Del gen a la justicia

Empezando por el principio

Me preguntan con frecuencia qué es la justicia y si creo en ella y esto creo que es algo que nos pasa con frecuencia a los juristas.

La mayor parte de las veces no suelo responder y despacho la pregunta con evasivas. Y no es porque yo no quiera responder o no tenga una idea muy precisa de lo que es la justicia, lo que ocurre es que me harían falta horas, incluso días, para explicar a quien me pregunta lo que yo entiendo que es la justicia.

Sin embargo las redes sociales tienen una ventaja y esta es que nadie está obligado a leerlas, verlas o escucharlas, de forma que, por larga que sea la explicación, no hay problema alguno en que se la ofrezca aquí y así lo haré.

Puede dejar de prestar atención ahora, si lo desea, porque voy a comenzar la historia por el principio y le aseguro que este principio ocurrió hace muchos, muchos, años; tantos como 2.700 millones de años, cuando la vida apareció sobre la tierra.

No se asuste, vamos a despachar muchos millones de años en unas pocas líneas pero, por el momento, déjeme que le cuente que todos los seres vivos, incluidos seres humanos, tienen un antepasado común, un ser vivo al que los científicos llaman LUCA (Last Universal Common Ancestor).

En el principio fue Luca

Sabemos que todos los seres vivos que hoy pueblan nuestro planeta tienen un antepasado común gracias a la evidencia genética y molecular que se encuentra en todas las formas de vida actuales. A través de estas pistas, los científicos han podido deducir que todas las especies conocidas comparten ciertos componentes moleculares y procesos bioquímicos fundamentales.

Y los hijos de Luca cooperaron

Cómo la vida recorrió el camino que media entre un ser unicelular como Luca y las complejas sociedades humanas que hoy día conocemos es una de las aventuras más maravillosas que existen y, en ella, jugará un papel fundamental una de las estrategias más exitosas de la naturaleza: la cooperación.

Guarden en la memoria este concepto pues sin cooperación no hay interacción social, no hay comunidades, no hay reglas que regulen el funcionamiento de esas comunidades y no hay, por tanto, moral, justicia ni derecho. El origen y la caracterización de nuestra moral y de nuestra concepción de lo justo y de lo injusto nace del fenómeno de la cooperación y es tan antiguo como ella, pero, de momento, sigamos conociendo qué pasó con los hijos de ese ser primigenio, solitario y unicelular llamado Luca.

Los primeros descendientes de LUCA no eran más que un tipo de células llamadas “procariotas” (el propio LUCA no sería más que un organismo celular procariota evolucionado a partir de proto-células). Estas células carecían de núcleo y no habrían sido capaces por sí mismas de dar lugar a todo la fantástica variedad de especies que ahora conocemos.

El paso de procariotas a eucariotas significó el gran salto en complejidad de la vida y uno de los más importantes de su evolución. Sin este paso, sin la complejidad que adquirieron las células eucariotas no habrían sido posibles ulteriores pasos como la aparición de los seres pluricelulares. La vida, probablemente, se habría limitado a constituirse en un conglomerado de bacterias. De hecho, los cinco reinos restantes proceden de ese salto cualitativo. El éxito de estas células eucariotas posibilitó las posteriores radiaciones adaptativas de la vida que han desembocado en la gran variedad de especies que existe en la actualidad.

¿Cómo se produjo la aparición de las células eucariotas? ¿Cómo dio la vida este gigantesco salto cualitativo?

La cooperación

Por increíble que les parezca gracias al más importante motor de progreso con que cuenta la naturaleza: La cooperación. Las células procariotas “cooperaron” formando “sociedades” (nótense las comillas) que dieron lugar a un fenómeno llamado “simbiogénesis”.

Todo comenzó cuando una bacteria que obtenía energía mediante el azufre y el calor, se fusionó con una bacteria nadadora. Ambas pasaron a formar un nuevo organismo y sumaron sus características iniciales. Como resultado salió el primer eucarionte.

Este primer eucarionte era anaeróbico y por tanto era incapaz de sobrevivir en ambientes donde existía oxígeno un gas que, por entonces, se encontraba cada vez más presente en el planeta. La solución vino de la mano otra vez de la “cooperación” de este eucarionte con una nueva bacteria que sí respiraba oxígeno y que por entonces vivía de forma autónoma. Esa bacteria que entonces vivía de forma autónoma y que pasó a asociarse con el eucarionte hasta formar un único ser vivo hoy la conocemos como “mitocondria” y podemos verla en la actualidad en el interior de las células de los seres vivos.

Estas células que ya eran capaces de respirar oxígeno prosiguieron su racha de éxitos “cooperativos” asociándose más tarde con bacterias capaces de aprovechar la energía solar (fotosintéticas) que también pasaron a formar parte su organismo: había nacido la primera planta.

El origen bacteriano de mitocondrias y plastos está fuera de toda duda y esa labor investigadora se la debemos a la famosa bióloga Lynn Margulis que fue quien descubrió este proceso de “endosimbiosis seriada”.

