Coronavirus y conspiración

Coronavirus y conspiración

La pandemia de coronavirus ha caído como una bendición sobre todos los partidarios de las diversas teorías de la conspiración. Anteayer, por ejemplo, un hombre mayor preguntaba en alta voz a los clientes que hacían fila en la caja del supermercado:

—Vosotros sabéis que este bicho no ha venido de Marte, ¿verdad?. Este bicho es de aquí, de la Tierra, y alguien ha tenido que soltarlo porque antes este bicho por aquí no estaba. Vosotros veréis pero «enterarse» bien de que hay muchos que nos quieren muertos.

El hombre, sin duda convencido de que americanos o chinos están detrás de este asunto del COVID-19, ligó rápidamente la infección con los «chemtrails» y con los «poderes ocultos» que rigen la sociedad y que, por razones que no alcanzo a comprender, nos quieren matar a todos.

No tiene sentido tratar de hacer reflexionar a quienes profesan la religión de la teoría de la conspiración, es tan imposible como hacer abjurar de su fe a un fanático religioso, ellos creen eso y su creencia —en nada diferente de un virus como les comentaré otro día— impide toda forma de raciocinio salvo la que apoye sus tesis.

A veces me divierto suministrando información disparatada pero muy creíble para ellos, otras me abstengo siquiera de mencionarles este tema para nada, pues su infección es peligrosa y les causa no pocos padecimientos.

Viendo al hombre en estado de agitación pensé decirle que tenía mucha razón y que esto de los virus venía de largo, que estas cadenas de ADN o ARN a las que llamamos virus o viroides, según los casos, son —según sostiene con toda razón mi amigo Joludi— un maléfico invento de la familia Rockefeller que, para más inri, decidió dejar su infame acción encriptada en su nombre.

Porque el término «ribonucléico» contenido en el nombre del ADN y el ARN (ácidos desoxirribonucléico y ribonucléico) proviene del nombre de la pentosa llamada ribosa o, vulgarmente “azucar rib” y, se la llama así, porque fue descubierta en el Rockefeller Institute of Biochemistry (RIB). Así pues, donde ustedes vean la partícula RIB, ya saben que los malvados Rockefeller metieron sus no siempre limpias manos: ribosa, riboflamina, ribonucléico, ribosoma… Etc., etc., etc…

Si le llego a contar a este hombre esta historia estoy seguro que habría apretado los dientes y habría pensado con cruel satisfacción: «Sí, todo encaja, malditos…».

Claro que, inmediatamente podría haberle contado otra versión, que la ribosa se obtuvo por primera vez de otro carbohidrato llamado «arabinosa» y los científicos, arbitrariamente, eligieron tres letras que ordenaron como mejor les pareció.

Y ahora ustedes mismos pueden seleccionar la historia que prefieran: a) Rockefeller+Conspiración, b) Rockefeller-Conspiración, c) Científicos arbitrarios+Conspiración (los científicos eran americanos) o d) Científicos-Conspiración.

Yo me muevo entre la solución «b» y «d», no sé ustedes, pero si averiguan la solución exacta me harán feliz.

De virus y canciones: información y viralidades.

De virus y canciones: información y viralidades.

Ya que hoy vamos de virus hablemos de otro tipo de viralidades.

Seguro que en muchas ocasiones habrás oído decir que una información es «viral». ¿Qué quieren decirnos con esto? Antes de responder te diré que, a mi juicio, la expresión debiera efectuarse justo al revés; es decir, afirmando que los virus son «informacionales». Dicho de otro modo, los virus son una especie dentro del género de la información y por eso se comportan como ella.

Otro día les contaré cómo se comporta la información, hoy estamos de cuarentena y les propondré un experimento que puede ser ilustrativo y es comparar el comportamiento de un virus con un trozo cualquiera de información (eso a lo que Richard Dawkins llamó «meme»), por ejemplo una canción, una canción cualquiera, si tienen dudas piensen, qué les digo yo, en la «Macarena».

