Seis meses de huelga para la abogacía

Van a cumplirse seis meses de que se iniciasen las huelgas en la administración de justicia, medio año, pues, de paro en uno de los servicios esenciales del estado.

En estos seis meses todos han perdido pero, de entre todos los que han perdido, abogados y procuradores son probablemente los colectivos más perjudicados. ¿Imagina usted que su empresario cerrase la empresa seis meses? ¿imagina usted que el dinero del que vive se retrasase seis meses en llegar?

Ciertamente todos los administrados —unos más, otros menos— sufren con esta huelga pero la situación de abogados y procuradores es llamativa por dramática.

Mientras los representantes de los funcionarios se encierran en el ministerio para tratar de forzar el fin de la huelga, la «representante» de los abogados no se encierra ni en el piso cuyo alquiler a nuestro pesar le pagamos todos, sigue con su vida festiva de entregas y recepciones de medallas y condecoraciones, sigue cobrando sus dietas y obvenciones aunque los abogados no cobren, sigue en silencio absoluto sobre los problemas de jubilación o de la infamia de los pagos del turno de oficio aunque los abogados griten por las calles. Ella no ve nada, no oye nada, el de los abogados, para ella, es un mágico mundo de colores como en las películas de Disney.

La «representante» de abogados y abogadas en lugar de usar las redes sociales —los periodistas y community manager que todos le pagamos— para defender la actuación o la imagen de un decano acusado de defender a sus compañeros, prefiere usarlas en la autoalabanza, la autosatisfacción y en el onanismo institucional, como si esos medios que se le pagan estuviesen para servirla a ella y no a los abogados y abogadas de España que las pagan.

El problema de abogados y abogadas no es que no funcionen los juzgados y sus ingresos bajen, su problema no es que, por no prestarles nadie, ni siquiera su «representante» les presta atención. La «representante» parasita el cargo, lo sangra con abundantes sinecuras y mantiene en silencio oficial a una abogacía que se muere de inanición.

A nadie se le oculta esto ya, lo que nadie entiende es que, siendo esto un estado de oponión generalizado, exista todavía un importante núcleo de consejeros que la mantienen en el solio con abundantes muestras de reverencia y pleitesía.

Esos consejeros y su conducta son el misterio que se esconde tras las difícilmente calificable conducta de la «representante». A desentrañar el por qué de su incomprensible conducta habrá que dedicar algún próximo post.

El auténtico padre de la patria

El auténtico padre de la patria

Hablaba hoy con un joven político de la Región de Murcia a propósito de eso que llaman las «identidades» regionales y debatíamos sobre por qué esta región carece de esa identidad compartida por todos que otras regiones sí tienen.

Ustedes ya saben lo que yo pienso sobre las «identidades» nacionales y regionales, el fundamento ideológico y los relatos que las sustentan —pues ya lo he contado en post anteriores— pero, interpelado esta mañana sobre por qué toda esa tramoya no funciona en el caso de la Región de Murcia, no me ha quedado más remedio que jugar con unas reglas que no comparto y decirle

—Toda la culpa la tiene Leandro.

El hombre me ha mirado con cierta curiosidad —cosa rara pues jamás me hace el menor caso— y he tenido que recordar todos los libros del colegio de mi niñez para justificar mi respuesta.

Mira, cuando en el siglo XIX se construyó la identidad española en este relato el momento inaugural corresponde al reino visigodo y eso se aprecia en las historias de España y en las lecciones de nuestras viejas enciclopedias de «Álvarez».

Para los niños de los 60 (y de los 20, los 30, los 40 y los 50 y aún de décadas anteriores) la historia de España no comenzaba sino hasta el reinado del rey godo Recaredo. Durante las lecciones anteriores los niños estudiábamos cómo los saguntinos, numantinos y cántabros demostraban frente a cartagineses y romanos el celtibérico valor de los protohispanos; cómo Trajano o Séneca demostraban la sabiduría y conocimiento de los hispanorromanos y cómo una panda de salvajes, llamados «los bárbaros del norte», finalmente, llegaban a la península ibérica destrozándolo todo porque eran unos bestias que, además, eran unos herejes del carajo que yacían en el piélago de la herejía arriana. Recuerdo bien la ilustración de aquella lección en mis libros infantiles: un sujeto a caballo, espada en mano, cabalgaba sobre un fondo de destrucción y casas en llamas.

Sin embargo, estos «bárbaros del norte», un par de lecciones después, aparecían ya como los titulares del reino de forma que los alumnos de entonces estudiábamos la lista de los reyes godos como los primeros «Reyes de España». Si tienes dudas acércate a la Plaza de Oriente en Madrid y verás que allí están sus estatuas como reyes de una España que acababa de nacer.

¿Qué había pasado para que estos que no eran sino unos «bárbaros» pasasen a ser los legítimos titulares del reino de España?

