La reordenación del mercado de los servicios jurídicos

Quienes tengan los años suficientes recordarán una abogacía muy distinta de la actual y no es que el número de abogados fuese entonces mayor o menor que ahora, no, sino que la profesión se ejercía de manera fuertemente regulada.

Quienes tengan los años suficientes recordarán que, antes de encargar su primera placa para el despacho, siempre había quien les decía: «ten cuidado con las dimensiones, no la hagas muy grande no te vaya a decir algo el colegio…». También recordará (ya digo, si tiene los años suficientes) que la publicidad era un tema tabú: los abogados no podían anunciarse y hacerse publicidad era no sólo una acción de mal gusto sino que incluso podía ser sancionada.

Ofrecer servicios jurídicos por debajo de los criterios de honorarios que publicaban los colegios no sólo estaba mal visto e iba en desdoro del letrado que lo hacía sino que una vaga nebulosa punitiva colegial rodeaba tal conducta e incluso estaba prohibido el pacto de «cuota litis» pues ese pacto, se decía, convertía al abogado en socio de su cliente en la llevanza del procedimiento lo que afectaba, sin duda, a sus decisiones procesales. Dar comisión a alguien por que te consiguiese clientes se encontraba también entre las conductas impensables por réprobas.

Quienes tengan los años suficientes recordarán este entorno en el mercado de servicios jurídicos.

Tal regulación tenía sus ventajas y sus inconvenientes, entre estos que, otras profesiones sin tantos remilgos deontológicos, se fueron haciendo con cuotas de mercado tradicionalmente propias de la abogacía.

Otro de sus defectos, quizá el más grave, es que esta rígida regulación sonaba a monopolio gremial a los círculos más liberales y la desregulación del sector inició un proceso imparable impulsada por la reglas de la libre competencia.

El pacto de «cuota litis» pronto fue permitido (los abogados nunca acabaron de entender ni respetar este pacto), la publicidad liberalizada (las normas restrictivas de la publicidad aprobadas en los sucesivos códigos deontológicos han demostrado ser absolutamente inanes), los criterios de honorarios son cada vez más fuertemente sacudidos por la Comisión de Defensa de la Competencia e incluso por los propios jueces y tribunales, que se erigen en nueva autoridad reguladora en materia de precios sin que las normas de competencia parezcan afectarles.

En este momento, de aquella vieja regulación que conocieron quienes tengan los suficientes años para recordarlo, ya no queda apenas nada. Bueno, nada no, queda un sentido ético en los profesionales de la abogacía que, ajeno a una regulación sustantiva que lo sustente, les convierte en una especie de inadaptados que se indignan cuando ven anunciados divorcios a 150€, cuando ven que empresas publicitarias cobran a los abogados y se apropian de parte de sus honorarios por recomendar sus servicios o cuando observan como, ante oportunidades de negocio surgidas con cambios jurisprudenciales o legales, masas de dinero entran en el mercado ofreciendo servicios de nicho y convirtiendo a los abogados en falsos autónomos que trabajan a precio de esclavo asirio.

El mercado de los servicios jurídicos ha cambiado y a esa antigua y necesaria abogacía de las personas la ha pillado con el pie cambiado.

Recuerdo que en 1998 corría por internet una leyenda urbana relativa a un matrimonio de abogados norteamericanos que usaron la red para hacerse publicidad y sufrieron uno de los primeros ataques de «spam» de la historia por internautas indignados. Recuerdo que, en años posteriores, los más sesudos estrategas del B2C (¿recuerdan la expresión?) se devanaron los sesos buscando una forma eficaz de prestar servicios jurídicos «on line». Sin embargo la realidad fue otra.

Conscientes de que en el mercado de servicios jurídicos lo que importa es controlar y poseer la demanda, muchas empresas se lanzaron a hacerse con la mayor parte del pastel que pudieran, si ellos eran dueños de la demanda ya negociarían con los abogados sus honorarios a la baja, el nuevo entorno lo permitía. Los anuncios de supuestos «despachos de abogados» inundaron las radios y medios de comunicación y, habiendo capturado una parte de la demanda, la ofrecieron a ese sector de la abogacía que, bajo los efectos de la primera crisis, empezaba a dar muestras de debilidad. Y ganaron.

Cuando llegó la crisis de las hipotecas que ahora vivimos masas de capital descubrieron la oportunidad y montaron negocios para aprovechar la nueva demanda, pero también los bancos aprovecharon la cada vez más escasa demanda libre y el cada vez mayor número de abogados agónicos para asegurarse de que sus innumerables pleitos serían defendidos a precios de basura (¿imaginan defender juicios de hipotecas a 30€?).

