Los abogados y el arte de olvidar

Los abogados y el arte de olvidar

La moral humana es una moral de 150 metros. No soportamos que nadie maltrate a un animal en nuestra cercanía pero la muerte de hambre de niños en África no  nos causa diariamente mayor pena. Las ONG lo saben y por eso traen sus fotos ante nosotros para acortar la distancia que nos separa de ellos.

Y no, no es que el ser humano sea un ser abyecto, es, simplemente, que la naturaleza le hizo así. Nadie está capacitado para soportar todo el dolor del mundo y es por eso que la evolución solo nos hizo solidarios con el prójimo (el próximo).

Y dicho esto corto, cambio y me recuerdo que esta semana comienzan las vacaciones, días de echar la persiana a las preocupaciones y practicar el dificilísimo arte de olvidar.

Somos animales de cercanía y no estamos capacitados para soportar todo el mal del mundo, el hambre de África, los muertos en Ucrania, las vejaciones a mujeres en países radicales… Nuestras espaldas son demasiado débiles como para soportar todo eso y es por esa razón que la naturaleza apenas si nos equipó para indignarnos por las injusticias y por la violencia cercanas.

Ser abogado es llevar contigo miles de injusticias, es dormir con demasiada gente si no eres capaz de practicar el difícil arte de olvidar y recordar a horas fijas.

Es por eso que hoy, cerca ya de las vacaciones, toca empezar a sacar de la cabeza todas esas injusticias que te amargan y concentrarte en el trocito de vida que queda para ti. Prepararse un guiso de fideos con costillejas y vino de Valdepeñas es, en días como hoy, mucho más que una forma de alimentarse, es también una forma de reencontrarte y cocentrarte en tu vida.

La moral y el amor por uno mismo

Hace un par de días escribí en una red social (Facebook) unos parrafitos a propósito de ciertas prácticas de eso que llaman «coaching» y que decían, más o menos, lo que sigue:

«Veo en youtube a unos «coachers» de autoayuda con un grupo de personas gritando «yo me quiero mucho».

Y yo veo bien eso de autoayudarse y quererse y decírselo a uno mismo, pero…

A mí me criaron en una moral donde pensar en uno mismo antes que en los demás estaba prohibido. Si enumerabas los asistentes a un suceso no podías citarte en primer lugar, tu madre te enseñaba que era norma de educación citarte tú a ti mismo en último lugar. Si alardeabas de algo tu madre volvía a enseñarte que eran los demás quienes tenían que hablar bien de ti, no tú de ti mismo.

El caso es que yo no aprendí a gritar eso de «yo me quiero mucho» porque lo que me enseñaron es que yo a quien debía querer es a los demás.

Ahora no sé si necesito a «coachers» de autoayuda porque quizá, todos esos que no hemos aprendido a querernos a nosotros, no encontraremos a quien nos quiera entre todos esos que se quieren a sí mismos.

En fin, yo creo que en lo que me enseñó mi madre hay más verdad que lo en que enseñan los coachers; o igual es que, al menos, estoy más acostumbrado.»

El parrafito despertó el interés de muchos seguidores que, en general, lo aprobaron; sin embargo no faltaron lo que, con toda delicadeza, hicieron notar su desacuerdo. Algunos señalaron que eso de «quererse a uno mismo» era mucho más profundo de lo que yo sostenía al tiempo que incluso un viejo seguidor, aclarando previamente que él no era cristiano, citó la famosa perícopa del evangelio de Marcos en que Jesús es preguntado acerca de los dos principales mandamientos y el responde, como bueno judío, con el «Shemá Israel» (amarás a Dios sobre todas las cosas) para añadir a continuación lo de «y al prójimo como a ti mismo».

Mi interlocutor señalaba que malamente se podrá querer bien al prójimo «como a uno mismo» si uno mismo no se quiere y que, por tanto, tan importante como querer bien al prójimo era quererse uno. Todo el razonamiento es impecable dentro del relativismo de la llamada «regla de oro» (¿Qué pasaría si nos queremos a latigazos porque somos masoquistas? ¿Querer al prójimo como a nosotros mismos nos autorizaría a flagelarlo?) y fue condensado por Confucio cuando fue preguntado sobre cuál consideraba él la regla primera y resumen de toda la moral.

«Reciprocidad», dicen que respondió Confucio resumiendo en esta palabra la esencia del comportamiento moral humano.

Sin embargo, a poco que leamos los tratados morales o las doctrinas religiosas de las más diversas escuelas veremos que, en sus enseñanzas morales, más que centrarse en el amor a uno mismo donde insisten especialmente es en el amor a los demás y esto se comprende fácilmente a poco que se atienda al carácter esencialmente práctico de las enseñanzas morales de las religiones.

Si nos fijamos, en el pasaje del evangelio de Marcos que citó mi muy ateo amigo, Jesucristo da por supuesto que no ha de enseñar a nadie a quererse a sí mismo, que eso ya ocurre naturalmente sin que nadie lo enseñe y que —si Jesucristo hubiese sabido lo que son los genes— podría haber afirmado que estaba escrito en ellos; y es verdad.

Todos los seres vivos tienen un instinto básico y esencial que les lleva a defender su vida antes que la ajena y a buscar su reproducción antes que la ajena. No es preciso ser Darwin para entender que, si un ser no defiende su vida y su reproducción con preferencia a otros, se extingue y es por eso que el primer instinto de que la naturaleza dota a cualquier entidad viviente es el instinto de conservación.

Esto es así en todos los seres vivos pero hay una clase especial de ellos, los animales que cooperan, que viven en grupos, que a ese instinto de conservación básico han de añadir un complejo equipamiento de instintos que les permita vivir en grupo. Vivir en grupo no es tarea sencilla, cooperar no es tampoco tarea sencilla y, para que sea posible, la naturaleza dota a este tipo de especies de instintos que permitan esta compleja forma de vida; entre ellos y sin ánimo de ser exahustivos podemos citar:

—La empatía
—La gratitud
—La reciprocidad
—La venganza
—El perdón
—El orgullo… Etc.

No tomen esta lista como una clasificación científica, es solo una enumeración descuidada y pueden considerarse la venganza o el orgullo como facetas de la reciprocidad, etc. De momento mi único interés es señalar que la naturaleza nos dota de instintos que nos permiten vivir eficazmente en sociedad.