Ni un virus ni una canción son seres vivos pues son incapaces de reproducirse por sí mismos ni vivir fuera de huesped, son una especie de parásitos que sólo viven incorporados a otro ser vivo. Es verdad que, en cuanto que cadenas de información, puedes encontrarlos fuera de un ser vivo en forma de «viriones» o «partituras», pero un virión a la espera de un huesped donde incrustarse es poco menos que una melodía a la espera de entrar en la mollera de un humano.

Los virus, como las canciones, infectan cuando entran en contacto con el huesped, por eso lls productores musicales se empeñan en hacer sonar sus producciones en las cadenas de radio pagando por ello y, por lo mismo, los ejércitos medievales arrojaban cadáveres de enfermos de peste dentro de las ciudades que asediaban catapultándolos desde las lineas propias. Si no quieres quedar infectado por un virus o una canción lo mejor es que te pongas en cuarentena apagando la radio o no saliendo a la calle.

Los virus (y las canciones) para tener mayor eficacia reproductiva y transmitirse más fácilmente evolucionan de forma que producen en su huesped comportamientos favorables a su transmisión; así hay virus que producen estornudos o tos (esto facilita su proyección hacia otros huéspedes) y, por lo mismo, hay canciones que inducen a los por ella infectados a dar saltos y contorsionarse en una extraña patología llamada «baile» (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!) de forma que otros incautos se ven atraídos por tan llamativa y aparentemente divertida conducta.

Como buenas entidades informacionales los virus y las canciones mutarán hasta alcanzar su máxima eficacia replicativa y por eso la gripe cada año es distinta y por eso «Macarena» acabó cantándose en inglés con una versión que, eso sí, mantuvo siempre los genes esenciales de su ADN musical (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!).

Ocurre con las canciones como con los virus que, cuando se te pasa la fiebre de esa canción que se te ha metido en la cabeza y cantas todo el día te acaba hartando. Sí, has elaborado los necesarios anticuerpos y ahora estás vacunado contra ella, la canción no te gusta, ahora incluso te molesta, y no volverá a «infectarte» hasta que la olvides o mute hasta una forma para la que no dispongas de anticuerpos. Justito igual que los virus.

Sí, sé que todo esto te parecerá gracioso pero ¿Qué dirías si te digo que epidemias y canciones se propagan siguiendo idénticos patrones? ¿Qué dirías si te digo que ADN y ARN no son más que unas cadenas de información?

Sé que no me vas a creer pero el mundo, el universo, se compone solo de tres cosas: materia, energía e información y virus, viriones, viroides, canciones, literatura o fórmulas bioquímicas no son más que especies de un género fascinante: la información.

Es verdad que lo que he escrito aquí es no más que una broma pero, créeme, yo que tú no me reiría demasiado.

Atención al público durante el estado de alarma

Estimados clientes:

En virtud de lo dispuesto en las disposiciones adicionales segunda, tercera y cuarta del Real Decreto 463/2020, los plazos judiciales, administrativos y también civiles se encuentran suspendidos desde hoy hasta la pérdida de vigencia del citado decreto. De forma que su asunto sometido a plazo ya no lo está, pues el mismo se encuentra interrumpido.

Del mismo modo, el Consejo General del Poder Judicial ha suspendido todas las vistas y diligencias que no hayan sido declaradas urgentes, durante el mismo periodo.

Por este motivo suspendemos la actividad presencial del despacho.

Estamos a su disposición en el teléfono 692174309, para cualquier duda o asunto de urgencia. Puede efectuar consultas por mensajería instantánea igualmente usando el siguiente link https://t.me/josemuelas

José Muelas Cerezuela
Abogado
Colegiado 764 del Ilustre Colegio de Cartagena.
Calle Carmen, número 30 primero.30201-CARTAGENA

Es su oficio

Con la palabra «oficio» (officium) los romanos no designaban a ningún trabajo sino a un deber moral que se tenía para con el resto de los ciudadanos. Similar en su naturaleza a los servicios religiosos (que todavía se llaman oficios) hay actividades que se prestan más como deberes para con el resto de los ciudadanos que como actividad laboral.

