La proporción cordobesa

La proporción cordobesa

La proporción obsesionó a los griegos. Para Pitágoras, el número estaba en la base de todo e incluso la música era un ejercicio matemático que podía ilustrarse merced a las notas que emitía una cuerda vibrante en función de la longitud de la misma y las proporciones que guardaban estas longitudes. Para los escultores griegos las proporciones del cuerpo humano eran objeto de estudio obsesivo y para los arquitectos, las proporciones de sus edificios generaron órdenes arquitectónicos canónicamente clasificables.

De todas las proporciones que los griegos nos legaron la más importante históricamente ha sido, sin duda, la llamada «proporción áurea». Popularizada gracias al genio matemático de Euclides, la proporción áurea se encuentra por doquier en la naturaleza, sucesiones matemáticas como la de Fibonacci se vinculan a ella y —debido a su supuesta «divinidad»— podemos hallarla presente en construcciones, esculturas, pinturas y todo tipo de obras de arte. Incluso best-sellers como «El Código Da Vinci» han usado la proporción áurea como componente importante de su argumento.

Si usted no sabe lo que es la «proporción áurea» permítame que se lo explique de un modo directo: es la proporción que existe entre el lado de un decágono y el radio de la circunferencia en la que se inscribe. Lo mejor es usar una ilustración.

Si usted construye un rectángulo usando el radio (R) de la circunferencia que ve y el lado del decágono (L) en ella inscrito usted obtendrá un rectángulo aúreo, si usted dibuja una figura humana cuya distancia del ombligo al suelo sea igual al radio de la circunferencia que ve y la distancia del ombligo a la parte más alta de la cabeza sea igual al lado del heptágono en ella inscrito tendrá usted una figura de proporciones áureas o divinas. Pueden ver ejemplos del uso de la proporción áurea en este cuadro de Dalí que ven a continuación o en la clásica concha del nautilus que encontrarán a poco que lo googleen.

La proporción áurea parecía uno de los mayores logros de la civilización clásica pero, tras las invasiones bárbaras del imperio romano de occidente, Europa Occidental olvidó la proporción y la misma desapareció durante la Alta Edad Media de sus obras de arte y catedrales.

¿Y por qué estando hoy en Córdoba vengo yo a darles la tabarra con la proporción áurea o divina y con Pitágoras y Euclides? Denme cuartel y déjenme explicarme.

La proporción áurea se había perdido en toda Europa pero no en esta ciudad, porque los árabes conservaron los textos griegos y la sabiduría a ellos incorporada y en la Córdoba Califal se conservaba una copia del famosísimo libro llamado los «Fundamentos» escrito nada menos que por el propio Euclides. Una vieja tradición (se non vera ben trovatta) quiere que los britanos entrenasen a un monje para hacerse pasar por musulmán y viniese hasta Córdoba a copiar los «Fundamentos» en lo que sería el primer caso documentado de espionaje industrial altomedieval. Pensaban en Europa que, conociendo los cordobeses la existencia de la proporción áurea gracias a Euclides, la ciudad rebosaría de muestras de dicha proporción y edificios y esculturas se atendrían a ella. Sin embargo se equivocaban.

Los cordobeses conocían la proporción divina pero, curiosamente, jamás la usaban. Los cordobeses usaban obsesivamente una proporción distinta y, para explicársela, no me queda más remedio que volver a recurrir a un dibujo.

Como ven los cordobeses no usaban la proporción que vinculaba al lado de un decágono con el radio de la circunferencia que lo inscribe sino que los cordobeses preferían el octógono (un polígono de ocho lados y no de diez) al decágono.

Si la proporción derivada del decágono era divina la proporción que los cordobeses derivaban del octógono no le iba a la zaga. Si del ombligo a los pies y del ombligo a la cabeza los griegos esculpían dioses en proporción divina, los cordobeses observaron que las personas no tenían esa proporción medidas desde el ombligo sino que la proporción que presentaban los seres humanos era la derivada del octógono. Los actores griegos se colocaban coturnos (una especie de alzas en los pies) para lucir en escena proporciones divinas, pero, sin coturnos, los actores, como cualquier persona, presentaban proporción cordobesa.

A los cordobeses no parecía importarles demasiado la divinidad y aún conociendo su proporción la despreciaron para apasionarse por las proporciones humanas (a la proporción cordobesa también se le llama proporción humana) e hicieron del ocho y del octógono una obsesión en su ciudad.

Me gusta pasear por Córdoba, la ciudad que despreció a los dioses, y mientras paseo, ir contemplando la adicción al ocho que te sale al paso en cualquier lugar de esta ciudad —y debo decir que en toda Andalucía— así como las proporciones humanas que esta presenta en casi cualquier lugar que mires, desde los arcos de la Mezquita hasta fachadas, plazas y fuentes.

El paisaje urbano de Córdoba habla desde la noche de los tiempos y nos cuenta una historia humana y hecha a la medida del hombre.

Por eso, hoy, mientras veo atardecer sentado en las escaleras de la iglesia que hay en la Plaza de Capuchinos y disfruto del ocaso que tiñe el celaje tras el Cristo de los Faroles, pienso en las proporciones de esta ciudad humana y bella como pocas.

Bueno, voy a estudiar un poco que mañana hay juicio.

La justicia es prioridad nacional

Nos vuelven a llamar a las urnas para que elijamos entre varios partidos al gobierno que saque a España del estado en que se encuentra. Quienes han gobernado hasta ahora se han mostrado incapaces de arreglar esto y han recurrido a las elecciones como herramienta para solucionar el bloqueo político en que estamos sumidos, como si el cambio de personas y no de condiciones y estructuras fuese a solucionar algo.

En estos últimos años en España hemos vivido un calvario de políticos sinvergüenzas que, cuando no compraban títulos académicos para darse lustre, vendían planes urbanísticos para forrarse, ocupaban puestos en consejos de administración de grandes empresas sin saber hacer un ocho con una escopeta de dos caños o facilitaban que las entidades financieras saqueasen las economías de los votantes.

En España es verdad que ha faltado pan para tanto chorizo como sabiamente diagnosticó la población y, sin embargo, de lo que la sociedad no ha parecido darse cuenta es de que el único pan que permite a la ciudadanía comerse a tantos chorizos como tenemos se llama justicia.

