Pan, pijo y habas

Ya les he contado decenas de veces que todo tiene su origen en Cartagena, absolutamente todo, y que, si usted piensa que algo es originario de cualquier otro lugar del mundo, es porque o bien le falta doctrina o bien ha investigado poco; pues, le aseguro que, a poco que rasque, la cosa carthaginesa se le aparecerá enseguida. Es por eso que, si una cosa se hace de una determinada manera en Cartagena, a mí no se me ocurre hacerla de otra forma diferente porque seguro que, si se hace así, es por una buena razón aunque yo la ignore.

Esto es como lo que pasa con las madres cuando eres un niño: si ellas te dicen que no cruces la calle por un sitio no la cruces, aunque no vengan coches, pues es seguro que hay un peligro que tú ignoras pero que ella si percibe, y es posible que, si no le haces caso, tu primera epifanía adopte la forma de zapatilla. Hay, pues, que confiar en la ciudad como en una madre y hacer las cosas como Cartagena manda.

Les cuento esto porque hoy he tenido una epifanía gastronómico-cartagera mientras estaba gobernándome una poca de «salao» en la tienda que han abierto los Fuentes en la calle de Canales.

Resulta que andaba yo hoy con la petera de comer pescado en salazón y me he ido a la tienda de salazones ut supra referenciada; allí he comprobado que la hueva de mújol sigue a precio de coltán africano y que el atún de «ahijá» (ijada) continua reservado para cuando Patricia Botín abra la caja fuerte del Banco de Santander y saque unos cuantos lingotes.

Considerando mi lamentable estado económico iba a irme cuando he visto un salmón ahumado con hechuras de tener sal hasta en el colodrillo y me he dicho: «hoy el chiquillo va a comer salmón» de forma que, con las mismas, me he agenciado un corte de unos doscientos gramos aunque esté feo señalar. Ha sido justo en el momento de pagar cuando me ha sobrevenido la epifanía de que les hablo. Fijarse bien que no se lo váis a creer.

Todo ha sido ponerme la muchacha de los Fuentes el trozo de salmón en la mano cuando he sentido como una llamada de los 37 billones de células de mi cuerpo y de los más de cien billones de microbios que lo parasitan que parecían agitarse como queriéndome decir: «Pepe, compra habas».

Un rayo de luz ha atravesado mi mente y, como llevado en volandas, me he dirigido a la frutería que hay un poco antes en la misma calle y, aún en trance extático, le he dicho a la dependienta:

—Nena, ¿qué habas están más tiernas? ¿Las que tienes en la puerta o esas que tienes ahí en la capaza?

Ella, sin duda, ha notado el aura de trascendentalidad que envolvía mi pregunta e, inmediatamente, me ha respondido:

—Son lah mihmah, coge de lah que quierah.

Debo constatar que el origen andino de la empleada no la ha incapacitado para emplear el lenguaje vernáculo ceremonial que se emplea en esta tierra en las grandes ocasiones y, aunque parece imposible, puedo certificar que la empleada no ha pronunciado ni una sola ese en todo su discurso, prodigio este que ha acabado de confirmarme la naturaleza numinosa del momento que estaba viviendo.

Tal era el trance en el que me encontraba que he abandonado la tienda y aún no soy capaz de recordar si he pagado las habas —igual mañana la sacerdotisa andina está menos ecuménica que hoy y me espera con la escopeta cargada— en todo caso he comenzado a andar hacia casa mientras un torbellino de ideas rondaban por mi cabeza.

Usted no tiene por qué saberlo, pero la expresión que da título a este post («pan, pijo y habas») es una forma popular que tenían las madres cartageneras de responder a sus hijos cuando la despensa materna no estaba fornecida con los abastos que serían de desear y eran menester. Una conversación típica entre un hijo y una madre cartagera podía discurrir dela siguiente forma…

—Mamaíca, mamaíca, ¿Qué hay pa comer?

(Mirada torva de la madre, cara de pocos amigos y respuesta)

—Pan, pijo y habas.