Ocurre con los médicos y los profesionales de la asistencia sanitaria que, cuando se produce una emergencia, pase lo que pase y mucho más allá de la retribución económica que reciben, su primer deber, su «oficio», es servir a la comunidad y cuidar a quienes necesiten de sus servicios.

Hay actividades que escapan a la comprensión de las teorías económicas y que son ajenas al sano egoismo capitalista, son actividades profundamente humanas y que responden a la generosidad y no al interés, al deber y no a la ganancia, a la ética y no a la economía.

Hoy muchos españoles y españolas estarán en primera fila cumpliendo con su deber mucho más allá de lo que dice su nómina y jugándose la vida por los demás y entre ellos estarán un puñado de abogados y abogadas que cuidarán de los derechos y la libertad de todos.

No les han pagado desde noviembre ni probablemente nadie les pagará esto que hacen hoy, pero puede usted estar seguro de que cumplirán con su deber más allá de lo que pudiera exigírseles.

Porque son abogados y abogadas de raza.

Porque es su oficio.

Miedo

Dicen que Juan Belmonte le hablaba al miedo: «¿Ya estás aquí? ¡Pues vete! O, al menos, escóndete en la habitación de aquí al lado, van a venir a verme unos señores y no quiero que te vean conmigo.»

El Pasmo de Triana no es que fuese valiente, tenía tanto miedo como el que más, lo que pasa es que sabía reconocerlo y se había acostumbrado a él. El miedo, como las alarmas, es una emoción muy útil, te alerta del peligro, pero, una vez cumplida esta función, lo mejor que puedes hacer es desconectarlo como desconectan los astronautas, los pilotos de avión y los comandantes de submarinos, las alarmas. Una vez que sabes que has de tener cuidado mantener la alarma sonando es una estupidez: no ayuda en nada y dificulta el ocuparse de los problemas.

El miedo a morir es un miedo vulgar; al fin y al cabo todo el mundo muere, de manera que, salvo por nuestro miedo, nada extraordinario ni épico hay en ello. A veces, si tengo miedo, me recito parafraseada la milonguita aquella de Borges:

«José Muelas va a morir,
eso es moneda corriente,
morir es una costumbre
que suele tener la gente.»

Digo esto porque hoy, por la calle, no hay otro tema de conversación que la epidemia del coronavirus.

Si hace unos meses, en mi ciudad, se veía con preocupación el pequeño número de madrileños que acudían en vacaciones a La Manga, hoy se mira con preocupación a los que vienen y se afirma sin fundamento: «La Manga está llena de madrileños…» como si los mesetarios esos hubiesen venido a contagiarnos el coronavirus de puro malvados.

«Agua, hay que beber mucha agua, que baja el virus», afirman unos, «calor, que con el calor muere el bicho», dicen otros, «ajo» tercian los que mejor me caen, «ajo, que el ajo tiene propiedades antibióticas»…

Yo, entre el agua y el ali-oli me quedo con el ali-oli, pero no porque vaya a protegerme contra el virus sino porque tengo debilidad por él y la cosa de la prevención viral me ofrece una coartada inmejorable para comerlo a cucharadas.

Sí, hay riesgo, pero no se apuren. Hagan lo que se les ordene mientras no sea una estupidez manifiesta y sigan viviendo a pierna suelta, no es la vida tan larga como para gastar ni un par de días angustiado por algo que, en el fondo, es la cosa más natural del mundo.

Se llama miedo. Échenlo de su lado.

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular

Esta tarde, mientras volvía a la ciudad desde un oscuro centro comercial, se ha presentado ante mis ojos un impresionante celaje con tonos sonrosados; era la hora del crepúsculo, esa hora que los fotógrafos llaman la hora dorada, pero que a mí, hoy, a quien me ha traído a la memoria es un viejo chansonnier español de los años 40 y 50 a quien yo sólo alcancé a ver en su decadencia artística, Don Luís Sancho Monleón, más conocido por su nombre artístico: Jorge Sepúlveda.

