Los magistrados tipógrafos

Recientemente en tuíter un seguidor —funcionario tramitador según él mismo— me hablaba de las limitaciones que la Sala III del Tribunal Supremo había impuesto a los abogados recurrentes en términos de extensión, tipografía y composición de los textos de sus recursos. Juzgaba mi interlocutor «muy acertadas» tales limitaciones.

A mí, en cambio, tales limitaciones me producen alternativamente hilaridad descontrolada e ira mucho más contenida. Las disposiciones de la Sala III del Tribunal Supremo en materia de artes gráficas me parecen una soberana memez consecuencia de una atrevida ignorancia. Movido de cierto enfado escribí allá por enero de 2017 un borrador de post que titulé «Magistrado a tus sentencias», post que, finalmente, no publiqué porque total ¿para qué va a ir uno «haciendo amigos» por ahí?. Sin embargo esta conversación en tuíter me recordó que tenía un post pendiente así que ahora, con los debidos respetos y siempre en estrictos términos de defensa, permítanme que publique hoy el post de hace año y medio y que les hable de las habilidades tipográfico-compositivas de ciertos magistrados de la judicatura española.

Me refiero a los de la sala III del Tribunal Supremo que son los que han hecho hoy (por hace año y medio) que nos desayunemos con la noticia de que en pleno no jurisdiccional de 27 de enero de 2017 aprobaron unos criterios de admisión de los recursos de casación y extraordinario por infracción procesal que, entre otras cosas, incorporaban ciertas instrucciones de carácter tipográfico-compositivo que habían de seguir los escritos que ante ellos se presentasen.

A mí, que reputo iuris tantum peritos en derecho a los magistrados del Tribunal Supremo, me cuesta, en cambio, reconocerles conocimiento alguno en materias ajenas a su pericia, especialmente cuando de tipografías, composición, interfaces, ergonomía, legibilidad o lecturabilidad se trata.

En fin, que sospecho que muy pocos de ellos conocen a Aldo Manucio, y que conceptos como «legibilidad», «lecturabilidad», «altura de la x» o el «cuadratín» les son tan ajenos a ellos como las fiducias cum amico lo son a tipógrafos e impresores.

Estoy seguro que ningún impresor ni tipógrafo se consideraría preparado para decirle a los magistrados del Supremo cómo han de dictar sentencias y sin embargo, esos mismos Magistrados sí se sienten capacitados para decidir cuál es la forma exacta en la que deben imprimirse los soportes de los recursos.

Estos magistrados tipógrafos han decidido que los textos que a sus judiciales pupilas se presenten vengan impresos en una fuente llamada «Times News Roman». ¿Por qué en este fuente y no en otra? ¿Han analizado nuestros magistrados tipógrafos las condiciones de legibilidad y lecturabilidad de esta fuente en papel impreso y en pantalla y la han comparado con otras fuentes? ¿Han verificado que esta fuente está disponible en todos los sistemas informáticos o que la misma está en dominio público y carece de copyright? ¿Son estos magistrados tipógrafos —por ventura— capaces de distinguir esta fuente de Caslon, Garamond o siquiera de una Didot? ¿Por qué esta fuente y no otra?

Uno hubiese entendido que los magistrados eligiesen Garamond o Caslon si lo que pretendían era facilitarse la lectura de textos impresos en papel. Garamond y Caslon han demostrado durante siglos sus magníficas propiedades en este campo. Uno también hubiese entendido que, si lo que pretendían los magistrados tipógrafos era facilitarse la lectura en pantalla, hubiesen elegido Georgia, no en vano esta fuente se diseñó con la idea de ser muy legible en las pantallas de los ordenadores. Que conste que no tengo nada contra la fuente Times News Roman (una magnífica fuente utilizada para examinar la calidad de los sistemas de tipografías digitales) aunque, sospecho, que de ella, de sus virtudes y defectos, lo único que saben estos magistrados tipógrafos es que «viene por defecto con el Windows».

El resto de las recomendaciones son delirantes; por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, la orden de redactar tan solo por una cara y dejar en blanco la segunda.