El panorama tras el confinamiento es que el número de negocios destinados a captar abogados para que se les haga publicidad en la red o se les entregue la llevanza de casos a precios de basura o exigiéndoles un porcentaje de su minuta se ha disparado.

Me he dedicado estos días a recopilar información sobre el tema y el panorama es dantesco y, lo peor, es que los abogados y abogadas no son más que la pieza a la que se obligará a trabajar a precios de inmundicia para adueñarse del producto de su esfuerzo.

Debemos ser conscientes de una realidad: en España, a diferencia de los países civilizados, no existe una Ley de Servicios Jurídicos que regule el sector y esto, para aquellos a los que la justicia les importa un carajo y sólo ven beneficios en cualquier actividad, es el paraíso.

Pero aún no han copado el mercado y todavía estamos a tiempo para que los abogados y abogadas que defienden la última trinchera de la profesión se organicen y se den a sí mismos aquellas herramientas con las que otros vienen a convertirlos en mano de obra cautiva. Es tiempo de defendernos nosotros y la sociedad y, si para ello hemos de hacerles la guerra en su terreno, deberemos hacérsela.

Somos ya muchos y estamos interconectados, podemos hacerlo y debemos hacerlo.

Yo no sé tú, pero yo, desde hoy, me pongo a la tarea.

Si te apetece cooperar conmigo deja un comentario a este post.

Héroes de tebeo

Quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá no vi las películas correctas, quizá los héroes de mis tebeos jamás existieron en la vida real. A lo mejor todo aquello no era más que un engaño.

Gracias a esos libros, a esas películas y a esos tebeos yo tuve la oportunidad de combatir en Cartagena con Don Blas, un españolazo de Pasajes que se había dejado medio cuerpo al servicio de su patria; también estuve en Trafalgar enrolado en el Bahama y allí vi cómo una bala de cañón le volaba la cabeza a nuestro capitán, un hombre que además de marino era científico y de los buenos: Don Dionisio Alcalá Galiano; vi también a Don Casto Méndez Núñez aguantar a cuerpo limpio el bombardeo de El Callao después de decirle a americanos e ingleses que no le tocasen las narices o se vería obligado a echarlos a pique por la cosa de la honra…

Los héroes de mis libros y tebeos eran tipos previsibles: Si la tropa pasaba hambre ellos pasaban hambre con la tropa; si el barco había de combatir ellos se plantaban en el puente en uniforme de gala y no colocaban a sus hombres en más peligro de aquel en que ellos mismos se colocaban; si, en fin, el barco se iba a pique, ellos eran los últimos en abandonarlo y eso siempre y cuando no les diese la petera de hundirse ellos con él.

Lo que nunca vi ni leí es que esos hombres comiesen caviar mientras la tropa ayunaba, mandasen sus hombres a la muerte mientras ellos huían o agarrasen el primer bote salvavidas cuando el barco amenazaba con irse a pique. Esas acciones no eran propias de estos hombres, esas acciones las llevaban a cabo los villanos, los malvados, los infames y repugnantes sujetos que ilustraban todo aquello que los niños debíamos odiar.

Hoy mientras trataba de dormir pensaba en estos hombres de mis novelas y en los españoles del año 2020. Hoy nos dejan sin vacaciones ministros que se van de playa y chiringuito, nos dicen que reformarán la justicia quienes profundizan en su dependencia judicial, no invierten en ella ni el tiempo de sus vacaciones y no gastan más que palabras hace tiempo ya gastadas.

Los hombres de mis libros no dejarían sin permiso a la tropa sin renunciar ellos a su parte antes que nadie, porque, de no hacerlo así, la tropa sabría inmediatamente que estaba ante uno de aquellos infames y repugnantes sujetos que, según aquellos libros, ilustraban todo cuanto se debía odiar.

Parece que en 2020 las cosas no son así, quizá no lo fueron nunca, quizá no leí los libros adecuados de niño, quizá aquellos héroes no existieron jamás; a lo mejor, en fin, todo aquello no era más que un engaño.

O a lo mejor no y un día les remitimos una factura que nunca podrán pagar.

Cinco meses de invierno y siete de infierno

Cinco meses de invierno y siete de infierno

La imagen que ven en la fotografía ha sido impresa en arcilla por un sello cilíndrico fabricado hace más de 4000 años y, sin embargo, quizá sea esta imagen la que, en el curso de toda la historia humana, mejor nos explica la razón de ser de una porción muy importante de todas las religiones del mundo.