Es obvio que en las sociedades humanas la complejidad de estos instintos es infinitamente superior a la que se da en una colonia de bacterias pero, si observamos a especies más cercanas a nosotros como chimpancés o bonobos observaremos en ellos instintos que, muy a menudo, nosotros consideramos exclusivamente humanos.

Por no hacer largo el post déjenme que les hable de la venganza y el perdón.

Con la venganza y el perdón ocurre en las religiones algo muy parecido a lo que ocurre con el amor a uno mismo y el amor al prójimo.

Del mismo modo que ninguna religión predica el amor a uno mismo ninguna religión predica la venganza; del mismo modo que todas las religiones predican el amor al prójimo todas las religiones predican el perdón.

¿Por qué?

Porque, simplemente, al igual que le ocurre a Jesucristo en la perícopa de los mandamientos de Marcos, el amor a uno mismo y el deseo de venganza se dan por supuestos. Que los seres humanos se quieren a sí mismos es para ellas obvio y que si tratas de maltratar a un ser humano este procurará defenderse del mal devolviéndote el mismo mal o aún mayor, es también evidente.

A las religiones y sistemas morales, a primera vista les parece innecesario predicar el amor propio y la venganza, si acaso te darán normas para quererte en la forma que ellos estiman correcta y si acaso limitarán tus deseos de venganza como máximo a devolver el mismo mal que se te ha inferido.

Donde las religiones y sistemas morales ponen toda la carne en el asador es en el amor al prójimo y en el perdón.

El perdón es tan natural como el deseo de venganza; cuando después de la ofensa comienza a pasar el tiempo el perdón comienza a hacer su aparición. Si pasa el tiempo suficiente el individuo agraviado pensará que no tiene sentido vengarse, que si ahora va a sacar el ojo que perdió a su agresor esto puede traerle nuevos problemas y el deseo de venganza en el ser humano se va extinguiendo de forma proporcional al transcurso del tiempo. Es verdad que hay seres humanos que dicen no perdonar «nunca» pero eso, en la mayoría de los casos, no es más que una estrategia conocida en el entorno de la teoría de juegos de Axelrod como una estrategia de «etiquetas» o si, tal estrategia es sincera y el individuo es incapaz de personal, podremos concluir que nos hallamos ante una personalidad patológica.

Así pues, lo que hacen las religiones no es fomentar el perdón contraintuitivamente, sino favorecer, catalizar un instinto que acabará apareciendo para que lo haga lo antes posible. Esto es bueno para los dos individuos, para la sociedad y para la vida en común. No hay nada milagroso en perdonar o querer al enemigo, ese mandamiento ya aparece en el 3000 AEC en sumeria y puede encontrarse en casi cualquier religión. El mandamiento «nuevo», pues, no es tan nuevo sino tan viejo como la regla de oro que Jesús cita al responder a la pregunta de cuáles son los principales mandamientos.

Así pues nuestras madres, desde que comienzan a educar a sus hijos, saben de sobra que no necesitan enseñarles a querer quedarse con el juguete o a anteponer su propio interés al de su hermano, esto ya lo hacen ellos espontáneamente y bastante trabajo han tenido las madres de la historia repartiendo a sus hijos estopa educativa para que aprendan a compartir los juguetes con su hermana o a no quitarle el postre a su hermano.

Que los seres humanos, como cualquier otro animal, se quieren —o al menos tratan de ser los primeros en satisfacer sus necesidades básicas— es algo que no es preciso enseñar pero, claro, al margen de esta satisfacción de las necesidades primarias ¿Hay alguna forma mejor que otra de querernos a nosotros mismos?

Epicúreos, estóicos, budistas, musulmanes, hindúes, cristianos, judíos, zoroastristas… Todos tienen sus reglas al respecto (sorprendentemente parecidas en muchos casos) pero de eso creo que me ocuparé en otro post, esta ya viene siendo un ladrillo de bastante grosor.

Justicia y vergüenza

Cuentan las viejas historias que los dioses dotaron a cada animal de una facultad con la que perpetuar su especie; a unos los hizo fuertes, a los menos fuertes los hizo más rápidos, a otros les protegieron con espinas y corazas y a otros les dieron alas. Unos comerían vegetales y otros frutas y aún otros comerían a otros animales, pero estos se reproducirían menos que los comidos de forma que todo el reino animal permaneciera en equilibrio.

Pero, cuando lo repartieron todo, se dieron cuenta que al hombre, un animal débil y sin garras, no le habían dado nada.

Viendo al hombre tan débil Prometeo robó el fuego del cielo y se lo entregó al hombre pero, aún así, la especie humana seguía siendo débil de forma que Zeus pensó que lo mejor que podía hacer era hacerles vivir en sociedad, pero, careciendo de las habilidades necesarias para vivir en sociedad, en cuanto vivían juntos se injuriaban y la vida en común era imposible.

Fue entonces cuando el dios Hermes les dió las dos herramientas sobre las que podrían fundar la vida en sociedad: la justicia y la vergüenza.

Cuando leo el pasaje del diálogo platónico «Protágoras» donde se contiene esta historia tengo la tendencia de echarme a temblar y temo por este mi país; un país donde hemos hecho de la justicia un trampantojo y donde la vergüenza, al menos en nuestra clase política, parece escasear tanto como la paz en Ucrania estos días.

Justicia y vergüenza. Tengo para mí que los dioses griegos sabían muy bien lo que necesitaban los hombres para vivir en sociedad.

Les dejo con el fragmento de «Protágoras» donde se cuenta esto:

«Buscaron [los hombres] la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres la vergüenza y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Amén.

Sin razón suficiente

Ayer fijé mi posición respecto de la Guerra de Ucrania partiendo de la base de que los invasores habían atacado a Ucrania sin «razón suficiente» y lo escribí así por unas cuantas —creo que buenas— razones.

Sólo en el cine y en las ingenuas películas americanas es simple y sencillo distinguir los buenos de los malos. En la vida real ningún «malo» es totalmente malo ni ningún «bueno» es totalmente bueno. El problema del ser humano no es elegir entre el bien y el mal pues el 99% de nosotros elegiríamos el bien, el problema es que no siempre es fácil distinguirlos y esto pasa en la guerra de Ucrania.

