Los abogados y los bienes inembargables

Los abogados y los bienes inembargables

Proclama el ordinal segundo del artículo 606 de la Ley de Enjuiciamiento Civil que serán inembargables:

Los libros e instrumentos necesarios para el ejercicio de la profesión, arte u oficio a que se dedique el ejecutado, cuando su valor no guarde proporción con la cuantía de la deuda reclamada.

Dicho de otro modo, si es usted albañil sus herramientas de trabajo son inembargables y, si es usted programador, puede estar tranquilo, su ordenador y periféricos necesarios para su trabajo están a salvo del banco.

No es que la ley le haga a usted ningún favor, no; lo que la ley quiere es garantizarse que usted podrá seguir trabajando y pagar a su acreedor porque, como seguramente usted sabe —y si no lo sabe yo se lo digo—, en España las deudas son vitalicias y usted estará obligado a satisfacerlas no hasta el límite de sus haberes (como los bancos y las personas jurídicas) sino hasta que las pague o por completo o se muera. Quizá esto que le cuento le sorprenda, en España estamos acostumbrados a que las deudas sean para siempre, pero eso que a usted le parece normal es una anomalía tanto histórica como geográfica.

Pero vamos a lo que importa. Si lo que la ley persigue es que los deudores puedan seguir trabajando hasta pagar su deuda ¿qué sentido tiene impedir el ejercicio profesional al letrado o letrada que no han podido pagar su cuota colegial o de la Mutualidad de la Abogacía?

Pareciera que hablar de pobreza en la abogacía molesta y, sin embargo, no es arriesgado afirmar que un tercio de los abogados y abogadas de España están en situación límite a la insolvencia.

Hace dos años la Mutualidad de la Abogacía remitió cuarenta mil cartas a abogados y abogadas que no estaban al corriente de sus pagos y los colegios de abogados no son ajenos al volumen de impagados que soportan en las cuotas, a pesar de su moderado importe. Cuarenta mil abogados de un censo de menos de ciento cincuenta mil indica que nos hallamos en una situación límite en un momento en que una nueva recesión se anuncia. ¿Cómo resistirán esos abogados y abogadas, sus familias y sus hijos, a un nuevo golpe?

No todo han de ser malas noticias, pues, para quienes cotizan como autónomos el impago de sus cuotas no les impedirá continuar con su ejercicio. Si mis compañeros laboralistas no me han informado mal —yo no soy laboralista— en el caso de estar afiliado al RETA (régimen de los trabajadores autónomos) el impago no impide trabajar y si se gana menos del salario mínimo no hay obligación de pago.

Y si esto es así ¿Por qué el impago de cuotas priva a los abogados y abogadas de la única herramienta con que podrían pagar sus deudas?

El último proyecto de ley de Colegios y servicios profesionales previó poner fin a esta aberración y expresamente prohibió que se pudiese privar de su capacidad para el ejercicio profesional a quien no pagase su cuota colegial. Todo ello, claro, sin perjuicio de que se reclamasen dichas cantidades con los recargos procedentes; pero, lo que no se toleraba, era privar a abogados y abogadas de su herramienta de trabajo. Nada extraño, tal proyecto de ley solo pretendía tratar a letrados y letradas de la misma manera que la Ley de Enjuiciamiento Civil trata al resto de los españoles.

Las deudas no pueden llegar a tanto que impidan trabajar al deudor pues ello es condenarle a la muerte civil y eso es así en cualquier lugar del mundo civilizado, incluida España, aunque, al parecer, la república de la abogacía no debe formar parte de este país porque es la única a la que no alcanza tal limitación.

Sé que molesta oír hablar de pobreza en la abogacíay que los dirigentes sector prefieren vivir en mundos llenos de microrrelatos, estupefacientes digitales que no entienden, ferias de muestras, coros y danzas y, sobre todo, competiciones de bisutería condecorativa. Pero, sepámoslo, en la abogacía hay bolsas no de escasez o apretura, sino de pura pobreza, y esas bolsas alcanzan a abogados que, hasta ahora, se habían ganado la vida dignamente. Una nueva recesión se anuncia y en la cubierta del Titanic de la abogacía la orquesta sigue interpretando polkas.

Alguien tendrá que enfrentar la crisis que viene y tomar las medidas precisas para que esta no golpee, como siempre, a quienes menos convendría que golpease.

Está en tus manos impedirlo. Aún puedes ir a Córdoba.