Pues eso, que intervino Leandro, pero, para entender lo que hizo, hay que leer ese par de lecciones que separaban la intitulada «los bárbaros del norte» de esa otra que nos contaba cómo el rey Don Rodrigo (el último rey godo) había perdido España a manos de los musulmanes.

En ese par de lecciones los niños leíamos primero cómo Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, se convirtió al cristianismo neto y católico mientras que su padre se arriscó en la nefanda herejía arriana. Leovigildo acabó degollando a su hijo —los visigodos eran así— el cual, conseguida la palma del martirio merced a su violenta muerte, fue proclamado santo: San Hermenegildo.

Afortunadamente para las Españas en Sevilla acababan de nombrar obispo a un zagal de Cartagena llamado Leandro. Cómo y por qué había tenido Leandro que huir de Cartagena y marchar a Sevilla da para dos o tres novelas pero eso lo dejaremos para otro día, hoy toca contar que Leandro, un tipo listo y de sólida cultura, convenció al rey godo Recaredo de que eso del arrianismo era una catetada muy grande y que lo que tenía que hacer era convertirse al catolicismo neto y de este modo conformar sus creencias con las de la población hispana.

Recaredo le hizo caso, se convirtió y, desde entonces, gracias a Leandro y al burro de Recaredo, la monarquía visigoda pasó a ser monarquia hispánica.

Sí, no le den vueltas, para nuestros viejos libros de historia si no eras católico no eras español por mucho que te empeñaras y fue por eso que los árabes, por más que se tiraron ocho siglos en la península ibérica, nunca fueron considerados españoles por nuestros libros mientras que los visigodos, con apenas dos siglos de presencia en la península, se convirtieron en el núcleo fundacional de la nación española, con sus Rodrigos perdiendo España y sus Pelayos echándose al monte en las Asturias.

Desde entonces acá la historia de España es la historia de los reinos del norte peleando contra unos árabes que, a pesar de sus ochocientos años de presencia en la península, nunca se ganaron en nuestros libros de historia la condición de «españoles».

¿Y quién fue pues el padre de la patria española?

Pues un cartagenero, Leandro (San Leandro), que, al convertir a Recaredo al cristianismo, produjo las condiciones idóneas para el relato que ahora conocemos. Leandro, ese zagal cartagenero que hubo de huir con sus hermanos a Sevilla, es un tipo al que se rinde culto en Sevilla, en toda España y, naturalmente, también en la Región de Murcia, a pesar de que, cuando él vivió, ni la ciudad de Murcia existía ni mucho menos ninguna comunidad política con ese nombre que Leandro jamás alcanzó a oír ni pronunciar.

Leandro, con su III Concilio de Toledo, también la lió parda en el asunto de los credos los cismas y el filioque y hasta tiene su cuota parte de responsabilidad en la no tan lejana guerra serbo-croata, pero eso ya lo conté otro día.

Y ahora… Ahora ya no les voy a contar más, se me ha enfriado el café y voy a pedirme otro para tomármelo calentico que es como a mí me gusta.

Otro día les cuento lo de la identidad (o falta de identidad) de esa Comunidad Autónoma que coincide con la diócesis carthaginense; ahora me voy a tomar el cafelico a gusto.

El gambito ucraniano

El gambito ucraniano

Hoy he leído que, en un periódico norteamericano, llamaban a la guerra de Ucrania «gambito».

Gambito (del italiano «gambetto» —zancadilla—) es una forma clásica de juego en ajedrez en la que uno de los bandos ofrece un sacrificio material a cambio de iniciativa, desarrollo o alguna otra clase de ventaja.

La forma clásica de defenderse de un gambito es aceptar el sacrificio —si es que se trata de un gambito real— para más adelante devolver el material ganado a fin de igualar las posibilidades dinámicas.

¿Qué quiere decir la prensa norteamericana cuando habla de este «Gambito Ucraniano»?

La verdad no lo sé, ni siquiera sé si el periodista es un buen jugador de ajedrez, pero me ha llamado a considerar toda la guerra de Ucrania como un gambito ofrecido por occidente a Rusia y que esta ha aceptado.

Parece evidente que Rusia, a cambio de la ganancia material, ha perdido muchas posibilidades dinámicas y se enfrenta a una batalla larga con ganancia material —sí— pero en peor posición estratégica. No me cabe duda de que alguien en Moscú está buscando la mejor forma de devolver el gambito, Rusia ha sido tradicionalmente la gran potencia ajedrecística mundial y no les van a faltar estrategas que entiendan bien este tipo de posiciones aunque, todo hay que decirlo, la tradicional hegemonía rusa, en los últimos años ha sido puesta en cuestión por el indiscutible número uno mundial, el noruego Magnus Carlssen… O sea que, si de ajedrez se trata, la superioridad rusa ya no es tan clara frente a occidente.

Y… Si quieren algo más de oscuridad en el análisis de este gambito tampoco podemos perder de vista que el actual campeón mundial es…

Chino.