La ciudadanía ha probado con partidos y coaliciones nuevas, como si cambiando a las personas y no mejorando las herramientas democráticas fuese a cambiar la situación. La charcutería nacional, gracias a nuevas opciones, ha podido cambiar de caras, sí, pero seguramente no de conductas y ahora, con otras elecciones más en ciernes, llama la atención que incluso se apunten a la general matanza nuevas marcas de chacinas.

Vamos a decirlo en corto y por derecho: el único pan que empareda a tanto chorizo se llama justicia y ninguno de los partidos que concurren a las elecciones ha hecho de ella su primera prioridad para las próximas elecciones. Si el espectáculo continúa cuatro años más no le extrañe.

Los partidos que sucesivamente han gobernado en España han mostrado un patrón de conducta siniestramente regular en materia de justicia. Todos los partidos que han gobernado han demandado una justicia independiente desde la oposición pero, al llegar al poder, han mantenido el sistema de elección del CGPJ y han olvidado las recomendaciones del Consejo de Europa. Todos los partidos que han gobernado, desde la oposición han defendido que la justicia debe ser cercana a los administrados pero, en cuanto han llegado al poder, se han ocupado de alejarla de ellos lo más posible, manteniendo, por ejemplo, esa repugnante distribución de juzgados hipotecarios destinados a atascar la justicia en beneficio de los bancos y en perjuicio de los consumidores.

Han sido todos los partidos que han gobernado defensores de boquilla de la ciudadanía pero, al llegar al gobierno, han mantenido para los bancos —por ejemplo— procesos especiales que les permitían ejecutar sus hipotecas cargando sobre los ejecutados importantes cantidades en concepto de intereses y costas mientras que han tratado de dilatar el acceso de los ciudadanos a la justicia con inútiles procesos previos o incluso presionando para que las costas del proceso no sean repercutidas en su integridad a los bancos, de forma que hayan de soportarlas los administrados.

La Justicia ha sido para los partidos que han gobernado una insufrible molestia que investigaba sus másteres ficticios, sus sucias financiaciones o sus abyectos tejemanejes. Por eso la Justicia nunca ha sido dotada suficientemente, porque la justicia es el enemigo de los malvados y los corruptos y nadie quiere un enemigo fuerte.

La Justicia es el pan con que emparedar a toda la charcutería nacional; es el pan que falta para tanto chorizo y es por eso que la justicia es una prioridad nacional.

Así pues, cuando vayas a votar, piensa que ninguno de los derechos que te prometan existirá si no dispones de una administración de justicia eficaz donde exigirlo y busca quién se compromete con los principios de #T: Justicia con Medios, Justicia Independiente, Justicia Cercana y Justicia sin Barreras de Acceso como las Tasas.

Ahora que ya sabes donde está el pan que te faltaba, ponte en marcha y ve a por él, porque pronto habrá elecciones y no podemos desaprovechar muchas más oportunidades.

Los malos relatores

En apenas 70.000 años el ser humano —homo sapiens— ha conseguido extenderse por todo el planeta y le han bastado los 10.000 últimos para dominarlo y causar en él un impacto mayor que el del asteroide que acabó con los dinosaurios. Los ejemplares de Sapiens de hace diez mil años apenas si formaban bandas de cazadores-recolectores cuya vida difería poco de los yanomamo o bosquimanos actuales; sin embargo, desde la aparición de la agricultura, sapiens ha sido capaz de crear imperios, abandonar el tallado del silex que le ocupo durante decenas de miles de años y descubrir las tecnologías del bronce, del hierro o del coltán, explotar el poder de energías térmicas, eléctricas o nucleares y dominar por completo el planeta tierra hasta convertirse a sí mismo en la principal amenaza para su propia supervivencia y la del planeta en que vive.

¿Cómo ha podido suceder esto?

La herramienta que sapiens ha utilizado para alcanzar todos estos logros se llama cooperación. Ni más fuerte, ni más rápido, ni probablemente tan listo como se imagina a sí mismo, sapiens estuvo a punto de desaparecer como especie hace unos 70.000 años1 debido a su debilidad. Cuesta trabajo imaginar que, en ese momento, apenas sobreviviesen en todo el planeta unos 2.000 seres humanos de los cuales todos descendemos, pero los análisis genéticos demuestran que así es. Sin embargo, 68.000 años después, aquel débil animal bípedo no tiene más rival sobre la tierra que él mismo y, si algún peligro le amenaza, este se deriva de su inesperado éxito como especie y de su brutal capacidad para alterar el ecosistema que lo aloja2.

A lo largo de los últimos veinte mil años, sapiens ha pasado de cazar con armas de sílex a explorar el sistema solar con naves espaciales y no parece que ello se deba a un aumento de nuestra inteligencia (de hecho, en la actualidad nuestro cerebro parece ser menor que hace 20.000 años)3.

El factor decisivo en la conquista del mundo por nuestra especie fue la asombrosa capacidad de sapiens para conectar entre sí a muchos individuos de su misma especie. Si sapiens domina hoy el planeta es porque ha demostrado una capacidad sin parangón de crear formas flexibles de cooperación.

Supongo que algún lector me dirá que, hormigas, abejas y termitas también cooperan en sumo grado; a lo que tendré que responderle que, aparte de otros factores, sus formas de cooperación son rígidas y carecen de flexibilidad. Una colmena no puede decidir cambiar de forma de organización, guillotinar a la reina y constituirse en república para enfrentarse a un cambio de circunstancias del entorno; el ser humano, en cambio, es capaz de reprogramar las formas de cooperación de sus sociedades y hacer frente de forma mucho más flexible a las amenazas.

¿Cómo programan y reprograman las sociedades de sapiens sus estrategias de cooperación? Pues, por extraño que les parezca, a través de cambios en unas entidades específicas de un software único y propio del ser humano: las ficciones.

Mientras sapiens fue cazador-recolector y sus comunidades apenas superaban unas pocas decenas de individuos la cooperación entre ellos no precisaba de un uso intensivo de las ficciones pero, con el advenimiento de la agricultura y la formación de las primeras civilizaciones, las ficciones demostraron su enorme capacidad de mejorar la cooperación humana hasta extremos nunca vistos hasta ese momento.