A ver, almas de cántaro, si ustedes van a leer los textos en .pdf esa instrucción significa que están obligando a los letrados a presentarles una sucesión de páginas impresas (las impares) y en blanco (las pares) de forma que, mirado en pantalla, tendrán ustedes una sucesión ridícula de páginas, alternativamente, impresas y en blanco. Si, por el contrario, no piensan leerlas en .pdf sino una vez impresas, con que le ordenen a la impresora imprimir será probablemente suficiente pues, por defecto, esta imprimirá solo el haz y no el envés de las hojas y si, finalmente, lo que pretenden es que no se presenten en formato electrónico sino que se lleven en papel por las partes a la judicial presencia como en siglos pretéritos, entonces harían bien en recordar que esa orden implica un doble consumo de papel y de arbolitos del bosque.

Los antiguos cuidaban de forma mucho más eficaz la gestión de los blancos y cuidaban de los espacios de encuadernación, márgenes y zonas para despacho o glosa, nuestros magistrados tipógrafos no parecen conocer las ingeniosas y sabias disposiciones de sus mayores y se atienen a unas normas que, si alguna vez tuvieron sentido, lo perdieron con la desaparición de las máquinas de escribir.

No comentaré nada del «doble espacio» (los huesos de Aldo Manucio se revolverían en su tumba) ni comentaré nada de la limitación a 35 folios de la extensión de los recursos de casación, norma odiosa, atentatoria contra los derechos fundamentales de los ciudadanos y que más parece responder a razones de molicie que de eficiencia; sobre ese tema estoy seguro que mis compañeros tienen muchos y muy valiosos argumentos.

La tipografía, su uso, la composición de textos… no se dominan por saber medio usar un procesador de textos, como no se domina la fotografía por saber usar unos cuantos filtros de instagram. La tipografía, su uso, la composición de textos son un arte (¿se acuerdan de las «artes gráficas»?) que se ha desarrollado durante siglos desde la invención de la imprenta hasta nuestros días. Un libro impreso en papel es, a día de hoy, una herramienta tecnológica avanzadísima cuyas condiciones de legibilidad y lecturabilidad aún no han sido superadas por ningún dispositivo digital, respeten, pues, el texto impreso, consecuencia del desarrollo y evolución de técnicas sofisticadísimas y a cuyo impulso dedicaron su vida generaciones de tipógrafos e impresores cuyo arte fue tan valorado o más que el de los propios autores.

Al igual que no creo que un tipógrafo tuviese la soberbia de andar aconsejando a los magistrados del Supremo cómo dictar sus sentencias, uno tendría derecho a esperar que los magistrados del Supremo no se dedicasen a redactar normas sobre la composición de textos y que —si no pudiesen resistir la tentación de hacerlo— al menos recabasen el consejo de quienes son especialistas en esta materia.

Me temo que nuestros magistrados de la Sala III han creído saber de todo y estar en disposición de «legislar» sobre materias que muy probablemente ignoran. Vanitas vanitatum.

Razones para dimitir

Hoy que la ministra Delgado se halla en trance de dimitir me acuerdo no sólo de ella sino también de sus predecesores.

A Gallardón, a Catalá y a Delgado no les ha importado lo más mínimo la independencia judicial ni que el Consejo General del Poder Judicial responda a las exigencias del Consejo de Europa o de nuestra Constitución.

A Gallardón, a Catalá y a Delgado les ha traído al pairo la informatización y modernización de los juzgados españoles y mantienen y apoyan una infraestructura sedicentemente tecnológica.

A Gallardón, a Catalá y a Delgado les ha resbalado que la ciudadanía vea dificultado su acceso a la justicia y así, mientras el uno ponía tasas, los otros creaban y mantenían los infames juzgados hipotecarios.

A Gallardón, a Catalá y a Delgado se les ha dado siempre un higo la justicia gratuita, la retribución de los abogados de oficio, la conciliación familiar y profesional de abogados y abogadas…

Todo esto, las cosas que importan, les han importado un bledo a Gallardón, a Catalá o a Delgado.

