Una mentira despreciable

Desde 2012 el gobierno ha ingresado más de 1.000.000.000€ (mil millones de euros) por efecto de las tasas judiciales y ni un sólo euro ha sido destinado a justicia gratuita conforme le obligaba la ley de tasas. A pesar de ello este año seguirá sin actualizar baremos a los abogados del turno de oficio del Territorio Común (a pesar de que ha ingresado 38.000.000€ por tasas en 2017) cuando, si destinase el dinero recaudado a lo que la ley establece (justicia gratuita) simplemente podría doblar la retribución. Incluso doblando la retribución, tras 22 años de abandono, ni siquiera equipararía el territorio común a otras comunidades autónomas pues, en bastantes casos, se percibe menos de un tercio que ellas. La vergüenza y el desprecio son intolerables. ¿No les parece que es tiempo de hacer algo?

Una historia personal

Permítanme que en esta larga noche de autobús y carretera le dé una oportunidad a la nostalgia y les cuente cómo era mi vida en 1993.

Ya supongo que la mayor parte de ustedes no tienen el menor interés en escuchar viejas historias de nadie pero les ruego que tengan paciencia, al fin y al cabo son las historias de un abogado como ustedes —escribo este post para abogados y abogadas— y quizá encuentren en ellas alguna utilidad.

En 1993 yo me dedicaba al derecho de la circulación y trabajaba en un despacho en el que se defendía a varias compañías aseguradoras, los juicios de faltas y los verbales de tráfico se acumulaban y por eso no era raro que, en un día, yo pudiese celebrar cinco vistas y a veces incluso más. Estos años constituyeron una experiencia impagable para mí.

En aquellos años, en la Región de Murcia, el día de baja a consecuencia de un accidente de tráfico se pagaba a 8.000 pesetas y, si el caso era privado y no de compañía, nuestros honorarios estaban en torno al 10%; de forma que, de cada día de baja, yo sacaba unas 800 pesetillas que… que en aquellos años daban para mucho. Porque con 500 pesetas yo podía invitar a mi novia en un restaurate a comer pizza y a regarla con una botellita de vino decente y aún quedaban 300 pesetas para tomarnos un par de cubatas en algún pub no demasiado caro. Eran otros tiempos.

Las 8.000 pesetas por día de baja que se pagaban en la Región de Murcia se convertían en 10.000 si se trataba de Madrid, Barcelona, Alicante u otras poblaciones en las que los jueces juzgaban razonable elevar la indemnización pues, entonces, no había baremo y se indemnizaba cada caso individualizadamente por los jueces, práctica esta que resultaba odiosa a las aseguradoras por razones que luego veremos.

En aquella época comenzó a producirse un frenético proceso de quiebras y absorciones de compañías de seguros. Quebraron compañías como UNIAL (¿recuerdan ustedes la estafa de las cooperativas de viviendas de la UGT?), Multinacional Aseguradora, Grupo 86, Apolo… y las fusiones o absorciones se sucedieron (La Equitativa, La Unión y el Fénix, Schweiz…) y en medio de todo ese panorama el lobby de las aseguradoras presionó y presionó hasta obtener un baremo, orientativo primero y obligatorio después. La indemnización por día de baja se redujo a 3.500 pesetas y el resto de las lesiones vieron aplicar una norma uniformizadora y todo porque las aseguradoras aseguraron que sus dificultades económicas nacían de esa detestable conducta de los jueces que, según este lobby, «parecían disfrutar haciendo caridad con dinero ajeno».

Nada dijeron de la pésima gestión de riesgos cuando no de la simple caradura de sus gestores, pero lo cierto es que tuvieron éxito y, a pesar de la protesta generalizada de jueces y magistrados, impusieron su baremo. Nada dijo la abogacía a pesar de que ella y los consumidores eran los más perjudicados y a partir de ahí ya no pude comprarle una pizza a mi novia en el bar…

Traducido a euros aquellas 8.000 pesetas son los cincuenta euros que casi se corresponden a la indemnización por día de baja actual; es decir, 25 años después, los consumidores españoles han alcanzado los niveles indemnizatorios de 1993 y los abogados españoles con los 5€ que representan su 10% probablemente ahora ya ni podrían entrar en un bar.

Las aseguradoras triunfaron, su labor de lobby ha sido continua y eficaz y ha alcanzado sus objetivos máximos al ver despenalizados los accidentes de tráfico incluso en contra de la opinión de la Fiscalía General del Estado. Y, nuevamente, ni los consumidores ni la abogacía han levantado la voz (ni siquiera una ceja), es más, la abogacía se ha apresurado a considerar un logro el utilizar un sistema informático de contacto con las compañías de seguros cuyos servidores, por cierto, están en manos de las propias aseguradoras.

Los consumidores están cada vez más en manos de las aseguradoras y todo el trabajo que para los abogados suponía este campo ha desaparecido virtualmente por completo. Aquellas mañanas de juicios de faltas de tráfico en los juzgados de instrucción no parece que vayan a volver; el lobby de las aseguradoras funciona eficacísimamente, el de la abogacía simplemente no existe o incluso parece a veces que trabaja para ellas.

A los grandes no les gustan los juzgados, esos lugares donde un banco lleno de dinero y una pobre familia están a la misma altura en estrados y en condiciones procesales de igualdad; los grandes no gustan de la “judicialización” y es natural, los procesos judiciales respetan escrupulosamente la igualdad de las partes y eso resulta odioso a quienes están acostumbrados a jugar siempre con ventaja.

