Il vero lambrusco spagnolo

Il vero lambrusco spagnolo

No entiendo cómo en España el Lambrusco no se vende más… O quizá sí. El vino con gaseosa es el cocktail más genuinamente español, un dogma que sólo el calimocho o cubalibre riojano se atreve a desafiar. Vino con gaseosa, «il vero lambrusco spagnolo» un placer solo apto para los paladares más exigentes.

Yo soy muy partidario del vino con gaseosa, mi patriotismo carthagonovico me permite gracias a él consumir gaseosa «Camping» y de este modo efectuar un gesto autodeterminativo que solo algún gallego —tierra de gaseosas vernáculas donde las haya— podría entender.

A este producto —que en nada envidia al vino lambrusco— yo le encuentro muchas ventajas respecto a él: el grado de concentración alcohólica, la dulzura y el color del producto son regulables a voluntad, todo ello sin contar que la gaseosa, debidamente agitada, puede servir para celebrar algún éxito con notoria superioridad al champagne con que se duchan los pilotos de fórmula 1 al ganar el Gran Premio de Montecarlo.

Para confeccionar este «cocktail di la spagna caniculatta» sólo es preciso un vino tinto «rosso» que, siendo amable, no se arrugue ante nada «brioso ma non troppo» y una gaseosa con abundacia de burbujas «acqua frizzante con bollicine potenti».

Olvídense del spritz aperol, del milano-torino o de cualquiera de esas mezclas propias del «dolce stil nuovo». Este cocktail proletario con aroma a currela sin dar de alta sustituye con ventaja a culquier relamido mejunje italiano.

Y recuerden lo que escribió Dante: «la felicità è frizzante».

Utiel-Requena

Utiel-Requena

La vida es un vino amargo,

dulce en jarra compartida:

que los que nadan pa’ dentro

se ahogan solitos en vida.

Horacio Guaraní. «Volver en vino».

Hace unos días mi amigo Miguel me trajo unas botellas de vino y, en especial, me encareció el consumo de una, de la parte de Utiel-Requena, que contenía vino fermentado en ánfora; es decir, en vasija de barro.

Desde que Pasteur descubriese que la conversión del mosto en vino no se debía a ningún proceso mágico sino a una serie de complejos procesos químicos, los científicos (y no los agricultores ni los bodegueros) han ido tomando el control de estos procesos, de forma que los confinan en recipientes superhigiénicos como el acero inoxidable donde pueden controlar todas las variables que intervienen en el proceso. Cualquier día harán la fermentación en matraces de pyrex, si es que no lo han hecho ya.

A mi no me parece mal, pero tampoco bien del todo; desde que los químicos se han hecho cargo de los procesos, la vinificación se parece a estos procesos químicos tanto como hacer el amor se parece a una fecundación in vitro. Y no es que yo me queje, pero es que hay cosas que cuando las programas, las agendas y las procedimentalizas, como que pierden su encanto. Yo no sé si estos bodegueros o enólogos higiénicoinoxidables le pedirán a su novia un certificado de sanidad antes de declararles su amor vitrohigienizado pero, visto lo visto que hacen con el vino, no me extrañaría. Tengo mucho respeto a los científicos pero —y que dios me perdone— yo jamás me haría novio de una química de estas.

Fermentar en barro es cutre, pero mola, mola mucho. La humanidad ha fermentado en barro durante 6.000 años y le ha ido bien ¿Quién tiene nada que decir?

Los galos inventaron los toneles y cuando los romanos los vieron se quedaron anonadados por lo magníficos que eran como continente para cualquier producto pero… Son caros, muy caros, comparados con unos pegotes de arcilla con los que hacer una tinaja son carísimos. Y es por eso que en Valdepeñas, La Mancha, Utiel-Requena y en medio mundo los seres humanos siguieron fermentando su vino en barro. ¿No recuerda usted esas gigantescas tinajas de barro de la Mancha, en cuyo interior puede jugarse un partido de fútbol? Pues a eso me refiero.

Los romanos fermentaron en barro y, aprovechando que el barro es permeable a aromas exteriores, ahumaron sus ánforas con vegetales diversos para comunicarles los más extraños aromas. En Valdepeñas o La Mancha fermentar en barro ha sido una seña de identidad y ahora, en Utiel Requena, han fermentado este vino así para que yo me lo beba.

Pueden imaginar que, tratándose del regalo de un amigo, he pensado bastante sobre cómo consumir este vino y, tras darle vueltas a la mollera, me he decidido a hacer un completo valenciano; es decir, arroz de menú y vino de Utiel Requena de acompañamiento. La uva bobal le va bien al arroz y, si no le va, al menos es su compatriota y allá se entenderán.

