La palmera y la sura 19

La palmera y la sura 19

Recuerdo que, de niño, cada vez que comíamos dátiles en casa, mi padre me repetía una historia a propósito del dátil y la palmera

—Pepito ¿sabes que dentro del hueso del dátil se esconde la imagen del niño Jesús?

Yo ya me conocía la historia pero antes de darme tiempo a responder mi padre ya había cogido la navaja y estaba partiendo longitudinalmente por la mitad el hueso del dátil que acaba de comerse. Tras seccionar el hueso me lo enseñaba y me decía

—¿No ves la imagen del niño Jesús?

Yo ciertamente no veía nada más que un huequecito informe pero, a lo que se ve, mis dotes para la pareidolia estaban muy por debajo de las de mi padre.

Tras aquello venía la inevitable explicación de por qué dentro del hueso del dátil estaba la imagen del niño Jesús.

—Cuando la Sagrada Familia huyó a Egipto para ponerse a salvo de las iras de Herodes hubo un momento en que los soldados que les perseguían casi les dan alcance y San José, viéndose perdido, bajó a María y al niño del pollino y trató de ocultarlos tras una palmera, pero el intento fue en vano pues la palmera era muy alta y no les ocultaba. Fue entonces cuando María pronunció la frase mágica y exclamó: «¡Oh palmera, cúbreme!» y la palmera, al instante, se dobló y bajando sus palmas ocultó a la Sagrada Familia de forma que sus perseguidores no les vieron y pasaron de largo.

Yo la historia se la había escuchado decenas de veces lo que nunca supe a ciencia cierta es dónde había aprendido mi padre aquella historia. Hoy pienso que la historia debe formar parte de algún evangelio apócrifo o de alguna versión del Auto de Reyes Magos que mi tío Juan solía organizar por navidades en la pedanía de Santiago el Mayor.

Estas historias apócrifas son más frecuentes de lo que parece y están tan arraigadas en la mente y las tradiciones que muchos cristianos las tienen por parte del evangelio o de la historia sagrada porque ¿quién no ha oído hablar de la mujer Verónica o de la crucifixión de Pedro cabeza abajo o de los padres de la Virgen María San Joaquín y Santa Ana?

¿Qué pensarían si les digo que ninguna de estas historias figuran en los textos evangélicos?

Pues no, no figuran, pero la tradición oral es tan fuerte que esas historias han llegado hasta nuestros días y podemos ver incluso pasos de la Verónica o cruces cabeza abajo representando a San Pedro cuando llega la Semana Santa.

Los cuatro evangelios canónicos son sólo una mínima parte de las múltiples historias que tenemos de la vida de Jesús de Nazaret que, si contamos evangelios apócrifos y otros textos apócrifos también, superan los 70. Muchas son las historias que se cuentan en ellos y muchas de ellas han llegado hasta la actualidad por la vía de la tradición o por conductos más inesperados como el texto sagrado de los musulmanes: el Corán.

Créanme si les digo que los cristianos (de fe o simplemente de cultura) entendemos muy mal el Corán y, lo que es peor, no hacemos el más mínimo esfuerzo por entenderlo. Debo decir que también, muchos musulmanes, tienen ideas preconcebidas y acientíficas sobre el Corán y lo entienden poco y mal. Déjenme que les ponga un ejemplo.

Por razones que se me escapan la Europa cristiana considera el Corán poco menos que como un libro que, de pronto, alguien escribió y, como por arte de birlibirloque, se expandió y difundió y dio lugar a una rápida sucesión de guerras de conquista a las que solo pusieron fin las derrotas de Poitiers o Covadonga. Segfuramente no necesitan que yo les explique que tal versión de la historia no alcanza la categoría de un cuento para niños. Esta idea de que, de pronto, un profeta llamado Mahoma escribió un libro como de la nada provocando acto seguido una conmoción religiosa de carácter mundial debe ser desterrada simplemente porque las cosas nunca son así y en el caso del Corán tampoco es así.

En este punto sería bueno que repasásemos cómo era la sociedad en la que nace el Corán y cuáles son sus antecedentes.

Lo primero que sroprenderá a los menos avisados es que el Corán es un hijo histórico de la Biblia Hebrea y de los Evangelios cristianos. Ustedes no verán, por ejemplo, que en el Corán se cuente la historia de Noé o se repitan las historias contenidas en la Biblia Hebrea. El Corán, un libro redactado en primera persona y que habla directamente al lector usando la segunda persona del singular, simplemente nos advertirá con frases del tipo «No abuses del vino, recuerda a Noé»; pero no nos contará quién es Noé pues dará por supuesto que el lector lo sabe, porque tiene un conocimiento previo del contenido de la Biblia Hebrea.