Consumidores y abogados estamos en niveles indemnizatorios de 1993 para que las compañías de seguros engrosen su cuenta de resultados y no contentas con ello trabajan para privarnos del acceso a ese lugar donde todos los españoles son iguales.

Esta mañana he escrito cómo los pagos a los abogados de oficio en la llamada zona ministerio no han sido modificados desde 1996, esta noche escribo como las cuantías indemnizatorias están hoy a niveles de 1993. En ambos casos los órganos institucionales de la abogacía española se han revelado absolutamente inútiles para corregir la labor de otros grupos de presión.

Pero bueno, no pasa nada, en el fondo, ya se lo dije al principio de post, todo esto que les cuento no pasa de ser una simple historia personal.

El himno de Cartagena

¿Tiene Cartagena un himno? Supongo que muchos de ustedes responderán que sí y que incluso muchos otros conocerán la letra y serán capaces de cantarlo, sobre todo los más jóvenes. Sí, sé a qué himno se refieren, se refieren a una composición que se gestó entre los años 1987-1991 (hace un par de minutos en la historia de mi ciudad) cuando el Partido Cantonal ostentaba la alcaldía de Cartagena y convocó un concurso para dotar —a mi juicio innecesariamente— de un himno a mi ciudad. Déjenme también decirles, y espero no herir sensibilidades, que el himno me parece de escasísima calidad.

Les he dicho hace apenas tres líneas que el himno me parecía absolutamente innecesario pues, hasta el momento en que el ayuntamiento diputó oficial al himno del concurso, en Cartagena nos apañábamos perfectamente sin él y teníamos lo que podríamos denominar un Himno de Cartagena «in pectore»: la marcha regular de granaderos.

Sí, con la marcha regular de granaderos abría sus emisiones la única emisora de radio de la ciudad por entonces «Radio Juventud de Cartagena», con la marcha regular de granaderos se celebraban las pocas alegrías que nos daba el «efesé» y cuando a principios de siglo se tuvo que decidir que música tocaría el carillón de nuestro espectacular ayuntamiento, se optó sin ninguna vacilación por la marcha regular de granaderos, música que aún hoy día (bien que algo desafinada) suena cada hora en la plaza del Ayuntamiento marcando el ritmo de la ciudad.

La marcha regular —o pasacalle— de granaderos de Cartagena, como el Himno de España (otra marcha granadera), no tiene letra y, como esto de las letras y de ver cantando a mucha gente junta es cosa que apasiona a los líderes políticos (supongo que porque les encanta dictarnos la letra de lo que hemos de pensar y sentir), a los cantonales que gobernaron de 1989 a 1991 les pareció mejor dotar a la ciudad de un himno cantabile de nuevo cuño que recurrir a nuestra amada y tradicional marcha regular de los granaderos de Cartagena.

Hoy he vuelto a ver a los granaderos por las calles (se acerca la semana santa y hoy tocaba a los Granaderos Californios) y he vuelto a escuchar los acordes de su marcha regular… oigan, a mí me emociona esta música ¿qué quieren que les diga?

Como siempre, al oírla, me he acordado de «El Sitio de Zaragoza», una fantasía musical en la que se mezclan todo tipo de sones militares, desde variaciones sobre la popular canción francesa «La chanson de L’Oignon» a los conocidos toques de ordenanza del ejército español, pasando por los peculiarísimos clarines de la caballería española e incluso recogiendo músicas en compás de jota debidamente adaptadas, hasta que, cerca del final y tras el toque de ordenanza que manda entrar a la música, la banda ataca las notas de lo que, casi sin duda, son variaciones sobre el primer y el segundo tema de la marcha regular de los granaderos de Cartagena (el tercer tema o «trío» no suena).

¿Cómo llegó ese tema hasta la fantasía musical del maestro Cristóbal Oudrid? ¿Fue que el músico tomó el fragmento de música militar de la realidad como hizo con el resto de la pieza o —más improbablemente— lo compuso él? ¿La marcha regular de los granaderos fue copiada por los granaderos de Cartagena o se compuso para ellos?

Es un tema abierto a la investigación aunque, dada la fecha de «Los sitios de Zaragoza» (1848) parece poco probable que podamos llegar a una solución indiscutible.

Piénsenlo y mientras tanto les dejo con una grabación de «Los sitios de Zaragoza» realizada por la Banda de Música de la Guardia Real; si son de Cartagena vayan al minuto 7:40 aproximadamente y escuchen, la música les sonará familiar.

Yo ahora me voy a escuchar cómo dan las 12 en el carillón del ayuntamiento y de paso a ver si veo pasar a los granaderos; al fin y al cabo su música es, en mi corazón y en el de muchos, el auténtico himno de nuestra ciudad.

El secreto profesional y la protección de datos de los abogados

Se acerca el 25 de mayo y el Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo de 27 de abril de 2016 relativo a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos y por el que se deroga la Directiva 95/46/CE (Reglamento general de protección de datos o RGPD) empieza a dejar sentir su alargada sombra sobre el ejercicio profesional de la abogacía.

No se asusten, no voy en este post a realizar recomendación alguna sobre el cumplimiento del Reglamento ni a amenazarles con las penas del infierno si no se apresuran a estudiar y cumplir el mismo, sólo quisiera llamar la atención de ustedes sobre la particular naturaleza de los datos que tratamos los abogados en nuestro ejercicio profesional, naturaleza particular que puede conducirnos a no considerar aplicables determinadas normas relativas a la protección de datos o a postergarlas en beneficio de otras.