De lo que no se ha privado ninguno de estos ministros es de entrometerse en los nombramientos de magistrados del Supremo, o de su Presidente, o de colocar a sus afines en las más altas magistraturas del estado. Esto sí les importa, en esto sí se arremangan y se ensucian las manos y, si ustedes hacen memoria, verán como lo más nutrido de la información de tribunales tiene que ver con a quién colocarán estos o los otros en tal cargo, con presiones a fiscales para que hagan esto o lo otro, con las aspiraciones políticas de unos y los problemas judiciales de los otros.

Hoy la ministra de justicia, apenas 100 días después de ocupar el cargo, se está viendo en trance de dimitir; pero no porque la independencia judicial la traiga al fresco, no porque la falta de medios en la justicia no le preocupe, no porque su olvido de los problemas de abogados y procuradores raye en lo ofensivo, sino por lo de siempre, por lo único que parece que importa en la justicia.

Ha mentido y quizá se vea obligada a irse, pero eso no cambiará la suerte de la justicia española; está cambiará el día que un fiasco como LexNet cueste el cargo al ministro; cuando no reformar la LOPJ en el sentido que señalan Europa y nuestra Constitución conduzca al ministro a la reprobación; cuando la escasez de dotación presupuestaria en Justicia conduzca al gobierno al descrédito o cuando la instalación de vergüenzas como los juzgados hipotecarios mande a su casa a los autores de tamaña barbaridad.

Quizá la ministra haya de irse por mentir a la opinión pública o quizá por la tabernaria referencia machista a su compañero Marlaska o quizá por su poco explicable familiaridad con un nauseabundo personaje de las cloacas del estado; pero, si me lo permiten, esto no va a arreglar nada; por cosas parecidas se han ido ya otros ministros o han sido reprobados pero, como hemos visto, su marcha solo ha servido para cambiar de caras y nombres, pero no de políticas.

Vamos muy mal.

El último oficial del emperador

El 26 de diciembre de 1944, Hiroo Onoda —un oficial de inteligencia del ejército imperial japonés— fue enviado a la Isla de Lubang, en el archipiélago de las Filipinas, con órdenes muy concretas de su oficial superior, el mayor Yoshini Taniguchi: «Bajo ningún concepto está usted autorizado a quitarse la vida. Puede ser que nos tome tres años, puede ser que nos tome cinco, pero nos tome el tiempo que nos tome volveremos a por usted y, entretanto, mientras quede un solo soldado japonés en la isla usted lo liderará. Si han de comer cocos para sobrevivir coman cocos, pero bajo ninguna circunstancia se quite usted la vida».

Los norteamericanos desembarcaron en la isla el 28 de febrero de 1945 y tras una fiera resistencia japonesa lograron tomar la isla, pero no a Hiroo Onoda pues este, cumpliendo las órdenes recibidas, no se quitó la vida ritualmente tras la derrota sino que, acompañado por el cabo Shoishi Shimada y los soldados Yuichi Akatsu y Kinshichi Kozuka, se internaron en la selva dispuestos a resistir y a hostigar al enemigo hasta que las tropas imperiales reconquistasen la isla.

En 1949 el soldado Akatsu se separó del grupo y para 1950 se rindió a las tropas aliadas tras muchos meses de vida en solitario. Onoda y sus hombres, sin embargo, a pesar de los folletos e incluso cartas de familiares que se lanzaron desde aviones sobre la región donde se ocultaban, se resistieron a creer que Japón hubiese perdido la guerra y continuaron con sus operaciones guerrilleras de inteligencia y hostigamiento.

En 1953 Soichi Shimada fue herido en un tiroteo del cual se recuperó sin más asistencia que la de sus compañeros pero, un año después, el 7 de mayo de 1954 Shimada murió a consecuencia de un disparo de un grupo que les buscaba.

Kinshichi Kozuka murió por dos disparos de la policía local el 19 de octubre de 1972, cuando él y Onoda, como parte de sus actividades de guerrilla, quemaban arroz recolectado por unos agricultores, dejando a Onoda solo.

Pero Onoda tenía órdenes que no pensaba desobedecer y —aunque había sido declarado oficialmente muerto en 1959— el último oficial del emperador siguió cumpliendo con su deber sin más compañía que su fusil «Arisaka», unos cuantos cientos de cartuchos y unas cuantas granadas de mano.