Ya sea como justificación o como coartada el líder invasor ha esgrimido varios argumentos y conviene repasarlos sin despreciarlos de antemano. Veámoslos.

El primero de sus argumentos es el de la seguridad. Si Ucrania entra en la OTAN su país puede que haya de hacer frente a bases militares demasiado cercanas y esto le parece intolerable.

Sé que muchos me dirán que Ucrania es un país independiente y que puede hacer lo que quiera y quizá tengan razón pero, por lo que valga, les ruego que vuelvan la mirada 60 años atrás, concretamente al año 1962.

En ese año, justo al lado de los Estados Unidos, un país caribeño —Cuba— se alineó fuertemente con la Unión Soviética. El gobierno de Fidel Castro había sufrido el año anterior un intento de invasión por parte de insurgentes cubanos que estaba apoyado desde la sombra por los Estados Unidos; fue el intento de desembarco en Bahía de Cochinos.

El régimen de Castro buscó en la cercanía a la Unión Soviética la protección que necesitaba y en 1962 esta relación puso al mundo al borde del holocausto nuclear.

La Unión Soviética, aprovechando que Cuba era un estado soberano como ahora lo es Ucrania, envió rampas de lanzamiento de missiles nucleares a Cuba. Los aviones espía americanos las detectaron y para cuando lanzaron un ultimátum diciendo que no tolerarían la presencia de armas nucleares en Cuba, los barcos soviéticos que transportaban las armas ya navegaban rumbo al Caribe.

Estados Unidos puso a su flota en situación de interceptarlos, Kruschev ordenó a los suyos seguir y ambos países pusieron sus arsenales atómicos en estado de alerta máxima. El mundo se enfrentó a la destrucción total.

Finalmente los barcos dieron la vuelta y hoy seguimos aquí. Cuba no volvió a sufrir un intento de invasión —aunque sí un bloqueo económico— y la Unión Soviética no volvió a intentar instalar misiles allí.

Supongo que captan el parecido.

Sesenta años después es el líder invasor quien reclamó que Ucrania no formase parte de la alianza militar adversaria por parecidas razones a las esgrimidas por Estados Unidos. Ciertamente hay diferencias pero el punto de partida es el mismo.

El segundo de los argumentos del líder invasor es el maltrato de la mayoría rusa en dos regiones de Ucrania. No voy a analizar aquí si el maltrato existe o ha existido, por razones puramente dialécticas admitiré que existe y, admitido esto, les pediré que vuelvan la mirada hasta 1918 y observen la situación de la entonces recién creada Checoslovaquia, un país entonces joven que, como hoy Ucrania, había sido creado conteniendo minorías étnicas en su interior.

Desde la creación de Checoslovaquia en 1918, se creó la expresión alemana «Sudeten» (Los Sudetes) para designar a la minoría germanófona que habitaba Moravia y, sobre todo, la frontera de Bohemia con la Silesia alemana, Sajonia y Baviera. Dicha minoría, que representaba más del 30 % de la población total de estos territorios (de una población total de unos 3,5 millones de habitantes) conservaba la cultura y las tradiciones alemanas. Eran descendientes de colonos alemanes invitados por los reyes de Bohemia a poblar la región a partir del siglo XIII.

El líder de la Alemania vecina exigió el respeto a esas minorías y los países europeos se mostraron dubitativos. El líder alemán, como en nuestros días el líder invasor, decidió intervenir, pero su acción no se limitó a los sudetes sino que finalmente acabó ocupando Checoslovaquia entera del mismo modo que hoy, la queja del invasor sobre las regiones de mayoría rusa no ha dado lugar a una intervención circunscrita a ellas, sino que ha abarcado a la totalidad de la nación Ucraniana, como hace cien años ocurrió en Checoslovaquia.

Muchas más razones se pueden aducir por el bando invasor: que el gobierno de Ucrania es corrupto, nazi, dictatorial, títere de Europa o de los Estados Unidos… Todo puede decirse, sí, pero ni estas ni las anteriores razones justifican una invasión.

Para quien defiende un rotundo no a la guerra ninguna de las razones anteriores justifican, no son razón suficiente, para un ataque como el realizado por el líder del bando invasor.

No, no hay bien químicamente puro ni mal quintaesenciado en las relaciones humanas; no hay ángeles ni demonios, pero sí podemos formarnos un juicio sobre las cosas más o menos aproximado.

Y si tienen dudas pueden preguntarse dos cosas: ¿Podría usted expresar una opinión contraria a la guerra en el país del líder invasor? ¿Por qué se condena a 15 años de cárcel a alguien que, como yo, publique que no hay razones suficientes? Y en segundo lugar, ¿qué puede pasar si el agresor ceja en su agresión? ¿Qué mal le parará? ¿Por qué mantiene la agresión incluso cuando ya ha ocupado las dos regiones en conflicto?

No, no existe el bien ni el mal puros, de hecho todos tienen su cuota de culpa en la mayoría de los casos pero las razones esgrimidas por quien ha decidido la agresión, aunque puedan ser ciertas, son a todas luces insuficientes.

Si se está en contra de la guerra las agresiones no pueden justificarse.

Y con esto cierro mi capítulo sobre Ucrania. Ojalá las muertes y la guerra acaben esta misma noche.

Lo que yo pienso sobre la guerra en Ucrania

Supongo que si mantengo un blog personal debería expresar en él lo que pienso a día de hoy sobre la Guerra de Ucrania. No creo que esto interese a nadie pues toda la población tiene su opinión sobre el tema pero, escribiéndolo, dentro de unos años —si es que la humanidad y yo seguimos existiendo— podré leerlo y saber cuán equivocado estaba.

Comencemos.

Yo no soy un experto militar ni tengo fuentes de inteligencia distintas de las absolutamente nada fiables informaciones que llegan a través de los medios de comunicación, pero sí parto de una posición inicial: la agresión rusa a ucrania carece de justificación suficiente.

En un entorno donde la guerra total es inviable pues conduce a la destrucción mutua asegurada, una potencia nuclear ha agredido a un estado que carece de armas nucleares y cuyo arsenal es muy inferior al del agresor. La derrota militar del agredido, pues, parece clara a corto o medio plazo.

En ese contexto muchos países están enviando armas convencionales a los soldados ucranianos que han decidido luchar esta guerra perdida y España ha enviado dos aviones cargados básicamente de lanzagranadas RPG y ametralladoras ligeras.

