Dos historias de México

Dos historias de México

La historia puede escribirse de muchas formas pero ninguna suele ser neutral. Hagamos un experimento y probemos a resumir la historia de México, por ejemplo, de dos formas diferentes.

Primera. En mesoamérica existía una civilización floreciente con capital en Tenochtitlán que aún hoy día nos sorprende con sus logros pero unos europeos llegados en barco, apoyados por tribus de indígenas traidoras a su patria, cercaron y se apoderaron de Tenochtitlán acabado así con aquella civilización maravillosa.

Tras tres siglos de dominación europea en la que se exterminó a la mayor parte de la población indígena, mexicanos de verdad se levantaron contra los europeos y los expulsaron del país. Un buen ejemplo para la humanidad.

Segunda. En mesoamérica existía una civilización que sistemáticamente capturaba miembros de las tribus vecinas para asesinarlos. Hartas de la situación y aprovechando la llegada de un contingente de europeos estas tribus se liberaron del yugo azteca y atacaron su capital Tenochtitlán apoderándose de ella y librando al país de aquella tiranía.

Tras la victoria indígenas y europeos se mezclaron entre sí hasta hacer de México un país ejemplarmente mestizo donde las razas se aman y no se odian. Un buen ejemplo para la humanidad.

Un mexicano hoy puede sentirse heredero de los mexicas o asumir que es hijo de una civilización mestiza. Las consecuencias de elegir creer en uno u otro relato son decisivas no sólo para determinar cómo se relacionarán con el mundo y entre sí sino incluso su relación consigo mismos y su historia.

Por eso ten cuidado de qué libros lees y qué relatos asumes, los libros son la forma en que se programan los seres humanos. Y recuerda que donde escribí México puedes escribir España… Españoles y mexicanos no somos muy distintos y seguramente a nosotros también tratan de escribirnos una historia que nadie escribe con neutralidad.

Como a los mexicanos.

El informe forense según Platón

El informe forense según Platón

Entretengo el verano leyendo y, hoy, buscando el famoso discurso contra los libros y la escritura que hace Platón por boca de Sócrates en su diálogo «Fedro», he recordado que, antes que un tratado sobre el amor, este diálogo es más bien un tratado de retórica y crítica literaria.

Tan es así como digo que dentro del propio diálogo Sócrates nos enseña las partes que, a su juicio, deberían integrar el informe oral de un abogado en el mundo forense.

Por no contarles yo mal lo que Platón cuenta bien, les transcribo el fragmento:

«Sócrates

—Lo primero es el exordio, porque así debemos llamar el principio del discurso. ¿No es este uno de los refinamientos del arte?

Fedro

—Si, sin duda.

Sócrates

Después la narración, luego las deposiciones de los testigos, en seguida las pruebas, y por fin las presunciones. Creo que un entendido discursista, que nos ha venido de Bizancio, habla también de la confirmación y de la sub-confirmación…»

Si alguna vez, al ir a informar, has dudado sobre el orden que debes dar a tu informe una buena opción es seguir el esquema que te da Sócrates:

—Exordio
—Narración de los hechos
—Análisis de la prueba de testigos
—Análisis del resto de las pruebas
—Presunciones

Y como nos dirá más adelante en el propio diálogo, concluiremos el informe como más adelante veremos.

Ni que decir tiene que la «inventio» corre de tu cuenta y ahí habrás de demostrar tu pericia para lidiar con muchos y muy diversos factores que, por cierto, habrás de dominar antes de construir tu informe y que también enumera Sócrates en «Fedro», a saber:

—Ser capaz de conocer la verdadera naturaleza del objeto sobre el que se habla.
—Estar en disposición de dar una definición general del mismo.
—Ser capaz de distinguir los diferentes elementos que componen el caso, descendiendo hasta sus partes indivisibles.

Y cuando seas capaz de hacer lo anterior, lo que no es tarea fácil, habrás de pasar al último elemento que debes analizar: la audiencia a quien te dirigirás.

Nos dice Sócrates que, antes de confeccionar el discurso, le es necesario al que informa haber determinado la especie de discurso que es propia para «convencer a los distintos espíritus» y que, el informe, debe ser dispuesto y ordenado de manera que «ofrezca a un alma compleja discursos llenos de complejidad» y de armonía, y «a un alma sencilla discursos sencillos».

Para un profesional que informa en el foro, sea letrado o fiscal, el juez o la audiencia no son más que elementos que se deben analizar a fin de crear para ellos y sus características (no digamos en el caso del jurado donde incluso existen profesionales de informar sobre estos aspectos) el informe adecuado. Para persuadir la ley y la jurisprudencia no son más que algunas de las muchas herramientas que debe saber manejar un letrado. De hecho, si el juez o la audiencia se equivocan en la aplicación de la ley o la jurisprudencia, corregir ese error por vía de recurso es bastante más fácil que cambiar una apreciación perjudicial de los hechos para nuestra parte.

Como vemos el trabajo de un letrado en sala es ímprobo, y así lo reconoce el propio Platón que sentencia que «es imposible manejar perfectamente el arte de la palabra, ni para enseñar ni para persuadir», y esto es mucho más verdad en el caso de letrados y fiscales cuyos informes no pueden prepararse antes del desarrollo de la vista sino que deben articularse a la vista del resultado de aquella.

No recuerdo que, mientras cursé la carrera ni mientras estuve en la escuela de práctica jurídica, ningún profesor me hablase de lo que sobre retórica enseñaron Platón, Aristóteles o Cicerón. No recuerdo que nadie considerase la retórica —oral o escrita— como un capítulo fundamental de nuestra formación como letrados. Por eso, ahora que llevo bastante más de treinta años improvisando informes, redactando escritos de alegaciones y lidiando con todo lo que Platón, por boca de Sócrates, nos cuenta en Fedro, siento que me engañaron.

Y siento que me engañaron, porque estudiar leyes, jurisprudencia y doctrina es imprescindible y está bien pero, al final, donde se deciden los juicios es en el cerebro del juez que, en el fondo, es sólo nuestra audiencia (recuerda que «audiencia» viene de «oír») y no es más que uno de los muchos elementos con que los letrados debemos construir nuestro trabajo, entendiendo a nuestro cliente, gestionando sus expectativas, soportando sus frustraciones, defendiéndolo de sí mismo, preparando jurídicamente el asunto y lidiando con la prueba, la vista y el siempre difícil oyente en función de las características de cada caso.