Si es verdad que «ubi societas ibi ius» no puede uno dejar de sospechar que algo comenzó a fraguarse con esta cooperación bacteriana. Pero dejémoslo para más adelante, cuando estudiemos la forma en que la cooperación emerge y se desarrolla en la naturaleza.



NOTA PARA EL POST

Me preguntan con frecuencia qué es la justicia y si creo en ella y esto creo que es algo que nos pasa con frecuencia a los juristas. La mayor parte de las veces no suelo responder y despacho la pregunta con evasivas. Y no es porque yo no quiera responder o no tenga una idea muy precisa de lo que es la justicia, lo que ocurre es que me harían falta horas, incluso días, para explicar a quien me pregunta lo que yo entiendo que es la justicia. En este capítulo inicio una explicación de lo que sea la justicia desde una perspectiva evolutiva y te dejo algún apoyo sobre lo que en el video se dice.

Sobre LUCA:

Moody, E. R. R. (2024). The nature of the last universal common ancestor and its impact on the early Earth system. Nature. https://doi.org/10.1038/s41559-024-02… [1]

Weiss, M. C., Sousa, F. L., Mrnjavac, N., Neukirchen, S., Roettger, M., Nelson-Sathi, S., & Martin, W. F. (2018). The last universal common ancestor between ancient Earth chemistry and the onset of genetics. National Center for Biotechnology Information. https://doi.org/10.1371/journal.pgen…. [2]

Koskela, M. (2012). Looking for the Last Universal Common Ancestor (LUCA). In Evolutionary Biology (pp. 121–134). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-642-126… [3]

Wikipedia contributors. (2024). Last universal common ancestor. In Wikipedia, The Free Encyclopedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Last_un… [4]

Sci-News. (2024, July 12). Last Universal Common Ancestor Lived 4.2 Billion Years Ago. Sci-News. https://www.sci.news/biology/last-uni… [5]

Springer contributors. (2024). Last Universal Common Ancestor. In Encyclopedia of Astrobiology (pp. 1728–1729). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-642-112… [6]

Sobre la simbiogénesis:

Lavagnino, N. J. (2014). Simbiosis y evolución: un análisis de las implicaciones evolutivas de la simbiosis en la obra de Lynn Margulis. CONICET Digital. https://doi.org/11336/85651 [2] Margulis, L. (2012).

Lynn Margulis (1938-2011), la evolución de la célula. Jot Down. Recuperado de https://www.jotdown.es/2012/01/lynn-m… [5]

Wikipedia contributors. (2024). Teoría simbiogenética. En Wikipedia, la enciclopedia libre. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3… [3]

Ubi societas ibi ius

Ubi societas ibi ius

Dice un proverbio latino de atribución dudosa que «ubi societas ibi ius»; es decir, que allá donde hay sociedad hay derecho y a mí está afirmación me parece tan cierta que, desde hace unos 16 años, creo que es válida no sólo para las sociedades humanas constituidas por seres conscientes sino también para las sociedades vivas menos evolucionadas como aquellas formadas por microbios o bacterias, carentes de sistema nervioso e incapaces —por tanto— de todo raciocinio.

Conforme a esta concepción el derecho, la justicia o la regulación de las relaciones interindividuales no nacería originariamente de actos de razón sino de procesos evolutivos independientes inicialmente de la voluntad de los indivíduos que forman el grupo. La evolución genética primero y memética y cultural después harían el resto.

Hemos llenado el origen del derecho y el derecho natural de mitos, contratos sociales que nunca existieron, autoridades divinas legislando desde la cima de una montaña al estilo de Hammurabbi y Moisés y hemos dado de lado a una comprensión del derecho científica, biológica, evolutiva e informacional a la que parecen ser refractarios los juristas.

Afortunadamente la ciencia aún sigue ahí.

Tostadas, tomate, jamón e inteligencia artificial

Tostadas, tomate, jamón e inteligencia artificial

Ya viví la «singularidad» y el camino hacia ella en el mundo del ajedrez en los años 90 y ahora disfruto experimentando con el muy parecido camino que las inteligencias artificiales han emprendido en otros aspectos de la vida humana. Y, si con los algoritmos de ajedrez disfruté y aún disfruto (¿has visto que «espiritualmente» juega alpha-zero?), ahora disfruto conversando con las inteligencias artificiales e intercambiando con ellas ideas que me persiguen desde los hace más de tres lustros que empecé a escribir en mi blog actual.

Está mañana, mientras desayuno, le he preguntado a propósito de uno de mis tole-toles habituales: el origen evolutivo de la justicia y, como tenía redactado un trocito de post que hoy pensaba endosarles a ustedes, antes de pegarlo aquí he decidido pedirle opinión a una avanzada IA sobre el mismo y esta ha sido la conversación. Me ha dejado bastante satisfecho y con ganas de seguir experimentando con ella.