Me estoy refiriendo a la distinción entre datos jurisdiccionales y no jurisdiccionales que establece la LOPJ en sus articulos 236 bis a decies y a la particular autoridad de control que corresponde a cada uno de ellos. Finalmente quisiera considerar la particular naturaleza de los datos no jurisdiccionales que, aún no aportados a un procedimiento judicial, forman parte del acervo de lo que se ha venido denominando el secreto profesional de los abogados.

Para empezar conviene recordar que La Ley Orgánica 7/2015, de 21 de julio, por la que se modifica la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, introdujo un nuevo capítulo (el «I BIS») con el título de «Protección de datos de carácter personal en el ámbito de la Administración de Justicia«, capítulo en el se que regulan importantes aspectos relativos al régimen jurídico de la información tratada por nuestros juzgados y tribunales.

A los efectos de este artículo resulta de capital importancia la distinción que efectua el artículo 236 ter. LOPJ, producto de la modificación legal antes mencionada, entre los datos tratados con fines jurisdiccionales (en adelante simplemente «datos jurisdiccionales») y los datos tratados con fines no jurisdiccionales (en adelante, simplemente, «datos no jurisdiccionales»), clasificación que se realiza tomando como criterio el hecho de que los datos se encuentren incorporados o no a los procesos de que conozcan nuestros juzgados y tribunales y cuya finalidad se relacione directamente con el ejercicio de la potestad jurisdiccional. Así lo expresa literalmente el artículo 236 ter. 1 de la LOPJ cuando dispone:

Los Tribunales podrán tratar datos de carácter personal con fines jurisdiccionales o no jurisdiccionales. En el primer caso, el tratamiento se limitará a los datos en tanto se encuentren incorporados a los procesos de que conozcan y su finalidad se relacione directamente con el ejercicio de la potestad jurisdiccional.

Pareciera, en principio, que estos datos jurisdiccionales sólo podrían encontrarse dentro de los ficheros de nuestros juzgados y tribunales; sin embargo, no cabe olvidar que, de dichos datos, tienen una copia virtualmente idéntica los profesionales que intervienen en el proceso: los abogados y procuradores de las partes. Y si esto es así, como sin duda lo es, ¿podremos sostener que los datos jurisdiccionales pìerden su carácter de tales por el mero hecho de no encontrarse albergados en los ficheros judiciales y sí en los de los profesionales que intervienen en el procedimiento?

A nuestro juicio es evidente que no y evidente también resulta que la Agencia Española de Protección de Datos no debiera ser la autoridad de control competente para los datos jurisdiccionales en poder de los abogados y procuradores, por imperativo del artículo 236.1 nonies que declara:

«1. Las competencias que la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, atribuye a la Agencia Española de Protección de Datos, serán ejercidas, respecto de los tratamientos efectuados con fines jurisdiccionales y los ficheros de esta naturaleza, por el Consejo General del Poder Judicial.»

A igual conclusión llegamos si tomamos en cuenta el RGPD, cuyos efectos sentiremos plenamente a partir del próximo 25 de mayo, pues, concordemente con lo proclamado por su considerando 20, el artículo 55.3 del Reglamento establece que

«3. Las autoridades de control no serán competentes para controlar las operaciones de tratamiento efectuadas por los tribunales en el ejercicio de su función judicial.»

Así pues, parece evidente que la Agencia Española de Protección de Datos no sería la competente para controlar este tipo de datos (probablemente mayoritarios en los despachos de abogados más habituales) quedando tan sólo bajo su competencia aquellos datos que, conforme al 236 ter. de la LOPJ, no se encuentran incorporados a los procesos judiciales y que, por tanto, denomina como datos no jurisdiccionales.

Pudiera pensarse que estos datos no jurisdiccionales son los menos valiosos o menos importantes de los tratados por los abogados en su ejercicio profesional, pero ello constituiría un grave error, pues, dentro de estos datos no incorporados a los expedientes judiciales, se encuentra también todo ese amplísimo acervo de confidencias y revelaciones que el cliente hace a su abogado y que se encuentran amparados por lo que se ha venido denominando el secreto profesional.

Ninguna mención hace de estos datos el anteproyecto de Ley de Protección de Datos ni el RGPD, pero resulta evidente que, con el resto de legislación en la mano, estos datos no sólo escaparían a la competencia inspectora de la Agencia de Protección de Datos sino también al órgano de control que establezca el Consejo General del Poder Judicial, debiendo quedar a salvo estos datos fuera de la actividad inspectora de cualquier tipo de organismo.

No, no se apresuren con sus muestras de alegría, la custodia de estos datos es, aunque aparentemente ajena a las autoridades de control, la más difícil y complicada de todas para el abogado pero, es ya tarde, es sábado por la noche, no quiero amargarles la fiesta y con estos apuntes habrá de bastar por hoy. Continuará.

Comparecencia en la Comisión de Justicia del Congreso

Ayer hube de comparecer en la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados para informar sobre determinados extremos del Anteproyecto de Ley Orgánica de Protección de Datos, consecuencia del Reglamento de Protección de Datos de la Unión Europea. Fue un honor, claro, pero también una gran responsabilidad que me causó no poca desazón. Al final este que pueden ver en el video de este post fue el resultado de la comparecencia. Para mí el resultado fue una enorme tranquilidad.

Tercer hilo, gobiernos y regiones de tercera

Esta que ven en la foto es la pomposamente llamada estación de ferrocarril de «Murcia del Carmen»; en realidad bastaría con decir «Murcia» pues, en esta ciudad, desde que cerró la estación de Caravaca, no queda más que una estación de ferrocarril: la que ven.