Y todo para, al final, comprobar que tenía razón Platón y que es muy difícil hacerlo bien, que es jodidamente difícil hacerlo bien.

Abogados importantes y abogados que se dan importancia

Abogados importantes y abogados que se dan importancia

Creo que ya les he dicho en alguna ocasión que los abogados a los que admiro no miden su éxito en dinero y es por eso que, al cabo de los años, he logrado disfrutar de la amistad de algunos de ellos.

Este hombre que ven aquí, orgulloso propietario de un Citroën AX matrícula de Barcelona serie OT, es Dionisio Moreno, el abogado que en el año 2013 ganó en el TJUE la ya mítica sentencia del Caso Aziz, ese que ha permitido que los ciudadanos españoles puedan reclamar a los bancos parte de los latrocinios que estos han llevado a cabo durante años merced al uso de cláusulas abusivas en las hipotecas.

Dionisio vive en Martorell y es quizá uno de los mejores ejemplos de cómo funcionan las cosas en la abogacía y en España.

Dionisio, como pueden suponer del propietario de un coche sin aire acondicionado ni elevalunas, no es rico; tampoco es un lince a la hora de cobrar y es quizá por eso que pasear con él por Martorell suele acabarse convirtiendo en una escena de película costumbrista. Tomando un café en una terraza el camarero, por ejemplo, se sintió obligado a informarme de que «el Dioni es el mejor abogado del mundo», una persona que, a juicio del camarero, no era como los demás abogados porque «no te sacaba los cuartos». Andando por allí no era difícil encontrar un taller o una tienda cuyo nombre me sonase también de otro caso ganado en el TJUE, porque Dionisio no es que haya ganado un solo caso en el TJUE, Dionisio es, a día de hoy, el abogado que más casos ha ganado en el TJUE que conozco.

Y sin embargo…

Sin embargo, en este país donde triunfan los que se dan importancia y no los que de verdad son importantes, su colegio no se lo puso fácil; incluso cuando había que dar conferencias sobre el Caso Aziz —y se dieron muchas— Dionisio nunca era invitado de ponente; señores de traje caro y coche nuevo, sin duda, siempre han sido preferibles a un tiñalpa de Citroën AX. Ya si han ganado algún pleito en el TJUE, eso no tiene importancia.

Dionisio se ríe cuando le preguntas cuál fue la clave para poder ganar ese caso en el TJUE y responde: «la soberbia del banco». Y es verdad.

Con que el banco hubiese pagado unos pocos miles de euros a Aziz la sentencia de su caso jamás se hubiese producido y quién sabe si, incluso a día de hoy, seguiríamos siendo exprimidos por los bancos.

Pero así es la vida, al menos en España, al jefe de los servicios jurídicos de La Caixa, por ejemplo, el Consejo General del Poder Judicial lo nombró magistrado de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo (precisamente la que resuelve los asuntos hipotecarios) mientras que a Dionisio si alguien lo ha nombrado para algo ha sido para buscarle cualquier tipo de mancha con la que escarnecerle.

España es así, al que tiene se le dará y al que no tiene, a ese le darán también, pero de otra forma y por otros lados.

Y sin embargo, si hoy los españoles y españolas son algo más felices que ayer, si los bancos han de urdir todo tipo de tretas y sacar a la luz su verdadera y desalmada cara para eludir o retrasar infamemente pagos, es porque un tipo de Martorell, un tiñalpa, se fue un día a Luxemburgo en un Citroën AX matrícula de Barcelona de la serie OT a defender el caso de un inmigrante.

Si me preguntan a quién debe más la justicia, si a Dionisio o al magistrado del tribunal supremo antes letrado, creo que ni ustedes ni yo tendríamos la menor duda. Creo también que, si les pregunto quién merece más una de esas medallas, bandas, cruces y placas, que con  tanta alegría intercambian en el Consejo General de la Abogacía, tampoco usted ni yo tendríamos la menor duda.

Pero ese no es el caso en España; Dionisio, mejor dicho, las decenas de miles de Dionisios y Dionisias que en España defienden la justicia todos los días, son ajenos a toda esa faramalla de cursos, conferencias, condecoraciones y bisuterías sin valor que intercambian quienes no saben dónde se forjan de verdad las cruces.

Porque las verdaderas lecciones de derecho las imparten los buenos letrados en sala, los cursos de retórica los dan quienes de verdad saben usarla en estrados y la jurisprudencia de verdad y con mayúsculas la forjan tiñalpas como Dionisio, para que luego, gentes de traje caro y coche último modelo, la estudien y vengan a contárnosla.

Darse importancia o ser importante. Esa es la cuestión en España.







El despotismo cateto

Quizá no exista una república más igualitaria que la de los abogados y abogadas; en ella, de la primera al último de sus componentes, todos tienen una y la misma condición: son abogados. Cada uno de los abogados y abogadas que la componen son tan buenos y válidos para opinar sobre sus problemas como cualquier otro y es por eso que, el hecho de que uno de ellos pretenda tener superior cualificación para hacerlo, no es más que una confirmación de que el efecto Dunning-Kruger existe también en la abogacía.

Y si de algo entienden abogados y abogadas es de leyes, de contratos, de estatutos… por lo que el caudal de conocimientos del colectivo en este punto es enorme.

Digo esto porque en 2010, hace ya 11 años, se comenzó a redactar por parte del Consejo General de la Abogacía Española lo que se llamó el «nuevo estatuto de la abogacía», un texto que, por inexplicables razones, se redactó de espaldas a los auténticos especialistas en la redacción de normas y estatutos: los abogados y abogadas de España.

La cosa podría ser asumible si ese estatuto fuese a regular a algún colectivo ajeno a los conocimientos jurídicos, pero es que ese estatuto se dirigía a gobernar las vidas de quienes ejercían la abogacía en España, un colectivo al cual, minuciosamente, se excluyó del debate del nuevo estatuto cual si su opinión no sirviese.

