Látex y los escritos judiciales

Los intentos de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de normalizar los escritos judiciales sugieren —permítaseme decirlo— un profundo desconocimiento de los magistrados tipógrafos de los recursos que ofrece la informática en este campo.

Hoy quisiera hablarles de LaTeX, un sistema de composición de textos, orientado a la creación de documentos escritos que exijan una alta calidad tipográfica. Por sus características y posibilidades, es usado de forma especialmente intensa en la generación de artículos y libros científicos que incluyen, entre otros elementos o expresiones matemáticas.

LaTeX en principio puede resultar intimidatorio para un jurista pero, una vez aprendidos unos mínimos rudimentos, sus ventajas en la composición de textos son evidentes.

Una de las ventajas de LaTeX es que la salida que ofrece es siempre la misma, con independencia del dispositivo (ordenador, impresora, pantalla, etc.) o el sistema operativo (MS Windows, MacOS, Unix, distribuciones GNU/Linux, etc.) y puede ser exportado a partir de una misma fuente a numerosos formatos tales como Postscript, PDF, SGML, HTML, RTF, etc. Por tanto, si lo que querían los magistrados tipógrafos era uniformizar los escritos, generar una plantilla de documentos judiciales en LaTeX era una opción a considerar.

Sí, se que ellos mismos se sentirían intimidados por LaTeX y renuentes abandonar su omnipresente «Word», pero LaTeX es una opción usada por todas las universidades del mundo dado que ofrece las mejores calidades de impresión y la garantía de que todos los documentos presentados estarán absolutamente normalizados.

Una salida típica de LaTeX la muestran las siguientes imágenes

Lo mejor es que, una vez definida la plantilla o la «clase» del documento, todos los escritos presentados por cualquier persona desde cualquier ordenador y con cualquier sistema operativo tendrán SIEMPRE el mismo aspecto; y no solo eso, las citas y reseñas bibliográficas, jurisprudenciales, los índices, los pies de página, todo, absolutamente todo, estará normalizado.

El mundo, no obstante, no es perfecto y LaTeX es bastante más complicado de utilizar (no tanto en realidad) que otros procesadores. Desde luego si uno considera que una página escrita en LaTeX tiene el aspecto que se ve en la ilustración siguiente puede sentirse alarmado

Pero les garantizo que, en realidad, establecida una plantilla —y eso es cuanto se necesita para escritos judiciales— el resto es coser y cantar.

En fin, el objeto de este post no es convencerles para que usen LaTeX (les aseguro que serían unos usuarios felices) sino simplemente que conozcan otras opciones distintas al inevitable «Word», en este caso la opción de más calidad aunque quizá más compleja. Otro día les hablo de LibreOffice, un procesador que todos, y esta vez sin excusas de complejidad, debiéramos utilizar.

Luna de Abril

La influencia de la luna es poderosa. Ayer me preguntó un amigo que por qué la Feria de Abril suele caer en mayo y no tuve otro remedio que contarle que todo es culpa de la luna.

Sí, el poderoso influjo de la luna se deja sentir en muchas de nuestras actividades, llegando en la Andalucía Occidental a sus extremos más delirantes, veamos.

La Pascua Judía se celebraba en el primer mes de su calendario, el mes llamado de Nisán, que comenzaba indefectiblemente con la primavera (el equinoccio de primavera) y, catorce días después de iniciado el mes, tenía lugar la cena que dio lugar a la Santa Cena que se celebra anualmente con procesiones en lo que llamamos Semana Santa.

Pues bien, bajo la dirección del cordobés Osio (a los andaluces la cosa de la Semana Santa siempre les preocupó mucho) en el año 325 se reunió en Anatolia el Concilio de Nicea y allí, además de fijar el credo cristiano con todas las verdades de fe que aún día se rezan en las iglesias, se fijó también la fecha de la Semana Santa que, para que coincidiese con las fechas judías de Nisán pero sin confundirse con la Pascua Judía, debería ser en primavera pero con complejas condiciones; de forma que se decidió que sería Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera.

Si ustedes se fijan en Semana Santa siempre hay luna llena y eso no es casual, la sagacidad del cordobés Osio procuró que esa semana la Luna de Nisán estuviese en lo alto. Hoy, que tenemos iluminación eléctrica por todas partes, nos parece una tontería; pero para un pastor o un agricultor del siglo IV no era lo mismo andar por la noche bajo el claro de luna que andar a tientas en la luna nueva. Además, no me cabe duda, Osio previó que el Barrio de San Agustín, con luna llena, quedaría mucho más bonito para ver procesionar a Las Angustias. Muchas ciudades andaluzas, de España y del mundo se beneficiaron del ojo clínico de Osio.

Pues bien, si es Domingo de Resurrección el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera, ya tenemos fijado el calendario de medio año para un andaluz, sobre todo si es de Andalucía la Baja.

Porque la semana anterior a ese domingo de luna llena será Semana Santa, los cuarenta días anteriores serán Cuaresma, y la semana anterior a esos cuarenta días de Cuaresma será Carnaval (hay quien dice que Cádiz no tiene feria). La cosa también funciona a partir de la semana santa pues, una semana después de Semana Santa, será la Feria de Abril y cincuenta días después de Semana Santa será Pentecostés y, por tanto, la Romería del Rocío, Lunes de Pentecostés, que este año se irá al 9-10 de junio.

Como ven, seis meses del calendario los gobierna la caprichosa Luna de Nisán, y digo caprichosa porque, como esta luna llena puede producirse entre el 22 de marzo y el 25 de abril, todas las fechas antes mencionadas varían de año a año en mas/menos un mes según el capricho de la luna.

Eso sí, basta con hacer un pequeño cálculo estadístico para saber que la Feria de Abril de Sevilla tan sólo en menos de un 10% de los casos empieza en mayo, por lo que no hay razón para preocuparse por su nombre.

Y ahora debo decir que, aunque yo soy más carnavalesco que feriante y más de alegrías que de sevillanas, con gusto me tomaría un oloroso en la Capital del Mundo una noche de feria.

Ea, disfruten.

El sedicente congreso de la abogacía

El Estatuto General de la Abogacía Española dedica su Título VII a
regular el Congreso Nacional de la Abogacía Española y lo hace,
literalmente, de este modo:

TÍTULO VII

El Congreso Nacional de la Abogacía Española

Artículo 76

1 El Congreso Nacional de la Abogacía Española es su suprema instancia consultiva y las conclusiones tendrán carácter orientador para los órganos corporativos de la misma.

