La gente usa la expresión «discusiones bizantinas» como sinónimo de debates sin trascendencia práctica y, eso, solo demuestra el absoluto desconocimiento de los hablantes de la realidad de Bizancio y de sus debates.

Para entender las cosas a veces basta con mirar el mapa político de una época determinada y, por eso, abajo les dejo el mapa de Bizancio; en él, en amarillo, se puede contemplar el territorio dominado por el Imperio Romano de Oriente, ese al que —desde el siglo XVIII— a los historiadores les dio por llamar Imperio Bizantino. En verde pueden contemplar la tremenda extensión del archienemigo de los romanos el, para los occidentales, bastante desconocido Imperio Persa Sasánida.

No se llamen a engaño, en ese momento el Imperio Persa Sasánida era la primera potencia mundial y la vida no era fácil para los gobernantes del Imperio Romano de Oriente. Y ahora tratemos de entender cómo funcionaban las cosas entre esas dos potencias mundiales del momento (siglos III al VII).

En una parte del Imperio Romano, Judea, había sido ajusticiado en el siglo I un individuo llamado Jesús de Nazaret cuya muerte sacudió un avispero de seguidores que alcanzó a todos los territorios colindantes. La secta de los cristianos se difundió no sólo por todo el Imperio Romano sino también por partes importantes del Imperio Persa. Otros seguidores de Jesucristo se extendieron por la zona y, en particular, muchos judeocristianos como los ebionitas se establecieron en tierras del Imperio Persa hasta el día de hoy en que están siendo masacrados por los talibán. Si les interesa otro día hablamos de quiénes eran esos ebionitas.

Cuando el imperio romano hizo del cristianismo su religión oficial el Imperio Persa Sasánida no pudo sino mirar con recelo a los cristianos que vivían dentro de su territorio.

El emperador persa (el «Shaj») legitimaba su posición en base a los fundamentos de la religión zoroastrista y su dios Ahura Mazda y resultaba normal que recelase de que los cristianos podían convertirse en una peligrosa «quinta columna» dentro de su reino dado el carácter de religión oficial del imperio vecino. Si queremos verlo con una mirada más actual digamos que el rey persa miraba a los cristianos de la misma forma en que Truman y Eisenhower miraban a los comunistas estadounidenses durante la Guerra Fría, en plena «Caza de Brujas».

Pero, además del zoroastrismo, en el Imperio Persa Sasánida existían otras religiones que también invadían a su archirrival el Imperio Romano de Oriente. En el 216 había nacido en Ctesifonte un tal Mani o Manes que pronto adquirió fama de profeta. Mani vivió en su juventud en el seno de una comunidad judeocristiana ascética conocida como los elcesaitas, un subgrupo de la secta ebionita. Según sus biógrafos recibió una revelación de un espíritu al que llamaba Syzygos o «Gemelo». Cuando tenía alrededor de 25 años, comenzó a predicar su nueva doctrina, basada en la idea de que podía alcanzarse la salvación mediante la educación, la negación de uno mismo, el vegetarianismo, el ayuno y la castidad. Su visión dualista del mundo ha dado lugar a una palabra que aún hoy día usamos: maniqueísmo.

Más adelante, anunció que él era el Paráclito (Espíritu Santo) prometido en el Nuevo Testamento, el Último Profeta y el Sello de los Profetas, último de una serie de hombres enviados por Dios que incluía a Set, Noé, Abraham, Shem, Nikotheos, Henoc, Zoroastro, Hermes, Platón, Buda y Jesús… (¿no les suena esto a una especie de Mahoma «avant la lettre»?)

Durante su vida, los primeros misioneros de Mani difundieron la nueva fe por Persia, Palestina, Siria y Egipto. El mismo emperador del Imperio sasánida, Sapor I, fue amigo y protector de Mani y favoreció la divulgación de su mensaje por el Imperio.

Quizá a ustedes no les suene el nombre de Sapor I, pero si les digo que conquistó Armenia, Siria y Antioquía empezarán a tomarle en serio y si les añado que, cuando el emperador Valeriano marchó contra él infligió a los romanos la más dolorosa y humillante derrota de su historia entenderán Sapor no era ningún mindundi. Sapor no solo acabó con el ejército romano sino que incluso capturó al propio emperador a quien, según las malas lenguas, usaría de taburete para subir a su caballo. No, para los romanos, créanme que Sapor no era ningún mindundi.