Algún decano rebelde publicó el anteproyecto en la web para que, quien quisiera, formulase enmiendas que él llevaría al pleno, pero esta iniciativa fue vista como una excentricidad y, todas aquellas enmiendas que habían redactado abogados tan abogados como los miembros del Consejo, fueron rechazadas en conjunto sin ser siquiera leídas ni debatidas.

Ese «nuevo proyecto de estatuto» durmió el intranquilo sueño de los poco justos desde entonces hasta el año 2021 en que fue aprobado por un, hasta entonces, renuente gobierno luciendo todas sus galas de estatuto ya viejuno y redactado de espaldas a los profesionales de la abogacía.

Toda esta forma de actuar me recuerda que existió una vez una ideología a la que se llamó despotismo ilustrado o absolutismo ilustrado en la que, partiendo de la incultura de la masa, se trataba de reformar los países desde la razón absolutista.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, algún extraño virus debe anidar en el búnker de Recoletos para que quienes lo ocupan crean que son ellos los «ilustrados» y no otros los que entienden sobre algún tema. Iguales en esencia a cualquier otro abogado o abogada de España pareciera que la bajada al búnker produce en algunos miembros del consejo efectos taumatúrgicos y de pronto, como en un nuevo Pentecostés, comienzan a gozar de conocimientos que antes no tenían.

Hasta la aprobación en 2021del actual —y viejuno— estatuto, el Consejo General de la Abogacía Española tenía a gala saltarse el anterior e incumplía flagrantemente sus prescripciones a fin de evitar que la voz de la abogacía de a pie pudiese llegar a mayor nivel que el de las asambleas de su colegio. El Estatuto General de la Abogacía anterior garantizaba que, cada cuatro años, habría de celebrarse un Congreso que sería el principal órgano consultivo de la abogacía, sometido a un reglamento y donde podrían presentar ponencias los abogados y abogadas de España.

Obviamente el virus del búnker de Recoletos hizo que este tipo de congresos no se celebrase, que esa participación de la abogacía se cercenase, y los congresos se convirtieron en ferias de muestras —algunas vergonzantemente dedicadas a algún gran despacho de abogados— donde las editoriales exhibían sus productos y donde los adictos al régimen lucían su influencia dejándose ver en actos y saraos. Con la reforma del Estatuto, afortunadamente para ellos, ya no necesitarán infringir el Estatuto porque lo han reformado de forma que los colegiados ya no dispongan de aquel derecho que el estatuto anterior les daba. Lo de avanzar en participación y transparencia no parece ser ninguna máxima de la actual dirección del CGAE.

Las asambleas del consejo son secretas (no sea que alguien se enteren de lo que dicen allí y les pida cuentas) y tan sólo se exhiben las actas, parcialmente y censuradas, desde que algún letrado particular les puso en vergüenza ante los órganos estatales de transaparencia. Ahora quienes más dinero reciben en concepto de dietas, gastos, viajes, comidas, noches de hotel y pisitos alquilados, son quienes más fuertemente defienden que esos datos no sean conocidos por sus iguales. Son ellos mismos los que llegan a acuerdos que hacen pagar a todos los letrados por un correo que solo usa un tercio de los mismos, llegan al acuerdo pero, eso sí, lo mantienen secreto porque ¿por qué habrían de saber los letrados y letradas por qué les hacemos pagar?

Decisiones que costaron muchos millones a los letrados y letradas de este país —recuerden el cierre de LexNet abogacía (±5.000.000€) o el arrendamiento de lo que llamaron de forma tan pomposa como sietemesina «el correo de la abogacía» (±6.000.000€), entre otras— fueron tomados por un reducido número de personas cuyos conocimientos de estos asuntos eran cercanos a la nada. ¿Para qué iban a solicitar la opinión de los letrados?.

El búnker del Paseo de Recoletos (ahora Paseo de Recolectas en ingeniosa dicción de algún letrado) está narcotizado por una droga que solo conviene al pequeño núcleo que lo dirige; sería bueno que recordasen quiénes son y que no son más ni menos que los 140000 letrados y letradas que hay afuera y que, si hay profesionales que sepan, antes se encuentran entre los que están fuera que entre los que están dentro.

Luego se quejan de que, si se les censura desde fuera es «porque no comunican bien lo que se hace»; obsérvese que no se reconocen errores, sólo que se comunica mal. Y tiene gracia porque, con la de cientos de miles de euros que dedican a comunicación, muy mal deben hacerlo para haber generado una casi unanimidad exterior en cuanto a su incompetencia. Si uno mira los tuits de la presidenta o del Consejo podrá comprobar que en un 80% los retuits son de cuentas de colegios o de miembros del propio Consejo lo que ilustra en qué burbuja, en qué cámara de eco se mueven.

Es tiempo de que quienes bajan al búnker de Recolectas se vacunen de una cultura corporativa tan rancia y antidemocrática que no se aguanta un segundo más.

Afortunadamente son sólo cien personas que, aunque se gasten 11.000.000€ salidos del bolsillo de todos, no dejan de ser una minoría al lado del resto de los 140.000 abogados y abogadas ejercientes de España y no dejan de representar una forma de pensar y ejercer la representación tan rancia, absurda y periclitada que no puede sino estar condenada a la desaparición.

La red invisible

La red invisible

Recuerdo bien que, de joven, me enfadaba cada vez que oía a Juan Manuel Serrat cantar la «Elegía a Ramón Sijé» del poeta oriolano Miguel Hernández.

La versión de Serrat comienza con el recitado de lo que se supone que es la dedicatoria del poema:

«En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé «a» quien tanto quería»

Y era ese recitado y esa «a» lo que yo no soportaba de la versión de Serrat, porque Miguel Hernández no quería «a» Ramón Sijé, Miguel Hernández quería «con» Ramón Sijé y así lo escribió:

«En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé con quien tanto quería».

Los poetas miden mucho las palabras y ese «con» no es casual, pues no es lo mismo querer a alguien que querer con alguien. Si quieren puedo ponerme «moñas» y tratar de explicarles la diferencia con una de esas famosas citas apócrifas de «El Principito»: «Amor no es mirarse el uno al otro , sino mirar los dos en la misma dirección». Y es eso, solo que más resumido y mejor, lo que nos dice Miguel Hernández con ese «con»; nos dice que él y Ramón Sijé no se miraban el uno al otro, que no se querían el uno al otro, sino que miraban en la misma dirección, compartían objetivos, querían cosas en común.