En la imagen, como ven, dos seres antropomorfos idénticos están atacando a un dragón con siete cabezas. Tres de sus cabezas ya han muerto, tres viven y la restante está en trance de morir. De la espalda del dragón salen rayos mientras en el cielo brilla una estrella. Algunos otros personajes son testigos de la escena. La imagen fue entallada en un sello cilíndrico en Tell Asmar en el año 2200 AC, hace, pues, 42 siglos.

Seguro que la lucha de un héroe contra un dragón, frecuentemente de varias cabezas y muy a menudo con exactamente siete, es una historia que no les resulta desconocida.

Es el mito de San Jorge y el dragón, pero no sólo él, es Yahweh derrotando al Leviathan, es Marduk derrotando a la serpiente Tianmat, es Zeus derrotando a Tifón, Hércules venciendo a la Hidra o Thor matando a la serpiente-dragón gigante del Midgard, Jörmundgander.

¿Qué hay de común en todo estos mitos?

Es agosto y, si uno vive en los aledaños de la cuenca del Mediterráneo, no tiene problema alguno para entender porqué el infierno de nuestras religiones es caluroso y no helado. Si se le pregunta a alguien del sur de España cuántas estaciones hay en su tierra es probable que le responda aún que cinco de invierno y siete de infierno. Para una civilización agrícola eso y no otra cosa es el verano, falta el agua y el sol pega. Para las civilizaciones agrícolas, sedentarias, los dioses buenos viven en el cielo y no por casualidad. Es en el cielo donde, siguiendo el curso del sol y midiendo sus solsticios y equinoccios, podemos saber cuándo es tiempo de sembrar y cuándo de recoger, cuando es tiempo de trabajar y cuándo de descansar, cuándo es tiempo de navegar o de mantenerse en puerto. Si en el cielo están escritos los tiempos de todos los ciclos agrícolas los dioses que traen la lluvia son fundamentales para estas civilizaciones; por eso Baal, Marduk, Thor, Zeus o Júpiter son dioses similares, dioses del rayo y del trueno, dioses de la lluvia y las plantas y para aquellos hombres que dependían del clima, los dioses sin duda más necesarios.

Hay eruditos que dicen que el culto a Baal entre los israelitas fue crónico pues su preeminencia como dios relacionado con las lluvias le hacía mucho más útil que Yahweh, un dios bueno para sacarles de Egipto pero poco útil a la hora de cultivar. Yahweh, para los judíos prácticos, estaba más cercano a abstractos dioses-padre como el cananeo El que a dioses útiles como Baal o Haddad.

Y, al igual que el dios que gobierna los meteoros es el apropiado para estas civilizaciones agrícolas, la serpiente es el símbolo más apropiado del mal. La serpiente, un ser de sangre fría, se aletarga durante el lluvioso invierno para reaparecer en el seco y cálido verano mediterráneo. Parece morir en la estación húmeda y renacer en la seca, parece incluso regenerarse con una nueva piel y dominar el secreto de la eterna juventud. Yam, Lotan, Tifón, la Hidra… todos son seres monstruosos, draconianos, serpentiformes… La serpiente es también señalada como un animal solar, sigue al sol como hemos visto, pero el sol con su calor evapora el agua, se apropia de ella y es por eso que sol, calor y fuego se asocian también a la serpiente hasta convertirla en eso que los seres humanos hemos dado en llamar «dragón».

Pero volvamos al sello. Dos personajes idénticos (ya veremos luego que, como en los comics, son la misma deidad, el mismo superhéroe) atacan a una serpiente-dragón, que expele calor por su lomo y posee siete cabezas, como siete eran los meses de la estación seca en mesopotamia (de abril/mayo a octubre/noviembre). Tres de sus cabezas ya han muerto (mayo, junio, julio) y tres están vivas (septiembre-octubre-noviembre) y una está siendo matada en este momento por el héroe. Estamos pues es agosto y esto nos lo confirma la estrella que preside la escena, con toda probabilidad Sirio, la estrella más visible del firmamento y que preside la bóveda celeste en estas fechas caniculares.

Uno de los dos personajes la ataca por la espalda, otro golpea sus cabezas… Es, según señala Gary A. Rendsburg en su artículo «UT 68 and the Tell Asmar Seal», una ilustración del mito de Haddad (un dios del trueno, la lluvia y las plantas en la mitología asiria y aramea). Haddad, según las escrituras, ataca dos veces a la serpiente Yam (el invierno), la primera en la espalda, y falla, en la segunda va matando una por una sus siete cabezas. El invierno comienza cuando Haddad falla y termina cuando logra acabar con su séptima cabeza. El sello ilustra pues el momento más caliente de la batalla, el infernal ferragosto.

