otros la complicidad intelectual con el magistrado que ha juzgado algunos de los procedimientos en que he intervenido ha sido mayúscula. Recuerdo incluso un magistrado sevillano que, en su sentencia, me fue señalando exactamente dónde estaba yo realizando paráfrasis o citas literales de conocidas obras que él, por supuesto, tenía en la punta de los dedos.
Desde esos días aprendí que no se puede informar en sala sin al menos tener una cierta idea de cuáles son las complicidades intelectuales que pueden vincular al abogado que informa con la audiencia que escucha, lo cual es de capital importancia, por ejemplo, en los juicios con jurado.
Ten cuidado incluso con las palabras que usas, pues puede suceder que las que para ti sean habituales y fácilmente inteligibles no lo sean para tu audiencia. Recuerdo un caso divertido que me sucedió hace años cuando el compañero que llevaba la defensa de la parte contraria trató de introducir documentos nuevos en el proceso en momento inhábil. Me opuse y formulé un conato de razonamiento en el que dije
—Mi compañero, de forma sibilina…
No bien escuchó la palabra «sibilina» mi —por otra parte muy querido— compañero se irguió y protestó
—¡Señoría!
Traté de explicarme diciendo que «sibilina» no era ningún adjetivo peyorativo sino que hacía referencia a la Sibila y… No hubo caso, el juez ni me dejó comenzar
—Estoy seguro letrado que es usted capaz de decir lo mismo con otras palabras.
Al pronto me indigné, esto no podía estar pasando en una sala de justicia, sentí ganas de hacer sangre pero, al fin, un abogado sabe que no está en sala para entrar en debates lexicológicos, de forma que lo dejé pasar y formulé mi protesta de otro modo pensando en qué, algún día, podría contar el suceso a quien quisiera escucharme. Han pasado los años precisos y creo que puedo.
El mundo del foro es variopinto, conozco jueces con profundísimos conocimientos literarios, algunos de ellos magníficos poetas; también conozco jueces cuyo bagaje cultural no parece ir mucho más allá de las leyes y jurisprudencia que han estudiado. También conozco otros jueces que, pretendiendo aparecer como especialmente dotados de cultura, lo único que hacen es retorcer el lenguaje hasta extremos grotescos. Les pongo un ejemplo.
En los años 90 yo era un abogado que se dedicaba, básicamente al tráfico de vehículos y a defender compañías de seguros. Como pueden imaginar pocas cosas menos glamurosas hay en el mundo del derecho que hablar reiteradamente de colisiones por alcance de distancias de seguridad o del respeto a la regla de la mano derecha.
Por eso para mí era divertidísimo leer las sentencias de un determinado magistrado que se caracterizaba por retorcer el lenguaje hasta extremos verdaderamente delirantes; por ejemplo, a mí me hacía especial gracia que, para contarnos que dos vehículos habían chocado, escribiese cosas como está
«siendo el vehículo del actor recipiendario de un acometimiento material…»
A mí aquellas fórmulas me movían a la risa más incontenible y, sin embargo, me di cuenta de que para muchos de mis compañeros el magistrado en cuestión y sus sentencias pasaban por ser un modelo de erudición y dominio del lenguaje. Tomé nota.
Nunca desde entonces he tratado en sala de fundar ningún informe sobre ningún tipo de complicidad cultural que yo no esté absolutamente seguro que compartimos tanto yo como la audiencia; es decir, que mi amigo Chichu puede estar tranquilo.
Nunca he hablado de Laplace en sala ni de sistemas caóticos ni de ecuaciones no lineales ni de Mandelbrot ni de sus fractales.
Y el caso es que alguna vez me ha apetecido, pero entre las funciones de un orador, la primera es hacer que su discurso sea inteligible por la audiencia y no olvidar nunca que su objetivo es persuadirla, no demostrarle que uno tiene amplios conocimientos de todos los campos de la ciencia y la cultura.
En fin, que el informe oral en Sala es un trabajo extremadamente complejo y que, como diría ese magistrado retorcedor del lenguaje del que les hablé antes, siendo las audiencias y los jueces los recipiendarios del mensaje uno ha de cuidar que el mismo sea inteligible para ellos y muy especialmente en los juicios con jurado, así que mejor no retorcer el castellano y mucho menos usar como premisas pensamientos absolutamente desconocidos para la audiencia.