2 El Congreso Nacional será convocado por el Consejo General de la Abogacía, al menos una vez cada cinco años.

Artículo 77.

1 El Reglamento del Congreso Nacional, que determinará la forma de composición del Congreso, será aprobado por el Consejo General y será remitido a los Colegios con la convocatoria.

2 En la elaboración del Proyecto de Reglamento, el Consejo General
de la Abogacía lo enviará a las Juntas de Gobierno de los Colegios para que, en plazo de treinta días, formulen sugerencias o enmiendas, que serán debatidas por el Pleno del Consejo General al aprobar dicho Reglamento.

Pues bien, esta semana comenzará en Valladolid, organizado por el Consejo
General de la Abogacía Española, el autodenominado XII Congreso Nacional de la Abogacía, congreso que, como podrán comprobar con la mera lectura de sus programas, nada tiene que ver con el Congreso que, legalmente, diseña el Estatuto General de la Abogacía Española.

Este Congreso de Valladolid —como los anteriores desde aproximadamente 2007— nada tiene que ver con un Congreso consultivo donde abogados y abogadas expresen su parecer y lleguen a acuerdos
sobre temas previamente fijados; este congreso, por el contrario, no es más que una especie de feria de muestras o curso festivo de formación en donde la palabra de la abogacía no tiene la más mínima cabida.

Los Congresos de la Abogacía fueron una herramienta importante en manos de la abogacía, herramienta que la actual dirección del Consejo ha decidido desactivar no sabemos en servicio de qué o quién pero desde luego no en servicio de la abogacía y si, para desactivarla, ha de vulnerar la letra del Estatuto General, como ven, no experimentan problema alguno al hacerlo.

Para sumir en el oprobio a quienes han decidido desactivar el carácter deliberante de los Congresos nos basta recordar el IV Congreso, celebrado en León en 1970 y que es recordado como el “Congreso de la Ruptura”, pues la Abogacía decidió abrir sus puertas a la sociedad comprometiéndose a modernizar sus estructuras, haciendo especial hincapié en la defensa de los derechos humanos y las libertades de todos los ciudadanos, estableciendo además, los cimientos del Estatuto General de la Abogacía de 1982.

En pleno régimen franquista la abogacía levantó su voz en defensa de la democracia para honra de esta profesión, eran otros tiempos y sin duda otros dirigentes hechos de una pasta muy distinta de los que tenemos ahora.

La siguiente cita —así lo cuenta el propio CGAE— tuvo lugar en 1989 en Palma de Mallorca, donde se certificó un cambio en las estructuras colegiales; a la que siguió A Coruña en 1995, donde se tomaron numerosos acuerdos en relación a la Ley de Asistencia Jurídica Gratuita que se aprobó en 1996 y donde además se acordó celebrar un Congreso cada cuatro años. En 1999, Sevilla, el último Congreso del milenio, fijó los cimientos de la Ley de Acceso a la Abogacía.

Como pueden ver ninguno de esos Congresos sería posible hoy día porque la actual dirección del CGAE ha preferido incumplir el Estatuto General de la Abogacía que dar la palabra a sus abogados y abogadas.

Este sedicente congreso de la abogacía que va a tener lugar en Valladolid tendrá monologuistas, saraos, cenas de despedida, cursos y conferencias de postín a las que adjuntarse para darse lustre; lo que no se oirá en este congreso será la voz de la abogacía, lo que no habrán son acuerdos tomados por representantes elegidos al efecto y lo que se perpetuará es el silencio moribundo en que el Consejo ha sumido a la abogacía en los últimos lustros. Un silencio que debería romperse con cada Congreso pero que, a base de infringir el Estatuto, es ya un silencio espeso y ominoso.

La situación presenta un aspecto más hiriente aún si cabe: ¿quién paga esta fiesta?

Sospecho que la versión oficial dirá que cada asistente paga su estancia e inscripción pero, si eres abogado, tómate la molestia de enterarte de quiénes son los compañeros de tu colegio que asisten y si el colegio les paga dietas o gastos por asistir. Descubrirás que desde colegios que becan con 9.000€ a quienes vayan a asistir —los más democráticos— a colegios que pagan íntegro el importe de la asistencia de sus juntas de gobierno, un amplio abanico de opciones se han establecido.

No te engañes, la organización de este congreso la pagas tú y la asistencia de congresistas en muchos casos también la pagas tú, compañero y compañera que no puedes asistir a un congreso cuya
cuota general son 280€ a los que luego has de añadir gastos de estancia y desplazamiento.

En una época en que la abogacía se enfrenta a un proceso alarmante de precarización y donde el ejercicio profesional enfrenta amenazas sin parangón, el Consejo General de la Abogacía retira la palabra a los abogados y organiza un algo que vulnera el Estatuto y a lo que no se puede llamar congreso.

Y mientras el barco de la abogacía española hace aguas la orquesta sigue tocando en cubierta, no cesan las cenas de gala, los monólogos de humor amenizan la velada y la fiesta continúa.

Habrá que examinar con mucho cuidado este presupuesto, gastar decenas —probablemente centenares— de miles de euros de todos los abogados en organizar un sedicente congreso no puede quedar sin
respuesta.

Cómo delinquen los poderosos

A los ojos de los hombres el acto de administrar justicia es algo muy complejo pues exige, no sólo de unas leyes previas que incorporen unos determinados valores de justicia, sino también de la posibilidad de atribuir las acciones a enjuiciar a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

Del primero de los requisitos —la existencia de un ordenamiento jurídico previo que incorpore determinados valores de justicia— me ocuparé otro día, hoy quiero ocuparme de cómo, ciertas personas, especialmente las más poderosas, esquivan el cumplimiento de tal ordenamiento a través de la manipulación del segundo y el tercero de los requisitos a que hice referencia antes: la posibilidad de atribuir las acciones injustas a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

La facultad de atribuir a un indivíduo la comisión de una determinada acción está en la base de cualquier forma, no sólo humana, de cooperación.

