Vino dorado

Vino dorado

La camarera me recita la carta de vinos como quien recita la nómina de los titulos nobiliarios con Grandeza de España:

—…tenemos un Marqués de Riscal, también Marques de Cáceres, vinos del Marqués de Griñón y luego, claro, tenemos también Glorioso, Portentoso y Espumoso-Maravilloso de las Bodegas TakaTak.

Vista la nómina nobiliaria que guardan en la bodega no me achico y le digo a la joven:

—Vino del Campo de Cartagena ¿no tienen?

Ella, considerando mi edad, estima que mi pregunta no es ninguna broma y me dice

—De “eso” creo que no tenemos. Voy a preguntar…

Mientras espero me entretengo leyendo las etiquetas de los vinos que tienen ante mí en el expositor (Tinto Valbuena de Vega Sicilia, Faustino I Gran Reserva, Allende 1997) y estoy en ello cuando un camarero viene raudo y, sin preguntar, me sirve un tinto joven de Rioja en copa.

Aunque me parece un bajonazo innoble no digo nada y me lo bebo y, mientras lo hago, rememoro una ya muy lejana tarde en que, volviendo de un juicio en una ciudad castellana, me desvié hacia Rueda y acabé conversando en la tienda de las Bodegas Sanz con un hombre mayor que charlaba como si fuese el dueño de la casa (y lo era).

—Venía yo porque tienen ustedes un Sauvignon Blanc que me parece que está buenísimo. ¿Podría pagar un par de cajas con tarjeta?

—Aquí no tenemos para pagar con tarjeta.

—¿Le importa si me acerco al pueblo a un cajero?

—En este pueblo no hay cajeros (me dijo con cierta guasa) pero llévese usted las cajas y ya me las pagará.

—Es que yo, verá usted, vengo de lejos.

—¿De lejos? ¿De dónde?

—De Cartagena

—De Cartagena… (repitió)

El hombre se quedó callado unos instantes, como recordando, y al poco añadió:

—¡Qué mala tierra!

Me quedé estupefacto y sin saber qué decir. El hombre sintió que tenía que explicarse.

—No se lo tome usted a mal. Yo llegué a Cartagena en 1939 con las tropas del General Varela y la 5ª División de Navarra, justo al acabar la guerra civil. Íbamos a reflotar el “Jaime” al que habíamos hundido con un sabotaje… Oiga, no recuerdo peor sitio que aquel: ¡los mosquitos nos comían! Era imposible vivir allí.

—Bueno (le dije) la laguna de El Almarjal ya no existe y ahora hay muchísimos menos mosquitos…

El hombre me miró incrédulo y, con la mirada perdida en un lejano verano del año 39, me dijo:

—Llévese las cajas y ya me mandará un giro postal con el importe, no quedará usted mal ni dejará quedar mal a su tierra por este dinero.

Le acradecí el gesto, cargué la cajas en el maletero de mi Polo y salí para Cartagena no sin antes detenerme a comprar tabaco en un bar de la localidad. Cuando entré me fijé en que ningún parroquiano bebía vino de Rueda (al menos lo que los foráneos conocemos como vino de Rueda) sino un vino color “ojo de perdiz” que me recordó extraordinariamente al vino dorado del Campo de Cartagena.

Extrañado pregunté al hombre que regentaba el bar y me dijo:

—Aquí la población siempre ha bebido este vino y, la verdad, no consumen el vino que se produce aquí y se vende fuera del pueblo, les parece flojo.

Y, mientras trato de recordar el sabor de los vinos dorados de la bodega de Paco El Macho (comunista irredento e hincha acérrimo del Athletic de Bilbao), recuerdo aquella tarde en Rueda con aquel viejo requeté de la 5ª División de Navarra que odiaba Cartagena y aquellos vecinos con criterio a quienes nunca les habría puesto un Sauvignon-Blanc un camarero resabiado.

El próximo post lo hago mientras bebo un chato de vino dorado.

Y sí, nada más llegar a Cartagena le mandé el giro.