Ding Lireng (conocido en España como «Cuidading Lirén» debido al fértil ingenio del Gran Maestro Pepe Cuenca y a la inspiración celestial de Chiquito de la Calzada) se proclamó campeón del mundo tras de que Magnus Carlssen renunciase a defender su título.

Si al final resulta que el campeón mundial es chino ¿quién está dando el gambito?

Todo por la patria

Todo por la patria

Cuando los franceses le cortaron el cuello al rey y tuvieron que buscar una legitimación para el poder distinta de la de dios eligieron la nación.

La soberanía radica en la nación pero… ¿qué es una nación?

La nación es solo una invención ideológica pero, de entre todas las invenciones humanas, la nación —quizá solo superada por los dioses— ha sido la justificación para las mayores atrocidades y, sin embargo, tras doscientos años de existencia y a pesar de su acientífica naturaleza, la nación está tan presente en nuestras vidas que somos incapaces de entender el mundo sin ella.

Los campeonatos del mundo de fútbol se celebran «por naciones», si Fernando Alonso ganase este domingo en Montmeló se izaría en los mástiles la bandera de España y sonaría en la megafonía la vieja marcha granadera, actual himno de España. Hablamos de las naciones cual si fuesen entes reales y vivos que nos exigen dar o quitar la vida por ellas y siempre alrededor de ellas aparecen una serie de adalides-sacerdotes dispuestos a enseñarnos lo que es ser español, catalán, vasco o francés. Son como los sacerdotes del dios, portavoces frente a la comunidad de lo que el dios desea; estos nuevos sacerdotes —patriotas dicen ellos— definen la patria, le otorgan características y deciden qué es y qué no es patriótico.

Cambiaron a dios por la nación pero los modos y maneras de proceder permanecieron. Por dios se muere y se mata y por la patria también.

La nación, una especie de personaje inmortal que siempre ha estado presente a lo largo de la historia aunque no lo viésemos, atraviesa con los siglos con una facilidad que asombra.

«Historia de la Región de Murcia» leo como título de una magna obra y, cuando abro el primer tomo, veo que empieza por la prehistoria. What????

No, la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia es una construcción política que no alcanza a cumplir 50 años; la Región sólo unos cuantos más y cualquier reino o entidad que llevase el nombre de Murcia solo unos cuantos siglos más. Pero no, los iberos ni sabían lo que era Murcia ni sabían siquiera qué palabra era esa; Leandro, Isidoro, Fulgencio y Florentina desconocían absolutamente ninguna realidad que se llamase Murcia —simplemente no existía— y no puede haber una Historia de Murcia en época romana por idéntica razón. Y esto que digo de Murcia lo puedo decir de España, Francia o Inglaterra ¿O es que acaso, Séneca o Trajano eran españoles? ¿Era Viriato español? ¿Acaso los numantinos o los saguntinos murieron defendiendo España?

Sí, sé lo que me van a decir, es solo una forma de hablar… Pero no, no es una forma de hablar. Ayer sin ir más lejos vi a un historiador sosteniendo la superioridad española frente a los franceses pues César derrotó «a los franceses» en un plis-plas.

Los estados y los partidos políticos buscan cultivar «la identidad nacional» y, en lugar de ponderar la infinitud de rasgos que hace iguales a todos los seres humanos, lo que hacen es exagerar y exacerbar diferencias que, vistas desde la lejanía, son ridículas: si este baila la jota o aquel la sardana, si este come el cocido tomando primero la sopa o al final, y de cosas como esta extraen la disparatada conclusión de que esto les autoriza a sentirse distintos y a construir estados propios con los que trazar rayas en suelos donde nunca las hubo (que es el caso del mundo entero).

Pero esa idea vende, esa forma de construir un nosotros y un ellos aunque sea solo con fundamento en los colores de un club deportivo, esa forma de sentir que perteneces a una comunidad tranquiliza a esos espíritus, la mayoría, que no sabrían caminar solos.

Y no me entienda mal, las diferentes culturas crean formas de ser, costumbres y hábitos mentales. Si usted me pregunta a mí le diré que soy español y que sintiéndome español es como me entiendo. Sin embargo no creo que ser español, o francés, o católico, o protestante, o catalán, o bretón, confiera a nadie ningún derecho de naturaleza política.

Alemanes y franceses hubieron de invertir varios millones de vidas humanas para entender que en realidad no eran enemigos sino aliados y que un muerto francés y un muerto alemán no se distinguen en nada.

Vivimos en un mundo que nos educa en la competitividad, en la diferencia, en la división. Y a mí me parece que en este tipo de mundo lo que no hay es educación.

Si el ser humano ha alcanzado las cotas de desarrollo que ha alcanzado no ha sido compitiendo sino cooperando (a veces incluso a su pesar) pero a eso no parece que dediquemos tanto esfuerzo ni nos produzca tanta emoción como la competencia. De hecho, si existen animales, si existimos los humanos, es porque en algún remoto momento de la historia del planeta tierra dos células cooperaron y formaron los seres eucariotas. Cada vez que miramos una célula animal al microscopio estamos viendo un prodigio de cooperación y de creación de vida pero eso no se cuenta.