Última llamada

Última llamada

A la vista de que el número de inscripciones superaba el aforo de la instalación que teníamos reservada nos decidimos a buscar una sala de mayor cabida y —afortunadamente— la hemos encontrado. Es un local mágnífico en el centro de Córdoba y muy cercana al anterior lugar de celebración.

Dicho esto podemos anunciaros con orgullo que el Congreso se celebrará ennlas instalaciones del Rectorado de la Universidad de Córdoba, sitas en la Avenida Medina Azahara número 5 de esa ciudad.

Otro efecto agradable del cambio de sala es que podemos acoger a más compañeros interesados en acudir al congreso y que desde ahora pueden inscribirse en la página de inscripción pinchando sobre la imagen

Date prisa, para completar el aforo sólo restan 50 plazas libres y las inscripciones serán atendidas por riguroso orden de llegada.

Diálogo social

Diálogo social

El objeto de forma circular y color amarillo-verdoso que se ve en el ángulo superior izquierdo de la imagen se llama limón y es un periférico que suele acompañar a la unidad central del sistema, visible abajo a la derecha, llamada «arroz» y a la que tal adminículo suele ofrecer funcionalidades nada despreciables.

Comer arroz en Cartagena no es cosa para tomársela a broma pues, dependiendo de los componentes, periféricos e interfaces del mismo, uno puede ser acusado de «murciano», cargo este del que, cualquier nacido en esta ciudad, se ve impelido a defenderse con vehemencia.

Los guardianes de la cartageneridad —un sanedrín cuyo evangelio les impone seguir una estricta dieta compuesta exclusivamente de caldero, michirones y asiáticos— por ejemplo, a la vista del limón, se apresurarán a cubrir su cabeza de cenizas y a proclamar la herejía de tal costumbre a la que ellos, antes de mirar ninguna postal de Valencia, calificarán despectivamente de «murciana».

Acostumbrado al neocartagenerismo reinante, hoy, cuando el camarero me ha traído la ración de arroz sin limón acompañante, he llamado su atención y le he dicho en lengua vernácula: «ponme un trocico de limón, pijo», cosa que el joven ha hecho al instante.

Esta casa de comidas en la que como hoy es un negocio pequeño pero bien administrado y ofrece no pocas atracciones al comensal.

El camarero jefe es hombre de firmes convicciones izquierdistas y furibundo seguidor de Barcelona, al tiempo que su jefe es hombre declaradamente madridista y con toda la pinta de votar a Vox. Con estas alineaciones el diálogo social en el restaurante está servido y este democrático detalle ameniza mucho las comidas.

Conocí al dueño de esta quer del jalar chipén una noche que, volviendo a casa, vi a un cura de sotana, cubo de agua e hisopo, largando una arenga a los camareros del bar. El cura, un tipo preconciliar, parecía saber de lo que hablaba y arreaba duro:

«Ser un comerciante no es ganar dinero a todo trance. Vamos a ser buenos cristianos, a no engañar en los precios y vamos a dar buen género, que os conozco bien…»

Viendo como repartía estopa el arcipreste me acerqué al dueño y le dije:

—Tira con posta el «páter» ¿Cómo te has buscado a este cura para bendecir el local?

A lo que me respondió

—Es que este c.b.r.n es mi hermano y él es así. Y se empeñó en venir a la inauguración.

Cuando me fui el cura metió el hisopo en el cubo y aspergió agua bendita sobre los presentes del mismo modo en que un sargento de la wehrmacht arrojaría granadas de mano sobre un pelotón de rusos.

Ahora, pasados los años, me gusta venir a comer de vez en cuando por aquí; y, así, hoy, por diez euros, me he zampado un zarangollo cojonudo, me he comido el arroz que ven en la foto y no he tomado postre porque para mí la fruta es sagrada en ese trance y los dulces y pasteles me parecen costumbres bárbaras.

Ahora, tras la comida, veinte minutos de sueñecito, y a trabajar, que el 29 tengo congreso y hay que dejar hecho el trabajo.

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática y el Mar Menor

La resiliencia climática crea riqueza: aumenta el empleo, ahorra dinero y, por cada dólar invertido, se pueden ahorrar seis. No lo digo yo, lo dice la ONU: la capacidad de las comunidades para volver a su estado de origen tras una catástrofe natural proyecta un impacto económico positivo.