Les pongo en situación: Murcia es la séptima ciudad de España por población y tiene, por ejemplo, más habitantes que Bilbao, pero, a diferencia de Bilbao —o de Albacete, ciudad a la que triplica en población— la estación de «Murcia del Carmen» no pasa de ser un lamentable apeadero impropio de las necesidades de una ciudad como esta.

Dicen que ahora quieren que llegue el AVE, pero no un AVE normal como en el resto de los lugares de España, sino un AVE que utilizará estas mismas vías que ven —de ancho ibérico— y las compartirá con los mastodónticos trenes de mercancías que el Puerto de Cartagena saca diariamente a través, sí, de este mismo trazado.

Para que se hagan una idea de lo que se va a hacer tienen que imaginar que, en lugar de los cuatro carriles que ven en primer plano en la foto, habrá seis: uno de los carriles será usado por todos los trenes y el otro, opcionalmente, por AVEs o trenes de mercancías, dependiendo de si se trata de un tren de ancho de vía europeo o ibérico. Miren, casi mejor que que se hagan una idea, les pongo una foto:

Ya pueden imaginar que esto de los seis carriles (tres por vía) originará no pocos problemas pues, a poco que lo piensen, se darán cuenta de que uno de los raíles será utilizado en el 100% de las ocasiones mientras que, los otros dos, se repartirán el uso en proporciones aún por fijar, lo que determinará un desgaste diferencial de los raíles no deseable. Y, sin embargo, el anteriori es, sin duda, el menor de los males. Es el menor de los males porque el verdadero problema es que lentos y pesados trenes de mercancías (el Puerto de Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías) compartirán los raíles con trenes que pueden superar los 300 kilómetros hora. Para que se hagan una idea, un AVE puede y debe disponer en las curvas de unos peraltes más pronunciados que los de un lento tren de mercancías; un AVE puede superar desniveles que un pesado mercancías no puede atacar y, en fin, una vía para tráfico de mercancías no es el tipo de vía más aconsejable para el AVE. Si a esto unen ustedes que la existencia de tres raíles convierte los cambios de agujas en un puzzle tan poco divertido como eventualmente peligroso (vean foto) comprenderán que lo que quieren traer como AVE a la Región de Murcia no sea sino una burla más a los habitantes de esta región.

Porque, si lo que les digo es infamante para la ciudad de Murcia, en el caso de Cartagena es para declararnos independientes otra vez y pedir nuestra anexión al país más cutre del mundo; pues peor no parece que nos pueda ir.

Cartagena es el primer puerto granelero de España por tráfico de mercancías (sí, como suena) y su conexión con un trazado ferroviario adecuado es vital para su futuro y el de toda la Región y, sin embargo, el primer puerto granelero de España y una comarca con más habitantes que toda la Comunidad Autónoma de La Rioja se ven obligadas a padecer unas infraestructuras ferroviarias que no padecen lugares como, por ejemplo, Ciudad Real o Lleida, lugares respetabilísimos pero con una población y actividad muy inferior.

Lo que los sucesivos gobiernos nacionales (PP y PSOE) le están haciendo a la Región de Murcia es un insulto a las muchísimas personas que la habitan.

Dicen que no hay dinero, pero, en cambio, sí hubo dinero para hacer un AVE a Valladolid, León o Sevilla con dos plataformas, sin «terceros hilos» y sin dejar fuera de combate a un puerto (el de Cartagena) que aporta más riqueza a este país del que estos sujetos son capaces de pensar.

Felípe González era sevillano, Aznar vallisoletano y Zapatero leonés… es curioso que esos sean los destinos preferentemente fijados para los AVEs en España y que estos hayan sido sus primeros trazados; pareciera que en España los trenes se construyesen para que los gobernantes se vayan de vacaciones, Isabel II a Aranjuez y cada presidente a su pueblo. Con los kilómetros de AVE construidos, si, en lugar de unir Madrid con la periferia, se hubiesen conectado las ciudades de la costa española, el 80% de los españoles tendrían AVE en estos momentos, nuestros puertos de mar estarían funcionando a tope de sus capacidades y tendríamos un país más vertebrado y mejor preparado para enfrentar la crisis; pero no, aquí se sigue pensando con la mentalidad borbónica que obliga a unir el centro del poder político (Madrid) con los súbditos de la periferia en lugar de unir personas, zonas económicas y puntos logísticos de importancia; es decir, se sigue pensando el futuro de España con la mentalidad de un absolutista reaccionario de hace 200 años.

No es difícil entender que nos jugamos mucho en este envite y que, tanto Murcia como Cartagena, se juegan su futuro y el del resto de las ciudades de la región. Y han de saber los que nos gobiernan que esta partida no se gana cepillando el traje a sus superiores de Madrid a la espera de que estos les agracien con cualquier donativo; que esta partida no se gana manteniéndose a bien con quien les puso primeros en las listas para que saliesen y no con quienes de verdad les votaron y les colocaron donde están. Desde el AVE a Sevilla en 1992 hasta hoy han pasado 26 años de espera en esta región y 26 años son muchos para que, ahora, en lugar de recuperar los años perdidos nos traigan una infraestructura que nos condenará a un retraso secular.

Resulta incomprensible que esta región aguante tanto, que Cartagena aguante tanto, que Murcia aguante tanto, que Lorca aguante tanto, que Caravaca, Jumilla, Yecla, Cieza, Molina… aguanten tanto. Lo que le están haciendo a esta región no tiene nombre y, si lo tiene, entra en el campo del exabrupto o la injuria.

