Tenim un nom

Tenim un nom

Lo escribiré en catalán para que me entiendan todos: tenim un nom i el sap tothom.

No, no estoy cantando el himno del Barça, les estoy hablando de algo bien distinto: de las clasificaciones étnicas que lleva a cabo la Oficina de Administración y Presupuesto sobre raza y etnicidad del gobierno de los Estados Unidos de América (OBM).

Y dicho esto y antes de tomarme por loco déjenme que me explique.

Españoles, Argentinos, Peruanos, Chilenos y en general la población de todos esos países que nacieron de la implosión de la Monarquía Católica (el muy mal llamado imperio español) son gentes que adoran las diferencias, las exaltan y hacen de ellas sus señas de identidad cuando no, en los casos más extremos, una razón para morir que es un verbo curioso que, en castellano, se conjuga siempre en forma transitiva como «matar».

Esta obsesión por la diferencia hace que catalanes, andaluces, vascos, navarros, canarios y hasta los de Cartagena como yo nos miremos con recelo. Si suena el himno de España medio estadio aplaudirá y el otro medio silbará para «marcar diferencias» y si hay que pagar impuestos a la caja común no dude que pronto alguien hablará del «hecho diferencial» normalmente para pagar menos.

Y no, no crea que esto es propio solamente de los españoles: argentinos y chilenos andan en líos desde la independencia, se ve que tres siglos (del XV al XVIII) de convivencia pacífica no les enseñaron nada y en los dos últimos siglos (XIX y XX) han ido de bronca en bronca con regularidad pasmosa hasta el decidido apoyo chileno a la flota británica durante la guerra de Malvinas.

¿Y qué decir de las guerras de Perú o Ecuador o de Chile y Bolivia? ¿tendré que recordar aquella horrible atrocidad que fue la llamada «Guerra de Triple Alianza» y que enfrentó al Paraguay contra Uruguay, Argentina y Brasil? En esa guerra —una auténtica guerra de exterminio— fue eliminada la mayoría de la población masculina paraguaya y a uno, en la distancia, le cuesta comprender tanta furia y crueldad entre seres humanos que apenas cincuenta años antes eran compatriotas y vivían en paz.

Es lo que tienen «hechos diferenciales» tan importantes como el haber nacido en la ribera norte o sur del Paraná o a este lado o a aquel lado de los Andes. Sí, la exaltación de la diferencia, la hipérbole del «hecho diferencial» conduce a la locura y, por lo que veo, en ella seguimos instalados.

Pareciera que nadie, desde California a la Tierra del Fuego y desde Menorca a Isla Guadalupe, tuviese el más mínimo interés en señalar todo lo que —y es mucho— tenemos en común sino en acabar con ello, pero, afortunadamente, para salvarnos de nuestros demonios, tenemos a los Estados Unidos de América y su Oficina de Administración y Presupuesto sobre raza y etnicidad.

Y digo que para salvarnos de nuestros demonios, tenemos a los Estados Unidos y su Oficina de Administración y Presupuesto sobre raza y etnicidad (OBM) porque para ellos el asunto es muy claro: del Río Grande a la Tierra del Fuego y de Menorca a Guadalupe viven (vivimos) unas gentes que tenim un nom i el sap tothom: «hispanos».

Sí, la OMB define «hispano o latino» como una persona de cultura u origen cubano, mexicano, puertorriqueño, sudamericano o centroamericano u otro de origen español, independientemente de la raza, de modo que ya lo sabe, independientemente de si usted llama a su amigo güey, boludo, parce, quillo o picha, o de si usted ha nacido al norte o al sur del Paraná o Sierra Morena o acá o allá de los Andes, usted para la OBM es «hispano», porque esos malditos seres blancos, anglosajones y protestantes que viven en USA (WASP), no se fijan en las sutilezas que a nosotros nos obsesionan y saben que, de California al Cabo de Hornos y de Menorca a Guadalupe, vive una comunidad humana que, aunque ella misma no lo sepa, comparte demasiadas cosas como para no considerarla un grandísimo proyecto de futuro en potencia.

Es por eso que se lo escribo en catalán, porque quiero que usted me entienda: entérese que para los gringos tenim un nom i el sap tothom: «hispanos». Y ahora puede usted seguir pensando en las tremendas «diferencias» que existen entre chilenos y argentinos, paraguayos y uruguayos, valencianos y baleares, murcianos y cartageneros… Pero no se extrañe si, al viajar a Estados Unidos, se encuentra usted con un muro en la frontera o con que el oficial de turno le clasifica a usted (se lo repetiré clar i catalá) como «hispano».

Y ahora me voy a desayunar.

El moje ¿Murciano o Manchego?

El moje ¿Murciano o Manchego?

«Res ipsa loquitur», decían los romanos, las cosas hablan por sí mismas, decimos nosotros y justamente eso he sentido yo este mediodía cuando el camarero me ha traído el plato de mojete murciano que ven en la foto.

Mojete Murciano, Moje, Moje Manchego, ensalada murciana, todos estos nombres designan una y la misma cosa (vid. wikipedia) una preparación hecha a base de tomate partido a trozos pequeños (con o sin piel), cebolla finamente picada (preferiblemene cebolleta), olivas negras o de cuquillo, huevo duro, aceite de oliva virgen y atún de lata (no bonito). Se puede sustituir el atún por bacalao un poco asado y troceado o por capellán troceado y, según la experiencia por mí acumulada en los últimos 63 años, este moje es más común realizado con tomate de bote pelado o escaldado. Yo no recuerdo que me lo hayan servido jamás con tomate natural en ninguna casa de comidas.

Y es que, como les dije, «res ipsa loquitur», las cosas hablan por sí mismas y por más que los murcianos llamen «mojete murciano» y los albaceteños «moje manchego» a este plato es lo cierto que se trata de la misma cosa, al igual que hasta hace apenas 42 años Murcia y Albacete formaban parte de una única y la misma región.

Sin embargo en 1982 Albacete decidió separarse de Murcia e iniciar su camino por separado, todo un siglo XIX de reticencias al centralismo murciano (un día les hablaré de la estancia de la Audiencia Territorial de Albacete en Cartagena) y una cierta doble identidad llevaron a Albacete a abandonar a un antiguo vecino y cambiarlo por otro más prometedor. De ser la tercera ciudad de la Región de Murcia por población (la superan Murcia y Cartagena), Albacete pasó a ser la ciudad más poblada de Castilla-La Mancha, había que elegir: o cola de gato o cabeza de ratón. Y eligieron.