Alertados por los encuentros armados y las muertes subsiguientes desde Japón se enviaron a las Filipinas grupos de búsqueda que no lograron dar con el escurridizo Onoda hasta que, en 1974, logró contactar con él un excéntrico estudiante japonés llamado Norio Suzuki. Por alguna razón Hiroo Onoda confió en él pero, por más que se le rogó, Onoda se negó a rendirse si no recibía la orden de la misma autoridad que le había ordenado resistir 29 años antes: el mayor Yoshini Taniguchi.

Suzuki volvió a Japón con las fotografías que acreditaban que había encontrado a Onoda y se las mostró al gobierno. Para suerte de todos y del propio Onoda, el señor Yoshini Taniguchi aún vivía y regentaba una librería en Japón, de forma que fue enviado nuevamente a las Filipinas donde contactó con Onoda, le convenció de que Japón había perdido la guerra y le ordenó rendirse.

Hiroo Onoda, tras 29 años de guerrilla en la selva, entregó su Arisaka, varios cientos de cartuchos, las bombas de mano que aun le quedaban y volvió a Japón con el indulto del presidente filipino Marcos pues, durante todos esos años, el grupo de Onoda no se había limitado a esconderse sino que había causado treinta muertos al «enemigo».

En la foto Hiroo Onoda saluda militarmente mientras uno de los presentes sostiene su sable de oficial.

Y tras esto pienso en nuestros políticos, en la voluntad de servicio que les anima, en su disposición a darlo todo por la sociedad y su indudable inclinación a dedicar su vida a los demás y al cumplimiento del deber.

¡Venga ya!

Citas apócrifas

Sin duda ellos encabezan la lista de los autores más citados de forma apócrifa. Pareciera que, cuando no se sabe quién dijo qué, existiese una pulsión irrefrenable en la población para atribuir lo dicho a Albert Einstein o a Groucho Marx.

Hoy andaba yo buscando en la red la película o momento en que Groucho Marx dice aquello de: «Damas y caballeros, estos son mis principios, pero si no les gustan tengo otros» pero no acababa de ver claro que nadie citase con seguridad el momento exacto. Es verdad que he encontrado la cita atribuida a Groucho Marx centenares de veces, incluso en algunos posts afirmando sin asomo de duda que la había pronunciado en tal o cual película, sin embargo, he preferido comprobarlo y —como casi siempre— Wikipedia me ha sacado del error.

La frase ya aparece en 1873 en un periódico de Nueva Zelanda. En New Zealand Tablet, 18 de octubre de 1873, en la segunda columna, en el párrafo tercero se escribe: «There’s my principles; but if you don’t like them — I can change them!» («He aquí mis principios; pero si no les gustan… ¡estoy dispuesto a cambiarlos!»). Vuelve a aparecer el 18 de agosto de 1878 en el The Grey River Argus, en la forma «Them feller citizens are my principles, but if they don’t suit yer exactly, they ken be altered.» (Estos ciudadanos leñadores son mis principios, pero si no les convienen exactamente, pueden ser alterados.) El 17 de febrero de 1899 la broma aparece en el Daily Mail And Empire, Great Meeting at Goderich en Canadá sobre un «gran orador americano»: «These, gentlemen, are my principles, but if you do not like them I can change them». (Estos, caballeros, son mis principios, pero si no les gusta, los puedo cambiar).

La cita incluso ha sido desafortunadamente utilizada por algún político para anunciar o justificar futuros cambios en su política legislativa. En 1975 la prensa canadiense criticó a un político llamado Darcy McKeough por emplear la broma como una excusa humorística para posibles cambios futuros en la política. La redacción utilizada es similar a la de la versión atribuida a Groucho: «Ladies and gentlemen, those are my principles, and if you don’t like them I have some others»; es decir, justo la cita que yo buscaba: «Damas y caballeros, esos son mis principios, y si no les gustan tengo otros».

De acuerdo con wikipedia, la primera vez que se realizó la falsa atribución de la cita a Groucho Marx, esta se publicó en el Legal Times del 7 de febrero de 1983, algunos años después del fallecimiento del actor.

