Yo recuerdo con ternura aquel café y aquella chica.

El café, antes de ser café había sido un negocio de venta de libros jurídicos y no era extraño que, si levantabas el asiento de alguno de sus muchos bancos corridos, te encontrases con algún ejemplar sin guillotinar del Castán o el Rodríguez Devesa.

La chica era la más bella del mundo. O al menos así la veía yo.

Las horas en aquel café se prolongaban desde la sobremesa hasta la madrugada y, como siempre sonaba la misma e interminable selección de canciones, podías saber qué hora era con solo reconocer la canción: si sonaba «La marcha de Sacco y Vanzetti» ya podías jurar que eran las cuatro de la tarde o, si sonaba «My baby just cares for me», es que era hora de pedir la última, la del estribo, e iniciar la vuelta a casa.

Ella solía llegar antes que yo y cuando yo abría la puerta del café y la veía sentada con sus libros de filosofía solía ser la hora de la «Marcha de Sacco y Vanzetti».

A las cinco de la tarde Georges Moustaki cantaba «Le Métèque» y, para esa hora, sus besos me traducían con toda precisión el sentido exacto de aquellas palabras en francés que decían «Et nous ferons de chaque jour, toute une éternité d’amour» que eran para mí el único fragmento inteligible de la canción.

Hoy ese café y aquella chica ya no existen pero, esta mañana, el teléfono me ha sorprendido con Georges Moustaki cantando «Le Métèque» y al llegar a lo de la «éternité d’amour» he sentido que volvían a ser las cinco de la tarde de mi vida y que le debía un post a aquella chica.

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