Para hablar de atractores extraños, Laplace o Mandelbrot ya tenemos las redes sociales
Agita tus alas
Hace unos cinco días escribí un post en el que les preguntaba si eran ustedes de los que consideraban que el futuro estaba escrito o si, por el contrario, eran de los que opinaban que nuestras acciones eran susceptibles de determinarlo. En suma, si creían ustedes o no en la predestinación.
Les conté como la física clásica entendía que era perfectamente posible predecir el futuro y decirnos cómo fue el pasado siempre y cuando contásemos con los datos suficientes; es decir, que si conocíamos los datos precisos sobre la órbita de la Tierra o de un planeta alrededor de un astro, no habría problema en predecir dónde estaría nuestro astro en el futuro y donde estaba en el pasado. La naturaleza era un mecanismo de relojería regulado por leyes que nos permitían saber cómo sería el futuro y cómo fue el pasado.
Esta idea la expresó con toda claridad en 1776 el matemático francés Laplace cuando afirmó que, si conociésemos la velocidad y posición de todas las partículas del universo en un momento dado podríamos predecir con toda precisión el futuro y narrar cómo fue el pasado.
La realidad es que el asunto no es tan fácil y es aquí donde debo contarles la historia de Edward Lorenz, un meteorólogo hoy famoso.
Edward Lorenz trabajaba en 1963 en unas ecuenciaciones que le permitiesen efectuar predicciones sobre el clima. En un cierto momento introdujo las ecuaciones en el computador para ver de forma gráfica los resultados y, como los ordenadores eran lentos en aquella época, marchó a tomar el té. Posteriormente trató de reproducir el experimento introduciendo los mismos datos y se encontró con que el ordenador arrojó un resultado absolutamente distinto al que había arrojado en el primer experimento. Sorprendido por el resultado Edward Lorenz trató de averiguar la causa de aquella tremenda discrepancia y halló que en el primero de los experimentos había suministrado a la computadora datos con hasta el sexto decimal de precisión, mientras que en el segundo tan solo había introducido datos hasta el tercer decimal de precisión y, sin embargo, una variación de diezmilésimas en los datos iniciales provocaba unos resultados finales absolutamente dispares. Esta observación se considera el principio de la teoría del caos.
Que pequeñas variaciones mínimas en las condiciones iniciales den lugar a tremendas diferencias en los estados finales es algo que resulta verdaderamente sorprendente, pero que desde luego no anula esa afirmación de Laplace de que si conociésemos «con toda precisión» los datos que afectan a cada partícula del universo podríamos predecir tanto el pasado como el futuro. Es por eso que, antes que otra cosa, debemos preguntarnos si podemos medir «con absoluta precisión» los datos porque, si no podemos medirlos con absoluta precisión y pequeñas variaciones en los datos iniciales producen grandes diferencias en los estados finales en los sistemas caóticos, parece evidente que nunca podremos predecir nada y en este punto seguramente es oportuno recordar un artículo que en 1967 publicó el hoy famosísimo matemático Benoit Mandelbrot, un artículo titulado «¿Cuánto mide la costa de Gran Bretaña?»
Trato de resumirlo. Si ustedes se proveen de un metro y se deciden a medir cuánto mide la costa de Gran Bretaña obtendrán un determinado resultado. Pero el resultado no será exacto, porque en cada trozo de costa medido con ese metro habrá entrantes y salientes que no han sido perfectamente, medidos con con la herramienta. Naturalmente que en lugar de un metro podemos utilizar una vara de 50 centímetros, pero igualmente volveremos a obtener una diferencia porque en esos 50 centímetros existen entrantes y salientes que no coinciden con la rectitud de la vara y lo mismo nos irá pasando según vayamos reduciendo nuestro patrón de medida.
No les sorprenderá que el matemático que escribió este artículo Benoit Mandelbrot fuese el padre de los hoy famosísimos fractales.
Dado que el continuo de los números es infinito siempre tendremos un grado mayor de precisión del que hemos medido de forma que lo cierto es que nunca podremos medir con absoluta precisión la costa de Gran Bretaña.
Si a esta imprecisión de la medida le unimos esa característica especial de los sistemas caóticos de que la más leve modificación en los valores iniciales nos conduce a resultados que pueden ser absolutamente distintos desde luego tendremos que reconocer que en los sistemas caóticos el futuro no está escrito y que depende de hasta las más mínimas variaciones, pudiendo tener estas, por mínimas que sean, consecuencias imprevisibles.