En fin, que del mismo modo que a finales del siglo XVIII se cortó la cabeza al rey y se mató a dios como legitimador del poder, en algún momento alguien acabará decapitando ese relato al que llamamos nación y el futuro nos verá tan insensatos como aquellos que dieron la vida por wl dios RA en combate. Esperemos que, cuando la humanidad acabe con este relato, sea capaz de sustituirlo por algún otro menos cainita.

Decano Manolo in memoriam

Decano Manolo in memoriam

Manolo Hernández era el hombre que más veces había caminado hasta Santiago, no hablo de decenas o centenas de veces, creo no equivocarme si digo miles. Manolo era un hombre valiente y tuvo el coraje como decano de contar su verdad en los plenos del CGAE, algo que casi nadie es capaz de hacer si no tiene el valor que tenía Manolo.

Fue tres veces decano de Sabadell y siempre supo el lado del que debía estar un decano, que es al lado de los suyos, de los abogados y abogadas de a pie. Cuando vi que aparecía por el Congreso de Córdoba de 2019 supe que habíamos acertado porque si Manolo estaba allí es porque estábamos en el camino y en lugar correctos.

Hoy me entero que ha muerto en Santiago, el lugar hasta el que caminó más que nadie en el mundo y algo se me rompe en el corazón porque, seguramente, nunca aprovechamos bastante su coraje y su ilusión. Si algo me consuela es que murió en ese lugar hasta el que caminó tantas veces, supongo que él no habría querido que fuese de otra forma.

Manolo, te recordaré siempre.

La abogacía en peligro

Esta tarde, con un acto protocolario concebido a la mayor gloria de la presidenta, comienza el congreso que organiza cada cuatro años la abogacía institucional. Dolida por las críticas a la ilegalidad del Congreso de Valladolid y la respuesta de la Abogacía Real con su Congreso de Córdoba este año —por fin— la abogacía institucional recobra el formato —bien que teledirigidamente— deliberativo.

Las ponencias básicas que se proponen son cuatro:

Intermediación y nuevos modelos de negocio, que presenta Francisco Caamaño ex-ministro de justicia del PSOE.

Defensa de Derechos y Libertades hoy, que presenta Jesús Remón Peñalver, presidente del despacho «Uría y Menéndez».

Avances y desafíos de la regulación deontológica, que presenta José Ramón Chaves, Magistrado y

Especialidades y formación legal continua que presenta María Emilia Casas, también magistrada.

Como ven ninguna de las ponencias se relaciona con los temas que han movilizado a la abogacía real en fechas pasadas y, como pueden ver también, entre los ponentes hay magistrados, exministros y un sólo abogado pero, es preciso decirlo, un abogado de gran despacho, una forma de ejercicio profesional ajena al ejercicio del 85% de los abogados y abogadas que ejercen en España; la abogacía real, la que ejercemos usted y yo, queda olvidada.

Por supuesto que ninguna ponencia se llama «turno de oficio» ni nada parecido, si se llega a hablar de esto es porque participantes con especial compromiso, abogados reales, lo han introducido a base de comunicaciones.

Miren, hace tiempo ya que sabemos —pues lo dijeron representantes de grandes bufetes— que vamos a una abogacía dual compuesta de unos pocos ganadores y de muchos perdedores que apenas si podrán subsistir, pero de esto, claro, no se hablará en el Congreso.

Todos sabemos que el juego está amañado pero ¿cómo han logrado —cómo  hemos dejado— amañar las reglas del juego para hacer que una profesión,  no hace tanto digna, se vea sometida a una tensión tan extrema como la  que vivimos en los últimos años? ¿Cómo es posible que esta profesión que hasta hace unos años permitía una vida digna haya sido degradada al nivel de la pura subsistencia?

Los ejemplos serían muchos pero el ejemplo de lo ocurrido con las aseguradoras y el baremo es suficientemente ejemplificativo. Ahora, en plena defensa de los consumidores en el mundo de las hipotecas, el posicionamiento sistemático de los diversos gobiernos y aún de alguna institución que se dice defensora de los abogados, ha sido incuestionablemente favorable a las entidades financieras.

El nivel de vida en España, desde 1995, ha subido en casi un 300%  pero la situación de los abogados ha empeorado notablemente en esos  mismos años como consecuencia de sucesivas reformas que,  perjudicando a consumidores y ciudadanía en general, han beneficiado  fundamentalmente a corporaciones y grandes empresas. Hoy España, con un PIB tan sólo un 24% por debajo de Alemania, tiene unos salarios un 54% por debajo.