#wine #rueda #cartagena

Acaparando

Acaparando

Me ocurre en estos días de confinamiento lo mismo que me pasaba en esos años en que yo recorría con reiteración el Camino de Santiago: que las horas de desayunar, comer y cenar, cobran especial relevancia. Ahora comer no es esa necesaria interrupción que se hace en el trabajo; ahora comer se revela como el momento central. Trabajamos para ganarnos el pan, no al revés. El caso es que hoy me ha pillado un tanto desabastecido, porque, aunque contaba con garbanzos para aviarme un potaje no me quedaba vino y pareciera que un potaje sin vino es menos potaje.

El problema es que los comercios de mi barrio son, mayoritariamente, musulmanes y eso, aunque tiene cosas buenas (¡Qué dulces, por las barbas del profeta!) tiene también sus cosas malas porque, si bebes o fumas, ya puedes irte de compras a otro barrio.

Afortunadamente, en la Calle del Parque, queda uno de esos comercios que llaman «tradicionales» donde aún venden vino a granel y me he alargado hasta allá a gobernarme algo de morapio de la raza tinta.Aquello era el paraíso: botas y botas negras zaínas lucían cada una el género que contenían y el precio al que se despachaba:

-Oloroso: 1,85€ el litro.
-Tinto «Especial»: 1,85€ el litro.
-Montilla: 1,85€ el litro.
-Etc., Etc, etc…: 1,85€ el litro.

Viendo que el tinto era «especial» no he podido dejar de aprovechar la oportunidad:

—Maestro ¿de dónde viene ese vino?
—De Jumilla hombre ¿De dónde va a ser?
—Y… ¿Está bueno ese tinto «especial»?
—Si sabe usted apreciar el vino y lo prueba ya verá cómo no hay punto de comparación con el embotellado.

La respuesta, aunque ambigua si se examina literalmente, me ha convencido y le he dicho:

—Póngame un litro.

El hombre me ha mirado compungido…

—Verá, aquí no puedo servirle un litro, si usted quiere un litro debiera haberse traído su botella, yo aquí solo puedo servirle, como poco, litro y medio, que es lo que cabe en estas botellas de agua mineral que tengo por aquí.

Medio litro de más o de menos no iba a ser obstáculo para que yo finalizase tan ventajosa operación, de forma que, además del tinto «especial» me he llevado litro y medio de «Oloroso» y otro litro y medio de «Montilla-Moriles» de añadidura, pero no por gula ni por ansia, sino porque a este vino le tengo yo más devoción que a un Nazareno en cuaresma.

Ahora, con cuatro litros y medio de vino en casa, reflexiono sobre si no se me habrá ido un tanto la mano, pero, acompañante del potaje, le he dado un tiento a la provisión de «tinto especial» y debo de conceder que, sí, que efectivamente, es «especial».

Y, mientras disfruto de mi injustificado acopio de vino, pienso en lo que estarán haciendo ahora los que acopiaron papel higiénico.

Vinos generosos

Vinos generosos

A los vinos de #Jerez se les llama “generosos” y el nombre les cuadra bien; no tanto por su graduación alcohólica o por su milagroso proceso de vinificación, sino porque, simplemente, ningún vino del mundo da más por menos.

Los vinos de #Montilla-Moriles, a esa generosidad unen la distinción. Distinción viene de distinto y en verdad que estos vinos lo son; confeccionados con uva Pedro #Ximénez son afortunadamente desconocidos en la España moderna. Gracias a eso las gentes normales aún podemos beber a precios humillantemente asequibles estos vinos que ningún «wannabe» de suplemento semanal, guía Michelin y documental televisivo, apreciará en su justa medida.

En este #oloroso de Montilla-Moriles que estoy disfrutando hoy lo que luce no son sus aromas de madera, vainilla, avellana o tonos especiados; lo que, sobre todo, se aprecia en él es el aroma, paladar y retrogusto a cariño de ley que llenan tu boca, tu nariz, tu cerebro y tu alma al probarlo.

Hay #vinos que se califican con los sentidos, este, en cambio, es superior a ellos, pues se califica con el corazón.

Y la nota es 10.

Gracias compañeros cordobeses, sevillanos, andaluces… Gracias Isabel, esta es de las que no se olvidan.