Permítanme que les diga ahora que en los «Sistema dinámicos» un **atractor** es un conjunto de valores numéricos hacia los cuales un sistema tiende a evolucionar, dada una gran variedad de condiciones iniciales en el sistema. Geométricamente, un atractor puede ser un punto, una curva, una variedad o incluso un conjunto complicado de estructura fractal y es ahí donde tiene sentido la ilustración de este post pues Edward Lorenz, cuando obtuvo la representación geométrica de sus observaciones sobre los sistemas caóticos, obtuvo la imagen que ven en la fotografía.

A este tipo de atractores se les llama «atractores extraños» e ilustran bien esos sistemas caóticos en los que, la más mínima variación, puede generar consecuencias impredecibles, como en el caso del clima, la economía, las biología, la sociedad o los enjambres.
Seguramente mirando la ilustración te has percatado del parecido de este «atractor extraño» con un cierto insecto de grandes alas. Y sí, su parecido no es sólo formal, porque tú y yo sabemos que el aleteo de una mariposa en África puede dar lugar a un ciclón en Florida, que es justo lo que nos dice la teoría del caos.
Por eso no te preguntes nunca si tus acciones tendrán o no importancia, si servirán para obtener una pasarela al reta o no, tú, simplemente, agita tus alas y deja que la física, la biología, las matemáticas y las dinámicas de enjambre se ocupen del resto.
Haz lo que sientes que has de hacer, tú no lo sabes pero tu trabajo puede ser el que marque la diferencia entre el fracaso y el éxito.
Vamos.
Persevera, per severa, per se vera
Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser. (Baruch Spinoza)
Recuerdo cómo estaban los ánimos en mi ciudad en 1993. La reconversión industrial golpeaba la comarca de Cartagena y, en La Unión, por ejemplo, miles de personas se enfrentaban a un traumático final de la minería. Tras haber convertido la bahía de Portmán en un vertedero y haber hecho de ella el punto más contaminado del Mediterráneo, la multinacional Peñarroya vendió por un euro todos sus derechos en la Sierra Minera a conocidos empresarios locales para que estos llevasen a cabo las siempre sucias tareas de cierre. La continuidad de la minería en la zona había enfrentado a vecinos de La Unión con vecinos de El Llano del Beal: los primeros querían continuar con la actividad a toda costa, pues de lo contrario perderían sus trabajos, los segundos defendían su pueblo y sus propiedades, pues, el filón, pasaba justo bajo sus casas y continuar con las explotaciones mineras suponía desalojarles de sus hogares y borrar el pueblo del mapa. Los ánimos se crisparon y los habitantes del Llano se prepararon para resistir e impedir el avance de la cantera, resulta curioso recordar que los ánimos llegaron a alterarse tanto que, en el Llano del Beal, Herri Batasuna obtuvo unos magníficos resultados en las elecciones de esos años.
Y si la Sierra Minera era un polvorín no menos lo era la ciudad de Cartagena. La Primera Guerra del Golfo y la huida del capital Kuwaití se había unido a la reconversión industrial y las grandes empresas de la ciudad cerraban una tras otra, desde la Empresa Nacional de Fertilizantes a Potasas y Derivados pasando por industrias clásicas de Cartagena como la «Española del Zinc» o la popular «Desplatación». La revuelta obrera era cada vez más violenta y se había llegado al extremo en 1992 cuando, durante unos durísimos disturbios y en oscuras circunstancias, resultó incendiado el Parlamento Autonómico de la Región de Murcia (foto) cuya sede está en Cartagena. El humo y las llamas saliendo del Parlamento eran una ilustración casi perfecta del estado en el que se encontraban los ánimos de los cartageneros en aquellas fechas. A pesar de sus 200.000 habitantes muchos cartageneros comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de buscar un futuro fuera de la ciudad; un triste final a 3.000 gloriosos años de historia.