No sé si lo entienden nuestros dirigentes: ya está bien. Ya está más que bien: háganlo o —si no les dejan hacerlo— déjennos sentir que su indignación es tan sincera como la nuestra, que antes prefieren desagradar a sus jefes que a sus representados, que si sus jefes no les quieren por eso ustedes no tienen por qué guardar fidelidad alguna a sus jefes; por que, si no, sabremos que no están ustedes ahí para servirnos y eso —lo crean o no— les mandará a casa y además con oprobio. Ya está bien.

La mirada de Lavoisier

Ayer estuve hablando de mujeres con mi amigo Juan y el tema —a qué negarlo— resultó interesante. Como Juan es científico, por mi parte, no dejé pasar la ocasión para aprovecharme y meter un par de veces la cuchara en el mundo de las ciencias; en una de ellas comenté la forma en que Francia homenajeaba a sus científicos, cité a Lavoisier y cómo su nombre estaba escrito en la mismísima Torre de Eiffel para público reconocimiento. Mi amigo Juan se detuvo y me dijo:

—¿Recuerdas cómo es el retrato más popular de Lavoisier?

—Sí, le dije, (pues lo había visto hace poco en internet y es el retrato que encabeza este post)

—¿Recuerdas cómo Lavoisier parece que esté mirando a las alturas con cara de borrego degollado? (Me dijo)

—Ahora que lo dices sí, tiene esa cara.

—Sí, sí que la tiene… ¿a que no sabes qué estaba mirando?

Hube de reconocer que no y entonces mi amigo Juan volvió a hablar de mujeres y me habló de Marie-Anne Pierrete Pulze, una mujer rica, hija del concesionario de la recaudación de impuestos de París. Marie-Anne, además garantizar una dote fabulosa, dominaba varios idiomas (entre ellos el inglés y el latín) lo que le permitía estar al tanto de los últimos descubrimientos científicos en las diversas naciones de Europa. Pero no se limitaba a traducir estudios científicos, además los anotaba y por sus comentarios sabemos que era una mujer culta y que conocía perfectamente la materia que estaba traduciendo. En una época donde una hija de buena familia podía hacer poco más que tocar el piano, Marie-Anne resultaba ser una científica formidable.

Marie-Anne se acabó casando con un científico y con el dinero de su dote le acabó montando un laboratorio con los últimos aparatos del momento. Le tradujo y le comentó libros que él era incapaz de entender y dicen las fuentes históricas que «le ayudó» en sus investigaciones científicas.

Probablemente su marido no tendría más remedio que admirarla, reconocerla y amarla con ese amor que hace que los hombres miren a las mujeres con cara de cordero degollado, que es, precisamente, como mira Lavoisier a Marie-Anne en el cuadro del cual, el retrato del científico, es sólo un fragmento.

Eso sí, el nombre de ella no está en la Torre de Eiffel.

Rojos como las ñoras

Rojos como las ñoras

Hoy he entrado a comprar hierbas para infusión en una de esas tiendas clásicas de toda la vida y de las que, por desgracia, cada vez quedan menos. La tienda se rotula como «La casa de las especias» aunque todo el mundo la conoce en Cartagena, simplemente, como «la tienda de Joaquín Boj». Mientras la señora que atendía el mostrador buscaba las hierbas que le he pedido me he entretenido fotografiando el local, he reparado en este racimo de ñoras que cuelga del techo y he sentido la necesidad de fotografiarlo.

La ñora es tan consustancial a la Región de Murcia como los grelos a Galicia o los espárragos a Navarra y la relación de esta región con ella, con la ñora, se remonta hasta los primeros tiempos de su llegada a España pues, han de saber ustedes, que hasta que Colón no descubrió América en Europa no se conocía la ñora, con los evidentes perjuicios que esto producía, pues los Calderos de Cartagena, del Mar Menor o de Cabo de Palos, por ejemplo, no quedaban como dios manda ni de sabor, ni de color, ni de olor.

Fue Colón quien trajo a España las primeras semillas de «Capsicum Annuum» (o «pimiento de bola» que es como se le conoce por aquí) y las depositó en el monasterio de la Virgen de Guadalupe, lugar desde el que pasaron al Monasterio de Yuste, donde se aclimataron al clima peninsular. El monasterio de los Jerónimos de Yuste decidió entonces compartir su descubrimiento culinario con sus hermanos del monasterio de Los Jerónimos de la pedanía de La Ñora, cerca de la ciudad de Murcia, lugar que dio nombre por estas tierras al «Capsicum Annuum» pues han de saber ustedes que, a este tipo de pimientos, en esta región, o se le llama «pimiento de bola» o, de forma mucho más simple y popular, «ñoras». Tanta relación tienen las ñoras con la ciudad de Murcia que al equipo de fútbol de la ciudad se le conoce como el «equipo pimentonero» porque de la ñora se extraía un otrora excelso pimentón que se molía en los molinos del río tal y como recuerda perfectamente mi padre que, tras tener que huir con su familia de Cartagena debido a los bombardeos terribles de la Guerra Civil, estuvo trabajando como peón en esos molinos.

Mucha ñora, mucho conjunto pimentonero, mucho monasterio de los Jerónimos, mucho caldero donde la ñora es imprescindible, muchos bares y restaurantes decorados con ristras de ñoras y ¿al final qué?