Si esta abogacía que nosotros, el 85% de los abogados y abogadas de  España, representamos se sigue desintegrando ¿cual será el futuro de los ciudadanos y ciudadanas de España? ¿Entregarán sus esperanzas de  justicia y su futuro en manos de corporaciones mercantiles supuestamente jurídicas en cuya cartera de clientes serán no más que el último de los números? ¿Serán eficazmente representados por unos pocos bufetes  entregados a la defensa de los intereses superiores de sus cuentas más  importantes en cuanto a pago de honorarios?

Hay una riqueza que crea poder político y un poder político que a su  vez modifica las reglas que crean la riqueza. No solo hablamos de  financiación de campañas electorales, de elaboración de informes o  borradores de leyes, al final del camino siempre están las sempiternas  puertas giratorias. ¿Dónde  crees que fueron importantes cargos gubernamentales de todos los  partidos como Soraya Sáez de Santamaría —vicepresidenta del Gobierno—,  Rafael Catalá —Ministro de Justicia del PP— o Caamaño —Ministro de  Justicia del PSOE— cuando abandonaron el gobierno? Exacto, lo has  adivinado, a grandes firmas jurídicas. ¿Qué poder y qué capacidad de  influencia crees que acumulan esas firmas que prevén que tú, abogado  independiente, acabes en un mundo low-cost uberizado?

Y es esta abogacía real, esta abogacía de las personas, la única por la que me parece que merece la pena vivir y morir, la que es relegada a segundo plano en el Congreso que hoy empieza y donde los papeles protagonistas son entregados a gentes ajenas a ella.

Pero sé que han ido allá abogados de verdad que tratarán de colar en los debates su palabra ruda aunque tampoco importa si no lo logran, porque la abogacía real hace tiempo que ha aprendido que puede reunirse y trabajar por ella misma, que puede organizarse, aunar esfuerzos y vencer.

Es tiempo de valientes.

Vamos.

El congreso que viene

El jueves y el viernes se celebrará el congreso oficial de la abogacía institucional y su presidenta, Victoria Ortega, llega adornada de todos los problemas que ella misma ha creado y en los que ha sumido a toda la abogacía española.

Ella lo sabe y, como siempre, recurrirá a la vieja coartada de efectuar llamamientos a la unidad a través de sus jefes de centuria.

Pero… ¿unidad en torno a qué? ¿a ella?

Permítanme que les cuente una historia y me explique. Cuando yo era niño formaba parte de nuestro programa educativo la asignatura llamada de «Formación del Espíritu Nacional» (FEN). A través de esa asignatura el régimen nos adoctrinaba en lo que ellos llamaban «democracia orgánica», una forma de «democracia» en la cual la representación popular no se ejercía a través del sufragio universal sino a través de las relaciones sociales que la dictadura consideraba «naturales»: familia, municipio, sindicato y movimiento; grupos (“tercios” los llamaba el régimen) de entre los que resultaba particularmente curiosa aquella organización a la que el régimen llamaba «sindicato».

Los sindicatos del franquismo a mí, aunque era un niño, me resultaban sorprendentes, pues, lejos de ser sindicatos de trabajadores eran sindicatos donde estaban juntos los obreros, los «técnicos» (obreros cualificados) y los empresarios. Yo no entendía bien como iban a reclamar los obreros de un sindicato vertical de esos un aumento de sueldo, no veía yo a trabajadores y empresarios compartiendo objetivos y sentados en el mismo bando en esa negociación.

El régimen cantaba las virtudes de la «unidad» de estos sindicatos verticales (recuerdo algún discurso delirante del ministro José Solís Ruíz sobre la «fraternal» unión de empresarios, técnicos y obreros) pero la realidad es que esta organización sindical no servía para canalizar los intereses de los trabajadores sino solo para silenciar la protesta y domesticar cualquier intento de reforma. Anualmente en el Bernabeu se celebraba una «Demostración Sindical» donde unos atléticos y domesticados obreros ilustraban las virtudes de la «unidad» realizando tablas de gimnasia.

Aquella democracia «orgánica» (tan elocuentemente cantada en el preámbulo de la vigente Ley de Colegios que aún regula nuestros colegios y consejos generales) y aquellos sindicatos «verticales» que el régimen se empeñaba en mantener cantando las virtudes de la «unidad» estaban fuera de lo que el mundo libre consideraba como sindicatos o democracia de verdad, pero con ellos se fue tirando hasta que la Constitución de 1978 los borró de un plumazo.

Hija de aquel régimen político orgánico de familia, municipio, sindicato y movimiento, es nuestra Ley 2/1974 de 13 de febrero que regula los Colegios Profesionales (sí, ha leído usted bien, 13 de febrero de 1974) y, si bien muchos de sus artículos han sido derogados por inconstitucionales, hay modos y maneras en las personas que ocupan los cargos dirigentes de esas agrupaciones que parecen haberse perpetuado hasta nuestros días.

De hecho son tan parecidos que, cuando reciben alguna crítica, reaccionan exactamente igual que aquellos sindicatos verticales: llamando a la «unidad».