La sucesión de estaciones, la muerte y resurrección de dioses, las festividades relacionadas con solsticios y equinoccios es algo muy común a todas las religiones de las sociedades agrícolas; Huitizchilopochtli, por ejemplo, el dios Azteca, era una figurilla de barro en que la que se plantaban semillas de maíz que florecían en la época adecuada haciéndole “resucitar”. Navidad y Semana Santa son también ejemplos válidos de ritos agrícolas.

Escribo esto para no para contar nada a nadie sino para no olvidarme de algunos de estos datos, es una forma de saber que puedo acudir aquí si un día los olvido.

Si te interesa el tema hay mucha bibliografía al respecto, el de las religiones es un mundo apasionante.

Sistemas antifalsificación de hace tres mil años

Sistemas antifalsificación de hace tres mil años

Falsificar documentos ha sido uno de los peligros más comunes para el tráfico jurídico desde que se inventó la escritura y fueron, precisamente los inventores de la escritura, quienes idearon algunas de las más ingeniosas técnicas antifalsificación.

Lo que ven en la primera fotografía es un contrato mesopotámico. Como ven, la tablilla donde está escrito el original del contrato está embutida en una especie de sobre, también de arcilla, que en la fotografía aparece roto. En el trozo de «sobre» que no está roto aún se ven unas figuras que son el sello del envoltorio. Dichas figuras se impresionaban sobre la arcilla blanda usando un cilindro con las mismas figuras entalladas en él, de forma que, haciéndolo rodar sobre la arcilla, dejaba impresas las figuras.

Sobre el lado que no se ve del «sobre» está copiado, rasgo por rasgo, el mismo texto que figura en el contrato original.

En la tercera foto puede verse un sobre intacto por el lado donde estaba copiado el texto del contrato. Este «sobre» fue encontrado por Sir Max Mallowan y su esposa la novelista Agatha Christie (fue su segundo marido, una historia que les contaré otro día) y se trata de un contrato de préstamo de plata fechado el día 28 del mes de Nisán (aproximadamente nuestro marzo) del año 650 AC.

El sistema funcionaba como sigue: se escribía el contrato original en una tablilla de arcilla que, luego, se recubría por un envoltorio de arcilla donde se copiaba exactamente el mismo contrato. Sobre este envoltorio se aplicaban sellos rodados (de los contratantes) y en el caso del sobre de Agatha Christie los de hasta seis testigos.

Si, posteriormente, alguien afirmaba que se había falsificado el contrato, bastaba con romper el envoltorio y confrontarlo con lo escrito en su interior. Obviamente, para falsificar el interior, había que romper el envoltorio, lo que habría delatado la manipulación.

Se me ocurre que el sistema, de una forma u otra, aún sigue en uso en algunas aplicaciones informáticas.

Los sumerios, en verdad, eran unos tipos geniales.

Gobernantes

Gobernantes

Tiendo a creer que la gente común es mucho mejor de lo que se le supone o, al menos, que nunca ni en nada es peor que esa otra gente que la gobierna. Hay quien cree que soy un iluso por eso pero, al menos para mí, no es esa la cuestión.

Las visiones del ser humano como un ser egoísta o que busca principalmente su interés personal han sido siempre el fundamento teórico de los sistemas autoritarios: son necesarios estados y normas fuertes que controlen las tendencias innatamente egoístas del ser humano. Sin normas y sin estados la sociedad se convertirá —profetizan— en la ley del más fuerte.

Nunca me gustaron tal tipo de visiones y siempre me pregunté si, quienes gobernaban o hacían las normas, se creían hechos de un material distinto del que ellos pensaban que estaban hechos los gobernados.

Lo llevo viviendo toda mi vida: el gobernante elegido —en muchas ocasiones un tonto con credenciales— cree que él puede decidir mejor que esa masa inconsciente a la que llama «la gente». Unas veces porque cree que él está más capacitado para decidir (como si los votos aumentasen el cociente intelectual) otras porque piensa que dispone de más información (información que, por supuesto, obtiene de su cargo, no de su capacidad y que no comparte porque esa posesión exclusiva de la información aumenta su poder y su ridícula sensación de “saber más”) y, otras más, porque piensa que él es el encargado de decidir, como si eso excluyese la participación de alguien en el proceso de toma de decisiones.