Pues al final «ná de ná», porque la gente del negocio del pimentón, secular en la ciudad de Murcia, no se puso de acuerdo para siquiera crear una denominación de origen ni potenciar un producto de excelente calidad y que resulta imprescindible en la gastronomía del sureste.

La Región de Murcia es una región imaginativa, creadora, innovadora pero… pero con un complejo de inferioridad irritante. Permítanme que excluya a mi ciudad de ese complejo, pues mis paisanos se consideran poco menos que descendientes de Aníbal y a amor propio no les gana ni un francés cantando «La Marsellesa». Tenemos un malísimo concepto de nuestra propia Región, asumimos como normal que aquí llegue un AVE tercermundista y con tercer hilo mientras a lugares como Palencia llega un AVE moderno, con dos plataformas y magníficas infraestructuras. Nos parece natural que no tengamos conexión ferroviaria con Almería, damos por hecho que, aunque esta Región tenga casi la misma población que las tres provincias vascongadas juntas, tengamos mucho menos peso político que ellas; tenemos una nula influencia en la política nacional y no parece que hagamos nada por solventarlo. Miren, la ciudad de Murcia es la séptima ciudad de España en población por delante de lugares como Bilbao; Cartagena tiene sola más habitantes que la practica totalidad de las capitales de provincia de Castilla La Mancha o Castilla y León (incluso más que provincias enteras) y mi Colegio de Abogados cuida de más personas que toda la población de la Comunidad Autónoma de La Rioja, por ejemplo. Y, sin embargo, ni los habitantes de Cartagena tienen los mismos servicios que los de La Rioja ni, por supuesto, los de la ciudad de Murcia se acercan ni de lejos a los de Bilbao.

No sé cómo he saltado de las ñoras al complejo de inferioridad que arrastra esta región, no lo sé, pero no siento que sea erróneo nada de lo que digo y la culpa no es sólo de nuestros dirigentes, sino de nosotros mismos.

En fin, a dios gracias y a pesar de todos los males, la ñora sigue existiendo para dar sabor a los calderos que se hacen en la costa de Cartagena y a muchos otros platos sin los que no entenderíamos el sureste de España. El resto es tan solo una falta de orgullo y amor propio que debería avergonzar a nuestros políticos y ponerlos rojos. Como las ñoras.

Los pactos son para cumplirlos

Desde que, en 1985, el PSOE decidiese que la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial se llevaría a cabo por políticos y no por jueces hasta que, en 2013, el PP dejó a su particular y exclusivo gusto el sistema de elección por medio del incalificable Gallardón, los organismos europeos encargados de vigilar la corrupción en los estados miembros han venido denunciando la situación en que se encuentra el gobierno de los jueces en España y el riesgo que ello conlleva para la independencia judicial.

A los sucesivos gobiernos de PP y PSOE estas críticas les han merecido la misma atención que parece haberles merecido la mejora de la administración de justicia; es decir, ninguna. Es natural, los dos grandes partidos parecen haber dedicado más esfuerzos a controlar la justicia que a fortalecerla, pues su relación con ella ha estado más veces vinculada a mediáticos procesos por corrupción que a avances reales y tangibles en la administración de justicia española.

La aparición de nuevos partidos sin el largo historial de procesos por corrupción que soportaban los dos grandes partidos tradicionales pareció abrir vías para un nuevo replanteamiento del tema pero, la inestabilidad política de los últimos tiempos, dificultó la aparición de ninguna iniciativa novedosa; sin embargo, ahora es el momento.

Ahora es el momento porque nuevamente el informe GRECO (Grupo de Estados contra la Corrupción) ha sido durísimo en relación a la lucha contra la corrupción en España y ha señalado la forma de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial como uno de los puntos que deben ser corregidos para adaptarlos a las recomendaciones europeas y —añado yo— al espíritu y letra de nuestra Constitución.

Ahora es el momento porque nuevamente PP y PSOE han vuelto a cerrar filas para que todo permanezca igual y ahora es el momento porque tanto Ciudadanos como Podemos no tienen nada que perder y sí mucho que ganar impidiendo que este inicuo sistema de elección del CGPJ se mantenga.

Ciudadanos, además, se juega ante la comunidad jurídica toda su credibilidad. Recordemos que, cuando Ciudadanos decidió apoyar la investidura de Rajoy, firmó con el partido del gobierno, el PP, un catálogo de 150 medidas una de las cuales, la medida 102, se pronunciaba específicamente sobre esta materia y contenía un compromiso claro y concreto:

  1. Impulsar, desde el necesario consenso parlamentario, la reforma del régimen de elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial para que los doce de procedencia judicial sean elegidos directamente por los Jueces y Magistrados.

No caben componendas para Ciudadanos: o exige al PP el cumplimiento de este punto o tendremos que sospechar que su aparente compromiso contra la corrupción no pasa de ser una pose ajena a medidas estructurales.

Es, pues, el momento de cumplir con la palabra dada, es momento de demostrar que los acuerdos no son meras coartadas para engañar al electorado. PP y Ciudadanos se comprometieron a algo que deben llevar a cabo; el PP porque, tras los nefastos mandatos de Gallardón y Catalá, debería hacer algo más que simplemente estropear nuestra administración de justicia; Ciudadanos para acreditar que las viejas maneras no caben en los nuevos partidos y que ahora, sorprendentemente, los partidos tratan de cumplir sus compromisos.

¿Son ustedes optimistas al respecto? ¿Creen que estos partidos cumplirán sus compromisos? Hagan sus apuestas y en unos meses lo comentamos.