Este concepto que Miguel Hernández expresa al usar el «con» es tan de honda raíz y tan antiguo que podemos encontrarlo incluso en textos de San Agustín, pero es al mismo tiempo tan moderno que es el principio que define y organiza las más avanzadas estructuras… Y yo creo en él.

Uno puede definir una organización jerárquicamente, como el ejército, como la iglesia, como los partidos políticos, como el CGAE; pero puede también definir una organización como una red de pares, una red de iguales, como una geografía sin jerarquías donde todos son al mismo tiempo clientes y servidores y es sobre esta topología de red sobre la que se han construido todos los avances tecnológicos del siglo XXI.

Sí, créame, las redes descentralizadas son hoy el paradigma del progreso y ningún fondo de inversión ni de capital riesgo financiará ninguna aventura que usted decida emprender si no empieza por decirles que su iniciativa se funda sobre un modelo de red descentralizada. Internet, el blockchain y por tanto bitcoin y el mundo cripto, las redes de pares p2p, todo esto está construido sobre redes descentralizadas y es esa la base de su éxito. Lo que ocurre es que los seres humanos interiorizamos tanto, moldeamos tanto nuestro cerebro a las topologías de red existentes que sólo somos capaces de entender y crear el mundo de esa forma.

Cuando en los primeros siglos de la iglesia se trató de imaginar el cielo lo imaginaron como una red centralizada al estilo de la corte bizantina, con su emperador y sus complicadas jerarquías de ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones… Del mismo modo, cuando en Prusia se implantó la escuela pública, la visión monarquico-militar se calcó a los colegios haciendo de ellos un trasunto de cualquier acuartelamiento militar: separación en pelotones de 40 ó 50, clasificaciones por edades y sexos, escalafones según aprovechamiento en los estudios…

Y en nuestras organizaciones políticas actuales ocurre otro tanto de lo mismo, sólo que ya, en el siglo XXI, esa organización jerárquica, radial, con un superimportante nodo central sin el cual el resto de los nodos parecen no existir comienza a echar peste y sus obras también.

No hay en una organización riqueza mayor que las personas que la componen y limitar sus capacidades de actuación a lo que quiera o no quiera el líder es tanto como mutilar toda la creatividad del grupo y podarla hasta alcanzar eñ nivel de incompetencia de su líder.

En el siglo XXI esto es inmoral.

Cuando se quieren cosas en común, cuando se comparten objetivos vitales, un hilo invisible comienza a tejer una red entre nosotros; una red tan fuerte como nuestras convicciones, una red tan poco visible como los verdaderos afectos, pero una red tan real y tan sólida como pueda serlo la más sólida de las redes. Por eso no me preocupan las jerarquías ni las organizaciones sino las convicciones y por eso me producen arcadas esas otras redes que no se apoyan sino en el ansia de notoriedad o de dinero. Eres lo que eres, vales lo que sirves, el ocupar un cargo no te hace mejor ni peor, sigues siendo el mismo o la misma aunque te autoconcedas medallas y distinciones.

Es por eso que prefiero soñar con una red invisible de gente con la que quiero cosas que una más que visible red de reparto de sinecuras, dietas y canonjías.

Creo que se me entiende.

Aversión por la filosofía

Aversión por la filosofía

Cuando el jugador de ajedrez mira al tablero todos los datos posibles están al alcance de la vista, nada se le oculta, todo es transparente, por eso, me enseñó mi padre, se le llama el noble juego.

Sin embargo todos esos datos que están a la vista del jugador son inútiles si no sabe interpretarlos, si no es capaz de imaginar situaciones futuras y valorarlas…

En la vida, como en el auedrez, disponer de datos, incluso todos los datos, no servirá más que para ganar concursos de televisión o partidas de trivial pursuit porque lo decisivo es valorar esos datos, entenderlos en conjunto y ser capaz de imaginar futuros.

Los estados y los gobiernos nos atiborran de datos y con esto nos hacen sentir informados, nos abruman con datos y con esa sensación de tenerlo todo al alcance de la mano, a la distancia de un googleo en nuestro teléfono, somos felices.

Pero los datos son inocuos si las personas son incapaces de verlos en conjuntos, de valorarlos, de entenderlos, de convertirlos, como en las combinaciones de ajedrez, en material explosivo.

Es por eso que los estados sienten, cada vez más, aversión por la filosofía.

¿En qué creen los abogados?

Hace un par de días organicé una encuesta en twitter en la que preguntaba a quién quisiera responder una pregunta relativamente simple: ¿Cuál diría que debe ser el primer objetivo de un despacho de abogados?

La pregunta tenía cuatro respuestas posibles: a) servir al cliente, b) el beneficio económico, c) defender la justicia y d) otros fines sociales.

Como pueden ver en la captura del tuit, tres de cada diez encuestados respondieron que era «el beneficio económico»; afortunadamente, siete de cada diez encuestados, respondieron marcando una cualquiera de las demás opciones, siendo la preferida el servicio al cliente que obtuvo el 43% de los votos.

Y digo afortunadamente porque ese enfoque mercantilista, que desde hace tiempo han querido dar a nuestra profesión quienes no comprenden qué tipo de abogacía ejercemos, aún no ha calado.

Hay un punto de vista que sé que comparto con muchos compañeros y compañeras de ejercicio y es que el primer objetivo del ejercicio profesional de un letrado o una letrada no puede ser nunca el propio beneficio empresarial; por encima del beneficio económico del abogado se encuentra siempre el interés del cliente y esto no necesita de demasiadas explicaciones; si el interés del letrado estuviese por encima del interés del cliente el letrado prolongaría los juicios, aceptaría soluciones sólo cuando fuesen buenas para él aunque no para el cliente, no buscaría las soluciones menos onerosas y, en general, haría todo aquello que jamás debe de hacer un letrado. 

Pero además, ese principio de que el interés del cliente es el principal objetivo del letrado tiene importantísimas consecuencias externas a la mera relación a igado-cliente.