Estas ficciones son entidades intersubjetivas, creídas por todos los miembros de la comunidad y que están fundadas en relatos que, asumidos por todos, dan sentido a la vida de cada uno de los individuos que componen la comunidad y les imponen códigos de conducta que fomentan la cooperación. En Sumeria, el dios Enlil o la diosa Inana eran entidades tan reales como para usted hoy lo son la Unión Europea o el Banco de Santander y determinaban la conducta de los habitantes de aquellos territorios en la misma forma que a usted se la determinan las dos últimas entidades citadas.

Religiones, ideologías, sistemas de valores, naciones, corporaciones, son ficciones, entidades intersubjetivas, que condicionan y determinan las conductas de quienes las asumen como reales y que, por lo mismo, se han revelado como formidables herramientas para la promoción de la cooperación en las sociedades humanas.

Quizá una de las ficciones más exitosas sea la del dinero. Nacido en Sumeria —las civilizaciones son inseparables de estas ficciones— el dinero es una de las ficciones más omnipresentes en todo el mundo desarrollado. Sin más valor que la confianza que tenemos en que otros seres humanos lo valoren como nosotros, muy a menudo olvidamos que el dinero no es más que una ficción, que en realidad no se trata más que de trozos de papel y que, como dicen que dijo el jefe indio Seattle, no tiene más valor que el los hombres blancos le atribuyen porque, en realidad, «el dinero no se come».

Los sumerios, con su fe en que Enlil e Inana eran entidades reales, les adoraban, les rendían tributo y les hacían donaciones confiando en que estos dioses les protegerían a ellos y a sus seres queridos. Enlil e Inana, además, daban sentido a la vida de los habitantes de Sumeria pues estos pasaban a formar parte del relato, del drama cósmico, que explicaba la creación del mundo, la existencia del hombre y les indicaba el comportamiento adecuado al sentido de aquel cosmos. Se podía incluso ir a la guerra y morir siguiendo los deseos de Enlil o Inana, una actitud repetida durante 10.000 años por sapiens, si bien, ficciones como Enlil o Inana han sido sustituídas por otras ficciones tales como el Faraón, el Papa, los reyes o las patrias.

Si bien se observa, todas las civilizaciones y sociedades humanas no son más que grupos mayores o menores de sapiens que comparten intensamente un relato y lo asumen como cierto y es así como religiones, ideologías, imperios, patrias y corporaciones mercantiles, han hecho cooperar a los seres humanos para la consecución de unos determinados objetivos. Es así como se construyeron zigurats, pirámides, catedrales, arsenales nucleares y naves espaciales. Cuando decimos que «los Estados Unidos han llegado a la luna» o que «Alemania declaró la guerra a Francia» sentimos que estamos diciendo algo muy real y, sin embargo, no estamos hablando más que de ficciones que sólo existen en nuestras mentes.

Si quieres saber si estás ante una ficción o una realidad no tienes más que preguntarte si siente dolor. Si observas que una entidad sufre cuando la golpean, llora cuando alguien muere o se acongoja cuando ve cómo una familia es expulsada de su vivienda a causa de la pobreza, no te quepa duda, estás ante una entidad real, hay todavía ante ti un individuo sapiens; porque las ficciones no lloran ni sienten y sólo en los relatos la patria llora por sus hijos, Enlil o Inana cuidan de sus fieles o el Banco de Santander nos «da» dinero.

No desprecies las ficciones, por ellas matan, mueren y viven las personas; por ellas trabajan y son ellas las que determinan si la vida de las personas es correcta o incorrecta, moral o inmoral, honrada o delictiva. Y no te confundas, tanto da si tu relato empieza afirmando que no hay más dios que Alá y que Mahoma es su profeta; como si comienza diciendo que crees en un solo Dios, Padre, Todopoderoso; como si proclama que consideramos evidentes por sí mismas las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que el creador les ha concedido ciertos derechos inalienables y que entre esos derechos se cuentan: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Aunque usted sea marxista y su ideología no tenga dios no por ello deja de ser una ficción semejante a las religiones, pues no son los dioses, sino los hombres, los que crean las religiones.

Es por eso que tenemos que cuidar quién determina los relatos que programan los comportamientos de la sociedad. Hoy que los que defienden un determinado relato de España están en la calle frente a otros que defienden el relato muy concreto de otra ficción llamada Cataluña, trato de pensar en todo esto y trato de impedir que estos «relatores» impongan sobre mí sus relatos interesados.

Yo, que participio intensamente de otra de estas ficciones y soy español de religión, siento que no participo del relato de casi ninguno de estos «relatores» oficiales. Que quizá el credo de mi religión yace enterrado en una fosa ignorada en Alfacar junto con los cadáveres de dos toreros anarquistas, un maestro de escuela y un poeta homosexual. Siento que quizá mi relato de España fue tiroteado en la Calle del Turco o derrotado por los Cien Mil Hijos de San Luís y siento que, sin duda alguna, mi relato de España no es el mismo del que creen ser propietarios algunos que invocan la validez de esta ficción mientras hacen tremolar banderas.

Sí, los relatos son importantes, pero me niego a permitir que mi relato lo escriban los Torra, Sánchez, Rufián, Casado, Puigdemont, Abascal, Junqueras, Iglesias o Rivera. Vengo de un credo escrito por gentes como Homero, Virgilio, Horacio, Isidoro, Berceo, Manrique, Martorell, Calderón, Cervantes, Góngora, Quevedo, Rosalía o Maragall, entre otros muchos; a estas alturas no voy a dejar que mi relato lo escriban gentes zafias, de doctorado o máster comprado y movidas en exclusiva por el afán de poder. Si he de embriagarme de ficción al menos que el vino sea bueno y los relatos de calidad.

Vivamos con intensidad nuestras ficciones, no hay nada más humano, pero, por favor, saquemos de nuestras vidas a los malos relatores.


