Napoleón

Napoleón

El pasado es un país distinto donde las cosas se hacen de forma diferente. El pasado es un país en el que, incluso, cuando usan las mismas palabras que nosotros, están diciendo cosas distintas.

Recuerdo cuando de niños, enfrentados al conocido soneto de Francisco de Quevedo que comienza con un «Miré los muros de la patria mía…», el profesor nos advertía severamente que cuando Quevedo hablaba de patria no se refería a España —que es lo que en principio todos pensábamos— sino a Madrid. El pasado, como digo, es un país distinto donde hasta las palabras significan cosas distintas y esto, muy a menudo, se olvida; unas veces por imprudencia, otras deliberadamente para apuntalar posiciones políticas propias.

«Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.»

Hoy hemos convertido la «historia» en una herramienta de lucha política, sobre ella inventamos o negamos naciones para, a continuación, extraer de nuestra parcial visión de la historia toda una serie de consecuencias políticas que, como pueden imaginar, están escritas en el aire o edificadas sobre el barro, tanto como nuestra justificación «histórica» de nuestra postura.

Tratamos de decidir si los «culpables» de una determinada guerra son unos u otros escarbando en la historia y, casi siempre para apoyar nuestra preferencia, no dudamos en bucear al año 1000 AEC para remontarnos al Reino de David o al 1200 AEC para argüir a propósito del establecimiento de los filisteos en la franja de Gaza.

Estamos enfermos de historia. No entendemos nada, somos todos novelistas históricos sin ser historiadores. Incluso a veces dudo de si los historiadores son en la mayoría de los casos historiadores.

Del mismo modo que Quevedo hablaba de patria y se refería a su pueblo (a mí me gusta llamar a Cartagena «mi patria» sólo por provocar a que me pregunten y explicar luego que lo hago a la manera de Quevedo) también existía la palabra «nación» pero también quería decir algo muy distinto. Si tienes tiempo y ganas busca en los textos de Benito Jerónimo Feijoo, el paradigma de los ilustrados, cómo define las palabras «patria» y «nación», verás que no tienen sentido político alguno.

Sí, en el pasado también se hablaba de España, Cataluña, Castilla y Portugal, pero te aseguro que, aunque las palabras eran entonces las mismas que ahora, su significado era profundamente distinto.

Y, sin embargo, sobre una comprensión deficiente del pasado, sobre la incapacidad para entender cómo pensaban hombres y mujeres muy distintas de nosotros, fabricamos quimeras y patrañas con que enfrentar a los seres humanos y buscarles una identidad que, a lo que se ve, debido al cine americano, a las franquicias de ropa y comida y a la fluidez de la información de estos tiempos se ha disuelto como un azucarillo.

Y no crean que les cuento todo esto como consecuencia de mi aversión al nacionalismo político (el cultural me apasiona) sino porque gasté 160 minutos de mi vida soportando un truño infumable llamado «Napoleón». Hacía tiempo que no veía en la gran pantalla nada tan grosero, tan zafio, tan tosco y tan ajeno a la cultura como ese bodrio. Un personaje apasionante como Napoleón, a caballo entre la ilustración y el romanticismo, entre la República y el Imperio, entre la antigüedad y la modernidad, es presentado de forma tosca y sin profundidad psicológica alguna por un director que, además, dirige pésimamente la puesta en escena de todas las batallas que nos trata de contar.

Kubrick y su Barry Lyndon se revolverían en su tumba, Spielberg y Salvar al soldado Ryan tienen que estar descojonados de este torpón y, sin embargo, oigo a los espectadores que salen del cine conmigo y me preocupo porque muchos —que ni saben quién fue Napoleón— se llevarán de él y de su época una idea absolutamente falsa.

Y serán luego esos ciudadanos quienes sobre fabulaciones históricas querrán decirnos cómo debemos vivir.

No puedo con esto.

Presentado mi libro

El día 30 a las 20:00 está anunciada la presentación del libro «Historias increíbles de un abogado de oficio». Allí estaré, naturalmente, y a quienes sois de la zona espero poder veros también.

Construyendo recuerdos: «advocats fins a la mort».

No escribo por el gusto de escribir o de crear textos bellos -el cielo no me dio esa facultad- escribo para contar cosas y poco más. Creo que ya dije que nada me causa tanta satisfacción como saber que mis textos son leídos como si se tratase de piezas de la vieja literatura oral y es por eso que ayer. cerca de la media noche, me sentí inmensamente feliz al recibir el reenvío de la conversación de un chat de whatsapp en el que, una compañera abogada que había estado presenciando en las Cortes Valencianas el debate de la PNL para aprobar una pasarela al RETA de los mutualistas, contaba a sus compañeros que uno de los diputados que intervino en favor de la PNL, Jesús Plá, del grupo parlamentario Compromís, lo había hecho leyendo en su integridad y traducido al valenciano un post que yo escribí hace 7 años denunciando la situación en que se encontraba una mayoría de los mutualistas.

Es verdad que escribí ese post para denunciar una situación dramática, lo que no imaginé es que podría ser usado en el seno de un debate parlamentario para apoyar las justas reivindicaciones de mis compañeras y compañeros. Y para voy a engañarles, al reconocer mi post «Abogados hasta la muerte» leído en valenciano («Advocats fins a la mort») me emocioné porque no creo que pueda haber mejor premio para mí que ese: saber que he ayudado en algo.

Y ahora lo cuento aquí, claro, no tanto porque se sepa sino porque cada año, cada cinco años o cada diez años, desde facebook, instagram o cualquier otra red social, el algoritmo implacable me recordará mientras yo sea capaz de leerlo que una vez, una noche, me sentí feliz y emocionado.