A mí, de niño, me llamaba la atención este cantante de acento catalán que cantaba, con voz nasal y aterciopelada, amables y nostálgicas melodías.

Uno de sus grandes éxitos, una canción titulada «Mirando al mar», empezaba de una forma tan cursi y arzobispal que todos suponíamos haría las delicias de quienes mandaban en aquellos años en España, pues principiaba justo con la frase que da título al post y que, a mí, a la vista del celaje del ocaso, me ha venido a la memoria con su música incluída: «Bajo el palio de la luz crepuscular…».

Ni que decir tiene que he empezado inmediatamente a tararearla.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda), además de una voz peculiar, tenía también una curiosa forma de actuar, pues sostenía invariablemente el micrófono con la mano izquierda mientras gesticulaba con la derecha; era una forma de actuar un tanto envarada pero él tenía muy buenas razones para ello.

Y sí que las tenía, porque, a este cantante romántico y amable para el régimen, un disparo en primera línea de fuego le había inutilizado tres dedos de la mano izquierda.

Sí, Luís Monleón había sido sargento durante la guerra civil, aunque no en el bando que sus amables canciones podrían hacer sospechar, sino justo en el contrario. El valenciano (que no catalán) Luís Monleón había servido como sargento en el ejército de la República y acabó la contienda recluido en el campo de concentración de Albatera aunque, antes de acabar prisionero, primero fue fusilado.

No fueron pocos los españoles de uno y otro bando que sobrevivieron a un fusilamiento; en aquellos años se mataba mucho y no se gastaba compasión ni en el tiro de gracia y a Luís no se lo dieron, de forma que pudo vivir para cantarla y, en cuanto salió del campo de Albatera, se dirigió a Zaragoza a probar suerte en el mundo de la música.

De allí marchó a Madrid y la radio hizo el resto: sus canciones pasaron a formar parte de la memoria musical de los años 40, 50 y muy tempranos 60.

Cuando sintió declinar su estrella se retiró a su casa de Mallorca de donde solo salió en los 70 al recobrar sus canciones cierta notoriedad con la moda de la música «camp».

Tras la muerte de Franco, Luís Sancho Monleón ingresó en la Asociación de Militares Republicanos, desde la que se dedicó a prestar ayuda a las viudas de los militares que combatieron en el bando del gobierno.

Luís Sancho Monleón (Jorge Sepúlveda) murió en Mallorca el 26 de junio de 1983 y sus cenizas fueron depositadas, por su expreso deseo, en la fosa común nº 7 del cementerio de Palma de Mallorca, junto a los restos anónimos de muchos otros que, como él, se mantuvieron leales a la República.

Y ahí siguen a día de hoy, al lado del Mediterráneo, mirando al mar y, en tardes como esta, bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular.

¿Cursi? ¡Quiá!

Compañera de armas

Compañera de armas

Maryia Vasílyevna Oktiábrskaya era, según sus amigas, una mujer trabajadora y elegante en sus modales y forma de vestir. Se casó en 1925 con el amor de su vida: el cadete de la escuela de caballería Ilyá Fedótovich Riadnenko y por eso, cuando en el verano de 1941 le llegó la noticia de la muerte de su marido a manos de las tropas alemanas que habían invadido la URSS, corrió a alistarse como soldado en el ejército rojo.

Fue rechazada, padecía tuberculosis de columna y contaba ya 36 años, demasiados para el combate en una mujer según los comisarios soviéticos.

Pero su dolor y su ira eran demasiado grandes como para conformarse con esa decisión. Tras vender todo cuanto tenía y reunir la nada despreciable cantidad de 50.000 rublos decidió escribir a Stalin en estos términos:

“Querido Iosif Vissariónovich!:
Mi marido, el comisario de regimiento Oktiábrskiy Ilyá Fedótovich, ha muerto en los combates por la Patria. Por su muerte, por la muerte de todos los soviéticos torturados por la barbarie fascista, deseo vengarme de los perros fascistas para lo cual ingreso en el banco público todos mis ahorros personales (50.000 rublos) para la fabricación de un tanque. Solicito que el tanque se llame «Compañera de Armas» y yo sea destinada al frente como su conductora.”