Leo las opiniones que traen las redes sociales y, como casi siempre en España, las mismas suelen responder a la adscripción política de quien las emite, nada distinto de lo que ocurre en el parlamento de forma que trataré de huir de esas bases y expresar mi propia opinión.

Debo insistir en que mi planteamiento de partida es el de que la agresión rusa a ucrania carece de justificación suficiente y es a partir de ese criterio desde el que construyo mi opinión sobre el envío español de armas a Ucrania. Discúlpenme aquellos que creen que la agresión a Ucrania está justificada, sobre eso podemos dialogar otro día.

«Ríndanse para evitar mayor mortandad», «si se rienden redpetaremos sus vidas»… Estos suelen ser los mensajes de los ultimátums que, durante toda la historia, han enviado los sitiadores a los sitiados, los agresores a los agredidos y los que creen encontrarse en posición de ventaja al enemigo en desventaja que, aunque inferior, aún puede infligir daño.

Sí, este y no otro suele ser el mensaje del agresor para que los agredidos se rindan y no dificulten su agresión ni le causen bajas y, ese mismo mensaje, se puede emitir —y de hecho se ha emitido— de otras muchas formas: «si váis a perder ¿para qué queréis armas?», «prolongar la resistencia solo causará más muertos: negociad», «hay que trabajar por la paz, no por la guerra, dejad de combatir»… Todas estas formas de expresar la primera idea son sinónimas: ríndete y no te resistas. Nadie negocia cuando tiene una pistola apuntándole a la sién, cuando eso pasa nada hay ya que negociar y en las guerras pasa eso.

La naturaleza nos ha enseñado que para defenderse no es preciso ser el más fuerte y que los términos «victoria» o «derrota» son relativos. Un animal herbívoro, para defenderse, no necesita ser capaz de derrotar a un agresor en combate , para defenderse le basta con ser capaz de causar a su agresor heridas o un daño que este no pueda asumir. Una leona puede matar a casi cualquier herbívoro pero, si sufre una pequeña lesión que le dificulte la carrera en la caza siguiente o alguna herida de cuerno que la merme físicamente, su vida entera estará comprometida: ya no podrá cazar con eficacia y morirá. Por eso en la naturaleza las agresiones por la comida suelen ser desproporcionadas, la leona ataca sobre seguro salvo que el hambre la impela a realizar una imprudencia.

En la vergonzosa y animalesca esfera de las guerras humanas la situación es parecida y sobre todo en un contexto donde ya nadie puede usar la totalidad de la fuerza de que dispone porque asegura su propia destrucción. Así pues, en este contexto, ¿de qué sirven dos semanas más de resistencia en Ucrania?

A mi juicio de mucho.

En primer lugar y aunque es casi impensable, este tiempo podría dar margen a que la oposición interna rusa pudiese estructurarse; sí, ya sé que es casi imposible, pero al dirigente que ha ordenado la agresión y a su círculo ese «casi» les preocupa y preferirían no sentirse amenazado por él. Si las posibilidades aumentan reconsiderarán la agresión y buscarán la forma de ponerle punto final.

En segundo lugar permite que las sanciones económicas occidentales se dejen sentir y muchos oligarcas rusos teman por su riqueza. El poder del líder agresor se apoya en dos puntales: una indudable popularidad por un lado y el apoyo de un importante  grupo de oligarcas, pero en estos, a diferencia del pueblo, la víscera más sensible de su anatomía es la cartera y prefieren mil veces una patada en el hígado antes que un golpe en sus cuentas corrientes. Si la política del líder ruso amenaza a la riqueza de este grupo de oligarcas, la posibilidad de que el líder ruso caiga para que no caiga la riqueza de estos nuevos boyardos aumenta exponencialmente; y el líder lo sabe.

Sin duda algo de revuelo contra la guerra en las calles ayudaría a este golpe palaciego y es precisamente por eso por lo que el líder agresor está implementando leyes que manden a la cárcel a cualquiera que discuta su decisión. La dureza de las leyes miden el nivel de su miedo.

En tercer lugar, y más importante, las guerras no se pierden o se ganan hasta que todos los agredidos pierden la voluntad de combatir y se rinden y esa lección —que ningún poderoso parece entender— la aprendió Napoleón en España, Nixon en Vietnam y la Unión Soviética y Estados Unidos en Afghanistán. La guerra la pierde quien pierde la voluntad de combatir y eso suele ocurrirle a la población del bando agresor cuando empieza a experimentar sufrimiento a causa de un conflicto al que no encuentra sentido. Los soldados americanos muertos volviendo en bolsas de Vietnam a causa de una guerra que nadie entendía («ningún vietnamita me ha hecho nada malo» dijo Muhammad Ali cuando fue llamado a filas) provocaron que el pueblo americano exigiese la salida de Vietnam y lo mismo ocurrió a la Unión Soviética y después a Estados Unidos en Afghanistán.

El ejército regular ucraniano será con toda posibilidad derrotado pero, aunque esto sea así, la guerra de Ucrania no acabará ahí si los habitantes de Ucrania deciden seguir peleando aunque sea en forma de ataques terroristas o en guerrillas sean estas de la naturaleza que sean.

En ese sentido —debo decirlo— las armas mandadas por España a Ucrania son especialmente adecuadas. Un lanzacohetes RPG es un arma portátil que puede ser manejada con toda facilidad por casi cualquier persona y con él, desde un adolescente a una abuela, pueden destruir desde tanques a helicópteros. El RPG ha sido casi un icono para las guerrillas del mundo: un pastor afghano o una adolescente ucraniana pueden destruir con él blindados de muchísimos cientos de miles de dólares. Este tipo de armas son muy aptas para atacar el principal objetivo estratégico en cualquier conflicto: la voluntad de seguir peleando en la población adversaria.

La guerra de Ucrania no acabará con la destrucción de su ejército regular —cosa altísimamente probable en las próximas semanas si no días— la guerra de Ucrania seguirá mientras queden ciudadanos en en ese país dispuestos a causar daño a los soldados agresores. Eso ha pasado en todos los países del mundo y hay abundante doctrina militar sobre esta forma de combate (incluso Mao escribió sobre el tema) y, conforme a esas doctrinas, las armas que ha enviado España no sólo son apropiadas para que las use un ejército regular, sino que son armas particularmente aptas para que las use una guerrilla o un grupo de personas decididas a no rendirse y eso, aunque resulte triste decirlo, imagino que está tras la elección del tipo de material enviado.