Cartagena, la cuestión del «filioque» y la guerra serbo-croata

Hace unas semanas visitaron mi ciudad un abogado madrileño, su mujer y su bebé; no les conocía, pero, como él me pidió a través de internet que le sugiriese un hotel en mi ciudad, acabamos entablando conversación y el final de la historia fue que les hice de cicerone durante su visita. De las muchas extravagancias que les conté a propósito de mi ciudad, una acabó sorprendiéndome incluso a mí mismo mientras la contaba y me dejó cavilando sobre la conveniencia de poner freno a esta manía mía de relacionar unas cosas con las otras con fundamento en coincidencias cuya conexión está traída por los pelos. Les cuento el caso.

Ocurre que a mí uno de los periodos históricos de mi ciudad que más me atraen es el correspondiente a la dominación bizantina, pues, el mismo, me permite al mismo tiempo darle lustre a mi ciudad y aturdir a mis incautos oyentes con una barahúnda de datos que —por ser raros y poco conocidos— no admiten réplica de su parte. Permítanme que ahora se lo cuente a ustedes.

En el siglo VI la práctica totalidad de la península ibérica estaba gobernada por pueblos bárbaros como suevos o visigodos; sin embargo, en mi ciudad, éramos mucho más finos y exquisitos pues, desde Justiniano, mi ciudad formaba parte del Imperio Romano —el llamado Imperio Bizantino— con capital en Constantinopla. Mi ciudad formaba parte organizativamente de lo que los bizantinos llamaron la provincia de «Spania» y era, a la sazón, su capital; es decir, en el siglo VI mi ciudad era la capital de «Spania», cosa que suele dejar bastante sorprendidos a mis desprevenidos oyentes pues «Spania», «Spain», «Spanja»… es la forma con que se conoce a España en la mayor parte de los idiomas del mundo. La vieja «Hispania» pasó a llamarse «Spania» en la epigrafía bizantina y la palabra «España» empezó a oírse sobre la faz de la tierra. Esto, para ingleses, alemanes y otros pueblos centroeuropeos se les aparece como evidente.

Una vez que he puesto a mis oyentes —y ahora a mis lectores— en el contexto histórico adecuado, señalándoles que en el siglo VI, nosotros, los cartageneros o cartagineses, éramos bizantinos y el resto de los españoles —ustedes me perdonarán— bárbaros del norte o súbditos de ellos, suelo relatar cuál era el grave problema de orden religioso que aquejaba entonces a los hispanorromanos dominados por los visigodos y este no era otro que el que estos últimos, profesaban la herejía arriana.

La herejía arriana había sido condenada por la ortodoxia cristiana casi dos siglos antes en el Concilio de Nicea, pero los visigodos habían abrazado tan fuertemente los preceptos de dicha herejía, que seguían ateniéndose a la misma e incluso tenían su propia jerarquía eclesiástica arriana y sus obispos arrianos. Estas creencias de los visigodos suponían una causa importante de enfrentamientos con los hispanorromanos que habitaban las zonas dominadas por estos visigodos.

Todo esto es bastante conocido pero ¿qué era la herejía arriana y que pinta Cartagena en esta historia? Vayamos poco a poco y veámoslo.

La naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— siempre ha sido fuente de problemas teológicos y en el caso de la herejía arriana pasaba lo mismo. Para los arrianos, los seguidores de la doctrina del obispo Arrio, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había sido creado por el Padre y por tanto estaba subordinado a Él. La cristología arriana sostenía que el Hijo de Dios no existió siempre, sino que fue creado por Dios Padre. Esta creencia se basaba, entre otros textos bíblicos, en un párrafo del Evangelio según San Juan donde Jesús declara:

Oyeron que yo les dije: “Voy y vuelvo a ustedes”. Si me amaran se gozarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Evangelio según san Juan 14:28 (Versión Reina Valera, actualizada 2015)

Las enseñanzas de Arrio hicieron furor en algunos momentos y aunque en el Concilio de Nicea (325EC) su doctrina fue condenada como herética, más tarde el Sínodo de Tiro 335 le exculpó, aunque volvió a ser anatematizado más tarde y en el Primer Concilio de Constantinopla se volvió a condenar su doctrina como herética.

Para cuando ocurrieron los hechos que les voy a relatar la doctrina de Arrio ya era claramente una herejía que tan sólo seguían facciones minoritarias de los creyentes aunque una de estas facciones, por desgracia, eran los visigodos, pueblo bárbaro que dominaba la península ibérica a excepción de la franja de territorio bizantino de la provincia de Spania.

Todos esos follones entre cristianos ortodoxos y herejes arrianos no eran cosa que preocupase en la Spania bizantina, pues, por aquí, la ortodoxia imperaba y a nadie se le ocurría defender la nefanda herejía de Arrio, so pena de que las autoridades imperiales le ajustasen las cuentas, porque, en cuestiones teológicas, los bizantinos tenían muy poco sentido del humor.

En estos años de que les hablo nacieron aquí, en mi tierra, los santos con más tronío de la historia sagrada española pues, hijos del Duque Severiano y de su esposa Teodora, vinieron al mundo en nuestra ciudad cuatro zagales cartagospartarios que habrían de cambiar la historia del mundo: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro, los llamados «Cuatro Santos de Cartagena».

La historia de esta familia es oscura pues, por motivos no esclarecidos, los hijos y su madre hubieron de abandonar Cartago Spartaria (mi ciudad) marchando a Sevilla, donde se instalaron. La fama debía precederles pues, nada más llegar, los hispalenses hicieron al hermano mayor (Leandro) obispo de Sevilla, lo cual resulta verdaderamente llamativo; más tarde, Fulgencio, sería nombrado obispo de Écija y, a la muerte de Leandro, le sucedería como Obispo de Sevilla su hermano menor Isidoro —sí, Isidoro de Sevilla era cartagenero— mientras que la hermana, Florentina, fundó un convento.