Usar la «unidad» como coartada es precisamente lo que hacía aquel viejo sindicato vertical del que les hablo; si el trabajador exigía mejores condiciones, ser hartaba de no ser escuchado y se manifestaba, el sindicato vertical le acusaba de romper la «unidad», como si la unidad, por si sola, fuese algún tipo de valor sagrado.

Es por eso que, cuando alguien me habla de unidad, no me queda más remedio que preguntarle:

¿Unidad en torno a qué?

Porque puede ocurrir que la unidad que usted me pide esté más cerca de omertá mafiosa que de la real y genuina cooperación en torno a ideas y principios.

Hay formas de conducta (responder a la crítica pidiendo «unidad», considerar las peticiones de transparencia como una afrenta, reputar malintencionada cualquier opinión discrepante…) que tienen mejor encaje en la España de 1974 que en la de 2022.

En la república de las abogadas y abogados, todos son iguales a todos y nadie es más que nadie y es por eso por lo que criticar la discrepancia es una repugnante forma de defender la posición o la prebenda propia.

La principal obligación de cualquier miembro de un grupo social es ser honesto consigo mismo y manifestar lo que piensa, porque es de este modo y no de otro es como mejor sirve a los intereses del grupo, diciendo en cada momento lo que cree más conveniente y mejor para todos.

Si alguien cree que quien así procede atenta contra la «unidad» es que aún no ha entendido los principios básicos de la vida en democracia; o peor aún: pretende mantener un status quo del que se beneficia personalmente.

Por eso en la igualitaria república de las abogadas y abogados todas las opiniones caben y son tan valiosas la opiniones discrepantes porque, cuando lo que se persigue es el interés del grupo, no importa que existan caminos distintos para alcanzar el destino compartido.

Espero que la libertad y la valentía gobiernen las acciones de los participantes en ese congreso antes que el miedo y el interés personal.

El primer problema de la abogacía

La función de una manifestación es visibilizar, dar a conocer, difundir («manifestar» en suma) una situación.

La apoya quien la difunde, quien la hace visible, quien la hace llegar a su entorno.

La boicotea quien la silencia, la tapa, la oculta o hace como que no hubiera ocurrido.

Y ahora analicemos lo ocurrido ayer.

Ayer hubo una manifestación importante en Madrid en defensa del turno de oficio y durante todo el día jueces, fiscales, funcionarios y muchas otras personas mostraron su apoyo a las reivindicaciones de quienes manifestaban. El decano y el Colegio de Madrid ofrecieron apoyo a los manifestantes y difundieron en redes sociales la protesta y sus reivindicaciones. Varias cadenas de TV nacionales y autonómicas informaron de la manifestación y en redes sociales la noticia se difundía con intensidad. Pero…

Sólo hubo una persona y una corporación que ignoraron por completo lo que estaba sucediendo y no ofrecieron —ni aún hoy ofrecen— ningún tipo de información sobre la manifestación ni apoyo a la misma en sus redes sociales:

La corporación es el Consejo General de la Abogacía Española
La persona es Victoria Ortega, presidenta del Consejo General de la Abogacía Española.

Las cuentas en redes del CGAE y de Victoria Ortega, gestionadas por un community manager pagado por todos los colegiados de España, guardan un silencio ominoso, delator, vergonzante y culpable. El Consejo General de la Abogacía Española tiene, además, un departamento de prensa que, a pesar de costar mucho dinero a los abogados, guarda también un ominoso silencio y podemos inferir por orden de quién.

Si la misión de una presidenta del CGAE no es estar al lado de sus compañeros ¿cuál es entonces? Si la misión de los medios de comunicación del CGAE no es informar de la actualidad del mundo de la abogacía ¿cuál es su función entonces?

¿Por qué estos órganos en lugar de apoyar la protesta trabajan por diluirla y taparla y en sula la boicotean?

Victoria Ortega no debe seguir un segundo más ocupando el puesto de presidenta del Consejo General de la Abogacía Española y los decanos que la apoyan debieran tomar nota de la conducta de los decanos que ayer estuvieron donde había que estar y repasar a qué intereses sirven manteniéndola en el cargo.

Ella es el primer problema.

Y por la justicia ¿alguien hace huelga?

Y por la justicia ¿alguien hace huelga?

Denuncio en una red social que un país no puede tener su justicia paralizada seis meses y un funcionario me responde

«La justicia lleva dejada de la mano del Gobierno de turno desde hace decadas lo que ocurre es que ahora, cuando los funcionarios han dicho «hasta aqui» por tema de pasta no ha salido a la luz. Mientras …todos asumiamos la situacion como borregos. Que sirva esto al menos».

Y pienso, sí, la Justicia lleva dejada de la mano hace décadas, es verdad, pero lo que se reivindica —seguramente con justicia— no es que se la cuide sino más salario.

