Miedo

Dicen que Juan Belmonte le hablaba al miedo: «¿Ya estás aquí? ¡Pues vete! O, al menos, escóndete en la habitación de aquí al lado, van a venir a verme unos señores y no quiero que te vean conmigo.»

El Pasmo de Triana no es que fuese valiente, tenía tanto miedo como el que más, lo que pasa es que sabía reconocerlo y se había acostumbrado a él. El miedo, como las alarmas, es una emoción muy útil, te alerta del peligro, pero, una vez cumplida esta función, lo mejor que puedes hacer es desconectarlo como desconectan los astronautas, los pilotos de avión y los comandantes de submarinos, las alarmas. Una vez que sabes que has de tener cuidado mantener la alarma sonando es una estupidez: no ayuda en nada y dificulta el ocuparse de los problemas.

El miedo a morir es un miedo vulgar; al fin y al cabo todo el mundo muere, de manera que, salvo por nuestro miedo, nada extraordinario ni épico hay en ello. A veces, si tengo miedo, me recito parafraseada la milonguita aquella de Borges:

«José Muelas va a morir,
eso es moneda corriente,
morir es una costumbre
que suele tener la gente.»

Digo esto porque hoy, por la calle, no hay otro tema de conversación que la epidemia del coronavirus.

Si hace unos meses, en mi ciudad, se veía con preocupación el pequeño número de madrileños que acudían en vacaciones a La Manga, hoy se mira con preocupación a los que vienen y se afirma sin fundamento: «La Manga está llena de madrileños…» como si los mesetarios esos hubiesen venido a contagiarnos el coronavirus de puro malvados.

«Agua, hay que beber mucha agua, que baja el virus», afirman unos, «calor, que con el calor muere el bicho», dicen otros, «ajo» tercian los que mejor me caen, «ajo, que el ajo tiene propiedades antibióticas»…

Yo, entre el agua y el ali-oli me quedo con el ali-oli, pero no porque vaya a protegerme contra el virus sino porque tengo debilidad por él y la cosa de la prevención viral me ofrece una coartada inmejorable para comerlo a cucharadas.

Sí, hay riesgo, pero no se apuren. Hagan lo que se les ordene mientras no sea una estupidez manifiesta y sigan viviendo a pierna suelta, no es la vida tan larga como para gastar ni un par de días angustiado por algo que, en el fondo, es la cosa más natural del mundo.

Se llama miedo. Échenlo de su lado.

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