Maryia tenía formación como conductora de este tipo de vehículos y era además una magnífica operadora de ametralladoras. No debía de andar Stalin muy sobrado de efectivos porque su respuesta no se hizo esperar:

“A la atención de la camarada OKTIÁBRSKAYA Mariya Vasílyevna
Le agradezco, Mariya Vasílyevna, su apoyo a las tropas de tanques del Ejército Rojo.
Se hará como usted desea.
Reciba mi saludo.”

Mariya, vio sus deseos cumplidos: un magnífico tanque medio T-34 fue bautizado con el nombre de «Compañera de Armas» y ella fue destinada al puesto de conductora/mecánica.

Entró por primera vez en combate en los alrededores de Smolensko donde demostró un valor fuera de lo común. Con su tanque averiado por los proyectiles enemigos María salió del mismo y lo reparó para seguir combatiendo con él a pesar del denso fuego de la wehrmacht.

Muchos fueron los combates en que Mariya demostró su valor aunque, en una guerra como aquella, sobrevivir era la misión más difícil. Los días de Mariya finalizaron en noviembre de 1943, en las cercanías de Vitebsk, cuando, tras destruir varios nidos de ametralladoras y un cañón autopropulsado alemán, un proyectil antitanque destrozó una de las orugas de su «Compañera de Armas».

Mariya, como siempre, saltó del tanque para reparar la oruga dañada sin temor al fuego enemigo pero, ese día, la suerte no estuvo de su lado: una esquirla de metralla la hirió gravemente y, tras permanecer dos meses en coma, falleció en el hospital de sangre de Smolensk el 15 de marzo de 1944.

El 2 de agosto de 1944 se concedió a título póstumo a M. V. Oktiábrskaya el título de Héroe de la Unión Soviética. El dictamen de la hoja de condecoración, firmado por el comandante de la 26.ª Brigada de Tanques de la Guardia coronel Stepán Nésterov, decía:

«En el transcurso de las operaciones de combate y en el período de formación de la brigada, la camarada Oktiábrskaya cuidó y demostró amor por su máquina de guerra. Su tanque nunca tuvo paradas forzosas o averías. La camarada Oktiábrskaya se vengó de los fascistas por la muerte de su marido con el tanque adquirido por cuenta propia. La camarada Oktiábrskaya ha sido una guerrera audaz e intrépida.»

Aunque aquí acabó la vida de Mariya su recuerdo no se extinguió. Su brigada, en recuerdo de «mamá» —que era como la apodaban— bautizó otro tanque como «Compañera de Armas» y al ser este segundo tanque averiado en Minsk encargaron un tercer «Compañera de Armas» que fue destruido ya en Prusia Oriental. Aún quedaba guerra y un cuarto «Compañera de Armas» fue lanzado a la batalla.

Estos cuatro no fueron las únicas «Compañeras de Armas». Las trabajadoras de Sverdlovsk compraron con sus ahorros otro «Compañera de Armas» que acabó destruido en el infierno de Kursk y aún otro para sustituir a este…

… y así hasta nuestros días porque el 68º regimiento de Guardias continuó llamando siempre a uno de sus tanques «Compañera de Armas» en recuerdo de la valentía de «mamá».

Mariya, ciertamente, hizo algo mucho más importante que vengar la muerte de su marido.

Gracias «Mamá».

Carrus navalis: carnavalis

Carrus navalis: carnavalis

Los fenómenos culturales simples ni son fenómenos ni tienen recorrido. Es por eso que nadie sabe dónde nació Homero —ya se cuidó él de no revelarlo— ni cual era el pueblo de Don Quijote —de esto se encargó Don Miguel en el fragmento más recordado de la lengua castellana—, para que así disputaran por ser su cuna un sinnúmero de pueblos griegos y manchegos y ni siquiera ese datos fuese simple sino controvertido. Es por esa complejidad de significados y antecedentes por los que, el carnaval y la pascua, son períodos de tanta profundidad antropológica.