Historias increíbles de un abogado de oficio

Historias increíbles de un abogado de oficio

Hace unos tres meses la editorial «Esfera» (El Mundo) me pidió que escribiese un libro que tratase de esas cosas que componen el oficio de abogado y, quizá irreflexivamente, acepté.

Supongo que, cuando alguien lleva más de treinta y cinco años dedicado a una labor, es legítimo echar la vista atrás y preguntarse si ha merecido la pena. La pregunta es legítima pero difícil, treinta y cinco años son casi una vida y sería amargo que resultase, como en el poema, que después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Después de nada —o después de todo— yo me he hecho la pregunta y no he encontrado en mí respuesta.

Apesadumbrado acudí a una buena amiga abogada a pedirle ayuda

—¿Tú crees que ha merecido la pena?
—No sé, Pepe, pregúntate a cuánta gente has ayudado, trata de recordarlo y quizá tengas la respuesta.

Y es por eso que hace tres meses comencé a recordar, no todos los casos, claro, sino sólo los de oficio.

Aquellos casos en que los clientes, bien o mal, pagaron mis servicios no me atrevo a computarlos como ayuda, pero aquellos casos en que mis servicios no fueron pagados o sólo recibieron del estado un precio vil, creo que legítimamente puedo contarlos como asuntos en los que, mejor o peor, he servido a un semejante y a la sociedad en la que vivo.

Y ahora que he estado tres meses recordando asuntos, permítanme que les cuente algunos de esos casos, les hable de algunas de esas cosas que nos interesan a los abogados de oficio y trate de ajustar cuentas con la vida.

El libro «Historias increíbles de un abogado de oficio» se encuentra ya en preventa y saldrá a la venta el próximo día 15. De momento la manera más sencilla de encontrarlo es en Amazon.

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Avenida de «La Raza»

Avenida de «La Raza»

Debo confesar que no lo sabía, que soy un ignorante, que había fundado mi juicio sobre premisas erróneas, que estaba equivocado, en suma.

Déjenme que les explique.

Verán, yo siento una especial aversión hacia la palabra «raza» aplicada a la especie humana. Es una aversión liminal, casi apriorística, si aparece la palabra «raza» en algún discurso mi ánimo cambia inmediatamente y me pongo en guardia frente a quien esgrime tal concepto. Es casi irracional pero, en general, no suele fallar: quienes manejan el concepto de «raza» (sea esto lo que sea) en sus reflexiones sobre los asuntos humanos, suelen acabar derivando siempre hacia las tenebrosas costas de un cierto tipo de pensamiento sustentado por un oscuro cabo austríaco de la primera guerra mundial.

Con lo dicho no se extrañarán de que, de todas las calles y avenidas de Sevilla, ninguna me resultara tan desagradable y tan impropia de una ciudad tan humana como esa vía llamada «Avenida de la Raza».

Recuerdo ir conduciendo y preguntarme ¿Qué coño me estarán queriendo decir con ese nombrecito? ¿Avenida de la Raza? ¿De qué raza? ¿Pero es que en España no sabemos todos que somos como los perros callejeros, unos mil leches producto de los cien pueblos y pueblas que han pasado por la península ibérica a lo largo de la historia?

La raza… ¡menuda raza! desde que neandertales y cro magnones habitaban la península hace más de 30.000 años por aquí han pasado todos: los de los campos de urnas, los indoeuropeos, los iberos, los celtas, los fenicios, los griegos, los carthagineses, los romanos, los suevos, los vándalos, los visigodos, los árabes, los gitanos, los judíos, los alemanes de Mallorca, los ingleses de Magaluf y hasta magyares como Kubala y Puskas.

¿Raza dice usted? ¿Avenida de «La Raza»? Deje que me descojone, caballero.

No podía evitarlo, créame, si viajaba con algún amigo que no conocía Sevilla procuraba evitar por todos los medios que reparase en tan odioso nombre de forma que, si era preciso, daba un rodeo para evitar meterle por esa avenida.

A mi lo de «Avenida de La Raza» me traía a la memoria lo del «Día de La Raza», nombre que en mi infancia algún «falangista valeroso» aplicaba al la festividad del 12 de octubre, día que, por aquellos tiempos, se conocía como el «Día de la Hispanidad», un nombre que a mí me caía bien y que no entendía que nadie quisiera sustituir por el, a mi juicio repulsivo, nombre de «Día de la Raza».

Pero ya se lo dije al principio, me equivoqué, porque soy un ignorante, porque desconozco muchas cosas y porque a menudo juzgo demasiado rápidamente.

No digo que quienes utilizaban entonces e incluso ahora la expresión de «La Raza» no lo hiciesen con una intencionalidad ideológica digna de un cráneo fraguado con hormigón de búnker berlinés, lo que digo es que, cuando le pusieron el nombre a esa avenida, por la mente de quienes lo hicieron no pululaba ninguna de las ideas que yo, prejuiciosa mente, les atribuía.

La existencia en Sevilla, junto al Parque de María Luísa, de un «Monumento a La Raza» inaugurado en 1929 debió hacerme sospechar. El monumento, una especie de mural, luce unos versos del poeta nicaragüense Rubén Darío que dicen textualmente:

«Ínclitas razas ubérrimas,
sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos,
luminosas almas, ¡salve!»

Total ná, «razas ubérrimas», «Hispania fecunda», «espíritus fraternos», «luminosas almas»… Rubén Darío no podemos decir que se quedase corto, no… Pero ¿qué significa todo esté galimatías?