La uva bobal, seña de identidad valenciana, tenía fama de suave y poco alcohólica, y yo aún recuerdo a un viejo guardia civil, que tras cuatro años de andar dando campanazos por las sierras de Utiel Requena a cuenta de un tal José Corredor, me dijo:

—Mira Pepito, el vino de Utiel Requena es tan suave que yo, tras cuatro años de andar por esos montes, jamás he necesitado beber agua.

Claro que esos guardias civiles no son como los de ahora, aquellos guardias civiles se hacían un arroz en el monte con la carne de una ardilla que habían cazado del disparo de un Mauser (pruebe usted a hacerlo si le parece fácil, pruebe) vestían tricornios inverosímiles, capas y guerreras que no se parecen en nada a ese atuendo actual que me llevan, que si les quitas el rótulo «Guardia Civil» de la espalda y les pones «Servicio de Limpieza» o «Electricidad Martínez», te lo crees.

Pero no, desmintiendo al guardia de que hablo, este vino de Utiel Requena que pruebo hoy es un muchacho de 13’5⁰ del que no se debe abusar, astringente como buen hijo de su madre bobal y perfecto para acompañar a este arroz que, al tiempo que acabo estas lineas, está ya casi difunto.

¡Viva la fermentación en barrica y vivan las noches y las tardes de pasión!

De fermentaciones en matraces e inseminaciones in vitro siempre estaremos a tiempo.

Antes démosle gusto al cuerpo.

Vino dorado

Vino dorado

La camarera me recita la carta de vinos como quien recita la nómina de los titulos nobiliarios con Grandeza de España:

—…tenemos un Marqués de Riscal, también Marques de Cáceres, vinos del Marqués de Griñón y luego, claro, tenemos también Glorioso, Portentoso y Espumoso-Maravilloso de las Bodegas TakaTak.

Vista la nómina nobiliaria que guardan en la bodega no me achico y le digo a la joven:

—Vino del Campo de Cartagena ¿no tienen?

Ella, considerando mi edad, estima que mi pregunta no es ninguna broma y me dice

—De “eso” creo que no tenemos. Voy a preguntar…

Mientras espero me entretengo leyendo las etiquetas de los vinos que tienen ante mí en el expositor (Tinto Valbuena de Vega Sicilia, Faustino I Gran Reserva, Allende 1997) y estoy en ello cuando un camarero viene raudo y, sin preguntar, me sirve un tinto joven de Rioja en copa.

Aunque me parece un bajonazo innoble no digo nada y me lo bebo y, mientras lo hago, rememoro una ya muy lejana tarde en que, volviendo de un juicio en una ciudad castellana, me desvié hacia Rueda y acabé conversando en la tienda de las Bodegas Sanz con un hombre mayor que charlaba como si fuese el dueño de la casa (y lo era).

—Venía yo porque tienen ustedes un Sauvignon Blanc que me parece que está buenísimo. ¿Podría pagar un par de cajas con tarjeta?

—Aquí no tenemos para pagar con tarjeta.

—¿Le importa si me acerco al pueblo a un cajero?

—En este pueblo no hay cajeros (me dijo con cierta guasa) pero llévese usted las cajas y ya me las pagará.

—Es que yo, verá usted, vengo de lejos.

—¿De lejos? ¿De dónde?

—De Cartagena

—De Cartagena… (repitió)

El hombre se quedó callado unos instantes, como recordando, y al poco añadió:

—¡Qué mala tierra!

Me quedé estupefacto y sin saber qué decir. El hombre sintió que tenía que explicarse.

—No se lo tome usted a mal. Yo llegué a Cartagena en 1939 con las tropas del General Varela y la 5ª División de Navarra, justo al acabar la guerra civil. Íbamos a reflotar el “Jaime” al que habíamos hundido con un sabotaje… Oiga, no recuerdo peor sitio que aquel: ¡los mosquitos nos comían! Era imposible vivir allí.

—Bueno (le dije) la laguna de El Almarjal ya no existe y ahora hay muchísimos menos mosquitos…

El hombre me miró incrédulo y, con la mirada perdida en un lejano verano del año 39, me dijo:

—Llévese las cajas y ya me mandará un giro postal con el importe, no quedará usted mal ni dejará quedar mal a su tierra por este dinero.

Le acradecí el gesto, cargué la cajas en el maletero de mi Polo y salí para Cartagena no sin antes detenerme a comprar tabaco en un bar de la localidad. Cuando entré me fijé en que ningún parroquiano bebía vino de Rueda (al menos lo que los foráneos conocemos como vino de Rueda) sino un vino color “ojo de perdiz” que me recordó extraordinariamente al vino dorado del Campo de Cartagena.

Extrañado pregunté al hombre que regentaba el bar y me dijo:

—Aquí la población siempre ha bebido este vino y, la verdad, no consumen el vino que se produce aquí y se vende fuera del pueblo, les parece flojo.