Yo, que soy de Cartagena, disfruto de este plato como de un plato exótico y tanto me da si en la carta reza que el moje es manchego o resulta ser murciano el mojete.

Sólo pienso que, con tantas cosas como nos unen, es penoso que la caterva de políticos que tenemos en la región hagan que muchos cartageneros envidien a los albaceteños y su exitosa salida de naja.

Siempre nos quedará el mojete. (O el moje).

Las dos Hispanidades (II)

Las dos Hispanidades (II)

Hará una semana que les dejé un post titulado «Las dos hispanidades (I)» en el que les hablé de esa cierta idea de España que trataban de inculcarnos en las escuelas a los niños de los años 60. Recuerdo que lo concluí cuando me cansé de escribir, pero también recuerdo que les prometí contarles en un post posterior cómo se había forjado esa peculiar visión de la nación española que trataban de inculcarnos y que es, por otro lado, la visión que aún hoy día comparten mayoritariamente todos esos españoles que se tienen por buenos patriotas. Y no, no se confundan, por más que yo les conté mi experiencia en los años 60 durante el régimen de Franco, la visión de España —de la nación española— que recoge está versión «oficial» no es producto del franquismo sino de un largo proceso anterior que ocupa todo el siglo XIX.

Dicen que una nación es una comunidad unida por un error sobre sus orígenes por lo que hoy me van a permitir que me vaya al origen de la nación —de lo que usted y yo entendemos hoy por nación— un retroceso en el tiempo de escasos doscientos años pues ha de saber usted que naciones, tal y como usted y yo las conocemos, no empezaron a existir sino hasta el siglo XIX.

El pasado es un lugar poblado por gentes que pensaban distinto de nosotros y que, incluso aunque usasen las mismas palabras, les daban un sentido distinto al nuestro y esto es lo que pasa con la palabra «nación», una palabra que podrá usted encontrar en castellano desde la antigüedad remota pero que en modo alguno significaba lo que hoy entendemos comúnmente que significa y, para comprobarlo, nada mejor que acudir al libro capital de las letras castellanas: El Quijote.

Si se toma usted la molestia de buscar las veces que en el Quijote se usa la palabra «nación» (yo me he tomado la molestia por usted) podrá comprobar que, con esta palabra, nunca se designa a esa comunidad humana que ejerce o aspira a ejercer la soberanía sobre un territorio. Para Don Alonso Quijano —y para el resto de los castellanoparlantes europeos y americanos contemporáneos suyos— el concepto «nación» significaba otra cosa.

Por ejemplo, la palabra nación podía usarse para señalar un origen normalmente geográfico (aunque no siempre) como por ejemplo en el capítulo IX del Quijote:

«Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos».

O en el capítulo XL

«Era calabrés de nación, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que llegó a tener tres mil,»

O incluso con un sentido más étnico o religioso que geográfico, como en el capítulo XLI

«…así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás naciones…»

O incluso más para designar a una minoría como en el caso de los moriscos expulsados del reino:

Don Quijote de La Mancha. Segunda parte. Capítulo LIV)

— «Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos.

No existe en el Quijote, pues, ninguna referencia a una «nación política» como hoy la entendemos aunque, curiosamente, tal expresión sí aparece una vez en el texto, si bien el adjetivo «político» tampoco significa lo que hoy podríamos entender que significa y, si tienes dudas, repasa el sentido  del adjetivo «político» en el poema de Calderón de la Barca que empieza con

«Este ejército que ves
vago al hielo y al calor
la república mejor
y más política es…»

Y si «nación» no significaba hasta el siglo XIX lo mismo que significa ahora lo mismo pasaba con la palabra «patria».

Recuerdo cuando de niños, enfrentados al conocido soneto de Francisco de Quevedo que comienza con un «Miré los muros de la patria mía…», el profesor nos advertía severamente que cuando Quevedo hablaba de patria no se refería a España —que es lo que en principio todos pensábamos— sino a Madrid. El pasado, como dije, es un país distinto donde hasta las palabras significan cosas distintas y esto, muy a menudo, se olvida; unas veces por imprudencia, otras deliberadamente para apuntalar posiciones políticas propias.

«Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.»

El propio Don Quijote, se nos cuenta en la primera parte, que tenía, como Amadís, una particular idea de «patria» (Capítulo I):

«Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della».

Créanme que si Quevedo o Cervantes se parasen hoy día frente a un establecimiento militar y leyesen el eslogan de «Todo por la patria» experimentarían severos problemas para determinar por qué o quien debían dar ese «todo».

Y esto que les cuento para España es válido para el resto del mundo en esos años y en especial para los lugares que luego serían las repúblicas americanas que nacieron de la implosión de la monarquía católica.

Pero, por hoy, las búsquedas en el Quijote me han cansado y me temo que voy a tener que volver a dejar el tema. Si esto le interesa a alguien ya me lo dicen y hago la tercera entrega.

Pablo, Abraham y las morcillas

Pablo, Abraham y las morcillas

Me ocurrió anteayer y, tal y como el lector avisado puede ver en la imagen siguiente, estaba a punto de producirse un hecho terrible.

Llegada la hora de la colación meridiana (fíjense qué finústicamente les he dicho que era la hora de la comida) me bajé a una bodega cercana y el camarero, conociendo mis gustos, junto con las imprescindibles patatas al ajo cabañil me convidó a probar el plato de sangre que están ustedes viendo.

Tal no hiciera.

Yo sé que a alguno de ustedes, incluso sin ser vegano o vegetariano, la costumbre de comer sangre les parecerá un hábito bárbaro pero no fue eso lo que me detuvo antes de meter mano al plato sino el recuerdo de que nada parecía molestar más a Yahweh, el dios del Antiguo Testamento, que esa inclinación de los humanos a comer sangre y fue por ello que lo prohibió inequívocamente y con anuncio de terribles castigos.

Les transcribo lo que ordena Yahweh dios en el Levítico (uno de los libros que se leen en misa como «palabrq de dios») capítulo 17, versículos del 10 al 14.

«10 Si cualquier varón de la casa de Israel, o de los extranjeros que moran entre ellos, comiere alguna sangre, yo pondré mi rostro contra la persona que comiere sangre, y la cortaré de entre su pueblo. 11 Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona. 12 Por tanto, he dicho a los hijos de Israel: Ninguna persona de vosotros comerá sangre, ni el extranjero que mora entre vosotros comerá sangre. 13 Y cualquier varón de los hijos de Israel, o de los extranjeros que moran entre ellos, que cazare animal o ave que sea de comer, derramará su sangre y la cubrirá con tierra.