Se la copiaré pero antes pongo una foto del bar donde estoy desayunando para ilustrar de cualquier manera la conversación y paso a trascribir la conversación:

«Hola, dice un proverbio latino que «ubi societas ibi ius»; es decir, que allá donde hay sociedad hay derecho y a mí está afirmación me parece tan cierta que creo que es válida no sólo para las sociedades humanas constituidas por seres conscientes sino también para las sociedades vivas menos evolucionadas como aquellas formadas por bacterias, carentes de sistema nervioso e incapaces —por tanto— de todo raciocinio.

Esto me sugiere que el derecho, la justicia o la regulación de las relaciones interindividuales no nace de actos de razón sino de procesos evolutivos independientes inicialmente de la voluntad de los indivíduos que forman el grupo.

¿Qué opinas sobre esto y qué nos dice la ciencia al respecto?»

—Tu reflexión sobre el proverbio latino «ubi societas, ibi ius» plantea una idea fascinante sobre el origen del derecho y la justicia como fenómenos no exclusivos de la razón humana, sino como resultado de procesos evolutivos que podrían surgir incluso en formas de vida menos complejas, como las bacterias. Esto sugiere una visión del derecho y de las normas sociales como elementos emergentes de la vida en comunidad, más que como creaciones racionales deliberadas.

¿Es el derecho un fenómeno exclusivo de los seres humanos?

La noción tradicional de derecho se ha basado en la capacidad humana de razonar y tomar decisiones morales, lo que ha llevado a la creación de leyes y sistemas de justicia. Sin embargo, desde un enfoque evolutivo, algunas teorías sugieren que las normas de comportamiento —incluyendo las normas implícitas de cooperación y reciprocidad— podrían surgir en cualquier forma de vida social, aunque carezca de razón consciente o lenguaje formal.

En el ámbito de la biología, existen múltiples ejemplos de comportamientos organizados en seres vivos que, aunque no regulados por leyes en el sentido humano, parecen seguir una forma de «normatividad» emergente. Estos sistemas regulan las interacciones dentro de grupos para garantizar la supervivencia o mejorar las posibilidades de éxito evolutivo.

Ejemplos de «regulación» en organismos no conscientes:

1. Bacterias y la comunicación química: Las bacterias, por ejemplo, no tienen sistema nervioso ni capacidad de razonamiento, pero se organizan de manera colectiva a través de procesos como la quorum sensing. Este mecanismo regula el comportamiento colectivo en función de la densidad de la población bacteriana, permitiendo, por ejemplo, la formación de biopelículas o la coordinación en la liberación de toxinas. Aunque no podemos hablar de «derecho» en el sentido tradicional, se trata de una forma de regulación que establece ciertas reglas sobre cuándo y cómo los individuos deben actuar en beneficio del grupo.

2. Insectos sociales: En las sociedades de insectos como hormigas y abejas, hay comportamientos muy estructurados y «reglas» de cooperación que son esenciales para la supervivencia de la colonia. Las hormigas obreras, por ejemplo, tienen roles bien definidos y realizan tareas que benefician al grupo en su conjunto. Aunque no existe un derecho formal, su comportamiento colectivo responde a principios de organización que son funcionales para la supervivencia de la colonia.

3. Evolución de la cooperación: En animales más complejos, la cooperación puede surgir sin necesidad de un razonamiento consciente sobre normas. En muchas especies de mamíferos, las relaciones de cooperación y altruismo recíproco están documentadas. Estos comportamientos no se basan en un acuerdo explícito, sino que son producto de la evolución, donde las conductas cooperativas se seleccionan porque benefician a los individuos en el largo plazo.

¿Es el derecho un producto evolutivo?

Desde esta perspectiva biológica, podríamos argumentar que el derecho, entendido como un conjunto de reglas que regulan las relaciones entre los individuos, puede tener raíces más profundas en la evolución que lo que solemos atribuir únicamente a la razón humana. Si las bacterias y otros organismos menos evolucionados muestran patrones de conducta regulados por principios que favorecen la supervivencia colectiva, podríamos estar ante una forma primitiva de regulación que, en los humanos, alcanzó niveles de abstracción y formalización mucho más altos gracias a la capacidad de razonar, crear normas explícitas y reflexionar sobre la justicia.

Algunos filósofos y científicos del comportamiento han explorado la idea de que los humanos hemos desarrollado instituciones como el derecho a partir de nuestra historia evolutiva. Desde la psicología evolutiva y la biología del comportamiento, se argumenta que las normas de justicia, reciprocidad y cooperación tienen una base biológica, y que el derecho formal es una manifestación cultural de estos instintos profundamente arraigados. John Rawls y Robert Axelrod, por ejemplo, estudiaron cómo la cooperación puede emerger incluso en situaciones de conflicto y competencia, sugiriendo que nuestras instituciones legales son una extensión sofisticada de procesos evolutivos que favorecen la cooperación.