El Corán nace también en medio de esa sociedad de oriente medio en la que se estaban escribiendo esos más de setenta evangelios apócrifos de que les hablé antes y es aquí donde la historia sobre la palmera y los dátiles que me contaba mi padre me viene al pelo.

Si se toman ustedes la molestia de leer uno de los evangelios sobre la infancia de Jesús que la iglesia católica rechazó como apócrifo —el llamado «Pseudo Mateo»— verán cómo en el capítulo 20 se relata una historia bastante parecida a la que me contaba a mí mi padre:

«20 Sucedió que a los tres días de marcha, María se sintió fatigada por el calor del desierto. Vio una palmera y dijo a José: «Descansaré un poquito bajo su sombra». José la llevó rápidamente a la palmera y la hizo bajar del jumento. Una vez que se hubo sentado, mirando hacia las ramas de la palmera, vio que estaban llenas de frutos, y dijo a José: «Desearía, si es posible, tomar algún fruto de esta palmera». José le contestó: «Me sorprende que digas esto cuando ves lo alta que es esta palmera y que pienses en comer de sus frutos. Yo me preocupo más de la escasez de agua, que ya falta en los odres, y no tenemos para satisfacer nuestra sed y la de los jumentos». 2Entonces el niñito Jesús, recostado con rostro alegre en el regazo de su madre, dijo a la palmera: «Dóblate, árbol, y con tus frutos da alivio a mi madre». Inmediatamente, ante esta voz, la palmera dobló su cima hasta las plantas de María. Y recogieron de ella frutos de los que todos quedaron reconfortados. Una vez que fueron recogidos todos los frutos de la palmera, seguía inclinada esperando para levantarse que le dieran la misma orden que la había ordenado inclinarse. Entonces Jesús le dijo: «Levántate, palmera, descansa y sé compañera de mis árboles que están en el paraíso de mi Padre. Pero abre ahora desde tus raíces una vena que está escondida en la tierra para que de ella broten aguas con las que podamos saciarnos». Al punto se levantó la palmera, y empezaron a salir de sus raíces manantiales de agua limpísima, fresca y dulce por demás. Cuando vieron las fuentes de agua, se alegraron con gran alegría, y se saciaron con hombres y jumentos dando gracias a Dios».

Como ven la historia que me contaba mi padre y esta historia del Pseudo Mateo guardan algunos paralelismos que, de pronto, se volverán en sorprendente identidad si leemos los versículos (aleyas) 18 al 34 de la Sura 19 del Corán, titulada simplemente «Mariam». Leámosla:

«18.Dijo ella: «Me refugio de ti en el Compasivo. Si es que temes a Dios…» 19. Dijo él: «Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un muchacho puro». 20. Dijo ella: «¿Cómo puedo tener un muchacho si no me ha tocado mortal, ni soy una ramera?» 21. «Así será», dijo. «Tu Señor dice: ‘Es cosa fácil para Mí. Para hacer de él signo para la gente y muestra de Nuestra misericordia’. Es cosa decidida». 22. Quedó embarazada con él y se retiró con él a un lugar alejado. 23. Entonces los dolores de parto la empujaron hacia el tronco de la palmera. Dijo: «¡Ojalá hubiera muerto antes y se me hubiera olvidado del todo…!» 24. Entonces, de sus pies, le llamó: «¡No estés triste! Tu Señor ha puesto a tus pies un arroyuelo. 25. ¡Sacude hacia ti el tronco de la palmera y ésta hará caer sobre ti dátiles frescos, maduros! 26. ¡Come, pues, bebe y alégrate! Y, si ves a algún mortal, di: ‘He hecho voto de silencio al Compasivo. No voy a hablar, pues, hoy con nadie’» 27. Y vino con él a los suyos, llevándolo. Dijeron: «¡María! ¡Has hecho algo inaudito! 28. ¡Hermana de Aarón! Tu padre no era un hombre malo, ni tu madre una ramera». 29. Entonces ella se lo indicó. Dijeron: «¿Cómo vamos a hablar a uno que aún está en la cuna, a un niño?» 30. Dijo él: «Soy el siervo de Dios. Él me ha dado la Escritura y ha hecho de mí un profeta. 31. Me ha bendecido dondequiera que me encuentre y me ha ordenado la azalá y el azaque mientras viva, 32. y que sea piadoso con mi madre. No me ha hecho violento, desgraciado. 33. La paz sobre mí el día que nací, el día que muera y el día que sea resucitado a la vida». 34. Tal es Jesús, hijo de María, para decir la Verdad, de la que ellos dudan».