14 Porque la vida de toda carne es su sangre; por tanto, he dicho a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre; cualquiera que la comiere será cortado.»

La cosa, pues está clara: de sangre nada y es de esta prohibición de la que surge la controvertida práctica de los Testigos de Jehová de no aceptar transfusiones de sangre que reputan un acto similar a comerla.

Pero entonces, si la cosa está tan clara ¿por qué los católicos romanos y ortodoxos junto con otros grupos cristianos sí comen sangre?

La explicación, larga para escribirla a la hora de la siesta y atenazado por los sopores de la torrija postprandial no fui capaz de escribirla pero, advertí, de que si  a alguien le interesaba la expmicación se lo contaría al día siguiente y como fueron varios los que demandaron la explicsción pues…

(Dos días después)

Anteayer les dejé con la intriga de por qué siendo clara y explícita la prohibición de comer sangre que se contiene tanto en el Levítico como en el Deuteronomio los católicos y otras confesiones cristianas —a diferencia de los Testigos de Jehová— sí comen sangre y no la consideran un alimento prohibido.

Para explicarles el porqué de esta diferencia no me queda más remedio que sumergirme en episodios tan escabrosos como bíblicos contenidos en el Génesis y espero que ustedes me sabrán disculpar pues, necesariamente, creo que hoy vamos a tener que hablar de —con perdón— prepucios.

Y si espero que me sepan disculpar es porque no encuentro mejor manera para explicarles el porqué de determinadas prohibiciones y costumbres judías que el empezar por el principio y para ello nada mejor que remontarme hasta su primer patriarca, Abraham.

Supongo que, como conocen ustedes, Yahweh Dios alcanzó un pacto con el patriarca Abraham en virtud del cual el propio Yahweh le haría, entre otras cosas, padre de una descendencia numerosa «como las arenas de la playa y como las estrellas del cielo».

Lo malo es que, para cuando Yahweh alcanzó el pacto con Abraham, este ya había cumplido los 99 años y su mujer andaba también cerca de los 100 con lo cual, la posibilidad de tener descendencia se le aparecía al bueno de Abraham como muy dificultosa.

Sin embargo, Yahweh insistió y, finalmente, alcanzó un pacto con Abraham que, para no relatárselo yo, mejor se lo copio del libro del Génesis capítulo 17. Como verán este pacto no tiene desperdicio… O sí, pero mejor no entremos en honduras y copiemos el texto de Génesis capítulo 17 versículos 9-14.

«Dios también dijo a Abraham:

—Cumple con mi pacto, tú y toda tu descendencia, por todas las generaciones. 10 Y este es el pacto que establezco contigo y con tu descendencia, el cual todos deberán cumplir: Todos los varones entre ustedes deberán ser circuncidados. 11 Circuncidarán la carne de su prepucio; esa será la señal del pacto entre nosotros. 12 Todos los varones de cada generación deberán ser circuncidados a los ocho días de nacidos, tanto los niños nacidos en casa como los que hayan sido comprados por dinero a un extranjero y que, por lo tanto, no sean de la estirpe de ustedes. 13 Todos sin excepción, tanto el nacido en casa como el que haya sido comprado por dinero, deberán ser circuncidados. De esta manera mi pacto quedará como una marca indeleble en la carne de ustedes, como un pacto eterno. 14 Pero el varón incircunciso, al que no se le haya cortado la carne del prepucio, será eliminado de su pueblo por quebrantar mi pacto.»

Ni que decir tiene que Abraham cumplió el pacto y a sus 99 años, sin hospital, ni bisturí, ni desinfectante ni nada de nada fue circuncidado. No sé a ustedes lo que les parece el asunto, a mí me horripila, imaginar a un pobre viejo tajando su carne y sangrando a campo abierto a los 99 años me da escalofríos.

A esta obligación de circuncidarse se fueron añadiendo posteriormente otras muchas obligaciones como la prohibición de comer cerdo o la prohibición de mezclar carne con leche, lo que hace que, aún hoy día, para un judío practicante pedirse un cheeseburger constituya un pecado nefando.

Es pertinente señalar que, para cuando Jesús de Nazaret predicó su doctrina, toda una serie de normas relacionadas con la circuncisión, la comida y otros aspectos de la vida, gobernaban las conductas de los judíos practicantes y ahí surgió el problema.

El problema nos llegó con Pablo de Tarso, un judío que había estudiado con el rabino Gamaliel y conocía bien las escrituras. Para Pablo había una promesa en el Antiguo Testamento que Yahweh había hecho a Abraham y que era necesario que se cumpliese con carácter previo a la anunciada venida del reino de los cielos y esta promesa no era otra que aquella de que «lo haría padre de muchas naciones», cosa que no parecía haberse cumplido en tiempos de Jesús pues Abraham, patriarca, parecía serlo solo del pueblo judío.

El problema era que, para hacer a Abraham padre de muchas naciones, sería preciso que gente de otras naciones se convirtiese al cristianismo que era, para la época en que Pablo predicaba, no más que una secta del judaísmo.

¿Y cuál era el problema para quienes querían convertirse al judaísmo? Pues era exactamente el mismo que para Abraham, puesto que, conforme al precepto que les he transcrito, cualquier varón que quisiera convertirse al judaísmo tendría que circuncidarse, y no todo el mundo tenía para la época de Pablo el mismo valor que demostró Abraham al circuncidarse con 99 años.

Para la época de Pablo circuncidarse a los 30 a los 40 o a los 50 suponía un riesgo evidente para la vida del que lo hiciera y por tanto dificultaba sobremanera el que nuevas naciones pudiesen incorporarse a la religión judía y creo que esto es sencillo de comprender.

Es bueno señalar que el propio Jesús de Nazaret nunca fue cristiano pues la religión cristiana (hasta en el nombre), es posterior a su muerte. Jesús de Nazaret solo trató de ser un buen judío pero, en la tarea de Pablo de Tarso de convertir a quienes no lo eran, este problema de la circuncisión, de la comida, de las costumbres y prohibiciones que afectaban al pueblo judío, era un problema verdaderamente serio porque dificultaba sobremanera su labor predicadora, así que Pablo tiró por la calle de en medio y comenzó a dejar de lado todas aquellas normas judías sobre circuncisiones y comidas.