La guerra de Ucrania, como la de Vietnam o Afghanistán, la perderá el bando que antes pierda la voluntad de pelear y —por lo que veo hasta ahora— esa voluntad de continuar la lucha es clara en el bando ucraniano y mucho más que dudosa en el bando agresor (me resisto a llamar Rusia al bando agresor, Rusia es un grandísimo país lleno de hombres y mujeres buenas a quienes admiro) por lo que, a mi juicio, la ocupación efectiva de Ucrania a día de hoy es imposible para el agresor y, si lo hace, solo será a costa de un terrible número de bajas que la población rusa se ha mostrado incapaz de aceptar incluso en el caso de conflictos con países mucho menos armados que Ucrania como Afghanistán. Al igual que para la leona el precio de la «victoria» para los agresores será antes o después inasumible.

Seguramente el líder del bando agresor ya se ha dado cuenta de esto y está empezando a sentir, como la leona, que la caza no va bien, que es mucho más arriesgada y costosa de lo que pensaba y que a lo único que puede aspirar ya es a encontrar una buena forma de salir de este lío antes de resultar él mismo herido.

Y a eso, a encontrar una puerta de salida, aunque sus acciones sean moralmente incalificables, sí que creo que debiéramos ayudarle.

Siento si molesto a alguien. Creo que ucranianos y ucranianas tienen derecho a oponerse al agresor si así lo desean y que recomendarles que hagan lo contrario en nombre de la paz no es más que alinearse en favor del crimen de guerra y los intereses del agresor y creo que no deberíamos permitir, hasta donde la razón lo permita, que este sienta que puede agredir impunemente.

Para defenderse no es preciso que muera la leona, sólo es preciso que sepa que, si sigue atacando, puede sufrir un daño que no podrá asumir.

No es tanto por Ucrania como por la seguridad de todos. Si hoy Ucrania se rinde «por la paz» mañana no quedará en el mundo otra razón que la fuerza. Cuando el delincuente apunte con su arma a la víctima, en lugar de decirle el clásico «la bolsa o la vida» podrá decirle: «déme todo lo que tenga en nombre de la paz».

Y siento si molesto a alguien, créanme, en este punto, más que en ningún otro, estoy dispuesto a ser convencido de la validez o superioridad de cualquier otra opción.

Una vieja forma de entender el mundo

Conversaba ayer con mi amigo Juan sobre el mito de Adán y Eva y sobre la posibilidad de que el mismo ilustrase la dolorosa metamorfosis sufrida por el género humano en el neolítico, período en el que pasó de ser cazador-recolector a ser agricultor.

Los cambios sociales y jurídicos de ese período histórico aún se dejan sentir en nuestros días.

Nuestros antepasados cazadores recolectores no tenían (no tienen pues aún quedan tribus no contactadas) un concepto establecido de la propiedad de la tierra. ¿Imagina usted a un nómada que, de pronto, se encuentre con que alguien ha vallado una parcela y le prohíbe pasar por ella con su tribu y su ganado?

La guerra entre pastores y agricultores ha perdurado hasta la actualidad con los primeros exigiendo libertad de paso por el campo y los segundos negándose violentamente a ella. La Mesta en España puede ilustrar cómo el conflicto no es tan lejano y aún hoy, simbólicamente, los pastores pasean sus ovejas una vez al año por la Puerta de Alcalá en el corazón de Madrid.

La agricultura hizo de la propiedad de la tierra la principal fuente de riqueza. La necesidad de conseguirla y defenderla de otros grupos que la deseaban fueron haciendo aparecer los primeros estados en el llamado «creciente fértil» (nótese lo de fértil) y todo este proceso fue cambiando la percepción y entendimiento del mundo de los seres humanos.

Así aparecieron los estados que garantizaban la propiedad de las tierras de quienes pertenecían a ellos y surgieron también los ejércitos organizados, las guerras y los imperios. Muy probablemente Sargón de Akkad tiene el dudoso honor de ser el primero de una larga lista de sedicentes «emperadores» dedicados a conquistar nuevas tierras para sembrar y sojuzgar seres humanos que las cultiven. Para conseguir que todos los seres humanos subyugados formasen parte del imperio y fuesen también «nosotros» se les dieron unos dioses, unas leyes y una lengua que les permitiesen reconocerse como miembros de un único grupo y diesen consistencia social a los recién creados estados.

La vida del agricultor era bastante peor que la del cazador-recolector que, como Adán y Eva, para alimentarse simplemente se limitaba a coger las frutas que le ofrecía la naturaleza o a cazar algún animal. Los esqueletos de los cazadores-recolectores de la época nos muestran que su talla y condición física eran mucho mejores que la de los agricultores que poblaban las incipientes ciudades estado mesopotámicas; pero era evidente que poco podían hacer estas tribus frente a las hordas de agricultores organizados en ejércitos que estaban determinados a apropiarse de la tierra por la que, con anterioridad, vagaban libremente los cazadores-recolectores.

La tierra era un jardín de dónde el ser humano cogía lo que necesitaba hasta que llegó la agricultura y el hombre hubo de ganarse el pan (precisamente el pan) con el «sudor de su frente»; es decir, trabajando.

También Cervantes evoca esta «Edad de Oro» en su famoso discurso a los cabreros cuando, por boca de Don Quijote, afirma que lo característico de esta feliz edad de oro es que no existían las palabras de «tuyo» y «mío» y el ser humano alcanzaba a obtener de la naturaleza todo lo necesario.

Sí, la agricultura nos trajo la extensión de las palabras de «tuyo» y «mío» y nos trajo la propiedad de la tierra, la división del trabajo, los estados con sus reyes, religiones, imperios y lenguas oficiales y nos trajo la hipertorfia del concepto del «ellos» y el «nosotros».

El primate humano había dado un salto de proporciones incalculables y de entonces a hoy los esquemas mentales adquiridos en ese momento han sido el más eficaz motor de las guerras.