Como ven la historia es idéntica a la contenida en el Pseudo Mateo pero no sólo en él, el niño de tres años que habla y da respuestas sapienciales es también una imagen típica de los evangelios apócrifos.

No, el Corán no es un libro aparecido de la nada, sino que se desarrolla y se escribe dentro de un universo cultural judeo cristiano y para entender su sentido es preciso entender antes qué cultura es la que da lugar a él pues solo así entenderemos su éxito fulminante.

¿Dónde pondremos, pues, la historia que me contaba mi padre, en el Pseudo Mateo 20 o en la Sura 19 del Corán? ¿O la pondremos dentro de la ecumené que dio lugar al nacimiento de estas y muchísimas otras historias parecidas.

La historia de la formación del Corán es apasionante y si la desconocemos desconoceremos absolutamente nuestra propia historia. Les dejo, para que piensen, con una pregunta:

Si el Corán no se consolidó como texto al menos hasta el año 780 y las bases del sunismo no se consolidaron al menos hasta el año 800… ¿quiénes invadieron la península en el año 711?

Ya les adelanto que ni los paises vecinos ni ellos a sí mismos se llamaban todavía musulmanes. ¿Quiénes eran, pues, estos desconocidos?

El último defensor de Masadá

El último defensor de Masadá

El jovencito que ven en la foto se llama Matusalén, tiene unos 2000 años de edad y pertenece a una especie de palmeras extinguida hace quinientos años: la palmera de Judea.

Como bien saben en Elche la palmera puede ser la base de todo un sistema económico y la palmera de Judea era fundamental para la subsistencia de los cananeos en la época de Cristo; fue precisamente por ello por lo que los romanos se dedicaron a exterminarla minuciosamente a fin de sofocar las innumerables revueltas judías.

El último bastión judío en ser aniquilado, como todos ustedes saben, fue Masadá (¿por qué no repondrán esa maginifica serie de TV?), una fortaleza situada en una altísima meseta virtualmente inexpugnable para cuya toma, el ejército romano, hubo de construir una rampa de 100 metros de longitud que salvase un desnivel de otros 100 metros (para Jorge Campanillas un paseito en bici) por donde asaltar la fortaleza.

Tras siete meses de asedio los defensores de Masadá se suicidaron y los romanos tomaron la fortaleza cuando nada vivo quedaba allí.

¿Nada? No. Como en los viejos comics de Asterix un ser vivo judío todavía resistía al invasor: dentro de una jarra algún defensor de Masadá había guardado para el futuro unas semillas de Palmera de Judea.

En 1963 un arqueólogo —Yigael Yadin— encontró la jarra y archivó las semillas (¿cómo iban a sobrevivir 2000 años unas semillas?) hasta que, en 2005, Elaine Solowei, una botánica con más fe en la vida que Yigael, decidió plantar unas cuantas. Y, para sorpresa de todos, aquellas semillas de 2000 años, las últimas resistentes del asedio de Masadá, germinaron y de ellas nació la palmera que ven en la foto: un jovencito —era una palmera macho— al que llamaron, claro está, Matusalén.

El problema fue que Matusalén no tenía compañera y, como todo el mundo sabe, en el asunto de la reproducción un hombre solo no es capaz de hacer nada a derechas; pero, sucesivas excavaciones en Qumrán y otros lugares, trajeron a la luz nuevas semillas, varias de las cuales resultaron ser de hembras y el milagro se hizo: hoy la palmera de Judea vuelve a vivir tras haber resistido el asedio de Masadá durante más de 2000 años.

Sabemos de formas de vida capaces de viajar en meteoritos soportando las terribles condiciones del espacio exterior, conocemos pequeñas formas de vida, como los tardígrados, capaces de resistir condiciones inimaginables, y por eso, a mí, la noticia de estas semillas resistiendo milenios a un designio destructor me resulta muy inspiradora.

Tengo la intuición de que la vida es un fenómeno común en el universo y que, aunque las tremendas distancias existentes nos impidan contactar con formas de vida complejas, algún día nos encontraremos con algún tipo de forma de vida —por primitiva y simple que sea— en un entorno más o menos cercano. La ley de la evolución es implacable y sospecho que ningún ser vivo se habría adaptado a resistir viajes espaciales si tal entorno no le hubiese sido común en algún momento. Estas semillas de palmera, la última resistente de Masadá, nos cuentan con su vuelta a la vida que esta es mucho más resistente de lo que podemos llegar a pensar y que, cuando los seres humanos ya no existan, igual todavía Matusalén y sus compañeras siguen dando dátiles.