A Darwin le fascinaba esta facultad. Para vengarse, por ejemplo, un indivíduo debe tener la capacidad de identificar al causante de su mal entre el resto de los indivíduos, debe tener la capacidad de recordar lo que ha hecho este indivíduo concreto y sólo si ambas precondiciones se dan, podrá el indivíduo agraviado considerar la posibilidad de vengarse. Esto es válido para cualquier especie animal pero, no cabe duda, en el caso de la especie humana esta facultad está especialmente desarrollada y esto fascinaba a Darwin.

Los seres humanos han tratado históricamente de anular la capacidad de vengarse de sus víctimas mediante el uso de disfraces que anulasen esta facultad e impidiesen a la víctima reconocer al autor de la injusticia y poner en marcha los mecanismos de venganza privada o pública de que pudiese disponer.

En el caso de los delincuentes de poca monta, la máscara, el pasamontañas o el antifaz, han sido las herramientas utilizadas tradicionalmente para tratar de evitar la venganza privada de sus víctimas o la pública del estado a través de la acción de la justicia. Tales herramientas se nos aparecen verdaderamente toscas si las comparamos con las sofisticadas máscaras que utilizan los delincuentes de cuello blanco: complejos entramados societarios donde las personalidades jurídicas de las diversas entidades se superponen como si de un complejo juego de muñecas rusas se tratase y donde la auténtica personalidad del autor no puede conocerse sino tras haber ido abriendo trabajosamente un sinnúmero de falsas personalidades, a menudo radicadas en países extranjeros donde la longa manus del estado apenas puede alcanzar o no puede alcanzar en absoluto, e incluso haber tenido que pasar por encima de una buena cantidad de testaferros.

La máscara (del árabe mas-hara y este de sahara —él burló— y este a su vez de sahír —burlador—) ha sido la impostura con la que los delincuentes han tratado tradicionalmente de ocultar sus acciones, pero, esa máscara —fácil de levantar para ver la real cara del delincuente— se ha vuelto virtualmente impenetrable en el caso de los delincuentes poderosos cuando se confecciona con cadenas de personas jurídicas cuyo origen suele estar en un paraíso fiscal donde un trust las provee legalmente de un testaferro virtualmente impenetrable.

La sensación de impotencia que al ser humano común le causa la impunidad que generan estas sociedades anónimas se pinta con maestría en la escena del desahucio de la película «Las Uvas de la Ira», cuando unos campesinos van a ser desahuciados de unas tierras:

—¿Y quién es la compañia Shawny Land?

—¡No es nadie! ¡Es una compañía!

—Pero tienen un presidente; tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle.

—Pero, hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.

—Muy bien, ¿dónde está el banco?

—En Tulsa, pero allí no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado. El pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.

—Entonces, ¿a quién matamos?

—La verdad, no lo sé. Si lo supiera te lo diría; yo no sé quién es el culpable…

Y si de esta forma evitan los poderosos responder por sus acciones, aún guardan un truco más en la manga para asegurarse la impunidad: la imposible o muy difícil concreción de las relaciones causa-efecto. Déjenme explicarme.

Si usted ve que una persona apuñala a otra para robarle y la mata, a usted no le cabe la menor duda de la relación causa-efecto entre el apuñalamiento y la muerte subsiguiente. Usted puede culpar de la muerte de la persona a quien le apuñala y esto es tan claro que no admite réplica.

No pasa igual con los poderosos y sus máscaras las sociedades anónimas. Cuando una sociedad, para enriquecerse, contamina el aire que respiramos con sustancias potencialmente nocivas, culpar a esta sociedad de las eventuales muertes que esta contaminación pueda producir no es algo obvio en absoluto, como no es obvio que empresas que se enriquecieron con el asbestos sean las culpables de las muertes que ahora se están produciendo por tal causa. Más aún: usted sabe que hay empresas que usan del trabajo infantil en formas equiparables a la esclavitud humana pero, aún así, muchas personas compran los productos así fabricados porque son baratos. ¿Quiénes son los culpables de esa forma de esclavitud? ¿Es usted cómplice de esa forma de explotación si compra los productos así fabricados? ¿O quizá prefiere no saberlo?

No, las acciones con que se enriquecen los poderosos, aun siendo en algunos casos delictivas, no tienen para nosotros ni para nuestra justicia la deseable claridad en la relación causa-efecto. Ya no le digo nada si a esta dificultad añadimos la brevedad de los plazos prescriptivos.

Así pues, cuando un poderoso realiza un acto delictivo no solemos ser capaces de establecer a tiempo la relación causa efecto (piense en el caso del asbestos) entre ese acto y el daño que causa; pero además, cuando seamos capaces de hacerlo, seremos incapaces de establecer con seguridad la real autoría de la acción enmedio de la maraña de compañías y sociedades interpuestas.

La complejidad del mundo actual hace que no seamos capaces de comprenderlo bien, nos incapacita para percibir la maldad de las acciones humanas en toda su crudeza y nos impide dar a cada uno lo suyo porque, simplemente, somos incapaces de distinguir quién es quién.

No se engañen, las grandes acciones delictivas, los grandes robos, los asaltos a países enteros, no los llevan a cabo personas con antifaz o pasamontañas sino corporaciones honorables a través de complejas operaciones financieras. Mientras, nosotros, los seres humanos de carne y hueso, nos seguimos espantando con el último asalto a un chalet que nos ofrece el telediario y exigimos mano dura, los robos y depredaciones verdaderamente importantes no salen en el telediario.

Hemos establecido unas policías y unas administraciones de justicia extremadamente eficaces contra la delincuencia analfabeta, tosca y rudimentaria de antifaz y navaja, pero estamos absolutamente indefensos frente a esas acciones depredatorias que se llevan a cabo en las oficinas con moqueta establecidas en rascacielos del centro de las capitales del mundo. De hecho, cuando estos robos y depredaciones se producen, ni siquiera las llamamos robos, las llamamos «crisis» y culpabilizamos de las mismas al «ciclo económico» o, incluso, en el colmo de la estupidez nos culpamos nosotros mismos («hemos vivido por encima de nuestras posibilidades»), fórmula que no es sino una forma renovada del infame «van provocando» culpabilizador de las víctimas.

A nuestra justicia del siglo XVIII le vienen grandes los delitos del siglo XXI y es obsesión de unos pocos poderosos tratar de que no nos demos cuenta de la situación y esta siga siendo así. Probablemente por esto, determinados grupos, prefieren una administración de justicia con pocos medios y una policía con muchos uniformados que defienda el orden público en que ellos medran y no una justicia capaz y una policía con más recursos en inteligencia que en fuerza.