Sin embargo, quiénes así pensaban olvidaban que esta ciudad contaba con un capital que estaba ante sus ojos. Contaba con una magnífica ubicación y un puerto de calidad superlativa —Asdrúbal y sus carthagineses sabían lo que hacían— contaba todavía con un importante tejido industrial (la primera refinería de petroleos de España y un importante sector de construcción naval) y sobre todo contaba con cartageneros y cartageneras que nunca habían perdido su consciencia de pertenecer a una ciudad única en el mundo, superposición visible de pueblos prerromanos, fenicios, carthagineses, iberos, romanos, bizantinos y así hasta completar treinta siglos de historia.
El grado de destrucción del centro de la ciudad llegó a tal punto que incluso fue utilizado para grabar películas bélicas ambientadas en lugares como Beirut u otras localizaciones de Oriente Medio. Durante estas películas se llevaban a cabo demoliciones en pleno centro de la ciudad (vean, por ejemplo, el film «Navy Seal» y se entretendrán un rato comprobándolo) y todo aquello parecía que acabaría con el definitivo abandono del casco antiguo y la marcha de los vecinos a vivir a las urbanizaciones del extrarradio.
Sin embargo esta puñetera ciudad es resistente y si lleva tres mil años aquí no es por casualidad. Justo durante las explosiones y la grabación de las películas de que les hablo, en el mismo lugar en que se grabó la demolición de un hotel en el film «Navy Seal», comenzaron a aparecer restos arqueológicos que hicieron palidecer a los arqueólogos. La ciudad, desnudada hasta el extremo, devolvía a los bárbaros que la maltrataban un tesoro de valor incalculable: el perdido teatro romano de Carthago Nova.
La recuperación del teatro llevó lustros pero con la recuperación del mismo corrió pareja la recuperación de la ciudad y, en el más puro estilo de esta jovencita de 3000 años, lo hizo perseverando en sí misma.
El puerto creció, la refinería y el tejido industrial crecieron, pero, sobre todo, creció la presencia de la vieja y siempre joven Carthago Nova. En un centro de la ciudad tan abandonado por sus habitantes como vil y suciamente expulsados de él por especuladores y administraciones sin alma, comenzaron a aparecer viejos e íntimos trozos de nuestra joven adolescente. Ya no era solo el Teatro Romano, eran termas y templos que permitían a los habitantes de la ciudad tocar lo mismo las piedras de la iglesia de su patrona que las basas y fustes de las columnas del viejo templo de la diosa-sirena Atargatis o la diosa madre Isis. Mucha gente se pregunta erróneamente por qué los cartageneros son como son cuando lo que habrían de preguntarse es justamente lo contrario: cómo podrían ser de otra manera viviendo en un lugar así.
Si Cartagena ha salido adelante durante estos años ha sido siempre siendo ella misma, perseverando en su esencia y es por eso que, si en algún lugar resulta particularmente cierta la afirmación del filósofo Baruch Spinoza de que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», ese lugar se llama Cartagena.
Y si la ciudad nos ha enseñado esto a lo largo de la historia ¿por qué no la escuchamos?
Podemos dedicar decenas de millones de euros a construir un carísimo auditorio, pero al final del viaje no tendremos sino lo que muchas otras ciudades tienen y de mejor calidad; podemos dedicar carísimas inversiones a ciclos sobre manifestaciones culturales extranjeras pero, al final del camino, siempre preferiremos los lugares y ambientes originales a las copias.
Con el dinero invertido en un auditorio de calidad parecida al de muchas otras ciudades se podría haber recuperado ya el anfiteatro romano, amalgama única en el Mediterráneo de espectáculos fundados en la muerte, pues Plaza de Toros y Anfiteatro se funden y superponen. ¿Cuántas ciudades en el Mediterráneo tienen algo así?
Nadie llega a ser Elvis imitando a Elvis, nadie llega a ser Picasso tratando de copiar a Picasso; si hemos de ser algo seamos antes que nada auténticos, seamos nosotros mismos. Nuestra ciudad no necesita ser ninguna otra ciudad distinta de la que es para tener éxito, lo lleva demostrando tres mil años, sería muy bueno que nuestra administración y nosotros mismos la ayudásemos en su tarea.
Nada nos ha sido tan rentable como ser nosotros mismos, así pues, ¿por qué no perseveramos en ello?. Si lo mira usted bien, ser nosotros mismos es lo que mejor sabemos hacer y en eso no tendremos nunca competencia.
Pronto estrenaremos un nuevo curso, sería bueno que nuestros políticos estrenasen también nuevas mentalidades.