Ha sido recordar ese diálogo y sentir un estremecimiento: las madres cartageneras llevan milenios queriendo decirnos algo pero nunca hemos sabido entenderlas. Cada vez que de niños hemos oído de boca de nuestras madres la expresión «pan, pijo y habas» hemos creído ver en ella una suerte de amenaza, una especie de mensaje que nos decía «no sigas jodiendo la marrana, nenico de dios, o va a volar la zapatilla» y, sin embargo, nos equivocábamos. Hoy lo he sabido; permítanme que se lo cuente.

Cuando esta mañana, como les he dicho, he escuchado la voz de mi cuerpo que me decía «Pepe, compra habas», lejos de pensar que era una apetencia nacida del capricho he pensado que, como así era, mi ADN cartagenero me estaba mandando un mensaje y, como por arte de magia, han acudido a mi cerebro un sinnúmero de ideas entre las cuales se abrían paso a codazos dos principalmente:

Idea A. «Vamos a ver Pepe ¿estás tonto o qué? Sabes que si comes “salao” te va a subir la tensión, que ya sea bonito, hueva o bacalao salado, el médico te dijo que limitases el consumo de sal y no comieses de esas cosas.»

Idea B. «Pepe, tú piensas científicamente y no hace mucho has averiguado con tus anárquicas lecturas que, si bien el consumo elevado de sodio se asocia a mayor presión arterial, no es menos cierto que, el consumo elevado de potasio, se asocia a hipotensión arterial, debido a que éste último mineral interviene en la excreción urinaria de sodio.»

Ambas ideas pugnaban en mi cabeza sin que viese la relación entre ellas hasta que, de pronto, la epifanía ha sido completa: si las madres cartageneras alimentaban a sus hijos con pescado salado y habas («pijo y habas») sin duda el exceso de sodio del salado debía ser neutralizado de alguna manera por la benéfica acción de las habas. Sí, iba yo pensando por la calle, no tengo la menor duda: las habas necesariamente deben ser ricas en potasio.

Mi fe absoluta en la infalibilidad de mi ciudad ha hecho que no se me cociese el pan por echar mano al teléfono y buscar en la wikipedia (otro invento cartagenero, como les contaré en mejor ocasión) el contenido de minerales de las habas… Y allí estaba.

No he podido dejar de sonreirme cuando he comprobado que, en 100 gramos de habas, se contiene la mitad del potasio diario que precisa un ser humano; de forma que, con un buen puñado de habas, los nocivos efectos de la sal de las salazones se veía eficazmente paliada. No ha acabado ahí mi sorpresa pues he quedado ojiplático al comprobar que, las habas, son también una buena fuente de magnesio, un mineral impresindible para que en las celulas se produzcan los procesos necesarios para el correcto equilibrio sodio-potasio.

El mendigo que estaba sentado a mi lado tocando la flauta en un banco de la calle Santa Florentina me miraba con cara de pez ciprínido, por su expresión he notado que no entendía por qué yo tenía una sonrisa de oreja a oreja y decía en voz alta: «sí, sí, claro que sí, pan, pijo y habas, esta es la clave».

Nuestras madres, cuando nos respondían lo de «pan, pijo y habas», no nos estaban amenazando, lo que nos estaban diciendo era: «querido hijo, lo que hoy tenemos para comer es proteina de pescado condimentada con sodio abundante, que equilibraremos con los minerales presentes en las habas y complementaremos con todas las vitaminas vegetales de las mismas».

El misterio, por fin, estaba aclarado. Como siempre Carthago Spartaria vincit y todo estaba de nuevo en orden.

Cuando he llegado a casa yo estaba embargado por la felicidad aunque, como siempre, algún ángulo oscuro me queda por iluminar como el de por qué la mirada torva de nuestras madres cuando nos decían lo de «pan, pijo y habas». Pero bueno, manchas hay hasta en el sol, y hasta las habas tienen detractores. Está probado que Pitágoras prohibió las habas a sus discípulos sin que se sepa bien por qué. Se especula que una de las causas pudiera ser el comúnmente pregonado efecto aerofágico de estos benéficos vegetales; bien pudiera ser, aunque yo no conozco que ese efecto esté acreditado. De lo que sí estoy seguro es de que Pitágoras de Samos, siendo un sabio matemático, con las cosas de comer era un genares. ¡Ah! Y que no era de Cartagena.