Hoy, sin embargo, la humanidad se enfrenta a un cambio tan decisivo como el sufrido en el neolítico, un cambio que hace que nos replanteemos toda esa civilización y su tramoya de estados, religiones y patrias que nos legó el neolítico, del mismo modo que hará que repensemos los conceptos del «ellos» y el «nosotros» y el sentido de las palabras «tuyo» y «mío» para satisfacción del espíritu de Cervantes.

Hoy la propiedad de la tierra ya no es la principal fuente de riqueza. Multitud de españoles truenan por la devolución de Gibraltar y agitan todo el universo ideológico consustancial a tal reclamación territorial: leyes, derecho, honor, patrias, banderas, ellos y nosotros, nuestro o suyo. Sin embargo, esos españoles que truenan por recuperar unas pocas hectáreas de tierra rocosa, contemplan con indiferencia cómo las dos Castillas se despueblan y hablan con toda naturalidad de la «España vacía» como si las hectáreas de buena tierra de Castilla fuesen despreciables comparadas con la roca del peñón.

Hoy la tierra ya no es la principal fuente de riqueza, ahora es la tecnología y, en eso, el mundo ha cambiado; lo que no ha cambiado es la forma de entender el mundo del viejo primate humano: por un palmo de tierra se debe matar y morir; es ellos o nosotros.

A día de hoy la riqueza de las naciones ya no se centra en la agricultura ni en la extensión de tierras cultivables que se tengan y es por eso que la percepción del mundo y del cosmos de los seres humanos ha iniciado un lento proceso de cambio que, desgraciadamente, por lento es incapaz de seguir al acelerado proceso de cambio tecnológico que vivimos y si en un punto es posible apreciar este desajuste es en el campo de las armas, la guerra y las organizaciones humanas.

Hemos construido armas capaces de destruir todo vestigio de vida sobre la tierra, en cambio hemos sido incapaces de descubrir la forma en que todos los seres humanos puedan cooperar.

Disponemos de armas nucleares capaces de destruir el planeta pero aún no disponemos del equipamiento mental que nos haga comprender que ya no existe un «ellos» y un «nosotros», que si declaramos la guerra a alguien nos la estamos declarando a nosotros y que cualquier guerra no es homicida sino suicida.

El mono que llevamos dentro ha cambiado poco desde hace diez mil años y aún se mueve por instintos que, si tuvieron razón de ser hace cien siglos, hoy son suicidas.

La sensación estos días es de impotencia. Todos (con las terraplánicas excepciones de siempre) estamos contra la guerra, el problema es que no sabemos cómo enfrentarla porque los viejos sistemas ya no sirven. Si decidimos hacer frente con todas las consecuencias al chimpancé matón el riesgo de que destruyamos el planeta y todos acabemos muertos es muy alto. El problema es que sabemos cómo hacer la guerra pero no sabemos cómo evitarla, estamos equipados para pelear pero no disponemos de herramientas para la paz.

Enfrentamos el fracaso como especie si no abandonamos nuestra vieja visión del mundo, si no asumimos que en lo que a la humanidad se refiere ya no existe el «ellos» y que todos pertenecemos al mismo bando, que cuando entramos en guerra entramos en guerra contra nosotros y que cuando matamos a alguien estamos matando siempre a uno de los nuestros.

Hay toda una concepción del mundo que, tras diez mil años, ya no se sostiene y es nuestra urgente obligación cambiarla y sustituirla por otra que permita la continuidad del ser humano como especie.

Y yo ahora debería explicar cuál es esa nueva concepción pero, sobre resultar petulante si lo hiciera, alargaría este ya demasiado largo post.

Si a alguien le apetece leerla que me lo diga, las noches de insomnio dan tiempo a muchas cosas.

El mono suicida

Conversaba ayer con mi amigo Juan sobre el mito de Adán y Eva y sobre la posibilidad de que el mismo ilustrase la dolorosa metamorfosis sufrida por el género humano en el neolítico, período en el que pasó de ser cazador-recolector a ser agricultor.

Los cambios sociales y jurídicos de ese período histórico aún se dejan sentir en nuestros días.

Nuestros antepasados cazadores recolectores no tenían (no tienen pues aún quedan tribus no contactadas) un concepto establecido de la propiedad de la tierra. ¿Imagina usted a un nómada que, de pronto, se encuentre con que alguien ha vallado una parcela y le prohíbe pasar por ella con su tribu y su ganado?

La guerra entre pastores y agricultores ha perdurado hasta la actualidad con los primeros exigiendo libertad de paso por el campo y los segundos negándose violentamente a ella. La Mesta en España puede ilustrar cómo el conflicto no es tan lejano y aún hoy, simbólicamente, los pastores pasean sus ovejas una vez al año por la Puerta de Alcalá en el corazón de Madrid.

La agricultura hizo de la propiedad de la tierra la principal fuente de riqueza. La necesidad de conseguirla y defenderla de otros grupos que la deseaban fueron haciendo aparecer los primeros estados en el llamado «creciente fértil» (nótese lo de fértil) y todo este proceso fue cambiando la percepción y entendimiento del mundo de los seres humanos.

Así aparecieron los estados que garantizaban la propiedad de las tierras de quienes pertenecían a ellos y surgieron también los ejércitos organizados, las guerras y los imperios. Muy probablemente Sargón de Akkad tiene el dudoso honor de ser el primero de una larga lista de sedicentes «emperadores» dedicados a conquistar nuevas tierras para sembrar y sojuzgar seres humanos que las cultiven. Para conseguir que todos los seres humanos subyugados formasen parte del imperio y fuesen también «nosotros» se les dieron unos dioses, unas leyes y una lengua que les permitiesen reconocerse como miembros de un único grupo y diesen consistencia social a los recién creados estados.

La vida del agricultor era bastante peor que la del cazador-recolector que, como Adán y Eva, para alimentarse simplemente se limitaba a coger las frutas que le ofrecía la naturaleza o a cazar algún animal. Los esqueletos de los cazadores-recolectores de la época nos muestran que su talla y condición física eran mucho mejores que la de los agricultores que poblaban las incipientes ciudades estado mesopotámicas; pero era evidente que poco podían hacer estas tribus frente a las hordas de agricultores organizados en ejércitos que estaban determinados a apropiarse de la tierra por la que, con anterioridad, vagaban libremente los cazadores-recolectores.