Vivimos en un mundo complejo y muy difícil de entender, no es posible seguir manteniendo la ilusión de una justicia que hace mucho que dejó de estar a la altura de los tiempos. Y, si alguien le dice que sí lo está, obsérvele con cuidado porque, muy probablemente, está usted ante un cómplice de los poderosos que delinquen, aunque, eso sí, no sabemos si por dolo o por simple estupidez, que es lo más normal.

Darwin, créanme, lo fliparía con nosotros.

Inteligencia colectiva

La mente humana es, al mismo tiempo, brillante y patética. Hemos descubierto la energía nuclear, hemos curado la viruela y muchas otras enfermedades, hemos mandado naves a otros planetas e incluso fuera del sistema solar, pero, en el fondo, individualmente, somos unos perfectos ignorantes cuya supervivencia depende principalmente de los demás.

Un indio apache sabía procurarse alimento, confeccionarse ropa, construir su vivienda, domesticar caballos y pastorear pequeños animales; además tenía sus rudimentarios conocimientos de medicina, de la climatología, botánica y fauna de su entorno así como de determinados recursos minerales e hidrológicos y, en fin, era mucho más autosuficiente que cualquiera de nosotros.

Nosotros usamos un iPhone y nos sentimos sabios cuando desconocemos absolutamente cómo funciona ese cachivache.

Steven Sloman y Philip Fernbach en «The Knowledge Illusion: Why We Never Think Alone» nos cuentan cómo en un experimento se preguntó a un grupo de personas cuánto sabían de una cremallera. Todos respondieron que las usaban a diario pero casi ninguno mostró el menor conocimiento sobre los procesos que una cremallera llevaba a acabo para abrirse o cerrarse.

El ser humano, individualmente, es de una ignorancia supina y sólo cuando produce ideas en equipo alcanza los rasgos de genialidad que han llevado a nuestra especie a los confines de la galaxia —por arriba— y a conocer las más mágicas reglas de la física cuántica por abajo.

Por eso, ver a esos líderes —que no saben cómo funciona una cremallera— o a esas presidencias que mantienen en secreto todo cuanto hacen para reservarse para sí las parcelas de su miserable poder, me produce repugnancia.

La grandeza de una nación o de un colectivo jamás está en sus ignorantes líderes, sino en el conocimiento brillante y profundo de una sociedad que coopera.

Observa cuánto poder trata de acumular un individuo para sí y eso te dará la exacta medida de su estupidez.

La apuesta de Pascal

¿Creer en Dios o no creer en Dios? La pregunta puede plantearse en términos filosóficos, teológicos, antropológicos… Pero también puede plantearse desde el punto de vista de la mera conveniencia o de la teoría de juegos. En este sentido es famosa la llamada «apuesta de Pascal», una visión práctica del asunto donde al polímata Pascal lo que menos le preocupa es si dios existe o no, sino cual es la postura humana más práctica al respecto y concluye que esta es creer en dios, pues, aunque no se conoce de modo seguro si Dios existe o no, lo racional es apostar a que sí existe.

«La razón es que, aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría, o sea, la gloria eterna».

Lo malo de este asunto es que, cualquiera que te prometa la vida eterna, jugará con ventaja en la apuesta de Pascal y elegir entre Enlil, Enki, El, Ra, Atón, Yahveh, Ahura Mazda, Brahma o las enseñanzas de Confucio, Buda o Lao-Tse (por solo citar unos pocos) se convertirá en misión imposible pues, prometiendo todos la eternidad, conviene estar a bien con todos.

Creo que con los dioses me pasa a mí como con los políticos, que, prometiendo todos muchos, ninguno me inspira total confianza; aunque quizá haya un matiz importante: hay cosas que se saben y cosas que se creen. Lo de los dioses se cree, lo de los políticos se sabe.

Y siguen sin hablar de justicia.

¿Por qué los marrajos escriben al revés?

Esta noche, si no les llueve, los marrajos volverán a sacar su magna procesión a la calle y volverán a desfilar todos detrás del estandarte fundacional de su cofradía, justo el que ven en la foto.

Desde niño me pregunté por qué las letras de este estandarte estaban escritas de derecha a izquierda y no de izquierda a derecha, la duda no la disiparon mis estudios de latín, pues los textos latinos se escriben de izquierda a derecha y mi estancia en la universidad tampoco ayudó a redolver este enigma. Cuando pregunté alguna vez a un marrajo la respuesta fue siempre algo del tipo: «Es que esto es así», respuesta que, aunque cierta, tampoco arrojaba mucha luz sobre la cuestión.

Fue una pequeña investigación que hice, movido por una curiosidad jurídica, la que me puso en la pista del enigma de los marrajos y su estandarte escrito al revés. El objeto de mi curiosidad no era otro que el «titulus crucis», es decir, el documento que se mandaba colocar en la cruz y que contenía el delito por el cual el reo había sido condenado. La razón de la sentencia a muerte de Jesús, indudablemente, habría de buscarse en el «titulus crucis», así que decidir dedicar unas horas de viernes santo a ello.

La referencia evangélica más extensa al «titulus crucis» se contiene en el Evangelio de San Juan y es como sigue:

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos.»

Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Sin embargo los evangelistas discrepan en el contenido exacto del «titulus» cuya versión más corta se encuentra en el Evangelio de Marcos 15, 26 («El rey de los judíos»), seguida por el de Lucas 23, 38 («Éste es el rey de los judíos»); algo más extensa en el Evangelio de Mateo 27, 37 («Éste es Jesús, el rey de los judíos»), y completa en el de Juan 19, 19 («Jesús de Nazaret, rey de los judíos»). Es de esta última versión de la que surge el acrónimo «INRI» que solemos ver en la cruces romanas o el cirílico «INBI» que leemos en las ortodoxas.

Una de las historias más curiosas que rodean al «titulus crucis» es el de su encuentro por Elena, la madre del emperador Constantino junto con su posterior extravío y «reaparición».

Según la tradición, la madre del emperador Constantino, Elena (Santa Elena para romanos y ortodoxos), durante el reinado de su hijo, marchó a Tierra Santa a la búsqueda de restos de la vida de Jesucristo.