Mi desconcierto alcanzó niveles máximos cuando descubrí que, en países americanos como Honduras, aún se celebra el «Día de la Raza» así, con este nombre. Al conocer ese dato me quedé petrificado de piedra basáltica del volcán Popocatéptl.

Y fue bueno que me quedase de piedra de este volcán mexicano porque de México llega la explicación más plausible de todo esté galimatías de la mano —o mejor dicho de la pluma— del principal intelectual de la Revolución Mexicana, es decir, de Don José Vasconcelos y Calderón.

Resulta que esté prolífico autor, verdadero apóstol de la educación de su estado, hombre que había ocupado relevantes puestos públicos en el gobierno mexicano y que fue incluso aspirante a la presidencia de la república, es el principal responsable de este asunto de «La Raza» que, como verán, es justamente todo lo contrario de lo que parece.

En el pensamiento de Vasconcelos los conceptos exclusivos de raza y nacionalidad debían ser trascendidos en nombre del destino común de la humanidad. Este pensamiento tuvo su origen en un movimiento de intelectuales mexicanos de la década de 1920, que apuntaron que los latinoamericanos tienen sangre de las cuatro razas primigenias del mundo: roja (amerindios), blanca (europeos), negra (africanos) y amarilla (asiáticos): la mezcla entre todas ellas da como resultado la aparición de una quinta y última, la más perfecta y sublime. Resulta, pues, que «La Raza» a la que se refería el cartelito de la calle y el poema de Rubén Darío es justo a la nuestra, a la de los perros callejeros, a la de los «mil leches». La Raza de la que habla Vasconcelos es la raza de los antirracistas, de la de los mestizos, de la de todos en realidad porque, en el fondo, todos los seres humanos somos eso, mestizos (¡Coño, si hasta tenemos un 2% neandertal!).

Según Vasconcelos la América hispana es la suma de toda la humanidad, el punto culminante de su historia: América es donde se combina la hispanidad europea (síntesis de celtas, iberos, romanos, germanos) con «el espíritu contemplativo» del indio americano, «la sensualidad» del africano y «el sentido de unidad colectiva» del asiático. ¡Toma candela, Manuela!

Y a esta raza que no es raza, a esta raza antirracista, Vasconcelos (a quien ciertamente no le faltaban palabras) la bautizó nada menos que como «La Raza Cósmica» y se tiró el folio de publicar en Madrid, en 1925, un ensayo titulado así: «La Raza Cósmica».

Es así como se entiende que Rubén Darío, en el monumento a la raza de Sevilla, hablase de «Ínclitas razas ubérrimas» (en plural) y de «espíritus fraternos». Mientras que cualquier filósofo centroeuropeo con cráneo de hormigón y acero hubiese hablado del «Volkgeist» y de otras ideas de bigotito recortado, aquí, el Darío y el Vasconcelos, se tiraron un pegote verdaderamente cósmico:

—¿A nosotros nos váis a hablar de razas? ¡Tirad pal búnker, esjraciaos!

No creo necesario aclarar que este post no pretende ser del todo científico y que algo de ironía hay en él, tampoco pretendo saberlo todo sobre el pensamiento del recién descubierto por mí Vasconcelos y sobre su delirante idea de la «Raza Cósmica», de hecho, ya lo dije al principio, debo confesar que todo esto hace poco no lo sabía, que soy un ignorante, que había fundado mi juicio sobre premisas erróneas y que quizá también lo esté haciendo ahora.

Quiero decirles que siempre puedo estar equivocado, en suma.

En la foto del post Don José Vasconcelos, un tipo tan «racial» que consiguió en su tiempo que todos los ingresos del petróleo obtenidos por México se dedicasen a educación y creó escuelas en aquel país a un ritmo de mil al año. Eso sí es raza de la buena.

Las causas de las guerras

Las causas de las guerras

Veo las imágenes de la inacabable guerra que asola las tierras del viejo Canaán y me pregunto sobre el por qué de todo esto.

Me pregunto, sobre todo, por qué los seres humanos no pueden vivir juntos y en paz sobre una misma tierra y siento que si señalo estos motivos estaré señalando a los auténticos culpables de estas masacres.

Han sido muchos los sistemas políticos que han permitido la convivencia pacífica de pueblos distintos dentro de sus ámbitos de poder, desde el imperio romano, donde multitud de etnias y credos convivían dentro de una misma entidad política, hasta la época de la muy católica monarquía hispana donde multitud de etnias compartieron un mismo espacio político durante tres siglos mezclándose hasta generar un maravilloso mundo mestizo. Por supuesto que fenómenos como el imperio Austro-Húngaro —un mosaico de países como Chequia, Eslovaquia, Hungría y otros— también acreditan que distintos pueblos pueden convivir pacíficamente en un mismo estado y siendo esto así, como lo es, uno se pregunta por qué israelíes y palestinos no pueden vivir juntos y en paz sobre una misma tierra.

Creo que todos tenemos la respuesta a la pregunta.

La imposibilidad de vivir juntos en una misma organización política no nace, por supuesto, de motivaciones raciales pues no ya es que el ADN de un judío y un palestino sean iguales, es que ambos, judíos y palestinos son pueblos semitas que hablan lenguas semitas. Cuando escucho a algún político acusar a quienes defienden las posturas palestinas de «antisemitas» me pregunto si no saben que el palestino es también un pueblo semita.

La imposibilidad de vivir juntos, pues, no nace de ninguna razón objetiva sino de la explosiva mezcla de dos razones de naturaleza ideológica que sólo existen dentro del cerebro de los contendientes y de quienes les jalean: la religión y el nacionalismo.