Si quienes nos gobiernan no perciben esto ni perciben la magnífica oportunidad que para los hombres y mujeres de la comarca del Mar Menor puede suponer esta crisis, todo estará perdido y jamás solucionaremos la catástrofe.

Va a hacer falta un esfuerzo científico importante, pero no sólo un esfuerzo científico.

La ONU, en Marco de Senday 2015-2030, insta a luchar contra los factores subyacentes entre los que están, como ejemplos, la urbanización rápida y no planificada, la gestión inadecuada de las tierras, los arreglos institucionales deficientes, las políticas formuladas sin conocimiento de los riesgos y la falta de regulación e incentivos para inversiones privadas.

Todos estos factores subyacentes no pueden ser arreglados por «científicos», necesitaremos economistas, juristas, politólogos, sociólogos… Por que en la catástrofe del Mar Menor están presentes todos los factores subyacentes citados por la ONU y alguno más.

Walter Scheidel, catedrático de historia en la Universidad de Stanford sostiene que sólo las grandes crisis han corregido desequilibrios en las sociedades y probablemente tiene razón.

Podemos aprovechar esta crisis y hacer de la necesidad virtud para crear conocimiento, empleo y riqueza. O podemos seguir echándonos las culpas unos a otros y ahogarnos todos en la ciénaga del Mar Menor.

Yo optaría por lo primero.

Lágrimas en la lluvia 2019

Lágrimas en la lluvia 2019

Ha llegado noviembre de 2019 y nadie ha visto atacar naves en llamas más allá de Orión ni rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. El futuro soñado por Ridley Scott en Blade Runner (1982) no se ha producido y ni siquiera parece que esté cerca de producirse en los próximos diez años.

Basada parcialmente en la novela de Philip K. Dick «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» la acción de Blade Runner transcurre en Noviembre de 2019 (sí, el año y mes en que estamos) en la ciudad de Los Ángeles en un escenario distópico donde replicantes y humanos mantienen una problemática relación en la que algunos de los primeros parecen reclamar su derecho a la vida y a la «humanidad».

La novela de Philip K. Dick «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» se escribió en 1968, año en el que se estrenó otra de las grandes películas de ciencia ficción: «2001. Una odisea en el espacio» dirigida por Stanley Kubrick.

Kubrick, como Scott, predijo que para 2001 el ser humano viajaría por el sistema solar con habitualidad y también se equivocó. Es el problema de fijar las predicciones para demasiado cerca en el futuro, que podemos vivir lo suficiente como para saber que son erróneas.

Quienes sí acertaron a predecir el futuro fueron los científicos Robert Kahn y Vinton Cerf, los cuales, en 1982, vieron como su protocolo de comunicaciones TCP/IP se aprobaba como estándar para ARPANET. La humanidad comenzaba a construir un nuevo cosmos informacional. Los avances en el espacio no eran tantos como los soñados por Kubrick y Scott y, sin embargo, la humanidad avanzaba hacia un universo ni siquiera soñado por Kubrick: el ciberespacio.

Internet, ese ciberuniverso creado por la ciencia, fue ciencia ficción antes de ser realidad y sobre él escribieron maravillosos documentos personalidades como Licklider, Vannevar Bush, Dough Englebart, Postel, etc. y aún antes lo hicieron posible científicos como Wiener o Turing.

Es noviembre de 2019 y la distopía de Ridley Scott titulada Blade Runner ni lo que en ella se contaba han sucedido. Lo que sí ha ocurrido ha sido aquello que otros soñaron y que escribieron, no como novela de ciencia ficción, sino como papeles científicos.

Confío mucho más en los científicos que en los escritores de ciencia ficción y, si quieres saber cómo va a ser el futuro, mejor pregúntales a ellos que a un escritor de novelas.

Y dicho esto, déjenme que les diga una cosa: adoro Blade Runner.

Tras el velo de la ignorancia

Tras el velo de la ignorancia

Vas a iniciar el viaje más trascendental de tu vida, Irene, es un trayecto muy corto, pero te llevará al lugar más maravilloso que puedas imaginar: vas a venir al mundo.

Esta mañana, pensando en ti y en lo que va a ser tu vida, trato de ponerme en tu lugar, trato de olvidar cuanto sé sobre mi mismo y trato de reflexionar sobre cómo sería la sociedad en la que yo desearía nacer si estuviese en tu lugar.