Conclusión

Tu propuesta de que el derecho y la regulación no son exclusivamente productos de la razón humana, sino de procesos evolutivos, está bien respaldada por la ciencia. Aunque los sistemas legales humanos son claramente construcciones sociales avanzadas, los principios básicos de cooperación y regulación de las interacciones sociales pueden encontrarse incluso en organismos mucho menos complejos. En ese sentido, podríamos decir que el derecho, como fenómeno de regulación de las relaciones, tiene raíces evolutivas que preceden a la aparición de la conciencia y la razón humanas, y que han sido adaptadas y perfeccionadas por la cultura y la civilización.

Este enfoque evolutivo aporta una perspectiva enriquecedora, donde la justicia y el derecho no son únicamente invenciones humanas, sino también una expresión de la vida en comunidad y de la necesidad de mantener un equilibrio entre los intereses individuales y los colectivos, desde los organismos más simples hasta las sociedades humanas más complejas.

El juicio de Ramón Luís (podcast)

La constitución de las hormigas

Supongo que es legítimo preguntarse al ver a una colonia de hormigas o de termitas dónde están escritas las leyes que determinan que los soldados hayan de salir a enfrentar a los enemigos, que las obreras hayan de trabajar para nutrir a la reina y a las crías o que la reina haya de pasar su vida poniendo huevos. ¿Dónde está escrita la Constitución de esa colonia de hormigas?

Y si es legítimo preguntarse dónde están escritas las normas que regulan la vida y funcionamiento de las sociedades de hormigas, del mismo modo es lícito preguntarse por el lugar donde están inscritas las leyes que determinan que en la sociedad de los chimpancés los miembros de una misma tribu se apoyen mutuamente o en la de los bonobos (el simio más parecido al ser humano) que siempre sea elegido líder el hijo de la hembra líder y que si está pierde el favor del resto de las hembras su hijo sea depuesto inmediatamente.

Asumimos que, por complejas que sean las sociedades animales, las normas inscritas en sus genes son suficientes para regularlas y permitir la vida en sociedad; sin embargo, cuando de humanos se trata, parece que nos cuesta trabajo admitir que la primera fuente de regulación de las conductas humanas y las sociedades que los humanos forman son también esas normas que todos los animales llevamos inscritas en nuestros genes.

Vivir en sociedad es una tarea compleja y para formar sociedades es preciso que los individuos llamados a formarlas dispongan de una serie de capacidades con las que cuentan desde los seres vivos más primitivos (bacterias) a los más evolucionados (seres humanos). Sin embargo, los juristas, quizá llevados de la complejidad y sofisticación aparentes de las normas que regulan la vida de las sociedades, hemos dedicado poco tiempo y aún menos interés a entender las normas que, inscritas en nuestros genes, hicieron del hombre ya no sólo un animal social, un zoon politikon que dijo Aristóteles, sino un animal moral, un animal justo y con sentido de la justicia.

Antes de que ninguna constitución o ningún libro sagrado nos dijese cómo habíamos de vivir y organizarnos, antes de que mitológicas leyes nos señalasen los mandamientos a que habíamos de ajustar nuestra conducta, todos los seres humanos en todos los confines del mundo ya sabían distinguir el bien del mal, al leal del traidor, al generoso del individualista, al agradecido del ingrato, al ladrón del despojado y a la víctima del victimario.

El bíblico «no matarás» ya era un mandamiento para todas las sociedades humanas antes de que Moisés lo bajase del Sinaí grabado en unas tablas de piedra y, al igual que para los judíos que atacaron a Amalec en tiempos del rey Saúl o que hoy bombardean la franja de Gaza, era un mandamiento relativo que alcanzaba solo a una determinada fracción del género humano. No, antes de que los hombres escribiesen las primeras leyes, antes de que Urukagina de Lagash grabase en tablas de arcilla sus primeras y revolucionarias leyes, las sociedades humanas ya se regían por leyes y formas de conducta comunes en su núcleo esencial a todas ellas.

Los seres humanos nacemos equipados de un complejo arsenal de instintos que son los que nos proporcionan las habilidades básicas para la vida en sociedad. ¿Cree usted que los sentimientos de gratitud, piedad, venganza, perdón y otros muchos son adquiridos? ¿O cree usted que ya vienen incorporados como instintos en nuestro equipamiento genético?

Si usted alberga dudas a la hora de responder a esta pregunta le propongo que hagamos una cosa, que comprobemos si esos mismos sentimientos e instintos existen en otros animales distintos del ser humanos, de los menos a los más evolucionados, pues, si los encontramos en animales menos evolucionados que el hombre, tendremos que admitir que, con alta probabilidad, ocurrirá lo mismo en los seres humanos.

Empecemos por ejemplo por un sentimiento muy de moda —la empatía— y un tipo de animales especialmente despreciados: las ratas.

¿Cree usted que las ratas son empáticas? Veámoslo.

