Supongo que a ustedes les llamará la atención tanto como a mí el silencio cobarde que guardan la Confederación Comarcal de Organizaciones Empresariales de Cartagena (COEC) o la Cámara de Comercio de Cartagena en el tema CAETRA.
Resulta incomprensible, a primera vista, que una decisión que perjudica al empresariado cartagenero como es la de llevarse la dirección de CAETRA a Murcia no sea reprobada inmediatamente por los representantes de COEC o Cámara y, sin embargo, todo tiene su explicación; una explicación que, como casi siempre, se encuentra en asuntos de dinero, ese «stercore diaboli» (estiércol del diablo, Papa Francisco dixit) con que el infierno abona los malos instintos de quienes dicen representatnos.
COEC y Cámara desde hace años atraviesan una situación económicamente lamentable y, escasas de numerario, dependen de las subvenciones para poder sobrevivir. Sin subvenciones COEC y Cámara habrían de cerrar y, ante el riesgo de que el gobierno de turno les cierre el grifo, prefieren cerrar la boca y dimitir —como la alcaldesa— de su función legítima, cohonestando con su presencia y su silencio la infamia cometida en el asunto de la dirección de CAETRA.
Y el problema no es que su silencio sea un silencio mercenario y cobarde, el problema es que, callando ante la injusticia, pierden toda razón de ser como asociaciones destinadas a representar y defender al empresariado cartagenero. Y, dado que ellas no cumplen su función de defensa, pronto —y esto puede ser muy pronto— el empresariado cartagenero sentirá que son absolutamente innecesarias por inútiles y así aparecerán otras organizaciones que sí representen al empresariado, les quiten toda su legitimidad a las dimitidas y las manden al desguace.
Yo, por mi parte, voy a seguir redactando unos estatutos que me han encargado, porque están tardando.