Leo, más tarde, a una amiga, Ana Maria Acero Velasco, escribir sobre una entrevista radiofónica a una fiscal que resume diciendo:

Hoy en la radio una representante de una Asociación de Fiscales denuncia que hay mucha carga de trabajo, que se necesitan más fiscales, que es caótica la situación… Pero que en la huelga lo que exigen es más dinero no más fiscales.

Y pienso que, en realidad, la justicia parece importarnos a todos un carajo, que el centro de nuestras reivindicaciones es siempre nuestro dinero y que lo demás siempre puede esperar. Una justicia fallida pareciera ser solo una parte del argumentario para reivindicar mejoras económicas para los «operadores».

Y no digo que las reclamaciones económicas no sean justas —lo son— sólo pienso que los seres humanos estamos siempre más dispuestos a llevar adelante medidas de presión para defender el interés propio que el interés común.

Y pienso que, si todos los operadores jurídicos defendiésemos conjuntamente la justicia, nuestra razón de ser, muy probablemente no necesitaríamos andar en conflicto por los intereses económicos propios de nuestor sector. La falta de fiscales, jueces o funcionarios no genera movilizaciones, las retribuciones sí.

Y no digo que esté mal, es legítimo reclamar lo propio, pero me embarga el temor de que, si los sueldos suben, seguiremos durante años con una justicia deleznable pero, eso sí, sostenida por operadores satisfechos.

Igual es que la justicia a todos nos importa poco y es sólo y de tanto en tanto, no más que una coartada.

Los comuneros y la identidad nacional española

Los comuneros y la identidad nacional española

Me recuerda mi amiga Marta Díaz a propósito de la entrada anterior que hoy se celebra en Castilla y León el aniversario de la derrota comunera en Villalar y reparo en que, tal hecho, lejos de ser uno de los ladrillos fundamentales con los que se ha construido la identidad castellanoleonesa, fue durante todo el siglo XIX uno de los pilares sobre los que se construyó la identidad española. Quizá usted no me crea pero déjeme que me explique.

Desde la noche de los tiempos las sociedades las han regido unos líderes a los que ha legitimado una casta sacerdotal. Los reyes eran reyes no por voluntad de nadie sino por elección divina, de ahí que en las monedas de todos los reinos del mundo pueda leerse lo de «Fulano de Tal, Rey, por la gracia de Dios». Si no me crees busca una moneda del actual rey de Inglaterra, Carlos III, y verás que en ella pone literalmente alrededor de su cara: «Charles III•D•G•Rex». Esas iniciales «D» y «G» significan exactamente «Deo Gratias» (por la Gracia de Dios) y son las que legitiman a la, por ello, «graciosa» majestad británica.

Sin embargo esa legitimación del poder cesó cuando los revolucionarios franceses guillotinaron a Luís XVI, muerto el monarca y su legitimación divina ¿quién o qué legitimaba al gobierno revolucionario?

La respuesta la hallaron los revolucionarios franceses en un nuevo sujeto político: la nación.

Para Francia el proceso resultó simple pues además de ser un estado bastante unitario los revolucionarios se preocuparon de uniformizarlo más, no siendo una de las medidas de menor importancia, la forma en la que dividieron el país atendiendo no a su pasado histórico sino a accidentes geográficos, por ejemplo, el País Vasco Francés (Iparralde) para Francia es simplemente el Departamento de los Pirineos Atlánticos.

En la monarquía hispánica el proceso fue parecido pero no igual. Secuestrados los reyes por Napoleón los diversos virreinatos de la Corona (americanos y peninsulares) se organizaron en juntas a la espera de la conclusión de la guerra y la vuelta de los reyes pero, en el interín, en Cádiz y sin rey se reunieron las Cortes integradas por representantes de todos los virreinatos tanto americanos como europeos de la monarquía hispánica de Manila a las Islas Baleares. Y así, sin rey, estas Cortes aprobaron una Constitución en la que, al igual que en Francia, se buscaba la legitimidad en «la Nación Española» (primera vez en la historia que aparece la nación española como sujeto político) aunque no se supiese muy bien qué era eso de «la nación española» al hablar de una monarquía que tenía territorios en medio mundo.

Sí, cuando Napoleón invade la península, la monarquía hispánica está en el cénit de su expansión territorial —esto se olvida a menudo— y es en ese momento el estado más extenso del planeta. Confundidos ante semejante magnitud los constituyentes de Cádiz deciden definir la nación española usando de una tautología: la nación española es la reunión de todos los españoles de los dos hemisferios ya fueran europeos, americanos, indios, tagalos o mestizos de cualquiera de los anteriores.

El problema es que el rey, el abyecto Fernando VII, volvió y durante todo el siglo XIX los españoles de este lado del Atlántico anduvimos enredados en guerras civiles que, en el fondo, no eran más que el debate de si el gobierno de la nación se fundaba en el derecho divino de los reyes («altar y trono» decían los carlistas, «Dios, patria y rey» cantan aún) o si la soberanía emanaba de la nación cual pretendían los liberales.