A nosotros en esta historia nos interesa la vida de Leandro pues, este hombre sabio, viendo que los reyes visigodos yacían en el piélago de la ignorancia herética, hizo firme propósito de hacerles abjurar de ella y convertirlos al cristianismo verdadero y como dios manda; sobre todo porque, con los rifirrafes que provocaban las diferencias religiosas entre hispanorromanos y visigodos, andaba el regnumvisigothorum revuelto, mientras los bizantinos estaban tan felices dominando el sureste de Spania y tomando a los belicosos godos a mojiganga.

Leandro, que como buen cartaginés era obstinado, se las arregló para convencer al rey visigodo y a toda su corte para que abjuraran del arrianismo y abrazaran el cristianismo cabal y neto, cosa que hicieron para felicidad del santo y de los habitantes del reino pero, como Leandro no las tenía todas consigo debido a la sequedad de mollera de estos visigodos a quienes los libros de mi infancia encuadraban entre los llamados «bárbaros del norte», decidió ir un paso más allá y aclarar de una vez por todas los líos con el asunto de la Trinidad.

El quid estaba en que aunque el Hijo es Hijo del Padre, ambos son eternos (según el dogma Trinitario de la Santa Madre Iglesia) y por ser Hijo no quiere decir que no sea Dios también y tan eterno como el Padre (¿un buen follón, eh?). Y si la cosa es complicada con el Hijo ni les cuento con el Espíritu Santo, porque este procede del Padre según el credo de Nicea, aunque sea tan eterno como la persona de quien procede.

Repasemos: si es usted creyente sin duda recuerda el credo y el fragmento que dice:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

Bueno, pues a Leandro la cosa no le parecía lo suficientemente bien explicada y, para que quedase claro que tampoco el Espíritu Santo era anterior en el tiempo al Hijo ni viceversa, decidió añadir una sola palabra al credo en uno de esos concilios que los visigodos hacían en Toledo. La palabra que Leandro añadió al credo fue filioque que traducido del latín significa «y del hijo» y fue ahí cuando se juntó Roma con Santiago y se montó la de Dios es Cristo y aún hoy arrastramos ese follón como verán si tienen la paciencia de seguir leyendo.

Porque Carlomagno, que quería ser más emperador que el verdadero emperador (el del imperio romano con capital en Constantinopla), sugirió al Papa que tuviese por hereje al emperador de Constantinopla. Cuando el Papa, sorprendido, le preguntó al godo ese que por qué, este le respondió que el emperador constantinopolitano rezaba un credo incorrecto y adujo como correcta la redacción del credo según el concilio de Toledo con la palabrita añadida por Leandro, es decir, añadiendo filioque (y del hijo) al credo de Nicea, de forma que la redacción quedaba en:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

El Papa se echó las manos a la tiara y le dijo al godo que era un burro, que lo del «y del hijo» era una expresión explicativa pero que el verdadero credo de Nicea no incorporaba tal palabra. El Papa, además, mandó clavar el credo de Nicea en su sede romana y cuentan que el hombre se tomó muy a mal la ocurrencia del emperador godo. Pero, como los godos, además de burros, eran bastante bestias, acabaron explicándole al Papa que él tendría razón teológica pero que ellos tenían unas espadas de acero del Ruhr que quitaban el hipo a los Santos Padres y que se dejase de follones trinitarios y rezase como ordenaba Leandro… y ahí comenzó la división entre católicos apostólicos romanos (los frecuentes en España, los del Papa) y los católicos apostólicos ortodoxos (los griegos, búlgaros, rumanos, rusos…) quienes nunca olvidaron que el Papa se equivocó en el asunto del filioque y le negaron toda infalibilidad por rezar un credo herético aparte de explicarle que para infalibles ellos y sus patriarcas que eran más conciliares y más demócratas que el Papa.

Lo de poner una palabra más o menos en el credo puede parecer una gilipollez, pero lo cierto es que esa palabra ha dado lugar a no pocas guerras y ha animado a matarse a los hombres con sorprendente solvencia. La última de estas guerras fue la que enfrentó a serbios (ortodoxos) y a croatas (romanos) pues, aunque la religión no fue la causa de la matanza, tampoco fue motivo para reconciliarse entre hermanos, pues, esto de profesar religiones distintas (aunque solo sea por una palabra), ha demostrado a lo largo de la historia ser una magnífica coartada para criminales y asesinos disfrazados de soldados.

Bueno, pues ya ven, que empecé con Carthago Spartaria y acabé en la guerra de los Balcanes. Llegados a este punto mis invitados me miraban con estupor y yo mismo andaba pensando «¿no habrás llegado demasiado lejos, Pepe Muelas?»…

He reflexionado unas semanas sobre el asunto, he hecho examen de conciencia y, movido de un sincero propósito de enmienda, prometo no volver a repetir semejante fechoría si usted viene por Cartagena de forma que, si me asalta la tentación, me limitaré a pasarle a usted el link a este post que he escrito como penitencia y ya decide usted mismo si le importa mucho, poco o nada, toda esta historia de credos, filioques, papas romanos y biblias en pasta.

Yo ya lo he dejado aquí escrito, no lo repetiré más, todo sea por la ortodoxia carthaginesa.