Antes de que el romanticismo introdujese dentro las cabezas de los seres humanos esa nefasta ideología llamada nacionalismo era la religión la primera causa de los enfrentamientos humanos. El poder tenía mayoritariamente una legitimación religiosa y esta era la coartada empleada habitualmente por los poderosos para que las pobres gentes se matasen. Cuando, con la revolución francesa y el romanticismo, el poder comenzó a apoyarse en esa entelequia a la que llamaron «nación», fue esta la excusa que sustituyó a la religión como coartada de ese salvajismo que llamamos guerra.

Y en el viejo Canaán se dan las dos causas: la religión, que anima a grupos integristas que creen legítimo morir y matar por un relato que les fue inculcado y el nacionalismo, esa teoría que dice que un «pueblo» (sea esto lo que sea) tiene derecho a tener su estado y su territorio con exclusión de otros.

Ambas causas son dos insensatas invenciones humanas que han costado a nuestra especie las mayores mortandades de la historia. Y lo perverso es que para evitar las muertes solo basta pensar un poco, una actividad que el ser humano realiza poco y mal.

Alemania y Francia mandaron a la muerte a millones de personas durante el siglo XX tan solo porque el honor de la patria les exigía controlar pequeños trozos de tierra como Alsacia o Lorena. Unos «pour la gloire» y otros porque Alemania estaba «über alles» mandaron a millones de jóvenes a dejar su sangre y pudrir su carne en lugares como Verdún, el Maine, el Somme, las Arenas y tantos otros.

Bastó que los gobernantes de Francia y Alemania dejasen de pensar en los criminales términos de las ideologías nacionalistas para que se reconociesen como aliados, para que cooperasen y acabasen con aquellos cíclicos baños de sangre. Así de sencillo, sólo necesitaron cambiar de idea, cambiar de actitud.

Pero cambiar de idea, de actitud, no fue fácil; si lo piensan para que tal cambio se produjese fueron necesarios todos los millones de muertos de que les he hablado antes y es que hacer cambiar de ideas a los seres humanos es una de las cosas más complicadas que existen: ¿hará usted cambiar de ideas a estas alturas a un integrista de Hamás? ¿convencerá usted a un judío ortodoxo de que no tiene derecho alguno sobre la «tierra prometida»?

Ahora aparecen una pléyade de políticos —la mayor parte analfabetos funcionales— a explicarnos la historia de esa tierra que unos llaman Palestina y otros Israel según el bando al que apoyan. Y ocurre que no sólo la explican mal, falseándola y arrimando el ascua a su sardina ideológica, sino que ese falseamiento lo llevan a cabo con intencionalidad política, tratando de aumentar el argumentario de quienes buscan alimentar el odio y la muerte.

Podrán ustedes decir que está posición mía de señalar a dos ideologías (el integrismo religioso y el nacionalismo) como responsables de esta y otras guerras es una postura ingenua pues, ambas, son inevitables.

Y yo le responderé que se equivoca, que el nacionalismo apenas si lleva doscientos años entre nosotros —antes no lo hubo— y que la diversidad de credos no tiene por qué llevar a ninguna situación de conflicto si no permitimos que integrismos supremacistas envenenen las mentes religiosas.

No todas las ideologías son respetables, hay ideologías criminales como hay ideas criminales y es imprescindible que no dejemos que estas se apoderen de las mentes de las generaciones futuras o, pronto, todo el mundo será Canaán si no lo es ya.

Es estúpido tener que esperar varios millones de muertes para descubrir, cómo hicieron Francia y Alemania, que era mejor cooperar que combatir.

Cómo empezó todo

Cómo empezó todo

La mayoría de las civilizaciones de la tierra han tratado de explicar cómo comenzó este mundo que habitamos y, para ello y a falta de conocimientos científicos, han dado en usar de intuiciones, a veces geniales, que han plasmado en mitos.

De los inventores de la historia —los sumerios— nos llega a través de los acadios y los babilonios una de las primeras historias que nos explican cómo el mundo y el hombre fueron creados. A esa historia la conocemos con el nombre de sus primeras palabras «Enuma elish» («Cuando en lo alto».  𒂊𒉡𒈠𒂊𒇺) y nos cuenta cómo el mundo fue creado «Cuando en lo alto el cielo no existía ni abajo existía la tierra firme».

La vieja historia sumeria, en síntesis, nos cuenta uno de los mitos más ampliamente repetidos en todas las civilizaciones del mundo: la lucha entre el caos y el orden; el caos, en el caso del Enuma Elish, representado por la monstruosa diosa Tianmat y el orden por el luminoso dios Marduk. Tras la victoria de Marduk sobre Tianmat, del orden sobre el caos, comienza la labor creadora, ordenadora, de aquel hasta lograr el cosmos y armonía natural que admiran al ser humano.

No muy distinta es la historia que se relata en la creación contenida en nuestro Antiguo Testamento, pues, en el primero de sus libros —conocido como «Génesis» por la mayoría pero que, como en el caso del Enuma Elish, es conocido por su primera palabra por los judíos «Bereshit» («En el principio…»)— también un dios ordenador informa el caos primigenio hasta producir el cosmos armónico que conocemos.

Esta misma lucha caos-orden se produce también en las mitologías mesoamericanas y al lector curioso le sorprenderá comprobar cómo leyendas e imágenes se repiten, por ejemplo:

En el mito de la creación azteca los dioses Tezcatlipoca y Quetzalcóatl logran acabar con el monstruo del caos cuyas lágrimas se convierten en los ríos, justo igual que en el caso de Tianmat, cuyos ojos son las fuentes de los ríos Tigris y Eúfrates para los mesopotámicos. Igualmente sorprendente es el relato contenido en uno de los mitos incas sobre la creación donde el dios Viracocha, tras un primer intento de crear al hombre, al ver que la obra le ha quedado mal, ordena un diluvio para acabar con ellos.

