Horacio (Quinto Horacio Flaco) era un cachondo, un tipo tan humano como la contradicción, lo que pasa es que su grandeza literaria ha eclipsado al ser humano que había tras el nombre con que firma sus obras.

Hijo de un liberto, Horacio no era lo que se espera de un romano de aquellos tiempos; hombre de sólida formación intelectual Horacio era un cobarde confeso. Su mala suerte quiso que Horacio fuese un firme defensor de la República cuando Julio César fue asesinado. Declarada la guerra civil entre el bando tiranicida y los vengadores de César (Octaviano, Marco Antonio) Horacio se apuntó al bando de Bruto y llegó a combatir como oficial en la batalla de Filipos. La derrota fue total y Horacio huyó poco gallardamente según el mismo nos cuenta.

«Contigo conocí en Filipos la rápida huida
Y dejé sin gloria abandonado el escudo
cuando quebró el valor y los más amenazadores
tocaron con el mentón la tierra indigna».

Y, sin embargo, Horacio consiguió que la vida le sonriese. Derrotado, miembro del bando perdedor, buscó trabajo como escribano de un cuestor y se dedicó a escribir poemas que le granjearon buenos e influyentes amigos que le presentaron a amigos más influyentes aún (¿les suena un tal Cayo Mecenas?) hasta conseguir que el propio Octaviano (ahora Augusto) le ofreciese el cargo de secretario.

Pero Horacio rechazó el puesto, hombre de convicciones epicúreas no deseaba una vida llena de tensiones y trabajos, tanto más cuanto que su amigo y protector Mecenas cubría generosamente sus necesidades.

A Horacio, el bajito y gordezuelo poeta epicúreo, debemos tópicos eternos como el del «Beatus ille» y el «carpe diem»; sin embargo, humano como la contradicción como dije, no está claro que ni la historia ni sus seguidores hayan entendido bien a Horacio.

El tópico del «Beatus ille» ilustra las ventajas de la vida apartada y campestre y en España lo ilustró bien fray Luis de León en los famosos versos a la salida de la cárcel que dicen:

«Dichoso el humilde estado 
del sabio que se retira 
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa 
en el campo deleitoso 
con sólo Dios se compasa 
y a solas su vida pasa 
ni envidiado ni envidioso».

Y sí, en el «Beatus ille» Horacio nos cuenta lo mismo pero con una diferencia, al llegar al final añade unos versos desconcertantes que cambian todo el sentido del poema:

«haec ubi locutus faenerator Alfius,
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere».

Lo que traducido apresuradamente más o menos quiere decir:

«Y dicho esto, el usurero Alfio, proyecto de agricultor,
cobró en los Idus todo su dinero
y lo presta en Calendas».

El cambio de punto de vista y la ironía que Horacio introduce con estos versos es brutal, quien nos está hablando de las virtudes del campo y la vida sencilla y retirada no es un filósofo, sino que el «aspirante a hortelano» del poema es un ruín usurero. Pareciera que el tal Alfio pone en su elogio de la vida retirada y rural la misma convicción que siglos más tarde pondrá el «Domine Cabra» en su elogio gastronómico del nabo.

—¿Nabo tenemos? ¡a fe mía que no hay manjar que se le iguale!

La posteridad parece que, encandilada con el tópico del «beatus ille», no llegó a entenderle del todo.

Horacio no ocultó sus contradicciones y, a través de sus delirantes conversaciones con su esclavo, por mano del propio Horacio sabemos que, si no le invitaban a cenar él era feliz: le componía un poema a las coles de su huerto y se preparaba una cena que reputaba la mejor del mundo pero, si un amigo le invitaba aunque fuese a altas horas de la madrugada, Horacio olvidaba sus coles y salía disparado en medio de la noche hacia la ciudad olvidando rápidamente las ventajas de la vida campestre.

Contradictorio y humano, muy humano, así era Horacio y, ahora que escribo esto, me surge la pregunta ¿epicúreo o hedonista?

Bueno, eso quizá lo discutamos mañana.

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