Esto, naturalmente, provocó un cabreo monumental entre los cristianos de Jerusalén que, a diferencia de Pablo que no conoció a Jesús, en muchos casos sí le habían conocido, eran familia suya (Santiago) o incluso habían sido elegidos apóstoles por el propio Jesús, como en el caso de Pedro.

La bronca entre Pablo y Pedro, por ejemplo, fue monumental y se conoce como «el incidente de Antioquía».

En síntesis la pelotera se formó porque Pedro, residente a la sazón junto con Pablo en Antioquía, mientras estuvieron solos y sin compañía de ningún judío de Jerusalén, no tenía problemas en comer con los gentiles pero, tal y como cuenta Pablo en su epístola a los Gálatas:

«Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos».

Seamos claros, para cuando nació Jesús Judea, Galilea y todo Canaán eran territorios fuertemente helenizados, una cultura para la cual las prácticas judías eran consideradas, sobre todo la circuncisión, repulsivas. Como pueden imaginar la expansión del cristianismo en un mundo helenizado, de no renunciar a este tipo de prácticas, era virtualmente imposible.

Fue por eso que Pablo, empeñado en propagar el cristianismo (¿o quizá mejor el judaísmo?) entre las gentes no judías, acabó dirigiéndose a Jerusalén tras reunir una sustanciosa donación para discutir el tema con los cristianos patanegra que allí estaban y a cuyo frente figuraba Santiago (Jacobo) «el hermano de Jesús».

Les ahorro el follón que se montó, el resultado de las disputas concluyó con la decisión de Santiago (Jacobo) de no exigir la circuncisión de los gentiles convertidos.

Este mismo debate, probablemente de manera independiente, apareció por la misma época entre los rabinos según consta en el Talmud. Esto dio lugar a la «doctrina de las Siete Leyes de Noé» (previas a Moisés, a Abraham y al resto de regulaciones), para ser seguidas por los gentiles y fue así como se llegó a la determinación de que «los gentiles no pueden ser enseñados en la Torá». En el siglo XVIII el rabino Jacob Emden era de la opinión que el objetivo original de Jesús, y especialmente Pablo, solamente fue convertir a los gentiles a las Siete Leyes de Noé, mientras que permitían a los judíos seguir la completa Ley Mosaica.

Pablo, pues, con su posición de que los gentiles no necesitaban ser circuncidados ni observar las leyes dietéticas, nos abrió la puerta al consumo de sangre encebollada y todo tipo de morcillas, acción esta que, por desconocimiento e ignorancia supina de la caterva de herejes que forman nuestra sociedad, no somos capaces de agradecerle como se merece.

El tema da para mucho más pero creo que, con esto que les he contado, ya pueden ustedes gobernarse con toda tranquilidad unas buenas ristras de morcillas de esta tierra o, si quieren probar algo más exótico, algunas de esas descomunales («magnum») que produce la casa Ríos en las Merindades de Burgos.

Y supongo que, tras todo esto, entenderán que esta mañana haya buscado un lugar donde, además de la sempiterna media tostada de aceite, me sirviesen una morcilla para desayunar.

Todo sea por honrar a Pablo y sus trajines.

Construyendo un meme: el síndrome de Fadh

Construyendo un meme: el síndrome de Fadh

El de Fadh es un síndrome casi siempre idiopático cuyo principal síntoma es la tendencia de quién lo padece a formular argumentos «ad hominem» cuando se ve inmerso en cualquier tipo de debate.

Se ha observado que el síndrome de Fadh (o de la Falacia AD Hominem) suele aquejar principalmente a los participantes en debates en redes sociales y se ha llegado a formular un enunciado de interacción social paralelo a la llamada «Ley de Godwin» que afirma que:

«formulada una afirmación en redes, a medida que la discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una alusión personal relativa a algún atributo del emisor de la afirmación en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento en sí mismo, tiende a uno».

Dicho de otro modo, si una conversación en linea se alarga lo suficiente uno de los conversantes acabará efectuando alusiones personales respecto de su interlocutor en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento enunciado.

El síndrome de Fadh es crónico entre los miembros de la clase política española (trastorno explosivo del «y tú más») y hay quien le tiene por patognomónico del llamado «trastorno del hooligan político español».

Dada su enorme prevalencia en los debates políticos en redes sociales se ha propuesto como remedio que cualquier conversación se cierre en el exacto momento en que aparezca el primer argumento ad hominem y se coloque en situación de «ignorar» a su emisor señalando o no (en esto no hay consenso) la presencia del síndrome de Fadh.

Aclaración final (wikipedia):

En lógica, se denominan como argumento ad hominem (del latín ‘contra el hombre’) o falacia ad hominem varios tipos de argumentos, muchos de los cuales considerados falacias informales, que consisten en refutar una afirmación en función del carácter o de algún atributo del emisor de la afirmación, en lugar de analizar el contenido sustancial del argumento en sí mismo. Generalmente sigue la siguiente estructura: «A afirma x; B afirma que A tiene algo cuestionable; luego, por extensión, B afirma que x es cuestionable». La conclusión también suele indicar que lo que afirma A no merece ser tenido en cuenta.

Es una de las falacias lógicas más conocidas. Tanto la falacia en sí misma como la acusación de haberse servido de ella (argumento ad logicam) se utilizan como recursos en discursos reales. Como técnica retórica es efectiva, y tiene como objetivo persuadir de una idea a personas que se mueven más por sentimientos que por la lógica; se atacan, así, no los argumentos propiamente dichos, sino a la persona que los produce y algunas de sus circunstancias, como origen, etnia, educación, riqueza (o pobreza), estatus social, moral, familia, etcétera.

Un cierto algo en común o de cómo querer gritar Viva México

Les hablaba el otro día de aquella cierta idea de España que se nos enseñaba en el colegio a los niños de los años 60. El fenómeno no fue exclusivo de España y, durante todo el siglo XIX, las recién nacidas repúblicas americanas, restos de la implosión de la monarquía católica, se dedicaron a forjar una identidad nacional a través de relatos más o menos disparatados.

Afortunadamente el ser humano tiene memoria y, a pesar de los adoctrinamientos, desde California a la Tierra del Fuego todos los seres humanos que habitaban esas tierras fueron siempre conscientes de que tenían algo en común.

Seguramente los problemas políticos y económicos de las repúblicas americanas y recientemente la peripecia europea de los gobiernos y los políticos españoles, pudieron en algún momento dejar en segundo plano este algo en común que todos sabemos que tenemos, desde la Punta de S’Esperó en Mahón a la Isla Guadalupe en el Pacífico Mexicano.