Si el primer objetivo de un letrado fuese el beneficio económico ¿con qué derecho podría quejarse de que alguien anunciase divorcios a 50€? ¿cómo podría defender el colectivo la existencia de unos honorarios mínimos por debajo de los cuales es imposible prestar un servicio de calidad? ¿qué legitimidad tendría para solicitar un incremento de las prestaciones del turno de oficio si este sólo está sometido a las leyes de oferta y demanda?

Créanme, las mejores edtrategias exigen siempre de buenos principios y si nos empeñamos, como muchos se empeñan, en ver nuestra profesión como una mera actividad negocial nuestra forma de ejercicio estará condenada a desaparecer.

Los servicios que prestan los abogados no son servicios como cualesquiera otros ni pueden estar sometidos exclusivamente a las leyes de la oferta y la demanda como desean fervientemente la Comisión de Defensa de la Competencia y otros órganos estatales, los servicios que prestan los abogados, antes que a la obtención de un beneficio económico se dirigen a defender los intereses del cliente y luego, sí, cómo no, a obtener un legítimo ejercicio profesional. De hecho, esta primacía del interés del cliente es clave para que los derechos fundamentales de los ciudadanos y el Estado de Derecho en su conjunto puedan ser viables.

Es por eso que los servicios jurídicos precisan de una regulación propia y es por eso que el mercado de servicios jurídicos exige una regulación especial —existente en otros países— que, hasta ahora, parece no importar a ninguno de los que mandan en España ni en el gobierno ni en la organización colegial.

Creo que ese 30% de encuestados que situan al «beneficio económico» como primer objetivo de su actividad profesional o no son abogados, o no entienden su profesión, o pertenecen a uno de esos despachos/empresa que ahora se estilan, o simplemente han respondido dando por descontado el interés del cliente se ve salvaguardado por la regulación legal de nuestro ejercicio profesional. Quiero pensar en que esto último es el motivo se su respuesta porque, de otra forma, siento que serían muchos los encuestados que no entienden la función de un abogado. O al menos no la comparten conmigo y con muchos compañeros de profesión que conozco.

Mucho más interesante que ese 30% de encuestados que sitúan al beneficio económico como el objetivo primordial de un abogado son las disparidades en cuánto a las otras tres respuestas: un 43% responde que el objetivo prioritario es la defensa de los intereses del cliente, un nada despreciable 25% (uno de cada cuatro encuestados) pone por encima de las dos opciones anteriores la defensa de la justicia y un pequeño pero interesante 3% que llamaremos «abogados de ideales» estima que el objetivo son «otros fines sociales» que, la propia estructura de la encuesta, impide que sean especificados.

Digo que es mucho más interesante porque, desde antiguo, la profesión de abogado ha sido objeto de un fuerte debate ético en cuanto a su naturaleza y sus fines y, por lo que se ve en la encuesta, ese debate aún no está cerrado (al menos entre los encuestados).

En los viejos tiempos de la República Romana un abogado sólo debía defender aquello en lo que creyera; alquilar sus conocimientos y servicios al mejor postor era algo no muy distinto de lo que hacía una meretriz y resultaba, por tanto, despreciable. Nada había peor en el foro romano que ser una execrable vox mercenaria.

Han pasado más de 20 siglos desde aquello y aún hoy día es la profesión de abogado una de las que mayores problemas éticos suscita.

Acabado el día, cuando abogados y abogadas abandonan sus despachos, no es difícil verlos reunidos en algún lugar hablando de sus asuntos; la ética en las relaciones entre compañeros, la moralidad o inmoralidad de los comportamientos de otros intervinientes en la administración de justicia o incluso la poca vergüenza de sus propios clientes son, en la práctica totalidad de los casos, tema de conversación. Pareciera que ninguna otra profesión espera tanto de la moralidad ajena y, sin embargo, al final del día, ninguna parece tan frustrada con lo que ha vivido durante la jornada laboral. Sí conoce usted abogadas o abogados y les ve hablando acérquese y escúchelos, sus temas suelen ser siempre los mismos… La irremediable desvergüenza diaria de la administración de justicia que tolera que ya el primer juicio de cada mañana empiece tarde. Jueces que llegan a una vista que ellos mismos señalaron con inexplicable retraso, funcionarios que parecen no estar nunca en la oficina judicial, clientes que demandan continuos trabajos y atención pero jamás pagan… pero también compañeros y compañeras que durante las negociaciones previas al proceso o incluso durante el mismo se comportan con inaceptable falta de ética… Todo esto, claro, siempre a juicio de quien habla.

Si, las exigencias éticas de abogados y abogadas son de las más altas, pero también sus expectativas de cumplimiento se cuentan entre las más bajas. No es raro, pues, que sean tantos los abogados y abogadas que están hoy día quemados.

Personalmente nunca he visto tanto consumo de ansiolíticos entre compañeros y compañeras como ahora; afortunadamente compartimos con los trabajadores autónomos la refractariedad a las enfermedades pues, de ser funcionarios o trabajadores por cuenta ajena, las bajas por motivos psicológicos se sucederían.

Y, sin embargo, el debate sobre la naturaleza y objetivos del ejercicio profesional de los abogados subsiste, incluso entre ellos mismos.

Muchos abogados, la mayoría (un 43%) según la encuesta, piensan que su trabajo consiste en poner sus habilidades jurídicas al servicio de los objetivos del cliente, sin embargo, otro grupo menor (un 28% y en especial el 3% que marcó «otros fines sociales»), piensan que su trabajo consiste en defender unos ideales o un concepto de justicia en el que creen.

Para poder seguir estudiando el asunto y siguiendo la terminología de la doctrina norteamericana que se ha ocupado de esta cuestión (Luban, D. Lawyers and Justice: An Ethical Study. Princeton University Press. 1988) llamaremos «abogados convencionales» a los primeros y «abogados de ideales» a los segundos, sin que los nombres usados para clasificarlos supongan ninguna preferencia teórica (que los segundos sean «de ideales» en modo alguno significa que hayan de ser mejores) y hecha esta división señalemos algunas notas.