En 1959 el psicólogo norteamericano Russell Church entrenó a un grupo de ratas para que obtuviesen su alimento accionando una palanca que colocó en su jaula, palanca que, a su vez, accionaba un mecanismo que le dispensaba a la rata que lo accionaba una razonable cantidad de comida. Las ratas aprendieron pronto la técnica de accionar la palanca para obtener comida y así lo hicieron durante un cierto período de tiempo.

Posteriormente Russell Church instaló un dispositivo mediante el cual, cada vez que una rata accionaba la palanca de su jaula, no sólo recibía comida sino que, además, provocaba una dolorosa descarga eléctrica a la rata que vivía en la jaula de al lado. En efecto, el suelo de las jaulas estaba hecho de una rejilla de metal que, cuando se accionaba la palanca de la jaula de al lado, suministraba una descarga eléctrica a la ocupante de la jaula fuera cual fuera el lugar de la jaula en que estuviese. Ni que decir tiene que ambas ratas, la que accionaba la palanca y la que recibía la descarga, se veían perfectamente pues estaban en jaulas contiguas.

Lo que ocurrió a continuación fue sorprendente.

Cuando las ratas que accionaban la palanca se percataron de que tal acción causaba dolor a su vecina dejaron de accionarla. Mucho más sorprendente aún fue el hecho de que las ratas preferían pasar hambre a causar daño a su vecina.

En los años sesenta el experimento anterior fue reproducido por psiquiatras americanos pero utilizando esta vez, en lugar de ratas, monos (Macaca mulatta). Sus conclusiones fueron sorprendentes.

Los monos fueron mucho más allá de lo que se había observado en las ratas. Uno de ellos dejó de accionar la palanca que le proporcionaba comida durante cinco días tras observar cuales eran los efectos de su acción en el mono de la jaula vecina. Otro, dejó de accionar la palanca y por tanto de comer durante doce días. Estos monos, simplemente, preferían dejarse morir de hambre a ver sufrir a sus compañeros.

Y una vez que sabemos esto ¿crees que podemos mantener que los seres humanos no son empáticos por naturaleza? ¿Admitiremos que hay normas de conducta con las que los seres humanos nacemos y que desde hace millones de años están escritas en nuestro ADN?

Pero ¿por qué habría de escribir la naturaleza en nuestros genes y en los de otros animales sociales instintos tales como la empatía, el orgullo, la venganza, la gratitud…?

La pregunta, debo admitirlo, está mal hecha pues la naturaleza nunca hace nada intencionalmente, opera de otra forma (si quiere esto podemos verlo otro día) pero mi hipótesis es que, siendo la cooperación una estrategia evolutivamente estable (los experimentos de Robert Axelrod en este punto son muy interesantes) la empatía, la gratitud, el orgullo, la venganza y hasta el sentimiento de justicia/injusticia forman parte de nuestro equipamiento genético.

¿No crees que los animales tengan sentido de la justicia tanto más evolucionada cuanto más evolucionada sea la especie a qué pertenecen? Creo que en este punto puedo sorprenderte.

¿Y esto qué nos importa?

No sé si has reparado en el recurrente debate justicia/ley que suelen plantearnos habitualmente a los juristas ¿Qué es justo y qué es injusto si no es aquello que está escrito en los textos positivos? ¿Dónde está escrito ese código que nos dice qué es justo y qué no?

Hay quien lo ha buscado en textos filosóficos o sagrados y así me lo «enseñaron» en la facultad cuando estudié derecho natural o filosofía del derecho, yo, desde hace años decidí buscarlo en la naturaleza y en la forma en que está funciona.

Y creo que es el mejor camino.

Descansa en paz compañera

En todo el ecosistema judicial sólo hay dos especies de «operadores jurídicos» que cumplan el desigual rito llamado plazo y que, en caso de incumplirlo, respondan de todos los perjuicios que causen con todos sus bienes presentes y futuros.

Si el letrado llega tarde o no llega a una vista civil puede encontrarse con que su parte pierda el pleito y él haya de indemnizarla de todos los daños sufridos… Ya, si el que llega es tarde es el juez o el imprescindible funcionario de turno, entonces nada ocurre: la parte, el abogado y el procurador habrán de esperar pacientemente y sin derecho siquiera a la protesta.

He visto a letrados conducir a velocidad enloquecida entre San Javier y Murcia solo porque en San Javier el primer juicio de la mañana se retrasó de forma inexplicable y el letrado podía no llegar a tiempo a la audiencia previa de media mañana en Murcia.

Sí, tengo amigos que se dejaron los dientes y casi la vida en la curva de incorporación de la autovía de San Javier a la de Murcia, tengo amigos que acabaron con su coche enmedio de un campo de almendros tras salirse de la carretera y tengo amigos que, antes de que se construyese la autovía, atravesaron la carretera bordeada de eucaliptos entre Cehegín y Caravaca como quien atraviesa en Le Mans las Hunaudieres.