Sí han leído el Antiguo Testamento o tienen nociones de historia sagrada estoy seguro que todos estos relatos que les cuento les suenan.

No digo que todos los mitos de creación de todas las civilizaciones sea iguales, sólo señalo que este de la lucha orden-caos es uno de los más frecuentes (Mesopotamia, Egipto, Mesoamérica…) y resulta, en mi criterio, una ilustración brillante, la expresión poética de una intuición verdaderamente notable sobre la forma en que el mundo funciona y sobre el mecanismo esencial de la «creación».

Porque, si lo analizamos bien, la forma en la que el mundo funciona es esta que nos cuentan los viejos textos, la de una eterna lucha entre una fuerza caótica y un impulso informador que dote de orden al caos. Seguramente este proceso de creación, de cómo puede emerger el orden del caos, es necesario que yo se lo explique aquí pues, de no hacerlo, pueden ustedes pensar que todo esto que les cuento no es más que otro mito como el Enuma Elish o el Bereshit y no la forma en que la naturaleza se comporta.

Para explicar todo este asunto de forma que se entienda bien recurriré a la estructura Sumeria del mito y, si su paciencia lo sufre, les presentaré a la diosa del caos (Tianmat) a la que llamaremos «entropía», al dios informador (Marduk) al que llamaremos energía y el resultado final de esta tensión, la materia informada, será el cosmos y la vida que conocemos.

Veamos cómo Marduk (la energía) pelea con Tianmat (la entropía) y produce orden donde antes sólo había caos.

Quizá para entender esto lo mejor es que empiecen por llenar su lavabo de agua y coloquen firmemente el tapón en su fondo, con esto habremos creado en su cuarto de baño ese océano primigenio de donde brotaron el mundo y la vida. Y ahora prepárense, van a ser espectadores del maravilloso proceso de la creación, ese proceso mediante el cual el caos se informa, se ordena, hasta dar lugar a fenómenos tan complejos y maravilloso como la vida. Vamos allá.

Una vez tenemos lleno nuestro lavabo de agua en nuestro miniocéano primigenio reina el caos, el sistema está en ese aburrido estado de máxima entropía del que parece imposible salir y malamente nadie nos sacará de aquí salvo que se nos aparezca algún dios Marduk que ordene un poco este aburrido charco de agua.

Nosotros invocaremos a Marduk (la energía) quitando el tapón del lavabo y dejaremos que la energía (Marduk) en forma de ley de la gravedad actúe sobre nuestro miniocéano primigenio a ver qué pasa.

Y ahora atentos porque la lucha entre Marduk (la energía) y Tianmat (el caos,la entropía) comienza a desarrollarse ante nuestros ojos, el sistema, la materia,entra en desequilibrio, se mueve y,de pronto, como por milagro, el orden aparece en el sistema. Donde antes las moléculas de agua flotaban a su libre albedrío, ahora, por efecto del desequilibrio introducido por Marduk y su generoso derroche de energía, las moléculas de agua se ordenan y forman espirales, esas espirales que usted conoce bien desde niño pero que, hasta ahora, no sabía que eran un ejemplo a escala de cómo Marduk gracias la energía puede ordenar un sistema que, de otro modo, tiende a la entropía, a Tianmat.

Marduk (la energía) ordena el mundo de muchas formas, no sólo en su lavabo. Si usted coloca su pequeño océano primigenio en una olla y la coloca sobre una fuente de energía (Marduk, el fuego) verá como ese miniocéano de agua que hay en la olla se ordena en forma de corrientes de convección (el agua borbollonea) reduciendo de este modo su entropía, ordenándolo, informándolo.

Este proceso de aparición de estructuras coherentes, autoorganizadas en sistemas alejados del equilibrio se trata de un concepto del científico ruso nacionalizado belga Ilya Prigogine, el cual recibió en 1977 el Premio Nobel de Química «por su gran contribución a la acertada extensión de la teoría termodinámica a sistemas alejados del equilibrio, que sólo pueden existir en conjunción con su entorno».

No les pido que entiendan en profundidad esas estructuras coherentes, autoorganizadas en sistemas alejados del equilibrio (estructuras disipativas) sólo les pido que entiendan ese proceso por el cual la información puede ordenar la materia a costa de un generoso derroche de energía, ganando de este modo la batalla, aunque sea local y temporalmente, a la entropía.

La imagen de un dios amasando barro, harina de maíz o cualquier otra sustancia para crear al hombre es una imagen muy ilustrativa de lo que acabo de contarles, la energía, aplicada a la materia, la informa y da lugar a una realidad nueva que es creada. Sí lo piensa bien quizá ni el Enuma Elish, ni el Génesis, ni el mito de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl estaban tan lejos de la verdad y representaban bastante bien ese proceso por el cual se puede informar el caos a través de la aportación de energía.

Si quiere saber cómo empezó la vida en la Tierra puede usted pensar en las diversas fuentes de energía (sol, volcanes, vientos, impactos de meteoritos) que introdujeron en nuestro planeta los desequilibrios necesarios para informar nuevas realidades, aunque solo fuese burbujas en el agua que operasen como protocélulas o cualquiera otra forma que usted imagine.

Sí lo piensa tan solo hay tres realidades en nuestro universo: materia, energía e información y, de las tres, es esta última la que hace interesante al universo.