Generalizaciones apresuradas
En lógica, la generalización apresurada es una falacia que se comete al inferir una conclusión general a partir de una prueba insuficiente. Una generalización apresurada puede dar lugar a una mala inducción y por tanto a una conclusión errónea.
Pongamos un ejemplo: el número de hombres en las cárceles españolas supera al de mujeres en una proporción de 12 hombres por cada mujer. En enero de 2018 había en prisión 54.753 hombres frente a 4.368 mujeres. ¿Podemos establecer como norma general que los hombres son «malos» y las mujeres «buenas»?
Si añadimos otro dato quizá lo veamos más claro: en 2018 en España había una población de 22,8 millones de hombres de los cuales estaban en prisión 54.753; es decir un 0,2%. Con tan sólo un 0,2% de hombres reclusos ¿podremos afirmar legítimamente que los hombres «son malos» o más bien que un número ínfimo de hombres lo son?
La falacia de la generalización apresurada es muy querida por los políticos sin escrúpulos pues, seleccionando los datos a conveniencia, pueden sustentar cualquier disparate que se les ocurra y, por alguna razón, de entre los múltiples criterios que nos permitirían segmentar a reclusos y delincuentes, el del origen geográfico o étnico es el que parece preocuparles especialmente.
Vean el cuadro que les ofrezco, el cual contiene datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y que refleja, entre otras cosas, el número de españolas y africanas condenadas por delito en 2022. Si miramos los datos pareciera que las mujeres españolas son verdaderamente peligrosas pues delinquen 25 veces más que las africanas ¿Sería legítimo considerar «peligrosas» a las españolas y establecer para ellas políticas especiales de seguridad? Obviamente no, sería una burda generalización apresurada.
Por otro lado ¿qué sentido tiene usar como criterio el país de origen o el sexo de los delincuentes y no otros criterios seguramente más apropiados tales como el nivel económico o cultural de los delincuentes?
¿Delinquen las personas más o menos por haber nacido aquí o allá o delinquen más o menos en función de su nivel cultural o económico?
Miro la prensa, la TV y las redes y noto cómo pulsiones de odio y de pensamiento esclerotizado tratan de camuflar bajo un manto de pseudociencia lo que no son sino instintos atávicos anclados en el nivel más bajo de la conciencia humana.
Y lo malo no es que puedan cometerse errores por generalizar apresuradamente, lo malo es que hay políticos que fomentan el error, cuando no el engaño, para justificar sus inícuas ideas.

Provincianismos
España es un país curioso donde todos parecen saber que Iniesta es el futbolista «de Fuentealbilla», Sergio Ramos o Curro Romero son el defensa y el diestro «de Camas» y que el vino es de Valdepeñas, sin que nadie se sienta obligado a aclarar que Fuentealbilla es un pueblo de Albacete, Camas un municipio colindante con Sevilla (río Guadalquivir de por medio), o que Valdepeñas es un municipio de Castilla-La Mancha.
Turrón de Jijona, peladillas de Alcoy, ajo de Las Pedroñeras, melón de Villaconejos, finos de Montilla-Moriles, torta del Casar, queso de Cabrales… Parece que nadie considera necesario aclarar a nadie dónde se encuentran estas localidades, los autores presumen informada a su audiencia salvo, claro está, que hablen de la Región de Murcia.
Los andaluces en esto son maestros y desde antiguo entendieron que Utrera no está en Sevilla ni Antequera en Málaga, que Utrera está exactamente en Utrera y que Antequera está justamente donde ha de estar: en Antequera; y es precisamente por eso que los mostachones son de Utrera y no de Sevilla en tanto que los molletes vienen de Antequera y no de Málaga.
Nadie en Andalucía parece necesitar explicar que Jerez «está en Cádiz» (lo cual es, por otro lado, absolutamente falso) o que Ronda «está en Málaga». Más aún, si nos vamos al mundo del flamenco esta forma administrativo-provinciana de hablar movería a la risa más desaforada: ¿Imagina usted a un crítico musical hablando de la «Soleá de Alcalá (Sevilla)»
—¿Qué idiotez es esa?
—Es para que no la confunda usted con la soleá de Alcalá de Henares (Madrid)
—Oiga ¿Es usted tonto?
—Pues igual sí.