  1. El ser humano estuvo al borde de la extinción. Diario de León. ↩︎
  2. Para hacernos una idea del impacto que sapiens ha tenido en el ecosistema global podemos tener en cuenta que, en la actualidad, más del 90 por ciento de los grandes animales del mundo (es decir, los que pesan más que unos pocos kilogramos) son o bien humanos o bien animales domesticados. Así, por ejemplo, en la actualidad unos 200.000 lobos salvajes todavía vagan por la Tierra, pero hay más de 400 millones de perros domésticos. El mundo es hogar de 40.000 leones, frente a 600 millones de gatos domésticos, de 900.000 búfalos africanos frente a 1.500 millones de vacas domesticadas, de 50 millones de pingüinos y de 20.000 millones de gallinas. Desde 1970, a pesar de una conciencia ecológica creciente, las poblaciones de animales salvajes se han reducido a la mitad (y en 1970 no eran precisamente prósperas). En 1980 había 2.000 millones de aves silvestres en Europa. En 2009 solo quedaban 1.600 millones. En el mismo año, los europeos criaban 1.900 millones de gallinas y pollos para producción de carne y huevos. (Vid. Y.N.Harari. (2016). Homo Deus: breve historia del mañana. Editorial Debate. Posición 1269. Documento de Kindle ASIN B01JQ6YNRE.) ↩︎
  3. Christopher B. Ruff, Erik Trinkaus y Trenton W. Holliday, «Body Mass and Encephalization in Pleistocene Homo», Nature, 387, 6.629 (1997), pp. 173-176; Maciej Henneberg y Maryna Steyn, «Trends in Cranial Capacity and Cranial Index in Subsaharan Africa During the Holocene», American Journal of Human Biology, 5, 4 (1993), pp. 473-479; Drew H. Bailey y David C. Geary, «Hominid Brain Evolution: Testing Climatic, Ecological, and Social Competition Models», Human Nature, 20, 1 (2009), pp. 67-79; Daniel J. Wescott y Richard L. Jantz, «Assessing Craniofacial Secular Change in American Blacks and Whites Using Geometric Morphometry», en Dennis E. Slice, ed., Modern Morphometrics in Physical Anthropology: Developments in Primatology: Progress and Prospects, Nueva York, Plenum Publishers, 2005, pp. 231-245. Citados por Y.N.Harari en op. cit. Posición 2319. ↩︎

Justicia y corrupción

He escrito reiteradamente que el único antídoto contra la corrupción es la justicia, por lo que, una justicia sin medios, alejada del ciudadano o falta de independencia, es el mejor caldo de cultivo para que prolifere la corrupción.

Dime cuánto inviertes en justicia y te diré cuánto odias la corrupción.

La justicia española está diseñada para defender los derechos fundamentales del individuo, más cuanto más importante sea el individuo en cuestión. Si es usted un político aforado le juzgarán altos tribunales y, si le condenan, su causa será revisada por tribunales nacionales y supranacionales para verificar que en su enjuiciamiento y condena no se han vulnerado ninguno de los derechos contenidos en la Constitución Española y en los tratados internacionales ratificados por España. Si es usted «importante» o la ha liado lo suficientemente parda, no ha de temer demasiado a que nuestro Tribunal Constitucional —que sólo admite a trámite menos del 1% de los recursos de amparo a él presentados— le inadmita el recurso diciendo aquello de que «carece de relevancia constitucional» y lo mismo o parecido cabría decir de los tribunales europeos.

Nuestra justicia, ayuna de medios, es bastante exquisita en cambio a la hora de verificar que no se vulneren derechos fundamentales de los procesados, por esa parte pueden estar tranquilos quienes sean juzgados, no ocurre lo mismo, sin embargo, con las víctimas de quienes han cometido esos delitos, sobre todo si son delitos de compleja naturaleza financiera o económica.

La justicia española, perfectamente eficaz para perseguir la delincuencia menor (Policía y Guardia Civil tienen un acreditado curriculum en esto) se ha mostrado absolutamente impotente para prevenir y controlar la compleja delincuencia de naturaleza financiera o urbanística. Su capacidad de reacción ha sido tan lenta que los procesos que se han abierto por estas causas (menos de los deseables) se han estancado en larguísimas instrucciones que han determinado la prescripción de bastantes de ellos, prescripción que se ha visto ayudada por algún que otro cambio legislativo que, en el sentir de muchos operadores jurídicos, parece realizado para favorecer tal resultado.

La falta de medios crónica de la administración de justicia española pone muy cuesta arriba la tarea de los jueces de instruir causas complejas en plazos razonables y esto, no lo olvidemos, lo que provoca es la desprotección de la sociedad (los más) frente a los corruptos (los menos).

¿Alguien duda de que de haber existido en España una justicia independiente y con medios no se hubiese producido la ola de delitos y pelotazos urbanísticos que han asolado a los municipios españoles? ¿Alguien piensa que, de haber existido en España una justicia independiente y con medios, la crisis financiera y los abusos que llevó aparejados no hubiese sido sensibilísimamente menor?

Sospecho que no y, si usted lo sospecha igual que yo, piense a quién conviene más que a nadie que la justicia siga, para siempre, ayuna de medios. ¿Lo ha pensado?, pues eso.

Fatalmente, sin embargo, parece que los españoles y españolas asumen que corrupción siempre existirá y que están acostumbrados a vivir con una enfermedad que aceptan como crónica.

Los presupuestos en justicia han sido siempre raquíticos; la organización judicial española muestra una preocupante tendencia a alejarse de los ciudadanos y concentrarse en órganos mucho más sencillos de controlar por poderes ajenos al judicial que los jueces individuales; las medidas ¿organizativas? que se toman desde el poder judicial (piense en los juzgados para el atasco hipotecario) antes parecen destinadas a perjudicar a los débiles (administrados) y favorecer a los fuertes (bancos, compañías de seguros…) que a tratar de impartir justicia eficazmente.

La falta de medios en la justicia, es bueno que se sepa, no afecta igual a todos los administrados. La falta de medios penaliza más a los más humildes que a los poderosos, quienes, en bastantes casos, pueden obtener réditos de la falta de medios que padece nuestra justicia.

Si la justicia funciona en España a día de hoy, parece que sea exclusivamente por el milagro del factor humano, por personas que, a pesar de todo, siguen cumpliendo con su deber más allá de lo exigible. Sin embargo esto no puede, no debe, seguir así.

La medida exacta de la voluntad de perseguir la corrupción en nuestros políticos se mide en los presupuestos generales, por la inversión en justicia, en medios, en cercanía y en independencia.