Para quien no lo sepa, Constantino (Flavius Valerius Aurelius Constantinus, Constantino I, Constantino el Grande o incluso San Constantino para la iglesia ortodoxa) fue el emperador que en el año 313 legalizó el cristianismo y quien, en el 325, convocó el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, donde se fijarían los fundamentos de la fe católica e incluso el credo que —a excepción de una palabra— todavía rezan todos los católicos, ya sean estos romanos u ortodoxos. Las razones por las que este emperador, pontífice de una religión distinta («sol invictus»), se tomó tantas molestias con el crstianismo e incluso se permitió el lujo de convocarlos —y hasta presidir— a un concilio son objeto de sabrosísima discusión, pero escapan al objetivo de este post que no es otro que averiguar, recordémoslo, por qué los marrajos escriben al revés.

Pues bien, quiere la leyenda que Santa Elena, ya bastante mayor ella, se desplazase hasta Tierra Santa y, tras mandar destruir un templo de Venus que había en la cima del Gólgota y cavar lo suficiente acabase descubriendo la «auténtica» cruz de Cristo (en realidad «cruces» pues tambiéndescubrió las de Dimas y Gestas, los ladrones), suceso este que todavía conmemora la cristiandad los días 3 de mayo con la llamada fiesta de «Las Cruces».

Junto con la cruz Elena encontró su «titulus» redactado en diversos idiomas pero, a diferencia de la Cruz, Elena decidió trocear el «titulus», dejando una porción en Jerusalén y remitiendo otra a Constantinopla. El tercer fragmento marchó con ella a su residencia de Roma.

La permanencia del «titulus» en Jerusalén nos la atestigua Egeria, una viajera de la región de El Bierzo, en la provincia romana de Gallaecia, que estuvo en los santos lugares entre los años 381 y 384. Posteriormente confirma la presencia del «titulus» Antonino de Piazzenza en torno al 570.

El trozo de Constantinopla se sabe que fue vendido al rey Luís IX de Francia y que desaparació durante la Revolución Francesa.

Finalmente, el más importante de los trozos, el que marchó a Roma con Elena, ciudad en la que se supone sobrevivió a los saqueos del año 410 (Visigodos) y 455 (Vándalos) para ser muy oportunamente «redescubierto» por Gherardo Caccianemici dal Orso, cardenal de la Basílica de la Santa Cruz, quien llegaría a ser posteriormente —sin duda gracias a la reliquia— el Papa Lucio II. Incomorensiblemente la reliquia volvió a ser enterrada de forma que estuvo perdida hasta que en 1492 fue redescubierto dentro de la propia basílica, lugar en el cual está expuesto desde entonces.

Este trozo redescubierto en 1492 es el protagonista de la historia marraja, una cofradía que se fundó alrededor de 1580 (unos noventa años después del redescubrimiento del «titulus») y cuyo estandarte fue bordado, según afirman los propios marrajos, por el bordador catalán Francisco Rabanell, llegado a nuestra región probablemente entre los años 1736-1750, unos dos siglos y medio después de la aparición del títulus.

Pero a lo que vamos. El fragmento del títulus reaparecido en 1492 y custodiado en la Santa Crocce es el que podemos ver en la siguiente fotografía y, aunque se aprecia mal en la fotografía, es un texto escrito sobre una tablilla de madera de nogal en el que pueden verse tres líneas de texto.

La primera, muy deteriorada, sólo nos muestra los rasgos inferiores de un texto escrito en hebreo/arameo, texto profundamente analizado y que coincide con el descrito en el relato evangélico. Como es obligatorio en hebreo/arameo el texto está escrito de izquierda a derecha.

En el estandarte marrajo estos rasgos inferiores de la linea escrita en hebreo se corresponden con la primera linea de texto del estandarte marrajo, una especie de sucesión de rasgos con forma de ese que es, realmente, lo que parece verse en el titulus.

Las dos siguientes lineas del estandarte marrajo coinciden con las dos lineas del titulus de la Santa Crocce con alguna interesantísima precisión que no me resisto a contarles.

Como pueden ver en el títulus crucis el gentilicio «nazareno» aparece escrito como «nazarinus» y no como en la práctica totalidad de las obras de arte que conocemos «nazarenus»; ¿Un error? No, muy contrariamente, la expresión «nazarinus» es un acierto que avala la posible autenticidad del titulus*. En el siglo I un romano jamás escribiría «nazarenus» (expresión propia del latín degenerado del siglo IV) sino precisamente «nazarinus», la forma correcta en latín clásico. Incluso podemos dar una vuelta de tuerca más. Si el titulus fuese una falsificación buscada su texto se correspondería con el del evangelio de Juan al pie de la letra y no, como ocurre en este caso, discreparían las dos versiones también en la forma que escriben «nazareno» (nazarenous-nazoraios).

Los hebraistas Hannah Eshel y Gabriel Barkay, tras estudiar el texto contenido en la tablilla concluyeron que la misma estaba escrita en una forma de hebreo correspondiente al último período del llamado «Segundo Templo» (período que finalizó en el año 70) lo que coloca la tablilla justo en la época precisa.

Así pues, el estandarte marrajo es una copia del titulus crucis de Roma. ¿Conocía algún marrajo o el propio Francisco Rabanell, el bordador del estandarte, la reliquia? Es difícil saberlo.

Volviendo a nuestro asunto; sí pues el titulus dice «Jesús Nazareno Rey de los Judíos», una acusación que, ofensiva para sus acusadores, Pilato prefirió mantener, «lo escrito escrito está», pero ¿Por qué al revés?

Se han avanzado muchas hipótesis. Una de mis preferidas es que el artesano que trazó la inscripción no conocía el latín ni el griego, sino solo el hebreo.

Me gusta esa explicación porque la siento como propia, verán. El nombre de mi ciudad (Cartagena) en fenicio es Quart Hadasht, pero, si lo escribo en fenicio —un idioma virtualmente idéntico al arameo— tendré que escribirla de derecha a izquierda, es decir:

𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

A poco que uno conoce el sonido de las letras del alfabeto fenicio puede animarse a escribir alguna palabra, pero, les aseguro que la tendencia a escribir de izquierda es derecha es fortísima. Quizá al escriba judío que redactó el titulus le pasaba lo mismo. Escribió el texto correctamente en hebreo pero en latín y griego lo escribió en el mismo sentido que en hebreo. O quizá no daba mayor importancia al sentido de la escritura pues, en la antigüedad, no solo era común escribir de izquierda a derecha o de derecha a izquierda sino que incluso puede usted encontrar textos fenicios escritos en bustrofedon, una forma de redactar consistente en comenzar a escribir, por ejemplo, el primer renglón de izquierda a derecha y continuar el segundo de derecha a izquierda, como si se tratase de surcos de labranza, que es justo a lo que hace referencia la palabra griega «bustrofedón».