Afortunadamente para nosotros, esa cultura blanca, anglosajona y protestante (WASP) que impera al norte del Río Grande, con su manía de clasificar étnicamente a los seres humanos, se encarga diariamente de recordarnos (a veces construyendo muros) quiénes somos, cómo nos llamamos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser estas gentes a las que ellos llaman hispanos. Quizá los hispanos no sepamos lo que somos pero ahí están los Estados Unidos para recordarnos día tras día que sí, que existimos, que no somos producto del sueño ni de la fantasía.

Y es que, aunque no lo sepa, si es usted hispano (y los Pirineos y la entera península ibérica, aunque los mapas digan lo contrario, también están al sur del Río Grande) a poco que le rasquen un poco la piel le saldrá ese americano cultural y espiritual que lleva dentro y he reparado vivamente en esto hoy cuando, por azar, me ha saltado en las redes el vídeo que les he resumido y colocado abajo. Sucedió hace pocos días en la plaza de toros de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín y cuando un mariachi pisó el albero para cantar una canción.

Si no es usted español (navarro, vasco, catalán, gallego…) quizá no pueda llegar a entender que el público de esa plaza muy probablemente es incapaz de cantar el himno andaluz, gallego o canario; que incluso el himno de España, de sonar, provocaría protestas en un sector del público y que pocas cosas generan tantas tensiones entre los españoles como lo que se canta y se toca en los espacios públicos y en las aglomeraciones humanas.

Por eso no pude evitar que se me piantase el lagrimón cuando el mariachi atacó los sones de «El Rey» y la plaza se volvió loca de unanimidad, porque quizá pocos conozcan los himnos de las comunidades de España pero en corridos, rancheras y hasta huapangos los españoles sacan nota.

Y el final con toda la plaza cantando «México lindo y querido» como si todos hubiesen nacido en Jalisco es de esos que no tienen precio.

Y estás son las cosas que pueden pasar cuando de pronto aparecen unos mexicanos en un ruedo en Pamplona, que no necesitamos que nadie nos recuerde que, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia y con un océano por medio, seguimos teniendo algo en común y formamos un «nosotros» superlativo.

¡Viva México cabrones!

Los problemas de Salvador González

Los 83 decanos que componen el Consejo General de la Abogacía Española han elegido recientemente un nuevo presidente que sustituya a la, por muchas causas, digna de olvido Victoria Ortega y, cuando subrayo que han sido los 83 decanos que componen el Consejo General de la Abogacía Española los que han elegido a un nuevo presidente, lo hago porque es importante no perder de vista que a este presidente no le ha votado ningún abogado ni abogada de a pie.  La elección del nuevo presidente por 48 votos de 83 está más cerca de un puro juego palaciego que de un ejercicio democrático, máxime cuando los votos de cada uno de los 83 electores valen lo mismo, ya sea decano de un colegio con apenas 30 colegiados, ya sea decano de un colegio con decenas de miles como Madrid.

Dado que en estas orgánicas elecciones el colegio de electores se restringe en exclusiva a esas 83 personas, la campaña y el mensaje del nuevo presidente no se ha dirigido a la comunidad de abogados y abogadas a los que ahora pretenderá representar, sino casi en exclusiva a esos 83 electores que eran quienes debían darle la victoria.

Los abogados y abogadas de España, pues, poco o nada saben de cuáles son las intenciones de este nuevo presidente dado que el mensaje que les ha dirigido ha carecido de ningún tipo de detalle. Tampoco durante su ejecutoria como decano —dado el ominoso silencio y secretismo que encubre el funcionamiento del Consejo General de la Abogacía Española— nadie fuera de quienes ocupan el sótano de Recoletos ha podido escucharle alzar la voz (si es que lo ha hecho) en favor o en defensa de las aspiraciones de toda esa masa de abogadas y abogados de España que ya lleva en la calle bastante tiempo.

Por eso el nuevo presidente, Salvador, debería tentarse las ropas antes de tratar de asumir la representación de nadie y mucho menos la de aquellos que ni le han votado ni han recibido hasta ahora apoyo explícito alguno de su parte en sus reivindicaciones.

La paranoica gestión de Victoria Ortega ha logrado que, tras 8 años de soportar a un Consejo General de la Abogacía ciego, sordo y mudo a las reivindicaciones de los abogados, todos en España sepan que ciertamente las aspiraciones de los abogados y abogadas no son representadas por un órgano que no solo ha sido incapaz de recogerlas sino que, antes bien al contrario, las ha silenciado, escondido y hasta boicoteado durante los ocho años más tenebrosos de la historia reciente de la abogacía española. Y ha sido la Abogacía Española real la que, no encontrando altavoz para su reivindicaciones en el Consejo, se ha visto obligada a prescindir de él hasta transmitir a la sociedad una idea clarísima: la de que el Consejo General de la Abogacía Española en el año 2024 ya no representa más a los abogados y abogadas de España, pues estos establecen relaciones directas con los partidos políticos, los grupos parlamentarios, presentan proposiciones de ley y no de ley en los diversos parlamentos de España y, en suma, fijan su propio programa y agenda de reivindicaciones al margen del inútil Consejo, siendo esta abogacía real, ajena a la abogacía institucional, la única con capacidad para movilizar un número significativo de letrados.

Y esto, hoy que estamos casi al principio del parón veraniego, quiero pensar que Salvador lo sabe y desearía confiar en que Salvador debiera saber lo que ha de hacer para tratar de recuperar esa representatividad que, durante ocho interminables años, Victoria Ortega se ha empeñado en minar hasta destruir por completo, tarea a la que, por cierto, no han sido ajenos bastantes de quienes se han sentado a su lado en el sótano de Recoletos.

Y es por eso que ahora, con un nuevo presidente, quizá sea bueno recordar que la representatividad se recupera con respeto a aquellos a los que antes se ha abandonado, representando sus intereses y demandas de forma sincera, transmitiendo todo aquello que la inmensa mayoría de la Abogacía Española está reclamando en la calle y que es perfectamente conocido por todos los grupos políticos e incluso por el propio nuevo presidente.

Tratar de cambiar la reivindicación de una inmensa mayoría a la que no dejan votar por un punto de vista particular solo puede conducir a la prolongación del aislamiento y a que ningún tipo de llamada a la unidad vaya a acercar a nadie a sus puntos de vista.