Luego, pleitos que debieran durar meses, duran años… Y siempre hay quien señala a esos malvados abogados que dilatan…

Y me llevan los demonios.

Me llevan los demonios porque llevo casi 40 años soportando esperas inexplicables y viendo cómo los plazos solo parecen regir para las partes. Y sufriendo los insomnios del plazo, las angustias de la prescripción y la indignación de ver cómo una administración irresponsable ajusta estrechas cuentas a cualquier procurador o letrado que se retrasa.

Ayer murió una procuradora en Jaén camino de su trabajo y me importa poco si fue un error humano, un fallo mecánico o una imprudencia. Lo que sí me importa es que, de telón de fondo, hay una administración irresponsable de sus retrasos y en primer plano profesionales que responden de su celeridad con su patrimonio, cuando no con la vida.

Esta situación es una vergüenza infame, todos la sufrimos y nadie la remedia. Y no, no nos culpemos a nosotros, la desvergüenza está en los responsables de la situación y esos no somos nosotros.

Descansa en paz compañera.

Ojalá que llueva café

Los políticos son una máquina inacabable de producir mensajes vacíos formalmente irreprochables, eso sí.

—¡¡Por la paz en Ucrania!!

Vale, sí, eso lo queremos todos, pero ¿cómo quieres lograrlo? ¿quieres que se rinda Ucrania? ¿O quieres que se rinda Rusia? ¿quieres mandar armas a unos u otros? ¿o prefieres dejar sin suministros a unos a otros o a ambos?

Pedir la paz es la tipica vaciedad que nadie puede criticar y que, ante los incautos, puede incluso otorgarte una cierta pátina de hombre/mujer de estado; pero pedir la paz sin decir cómo lograrla es algo tan inane como pedir que llueva café.

—¡¡Contra el paro fomentaremos el empleo!!

Que sí chavales, que sí, que el paro es malo y el empleo bueno, que eso lo sabemos y lo queremos todos; lo que necesitamos no es alguien que nos diga que el empleo es bueno sino alguien que tenga voluntad, buenas ideas y un plan para conseguirlo.

Tras seis meses de huelga de la justicia (seis), tras medio año con los juzgados casi paralizados, ahora la abogacía institucional ha descubierto que es mejor que la justicia funcione a que esté parada, un descubrimiento genial al que nadie sino un genio podría haber llegado.

Y es por eso que ahora, tras seis meses de huelgas, cuando la abogacía real está en la calle y manifestándose por la insoportable situación económica, viene la abogacía institucional a decirnos que hemos de manifestarnos «para que se reactive la justicia».

Ojalá que llueva café.

Vamos a ver, líderes, lideresas y lideresos, pues claro que todos queremos que la justicia funcione, como todos deseamos la paz en Ucrania o el pleno empleo, eso es una obviedad, pero lo que se exige de quien lidera una protesta es que fije su plan para conseguir que llueva café si es que es café lo que pide.

¿Quieren ustedes que el gobierno se siente a negociar? ¿Cómo es que entonces no presiona usted en pleno periodo electoral para que lo haga? ¿quiere usted que los funcionarios levanten la huelga? ¿Por qué no lo dice explícitamente y traslada a la opinión pública los perjuicios que la huelga causa?

Hacer una manifestación «porque la justicia funcione» es tan inútil como hacer una manifestación «contra el hambre en el mundo»; si quieres acabar con el hambre comienza por recolectar alimentos.

Ocurre que, tras seis meses de manifestaciones de una abogacía harta, seis meses durante los cuales el Consejo General de la Abogacía Española ha preferido mirar hacia otro lado, meter la cabeza en el suelo para no ver y hasta boicotear las legítimas manifestaciones de abogados y abogadas, ocurre que, tras todo eso, la líder del CGAE y sus corifeos se han dado cuenta de que han perdido toda iniciativa entre la abogacía real, que los deseos y aspiraciones de la abogacía ya no los representa ni los canaliza CGAE, que, desde hace cinco años, desde que Victoria Ortega Benito preside el Consejo, este organismo se ha convertido en el imaginario de los abogados y abogadas reales más en un problema que en una solución.

CGAE no produce ideas y si las produce son desactivadas por su cúpula, más preocupada en ocultar dietas, escándalos presupuestarios y obvenciones poco justificables que en solucionar los problemas que afectan a la mayoría de abogados y abogadas de España.

Ahora, pidiendo que «se reactive la justicia» (pidiendo que llueva café) una petición tan blanca y pura que todo el mundo debe estar de acuerdo, pretenden aparentar recuperar una iniciativa que perdieron hace mucho. En realidad tras la manifestación convocada no hay ningún plan para acabar con la huelga y ni siquiera este es el objetivo perseguido por la líder y sus corifeos; el objetivo es otro mucho menos beatífico y menos confesable: el objetivo es presentar las movilizaciones como una muestra de capacidad de liderazgo y poder así mantenerse en una presidencia sin más fin que la autocomplacencia y el onanismo institucional.