El «abogado convencional» entiende que se defiende la justicia defendiendo lo mejor posible a su cliente en el proceso; por eso en su concepción ética de la profesión no hay dificultad alguna en defender un día una postura y al siguiente la contraria, él defiende la justicia haciendo bien su trabajo y lejos de considerar esa acción falta de ética la considera un timbre de honor y motivo de orgullo, es lo que se ha llamado la moral tradicional del abogado. Si usted que lee estas lineas no lo entiende recapacite: un abogado, según esta concepción de la naturaleza y objetivos del ejercicio profesional, no debe nunca confundir su moral personal con la ética profesional, lo contrario le llevaría a dejar condenar a su cliente, en lugar de usar las herramientas que la ley le da, simplemente porque su personal criterio moral está en contra de la conducta de su cliente. Los abogados «convencionales» saben lo que hacen, créame, y no hay nada inmoral ni falto de ética en su conducta, si usted no lo ve así quizá es que no ha reflexionado lo suficiente sobre ello.

Pero no podemos negar que en el extremo diametralmemte opuesto al abogado convencional hay otro tipo de abogado, minoritario, al que se ha dado en llamar abogado de ideales.

Para un letrado de ideales es la defensa del ideal que propugna la medida del éxito, este tipo de letrados selecciona a sus clientes en función de la utilidad que sus casos puedan tener para la defensa del ideal que persigue y su interés, más que en la defensa de los objetivos del cliente, se centra en la persecución unos determinados
objetivos de naturaleza social, cultural, política, económica o incluso legal.

Este tipo de abogacía es aún extraña en España aunque ha sido perfectamente visible en momentos y casos concretos, como por ejemplo los de muchos abogados laboralistas durante el franquismo, en que su ejercicio profesional no era ajeno a una forma de activismo político; o incluso en la actualidad donde el ejercicio profesional se utiliza, a veces, como herramienta para la consecución de objetivos sociales o políticos.

La popularización y florecimiento de la abogacía de ideales (cause lawyering) ha sido principalmente un fenómeno extranjero que comenzó en los Estados Unidos en la década de los 60. Los éxitos de los movimientos de derechos civiles y el trabajo de varias organizaciones de defensa social bien establecidas como el Fondo de Defensa Legal de la NAACP, el Fondo de Defensa Ambiental, el Centro de Derechos Constitucionales y muchos otros, fueron un buen caldo de cultivo para este tipo de abogacía.

Tal y como señala Scheingold el surgimiento y popularización de la abogacía de ideales en otras partes del mundo puede atribuirse a una combinación de factores, incluida la difusión de constituciones escritas y tribunales constitucionales, los valores neoliberales que impulsan la globalización y el desarrollo de redes transnacionales de derechos humanos (Sarat y Scheingold, 2001) .

A mí todo esto me parecen afirmaciones extremistas.

Es obvio que esta distinción radical no existe en la práctica, como es obvio también que los abogados convencionales siempre han visto influida su ejecutoria profesional por los principios que defienden del mismo modo que los letrados de ideales no pueden sustraerse a la siempre inesquivable defensa de los objetivos del cliente.

La abogacía convencional siempre ha estado presente en las sociedades modernas, pero también y hasta cierto punto la abogacía de ideales. Es importante subrayar que tanto los abogados de ideales como los convencionales tienen y defienden principios éticos; los abogados convencionales no son simplemente
maximizadores cínicos de su propia riqueza y estatus y los abogados de ideales no son seres simplemente altruistas y abnegados. Cada
uno de los abogados y abogadas que componen la abogacía real se situa en el continuum existente entre los dos extremos descritos. Es
más, un determinado letrado o letrada puede ejercer convencionalmente en la mayoría de los casos para comportarse como un abogado de ideales cuando le llega un caso en el que están
involucrados principios o ideales respecto de los cuales mantiene una relación especial.

Como ven si alguna profesión se faja diariamente con un debate ético profundo y cambiante es la jurídica, cuál es la dimensión moral y ética de nuestro ejercicio, qué principios deben presidir nuestra actuación… Todo eso es un debate que, creo que se detecta fácilmente en los resultados de la pequeña encuesta realizada pero que, al mismo tiempo, ilustra bien la naturaleza profundamente moral del ejercicio profesional de la profesión de abogado; un debate que solo casa mal, muy mal, con las conductas de aquellos que, cobrando cuantiosas dietas, se niegan a dar cuenta de las mismas a quienes se las pagan.

Perdónenme, tenía que decirlo.















La Biblia y la Odisea, Moisés y Homero

La Biblia y la Odisea, Moisés y Homero

Si usted no conoce, siquiera sea superficialmente, las historias que se nos cuentan tanto en la Odisea y en La Ilíada como en el Viejo y Nuevo Testamento de La Biblia, usted, con toda probabilidad, no estará en condiciones de entender nuestra civilización occidental. Si usted entra, por ejemplo, al Museo del Prado o al Louvre sin conocer estas obras, usted no podrá comprender la mayoría de los cuadros y obras de arte que en ellos vea. Estas cuatro obras, el Viejo y Nuevo Testamento junto con La Odisea y la Iliada, son un elemento fundamental de nuestra cultura.

Y, sin embargo, siendo obras fundamentales, son muy pocas las cosas que sabemos de ellas; por ejemplo, en los dos casos ignoramos su autor.

Cualquier judío, preguntado por el autor de la Torá, responderá automáticamente que esta fue escrita por Moisés y, sin embargo (y que no se me enfade nadie) ni Moisés escribió la Torá (el Pentatéuco) ni sabemos siquiera si Moisés realmente existió.

La Biblia se nos ha enseñado desde antiguo en un formato lógico que nos hace pensar que los libros que la componen fueron escritos en el orden en que se nos presentan; que, primero, se escribió el Génesis (la creación del mundo, el diluvio, la Torre de Babel), luego en el Éxodo se nos narra cómo el pueblo de Israel se zafa de la esclavitud de Egipto y así hasta que, al final del Deuteronomio, el pueblo judío llega a las fronteras de Tierra Prometida y viéndola, pero sin poder entrar en ella por mandato de Yahweh, muere Moisés y, por tanto, deja de escribir.

Tras estos cinco libros que forman la Torá, llamados «El Pentatéuco» (los «Cinco Estuches») por los cristianos, vienen los «libros históricos», como el de Josué, Jueces, Samuel, Reyes o Crónicas, que, aunque situados en un tiempo histórico posterior al Pentatéuco (a Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), no fueron escritos tras él sino que, curiosamente, fueron escritos antes.