Gracias a esta forma de pensar una abigarrada cantidad de tontos con certificación ISO nos gobiernan desde la noche de los tiempos. Y lo peor es que no son tontos cualesquiera: son tontos que piensan ser más listos que los demás; lo cual es la peor especie de tontuna que puede padecerse, pues, a la estulticia propia de la tontera añade la semilla de la maldad.

Distinguiendo calderos

Distinguiendo calderos

Si ve usted anunciado en un restaurante caldero murciano tema usted lo peor: el caldero “murciano”, simplemente, no existe. Y no, no me lo discuta: NO existe.

Pero si ve usted anunciado Caldero de Cartagena puede usted temerse, igualmente, lo peor; pues, si el caldero “murciano” no existe, el «cartagenero» tampoco (aunque sí existe el caldero de “Santa Lucía”, un barrio de Cartagena).

Vamos a llamar a las cosas por su nombre y a los calderos por el suyo, limpiemos de mixtificadores y pseudo gastrónomos el mundo y vayamos a lo que importa: la manduca.

Hay tres clases solamente de caldero en el universo mundo y su denominación responde a los productos del mar con que está confeccionado. Se llama “Caldero del Mar Menor” al que está hecho con los peces de ese —hoy— agonizante mar (singularmente mújoles), se llama “Caldero de Cabo de Palos” al que está confeccionado con peces del Mar Mayor (que es la forma en que por aquí se llama al Mediterráneo) y existe (o existía) el “Caldero de Santa Lucía”, plato de tres vuelcos —esto incluye la patata— de los pescadores del barrio cartagenero de Santa Lucía.

Read my lips: there is no “caldero murciano”. Ni hay atunes en Hellín ni existe caldero de Murcia. Grábeselo a fuego: non, niet, no, nein. Ni el de Cartagena tampoco. Deje usted de hacer el turista o el cateto y aténgase a lo que le digo. Le irá mejor.

Y dicho esto déjenme que les cuente algo que me viene reconcomiendo el paladar los últimos 50 años.

Es fama que, cuando no había pescado, el caldero podía cocinarse con piedras del fondo del mar que diesen sabor al caldo. Esta costumbre sólo ha perdurado en Águilas y, a día de hoy, sólo hay un restaurante donde sirven “arroz a la piedra”, aunque lo acompañan de tanto marisco y zarandaja que le hacen perder todo su sentido y sabor.

Dejen ya de engañar turistas con “Caldero de Murcia” y recuperen el caldero de Santa Lucía o el Arroz a la Piedra de Águilas en su expresión primigenia.

Yo les quedaré agradecido y espero que el mundo también.
#caldero #rice #spanishrice #arroz #food #realfood

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Ando leyendo por las redes unas citas del Quijote evidentemente falsas. Al principio la cosa me causó tristeza (quienes colocan expuestos a la risa pública ese tipo de citas es evidente que no han leído el Quijote); luego me produjo enfado (las citas tienen un clara intencionalidad política y usar la obra de Cervantes de forma partidaria me parece deleznable) y luego, debo confesarlo, curiosidad y preocupación.

El ser humano, a pesar de usar novísimas herramientas tecnológicas, usa de los mismos engaños de siempre y uno de los engaños más repetidos ha sido este de la falsa atribución, los más grandes engaños han sido construidos usando de esta superchería.

Ya desde la noche de los tiempos, para dar autoridad a un texto, se ha atribuido su autoría a alguien famoso o poderoso. El Antiguo Testamento, sin ir más lejos, recurre a este truco y atribuye sus cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) a la pluma del mismísimo Moisés. Obviamente estos cinco libros (el Pentatéuco) no pudieron ser escritos por un mismo personaje y así está demostrado por los expertos de forma irrefutable. Si usted no me cree o quiere un ejemplo le diré que si Moisés hubiese escrito estos libros el mayor milagro que en ellos se contendría sería que el mismo Moisés habría narrado su propia muerte.

No, estos cinco libros (el Pentatéuco para los cristianos, la Torá para los judíos) no son obra de Moisés pero ahora, unos 2700 años después de su redacción, si son de Moisés o no importa poco: su falsa atribución surtió efecto y son la base de una realidad religiosa imparable.

Este fenómeno de falsa atribución es moneda común en los textos antiguos. El Eclesiastés, por ejemplo, se atribuye a Salomón (el autor se llamó a sí mismo «hijo de David» y «Rey en Jerusalén») porque así lo provocó su autor, a quien le pareció mejor dar autoridad al libro a través de una falsa atribución que buscar la gloria personal firmándolo con su nombre.