Seis meses de huelga para la abogacía

Van a cumplirse seis meses de que se iniciasen las huelgas en la administración de justicia, medio año, pues, de paro en uno de los servicios esenciales del estado.

En estos seis meses todos han perdido pero, de entre todos los que han perdido, abogados y procuradores son probablemente los colectivos más perjudicados. ¿Imagina usted que su empresario cerrase la empresa seis meses? ¿imagina usted que el dinero del que vive se retrasase seis meses en llegar?

Ciertamente todos los administrados —unos más, otros menos— sufren con esta huelga pero la situación de abogados y procuradores es llamativa por dramática.

Mientras los representantes de los funcionarios se encierran en el ministerio para tratar de forzar el fin de la huelga, la «representante» de los abogados no se encierra ni en el piso cuyo alquiler a nuestro pesar le pagamos todos, sigue con su vida festiva de entregas y recepciones de medallas y condecoraciones, sigue cobrando sus dietas y obvenciones aunque los abogados no cobren, sigue en silencio absoluto sobre los problemas de jubilación o de la infamia de los pagos del turno de oficio aunque los abogados griten por las calles. Ella no ve nada, no oye nada, el de los abogados, para ella, es un mágico mundo de colores como en las películas de Disney.

La «representante» de abogados y abogadas en lugar de usar las redes sociales —los periodistas y community manager que todos le pagamos— para defender la actuación o la imagen de un decano acusado de defender a sus compañeros, prefiere usarlas en la autoalabanza, la autosatisfacción y en el onanismo institucional, como si esos medios que se le pagan estuviesen para servirla a ella y no a los abogados y abogadas de España que las pagan.

El problema de abogados y abogadas no es que no funcionen los juzgados y sus ingresos bajen, su problema no es que, por no prestarles nadie, ni siquiera su «representante» les presta atención. La «representante» parasita el cargo, lo sangra con abundantes sinecuras y mantiene en silencio oficial a una abogacía que se muere de inanición.

A nadie se le oculta esto ya, lo que nadie entiende es que, siendo esto un estado de oponión generalizado, exista todavía un importante núcleo de consejeros que la mantienen en el solio con abundantes muestras de reverencia y pleitesía.

Esos consejeros y su conducta son el misterio que se esconde tras las difícilmente calificable conducta de la «representante». A desentrañar el por qué de su incomprensible conducta habrá que dedicar algún próximo post.

Y por la justicia ¿alguien hace huelga?

Y por la justicia ¿alguien hace huelga?

Denuncio en una red social que un país no puede tener su justicia paralizada seis meses y un funcionario me responde

«La justicia lleva dejada de la mano del Gobierno de turno desde hace decadas lo que ocurre es que ahora, cuando los funcionarios han dicho «hasta aqui» por tema de pasta no ha salido a la luz. Mientras …todos asumiamos la situacion como borregos. Que sirva esto al menos».

Y pienso, sí, la Justicia lleva dejada de la mano hace décadas, es verdad, pero lo que se reivindica —seguramente con justicia— no es que se la cuide sino más salario.

Leo, más tarde, a una amiga, Ana Maria Acero Velasco, escribir sobre una entrevista radiofónica a una fiscal que resume diciendo:

Hoy en la radio una representante de una Asociación de Fiscales denuncia que hay mucha carga de trabajo, que se necesitan más fiscales, que es caótica la situación… Pero que en la huelga lo que exigen es más dinero no más fiscales.

Y pienso que, en realidad, la justicia parece importarnos a todos un carajo, que el centro de nuestras reivindicaciones es siempre nuestro dinero y que lo demás siempre puede esperar. Una justicia fallida pareciera ser solo una parte del argumentario para reivindicar mejoras económicas para los «operadores».

Y no digo que las reclamaciones económicas no sean justas —lo son— sólo pienso que los seres humanos estamos siempre más dispuestos a llevar adelante medidas de presión para defender el interés propio que el interés común.

Y pienso que, si todos los operadores jurídicos defendiésemos conjuntamente la justicia, nuestra razón de ser, muy probablemente no necesitaríamos andar en conflicto por los intereses económicos propios de nuestor sector. La falta de fiscales, jueces o funcionarios no genera movilizaciones, las retribuciones sí.

Y no digo que esté mal, es legítimo reclamar lo propio, pero me embarga el temor de que, si los sueldos suben, seguiremos durante años con una justicia deleznable pero, eso sí, sostenida por operadores satisfechos.

Igual es que la justicia a todos nos importa poco y es sólo y de tanto en tanto, no más que una coartada.

La ministra cofrade

La ministra cofrade

España es un estado aconfesional, no existe ninguna religión oficial del estado y rige el principio de libertad religiosa. Conforme a tales principios el estado no debe inmiscuirse en actividades religiosas de ninguno de los cultos existentes y permanecer ajeno a ellas.