Así pues no podré citar a Groucho Marx en mi próximo post, aunque, para sí poder citarlo aquí, puedo decir que me he encontrado entre las citas verdaderas de Groucho, una que parece providencialmente pronunciada en previsión de todo este aluvión de citas falsamente atribuidas a él: «Citadme diciendo que me han citado mal.»

Cómo el copyright perjudica a la cultura

Si uno observa en las tiendas de libros, por ejemplo en Amazon, los libros que hay a la venta descubrirá -y esto no es una sorpresa- que los libros más ofertados suelen ser los más recientes; es decir, que los libros escritos entre el año 2000 y 2010 se ofertan más que los escritos en la década comprendida entre los años 1990 y 2000. Nada sorprendente, como digo, pues parece razonable que los libros más recientes se vendan más y esta regla se cumple perfectamente según viajamos hacia atrás en el tiempo, pues, los libros de la década de los 80 se ofertan más que los de la decada de los 70 y así sucesivamente.

Esta constante se cumple perfectamente según exploramos el pasado pero, ¡Oh!, llegados a la década de 1920, al menos en Amazon, los libros de aquella década se venden más que los de la década de los 30 y, si analizamos los libros que se ofrecen de las décadas anteriores, observaremos que la oferta de los mismos aumenta exponencialmente.

La cantidad de libros de cada década ofertados por Amazon puede verse en la siguiente gráfica, presentada públicamente por Paul Heald, profesor de derecho de la Universidad de Illinois. Para realizarla un alumno suyo escribió un programa de ordenador que recogió el número de libros ofertados en Amazon y los clasificó según la década en que fueron escritos. Los resultados fueron expuestos en una conferencia dada por el propio Paul Heald el 16 de marzo pasado en la Universidad de Canterbury.

Oferta de libros según la década en que fueron escritos
Oferta de libros en Amazon según la década en que fueron escritos

Como pueden observar los libros de la década de los 10, se ofertan diez veces más que los de la década de los 60.

La explicación a este curioso fenómeno se encuentra en la regulación del copyright, pues, los libros que se escribieron en la década de los 20 ya están casi todos en el dominio público -su copyright ha expirado- y Amazon puede ponerlos a disposición del público sin problemas. No ocurre lo mismo con los de las décadas siguientes, de forma que los lectores quedan dramáticamente privados de la posibilidad de comprarlos.

Como puede observarse en la gráfica el copyright ha convertido el siglo XX en un erial cultural, privando de todo sentido a la legislación en materia de copyright que, como vemos, no sólo no estimula la cultura sino que, simplemente, la bloquea haciendo caer en el olvido a decenas de miles de títulos que los lectores, eventualmente, podrían leer.

No creo que sea preciso añadir más.

Nota: Esta entrada se publicó el 31 de marzo de 2012 en «El otro blog de José Muelas»

Regresiones infinitas

¿Está lo engendrado contenido en el engendrante y por tanto es siempre una degeneración de él?

La pregunta es tan antigua como el Concilio de Nicea (325) y tan moderna como John Von Neumann (1903-1957), padre de los ordenadores actuales, principal matemático en el «proyecto Manhattan» y teórico de las primeras máquinas autorreplicantes.

La paradoja de que no es posible observar lo observado sin modificarlo —paradoja del observador— puede ser ilustrada con la vieja historia del pintor loco que quiso dibujar toda su aldea hasta en el más mínimo detalle pero que, al concluir, se dio cuenta de que, para ser totalmente exacto, debió pintarse a sí mismo en su terraza pintando el cuadro. Una vez lo hizo se percató de que el cuadro no era exacto pues, si él se había pintado a sí mismo pintando el cuadro, debería pintarse a sí mismo, pintándose a sí mismo, pintando el cuadro. El pintor loco de nuestro cuento se enfrentó así a una regresión infinita que, de no estar loco ya antes de empezar el cuento, lo hubiese vuelto loco para el final.

Von Neumann resuelve todas estas paradojas con tan genial sencillez que uno no sabe que habría pasado en Nicea si Von Neumann llega a aparecer por allí; pero voy a dejar el trabajo de Von Neumann para otros post, este lo escribo porque me he preguntado cómo habrían interpretado los pintores —si es que lo habían hecho— esta historia del pintor que se pinta a sí mismo.