Bien, la tarde aclara y parece que hoy los marrajos podrán salir. Me dejo de escritos y voy a ver si aún puedo escuchar en alguna radio el relato de la salida de la procesión, porque han de saber ustedes que una procesión relatada es una obra de arte en sí misma también y esto nos lo enseñó a los cartageneros, es necesario decirlo, la voz de Don Manuel López Paredes.


*Los resultados de la prueba del carbono 14 realizada sobre el «titulus» de la Santa Crocce pueden consultarse aquí

Tu imperativo

La teoría del caos es la rama de las matemáticas, la física y otras ciencias (biología, meteorología, economía, entre otras) que trata ciertos tipos de sistemas complejos y sistemas dinámicos no lineales muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales. Pequeñas variaciones en dichas condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, imposibilitando la predicción a largo plazo. Al menos esto es lo que nos dice wikipedia.

En la vieja física determinista de Newton, conocidas todas las variables del sistema, uno podía predecir con toda exactitud dónde se encontraba un cuerpo celeste —por ejemplo— en cualquier momento del pasado y dónde se encontraría en cualquier momento del futuro. El tiempo podía, pues, ir adelante o atrás sin que eso afectase demasiado al sistema.

Sin embargo la física —en especial la cuántica— nos ha revelado un universo lleno de incertidumbres, donde el conocimiento exacto de ningún dato parece posible (incertidumbre de Heisenberg ), donde los sistemas caóticos ganan protagonismo o donde la existencia de estados irreversibles permiten afirmar que, en contra de lo que pasaba en el universo determinista de Newton, la flecha del tiempo cobra especial sentido.

De todas las características de los sistemas caóticos, es la de su tremenda sensibilidad a pequeñas variaciones en las condiciones iniciales la que más ha atraído la atención del público. Se sabe que, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de uno de estos sistemas, pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro y se ha ejemplificado esta característica con el llamado «efecto mariposa». En el caso del tiempo atmosférico —un clásico ejemplo de sistema caótico— pequeñas variaciones como el aleteo de una mariposa en el Golfo de Guinea, se afirma, pueden acabar produciondo huracanes en las Islas de Barlovento del Caribe.

Pues bien, si el aleteo de una mariposa puede producir huracanes en un sistema caótico como el del tiempo atmosférico, ¿qué consecuencias pueden tener las acciones de un ser humano en el seno de otro sistema caótico como es el de las sociedades humanas modernas?

Si tomamos conciencia, si verdaderamente somos conscientes, de que cada una de nuestras acciones puede cambiar el mundo y la sociedad, probablemente nos ocuparíamos mucho más de llenarlas de sentido o de contenido moral.

Quienes te recomienden que no te esfuerces, que tus protestas, manifestaciones o reivindicaciones no van a servir de nada, no le dediques la más mínima atención. Tú sabes que eres importante y que todo cuanto hagas puede ser importante, muy importante, que sólo quienes no quieren que nada cambie te recomendarán estar quieto y sometido. Tú puedes cambiar el mundo con cada uno de tus actos, la física y la matemática de las ecuaciones no lineales están de tu parte, no les vayas a dar el gusto a esta caterva de deterministas que creen que todo está escrito, hazles saber que el futuro lo escribes tú tanto como ellos y que su mal guión de mala película está llamado a abandonar las carteleras. Para siempre.

Mariposa Almirante Rojo.
Mariposa «Vanesa Atalanta» (Almirante Rojo) común en Europa del Sur. Se cría en la albahaquilla de muro («parietaria judaica»), una planta que crece en las grietas de muros y paredes.

Aconfesionalidad, procesiones y tradiciones

Me gusta la Semana Santa de Cartagena, la he disfrutado desde que tenía uso de razón y he participado en ella desde dentro y desde fuera desde que era niño; es quizá por eso por lo que siento que puedo criticarla, precisamente porque me gusta, porque la amo y porque yo desearía que, en el futuro que me quede por vivir, me siguiese gustando. Vayamos poco a poco.

Las procesiones de Cartagena no se entienden sin una masiva participación de entidades públicas en ellas: el ayuntamiento las subvenciona, el ejército coopera decisivamente (¿imaginan ustedes un Martes Santo sin la Infantería de Marina?) y diversas corporaciones públicas las apoyan y contribuyen al lucimiento general de los desfiles. Toda esta participación genera una situación de difícil equilibrio en un estado en el que, conforme al artículo 16.3 de la Constitución, «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Cofrades y autoridades parecen muy a menudo olvidar el marco general que regula las relaciones entre la Iglesia Católica y los Poderes Públicos y olvidándolo hacen un flaco, flaquísimo, favor a las procesiones que tratan de defender y potenciar. Veámoslo.

La presencia, en principio contraria a la separación Iglesia-Estado, de las instituciones públicas en las procesiones de Semana Santa ha generado en nuestro país abundante jurisprudencia que delimita cuándo pueden y cuándo no participar las entidades públicas en este tipo de actos. Resumidamente las lineas generales de la jurisprudencia de nuestros tribunales vendrían a ser —sin ánimo de ser exhaustivos— las siguientes:

Para que una entidad de derecho público pueda participar en una procesión de Semana Santa deben concurrir, al menos, las siguientes circunstancias:

  1. Que dicha participación responda a una tradición acreditada. Dicho de otro modo, la presencia de corporaciones públicas estaría vedada en procesiones de nueva creación o en actos religiosos en los que nunca antes hubiese participado.
  2. La presencia de la entidad no puede suponer una apología de la religión organizadora de la comitiva. Esto es fácil de entender y tanto sirve para impedir que unos artilleros griten «viva el Santísimo Sacramento» mientras escoltan a una Virgen como para que mañana, por ejemplo, las Comunidades Islámicas organicen una procesión donde un Tabor de Regulares dé escolta a los fieles al grito de «Alá es grande».
  3. La presencia de la entidad debe tener un fundamento lógico.