Hoy es 5 de marzo. ¿Y qué? (se preguntará usted) pues nada… Le responderé yo… O mucho, que todo es según se mire.

Como hoy es 5 de marzo me he acercado a visitar el templo de la «señá» Isis, una vecina de mi barrio que comparte vecindario con una virgen judía a la que le mataron al Hijo (nuestra señora de La Caridad) y otra diosa siria que, enamorada de un pastor, acabó haciendo una barbaridad y tratando de suicidarse por la cosa de los remordimientos. La pobre Atargatis, a diferencia de sus vecinas Isis o Miriam, acabó siendo mitad mujer y mitad pez y regalando a la compañía Disney un icono para que esta se forrase.

Como les digo, hoy, 5 de marzo, antes de irme a dormir la siesta, me he pasado por «an ca la señá Isis» y le he tomado una foto a las ruinas de su casa y, mientras reposaba un poco el potaje de cuaresma que me he apretado, me he ido acordando de aquellos viejos buenos tiempos en que la diosa que llevaba al niño en brazos era la que vivía en esta casa y no cien metros más al este.

Ocurre que los devotos de Isis, como los de María, en estas fechas en que se produce el equinoccio de primavera, celebraban y aún celebran fiestas de mucho fundamento. Los seguidores de María, la que vive en La Serreta, celebran el primer fin semana tras la primera luna llena de la primavera que su Hijo resucitó.

También los devotos de la Reina del Cielo (Isis) celebraban la primera luna llena tras el equinoccio de primavera y, en honor de la diosa que vive en Balcones Azules, sacaban en procesión, entre otras cosas, una barca, porque Isis fue estrella de los mares y protectora de los marineros y… Y bueno que la «Isidis Navigium» era muy celebrada aunque no sé si habría llamada y pasacalles de los granaderos californios y marrajos.

Antes de la fiesta del «carrum navalis» había un período de vida licenciosa (carnavalis) que, oiga, era justamente lo mismito que ahora.

No sé, entre la stella maris, el niño en brazos, el carrum navalis y las procesiones creo estoy empezando a perder un poco el oremus, pero bueno, como les decía hoy es 5 de marzo y, en muchos lugares, en rsta fecha, se celebraba el Viernes de Dolores… Quiero decir la «Isidis Navigium»… O ¡yo qué sé!. Las vecinas de mi barrio son demasiado profundas para mí.

Gastronomía gentrificada

Gastronomía gentrificada

Yo sé que muchas de mis lectoras me tienen por hombre rústico e ignorante a la hora de comer. Les juro que yo no me tengo por tal sino por todo lo contrario: creo comer tan solo platos culturalmente interesantes y que alimentan no sólo el cuerpo sino el alma y el entendimiento. Si a ustedes no les parece así creo yo que habrá de servirme de atenuante el no hacer, a la hora de comer, sino lo que me enseñó mi madre.

Seguro que, a más de una de ustedes, esta olla de cerdo u olla fresca les parecerá una comida bárbara y ajena a toda sensatez alimenticia; las comprendo, pero no estoy dispuesto a apearme de mis convicciones sin discutirlas siquiera sea un poquito. Muy contrariamente a lo que ustedes puedan pensar, para mí, esta olla es no sólo un experimento culinario y cultural sino también una profunda experiencia antropológica. Me explico.

En mi sentir la comida es la forma más sencilla y amable de introducir a un ajeno en nuestra particular cultura e idiosincrasia.

Si algún día va a visitarle a su tierra un forastero, no se empeñe usted en llevarle a ver los principales monumentos o museos de su país; ver la Sagrada Familia ayuda poco en la tarea de comprender Barcelona o Cataluña, del mismo modo que visitar el teatro romano de Mérida o Cartagena no le ayudará a entender Extremadura ni, mucho menos, la Región de Murcia.