Explicar a un lector que el vino de Jerez se hace en Cádiz es llamarle ignorante, mejor sería hablarle del Puerto de Santamaría o de Sanlúcar de Barrameda porque, puestos a gastar tinta, más vale hacerlo en algo útil.
En cambio, en relación con nuestra región pareciera que los medios consideran que los españoles son todos unos ignaros.
A ver cómo se lo explico: no hay muchas ciudades en España que tengan una imagen de marca mundial tan poderosa como Cartagena.
A poco que usted lo piense reparará en que cualquier niño o niña del mundo que haya ido al colegio, al estudiar historia antigua, necesariamente toma conocimiento de la existencia de nuestra ciudad y de algunas de las cosas que en ella ocurrieron.
Todos los libros de historia de todos los niños de todos los colegios del mundo contienen mapas donde figura nuestra ciudad y le cuentan a sus alumnos la historia de un vecino de esta ciudad, un tal Aníbal, un zagal que un día decidió conquistar Roma… y que casi lo consigue. ¿Imagina usted lo que le costaría a cualquier ciudad comprar una presencia así en los libros de historia?
La historia de la humanidad se decidió en esa guerra a la que llamamos segunda guerra púnica; si los carthagineses hubiesen ganado, por ejemplo, hoy día no hablariamos castellano sino un idioma derivado del fenicio y toda nuestra cultura sería muy diferente.
Muy pocas ciudades del mundo han sido el escenario donde se han jugado dos imperios el destino de la humanidad; muy pocas ciudades han tenido vecinos tan decisivos para la historia del género humano como Aníbal, Asdrúbal o el mismo Amílcar Barca; muy pocas ciudades, en fin, se han ganado un lugar en la historia tan por derecho propio como la nuestra.
Y sin embargo, a diferencia de Fuentealbilla, Valdepeñas, Jerez, Ronda, Camas o Utrera, muchos medios de comunicación de nuestra región deben de entender que sus lectores son unos ignorantes y se ven compelidos a confundir a sus lectores «explicándoles» que Cartagena «está en Murcia». No en la Región de Murcia, no, sino «en Murcia».
Esta forma de confundir tan propia de nuestra región no es exclusiva de Cartagena, este verano he visto en un telediario nacional afirmar que el festival del Cante de las Minas se celebra «en Murcia» y otro tanto he escuchado de otras fiestas y eventos significativos de nuestra región.
Este borrado regional que aqueja a nuestra autonomía, curiosamente, es celebrado por algunos políticos para quienes nuestra región resulta demasiado grande y variada como para entrarles en la mollera y así, poco a poco, la van erosionando y destruyendo mientras se refocilan con su propia estulticia.
Comprenderán ustedes que, cuando una chirigota de Beniaján compitió en el concurso de agrupaciones carnavalescas de Cádiz, yo me sonriese al ver que era anunciada por Canal Sur TV simplemente como «chirigota de Beniaján» mientras que en «La Verdad» se la llamaba «chirigota murciana». Entenderán que entonces no pudiese evitar pensar en que algún día habría de escribir un post como este.
Cuestión algo más que de estilo. Yo me apunto al estilo andaluz.

Mektub
Existe una fatalista expresión en árabe que designa lo inevitable, «Mektub» (está escrito), una palabra que, por cierto, da título a una muy conocida marcha pasional de semana santa.
Está convicción de que el futuro «está escrito» está firmemente asentada en muchas personas pero ¿qué hay de verdad en ello?
Cuando acudíamos a clase de religión durante la enseñanza primaria, la existencia de un dios omnisciente necesariamente nos conducía a preguntarnos sobre la predestinación: si dios conocía el futuro y sabía lo que había de ser de nosotros ¿Qué sentido tenía entonces todo ese lío de mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia y todo aquel catálogo de pecados mortales y veniales con que nos atormentaban los curas y profesores? Si lo que había de ser de nuestras almas ya estaba escrito, lo mejor, sin duda, era aparcar la clase, irnos al recreo y dejar que las cosas fuesen como estaba escrito que habían de ser. Este debate, créanme, se reproducía año tras año; eran otras épocas.
No fallaba, en cuanto el cura nos hablaba de que dios lo sabía todo, inmediatamente, algún compañero planteaba la cuestión de la predestinación y el debate estaba servido. Los curas despachaban el asunto recurriendo al inapelable argumento de la omnipotencia divina —un siempre muy socorrido expediente para no enredarse en debates interminables— pero nuestros profesores de filosofía, siempre reacios a recurrir al recurso divino, no fueron pocas las horas de clase que perdieron tratando de explicarnos lo inexplicable. ¿O no?