La realidad es que, si yo estuviese en tu lugar, desconocería muchas cosas, no sabría si voy a nacer rico o pobre, por ejemplo, tampoco sabría bien si voy a nacer hombre o mujer y, por desconocer, desconozco hasta si naceré sano y bien formado o por el contrario llegaré al mundo con alguna enfermedad congénita o con algún defecto en alguno de mis órganos o extremidades.

Pensando en lo primero, que es la salud, pienso que el riesgo de nacer enfermo y en una familia pobre es el más grave de todos; venir al mundo para morir a las pocas horas o vivir muchos años padeciendo una enfermedad me hacen pensar que, si he de elegir, quiero nacer en una sociedad donde la atención médica esté garantizada a cualquier persona independientemente de su condición económica.

Aunque, bien mirado, no tengo por qué tener tan mala suerte, pensemos en algo mejor, pensemos, por ejemplo, en que nazco mujer y lista. En ese caso me gustaría que el hecho de ser mujer no me perjudicase y me gustaría poder estudiar —si he nacido lista supongo que habré de estudiar— y me gustaría poder alcanzar aquellos lugares en la sociedad a que me hiciese acreedora con mis méritos, sin que ni mi condición de mujer ni la condición económica de mi familia fuesen un obstáculo para eso.

Puedo nacer también negra y en cualquiera de los estados que hoy existen en el mundo pero, nazca como nazca y donde nazca, ciertamente, no me gustaría que en la sociedad en la que yo vaya a nacer el hecho de ser de una raza u otra pudiera perjudicarme. Quizá, si nazco blanca en una sociedad blanca y rica, en unos años me parecerá que debemos defender nuestra riqueza, nuestra raza y nuestra cultura de las demás pero, ahora que estoy por nacer, como no sé si naceré blanca o negra, pobre o rica, en una familia católica o budista, lo mejor es que, nazca como nazca, nazca en una sociedad donde estos hechos no condicionen mi desarrollo como mujer o como hombre.

Bien mirado lo mejor es nacer en una buena familia, rica y acomodada, pues con eso tendré solucionados muchos problemas; claro que, igual mi familia es rica pero con alguna condición social que no me guste. Porque a ver, ¿quién quiere nacer en una sociedad musulmana y tener que ir con la cara cubierta todo el día?, que no digo yo que esté mal ni sea malo, sólo que, si no me apetece, pues prefiero una sociedad donde yo pueda dejar de ser musulmana y hacerme budista o atea sin mayores problemas. Llevar velo, dar vueltas a un molinillo, encender velas ante imágenes de madera o pasarme la vida negando la existencia de dios, son circunstancias que no me gustaría que supusiesen para mí ningún problema vital.

Pero… ¿Y si nazco con síndrome de down? ¿Qué será de mí?

En ese caso espero nacer en una sociedad donde se cuide a las personas como yo y la vida nos sea tan feliz como razonablemente pueda ser la vida…

Y ahora que lo pienso… ¿Es posible una sociedad así? Ummm… Bueno, ese tema es complicado y planteármelo aún antes de nacer parece un tanto excesivo para una bebé. De momento sé lo que quiero y, entretanto, espero que mi madre haya hecho lo necesario para que, además de traerme al mundo, el mundo que me espere sea como el que yo deseo…

Quizá todas estas reflexiones les parezcan utópicas, impropias de una bebé que va a nacer y que están teñidas de una cierta dosis de ñoñería; no se lo discutiré, pero con este ejemplo lo que he pretendido en realidad es mostrarle un concepto al que el filósofo John Rawls llamó «El velo de la ignorancia».

El punto de vista de Irene, la niña que va a nacer, representa lo que John Rawls llamó la «posición original» y, merced a él, la bebé reflexiona sobre ese mundo desconocido al que va a nacer desde una posición de absoluto desconocimiento, es decir, cubiertos sus ojos por un «velo de ignorancia» que la hacen tomar posición en relación con el mundo y la sociedad sin atender a ningún condicionamiento previo pues Irene puede nacer de cualquier condición que podamos imaginar.

Puede usted discutirme si una bebé puede o no pensar esas cosas antes de nacer, eso lo admito, pero, en respuesta esto, le diré dos cosas: la primera que, si usted me dice eso, es porque no ha entendido en absoluto el sentido de mis palabras y la segunda —y más importante— es que no tiene usted ni idea de lo lista que nos va a salir Irene. Así que, si no ha entendido lo hasta aquí dicho, vuelva al principio o váyase a leer otra cosa, que tampoco quiero yo amargarle el día. Y ahora volvamos a lo nuestro.