Las unidades nunca se forjan en torno a instituciones o personas, las unidades se forjan en torno a ideales a intereses o a reivindicaciones y, si esto no es entendido, quien pretenda la unidad ya puede ir despidiéndose de ella.

Salvador, además, por su perfil profesional, no parece pertenecer a ese 85% de abogados que componen la Abogacía Española y que trabajan en pequeños despachos; Salvador ha sido hasta 2022 director legal en Grant Thornton Andalucía, lo que puede hacer dudar a muchos de su familiaridad con los problemas habituales que enfrenta esa abogacía española mayoritaria de despacho pequeño y turno de oficio y, aunque este es un aspecto que no debiera representar mayor óbice, tampoco es la mejor carta credencial frente a un colectivo ya muy hastiado por la abogacía del colorín, por lo que no sería malo que el nuevo presidente del Consejo se esforzase, primero que nada, por acreditar su sintonía con la abogacía mayoritaria.

Todos le deseamos suerte a Salvador, pues su buena ejecutoria redundará en beneficio de todos, pero no le haríamos ningún favor callando lo que pensamos y no advirtiéndole, ahora que es temprano todavía, de las dificultades que enfrenta.

Quizá ningún colectivo tanto como este de la abogacía real encarne tan bien aquella enseñanza que el poeta Frost señaló a Kennedy: que en una sociedad democrática la labor más importante del ciudadano, del escritor, del compositor o del artista  —y del jurista y todos en general— es ser honestos consigo mismos y expresar su opinión aunque moleste, dejando que la chispa caiga donde tenga que caer, porque estas voces, al servir a su visión de la verdad, sirven mejor a la colectividad. Y el nuevo presidente debiera interiorizar que los individuos y las colectividades que desdeñan la misión de estas voces libres invitan al destino también señalado por Robert Frost: el destino de no tener «nada en el pasado para enorgullecerse y nada en el futuro que anhelar con esperanza».

Esperemos que Salvador lo entienda.

Las dos hispanidades (I)

Las dos hispanidades (I)

Yo nací en 1961 y, como pueden imaginar, mi enseñanza primaria y mi bachiller se me impartieron conforme a las más estrictas exigencias pedagógicas del régimen de Franco.

La escuela de entonces nos inculcaba una muy concreta visión del mundo y de España siendo fundamental instrumento pedagógico para ello las canciones. Sí, cantábamos mucho, al menos en mis años y en mi cole. Recuerdo que, la segunda canción que me enseñaron, ya me ofrecía una muy concreta visión de España. Creo recordarla bien, el estribillo decía así:

«De Isabel y Fernando el espíritu impera,
moriremos besando la sagrada bandera,
esta España gloriosa nuevamente ha de ser
la nación poderosa que jamás dejó de vencer».

España, nos decían, «tenía vocación de imperio» y así nos lo hacían cantar.

Y, además de las canciones, estaban los llamados «gritos de ritual». Por ejemplo, si el profe gritaba «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Una!», si volvía a gritar «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Grande!» y si, por tercera vez, gritaba «¡España!» nosotros debíamos responder «¡Libre!». Era como un acto litúrgico.

Había por entonces muchos gritos de ritual, de entre los cuales, el más delirante que recuerdo, nos lo enseñaron cuando el alcalde franquista de mi ciudad accedió para su mal a recibir en el Ayuntamiento a los alumnos de mi clase con nuestro profesor de música al frente.

Armados de flautas, armónicas, melódicas y un pandero, mi compañeros de clase y yo, impasible el ademán, acudimos al ayuntamiento a ejecutar cuatro canciones o al alcalde (quien primero cayese). El repertorio del «concierto» (los juristas me entenderán) era típico, antijurídico, culpable y punible: primero «La Rianxeira», de segundo, «Eres alta y delgada», en tercer lugar «Ya se van los pastores a la Extremadura» (al régimen le encantaban los cantos regionales) y de cuarto, como «pieza patriótica», la versión para flauta chirriante y orquesta desconcertante de una canción llamada «Yo tenía un camarada» que se nos enseñó como patriótico-española aunque, andando el tiempo, supimos que era alemana y se titulaba: «Ich hatt’ einen Kameraden».

El profesor de política, presente para la ocasión, nos advirtió de que, en el improbable caso de que el alcalde sobreviviese a nuestro concierto, al finalizar el acto gritaría

—¡¡Por el imperio hacia Dios!!

A lo que nosotros debíamos responder como un solo hombre

—¡¡Arriba España!!

Yo no entendía nada. ¿Cómo que «por el imperio hacia Dios»? Hacia Dios —me lo habían enseñado en clase de religión— se iba con buenas obras y portándose bien pero ¿«por el imperio»?

Mi amigo «Pote», tan atónito como yo, me dijo a la oreja:

—¿Pero esto qué clase de tontá es? Por el imperio ¿hacia Dios? ¡Hacia Dios sabe dónde!

Yo me callé, el alcalde, para sorpresa de todos, logró sobrevivir al flauticidio, dio el grito de ritual, los niños contestamos sin entender nada y nos fuimos a casa tan contentos, aunque a mí no me dejó de dar vueltas en la cabeza el asunto de Dios y el imperio.

En aquella visión de España que se nos inculcaba nuestra patria, España, era la hipóstasis de una serie de premisas ideológicas que al régimen le parecía deseable que interiorizásemos.

Para quien no sepa qué es o a qué me refiero con eso de la «hipóstasis» le diré que hipostasiar es el término al que recurrió Kant para referirse al delito intelectual de dar carta de naturaleza real a lo que solo es un objeto de razón. Así dotamos de personalidad a entidades que solo existen en nuestra razón, hipóstasis como la nación o dios (Padre, Hijo o Espíritu Santo) son asumidas por el ser humano como si fuesen entidades reales, les atribuimos deseos y les hacemos hablar, legislar o exigir conductas a las que adecuamos la nuestra.

Luego veremos que este «delito de hipostasía» ni es exclusivo de la España de Franco ni lo inventó el régimen. Este delito intelectual es común a todos los nacionalismos de todos los lugares del mundo (incluidos nuestros actuales nacionalismos periféricos) y, de hecho, constituye una especie de nueva teología que, lejos de superar una visión teocrática del estado, lo que hace es, simplemente, cambiar sus dogmas y ritos. Pero sigamos describiendo la concreta idea de España que se nos pretendía inculcar aunque fuese común en sus ideas básicas a las de cualquier otro credo nacionalista pasado o actual.