Ocurre sin embargo que España no es un país surgido de la nada pues nuestro país, España, ha sido un estado de fuerte tradición católica y donde muchas de nuestras costumbres están permeadas por tradiciones de naturaleza religiosa y la Semana Santa es una de ellas.

Con el advenimiento de la democracia se cuestionó la legalidad de la presencia de corporaciones públicas en manifestaciones de naturaleza religiosa y, en virtud de las primeras y vacilantes interpretaciones de las relaciones iglesia-estado muchas situaciones en que el estado intervenía en, por ejemplo, procesiones se redujeron drásticamente. Finalmente la jurisprudencia fijó una entente lógica y razonable que, básicamente consistía en que, para que una corporación pública pudiese participar en una manifestación religiosa, se exigían tres requisitos:

Primero. Que la participación de la corporación pública en esa manifestación tuviese una tradición acreditada. Así, por ejemplo, en Cartagena el piquete de la Infantería de Marina escolta al tercio y trono de San Pedro porque es tradición inveterada y todos lo sabemos.

Segundo. Que dicha participación tenga algún mínimo enlace lógico con la manifestación religiosa en que se produce. Así por ejemplo en muchas procesiones de el Entierro de Jesús la corporación municipal marcha tras el trono del Santo Entierro.

Tercero. Que la presencia de la corporación pública en la manifestación religiosa en ningún caso tenga una finalidad proselitista ni de superioridad del credo en que se produce.

Y digo todo esto porque hoy, mirando el Timeline de twitter de la Ministra de Justicia Pilar Llop la veo en Sevilla haciéndose fotos en todo tipo de acto religioso. Y me rechina.

Porque, que yo sepa, no existe una tradición acreditada de presencia de los Ministros de Justicia en tales actos ni veo conexión lógica entre la presencia de la ministra y el acto, a salvo de… La pura propaganda electoral.

Hoy la Ministra se ha hecho unas fotos en Sevilla con «La Estrella» una virgen a la que los sevillanos conocen con la advocación de «La Valiente» y he reparado que, si Pilar Llop, miembro de un gobierno especialmente vinculado con la llamada memoria histórica, conociese la historia de por qué a La Estrella la llaman «La Valiente» quizá hubiese hecho bien ahorrándose la visita.

A esta virgen se le llama «La Valiente» porque en 1932 —si no recuerdo mal— tras la quema de iglesias e imágenes habida en Sevilla muchas hermandades decidieron cancelar su salida en la semana santa de ese año. Pero en la calle de San Jacinto, en Triana, esta hermandad decidió salir a pesar del riesgo. Y salió y entró en Sevilla por el Altozano.

A su paso se le arrojaron objetos, hubo tensión y miedo, pero para cuando la Estrella entró en Campana la calle era un clamor de vítores. De vuelta a su barrio volvió la tensión y hasta se disparó contra el paso.

Yo no estaba allí, obviamente, pero como me lo contaron te lo cuento y esta es la historia que corre por Sevilla con pocas variantes.

Hoy la ministra y muchos otros ministrillos y ministrables, concejalillos y concejalables de todos los partidos andan por España buscando un paso o trono que les garantice una imagen amable que difundir por las redes sociales y a mí todo eso me suena a la muy pascual figura de los hipócritas fariseos.

Los hermanos mayores de las cofradías tampoco ponen coto a esta pasarela cibeles política primaveral; a ellos esto le gusta, se dan tono, sacan barriga.

Si el lunes de pasión se conmemora la violenta expulsión de los mercaderes del templo a latigazos, igual este año debiera recordarse por los hermanos de las cofradías y aplicarlo a los políticos de todos los partidos —todos, que a la derecha también le gusta y mucho el puchero— que acuden a las iglesias a hacerse publicidad electoral.

Ya, ya sé que todos pueden decir que van a título particular, pero la cara de una ministra resulta inescindible de su cargo.

Me horrorizó ver a Catalá (PP) con la varita en la mano besando cruces en una procesión y me horroriza ver a Pilar Llop (PSOE) ministra de justicia manejando el llamador para ordenar que los costaleros levanten el paso.

Sí, pueden ir a título particular, pero cuando alguien va a la procesión a título particular y no a convertir en un acto electoral una tradición confesional lo ha de hacer como en Sevilla está mandado: con la cara tapada y desde tu casa a la iglesia por el camino más corto, pero, en estas condiciones, las procesiones no le interesan a ningún político.

Los jueces amenazan huelga, los funcionarios de justicia amenazan huelga, los abogados de oficio trabando en régimen de esclavitud y la ministra, en lugar de ordenar esta pasión según san Mateo que es la justicia española, se va a tomarse fotos con olvido de cuál es el papel que debe jugar un cargo público en una manifestación confesional.

Ni es el momento, ni es la ocasión, pero para los políticos cualquier momento, cualquier motivo y cualquier medio es bueno para ganar unos votos.

No puedo con ello.