Más aún, se contienen en la Biblia textos que sabemos positivamente que no son más que trasuntos de otras obras mesopotámicas y egipcias que fueron escritas miles de años de la Biblia. Una que a mí me hace especial gracia es la contenida en el libro de los Proverbios, Capítulo 31, que comienza con «Palabras del rey Lemuel; la profecía con que le enseñó su madre…»

El texto —simpático donde los haya— nos muestra a la madre de Lemuel recomendando a su hijo que no beba vino ni cerveza y exhortándole a que no sea putero, pues no está bien que los reyes ni los príncipes lo sean. Pues bien, este Lemuel, no era judío ni israelita, era el Rey de Masá, un pueblo pagano. La misma escritura se encarga de aclarar que estas enseñanzas fueron dictadas por su madre (no inspiradas por Yahveh) pero, aún así, el texto se insertó en la Biblia y, si se leyese este fragmento en alguna celebración litúrgica, el sacerdote concluiría su lectura afirmando: «Palabra de Dios».

La falsa atribución, pues, no es nada nuevo y, en una pirueta genial de Cervantes, el propio autor realiza en su obra una falsa atribución pues atribuye a Cide Hamete Benengeli (un personaje ficticio) la verdadera génesis de la historia.

Genial Cervantes.

Así pues, queridos internautas aficionados a tomar el nombre de Cervantes, Einstein y hasta del mismo dios de Israel en vano: si váis a realizar una falsa atribución al menos hacedla con arte, hacedla bien y no de forma tosca.

Y un aviso a navegantes: cuando vean una cita atribuida a Cervantes, Einstein o al mismo Papa de Roma no se la crean sin comprobarla; internet está lleno de gente que cree poder engañar a sus semejantes con un truco conocido desde el Génesis.

Y nunca mejor dicho.

The Devil’s Own

The Devil’s Own

Para el día 8 de junio ya era evidente que los abogados no podrían alcanzar sus objetivos, no obstante, volvieron a intentarlo, pero lo imposible es imposible y fracasaron.

Controlar los puentes era una tarea de vital importancia para las fuerzas aliadas que desembarcaron el 6 de junio en Normandía: si los puentes «Pegasus» y «Horsa» en Benauville no eran controlados intactos los ingleses no podrían avanzar hacia el este y envolver Caen; si, por el contrario, había un contraataque alemán en la zona era importante, en ese caso, destruirlos para que los panzer no alcanzasen la margen izquierda del río Orne. Fue por eso por lo que, usando de planeadores y de paracaidistas y antes de que los desembarcos comenzasen, los aliados dieron un golpe de mano al norte de Caen, en Benauville, para controlar estos puentes.

Sin embargo quedaban, al menos, trece puentes más sobre los ríos Odon y Orne que alguien tendría que destruir y esa misión le fue encargada a los abogados del «Inns of Court» un regimiento compuesto exclusivamente por juristas. Este regimiento era una de esas reliquias fósiles que tanto gustan a los «british», su origen se perdía en la noche de los tiempos y era en él en el que prestaban su servicio militar abogados y jueces. Cuando al rey Jorge III le dijeron que el regimiento estaba compuesto íntegramente de lawyers dijo enfadado: «No les llamaen lawyers, llámenles The Devil’s Own». Aquello era una ofensa grave pero, flemáticamente, los lawyers decidieron llamar a su regimiento «The Devil’s Own» y con este nombre llegaron a Normandía.

La verdad es que a estos abogados no les pusieron las cosas fáciles. La tarea que les encomendaron era casi suicida pues se trataba de, sin apoyo de ninguna especie, infiltrarse en territorio enemigo, alcanzar los ríos Odon y Orne y destruir los trece puentes por los que podrían contraatacar las fuerzas alemanas. Para ello se formarían doce grupos compuestos de tres vehículos en su mayor parte, un blindado sobre ruedas Daimler, un vehículo blindado ligero «Dingo» y un «half-track» cargado de explosivos para demoler puentes. Cada grupo de tres vehículos haría la guerra por su cuenta, habría de penetrar en solitario en territorio enemigo, trataría de alcanzar su puente, volarlo y buscar entonces la forma de huir y enlazar con las brigadas paracaidistas o las fuerzas que, teóricamente, avanzarían desde las playas. La cosa fue mal desde el principio.