La historia de la humanidad es la historia de la búsqueda de esas leyes que regulan el funcionamiento del universo, leyes que nos permiten predecir el futuro con toda exactitud y averiguar cómo fue el pasado con idéntica certidumbre. Los científicos, una vez han descubierto una ley física, tradicionalmente han parecido capaces de predecir el futuro y hasta el pasado. Conocida la ley de la gravitación universal, los científicos pueden predecir sin problemas en qué punto de la órbita se encontrarán Marte o Júpiter dentro de un año o dos, como serán capaces también de decirnos donde estuvieron esos mismos planetas hace un año o dos en el pasado.
Contando con todos los datos precisos podríamos predecir con exactitud si una moneda, lanzada al aire, caería de cara o de cruz; claro que son demasiados datos (posición inicial de la moneda, fuerza exacta aplicada y dirección de la misma, incluso densidad del aire… Y un larguísimo etcétera) pero, si contásemos con todos esos datos, un científico newtoniano se sentiría bastante seguro de poder predecir el resultado de ese experimento no tan aleatorio de lanzar una moneda al aire. No existe el azar, nos dirá un científico determinista, lo que ocurre, simplemente, es que no contamos con todos los datos precisos.
Esta visión determinista de la ciencia parecería corroborarse por el funcionamiento de los ordenadores actuales. Para un ordenador es virtualmente imposible generar un número verdaderamente aleatorio, ante la potencia de cálculo parece que se rinde el azar; lo que para los seres humanos es evidente no resulta tan fácil para un ordenador, el azar, los números realmente aleatorios, parecen un campo vedado para ellos y sus chips deterministas.
¿No existe entonces el azar? ¿Es verdad entonces que todo está escrito y que, si no somos capaces de predecir lo que va a ocurrir, se debe simplemente a carecemos de los datos necesarios? ¿Es el universo determinista y —como decían mis compañeros de colegio— lo mejor que podemos hacer es irnos al recreo, dado que nada puede hacerse contra un futuro ya determinado por los hechos pasados?
Nunca me gustó el determinismo y ni siquiera me resulta simpático el aire de suficiencia de esos científicos newtonianos con aire de saberlo todo; el gato de Schrodinger es mil veces más simpático que ellos, esté vivo, muerto, o ambas cosas al mismo tiempo.
Porque, gracias a los físicos cuánticos, en las últimas décadas la sociedad ha empezado a habituarse al uso de expresiones como «complejidad», «ecuaciones no lineales», «principio de incertidumbre» o «atractores extraños» y «efectos mariposa». El azar, la incertidumbre, lo incognoscible, se abren paso en el mundo subatómico y, si un físico newtoniano es capaz de predecir con exactitud donde está o estará un planeta, un físico cuántico nos enseña que es una tarea imposible tratar de predecir en qué punto exacto se encontrará un electrón en un momento dado. En el mundo de la física cuántica las cosas nunca se sabe si están en un lugar concreto porque, a veces, incluso pueden estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.
Tal y como está ahora la ciencia el azar y el determinismo parecen convivir y mezclarse, la manzana de Newton y el gato de Schrodinger conviven juntos en la misma habitación y la realidad es que, dependiendo de cómo contemplemos el mundo, el dios omnisciente y la imprevisibilidad más inquietante son ambas posibles y, lo que es más sorprendente, parece que en la realidad conviven con toda naturalidad.
No, no está el futuro escrito, no es tiempo todavía de irse al recreo, me temo que es todavía tiempo de apencar y tratar de escribir el futuro por nosotros mismos.
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Y ahora que escribo esto no puedo evitar recordar aquel discurso de Adolfo Suárez en que recordó los versos de Antonio Machado:
«¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
al mañana, mañana al infinito,
hombres de España, ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana -ni el ayer- escrito».
Y noto un regusto triste en la boca al recordar algo que me llamó la atención el día de su funeral: mientras el cortejo avanzaba se escuchaban los sones de una marcha fúnebre muy familiar para mí: «Mektub».
Estoy seguro que al Adolfo que conocí no le hubiese gustado.