En realidad La Biblia (como «La Guerra de Las Galaxias») no fue escrita empezando por el primer capítulo, sino que la serie empieza en algún libro «in media res».

Otro tanto ocurre con el Nuevo Testamento, cuyo orden (Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Cartas de apóstoles —en especial Pablo— Apocalipsis…) no representa en absoluto el orden en el que fueron escritos los textos sino una ordenación hecha a posteriori por la autoridad eclesiástica atendiendo a motivos teológicos.

Pero ¿Qué pasa si leemos la Biblia no en el orden en que nos es presentada por motivos teológicos sino según la fecha en que los libros fueron escritos?

Los resultados pueden ser sorprendentes.

Los primeros libros de la Biblia en ser escritos (en torno al siglo VIII AEC) fueron, algunos salmos individuales, el de Amós, el llamado «Primer Isaías» (Isaías 1-39), Oseas, Miqueas y ya en el siglo VII, Nahum (basado en su supuesto de la caída de Tebas , algo que volveremos a ver a la hora de datar la obra de Homero) Sofonías, Habacuc, primera edición de los libros históricos de Josué, Jueces, Samuel, Reyes y el capital y por muchos modos decisivo Deuteronomio 5-26 en el reinado de Josías (649-609 AEC), si bien no completo y pendiente de revisión.

Pues bien, en ninguno de esos libros anteriores a los cuatro primeros del Pentatéuco, se menciona jamás a nadie llamado Moisés. ¿Acaso Moisés era desconocido para los primeros redactores de la Biblia? ¿No les resulta curioso?

No tan curioso, sobre todo si pensamos que los libros que componen el Pentatéuco (la Torá) se compusieron tras la vuelta del pueblo judío del exilio de Babilonia (538 AEC), unos tres siglos después de que los primeros textos de la Biblia comenzasen a ser escritos.

El pueblo judío, durante su cautiverio en Babilonia había aprendido muchas cosas. En primer lugar había aprendido un nuevo idioma, el idioma de la tierra a la que fueron llevados, Aram, de forma que olvidaron el hebreo y comenzaron a hablar en arameo, el idioma de Jesús. Es bueno que sepan que, aún a día de hoy, los habitantes de Siria llaman a su país «Aram», pues «Siria» no es más que el nombre que le dieron los griegos. Pasa como con Egipto —que es un nombre griego— pues el nombre que los egipcios daban a Egipto era «Kemet»; pero ya saben, la historia pertenece al que la cuenta.

Además del idioma el pueblo judío, en Babilonia, había aprendido una fantástica colección de historias y leyendas que, tras una generación en el exilio, pasaron, del mismo modo que la lengua aramea, a formar parte de su acervo cultural. Sin duda en Babilonia los judíos aprendieron la leyenda del nacimiento del gran rey Sargón de Akkad, el primer emperador de la historia. Esta leyenda podemos aún hoy día leerla en un texto asirio del siglo VII a.C., que se presenta como la autobiografía de Sargón, afirma que el gran rey era el hijo ilegítimo de una sacerdotisa. En el texto Sargón cuenta su nacimiento y, su primera infancia, se describe así:

«Mi madre suma sacerdotisa me concibió y en secreto me parió. Me dejó en una cesta de junco, con betún me selló la tapa. Me echó al río, que se alzó sobre mí. El río me cargó y me llevó a Akki el aguador. Akki el aguador me tomó como su hijo y me crió. Akki el aguador me nombró su jardinero. Aunque yo era un jardinero, Ishtar me concedió su amor, y durante cuatro y […] años he ejercido la monarquía.»

No me negarán que esta historia del niño recién nacido que es confiado por su madre a las aguas del río tras introducirlo en una cesta sellada con betún y que con el tiempo alcanza cargos de la máxima importancia no les suena…

Para cuando se escribió el Pentatéuco (la Torá) Moisés —si es que existió alguna vez alguien con ese nombre— llevaba muerto varios siglos, tantos como los que pueden mediar entre el hipotético episodio de la esclavitud de Egipto y el muy histórico episodio del cautiverio en Babilonia.

No, la Biblia no la escribió Moisés, ni siquiera una parte de ella, pero quizá eso no sea lo importante.

Por los mismos años que autores anónimos comenzaban a escribir la Biblia narrando cómo —en épocas remotas y que se pierden en la noche previa al siglo XIIAEC— el pueblo judío salió de la esclavitud de Egipto, en otro punto del Mediterráneo —en Grecia— alguien recogía por escrito viejos poemas que hablaban de una guerra sucedida más de cuatrocientos años antes: la Guerra de Troya.

Sí, por increíble que parezca, el Antiguo Testamento, la Biblia hebrea, la Odisea y la Iliada, son textos en cierto modo coetáneos, escritos entre los siglos VIII-VI AEC. Y quizá no sea de extrañar.

Entre los siglos XII (Guerra de Troya) y VIII (redacción probable de La Odisea y la Iliada) el Mediterráneo Oriental sufrió una convulsión brutal que borró imperios del mapa y produjo una inestabilidad tal que hizo desaparecer unas civilizaciones (como la micénica, la minóica o la hitita), casi acaba con otras (Egipto) y, en general, condujo a toda la zona a un período que la historia conoce con el expresivo nombre de los siglos oscuros.

Los responsables de tamaño caos fueron unos personajes misteriosos, los integrantes de los llamados «Pueblos del Mar».

Para las civilizaciones «griegas» la aparición de los Pueblos del Mar fue catastrófica, tanto que hasta dejaron de escribir, abandonaron su lenguaje, el «Lineal B», y no volvieron a escribir hasta el siglo VIII ya usando su adaptación del alfabeto fenicio.

Es ahora cuando, recuperada la escritura, alguien a quien la tradición llamó «Homero» puso por escrito sucesos acaecidos hacía cuatrocientos años: la Iliada y la Odisea. Pero ¿Existió de verdad Homero?

El estilo literario de la Odisea y el de la Iliada son tan diferentes que la mayoría de los estudiosos del tema aseguran que no han sido escritas por la misma persona, incluso lo poco que sabemos de Homero es tan tópico (un cantor ciego que vaga de ciudad en ciudad cantando versos) que antes parece responder a una leyenda que a una genuina realidad. Alguien sin duda escribió la Odisea y la Iliada pues no son meras recopilaciones de poemas, sino obras que obedecen a un plan literario diseñado por unas mentes preclaras, pero la identidad de sus autores, ciertamente nos es desconocida.