Naturalmente, he recurrido a Google y he buscado imágenes sobre pintores que se pintan a sí mismos y me he encontrado con este prodigioso cuadro del pintor gandiense Alex Alemany. En la pintura se ve a un pintor que pinta la pintura de un pintor que pinta al pintor que la pinta.

Este pintor pintado al tiempo que pinta a quien le pinta; esta imagen del creador creado por su creación, me ha parecido muy sugerente y metáfora de muchas cosas. Es verdad que, como en nuestra historia, para ser perfecto precisaría que se pintase al pintor que pinta la pintura del pintor que es pintado por el pintor que hay en la pintura que pinta… pero tampoco es cosa de ponerse exquisito, para resolver problemas de ese calibre necesitamos la ayuda de un genio. John Von Neumann, sin ir más lejos.

Una eñe galáctica

Hará unos 10 años, todavía algunos debatían en Europa la conveniencia de eliminar la letra «ñ» de los teclados informáticos, para “estandarizarlos” decían. Los Estados Unidos, en cambio, han tenido que estandarizar la «ñ» en sus sistemas gracias a la enorme población hispanohablante que habita ese país (58 millones de personas, más que en España) y, sobre todo, debido al empuje de personas como esta que ven en la imagen: Serena Auñón. Hija del médico cubano Jorge Auñón, Serena ha mantenido la «ñ» —y la tilde— en su apellido familiar que, además, ha decidido no perder, como es habitual en los USA, en favor del de su marido (Mr. Chancellor); de hecho, en la mayor parte de la ropa de trabajo de Serena, sólo figura su muy alcarreño apellido: «Auñón».

Serena Auñón es ingeniero y en estos momentos orbita la Tierra a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS) realizando experimentos médicos para un mejor tratamiento del cáncer.

Es, si mis datos no fallan, la primera «Ñ» que alcanza el espacio exterior. Gracias por todo Serena.

Visibilizar

Visibilizar es palabra de moda. Ahora, cuando un colectivo o asociación organizan una protesta o manifestación, el término que se utiliza es visibilizar —y me parece bien— porque ese es el objetivo, poner a la vista de todos, gobernantes incluidos, la existencia de un problema.

El Consejo General de la Abogacía Española destina aproximadamente un millón de euros anuales que pagan todos los colegiados y colegiadas de España (véanse por ejemplo las cuentas de 2015) a una partida denominada «comunicación» que, se supone que entre otras cosas, debiera servir para «visibilizar» los problemas y las actividades de los abogados y abogadas.

Uno, por tanto, esperaría que, cuando muchos abogados y abogadas de toda España protestan por la situación del turno de oficio o por la imposible conciliación profesional y familiar, ese departamento de «comunicación» comunicase algo al respecto. Uno, esperaría, que —pagado por todos los colegiados— informase sobre la actividad de todos los colegiados y no sólamente sobre la de unos pocos escogidos.

El 19 de abril de este año se produjo la movilización de abogados más numerosa de la historia de España con toda probabilidad; tal movilización volvió a repetirse el 22 de mayo y ese departamento de «comunicación» que nos cuesta un millón de euros a los abogados de España no fue capaz de escribir ni un solo tuit sobre ello. Su silencio ominoso, aunque no me sorprende a estas alturas, es quizá la mejor ilustración de cómo funcionan algunas cosas en la abogacía española.

Cuento todo esto porque ayer un grupo de compañeros y compañeras decididas y audaces visibilizaron una vez más en Castellón los problemas de la justicia gratuita en España aprovechando la reunión que el Presidente del Gobierno de España y el President de la Generalitat Valenciana mantenían en dicha ciudad. Con extremada rapidez se reunió un grupo de compañeros y compañeras que desplegaron en el lugar de la reunión una pancarta denunciando los impagos de la Generalitat, pancarta que fue vista no solo por los antes aludidos presidentes, sino por el numeroso público allí congregado y hoy por la audiencia de muchos medios de comunicación.

Un recorte de la prensa de hoy

La acción de estos compañeros y compañeras no ha costado un euro a nadie salvo a ellos mismos. Con la decisión, la astucia, el esfuerzo y hasta el dinero de unos pocos se ha visibilizado un problema que es de todos. No sé qué les parecerá a ustedes, a mí me parece algo magnífico.