En primer lugar la patria, nuestra nación, parecía eterna y por eso, cuando se nos enseñaba historia, se nos hablaba desde las prehistóricas cuevas de Altamira o el dolmen de Menga hasta la guerra civil. Viriato, Sagunto o Numancia eran parte de la «historia de España» e ilustraban el carácter indómito de nuestra nación que prefería la muerte a la esclavitud (Sagunto, Numancia…) o la pérfida traición que justificaba la derrota del valeroso Viriato, porque los buenos españoles nunca eran derrotados en buena lid sino que sus fracasos se debían a la traición, sobre todo de alguno de los suyos, como en el caso de Viriato, asesinado mientras dormía por tres de sus generales (Audax, Minuro y Ditalco) a quienes el cónsul Cepión habría prometido una cuantiosa recompensa que luego no les pagó alegando que «Roma traditoribus non praemiat», esto es, que «Roma no paga a traidores».

Tan eterna era nuestra patria (o al menos la visión que de ella se nos daba) que incluso convertía en «españoles» a personajes como Trajano, Adriano o Teodosio, emperadores romanos que jamás habrían podido imaginar que, muchos siglos después de su muerte, alguien llamaría «españoles» a quienes no eran sino ciudadanos romanos. Estos emperadores junto a otros ciudadanos romanos como Séneca eran tratados como glorias de la patria, una patria a la que ellos pertenecían aún sin saberlo.

Esta permanencia cuasieterna de la patria y de ciertos valores a ella asociados se resumía en la fórmula joseantoniana de que «España era una unidad de destino en lo universal». Y así nos lo enseñaban.

Llegados a este punto permítanme advertirles que, este peligroso juego intelectual de considerar «eterna» a esa entidad —hipóstasis— llamada «nación» o «patria» (ya sea grande o chica), es común a todo pensamiento nacionalista y está tan extendido que, por ejemplo, si busca usted la «historia de la Región de Murcia» en la web oficial de esta Comunidad Autónoma, verá que esta historia «de la Región de Murcia» comienza por la prehistoria y sigue hablando de Carthagineses y Romanos aún cuando faltaban 1000 años para que apareciese sobre la faz de la tierra algún lugar llamado «Murcia». Y, a poco que usted busque, verá que esté fenómeno se repite de Portbou a Ayamonte, de Cataluña a Andalucía y del Cabo Norte a la Punta de Tarifa. El fenómeno de las patrias eternas es consustancial a la visión nacionalista del mundo y de la historia, es un principio universal de esta ideología.

Sin embargo, la visión de España que se nos ofrecía en la escuela no estaba exenta de curiosas peculiaridades pues, junto a los habituales representantes de la bondad y valentía del buen pueblo español (Guzmán el Bueno, Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde), aparecían otros personajes de características un tanto peculiares como Rodrigo Díaz de Vivar, un héroe díscolo, rebelde en muchos casos a su rey y a quien se ponía como ejemplo de caballero cristiano, porque la desgracia de España, según el relato oficial, pasaba en muchos casos por la ausencia de dirigentes a la altura de la grandeza de la nación española; el «Dios qué buen vasallo si hubiese buen señor» del «Cantar del Mío Cid» se nos ofrecía como causa de las muchas desgracias de España y, aunque esto era muy del agrado de los falangistas más ortodoxos (férreamente antimonárquicos), años más tarde aprendí que todo esto obedecía a un relato histórico de raíces liberales forjado en el siglo XIX, pero no nos adelantemos porque para entenderlo bien habremos antes de pasear por el Congreso y Senado de España y detenernos a admirar sus cuadros de tema histórico. Terminemos pues, antes, de definir esa cierta visión de España que por entonces se nos ofrecía en la escuela y de la cual formaba parte ese «imperio» que, según el delirante grito ritual, debía conducirnos «hacia Dios». Ese imperio que se nos presentaba como cénit de la nación española y que, a día de hoy, vuelve a estar en el centro de muchas y muy políticamente profundas controversias.

Pero, por hoy me he cansado de escribir, este post es ya muy largo y en el fondo no sé si le interesa a alguien así que, por hoy, les dejo con este cuadro de la «Jura de Santa Gadea» al que tendremos ocasión de volver más adelante cuando visitemos el Palacio del Senado de España, pero eso será otro día.

Pilotos de las Malvinas

Pilotos de las Malvinas

Gestionar las emociones para enfrentar una muerte posible no es un oficio sencillo y pienso en esto en medio de esta incierta madrugada en la que dormito y escucho en Youtube los testimonios de los veteranos pilotos argentinos que, en sus viejos aviones A4 «Skyhawk», combatieron a la flota británica en la guerra de las Malvinas.

Conste que no hago distingos en este punto entre los sufridos pilotos argentinos y los esforzados marineros británicos; el miedo (como los seres humanos) no es distinto por sufrirse bajo una determinada bandera ni en defensa de una patria, el miedo, la angustia, es patrimonio común y no hace distingos entre los seres humanos. Ocurre, sin embargo, que los pilotos argentinos se apellidan Barrionuevo, Gómez o Carballo y se expresan en castellano y esto hace que, al escucharles contar sus historias, les sienta especialmente cercanos.

La superioridad tecnológica británica en aquella guerra hacía que las posibilidades nominales de regresar salvos de una misión contra la flota inglesa fuese, para los viejos «Skyhawk» argentinos, de tan solo una de cada ocho. El perfeccionamiento de técnicas de vuelo rasante a escasos metros de las olas mejoraron las posibilidades de sobrevivir hasta un tercio, pero es la realidad que, salir en misión de ataque a la flota en aquella guerra, suponía para los pilotos argentinos el enfrentar una muy cierta posibilidad de morir. Y muchos murieron. Unos por los misiles de la flota, otros por la acción de los Harrier británicos, otros más incluso por fuego amigo de las propias fuerzas argentinas y aún otros más por fallas técnicas en los aparatos en que volaban.

Un Skyhawk es un artefacto construido con miles de piezas de metal que conspiran incesantemente para caer a tierra en cuanto algo deje de funcionar como debe. Los pilotos, pues, cuando suben a su avión, deben confiar en que todo aquel complejo mecanismo funcionará cuando sea requerido para ello y, llegado el caso, deberán ser capaces de lanzarlo hacia otro mecanismo que pugna por desintegrarlos a cañonazos o misilazos. Es una situación atroz.

Cuando los seres humanos enfrentan la muerte su percepción de la realidad y de lo que sea la vida cambia, todo cuanto antes parecía importante ahora es irrelevante, todo parece no tener sentido y la mente se focaliza en lo que, ahora, es lo único importante. Y toca subir al avión y confiar en que todo funcione bien y en que la fortuna esté de tu parte y puedas ser ese uno de cada tres que vuelve para contarlo.