Si usted quiere enseñar su país a un forastero no le lleve a ver monumentos, antes al contrario: invítelo a comer.

Invítelo a comer pero no en un restaurante de esos que tienen una estrella Michelin o salen bien puntuados en Trip Advisor, no, llévelo a donde come la gente de verdad, a ese lugar donde usted sabe que le darán de comer esos platos que ya comía usted de niño, y su padre de usted y la madre de su padr de usted; es decir su señora abuela.

Un arroz con pava (coliflor) le explica a usted lo que es la ciudad de Murcia con más precisión que una ridícula guía turística. Un caldero bien preparado le cuenta todo cuanto hay que saber de Cabo de Palos y unas papas con chocos le pondrán a usted a Huelva en la punta de la nariz.

Si quiere usted enseñarle a alguien cómo es su región, créame, invítele a comer en un lugar donde coma la gente de verdad.

Es verdad que la tontuna ha llegado muy lejos y la industria del turismo ha gentrificado incluso la gastronomía: honestas casas de comidas de toda la vida ahora han sustituido su clientela autóctona por parroquianos que no son sino turistas tan ajenos a la cultura del lugar donde comen como sus vestimentas al paisaje urbano.

Así, si el guiri crucerista cree que los cartageneros beben sangría porque es este brebaje lo único que conocen de España, los bares de la Cartagena-Atrezzo les ofrecerán sangrías que sajones, germanos y eslavos sin romanizar, consumirán creyendo estar probando un néctar que los carthagineses degustan diariamente. Necios.

Si el guiri, en cambio, es persona informada que viene a probar, pongamos por caso, un asiático, el camarero local le tomará el tupé con todo tipo de martingalas: desde rezarle una salve a la leche condensada mientras estruja el envase a bailar una danza de la lluvia mientras quema innecesariamente el coñá en la copa campaniforme.

No me parece mal, a fin de cuentas los españoles construimos un imperio cambiándole a los indios cuentecitas de vidrio por oro ¿Qué hay de malo en desplumar a una guiri roja como un langostino cocido cobrándole la sangría a precio de coñá de gran reserva?

Insisto, la comida, si es auténtica y no está gentrificada, es una experiencia cultural y antropológica y, si no me creen, observen esta olla de cerdo fecha al carthaginense modo: con su morcilla de cebolla guisada con su esqueleta, el apio traido de la vega del segura, el católico tocino y la imperial patata y todo ello sin perjuicio de la humilde habichuela, una legumbre tan sin pretensiones que, en esta región, no pasa de ser un diminutivo/despectivo (habichuela) de la muy respetada haba, vegetal de primera fila y acompañante inevitable del carísimo «salao» grecorromano.

Se me está acabando el plato y el tiempo para escribir; el camarero me está diciendo que a ver si voy escribiendo alguna vez de él y el zagal que hace las veces de ayudante me está quitando el plato sin darme tiempo siquiera a repelar. Para colmo de males mi amigo Mahmadou (el Corte Inglés Africano) me está dando la turra más de lo debido, así que aquí se acaba el texto. No hay más cultura que lo auténtico, váyase al diablo la gentrificación alimentaria y aquí se acaba, por hoy, la historia.

Silencios elocuentes

Vamos a ver si nos enteramos: quienes pagan a los community managers que manejan las cuentas en redes de Victoria Ortega o CGAE son los abogados y abogadas de España. No es ella con su trabajo quien mantiene esas cuentas, somos nosotros con nuestro dinero.

Del mismo modo también son todos los abogados y abogadas de España quienes han pagado hasta hace poco la revista de carísimo papel couché en que los elegidos y elegidas del régimen componían posituras y asanas diversas frente a la cámara pagada por todos y son, también, los abogados y abogadas de toda España quienes pagan a los profesionales del periodismo que están a sueldo del Consejo General de la Abogacía Española.