Sin embargo, leo hoy las cuentas de tuíter del Consejo General de la Abogacía Española y de su presidenta (cuentas de «community manager» y equipo de comunicación) y sus tuits se dedican a recomendar lecturas para el verano o informar de determinados actos sociales pero no veo que hablen de lo ocurrido ayer en la capital de La Plana.

Y al igual que pienso que en Castellón el esfuerzo y el dinero de unos pocos sirvieron para visibilizar un problema de todos me da la sensación de que, por lo visto hasta ahora, con el dinero que todos pagamos al Consejo tan solo se «visibilizan» unos pocos.

«Política de comunicación» creo que le llaman.

Nos están dejando sin poesía

Hace apenas dos días, tras una conferencia improvisada que di en Sabadell sobre informática y derecho, hubo tertulia en un bar cercano con varios de los asistentes a la charla entre los que se encontraba Manuel Cachón, catedrático de derecho procesal en la Universidad Autónoma de Barcelona y hombre de enciclopédica cultura y fina sensibilidad.

La conversación corrió distendida por temas relativos a la propiedad intelectual y la no siempre razonable forma en que los estados la regulan. Se habló de las patentes de ADN, se habló de agricultura, se habló de los organismos genéticamente modificados y se habló, naturalmente, de los efectos que los mismos tienen o pueden tener sobre nuestro hábitat.

Yo, por mi parte, hablé a mis contertulios del «Roundup», un herbicida capaz de acabar con todas las plantas a excepción de aquellas que habían sido modificadas genéticamente para ser inmunes a él. Soja, maíz y muchos vegetales han sido modificados genéticamente por una conocida multinacional norteamericana (Monsanto) para que sean «RR» (Roundup Ready) y hasta hay noticias de trigo que podría estar modificado genéticamente.

El uso intensivo y sofisticado de herbicidas, el uso de semillas modificadas genéticamente en países pobres y las consecuencias socioeconómicas de toda esta agricultura hipertecnificada dieron para un breve rato de amena charla.

Sin embargo, si algo recuerdo de aquella conversación, fue una observación que hizo Manuel Cachón: «Viajando por Castilla cada vez se ven menos amapolas en los campos».

Y pensé que tenía razón, que la amapola no es para el agricultor más que una mala hierba que suele crecer en los cultivos de cereal y que, con tanto herbicida hipertecnificado, no solo estábamos acabando con las malas hierbas sino con las amapolas y hasta un poco con la lírica.

Lo escribo hoy para no olvidar la observación sobre la modernidad y la poesía, debo volver algún día sobre este tema aunque solo sea porque, de niño, me gustaba aquel poema —creo que de Juan Ramón Jiménez— que empezaba…

Novia del campo, amapola

que estás abierta en el trigo;

amapolita, amapola

¿te quieres casar conmigo?

Una moral de 150 metros

Leo —y se me encoge el corazón— que un centenar de personas se han ahogado frente a las costas de Libia. Dos barcos de «Open Arms» habían tratado de hacerse a la mar para ayudarles pero las autoridades italianas les impidieron zarpar.

Me entero de la noticia por un fiscal tuitero que posteó el tuit que ven en la imagen adjuntando la noticia de Europa Press y que apostilló: «Eso es cuando menos omisión del deber de socorro y, en cualquier caso, es de una inhumanidad que indigna y avergüenza».

Sí, para cualquier alma regularmente formada, la noticia relata un inhumano caso de flagrante omisión del deber de socorro; sin embargo, y para nuestra desgracia, no parece que todas las almas humanas estén regularmente formadas y lo que es peor —muy probablemente— quizá ni siquiera tampoco lo estén las nuestras.

El hombre es un animal moral —así lo afirman los científicos— y su moral (incluso su sentido jurídico) ha evolucionado con él desde la noche de los tiempos. La moral humana es una herramienta adaptada a las necesidades de un pobre primate superior que convivía en grupos de determinadas dimensiones y en entornos ajustados a sus sentidos y posibilidades de actuación.