Moisés y Homero, la Biblia y La Odisea… pareciera que la civilización occidental nace en el mismo siglo (el siglo VIII) de la mano de dos absolutos desconocidos, dos personajes que ya poco importa si fueron reales o no pues, a estas alturas, son mucho más reales e influyentes que muchos personajes de carne y hueso.

Lo más curioso del caso es que ambos nos cuentan historias ocurridas más de cuatrocientos años antes y recibidas por tradición oral que resultan ser ciertas. La arqueología ha podido desenterrar Troya y certificar muchos de los hechos relatados en la Biblia.

¿Y por qué he escrito yo esto?

No sé, quizá para no olvidarlo o igual porque, por alguna razón, estas historias viejas me emocionan.

La creación de la borrachera

La creación de la borrachera

«Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos y llorábamos,
acordándonos de Sión.
En los sauces
colgamos nuestras arpas
y los mismos que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos con alegría, diciendo:
«Cantadnos algunos de los cánticos de Sion.»
Pero ¿Cómo podremos cantar los cánticos de Jehová en tierra de extraños?»

Salmo 137

Cuando al escriba le llegó el turno de escribir la vieja historia de Noé dejó volar su mente mientras contemplaba el lento discurrir del Eúfrates…

Noé no era judío; cuando Noé nació aún faltaban muchos siglos para que Yahweh prometiese a Abraham un pueblo, una tierra y una ley… y su historia, contada de generación en generación, tenía ahora tantas versiones diferentes entre los propios judíos que era difícil elegir una.

Los babilonios, por su parte, también contaban de formas muy diferentes la antediluviana historia de Noé en sus escritos. Las tablillas de barro babilónicas contaban la vieja historia de Ut Napistim, el hijo del rey de Shurupak, el hombre que sobrevivió a la gran inundación construyendo un arca y que, tras la misma devino inmortal al infundirle Enlil su aliento. Los habitantes de Akkad también habían contado la historia de Noé, a quien llamaron Atrahasis y aún antes que ellos, tablillas hechas con el mismo barro que dejó la gran inundación y escritas en la vieja lengua sagrada de los sumerios, contaban la historia de Ziusudra, que era la forma en que se decía Noé en aquella lengua.

El escriba consultó las tres historia y vio que eran iguales y que apenas si diferían en algunos detalles… Para unas, además de un par de animales de cada especie, el dios ordenaba a Noé llevar también semillas de las plantas de la tierra para salvarlas, para otras, además de palomas y cuervos, Noé soltaba golondrinas a fin de saber si la tierra estaba enjuta.

El escriba judío sopesó largamente la cuestión y decidió que todas las historias eran tan iguales que él debía introducir en el relato algún elelemento nuevo y diferenciador y por eso escribió que Noé, en cuanto bajó del arca e hizo los holocaustos prescritos…

«…comenzó á labrar la tierra, y plantó una viña:
Y bebió del vino, y se embriagó…»

Génesis 9, 20-21

Y así quedó definitivamente completada la creación del mundo con la invención de la cogorza a medias entre Yahweh y Noé.

Satisfecho de lo escrito el escriba se levantó y comenzó a cantar el último salmo de moda en lengua extraña…

By the rivers of Babylon

La creación del derecho procesal

La creación del derecho procesal

Cuando Yahweh vio como la tierra abría su boca para recibir la sangre de Abel y cómo su cuerpo yerto yacía sobre ella, Él ya sabía lo que había pasado. De hecho hacía eones que Yahweh sabía que esto pasaría pero no quiso acabar con Caín sin darle derecho a defenderse (Yahweh sabía que milenios después viviría Andrés de la Oliva) y fue por eso por lo que llamó a Caín a su presencia a declarar en calidad de investigado.

Y Yahweh dijo á Caín:

—¿Dónde está Abel tu hermano?

Y él respondió:

—No sé; ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?

Yahweh bien podría haber hecho caer un rayo del cielo en ese momento y partir a Caín por la mitad de coronilla a rabadilla, pero Yahweh estaba inventando el derecho procesal penal y, antes de fumigar a Caín, decidió mostrarle las pruebas que tenía contra él:

—¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama á mí desde la tierra.

La invocación del cuerpo del delito dejó a Caín sin argumentos y, para evitar el juicio y obtener los beneficios de la conformidad, confesó de plano y dijo Caín a Yahweh:

—Grande es mi iniquidad para ser perdonada.
He aquí que me echas hoy de la faz de la tierra, y de tu presencia me esconderé; y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará.

Y respondióle Jehová:

—Cierto que cualquiera que matare á Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo hiriese cualquiera que le hallara. Y salió Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al este del Edén.

Como puede verse Yahweh podría haber hecho carne picada con Caín pero prefirió darle una oportunidad de reinsertarse, inventó el registro de antecedentes penales con marca incluida y le dio una vida para arrepentirse y reinsertarse. Caín se estableció, como siglos después haría James Dean, al este del Edén.

Y Caín se hinchó a tener hijos e hijas y Adán y Eva se hincharon también a tener hijos e hijas, y aconteció que, con ser las hijas de los hombres hermosas, a los «hijos de dios» (a mí no me preguntéis quiénes eran estos, yo solo pongo lo que dice Génesis 6, 2) les dio por arrimarse a ellas y fue entoces cuando Yahweh se cogió un enfado bastante cojonudo y se tomó la justicia que no se tomó cuando lo de Caín.

Afortunadamente Noé, (hijo de Lamech, nieto de Mathusalén, bisnieto de Henoch, tataranieto de Jared, chozno de Mahalaleel, bischozno de Cainán —hijo este de Enós, nieto de Seth y bisnieto de Adán—) y… ¿Por dónde iba yo?… ¡Ah, sí! Por Noé…

Afortunadamente, Noé, (hijo de Lamech, nieto de Mathusalén… ¡déjalo ya Pepe!) digo Noé, era un tipo que trabajaba bien la madera… Porque pronto iba a necesitar toda su habilidad.

Y fue así como Yahweh inventó el derecho procesal penal.