John Rawls fue un filósofo norteamericano que dedicó buena parte de su vida a teorizar sobre la justicia y, sin duda, una de sus ideas más fecundas fue esta de la «posición original» y, sobre todo, este experimento mental consistente en contemplar las cosas bajo «el velo de la ignorancia».

No fue John Rawls el primero en expresar estas ideas, presentes en multitud de filósofos como Hobbes, Locke, Rousseau y muchos más, pero sí el primero en verbalizarlas de esta forma.

Si bien se examina, la venda que tapa los ojos de las estatuas con que representamos la justicia, es una metáfora exacta de este «velo de la ignorancia» del que nos habla John Rawls. La justicia no sabe —no debiera saber en un mundo ideal— si eres rico o pobre, blanco o negro, hombre o mujer; la justicia sólo atiende —debiera atender— al caso que se le plantea y un imprescindible velo de ignorancia debiera protegerla de prejuicios o intereses particulares.

Ese mismo velo de ignorancia debiera también cubrir los ojos de nuestros políticos cuando pugnan por diseñar el mundo en el que habremos de vivir, pero lobbies, sindicatos, conmilitones, amigos, familiares y hasta sus propios intereses personales, hacen que ese velo caiga y sus decisiones obedezcan más a las conveniencias derivadas de su lugar en la sociedad que a las exigencias de una sociedad justa para todos.

Hoy, en este domingo de 25 horas en que nuestros hábitos de verano nos hacen levantarnos una hora antes, me he entretenido en reflexionar largo rato sobre el mundo desde la «posición original» de Irene y, cubierto por el velo de la ignorancia, sobre la sociedad que yo desearía. He tomado muchas notas y he guardado interesantes reflexiones para volver sobre ellas más adelante, pero por hoy basta con lo escrito. Lo importante es que Irene ha nacido bien, sana y guapísima y que, de cambiar el mundo, ya se está ocupando su madre.

Vale.

Yo soy español

Visto cómo anda el percal estos días, me siento en la necesidad de aclararles una cosa: yo soy español, más concretamente soy español de religión.

Uno puede elegir ser católico, budista, ortodoxo o seguidor de Mahoma, yo, quizá por comodidad, he elegido ser español.

Al igual que el hecho de ser católico, protestante u ortodoxo no da a quienes lo son (al menos no debería darles) privilegios especiales, el hecho de ser español de religión creo que tampoco me confiera a mí derecho alguno, es algo que no me hace mejor ni peor que nadie, y no creo que me dé (al menos no debería darme) derecho a exigir tratos ni leyes especiales. Ser español es una forma de entenderme y de conducirme, me sirve a mí y no me parece que sea la mía una fe que deba imponérsele a nadie.

Pero cuidado, es posible que mi forma de ser español no coincida con la suya. Quienes nacimos en los 60 vivimos la llegada de la música y la cultura norteamericana del mismo modo que nuestros padres vivieron la llegada del cine. Nuestras infancias están más cerca de las películas de Disney, los dibujos animados de la Warner Brothers, del James Dean de «Al Este del Edén» y de la Olivia Newton John de «Grease» que del «Sangre y Arena» de Blasco Ibáñez.

Igual, usted que me lee, es un español o española de esos de chupa de cuero y capaz de enfadarse si alguien le mienta sin respeto a Led Zeppelin o The Cure. O igual es usted de los que aún sigue escuchando a Loquillo y se emociona con un Cadillac solitario aún cuando usted no haya visto un Cadillac más que en las películas de Hollywood. O a lo mejor, simplemente, más que aficionado al mus o al tute, es usted un apasionado de los vídeojuegos desde que salió el «Pong» y ha llegado usted a Fortnite tras dejarse muchas monedas de cinco duros matando marcianos en «Space Invaders» o «Zero Time», encajando bloques en Tetris, pegando saltos con Super Mario o disparando su Garand en «Medal of Honour».

Usted, concedámoslo, es español aunque sea incapaz de reconocer el compás de soleá o la escala frigia, de recitar un soneto de Góngora, de escuchar una zarzuela o de soportar una obra completa de Manuel de Falla. Cada uno es español como quiere, del mismo modo que, reconozcámoslo, cada uno es católico a su manera. Así que si hay católicos partidarios del divorcio o incluso medio pro abortistas por temporadas e incluso hay ateos que en Semana Santa cargan de costaleros ¿Por qué no puede ser usted español, partidario de la estética punky y forofo de Bansky?