Y, mientras trato de recordar el sabor de los vinos dorados de la bodega de Paco El Macho (comunista irredento e hincha acérrimo del Athletic de Bilbao), recuerdo aquella tarde en Rueda con aquel viejo requeté de la 5ª División de Navarra que odiaba Cartagena y aquellos vecinos con criterio a quienes nunca les habría puesto un Sauvignon-Blanc un camarero resabiado.

El próximo post lo hago mientras bebo un chato de vino dorado.

Y sí, nada más llegar a Cartagena le mandé el giro.

#wine #rueda #cartagena

Acaparando

Acaparando

Me ocurre en estos días de confinamiento lo mismo que me pasaba en esos años en que yo recorría con reiteración el Camino de Santiago: que las horas de desayunar, comer y cenar, cobran especial relevancia. Ahora comer no es esa necesaria interrupción que se hace en el trabajo; ahora comer se revela como el momento central. Trabajamos para ganarnos el pan, no al revés. El caso es que hoy me ha pillado un tanto desabastecido, porque, aunque contaba con garbanzos para aviarme un potaje no me quedaba vino y pareciera que un potaje sin vino es menos potaje.

El problema es que los comercios de mi barrio son, mayoritariamente, musulmanes y eso, aunque tiene cosas buenas (¡Qué dulces, por las barbas del profeta!) tiene también sus cosas malas porque, si bebes o fumas, ya puedes irte de compras a otro barrio.

Afortunadamente, en la Calle del Parque, queda uno de esos comercios que llaman «tradicionales» donde aún venden vino a granel y me he alargado hasta allá a gobernarme algo de morapio de la raza tinta.Aquello era el paraíso: botas y botas negras zaínas lucían cada una el género que contenían y el precio al que se despachaba:

-Oloroso: 1,85€ el litro.
-Tinto «Especial»: 1,85€ el litro.
-Montilla: 1,85€ el litro.
-Etc., Etc, etc…: 1,85€ el litro.

Viendo que el tinto era «especial» no he podido dejar de aprovechar la oportunidad:

—Maestro ¿de dónde viene ese vino?
—De Jumilla hombre ¿De dónde va a ser?
—Y… ¿Está bueno ese tinto «especial»?
—Si sabe usted apreciar el vino y lo prueba ya verá cómo no hay punto de comparación con el embotellado.

La respuesta, aunque ambigua si se examina literalmente, me ha convencido y le he dicho:

—Póngame un litro.

El hombre me ha mirado compungido…

—Verá, aquí no puedo servirle un litro, si usted quiere un litro debiera haberse traído su botella, yo aquí solo puedo servirle, como poco, litro y medio, que es lo que cabe en estas botellas de agua mineral que tengo por aquí.

Medio litro de más o de menos no iba a ser obstáculo para que yo finalizase tan ventajosa operación, de forma que, además del tinto «especial» me he llevado litro y medio de «Oloroso» y otro litro y medio de «Montilla-Moriles» de añadidura, pero no por gula ni por ansia, sino porque a este vino le tengo yo más devoción que a un Nazareno en cuaresma.

Ahora, con cuatro litros y medio de vino en casa, reflexiono sobre si no se me habrá ido un tanto la mano, pero, acompañante del potaje, le he dado un tiento a la provisión de «tinto especial» y debo de conceder que, sí, que efectivamente, es «especial».

Y, mientras disfruto de mi injustificado acopio de vino, pienso en lo que estarán haciendo ahora los que acopiaron papel higiénico.

Vinos generosos

Vinos generosos

A los vinos de #Jerez se les llama «generosos» y el nombre les cuadra bien; no tanto por su graduación alcohólica o por su milagroso proceso de vinificación, sino porque, simplemente, ningún vino del mundo da más por menos.

Los vinos de #Montilla-Moriles, a esa generosidad unen la distinción. Distinción viene de distinto y en verdad que estos vinos lo son; confeccionados con uva Pedro #Ximénez son afortunadamente desconocidos en la España moderna. Gracias a eso las gentes normales aún podemos beber a precios humillantemente asequibles estos vinos que ningún «wannabe» de suplemento semanal, guía Michelin y documental televisivo, apreciará en su justa medida.

En este #oloroso de Montilla-Moriles que estoy disfrutando hoy lo que luce no son sus aromas de madera, vainilla, avellana o tonos especiados; lo que, sobre todo, se aprecia en él es el aroma, paladar y retrogusto a cariño de ley que llenan tu boca, tu nariz, tu cerebro y tu alma al probarlo.

Hay #vinos que se califican con los sentidos, este, en cambio, es superior a ellos, pues se califica con el corazón.

Y la nota es 10.

Gracias compañeros cordobeses, sevillanos, andaluces… Gracias Isabel, esta es de las que no se olvidan.