Esta jurisprudencia limitativa de la presencia de las corporaciones públicas en actos religiosos es, a mi juicio, bastante sabia. Por muy procesionista que sea uno entenderá fácilmente que a los contribuyentes ateos, agnósticos, musulmanes o budistas, no les haga ninguna gracia que el Ayuntamiento con sus impuestos subvencione actividades de otras religiones y no de la suya. Por otro lado, dado que conforme a la jurisprudencia expresada estas religiones no pueden acreditar tradición alguna con los poderes públicos de la tradicionalmente católica España, por aplicación del primero de los tres requisitos enunciados, no podrán esperar jamás que las entidades públicas participen en sus ritos pues, simplemente, lo tienen vedado por la misma ausencia de tradición.

Y ahora vayamos a las procesiones (dos) que en la tarde de ayer —Viernes de Dolores— ocuparon el centro de Cartagena.

Cualquier persona de suficiente edad sabe que esas procesiones no empezaron a salir a la calle —y con no poca polémica— más que a partir de 1979, un año después de aprobada la Constitución, de forma que tradicionales, lo que se dice tradicionales, no son y precisamente por ello ningún poder público (ejército, policía, guardia civil o funcionarios de la inspección de hacienda) está autorizado a participar en ellas, simplemente porque esas procesiones nunca existieron y no tienen la tradición que sí tiene, por ejemplo, la Magna Procesión Marraja, en que participa desde tiempo inmemorial la corporación municipal al completo o la acreditadísima tradición que vincula a las diferentes unidades militares de la ciudad con los apóstoles californios el Martes Santo.

Por qué salen dos procesiones la tarde del Viernes de Dolores en vez de una o ninguna es harina de otro costal y más es materia de sainete que de historia seria. Voy a abstenerme de contarla aquí, no quiero herir sensibilidades quizá no bien informadas, pero la existencia de estas dos procesiones obedece más a vanidades personales, a contravención de expresas órdenes eclesiásticas y a egos poco cultivados, que a razones litúrgicas o simplemente de tradición que, como les digo, no tienen en absoluto.

Pues bien, yo las procesiones vespertinas del Viernes de Dolores simplemente no las veo; cada uno tiene sus gustos y a mí no me gusta ver por la calle ese sinsentido cuyo nacimiento viví en directo —por entonces yo vivía mucho los entresijos de la Cofradía California—; lo que ocurre es que, cada año, me resulta más difícil esquivarlas siendo vecino como soy de la Calle de la Serreta y teniendo mi despacho en la Calle Jara, en el Gran Hotel.

Ayer el atasco procesionil era grande para llegar a mi casa. Mientras un San Juan transitaba por la Serreta, con una señora cofrade de no sé qué cofradía megáfono en ristre leyendo textos religiosos, por la paralela calle de San Vicente avanzaba otro paso que, si les digo la verdad, preferí ni mirar. Alcanzar el portal de mi casa no fue tarea fácil. Otros años me han sorprendido esas procesiones por la plaza de San Francisco y he podido comprobar con horror cómo la instituciones públicas, contraviniendo toda razón, participaban en ellas y eso, lejos de causarme indiferencia, me enojó.

España es un país donde ninguna religión es oficial, donde no se puede participar alegremente en cualquier acto religioso de nuevo cuño porque la participación es la excepción y no la regla. A mí me da igual si alguien quiere sacar una procesión de su cochera u organizar una romería a una ermita en el monte, lo que no me da igual es que se destinen recursos públicos a ello porque, con igual razón, musulmanes, judios, budistas y anabaptistas criptomaniqueos, pueden reclamar, con fundamento, iguales derechos por analogía.

A mí me gusta que en Cartagena la Infantería de Marina acompañe a San Pedro el Martes Santo —una larguísima tradición lo avala— pero me molesta que a cualquier santo que se saque por la calle en Semana Santa y fuera de Semana Santa —como ayer— se le asigne siquiera un céntimo de dinero público, mucho menos la presencia física de representantes de ninguna corporación. Hay tradiciones que es bueno mantener y hay cosas que, simplemente, ni son tradicionales ni tienen sentido.

En mi sentir creo que las procesiones de ayer más dañan la calidad de nuestra semana santa que la aumentan, aunque eso, desgraciadamente, ha sido —siempre a mi juicio— la tónica general en los últimos cuarenta años donde una fiebre procesionil se extendió por todas las capas de la sociedad —desde la derecha más rancia a la izquiera más radical— y las procesiones comenzaron a crecer casi siempre a base de imágenes, pasos y tercios de mala calidad cuando no simplemente irrelevantes. No encuentro ninguna imagen o paso nuevo en los últimos cuarenta años que haya mejorado la calidad de cualquiera de los ya entonces existentes y con estas dos procesiones de ayer me pasa lo mismo: creo que son perjudiciales para el conjunto general de nuestra Semana Santa, no aportan nada y bajan el nivel medio de calidad de la misma.

Y que nadie se moleste conmigo, si quieren salir que salgan, la calle es de todos, yo seguiré tratando de no verlas, lo que no me parece de recibo es que ninguna ayuda pública, monetaria o en forma de mera presencia, les llegue, salvo que se les haya de suministrar en estricto cumplimiento de la ley, porque si se siguen contraviniendo las normas de sentido común que regulan el difícil equilibrio iglesia-estado, que a nadie le extrañe que, a no tardar mucho, mi barrio, mayoritariamente musulmán, organice sus propias procesiones y pida que se subvencionen como las católicas.

Vamos a tratar de hacer las cosas con sentido, pues, las tradiciones son tradiciones y las procesiones de ayer, con perdón y sin que nadie se me enfade, son, a mi juicio, otra cosa. Llevemos cuidado y disfrutemos de nuestra Semana Santa, un espectáculo mucho más que religioso.

La singularidad, el ajedrez y Alpha Zero

En los últimos tiempos hablar de la singularidad ocupa una parte bastante central en las conversaciones con mis amigos. Solemos especular con las fechas aproximadas en que sucederá y si estaremos aquí para vivirla. La singularidad, por si no ha oído usted hablar de ella, es un fenómeno íntimamente relacionado con el desarrollo de la inteligencia artificial y la aparición de máquinas autorreplicantes.

El ajedrez ha sido en los campos de la computación y la inteligencia artificial como el canario que solían llevar los mineros para detectar grisú y yo, como jugador amateur de ajedrez, he tenido la suerte de poder vivir el advenimiento de la singularidad a este juego y las consecuencias que ha tenido para los jugadores humanos de ajedrez.