Y es llamativo cómo, en cuanto cesa el riesgo y el aviador vuelve a la base, todo recupera sus antiguas dimensiones y volvemos a soñar ese sueño que llamamos vida.

Y a veces pienso que, enredados en esta especie de enajenación, perdemos la consciencia de que, cada mañana que dios amanece, todos, absolutamente todos, hemos de volver a subir en nuestro Skyhawk.

Como Barrionuevo, como Gómez, como Bustos, como Carrizo, como Arrarás…

En el fondo como todos nosotros.

La República de los Abogados.

En la República de las abogadas y los abogados, de la primera al último, todos son una y la misma cosa: abogados. Quien dice representarles no es más que abogada y el último de los representados no es menos que abogado; es, pues, una república absolutamente igualitaria donde todos en principio gozan de la misma cualificación y tienen competencias técnicas muy similares y esto genera particulares dinámicas de actuación social que favorecen la creación de enjambres.

En las viejas organizaciones jerárquicas la inteligencia colectiva quedaba y queda limitada a la de la persona o personas que las dirigen y uno de los mejores ejemplos de esta limitación lo tenemos en los últimos ocho años de ejercicio en el Consejo General de la Abogacía Española, durante los cuales la cúpula directiva ha demostrado una especial incapacidad para escuchar, recoger y en suma representar las aspiraciones de todo un colectivo. La probada ineptitud de la cúpula dirigente para recoger las aspiraciones de abogados y abogadas y trasladarlas a los foros adecuados  ha hecho que el colectivo de iguales decida tomar en sus manos esa tarea y pasar por encima de una organización jerárquica fosilizada en un inmovilismo y sordera autista que la ha conducido  a perder todo el contacto con la realidad que la circunda.

La República de los abogados y las abogadas es un extraño club en donde el menos capacitado de sus miembros es abogado; es decir, un experto en resolver problemas y es por eso que no debería extrañar a quienes prefieren hacer el Tancredo y mantenerse quietos sordos y mudos frente a los problemas que estos expertos en resolver problemas, ya que no ven que los suyos sean resueltos por quienes dicen representarles, tomen en sus manos la tarea y decidan ponerse el trabajo por sí mismos. Esto, naturalmente, pone de relieve y subraya la ineptitud de quienes deberían solucionar los problemas del colectivo y suele provocar, en el mejor de los casos, una acción desganada y en el peor, como el que hemos vivido en los últimos ocho años, simplemente la inacción y parálisis absoluta, es decir tratar de hacer como si no pasara nada, como si el elefante no estuviese en la sala y como si no tuviésemos un gravísimo problema entre nosotros.

Afortunadamente las formas de participación política han evolucionado mucho en el siglo XXI y la aparición de las redes sociales ha permitido la organización de grandes colectivos sobre todo como cuando en el caso que nos ocupa se hallan vinculados por un problema muy concreto y específico, dando lugar a una forma de actuación política que se conoce como estrategia de Enjambre.

Si observa usted una bandada de pájaros o un banco de peces verá que todos actúan coordinadamente y se dirigen aparentemente en la misma dirección sin que nadie los dirija; en realidad todo esto es un fenómeno natural y se debe a que cada uno de los integrantes tiene una idea clara y precisa de lo que debe de hacer; esto permite que todo el grupo actúe en conjunto y con acierto. Es verdad que si el abanico de objetivos es muy amplio tales estrategias de Enjambre  no son tan sencillas pero cuando los objetivos son pocos, claros y concretos, en un colectivo como el de los abogados y los abogadas todos suficientemente preparados y todos capaces de tomar decisiones creativas, el acuerdo, la conjunción, se produce por sí sola y, al no existir una organización jerárquica que elija un solo jefe o que elija un solo representante, la inteligencia colectiva y la creatividad se manifiestan en todo su esplendor, impidiendo que la eventual estolidez del jefe o jefa único perjudique al grupo y pudiendo aportar cada uno de los integrantes del Enjambre toda su fuerza creativa. Si una iniciativa de un miembro encaja perfectamente con los ideales y con las aspiraciones del resto, el enjambre entero le seguirá y así las estrategias no vienen definidas por unas pocas personas con una inteligencia limitada sino por una masa realmente increíble de personas especialmente cualificadas y especialmente creativas que pueden llegar a demostrar unas habilidades absolutamente sorprendentes. En un enjambre somos más y estamos mejor desorganizados por eso somos más creativos y por eso es imposible parar a un colectivo así.

Asociaciones tradicionales han existido siempre y sus resultados los conocemos sobradamente, la formación de enjambres, al menos en el mundo de la abogacía, ha empezado solo durante el siglo XXI y tenemos magníficos ejemplos de lo que pueden llegar a conseguir, desde poner en jaque a la Ley de Tasas o un gobierno hasta hacer pensar en cambiar toda una Mutualidad. Cuando los objetivos son pocos, claros y compartidos tratar de elegir jefes, representaciones o buscar un asociacionismo tradicional es recaer en el mismo error en el que ha caído el Consejo General de la Abogacía Española; es decir, limitar la creatividad y la inteligencia del colectivo a la que puedan tener su jefe o jefes y, en el caso de que estos no demuestren una especial habilidad o demuestren bien al contrario una especial torpeza, lo que se pondrá en peligro serán los intereses y aspiraciones de la totalidad del colectivo.

Abogados y abogadas en suma no necesitan representantes que trasladen sus aspiraciones ante partidos políticos y organismos oficiales pues, todos y cada uno de ellos, por sí solos, están capacitados para hacerlo por sí mismos de forma que, cuando la representación tradicional no cumple con sus funciones, son estos abogados y abogadas quienes las suplen subrayando así la torpeza o inanidad de quienes deberían representar los intereses del colectivo. Han sido ocho años horribles, ocho años en los que la condición de abogado ha experimentado una de las mayores degradaciones en la historia reciente de nuestro país, no es pues de extrañar que la mayoría ya no quieran dejar su futuro en manos ajenas, que no quieran ser representados donde ellos mismos pueden estar presentes, que no quieran que hablen por ellos en aquellos lugares donde todos y cada uno pueden hablar por sí mismos.

Hay una nueva dirección en el Consejo General de la Abogacía Española pero de momento no se aprecia ningún cambio, no podemos pues ser optimistas.