Pavel Durov, el fundador de Telegram, ha sido detenido por orden de un juez francés y esta acción vuelve a traer al primer plano un debate fundamental para el futuro de nuestra sociedad.

Tratemos de poner las cosas en contexto.

El derecho al secreto en las comunicaciones y el derecho de los estados (en exclusiva el poder judicial) a intervenir las mismas son dos derechos en pugna. Sabemos que el derecho al secreto en las comunicaciones puede ser una herramienta útil para que determinadas organizaciones criminales consigan sus fines, del mismo modo que, sin secreto en las comunicaciones, la causa de la libertad quedaría inerme en países dictatoriales, al igual que muchos periodistas verían en peligro sus vidas así como cualquier disidente de la clase que sea.

Poder vulnerar el secreto de las comunicaciones es la aspiración legítima del poder judicial pero es también el sueño húmedo de la mayoría de los estados, desde los desvergonzadamente dictatoriales hasta los aparentes campeones de la democracia y la libertad ¿O es preciso recordar cómo Estados Unidos —por ejemplo— ha visto desvelados sus no muy limpios manejos en casos como el de Wikileaks, Prism o Echelon?

Pero esto no es solo una cuestión de estados y organizaciones criminales (que a veces son la misma cosa) sino de una particular forma de economía a la que se ha dado en llamar «capitalismo de vigilancia» (surveillance capitalism), un modelo de negocio fundado en la vigilancia, recopilación y uso de nuestros datos. Esto es válido no sólo para los datos que exponemos libremente en nuestras redes sociales, sino incluso para aquellos que compartimos por un correo electrónico que debería ser siempre secreto y que en la generalidad de los casos no lo es. Hoy nuestros datos alimentan inteligencias artificiales, algoritmos de mercadotecnia y publicidad e incluso forman parte de campañas de alteración de opciones políticas.

Si mira usted el listado de las cinco primeras empresas estadounidenses verá que estás son

Apple, Microsoft, Alphabet (Google), Amazon y NVIDIA, todas ellas empresas de nuevas tecnologías y en su inmensa mayoría proveedoras de servicios de correo, almacenamiento, mensajería y similares.

Puede usted imaginar que estas empresas, como los estados, tampoco desean que las comunicaciones de usted sean absolutamente privadas, es más le ofrecen gratis sus servicios a los consumidores y creo que usted puede imaginar fácilmente por qué.

Si la sociedad manifiesta sus temores al respecto de la privacidad siempre hay un oportuno caso de pedofilia o tráfico de drogas que hace que esa misma sociedad reconsidere sus demandas y es por eso que —fuera de las demandas de algún activista (que acaba exiliado o en prisión generalmente) o de algún minoritario partido pirata— este asunto no parece interesar a nadie. Para cuando interese me temo que el problema no tendrá remedio; de hecho es posible que ya no lo tenga.

Hoy sin embargo me he encontrado con la atractiva personalidad de Meredith Wittaker (la chica de la foto que ilustra el post), cara visible de una empresa de mensajería (Signal) comprometida con el secreto de las comunicaciones, el cifrado y la privacidad.

Leo su entrevista en Wired y veo que afirma que «todos tenemos un análisis claro del capitalismo de vigilancia y de lo que está en juego con la vigilancia masiva en manos de los poderosos» y pienso que esa claridad de visión será en su empresa, en Signal, porque en la sociedad todos los días nos dejamos ganar mansamente esta batalla y ya la mayoría piensa que está sociedad de la vigilancia es la forma natural en que ocurren las cosas.

Y, mientras, el debate entre la justa intervención  y el imprescindible derecho al secreto en las comunicaciones se sigue cerrando una y otra vez siempre en el mismo sentido en medio de la indiferencia de todos.

Deja un comentario