Lo que me jode es que alguien venga a decirme cómo tengo que sentirme yo español. Les confesaré una cosa: a mí me gusta el flamenco (qué se le va a hacer) y, aunque no entiendo por qué los compases flamencos no se enseñan en las escuelas, tampoco voy a enfadarme por eso; ahora bien, que venga a darme lecciones de españolismo un sujeto que no sabe quién era Doña Pastora Pavón o el Tío de la Tiza, no lo llevo nada bien.

Miren, yo no me voy a meter con el rap, con el trap, con el pop, con el funky, con el soul, con el rock, con el heavy ni con ningún tipo de música; ahora bien, si viene usted a darme lecciones de españolismo, aprenda primero a distinguir la isa de la folía, la polka de la jota, el fandango del tango y estos de la soleá o la bulería, la taranta de la levantica, las manchegas de las de Aragón, tome usted conciencia de que por el Puente de Aranda se tiro el tío Juanillo pero que —por suerte— no se mató, entrénese hasta poder cantar el «Miudiño» con catro cuncas de ribeiro en el morrillo, sepa que con esas mismas cuatro cuncas no se debe cantar el Asturias patria querida y, mientras pasea por la alameda primera, cerciórese de que es capaz de distinguir un zortzico de una habanera; cuando sepa eso y aprenda a cantar las primeras estrofas de «La Santa Espina», ya puede usted empezar a hablarme de qué es eso de ser español.

No soy pejigueras, yo no me meto con usted, no se meta usted conmigo y todos estaremos tan contentos.

Si es usted católico no venga a decirme que hace falta una ley especial para los católicos o que los católicos son distintos de los budistas y que por eso hay que cuidar a los católicos y abucharar a los evangélistas; mire, aquí o cabemos todos o no cabe ni Dios.

Y lo mismo me pasa con las patrias, no me venga usted a contar si es español, catalán o cantonalista de Cartagena, usted puede ser lo que quiera ser, sus elecciones religiosas, patrióticas o musicales, disfrútelas usted a sus anchas, pero no las imponga al resto de la sociedad. Aquí todos somos iguales: católicos, protestantes, heavys, punkies, gallegos, manchegos, catalanes, españoles y hasta los de Cartagena. Siéntase usted como quiera y sea usted de la religión o la patria que quiera, pero no venga a darme la tabarra y menos a amargarme el día.

Yo comprendo que las patrias, las religiones y las músicas, se disfrutan más cuando molestan al prójimo y, quizá por eso, nos gastamos un pastizal en ponerle al coche unos altavoces de dos millones de decibelios: para ir por la calle atronando con la música que nos gusta y atacar a bacalao a los vecinos de las calles por las que circulamos con nuestro coche tuneado. Quizá también por eso sacamos por la calle nuestros Santos y quizá por eso salimos también con nuestras banderas, porque tenemos ese punto de maldad que nos hace disfrutar al decir: mira cómo soy, diferente de ti, entérate. Parece que la sed de pertenencia del animal humano se saciase mejor haciéndole saber al de enfrente que es distinto.

Resumiendo, no venga usted a contarme cómo he de ser español ni venga usted indignado a explicarme qué es usted catalán, extremeño o sintoísta y que, debido a su peculiaridad, tiene derechos distintos y hemos de cambiar las leyes. Se lo diré claramente: todas esas cosas sólo existen en su mente, lo que existe en la realidad son personas que trabajan, aman, crían a sus hijos y mueren cuando llega su hora y esas, por definición, son iguales a usted, juntas hacen las leyes y juntas han de convivir. No me venga a dar la lata ni con su religión ni con su patria porque yo, de religión, ya se lo digo, soy español, Cartagena es mi patria y con los años que tengo no estoy ya para tostones.

Si la religión y las patrias estuviesen claramente separadas del estado, los que dicen hablar en nombre de Dios no harían matarse a la gente ni, tampoco, nos harían enredarnos en trifulcas entre hermanos quienes dicen hablar en nombre de la patria.

Hale, feliz domingo y vamos a llevarnos bien.

Hemos matado el Mar Menor ¿y ahora qué?

Hemos matado el Mar Menor ¿y ahora qué?