Esta imagen de Dios como una impresora 3D estoy seguro que le hará mirar de otra forma a quienes sustentamos criterios un tanto piratas/informacionales de la realidad.

Los símbolos y lo simbolizado

Los seres humanos somos una especie animal dotada con una capacidad única: la de crear y usar símbolos con la finalidad de representar conceptos abstractos, intangibles o complejos. Sin embargo, de esta capacidad simbólica no sólo se derivan grandes beneficios (simbolizamos cantidades con números que a su vez simbolizamos con guarismos, por ejemplo) sino también graves problemas pues, con determinados símbolos, también pretendemos representar creencias o sentimientos, lo que da lugar a que muchos símbolos representen, dependiendo de cada persona, realidades muy distintas aun a pesar de que el símbolo usado por ambos sea uno y el mismo. Esto ocurre especialmente con las banderas y los símbolos religiosos y esto ocurre especialmente en los días de celebración de fiestas religiosas o nacionales.

Qué simboliza para cada individuo un crucifijo, una bandera, un mantra o un himno es algo verdaderamente difícil de saber; de hecho, de lo que sí estoy casi seguro es de que lo simbolizado no es algo absolutamente igual para todos.

Todas las naciones, las aspirantes a naciones, los proyectos de naciones (sea lo que sea este cuasiteológico concepto de nación) tienen su día para gritar sus «vivas» y en estos días pasados le ha tocado a España.

—¡Viva España!

Y yo naturalmente pienso que sí, que naturalmente, que viva España, pero… ¿cómo queremos que viva España? ¿hasta qué punto quien grita viva España y yo queremos que España viva de la misma manera? Sí, viva España, pero ¿cómo quiere este señor o señora que viva España? ¿Es su modelo de vida el mismo que el mío?

Asociamos a los símbolos mensajes diversos y hacemos de esos iconos cuasi-sagrados herramientas con los que hacer aceptar a los demás las ideas de que los cargamos so pena de incurrir en sacrilegio.

No me gusta esa dinámica.

Miren, yo soy español y como español me entiendo, formo parte de una cultura construida durante siglos y a la que el mundo entero llama «española». Leí y vi de pequeño obras de Calderón o Lope de Vega en la única televisión de España, del mismo modo que hoy los zagales ven series americanas en Netflix; leí a Cervantes a Góngora y a Quevedo no por obligación sino por puro placer (uno de esos pocos placeres que siempre van contigo); vi a Grecia en Roma, a Roma en Cartagena y a Cartagena en cada fortificación del Caribe; yo me entiendo español pero ni mis referencias culturales son las mismas que las de usted ni, cuando ambos gritamos viva España, creo que coincidamos en la forma en que cada uno de nosotros queremos que España viva.

Una ideología perversa y jibarizadora coloniza el mundo desde hace un par de siglos, una ideología que atribuye consecuencias políticas al sentimiento de pertenencia a una nación del mismo modo que antes (y desgraciadamente también ahora) se atribuía a la pertenencia a las religiones consecuencias políticas. En nuestro estado y en las comunidades autónomas que lo componen creo que estamos perfectamente al tanto de a qué ideología me refiero.

Yo no creo que ser católico, musulmán o budista sea mejor que no serlo y mucho menos que el hecho de pertenecer a uno de esos credos pueda llevar aparejada ningún tipo de consecuencia jurídica relevante. Del mismo modo tampoco creo que ser o sentirse español, francés o tailandés, haga mejor a nadie en relación con quien no lo sea y, si me aprieta, le diré que tampoco de este hecho puramente casual (a uno le nacen siempre por casualidad) debiera derivarse ninguna ventaja jurídica para nadie.

Entiéndame, yo soy español como usted puede ser católico o musulmán, pero no voy a aceptar que me imponga ninguna regla de actuación derivada de su credo ni le voy a imponer ninguna exigencia derivada de todo ese bagaje cultural que a mí me hace sentirme español.

Tampoco voy a admitirle que, porque yo no quiera derivar ninguna consecuencia jurídica de mi «españolidad», yo sea menos español que usted. Tengo la sensación vehemente de que muchos de los que más gritan «Viva España» son quienes tienen una más pobre noción de España, una noción que no dista mucho de su adhesión a cuatro o cinco tópicos periclitados.

El nacionalismo ha envenenado nuestras mentes y nuestra cultura de tal manera que hoy entendemos el mundo como una realidad compuesta de «naciones» —sea esto lo que sea— y atribuimos a ese concepto abstracto y difuso (la nación) derechos cual si de una entidad real se tratase.

Esta forma de locura, de teología, a la que llamamos nacionalismo apenas si cuenta con doscientos años de edad pero ha envenenado al mundo de tal manera que sus víctimas, en estos doscientos años, son comparables a todas las víctimas habidas en los 4800 años anteriores de historia de la especie humana y lo peor es que, en este momento, es uno de los factores de riesgo más importantes para dar lugar a que la humanidad se extermine a sí misma.

Por qué hemos de hacerlo en enjambre (#J2)

Por qué hemos de hacerlo en enjambre (#J2)

No hay en ningún país ni en ningún grupo humano otra riqueza que la de los hombres y mujeres que lo componen y esta afirmación, que es válida para cualquier comunidad humana, es especialmente cierta para esa extraña hermandad que forman los abogados y abogadas de España.