No creo equivocarme si afirmo que ninguno de los últimos gobiernos ha aprobado este test de la justicia y temo que tal costumbre se convierta en enfermedad admitida como crónica sin que tan grave hecho a nadie subleve.

Urge desenmascarar las actitudes contrarias a la independencia, cercanía y eficacia de la administración de justicia, sobre todo, si queremos que nuestros hijos hereden un país digno de ser vivido. Vale.

Oficio de héroes

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Mediación

Hoy es el día internacional de la mediación y la Asociación de Mediadores de la Región de Murcia me ha pedido que intervenga en el acto conmemorativo que se celebrará esta tarde a las 18:00 en los salones del Ayuntamiento de Torre-Pacheco, de forma que, esta mañana, ando pensando lo que les contaré. Suelo improvisar mis intervenciones pero, para hacerlo, antes debo acopiar una buena colección de ideas que luego usaré o no, discrecionalmente, porque, como dicen que dijo Mark Twain: lleva varias semanas preparar un buen discurso improvisado.

Dándole algunas vueltas al asunto me ha venido a la cabeza esta mañana que hace unos 4.300 años que las leyes regulan la vida de las personas (si tomamos como fecha inicial la del gobierno de Urukagina de Lagash en Sumeria) pero que esos 4.300 años no representan más que un pequeñísimo fragmento (apenas el 1,4%) de los 300.000 años de historia de la especie humana1, una historia exitosa de convivencia, cooperación, vida en común y trabajo en equipo. Homo sapiens —el zoon politikon de Aristóteles— si es algo, es, antes que nada, un animal social que comparte y coopera y, quizá hoy, en el día mundial de la mediación, debiéramos preguntarnos cómo este animal político ha conseguido resolver sus conflictos durante esos 300.000 años de historia en que vivió sin leyes ni jueces.

Conviene que descartemos en primer lugar la violencia pura y simple como método de resolución de conflictos —no infravaloren a nuestra especie— pues la violencia, tendremos ocasión de verlo, no es el sistema que emplea la naturaleza para promover la cooperación. De hecho, la especie humana, tiene una curiosa aversión a los machos alfa: a diferencia de otras especie de simios la especie humana ha desterrado de su ADN la predisposición a tal jerarquía social, no hay «machos alfa» en la espacie humana, a sapiens nunca le han gustado los abusones y sus conflictos siempre ha procurado resolverlos por medios distintos de la violencia.

En segundo lugar, en esta larga biografía de 300.000 años debemos descartar también a la administración de justicia como el método de resolución de conflictos usado por sapiens. No fue sino hasta la revolución neolítica, con la aparición de la agricultura, que aparecieron también las primeras civilizaciones y, con ellas, las organizaciones sociales necesarias para instaurar un sistema de leyes que regularan la vida de las personas junto con un cuerpo de jueces que distinguiesen lo justo de lo injusto.

¿Cómo resolvió sapiens sus conflictos durante esos 296.000 años que vivió sin jueces? ¿Resolvía sus conflictos peor que ahora o la armonía en que vivían tribus y clanes era de una calidad similar a la de la sociedad actual? ¿Qué herramientas, mecanismos o sistemas, ha usado sapiens estos 296.000 años para conseguir armonía y eficacia cooperativa en sus grupos?

Todas esas preguntas, que deberían ser objeto de estudio si existiesen unos verdaderos estudios sobre «Derecho Natural» en España, han tratado de ser respondidas desde las más diversas ramas de la ciencia; desde la antropología, a la biología pero, si algunas ciencias han rendido especiales servicios a esta investigación, estas son, en mi sentir, las matemáticas —singularmente la teoría de juegos— junto con las ciencias que estudian los procesos evolutivos.

Llama mi atención que, mientras que en el resto del mundo se hace un esfuerzo importantísimo para conocer los fundamentos biológicos o evolutivos de lo que llamamos «justicia», en España sigamos repitiendo la misma cancamusa de siempre.

Para entender la justicia prefiero unas líneas de Robert Axelrod o Frans de Waal que sesudos volúmenes de los filósofos de siempre —espero que se me disculpe esta afirmación «performática»— y, por lo mismo, prefiero aproximarme a la justicia y a la resolución de conflictos usando del método científico antes que de la especulación.

Hemos dicho que la historia de convivencia y cooperación de sapiens se ciñe a los últimos trescientos mil años; pero no podemos olvidar que sapiens no es más que una especie del género homo, un género también caracterizado por la vida en sociedad y la cooperación (piensen si no en homo neanderthalensis y en su humana forma de vida) que remonta nuestro pasado hasta más allá de dos millones y medio de años hacia el pasado; dos millones y medio de años en los que homo vivió en sociedad y usó de mecanismos de resolución de conflictos que, siendo exitosos tal y como la propia historia acredita, no parecen atraer a día de hoy la atención de los científicos patrios.

En realidad, tanto sapiens como homo, no son más que una especie y un género de la gran familia de los hominidos, una ingente colección de formas vivientes todas ellas expertas en la cooperación y en la solución de conflictos grupales. Es sobre los hombros de todos estos antepasados sobre los que se levanta nuestra justicia y nuestros métodos, no tan alternativos, de resolución de conflictos y entre ellos, singularmente, la mediación.

No debo extenderme más en este punto ni creo que sea preciso insistir sobre la particular forma de ceguera que se deriva de considerar a la administración de justicia como la única herramienta válida para solucionar los conflictos humanos, pero no debo dejar de advertir sobre la particular sordera que muestran, sobre todo los poderes públicos, cuando se niegan a dotar de medios a la forma más moderna, refinada y eficaz que sapiens ha descubierto para resolver sus problemas: la administración de justicia.

Viendo el proyecto de presupuestos generales de este año observo cómo la Justicia sigue padeciendo de una absoluta falta de medios y de dotaciones presupuestarias mientras se trata de presentar a la mediación a guisa de cimbel como la solución a estas carencias. Por otro lado, observamos cómo la mediación tampoco cuenta con dotaciones presupuestarias y se la usa, más como un expediente útil para no destinar medios a justicia que con una sincera confianza de los poderes públicos en sus posibilidades.