Los abogados desembarcaron en la playa Juno apoyados por los canadienses, pero, de los dos transportes en que llegaron a la playa, uno tuvo problemas con las minas y varios vehículos acabaron dañados. Más tarde la operación se retrasó seis horas hasta que bajó la marea y pudieron desembarcar el resto para, finalmente, salir disparados en misión suicida hacia el interior del territorio enemigo.

Increiblemente lograron sobrepasar el cinturón germano aunque antes, los blindados canadienses, confundiendo los vehículos de los abogados (naturalmente pintados de negro) con vehículos enemigos les dispararon causándoles tristísimas bajas por fuego amigo. No fueron las únicas.

Ya estaban infiltrados en terreno alemán cuando un cazabombardero norteamericano «Thunderbolt» comenzó a disparar contra ellos. Los abogados habían colocado en sus vehículos distintivos amarillos y lanzaron bengalas amarillas, la contraseña para identificarse como aliados, pero la aviación norteamericana siguió disparando hasta alcanzar al half-track que transportaba explosivos para la demolición. La explosión que se produjo no sólo acabó con el vehículo sino con los dos que le acompañaban: no sobrevivió nadie del grupo.

A pesar de ello y de la cada vez más dura defensa alemana los grupos que quedaban operativos siguieron presionando hacia el interior hasta llegar a «Jerusalem Crossroads», un lugar donde aún hoy hay un cementerio militar, pero la 21ª Panzerdivisionen ya había llegado a la zona y tratar de enfrentarse con cañones de 40 mm y ametralladoras Bren a los panzer era simplemente un suicidio.

Aún y así los abogados lo intentaron y el 8 de junio lanzaron su último y desesperado ataque con la esperanza de abrirse paso hacia sus objetivos. Fue una buena carga, lamentablemente no sirvió de nada, la maquinaria alemana era muy superior en calidad y desbarató fácilmente el ataque.

El día 9 de junio el jefe del regimiento decidió que ya había sido suficiente y que era hora de dejarlo («I rest my case») y ordenó el sálvese quien pueda. Cada uno de los grupos de tres vehículos buscó la salvación por su cuenta y, no sin lamentar fuertes pérdidas, pudieron enlazar con fuerzas aliadas que combatían en la cabeza de puente de Normandía.

Una «Military Cross» y cuatro «Military Medals» fueron el premio que su majestad dió a los abogados del «The Devil’s Own». Una pequeña lápida en «Jerusalem Crossroads» conmemora el obstinado empeño del regimiento de abogados por abrirse paso entre los blindados alemanes.

Quizá si este año Miguel Pouget se acerca por Chouain (al sur de Arromanches) pueda decirnos si la lápida aún sigue ahí.

Vino dorado

Vino dorado

La camarera me recita la carta de vinos como quien recita la nómina de los titulos nobiliarios con Grandeza de España:

—…tenemos un Marqués de Riscal, también Marques de Cáceres, vinos del Marqués de Griñón y luego, claro, tenemos también Glorioso, Portentoso y Espumoso-Maravilloso de las Bodegas TakaTak.

Vista la nómina nobiliaria que guardan en la bodega no me achico y le digo a la joven:

—Vino del Campo de Cartagena ¿no tienen?

Ella, considerando mi edad, estima que mi pregunta no es ninguna broma y me dice

—De “eso” creo que no tenemos. Voy a preguntar…

Mientras espero me entretengo leyendo las etiquetas de los vinos que tienen ante mí en el expositor (Tinto Valbuena de Vega Sicilia, Faustino I Gran Reserva, Allende 1997) y estoy en ello cuando un camarero viene raudo y, sin preguntar, me sirve un tinto joven de Rioja en copa.

Aunque me parece un bajonazo innoble no digo nada y me lo bebo y, mientras lo hago, rememoro una ya muy lejana tarde en que, volviendo de un juicio en una ciudad castellana, me desvié hacia Rueda y acabé conversando en la tienda de las Bodegas Sanz con un hombre mayor que charlaba como si fuese el dueño de la casa (y lo era).

—Venía yo porque tienen ustedes un Sauvignon Blanc que me parece que está buenísimo. ¿Podría pagar un par de cajas con tarjeta?

—Aquí no tenemos para pagar con tarjeta.

—¿Le importa si me acerco al pueblo a un cajero?

—En este pueblo no hay cajeros (me dijo con cierta guasa) pero llévese usted las cajas y ya me las pagará.

—Es que yo, verá usted, vengo de lejos.

—¿De lejos? ¿De dónde?