Todo eso lo pagas tú, lo mismo que las dietas y gastos de alojamiento y desplazamiento a cualquiera de las numerosas fiestas y saraos de que nos «informan» esos periodistas también pagados por ti. Ya, ya sé que nadie conoce lo que se embolsa en dietas la presidenta a pesar de que lo pagamos todos (¿Podrías creerme si te digo que estoy seguro de que nos resultaría sorprendente si lo conociésemos?), pero es que no solo se lo pagamos a ella sino a todos los que tienen debidamente certificada su adhesión al régimen.

Digo esto porque la semana pasada, una semana anodina en cuanto a noticias relacionadas con la abogacía de a pie, se llevó a cabo frente al Congreso de los Diputados una concentración de abogados del turno de oficio muchos de ellos llegados desde lejanos puntos de España a Madrid. No creo que en toda la semana hubiese noticia más importante que esa y sin embargo…

Sin embargo ni la presidenta ni ninguno de sus turiferarios aparecieron por allí, ni mandaron un mensaje de apoyo y, lo que resulta incluso más hiriente, ni siquiera esta compañera abogada que dice representarnos le insinuó siquiera a la community manager que pagamos todos que dedicasen ni siquiera 280 caracteres en tuíter para informar de este suceso.

No, no se indignen, este tipo de conductas autocráticas no es nuevo. Cuando, hace tres meses, quinientos abogados y abogadas se reunieron en Córdoba para acordar soluciones para nuestra profesión ni ella ni ninguno de los adictos al régimen informaron; tampoco informaron ninguno de los medios «institucionales» que pagamos todos los abogados y abogadas de España y que dicen en CGAE que están para «informar» y ello a pesar de que tal Congreso de Córdoba ha resultado ser el evento jurídico más relevante del año 2019 en competencia directa con el pseudocongreso de Valladolid que ellos pagaron con nuestro dinero también.

Sí, tú que has ido al congreso de Córdoba debes saber que has pagado en 2019 dos congresos: el que fuiste a Córdoba y el que otros disfrutaron en Valladolid. Luego, para compensar, los medios de comunicación de la Abogacía —que tú también pagas— ni escribieron ni informaron ni deficaron una sola linea a ese Congreso del que se hacían eco muchos medios de comunicación y que, a la postre, resultó elegido el mejor evento jurídico de 2019.

A ver si te enteras: los periodistas que trabajan en CGAE, aunque los pagues tú, no trabajan para ti, trabajan para ellos, para los que manejan el cotarro del sótano de Recoletos. Si tú haces una manifestación y te metes cinco horas en un autobús ida y vuelta hasta tu población no esperes que, la que dice ser tu presidenta, te dedique siquiera una palabra en su tuíter porque su community manager (pagada por ti) está demasiado ocupada contando las fiestas y saraos a los que acude quien dice ser presidenta. Por supuesto, aunque la plaza de las Cortes está a diez minutos de Recoletos, ni ella ni ninguno de sus acólitos se dignaron a aparecer por allí. Eso de manifestarse o dimplemente estar al lado de tus compañeros, sin duda, es cosa de tiñalpas, de abogados de oficio, de gente indigna de compartir su compañía salvo en actos debidamente preparados a mayor gloria de ella.

Hoy, 1 de marzo de 2020, Victoria Ortega en su cuenta de tuíter sigue hablando del sexo de los ángeles mientras la abogacía de oficio está en la calle.

Que no te engañen, si algo cambia en el turno de oficio o en la abogacía será por tu esfuerzo, no por el suyo; si ellos lentamente cambian de ideas en materia de conciliación, por ejemplo, no será porque ellos quieran sino porque tú, con tus iniciativas, los pones en evidencia culpable y si mañana les ves demandar una ley de servicios jurídicos no te sorprendas, «alguien» la habrá reclamado primero y ellos tratarán de apropiarse de la idea.

Sé consciente de que cuando le importas a alguien ese alguien habla de ti y que, cuando no habla nada, es simplemente porque no les importas nada.

O porque te temen.

Si quieres cambiar las cosas olvídate de esos que, no siendo más ni menos que tú, creen que pueden ignorarte impúnemente. Únete a la Red y pelea por lo que crees.