En la Región de Murcia ya somos campeones mundiales del desastre ecológico; al punto más contaminado del Mediterráneo —la Bahía de Portmán— le acabamos de añadir el ecocidio del Mar Menor. No ha sido fácil, créanme: muchos gobernantes durante muchos años han tenido que emplearse a fondo para alcanzar tan ominoso récord. Y no culpemos en exclusiva a los gonernantes, nadie puede engañar a todos todo el tiempo, los habitantes de la Región sabíamos que nos estábamos cargando el Mar Menor, lo hemos ido viendo degradarse cada año, pero preferíamos creer las mentiras que se nos costaban. De no haberlas creído hubiésemos tenido que acercarnos hasta el Paseo de Alfonso XIII en Cartagena y haber mandado a paseo a cuantos ocupaban el feo edificio de la Asamblea Regional.

Bien, la hemos cagado, eso es indudable y no tiene discusión ¿y ahora qué?

No cuenten con los políticos que tenemos, carecen de ninguna ideología que no sea aquella que les ayude a ganar votos. Primero discutirán quién ha sido más culpable, luego pedirán ayuda externa y culparán a los de fuera por no habernos ayudado, si la población está enfadada se hablará de proyectos de recuperación pero mientras tanto, en voz baja y con sordina, se contentará a los agricultores prometiéndoles que se hará lo que se pueda, a los promotores diciendo que las urbanizaciones no han tenido nada que ver y que se puede construir más y a los propietarios de casas bañándose en las aguas muertas y afirmando que el Mar Menor está como nunca y que para bañarse es perfecto. Todos los votos cuentan y perseguirán los votos de todos. Ni siquiera los nuevos partidos se salvan, llevan cuatro años ya en la Asamblea y no parece que sus mensajes sean sino una parodia regionalizada de las letanías de sus líderes estatales.

Pronto se dirá que, dado que el asunto no tiene remedio, habremos de acostumbrarnos a él y, haciendo de la necesidad virtud, igual a alguno se le ocurre construir un campo de golf en medio del Mar Menor, o unas pistas de tenis o unas urbanizaciones para atraer turismo y tal. Alguno ya lo ha dicho.

La Región de Murcia es el laboratorio más perfecto donde estudiar una de las peores enfermedades que afectan al género humano: la tragedia del procomún.

La humanidad durante siglos supo administrar los recursos comunes; la premio Nobel de Economía Ellinor Ostrom estudió, precisamente en Murcia y Valencia, cómo las sociedades alcanzaban complicadas regulaciones para gestionar, por ejemplo, la escasez de agua. Sin embargo, la moderna economía de mercado, considerando viejas aquellas formas de gestionar lo comunal, abrazó el principio del beneficio individual y, confiando en la mano invisible del mercado, llenó de estériles Portmán mientras vaciaba de vida el Mar Menor.

Ahora tenemos ante nosotros el reto de demostrar al mundo que en esta Región somos capaces, no sólo de mostrar cuál puede ser su final (el Mar Menor no es más que un ensayo general de lo que puede ocurrir en la Amazonía, los océanos o la atmósfera) sino también de demostrar cómo se puede poner remedio a lo que parece la imparable marcha de la humanidad hacia la destrucción de su hábitat.

Ya hemos demostrado cuán eficaces somos a la hora de cagarla, ahora demostremos que somos capaces también de limpiarla. Porque si destruir el Mar Menor ha sido un ensayo general de cómo puede morir el mundo, salvarlo será escribir la receta de también cómo los ecosistemas del mundo pueden salvarse.

Tenemos montada la tormenta perfecta: agricultores cuya forma de ganar dinero pasa por deteriorar un bien comunal (el Mar Menor), propietarios que ven bajar el precio de sus propiedades conforme el Mar se degrada, una industria turística que se hunde, vecinos de esta Región y de España a la que la avidez de unos pocos han hurtado un paisaje, un ecosistema y unos recursos naturales que eran de todos.

Para regenerar el Mar Menor no sólo va a hacer falta el trabajo de biólogos y científicos, va a ser precisa también la colaboración de economistas que encuentren salidas creativas a los problemas económicos generados, juristas que imaginen normas que permitan el aprovechamiento por todos de un recurso que es de todos, inversiones para llevar todo eso a cabo y la paciencia y el tesón precisos para no desfallecer en medio de la tarea.