—De Cartagena

—De Cartagena… (repitió)

El hombre se quedó callado unos instantes, como recordando, y al poco añadió:

—¡Qué mala tierra!

Me quedé estupefacto y sin saber qué decir. El hombre sintió que tenía que explicarse.

—No se lo tome usted a mal. Yo llegué a Cartagena en 1939 con las tropas del General Varela y la 5ª División de Navarra, justo al acabar la guerra civil. Íbamos a reflotar el “Jaime” al que habíamos hundido con un sabotaje… Oiga, no recuerdo peor sitio que aquel: ¡los mosquitos nos comían! Era imposible vivir allí.

—Bueno (le dije) la laguna de El Almarjal ya no existe y ahora hay muchísimos menos mosquitos…

El hombre me miró incrédulo y, con la mirada perdida en un lejano verano del año 39, me dijo:

—Llévese las cajas y ya me mandará un giro postal con el importe, no quedará usted mal ni dejará quedar mal a su tierra por este dinero.

Le acradecí el gesto, cargué la cajas en el maletero de mi Polo y salí para Cartagena no sin antes detenerme a comprar tabaco en un bar de la localidad. Cuando entré me fijé en que ningún parroquiano bebía vino de Rueda (al menos lo que los foráneos conocemos como vino de Rueda) sino un vino color “ojo de perdiz” que me recordó extraordinariamente al vino dorado del Campo de Cartagena.

Extrañado pregunté al hombre que regentaba el bar y me dijo:

—Aquí la población siempre ha bebido este vino y, la verdad, no consumen el vino que se produce aquí y se vende fuera del pueblo, les parece flojo.

Y, mientras trato de recordar el sabor de los vinos dorados de la bodega de Paco El Macho (comunista irredento e hincha acérrimo del Athletic de Bilbao), recuerdo aquella tarde en Rueda con aquel viejo requeté de la 5ª División de Navarra que odiaba Cartagena y aquellos vecinos con criterio a quienes nunca les habría puesto un Sauvignon-Blanc un camarero resabiado.

El próximo post lo hago mientras bebo un chato de vino dorado.

Y sí, nada más llegar a Cartagena le mandé el giro.

#wine #rueda #cartagena

La justicia no les importa y quizá nosotros tampoco

La bajada de un 18% del PIB, aunque anunciada, no ha llevado al gobierno a tomar ninguna medida de calado en una administración de justicia que no es capaz de dar la respuesta que sería necesaria.

La bajada del PIB había sido anunciada desde todos los medios de información serios y el hecho de que la crisis económica tendría sus más terribles consecuencias en los países más vinculados al turismo fue anunciada incluso por el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets).

https://www.technologyreview.es/s/12063/la-recesion-economica-se-cebara-con-las-ciudades-turisticas-y-de-ocio

La crisis de 2009 provocó ese año una bajada del 3,6% del PIB y un incremento brutal en los juzgados de lo social y mercantil y así se le anunció al ministro de justicia y al gobierno. ¿La solución? Ninguna.

https://josemuelas.org/2020/04/16/la-justicia-espanola-contribuira-decisivamente-a-que-nos-vayamos-todos-al-carajo/

Las advertencias de lo que ocurriría incluso se le comunicaron personalmente.

https://josemuelas.org/2020/04/25/conversaciones-inesperadas/

La realidad, sin embargo, es que ni el ministro ni el gobierno han planteado el más mínimo compromiso presupuestario (más allá de acciones que no pasan de simbólicas) y con este planteamiento es imposible que la justicia española afronte la crisis que se nos viene encima.

https://josemuelas.org/2020/04/25/a-la-atencion-del-sr-ministro/

https://josemuelas.org/2020/04/27/o-damos-medios-a-la-justicia-ya-o-nuestra-sociedad-no-sobrevivira-a-esta-crisis/

https://josemuelas.org/2020/04/29/y-las-victimas-seran-los-de-siempre/

https://josemuelas.org/2020/05/05/tranquilos-nadie-sabra-que-hemos-sido-nosotros/

https://josemuelas.org/2020/05/21/y-no-hay-remedio/

Releo estos posts que, poco a poco, fui escribiendo durante el confinamiento y sé que la decisión de abandonar a su suerte a la Justicia es deliberada, es buscada, es querida por este gobierno (como fue querida y buscada deliberadamente por los anteriores) pero ocurre que es en este momento y con este gobierno con el que nos jugamos la suerte de nuestro país y nuestros compatriotas. Y es, en este momento también, cuando observo con repugnancia y aprensión que la justicia no les importa nada. Y quizá nosotros tampoco.