Profundamente empáticos, los seres humanos están genéticamente programados para no soportar el dolor ni el sufrimiento a su alrededor pero solo a su alrededor.

Imagine que, mientras charla con unos amigos, uno de ellos decide retorcer el cuello a un cachorro de perro. ¿Imagina usted cuál sería la reacción de sus amigos? Supongo que no tiene usted la menor duda y que incluso ha imaginado algún acto violento contra quien trataba de hacer daño al cachorro.

Sin embargo si, durante esa misma conversación, el que iba a retorcerle el cuello al cachorro en lugar de llevar a cabo tal maldad les informa de que, en la India, están muriendo miles de niños al día y les deja un sobre para efectuar una donación ¿cuántos de entre los que defendieron al cachorro llenarían el sobre de dinero y con qué cantidad? Si se siente usted optimista y responde que todos y con mucho, pregúntese durante cuánto tiempo lo harían y verá cómo su fe en el ser humano disminuye.

El ser humano viene equipado de serie para no soportar el sufrimiento en su entorno cercano pero no para no soportar cualquier sufrimiento allá donde se produzca. No podemos cargar con todo el sufrimiento del mundo sobre nuestras espaldas, no son tan anchas, no estamos genéticamente preparados, somos un pobre animal empático que sufre cuando los demás sufren y es feliz cuando los demás son felices, pero que, como tal animal, ha evolucionado simplemente para adaptarse a su entorno y ahora resulta que el entorno se lo han cambiado. Porque ahora cualquier sufrimiento del mundo lo tenemos a dos metros de nosotros en nuestro televisor o a escasos centímetros en la pantalla de nuestro smartphone… demasiado para la moral de 150 metros de un pobre primate.

Es de esta limitación del ser humano de lo que se aprovechan bandidos miserables como el ministro italiano que permite que centenares de vidas se vayan al fondo del mar y deja hundirse con ellas no solo el futuro y las ilusiones de cien personas sino las esperanzas de todo el género humano en una humanidad más justa.

Equipados con una moral de 150 metros agrediríamos sin compasión a ese aprendiz de satanás si le retorciese el pescuezo a un cachorro pero le dejamos pasearse tan terne por Europa después de decidir sobre la vida y la muerte de centenares de personas si nos son desconocidas y están lo suficientemente lejos.

Nuestra tecnología ha evolucionado en los últimos siglos a una velocidad tal que nuestra evolución moral ha sido dejada muy atrás y hemos de enfrentarnos al reto de hacer evolucionar culturalmente lo que la biología ya no tiene tiempo para hacer.

De todas formas, pobres primates como somos, en estos Cro-Magnones que somos usted y yo aún queda el genio y las viejas virtudes que les hicieron como son y, si no, déjenme que les cuente una vieja historia que me impresionó y que trato de recordar cada vez que vergüenzas como el ministro italiano ponen en duda mi fe en el género humano; es la historia de Isabel María y ocurrió un 3 de septiembre de 2002 en Cádiz, cuando la joven sevillana de 28 años Isabel María Caro pasaba su último domingo de vacaciones en la playa de Castillejos, en la localidad gaditana de Barbate, junto a su marido y sus hijos de siete años y 18 meses. La Voz de Galicia, entonces, lo contó así:

En un momento dado, el arenal se llenó de gente pues medio centenar de inmigrantes desembarcaban de una patera y se arrastraban pidiendo ayuda a gritos. Uno de los dos bebés que se encontraban en la embarcación era Yoice, una niña nigeriana de seis meses que no paraba de llorar. Su madre no era capaz ni de escucharla. Estaba mojada, hambrienta y exhausta. Isabel María sí la oyó, ofreció a los responsables de la Cruz Roja uno de los biberones de su hija, aunque sospechaba que seguramente la pequeña no lo iba a aceptar. Una enfermera insistía tratando de achacarlo a la congestión de nariz que sufría la cría. Isabel no lo dudó y le explicó a la sanitaria que sólo se podía hacer una cosa: «En ese momento la madre no podía darle el pecho, así que la acerqué al mío».

Y esta escena de una mujer joven amamantando a la pobre niña negra hace que me olvide de los ministros de Satanás y me reconcilie con el género humano.