En efecto, en la república de los abogados y las abogadas de España la igualdad de todos sus miembros es radical y, de la primera al último, todos son una cosa y lo mismo, abogados, personas expertas en resolver problemas y con amplios conocimientos de la ciencia jurídica. El trabajo de todos y cada uno de estos abogados y abogadas es valiosísimo (trata de calcular los honorarios de mil abogados trabajando en un asunto) y por eso, tratar de que todos ellos sean dirigidos o representados por una sola persona es reducir la inteligencia colectiva del grupo virtualmente a cero.

Piensa en el Consejo General de la Abogacía Española el cual, por más que diga representar a más de cien mil letrados y letradas, ve reducido su cociente intelectual al de su presidenta y unas cuantas personas más de su sanedrín que, si algo han demostrado, ha sido su capacidad para gastar dinero ajeno (su gasto en inútiles «inventos» tecnológicos ya debe superar los 11 millones de euros) y no dar cuentas ni de las cuantiosas dietas que se embolsan a costa de abogados y abogadas, sus iguales.

Piensa ahora en la naturaleza, en las bandadas de pájaros o en los cardúmenes de peces, grupos donde todos los indivíduos, sin que nadie les dirija, parecen moverse en la misma dirección cual si de la coreografía de un hipnótico ballet se tratase. Esta forma de autoorganización en las sociedades humanas es perfectamente posible si, como sucede en el campo de la abogacía, todos sus miembros tienen claro cuál es su objetivo y cuentan con los conocimientos precisos para llevar adelante medidas adecuadas para conseguir el fin que todos persiguen.

Esta forma de funcionar moviliza todo el músculo y el conocimiento del grupo, aprovecha las miles de conexiones y contactos que los miembros del grupo disponen, les permite actuar a una velocidad tal que, cuando en otras formas organizativas aún están deliberando, aquí la acción ya se ha realizado.

Mientras que en una organización centralizada se preguntan cuánto les costará hacer que otros trabajen para ellos, en un enjambre nos preguntamos cuánta gente está dispuesta a trabajar gratis por la causa, mientras que en una organización centralizada el músculo y el cerebro se corresponden con las pocas personas que están en su dirección, en un enjambre el músculo y el cerebro del grupo es mucho más que la mera suma de todos, es una emergencia donde el resultado final es superior a la mera suma de los miembros.

Quizá esto os resulte extraño al principio pero lo que estoy seguro que no os ofrece ninguna duda son los hechos: durante años han existido asociaciones y un CGAE pero hasta que no se ha producido un movimiento en enjambre como #J2 la situación miserable de los mutualistas alternativos de España jamás había alcanzado los parlamentos autonómicos y jamás había estado entre los problemas que los equipos de campaña de los principales partidos consideraban (me consta). Y tenemos precedentes también en el tema de las tasas, aunque existían asociaciones y existía CGAE fue finalmente la Brigada #T la que, con un movimiento en enjambre, llegó de parlamento autonómico en parlamento autonómico hasta las Cortes de Madrid donde los grupos parlamentarios les reconocieron públicamente (a ellos y no a ninguna otra asociación o grupo incluido CGAE) su lucha para cambiar aquella injusta situación.

El funcionamiento en enjambre es sencillo de entender, tan sencillo como simplemente trabajar por aquel fin a que aspiras y si esto te resulta extraño no te preocupes, funciona y vamos a ganar porque lo que perseguimos es justo, porque somos muchos más y porque estamos mejor desorganizados que ellos. Confía y adelante.

Para funcionar en enjambre es preciso que sepas unas cuantas cosas y apliques unos pocos y sencillos principios que, si no te importa, podemos repasar:

  1. El primer principio es que nuestro mayor recurso son las personas dispuestas a trabajar por la causa y es por eso que, si esa es nuestra principal riqueza, tu primera obligación es extender la red, concienciar a nuevos abogados y nuevas abogadas para que se unan al grupo y trabajen por sus fines.
  2. Podemos conseguir todo lo que nos propongamos —créeme— y por eso tu segundo principio es no dudar de que lo vamos a conseguir y transmitir esa convicción al grupo. Costará más o menos pero no dudes que esta guerra la ganamos.
  3. Confiamos mutuamente los unos en los otros y en el trabajo que cada uno realiza.
  4. Quienes hacen cosas por la causa deben ser recompensados incluso aunque no acierten. En #J2 no podemos temer al error ni a que otras personas se enfaden con nosotros. No criticamos a quien hace algo y no le sale bien: el único error, el mayor error, es no hacer nada.
  5. Si recibimos críticas de parte del público y de gente influyente es señal de que vamos por buen camino. Celebrémoslo.
  6. Si algo en algún momento sale mal el grupo lo asumirá y no se entrará en búsqueda de culpables, el grupo aprenderá con ello y seguirá adelante. Si algo funciona tremendamente bien, se lo copiará y se mezclará por todo el enjambre con nuevas variantes para hacerlo mejor incluso.
  7. Comunica tu visión a todos, y deja que los demás trasmitan tu visión con las palabras que mejor encajan con su contexto social concreto. No elabores un mensaje estándar que todos se tengan que aprender.
  8. Para electrizar a una persona háblale a su corazón.
  9. Si sientes que necesitas hacer una pausa en tu activismo, seguro que parar es lo mejor que puedes hacer. siempre es mejor tomarse un descanso para poder volver, que quemarse y amargarse. Siempre habrá algo que hacer cuando regreses: no debes preocuparte de que el mundo se quede sin algo malo que arreglar mientras tú estás fuera. Esta regla interiorízala, muchos de nosotros vamos a tener problemas de salud o de trabajo o de familia que en muchos momentos pueden hacer difícil nuestro activismo, no te quemes, para y solventa tus problemas porque te necesitamos. Confía en el grupo y en cuanto estés en disposición vuelve a la acción, ten la seguridad de que aún quedará pelea para ti.