La tierra era un jardín de dónde el ser humano cogía lo que necesitaba hasta que llegó la agricultura y el hombre hubo de ganarse el pan (precisamente el pan) con el «sudor de su frente»; es decir, trabajando.

También Cervantes evoca esta «Edad de Oro» en su famoso discurso a los cabreros cuando, por boca de Don Quijote, afirma que lo característico de esta feliz edad de oro es que no existían las palabras de «tuyo» y «mío» y el ser humano alcanzaba a obtener de la naturaleza todo lo necesario.

Sí, la agricultura nos trajo la extensión de las palabras de «tuyo» y «mío» y nos trajo la propiedad de la tierra, la división del trabajo, los estados con sus reyes, religiones, imperios y lenguas oficiales y nos trajo la hipertorfia del concepto del «ellos» y el «nosotros».

El primate humano había dado un salto de proporciones incalculables y de entonces a hoy los esquemas mentales adquiridos en ese momento han sido el más eficaz motor de las guerras.

Hoy, sin embargo, la humanidad se enfrenta a un cambio tan decisivo como el sufrido en el neolítico, un cambio que hace que nos replanteemos toda esa civilización y su tramoya de estados, religiones y patrias que nos legó el neolítico, del mismo modo que hará que repensemos los conceptos del «ellos» y el «nosotros» y el sentido de las palabras «tuyo» y «mío» para satisfacción del espíritu de Cervantes.

Hoy la propiedad de la tierra ya no es la principal fuente de riqueza. Multitud de españoles truenan por la devolución de Gibraltar y agitan todo el universo ideológico consustancial a tal reclamación territorial: leyes, derecho, honor, patrias, banderas, ellos y nosotros, nuestro o suyo. Sin embargo, esos españoles que truenan por recuperar unas pocas hectáreas de tierra rocosa, contemplan con indiferencia cómo las dos Castillas se despueblan y hablan con toda naturalidad de la «España vacía» como si las hectáreas de buena tierra de Castilla fuesen despreciables comparadas con la roca del peñón.

Hoy la tierra ya no es la principal fuente de riqueza, ahora es la tecnología y, en eso, el mundo ha cambiado; lo que no ha cambiado es la forma de entender el mundo del viejo primate humano: por un palmo de tierra se debe matar y morir; es ellos o nosotros.

A día de hoy la riqueza de las naciones ya no se centra en la agricultura ni en la extensión de tierras cultivables que se tengan y es por eso que la percepción del mundo y del cosmos de los seres humanos ha iniciado un lento proceso de cambio que, desgraciadamente, por lento es incapaz de seguir al acelerado proceso de cambio tecnológico que vivimos y si en un punto es posible apreciar este desajuste es en el campo de las armas, la guerra y las organizaciones humanas.

Hemos construido armas capaces de destruir todo vestigio de vida sobre la tierra, en cambio hemos sido incapaces de descubrir la forma en que todos los seres humanos puedan cooperar.

Disponemos de armas nucleares capaces de destruir el planeta pero aún no disponemos del equipamiento mental que nos haga comprender que ya no existe un «ellos» y un «nosotros», que si declaramos la guerra a alguien nos la estamos declarando a nosotros y que cualquier guerra no es homicida sino suicida.

El mono que llevamos dentro ha cambiado poco desde hace diez mil años y aún se mueve por instintos que, si tuvieron razón de ser hace cien siglos, hoy son suicidas.

La sensación estos días es de impotencia. Todos (con las terraplánicas excepciones de siempre) estamos contra la guerra, el problema es que no sabemos cómo enfrentarla porque los viejos sistemas ya no sirven. Si decidimos hacer frente con todas las consecuencias al chimpancé matón el riesgo de que destruyamos el planeta y todos acabemos muertos es muy alto. El problema es que sabemos cómo hacer la guerra pero no sabemos cómo evitarla, estamos equipados para pelear pero no disponemos de herramientas para la paz.

Enfrentamos el fracaso como especie si no abandonamos nuestra vieja visión del mundo, si no asumimos que en lo que a la humanidad se refiere ya no existe el «ellos» y que todos pertenecemos al mismo bando, que cuando entramos en guerra entramos en guerra contra nosotros y que cuando matamos a alguien estamos matando siempre a uno de los nuestros.

Hay toda una concepción del mundo que, tras diez mil años, ya no se sostiene y es nuestra urgente obligación cambiarla y sustituirla por otra que permita la continuidad del ser humano como especie.

Y yo ahora debería explicar cuál es esa nueva concepción pero, sobre resultar petulante si lo hiciera, alargaría este ya demasiado largo post.

Si a alguien le apetece leerla que me lo diga, las noches de insomnio dan tiempo a muchas cosas.

El mejor —y el mayor— bufete de España

El mejor (y mayor) bufete de abogados de España no es ninguno de los que salen en las páginas salmón de la prensa económica; tampoco es ninguno de esos que defienden a cprporaciones, bancos, fondos de inversión o grupos empresariales internacionales; ni, por supuesto, tampoco ninguno de esos bufetes que, con nombres en inglés, se dan una patina británica con abundante tramoya de company limited y alguna «et» (&) en su denominación social.

No, esos bufetes son sólo el 15% del mercado de los servicios jurídicos españoles.

Luego están los abogados importantes, los que defienden a los españoles, los que tratan a los clientes de uno en uno y no en rebaño, los que sacan las castañas del fuego a las personas de verdad (las físicas) y las que hacen posible que los habitantes de este país puedan tener derechos de verdad y no solo literatura jurídica.

Este bufete de los abogados independientes supone el 85% del mercado de los servicios jurídicos nacionales y son el mayor y, sin duda, también el mejor de los bufetes de abogados de España.

Ocurre, sin embargo, que esta forma de ejercicio profesional, en solitario o en pequeños despachos, supone para ellos una importante debilidad. Son extremadamente sensibles a las malas rachas económicas, carecen de recursos para realizar operaciones publicitarias a gran escala, no pueden coordinarse con la eficacia que lo hacen los «grandes» (nótense las comillas) despachos y, en general, en este momento apenas si se conforman con sobrevivir.

Es triste decirlo pero es así. En los albores del siglo XXI una forma de ejercicio profesional sobre la que descansan los derechos y libertades de los ciudadanos de España, que supone la última esperanza de igualdad de estos frente a las grandes corporaciones y que es una de las más importantes reservas éticas de la sociedad, se encuentra en franca recesión acosada por gobiernos, corporaciones y sedicentes grandes bufetes de accionariado, juniors y seniors.