Todo esta acción no sólo regenerará el Mar Menor sino que generará riqueza en forma de conocimiento aplicable al mayor problema que enfrenta en este momento la humanidad, profesionales formados para implementar los procedimientos y el know how descubierto y, finalmente, riqueza, porque recuperaremos un ecosistema que nuestra burricie y estólidez ha echado a perder.

Arreglar el Mar Menor es mucho más que reparar el mal hecho: es una ventana de esperanza para Cartagena, la Región de Murcia y la humanidad.

Quienes nos han traído hasta aquí no serán quienes nos saquen. Los encargados de hacer nuevamente de esta Región el lugar que admiraban los Premios Nobel de economía no están dentro de la Asamblea Regional del Paseo de Alfonso XIII; esos son los que nos han traído aquí, no son ellos quienes nos sacarán.

Por eso prepárate, porque es el momento de demostrar al mundo de lo que somos capaces en esta Región o de perder toda esperanza. Es el momento de la sociedad civil debidamente organizada, es el momento de los ciudadanos, no de políticos mercenarios.

Antes de firmar un contrato consulte a su farmacéutico

Antes de firmar un contrato consulte a su farmacéutico

En España no se venden fármacos en establecimientos distintos de las farmacias y es normal: los fármacos son productos potencialmente peligrosos para la salud y no pueden ser consumidos sin el debido asesoramiento médico o farmacéutico.

Incluso las campañas publicitarias de los medicamentos más inocuos y sin aparentes problemas, sistemáticamente son acompañadas con el cartelito de «consulte a su farmacéutico», y a nadie le parece mal.

Sin embargo, en España, al tiempo que usted no puede ingerir una aspirina sin que alguien le recuerde que debe usted consultar al farmacéutico, puede usted firmar una hipoteca que le ata 30 años de su vida, adquirir un coche con una financiación que usted firma sin entender un párrafo del contrato o divorciarse rellenando usted mismo unos formularios en internet, sin que nadie le diga que pregunte antes a un abogado.

En España los fármacos para el dolor de cabeza se venden en las farmacias y con la recomendación de consultar al farmacéutico, en cambio, los consejos jurídicos se expenden en el bar, la peluquería o en un formulario de una web boliviana. Es verdad que un analgésico mal tomado puede producir acidez de estómago y no curar el dolor de cabeza, pero le aseguro que una hipoteca mal firmada o un divorcio mal llevado puede arruinar su vida, la de sus hijos y hasta la de los hijos de sus hijos.

Pero no, los servicios jurídicos en España han de ser libres (¿qué tontería es esa de que los haya de prestar un profesional cualificado?) porque eso de la competencia y el libre mercado es algo estupendo. Estupendo, digámoslo claro, para el mercachifle que sin cualificación ofrece servicios jurídicos, para el empresario que publicita servicios jurídicos dados por telefonistas y para quien quiere amasar un dinerito a costa de engañar al prójimo.

En España a los ciudadanos nadie les aconseja consultar a su abogado, y no es por casualidad, imagínese usted que al ciudadano se le ocurriese consultar a un profesional ¿no se da usted cuenta de que entonces sería más difícil engañarle?.

Si usted quiere reconocer a un estafador no tiene más que observar si se le escapan frases de este tipo: «no, pero esto lo hacemos sin abogados, que lo enredan todo», «firme hombre, si es solo una formalidad», «no, no, no le puedo dar copia para que usted la estudie, esto hay que firmarlo aquí»…

En España hay leyes que obligan a que la publicidad de los medicamentos incorpore la advertencia de consultar a un abogado; en España nadie puede despachar medicamentos potencialmente peligrosos sin receta médica y bajo la supervisión de un farmacéutico. Sin embargo en España no existe ley alguna que obligue a recomendar la asistencia de un abogado cuando se llevan a cabo determinados actos jurídicos.

¿Qué tienen los servicios jurídicos que les hace diferentes? ¿Qué es esto de que se expidan contratos en internet por algoritmos sin intervención humana?

En España viene haciendo falta desde hace tiempo una ley de servicios jurídicos que regule el sector e impida tanta tropelía como hay ahora. La libertad de mercado está bien, pero no tanto como para que esa libertad permita ejercer la medicina a quien no es médico, a expedir drogas a quien no es farmaceútico, a construir casas a quien no sabe lo que es un cimiento, ni, por supuesto, a dar consejo jurídico a quien no tiene la cualificación para ello.

No sé si me explico.