La política presupuestaria del gobierno parece que nos quiera llevar de las «diligencias para mejor proveer» de la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil a una «mediación para mejor dilatar» que disimule la lentitud y falta de medios en que vive y trabaja la Administración de Justicia Española; política presupuestaria esta que aniquila no sólo las capacidades de nuestra Justicia, sino que hace saltar por los aires cualquier esperanza de que la mediación pueda instaurarse como una herramienta útil en la resolución de conflictos.

Estas ideas rondan mi cabeza esta mañana, esta tarde ya veremos qué cuento a los mediadores, aunque sé que algunas de estas ideas estarán en mi intervención junto con otras sobre las que he escrito antes y los apuntes de algunas otras más sobre las que siento que debo investigar más. La forma en la que los seres humanos y los animales sociales resuelven los conflictos que nacen de la cooperación es un campo extremadamente fértil en el que, por desgracia, en España no parecemos estar interesados en sembrar y, mientras esto sea así, no hace falta ser profeta para saber lo que se cosechará: nada.


  1. Los restos más antiguos de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, con 315 000 años. Las evidencias más antiguas de comportamiento moderno son las de Pinnacle Point (Sudáfrica), con 165 000 años. Nuestra especie homo sapiens pertenece al género homo, que fue más diversificado y, durante el último millón y medio de años, incluía otras especies ya extintas. Desde la extinción del homo neanderthalensis, hace 28 000 años, y del homo floresiensis hace 12 000 años (debatible), el homo sapiens es la única especie conocida del género Homo que aún perdura. ↩︎

La revolución de Urukagina

Los libros de historia del derecho en que solemos estudiar los juristas suelen despachar rápidamente el derecho de Mesopotamia con un par de alusiones a Hammurabbi y su código; con eso y poco más dan el asunto por resuelto. No sabemos lo que nos perdemos. Nos perdemos, nada menos, que el momento inaugural de la civilización humana.

Los sumerios fueron los primeros en todo porque la historia empieza con ellos, ellos inventaron la escritura y ellos, gracias a millones de tablillas de barro, nos legaron un sorprendente cúmulo de conocimientos que, el olvido de su lengua y la superior atracción que parece haber ejercido el mundo egipcio sobre nuestra civilización, han hecho que no la hayamos aprovechado debidamente.

Nuestra civilización se siente heredera de Grecia pero los griegos no fueron sino aventajados alumnos de los sabios de aquella tierra que se encontraba entre dos ríos: Mesopotamia. Hoy sabemos, gracias a recientes traducciones de tablillas en escritura cuneiforme, que el teorema de Pitágoras no era de él, sino de los matemáticos mesopotámicos y que fue en Mesopotamia donde lo aprendió el sabio de Samos; que Euclides y sus «Fundamentos» son deudores de los mismos sabios y que, en general, toda nuestra civilización, de la religión al derecho, hunde sus raíces en lo que aquellos hombres inventaron y dejaron escrito para los siglos venideros. No necesito recordar que aún hoy nuestras horas tienen sesenta minutos y estos sesenta segundos a su vez porque así es como contaban en Mesopotamia. No necesito recordar tampoco que las primeras observaciones astronómicas son debidas a ellos ni que, incluso los mitos que contiene la Biblia en el Antiguo Testamento, son en buena parte tomados de los mitos de las religiones mesopotámicas.

Sin embargo hoy quiero hablar de derecho, política y Mesopotamia o —para ser más exactos— de Sumeria. Los habitantes de la tierra situada entre los ríos Tigris y Eúfrates llamaban a esta tierra la «Tierra de los Grandes Dioses» (Ki-En-Gir), no fueron sino los griegos quienes la bautizaron como Mesopotamia (Meso- «enmedio» -potamos ríos), y es sobre esta tierra «de los grandes dioses» o «entre los ríos», sobre la que se desarrollaron civilizaciones y culturas distintas y sucesivas: sumerios, acadios, babilonios… Culturas distintas y lenguas distintas pero todas con un mismo sistema de escritura: el cuneiforme, gracias al cual hoy podemos saber quiénes fueron y qué hicieron estos hombres que inauguraron la historia de todo el género humano.

Quizá si nuestros conocimientos de escritura cuneiforme no se hubiesen perdido la historia de la humanidad hubiese podido ser otra, pues no fue sino hasta 1857 que los trabajos de Henry Rawlison, Edward Hincks, Julius Oppert y William Henry Fox Talbot se reconocieron y se comenzó a tener por descifrado el «persa antiguo». Para esa época nuestra cultura mediterránea llevaba 19 siglos leyendo obras en griego clásico y en latín, todo el caudal de cultura sumeria, acadia o babilonia apenas si empezaba a emerger.

Se dice que los griegos inventaron la política y que su primera forma de gobierno fue la monarquía, un sistema en el que gobierna un solo líder pero que, pronto, comienza a no poder ejercer un poder omnímodo pues, sobre todo en tiempo de guerra, precisa de la ayuda de notables cuando no del apoyo de cualquier persona capaz de empuñar armas, apareciendo así asambleas. A la monarquía, decían, solía sucederle una oligarquía; es decir, el gobierno de unos pocos. Los abusos de esta oligarquía solían exasperar a su vez al pueblo que, llevado al límite, se rebelaba y buscaba un jefe que colocar al frente del gobierno desbancando a la oligarquía establecida y, a este tercer régimen, le llamaron «tiranía»; si bien es cierto que tal palabra no tenía para ellos el sentido peyorativo que ahora tiene, pues su traducción más exacta sería «jefe» o «patrón».

Todas estas formas de gobierno fueron conocidas por los sumerios y todas estas formas de degeneración de los sistemas de gobiernos fueron por ellos experimentadas y es de uno de estos «patrones» o «jefes» de quien me gustaría hablarles: Urukagina de Lagash, el primer legislador conocido.

Urukagina accedió al poder con toda probabilidad como «jefe» o «patrón» de una revuelta del pueblo exasperado y sus medidas legislativas dejan muy claro cuáles eran sus objetivos al llegar al cargo de sumo regidor de la ciudad-estado de Lagash, en Sumeria. Corría el año 2.380 antes de nuestra era.