Mani no solo difundió su doctrina dentro del Imperio Persa, sino que sus enseñanzas también se propagaron por el propio Imperio Romano de Orienta donde muchos de los evangelios apócrifos, que por entonces se estaban escribiendo, se tiñeron de sus enseñanzas maniqueas.

¿Empiezan a tomar conciencia de la trascendental importancia de las religiones y su difusión?

Fue por eso por lo que los debates teológicos de los concilios católicos eran de la máxima importancia política y eso en un momento en que el ambiente teológico echaba chispas a cuenta de la verdadera naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo: Jesucristo.

Fue por eso también que, cuando el monje Nestorio, oriundo de Alejandría, una vez nombrado obispo de Constantinopla, comenzó a proclamar que Cristo estaba radicalmente separado en dos naturalezas, una humana y una divina, completas ambas de modo tal que conforman dos entes independientes, dos personas unidas en Cristo, que es Dios y hombre al mismo tiempo, pero formado de dos personas (prosopōn) distintas, los persas comenzaron a entender que aquella trifulca teológica podía ser importante para ellos.

Cuando Teodosio II llamó a los partidarios de Nestorio al concilio de Éfeso en el año 431 con ánimo de condenarlos como herejes y ordenar su expulsión del Imperio, naturalmente, los persas se frotaron las manos. Tras la condena de la herejía nestoriana muchos de sus adeptos huyeron a Persia y allí fueron calurosamente recibidos: los cristianos persas habían dejado de ser una amenaza, pues ya no eran cristianos fieles de la ortodoxia romana sino adversarios de ella. Los persas nunca más volvieron a temer que sus cristianos nestorianos fuesen una quinta columna del Imperio Romano de Oriente. El nestorianismo, en su momento de máxima extensión alcanzó a regiones tan distantes como Malasia, China o el sur de Siberia.

Naturalmente que los emperadores romanos y el clero ortodoxo persiguieron celosamente al maniqueismo, al gnosticismo y a cualquier herejía dualista y, con lo contado hasta ahora, entenderán mejor por qué.

Discusiones bizantinas, puede ser, pero, enmedio de esas discusiones, en el año 602, comenzó una de las más espantosas guerras de la antigüedad, una guerra que enfrentaría a muerte a romanos y persas durante más de 25 años. En el curso de aquella guerra los emperadores persas llegarían a tomar Judea y a apoderarse de la principal reliquia de la cristiandad, el gran trozo de la Cruz de Cristo que la emperatriz Elena dejó en Jerusalén. Los romanos bizantinos no asumirían la pérdida y bajo el mandato del emperador Heraclio mandaron al combate todo lo que tenían… Y vencieron, y recuperaron la Cruz (el próximo 14 de septiembre si eres cristiano celebrarás esta gesta) y acabaron casi tan exhaustos como sus adversarios persas sasánidas…

Corría el año 628 y durante todo ese tiempo un hombre llamado Mahoma (en el que un monje nestoriano había reconocido a un profeta) que, como Mani, se declaró el Último Profeta y el Sello de los Profetas, último de una serie de hombres enviados por Dios que incluía a Set, Noé, Abraham, Shem, Henoc y Jesús; había estado predicando su doctrina en la olvidada península arábiga…

Cuando los ejércitos árabes salieron hacia Mesopotamia, Persia y el Medio Oriente, se sorprendieron de la facilidad con que conquistaron aquel, en otro tiempo, fabuloso imperio persa y que ahora yacía extenuado tras sus guerras contra los romanos de oriente. La realidad fue que, simplemente, no encontraron resistencia.

También se sorprendieron de la incapacidad romana para defender Palestina, Egipto y otras provincias romanas y, aunque Constantinopla resistió casi mil años más salvando a Europa de una invasión musulmana, los hijos de la Media Luna pudieron campar a sus anchas por África hasta los confines del mundo conocido: Al Ándalus.

Y todo por unas discusiones bizantinas. ¿Sin trascendencia práctica?

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