A día de hoy estos abogados independientes son presa fácil de empresas que les ofrecen servicios de captación de clientes, mano de obra barata para atender las necesidades puntuales de bancos o aseguradoras y víctimas propiciatorias para cualquier nueva tropelía del gobierno, desde condenarles a trabajos forzados en el turno de oficio a negarles cualquier tipo de ayuda en caso de crisis.

A día de hoy todos los hermanos y hermanas de esta sagrada cofradía de los abogados y abogadas independientes se enfrentan con un bien disimulado temor al futuro, celebrando vivir al día y asumiendo que habrán de trabajar —si las cosas vienen bien dadas— hasta los 70 u 80 años porque de la Mutualidad esperan muy poco si no nada.

Es lo que hay: los miembros del mejor —y mayor— bufete de abogados de España enfrentan un futuro difícil con siniestros pronósticos.

Y eso no puede aceptarse.

Porque el mejor y mayor bufete de España es superior a cualquier a cualquier otra empresa de servicios jurídicos que puedan imaginar y, si el mayor de los grandes despachos tiene sucursales en las 52 capitales de provincia, el mejor y mayor bufete de España las tiene en los 433 partidos judiciales. Por eso los grandes despachos quieren menos sedes judiciales y los abogados independientes más. Porque unos defienden su negocio y no a la ciudadanía mientras que lls abogados independientes defienden su negocio, sí, pero también a la ciudadanía.

No, ningún «gran» (vuelvan a notar las comillas) bufete puede competir contra el mejor —y mayor— de los despachos y les temen. Les temen porque saben que si todo este potencial se organiza será virtualmente imparable y que, si bien antes esa organización era poco menos que imposible, ahora las más avanzadas tecnologías sí lo permiten.

Y piensan bien.

Es la hora de las organizaciones distribuidas como la abogacía independiente, es la hora de las redes de pares, es la hora de las estructuras descentralizadas y es la hora de los ciudadanos y no de las corporaciones.

La tecnología para organizar grandes redes distribuidas como las de la abogacía independiente están ya a nuestra disposición y exigen esfuerzo, pero nadie prometió que fuese fácil.

Creo que podemos empezar a explorar nuevos caminos a través de esas herramientas y a mí me apetece hacerlo.

Los planes están hechos y las herramientas a punto. Si a ti te apetece intentarlo déjame un comentario, me encantará trabajar contigo.

La ilusión de la identidad

La ilusión de la identidad

En 1942 Isaac Asimov escribió sus llamadas «tres leyes de la robótica» que decían, en primer lugar, que un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. En segundo lugar que un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley; y, en tercer lugar, que un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Las leyes están bien y son ingeniosas pero, para que puedan cumplirse, es preciso antes que nada que cada robot tenga conciencia de su propia identidad, que sepa distinguirse él, como entidad, del resto.

En la naturaleza, para que opere la selección es necesario otro tanto. La madre guepardo corre y mata para alimentar a su descendencia —a la cual debe reconocer— y, para no dejarse herir por otros animales, ha de tener una idea más que clara de su identidad diferenciada respecto de todo el ecosistema.

Casi desde la vida unicelular todos los seres vivos tienden a defender su existencia y su reproducción frente a la de los demás y ese proceso de distinguir el yo de los demás sólo puede descansar sobre una premisa: la consciencia de la propia identidad.

Para fabricar un robot compatible con las normas de Asimov lo primero que hemos de crearle es una identidad pero, si hacemos eso ¿en qué será diferente de nosotros? y afirmar que nuestra identidad la ha fabricado la naturaleza ello no la dota de ningún factor trascendente que la distinga de la del robot.

Creo que fue Leibniz quien se preguntó porque hay algo en lugar de no haber nada. Yo, menos profundo, me pregunto por qué somos en lugar de no ser y sobre todo, por qué imaginamos ser nosotros cuando todo apunta a que somos sólo una ficción de la naturaleza no distinta del androide de Blade Runner que también tenía conciencia de su individualidad.

Qué es la vida, por qué y para qué la vivimos. En el fondo quizá todo sea no más que una ilusión.

Disfrutemos la borrachera mientras nos dure.

#life #humanbeings #tolive #indentity #identidad

Una cierta idea de España

Una cierta idea de España

Es famosa la forma en que Charles de Gaulle inició sus memorias afirmando: «me he hecho siempre una cierta idea de Francia».

La afirmación no puede dejar de sorprender en un hombre que, en la Primera Guerra Mundial, fue hecho prisionero en la carnicería de Verdún y que, mientras todo el ejército francés se desbandaba, contraatacaba ferozmente con su unidad blindada a las tropas de Hitler durante la segunda. Incapaz de asumir que Francia había sido derrotada marchó al exilio para proseguir la guerra y, con su obstinación, hizo a Francia un hueco entre los países vencedores.

No está mal para un hombre que sólo tenía «una cierta idea de Francia».

La historia de su país impresionaba tanto a De Gaulle que su mayor aspiración, confesaría después, era poder «prestarle señalados servicios».

Leyendo estas cosas de De Gaulle resulta imposible no preguntarse si, en España, queda algún diputado, algún ministro, algún cargo de comunidad autónoma, que tenga siquiera una «cierta idea de España» y crea que su deber sea prestarle «señalados servicios».

Es cierto que cada uno puede tener «una cierta idea de España» distinta de la de los demás —tampoco la idea de De Gaulle era compartida por todos los franceses— y puede tenerla distinta a condición de que, al menos, la tenga. Lo que no sé es si la mayoría la tienen.

Y no me refiero a ideas de España de opereta y cartón piedra, ideas de banderas y gritos viejos que, dependiendo de los colores y los gritos, hacen asociar incluso la palabra España a ideologías muy concretas.

Me refiero a una idea que, como decía Don Quijote, sepa declarar quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser; una idea donde quepan todos y nadie quede excluído, una idea que dibuje un futuro donde todos podamos soñar nuestros sueños.

Echo de menos cosas tan simples como esas, cosas comunes por las que muchos, como De Gaulle, sientan la necesidad de prestar «señalados servicios».