Urukagina trató de reducir las diferencias entre las clases sociales, disminuyó los impuestos, trató de anular prerrogativas que se habían atribuido el monarca y su familia, redujo los abusos por parte de los funcionarios, prohibió la explotación de las capas sociales inferiores, condonó deudas, combatió la corrupción y expidió el primer código legal registrado por la historia. Aunque aún no se conoce su texto, se sabe por referencias y citas encontradas, que el Código de Urukagina concedía exención de impuestos a los huérfanos y viudas; obligaba a la ciudad a pagar los gastos de los funerales; decretaba que los ricos debían pagar con plata sus compras a los pobres y prohibía obligarlos a vender.

Fue durante el gobierno de Urukagina de Lagash que se dio libertad a un gran número de esclavos y es en uno de los documentos redactados para certificar uno de aquellos hechos donde, por primera vez en la historia de la humanidad, aparece escrito el concepto, la palabra, «Libertad» (Ama-Gi, véase la ilustración que encabeza el post). Bastaría con esto para que el recuerdo de Urukagina fuese imborrable; su política de defensa de los desfavorecidos podría ser un estímulo para gobernantes pero su fama se vio empañada por… las mujeres y la moral.

A pesar de que protegió a viudas y pobres Urukagina al parecer cometió el grave error de prohibir la poliandría. Sí, en aquella época las mujeres de Lagash parece que podían casarse con varios hombres sin problema, cosa que, al parecer, no le parecía bien a Urukagina. Sus leyes prohibiendo la poliandria han dado lugar a que, desde ópticas actuales, se considere a Urukagina el primer represor de los derechos de la mujer (no se tiene noticia de que hiciese lo mismo con los hombres) y que su figura, lejos de ser aplaudida, esté puesta en cuarentena.

No tengo nada que decir en este punto salvo que son ustedes quienes tienen la última palabra en este caso: ¿fue Urukagina un defensor de los desfavorecidos, un opresor de la mujer o ambas cosas al mismo tiempo? ¿Qué opinión les merecen las reformas de Urukagina?

Me encantará leer sus opiniones, porque, al final, cada uno puede sostener su propia opinión sobre Urukagina y eso no es más que una consecuencia directa de un concepto que los sumerios legaron al mundo durante su gobierno: Ama-Gi («Libertad»).

Traduttore traditore: ¿Qué enseñaba Jesús?

Los textos sagrados me resultan irresistiblemente atractivos, sean de la religión que sean; la capacidad que tienen las historias en ellos escritas para condicionar o programar las vidas de las personas me resulta fascinante, muy «informacional» si ustedes me permiten la expresión.

De entre todos los textos sagrados hay que reconocer que la Torá ocupa un lugar preeminente y, antes de seguir adelante, permítanme dejar bien aclarado que la Torá es el nombre que dan los judíos a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento cristiano; es decir, el llamado Pentatéuco, compuesto de los siguientes libros en su denominación cristiana: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Déjenme aclarar también —y prometo no molestarles más con estas «peliquitencias»— que la Torá no es lo mismo que el Talmud (obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, narraciones y dichos, parábolas, historias y leyendas) ni que la Tanaj, que es la versión hebrea de la Biblia completa.

La Torá, decía, ocupa un lugar preeminente entre los libros sagrados pues es sagrada no sólo para los judíos, sino también para cristianos y musulmanes; un fenómeno ciertamente curioso. El número de fieles con los que cuentan estas religiones fundadas en la Torá más que cuadruplican a las dos creencias más numerosas después de ellas: el de las personas sin religión (1.100 millones) y el hinduísmo (1.050 millones); hecho este verdaderamente llamativo.

Las religiones «Abrahámicas» (que así se llaman las religiones fundadas en la Torá), sin embargo, divergen a partir de un personaje muy concreto: Jesucristo. Un profeta reverenciado por unos, un simple hombre honesto para otros y el Hijo de Dios y Dios mismo para los otros. La unidad de las religiones Abrahámicas se quiebra con Jesucristo y, la verdad, no sería malo saber qué es lo que este hombre enseñaba que le separó (o a lo mejor no) de los judíos. Sus enseñanzas se recogen, para quienes creen que él es el Hijo de Dios y Dios mismo, en cuatro libros principales llamados los evangelios, textos que, obviamente no estaban escritos en lenguas actuales sino en idiomas de los cuales se les hubo de traducir,ya fuera para traducirlos ya fuera para escribirlos pues es lo cierto que las historias de que nos hablan sucedieron principalmente en arameo y en hebreo, dos lenguas semíticas muy emparentadas con el idioma fenicio que hablaban los cartagineses que dieron nombre a mi ciudad.

Las traducciones que se hicieron de los evangelios de estos idiomas al griego y al latín no siempre fueron buenas sino que, al parecer, fueron bastante toscas y a menudo realizadas por personas que no conocían la realidad religiosa judía, de forma que les resultaba imposible captar en todo su sentido episodios donde fariseos o saduceos dejaban sentir su presencia, de forma que traducir esos pasajes dándoles su sentido exacto les resultaba imposible; tanto que, a veces, el sentido final del texto evangélico parece claramente contrario al sentido original del pasaje.

Esta Navidad ha caído en mis manos (me lo he regalado) un texto del judío caraíta Nehemiah Gordon. El libro se titula «El Yeshúa judío frente al Yeshúa griego» y confronta las muy distintas imágenes de Jesús (Yeshúa) que nos da un mismo evangelio y específicamente sobre un texto concreto: Mateo 23:1-3.

Tradicionalmente se ha considerado que el Evangelio de Mateo se escribió en griego; sin embargo, la existencia de una versión en hebreo del mismo conservada gracias a un judío sefardí español de la época de la persecución, ha permitido a Nehemiah Gordon confrontar ambas versiones y explicarlas con pleno conocimiento de las creencias rabínicas ortodoxas (descendientes directas de las escuelas fariseas) para llegar a conclusiones verdaderamente sorprendentes.

No les voy a hacer un «spoiler» ni les voy a contar cuál es el mensaje de Yeshúa en cada una de estas versiones del mismo evangelio, sólo diré que, pequeños matices literarios y de contexto, dotan al texto de un significado distinto del de la versión oficial y ciertamente más coherente con la historial general que relatan los evangelios.

Ya, ya sé que me dirán que esto de las malas traducciones de la Biblia o de los Evangelios es cosa conocida y que incluso dogmas de fe como la virginidad de María pudiera estar fundada sobre uno de ellos, lo sé; sin embargo este libro de Nehemiah Gordon rezuma conocimiento del contexto, algo que echo en falta en muchos de los otros libros que he leído sobre las traducciones de las escrituras y esto lo ha hecho para mí especialmente atractivo y provechoso.