El #EnjambreJ2 ha tenido un éxito inmenso, en muy pocos meses un problema tremendo para muchos abogados y abogadas de España ha pasado de ser un gran olvidado al primer plano de la actualidad jurídica y política y eso lo ha conseguido en enjambre, todos vosotros, no ninguna asociación. Es por eso que ahora aparecerán muchas personas hablando de organización, cargos y jerarquías. Guárdate de ellas, quienes se expresan en esos términos muy probablemente buscan protagonismo a costa del trabajo del enjambre o, peor aún, desactivarlo.

En #J2 sois (somos) miles de abogados y esa es una fuerza imparable que solo puede ser desactivada tratando de escindirla, tratando de reducir las voces y los esfuerzos de todos a las voces de unos pocos pero eso no lo van a conseguir.

Es por eso que este movimiento ha logrado hacer tambalear posiciones de poder en apenas meses y es por eso que antes temprano que tarde pondrá fin a la situación de vergüenza e injusticia en que unos cuantos quieren hacer vivir a los abogados y abogadas de España.

Tened confianza y seguid con lo que estáis haciendo: lo estáis bordando. Emocionáis.

Vamos.

¡Viva México, cabrones!

¡Viva México, cabrones!

Cada uno tiene sus momentos favoritos de la historia y, como no, yo también tengo los míos.

Uno de los que me resultan más inspiradores ocurrió el día 13-águila del año 1-caña (23 de septiembre de 1519) cuando los nobles tlaxcaltecas ofrecieron a Cortés cinco mujeres.

Nos han contado mal la historia. Quienes la cuentan de un lado pintan a los tlaxcaltecas como unos salvajes que entregaban a sus mujeres como si fuesen mercancía y del otro se subraya la verriondez de Cortés y sus extremados extremeños.

Sí, nos han contado mal la historia.

Del mismo modo que en España la boda de una reina (Isabel) y un rey (Fernando) unió dos reinos hasta entonces independientes en la impecable lógica tlaxcalteca la intención era la misma.

«Casaos con estas mujeres y a partir de este momento vosotros y nosotros seremos familia y los hijos que nazcan ya no serán extraños sino hermanos».

Y así fue, las cinco mujeres —previo bautismo naturalmente— se casaron con capitanes de Cortés y esos matrimonios fueron estables y felices, muy lejos del comercio carnal con que historiadores poco informados han querido pintar el asunto.

Esta idea de fundir ambos pueblos y hacer de las nuevas generaciones mestizas un pueblo de hermanos funcionó maravillosamente, tanto que hoy, si México es algo, es ese país afortunado donde europeos e indígenas comparten su sangre. Si existe una «raza cósmica» como pretendió algún nacionalista es esta que hace a todos los seres humanos iguales.

A partir de aquel momento Castilla y Tlaxcala formaron un equipo imbatible. Sí te molestas en leer los textos, cuando Cortés marcha a Tenochtitlán a encontrarse con Moctezuma viaja acompañado de miles de guerreros tlaxcaltecas que son quienes infunden el miedo a los mexicas. Moctezuma no tiene ningún problema en dejar entrar a Cortés y sus castellanos en Tenochtitlán pero no a los tlaxcaltecas. Cortés, que sabe que no es nadie sin ellos, presiona y presiona hasta conseguir que Moctezuma le permita ser acompañado por una guardia de varios cientos de imponentes guerreros de Tlaxcala.

Este patrón de conducta se repetirá en Cortés con otros pueblos de forma que, cuando Castilla y Tlaxcala atacan Tenochtitlán ningún pueblo indígena quiere ayudar a los mexicas. Totonacas, cempoaltecas, mayas… Todos pelean con Cortés, un Cortés que no quiere volver a la vieja España, que quiere vivir y morir allí entre esos que le propusieron un convenio que cambió la historia:

«Casaos con estas mujeres y a partir de este momento vosotros y nosotros seremos familia y los hijos que nazcan ya no serán extraños sino hermanos».

Hoy esa España 2.0, esa España Reloaded y con esteroides que es México es ese pueblo de hermanos que un día quisieron los tlaxcaltecas. Y con Tlaxcala y el resto de los indígenas de la mano los novohispanos tomaron las islas Filipinas (sí, las islas Filipinas eran una capitanía de México) y hasta dominaron comercialmente todo el oriente de Asia haciendo del «Real de a Ocho» o «Peso fuerte» la primera divisa internacional. Para 1800 sólo París o Londres podían compararse con la ciudad de México. Ese sueño tlaxcalteca de «mezclémonos y seamos hermanos» cambió el mundo y dio origen a esa nación admirable que hoy llamamos México.

Ahora yo tendría que ponerles el «Huapango de Moncayo» y hacerles gritar eso de «¡Viva México, cabrones!», pero sospecho que en España nada de esto interesa demasiado y en México tienen una visión inventada donde los tlaxcaltecas no pasan de ser unos traidores a la patria (¿a qué patria, a esa que asesinaba veinticinco mil personas al año?) y donde difícilmente se reconocerá que inspiraron una epopeya virtualmente inigualable entre los pueblos del mundo. Una epopeya nacida de una idea genial: seamos mestizos, seamos hermanos.

Hoy México es un país que comparte un 45% de sangre europea, un 50% de sangre indígena y un 5% de sangre afroamericana, un país que descubrió algo que el mundo aún no ha entendido, la genialidad tlaxcalteca.

Y ahora sí ¡Viva México, cabrones!

Faltan 9 días para el 12 de octubre y estoy seguro que todavía está casi todo por descubrir.