Ya en la década de los 80 la mejora de las computadoras de ajedrez era evidente y, aunque todavía no ganaban a los humanos, ya se veía que estaban en el camino; en 1996 Deep Blue, un superordenador de IBM, venció al campeón del mundo Garry Kasparov en un oscuro match (sigo pensando que algo raro hubo tras aquella «victoria») pero cuando, ciertamente y sin ninguna duda, la singularidad llegó al mundo del ajedrez fue en el año 2017. En ese año, un programa llamado Alpha-Zero, creado por la empresa de Google Deep-Mind, derrotó aplastantemente al programa campeón del mundo de ajedrez: Stockfish.

El hecho no tendría nada de particular así contado pero, si exploramos la forma en que cada uno de los programas ha llegado a jugar como juega, veremos que, tras la estrategia de Alpha Zero, se apunta ya el fenómeno de la singularidad.

Stockfish es un programa «tradicional» de ajedrez mientras que Alpha Zero es un programa en el cual, en principio, sólo estaban implementadas las reglas del juego pero, tras cuatro horas de jugar contra sí mismo, había aprendido a jugar con fuerza sobrehumana. Resulta aterrador ver cómo, en esas cuatro horas, Alpha Zero fue, por ejemplo, transitando por las mismas aperturas que la humanidad había venido usando en los milenios anteriores y cómo fue pasando de una a otra en casi el mismo orden que el ser humano lo había hecho. Si la humanidad había concluido tras unos miles de años que la defensa más sólida y rocosa contra la Apertura Española era la Defensa Berlín, Alpha Zero llegó a esa conclusión pero en tan solo cuatro horas de juego.

Alpha Zero no tiene una fuerza bruta apabullante, apenas calcula 80 mil posiciones por segundo frente a los 70 millones que calcula su rival Stockfish, pero compensa el menor número de evaluaciones mediante el uso de su red neuronal profunda para centrarse mucho más selectivamente en las variantes más prometedoras; en las partidas de ajedrez de Alpha Zero uno puede hablar sin temor a errar de creatividad y de intuición.

Hay más partidas de ajedrez posibles que átomos en el universo, no es posible «aprenderse» todas las partidas de ajedrez jugables por muy poderosa que sea la máquina que empleemos, Alpha-Zero es un claro ejemplo de una inteligencia artificial que ha aprendido a jugar al ajedrez y a la cual un ser humano no puede siquiera soñar con ganarle.

¿Cuál ha sido la consecuencia de que las máquinas jueguen mejor que los seres humanos al ajedrez?

En la década de los ochenta, mientras a los aficionados nos atormentaba la idea de que la victoria de las máquinas supusiese el fin del juego, Anatoly Karpov, campeón mundial por entonces, dio una respuesta tan sencilla, natural y «soviética», que nos dejó estupefactos: «No veo nada de particular en esto, ya hay máquinas más veloces que las personas y no por ello dejan de celebrarse carreras».

Tenía razón: el hecho de que los ordenadores ganen a los humanos no ha hecho decrecer el interés por el juego y en este momento se vive un boom en la afición al ajedrez en el mundo. Los jugadores de ajedrez han pasado de competir contra las máquinas a usarlas como ayudantes y, aunque ningún humano sueña ya con derrotar a los mejores programas, las usan intensivamente para preparar sus enfrentamientos contra otros jugadores humanos.

Así pues, si el ajedrez es el canario que nos alerta del grisú, lo que nos dice de momento es que la existencia de inteligencias artificiales superiores a la humana, al menos en este campo, no solo no ha «destruido empleos» sino que los ha creado.

Claro que la singularidad de Alpha-Zero en ajedrez no sirve demasiado como término de comparación. Cuando hablamos de singularidad en sentido edtricto hablamos de un mundo donde, máquinas autorreplicantes dotadas de una inteligencia artificial superior a la humana conviertan a los seres humanos en organismos perfectamente prescindibles. Y sin embargo, personalmente, tampoco me preocupa demasiado ese horizonte mientras las máquinas no desarrollen un rasgo típicamente animal y humano (y por tanto artificialmente implementable o evolutivamente desarrollable por máquinas): la consciencia.

Temo más que a la inteligencia artificial la posible evolución incontrolada de las máquinas autorreplicantes. En cuanto un fenómeno de reproducción-mutación se pone en marcha la teoría de la evolución comienza a operar y, si los ciclos reproductivos son lo suficientemente intensos, las consecuencias evolutivas pueden ser impredecibles. Científicos hay que han abandonado sus estudios por el temor a la aparición de nanomáquinas autorreplicantes sin control replicativo y otros, como el tristemente famoso John Kaczynski (Unabomber), han desarrollado estrategias terroristas para frenar una singularidad que ven como inminente e inevitable.

Yo no tengo duda de que pronto veremos máquinas autorreplicantes dotadas de IA superior a la inteligencia humana; seguramente máquinas no universales sino diseñadas para tareas concretas, pero que no serán más que la antesala de una más lejana máquina universal. Pero, como dijo el muy soviético Karpov, no creo que ello deba preocuparnos demasiado mientras sepamos a lo que nos enfrentamos y a donde vamos como especie.

En el mundo que vivimos y en el mundo futuro que hemos de vivir estas máquinas las fabricarán las ficciones llamadas «personas jurídicas» (que son quienes acumulan el capital necesario) y las fabricarán con el único objetivo y límite que la propia naturaleza de estas ficciones jurídicas impone: el beneficio económico. Si no intervenimos como sociedad, el advenimiento de la singularidad vendrá determinado por las cuentas de resultados de unas pocas compañías y corporaciones, de forma que nuestro futuro, como especie, estará en manos de algoritmos diseñados para ganar dinero pero no para proveer de felicidad a los seres humanos.

Seguramente en 30 ó 40 años, como predicen personalidades de talla científica mundial, estemos en el umbral de la singularidad, aunque, para entonces, ya será tarde para controlar y orientar el sentido de la misma.

Hemos pues de tomar las riendas de nuestro futuro como especie; afortunadamente, a día de hoy, todos los partidos políticos y grupos sociales son conscientes de esto y tienen formadas opiniones filosófica y científicamente profundas, tal y como se está viendo en los debates políticos de esta campaña electoral.

Quizá la ironía sea la última frontera de la Inteligencia Artificial.