Otro día hablaremos de las religiones como estrategia biológica para fomentar la cooperación, hoy, simplemente, me queda el buen sabor de boca que dejan los buenos libros.

El Buen Gusto

Hubo un tiempo —creo que hará unos cien años— en que los comerciantes españoles gustaban de llamar a las cosas por su nombre y así, si habían de fundar una compañía de seguros de incendios para hacer resurgir los bienes siniestrados de sus cenizas, la llamaban muy gráficamente «El Fénix»; o si habían de fundar una compañía que asegurase el entierro de las personas, pues la bautizaban como «El Ocaso» o «Finisterre»; que había que fabricar una colonia para niños y el empresario era Cántabro, pues se le ponía «Nenuco»; y si, por sólo poner un ejemplo más, se había de bautizar un negocio de panadería pues con ponerle «La Espiga Dorada» la cosa iba sobre ruedas.

Pasaron los años y aquella vocación de llamar a las cosas por su nombre se perdió; las empresas empezaron a formar acrónimos carpetovetónicos del tipo «Ferymar» o «Maryper» cuyo origen usted intuirá de inmediato. En tiempos más recientes un ridículo pudor al castellano hace que nuestros establecimientos comerciales se llamen «Kentucky Panoli’s Bar» si es que vamos a comer pollos fritos o «Starfucks» si de beber café se trata. No es de extrañar, ahora los bares de madrugada se llaman «after hours», a tomarse una cerveza con compañeros se le llama «hacer networking» y a reunirte para hablar un poco sobre un tema le llamamos «briefing» y oye, nos quedamos tan ternes.

Hay a quien le cuesta trabajo llamar a las cosas por su nombre, quien prefiere ser copia de una mala copia antes que tratar de ser original y a quien le gusta la positura más que a un yogui las asanas. Es cuestión de gusto, de mal gusto, si me lo permiten.

Lo que es cuestión de buen gusto es abrir una confitería y llamarla justo así: «El Buen Gusto», nombre, como diría Cervantes, claro y significante y tan apropiado al negocio que pueden encontrar ustedes una confitería con el nombre de «El Buen Gusto» tanto en Huelva (Calle Doctor Cantero Cuadrado Torre), como en Vigo (Elduayen 23) y sobre todo en Castellón, donde estuvo y no sé si aún está en la calle Gasset de la capital de la Plana.

Aquellas empresas no necesitaban confeccionar documentos de esos de «misión», «visión» y demás zarandajas: lo escribían en el rótulo de su comercio y desde ahí lo dejaban claro.

Hoy he recibido dulce de membrillo con nueces confeccionado de forma artesanal y no he podido sino recordar aquellos tiempos en que las cosas tenían un nombre claro y significativo, no he podido, ustedes lo entenderán, sino acordarme de El Buen Gusto.

Muchas gracias compañera, te estaré agradecido siempre.

Viejos gruñones

Ellos han visto cosas que no creeríais… han visto pagar sobornos de forma generalizada a los funcionarios de la administración de justicia para que hiciesen su trabajo… («astillas»* las llamaban); ellos han realizado juicios sin juez** y han conocido lugares de los cuales tú, joven abogado, quizá no has oído ni hablar: Audiencias Territoriales y Juzgados de Distrito. Ellos han redactado escritos inimaginables: pliegos de posiciones, interrogatorios de repreguntas y réplicas y dúplicas en el seno de procesos (juicios de cognición, mayor y menor cuantía) que, para ti, forman parte de la historia del derecho pero para ellos fueron el campo de batalla donde se ganaron honradamente su vida y la de sus hijos.

Ellos —sí, ellos— tuvieron la generosidad necesaria para trabajar gratis en el turno de oficio pero también el coraje y la dignidad precisas para ponerse en huelga y conseguir que la retribución de los abogados alcanzase unos mínimos niveles de dignidad para aquellos años y aquella justicia gratuita. Tú, joven abogado, aún te calientas con los rescoldos de aquel fuego.

Ellos, en fin, han demostrado que se puede vivir una vida dedicados a este oficio. Es lo que ellos han demostrado y es bueno que recuerdes que tú, joven abogado, aún no lo has hecho y está por ver que lo hagas. Así pues: no les des lecciones, aprende de ellos —ahora que estás en la edad de hacerlo— y no les digas cómo han de llevar sus despachos, publicitar su trabajo o «modernizarse», porque, a estas alturas, su capacidad de adaptación la tienen demostrada, su elegancia para publicitar su trabajo sin menoscabo de la dignidad de la profesión evidenciada y la capacidad para organizar despachos más que acreditada.

No les desprecies porque te aseguro que cualquiera de ellos, llegado el caso, puede atacar su vieja Olivetti con papel carbón, azufre y salitre y demostrarte no sólo que eres polvo, sino que ellos son pólvora y están hechos de un material que hace tiempo dejó de fabricarse porque el plástico era más barato.

Por eso, ahora que una abogacía de plástico inunda las redes sociales y el carísimo papel couché de las revistas, me acuerdo de ellos, de la vieja guardia, de esos abogados y abogadas que no son «juniors», «seniors» ni «trendy», componen poses ni hablan de lo que ignoran, que no impostan desvergonzadamente saber lo que no saben ni tener experiencia en aquello de lo que nunca han vivido. Porque ellos son reales, porque son abogados de verdad, porque han vivido de ejercer la abogacía y no del ejercicio de la farsa u otras artes escénicas.

Hoy he tenido el honor de pasar la mañana con los mejores abogados que conozco. Este post va por vosotros y vosotras, viejos gruñones.


**[^sinjuez]: Los juicios civiles, antes de la Ley de Enjuiciamiento Civil del año 2000, eran íntegramente escritos en primera instancia y los interrogatorios de los testigos se realizaban a tenor de unos escritos previamente preparados (escritos de preguntas y repreguntas) a los que daba lectura un funcionario que indefectiblemente levantaba un acta que comenzaba con la falsedad más repetida de la historia judicial española: «Ante mí, Su Señoría, asistido de mí el Secretario…»


Este post se publicó por primera vez en Facebook el 17/11/2017