Resolver miles de años de legitimación divina monárquica en un país fuertemente católico como era el nuestro costó cien años, cuatro guerras civiles y centenares de miles de muertos; aún hoy día, si miras una moneda de Franco, verás que pone «Francisco Franco Caudillo de España por la G. de Dios»; no, créeme, no te estoy contando ningún cuento.

Si para los carlistas durante el siglo XIX no había nada que inventar (el Rey era Rey y punto) para los liberales sí había mucho que inventar. Al igual que todas las recien nacidas naciones americanas andaban a la busca de su identidad inventando relatos nacionales en muchos casos absolutamente delirantes, los territorios europeos de la monarquia hispánica comenzaron a buscar su identidad como nación y esa identidad quienes más la buscaron y la construyeron fueron precisamente los liberales pues era a ellos (y no a los carlistas absolutistas) a quienes les urgía tener un fuerte concepto de nación y es por eso que la identidad nacional española que se construyó es, en muchos modos, liberal. Repasemos algunos de los mitos fundacionales de la identidad española que se fue definiendo en el siglo XIX y, para ello, nada mejor que analizar las escenas que se recogen en los más famosos cuadros del momento, pagados generosamente por las autoridades de la época.

¿Quién no recuerda «El fusilamiento de Torrijos» de Antonio Gisbert?

Pues bien, de los mismos pinceles de Gisbert salió «La ejecución de los comuneros de Castilla».

Para el designio liberal de lo que había de ser la identidad española Castilla era una pieza fundamental. Rodrígo Díaz de Vivar, El Cid, representaba a esa nobleza baja que se sentía tan igual a su rey que se creía con derecho a apretarle las tuercas tomándole juramento. Para esta visión de la identidad española Isabel y Fernando representaban la unidad nacional pero no así el extranjero Carlos I; la pintura histórica se recrea en la reina Doña Juana y frente a los monarcas extranjeros se prefiere la rebeldía comunera, imprescindible para el ideario liberal y es por eso que, el propio Gisbert, dedica a su ejecución la tan conocida pintura.

Para estos liberales, ahora, la nación española tenía vocación imperial y es por ello que existen cuadros como el de «Los almogávares entrando en Constantinopla» que aún hoy adorna las paredes del Senado de España.

Pero volvamos a los comuneros. Esta visión liberal de la identidad española tuvo un éxito fulminante y fue adoptada por la generalidad de los libros de texto que se editaban para los escolares. Castilla fue reivindicada por esa visión y fue por eso y no por otra cosa que, cuando se proclamó la Segunda República Española una de las franjas rojas de la bandera fue sustituída por el color morado del teórico pendón morado de Castilla (que, por cierto, jamás fue morado) a fin de resaltar el protagonismo, real o inventado, de Castilla en la forja de la identidad nacional española.

Obsérvese, incidentalmente, que en el cuadro de la ejecución nada nos recuerda a Carlos I porque, quiérase o no, ese extranjero fue emperador y aunque la versión oficial era que los reyes posteriores a Isabel y Fernando dilapidaron la herencia que estos les dejaron, la realidad es que, hasta Carlos IV el imperio de la monarquía hispánica no había hecho sino crecer territorialmente.

Hoy, al recordar que es la efemérides de la derrota de Villalar, recuerdo cómo me sorprendió que el episodio de los comuneros fuese elegido como relato para la identidad regional de la recién inventada comunidad autónoma de Castilla y León (antes Castilla era Castilla y León era León) y recuerdo cómo, ese mismo relato identitario, fue mantenido por la II República e incluso por el mismo Franco en cuyos libros los niños de entonces volvimos a estudiar a los reyes godos (como si estos fueran españoles); a Indíbil y Mandonio y a Viriato; al Cid Campeador; a Isabel y Fernando… En fin, a toda la panoplia de hechos y héroes sobre los que en el siglo XIX se fue forjando la identidad nacional española.

Durante los años de la transición, quienes la vivimos, vivimos un espejismo pues, cuando el mundo esperaba que en la más genuina tradición hispánica nos acabásemos matando, demostramos que todo lo que se contaba de la leyenda negra, del cainismo español, de las dos Españas, era eso: solo historia.

Y sin embargo, ahora, en estos últimos tiempos vuelvo a escuchar la turra de quienes reviven la leyenda negra y de quienes resucitan a Viriato; los viejos relatos vuelven desde la izquierda y la derecha a repetir unas letanías tan manidas como gastadas pero que aún sirven para dar argumento a posiciones políticas que no son de futuro sino de pasado.

Y en fin, hoy, cuando Marta Díaz me ha recordado que hoy celebraban en Castilla el aniversario de la derrota de los Comuneros en Villalar, le he contestado que eso tenía un post.

Un post como este y que nadie se me enfade.

Feliz día de la Comunidad Autónoma de Castilla y León.