El pirulí de La Habana

Esta mañana, cosa de poca importancia, me he acercado hasta mi centro de salud, sito en el cerro del Molinete, calle del Maestro Francés.

Las consultas iban retrasadas razón por la que allí formábamos parroquia en la sala de espera tres abuelas de la antigüedad grecolatina, un matrimonio en edad de criar, dos señoras algo más que maduras y un servidor de ustedes.

La tranquilidad era conventual y el silencio reinaba en la sala cuando —sombrerito tirolés de jipi-japa, camisa color hueso con los haldares fuera, pantalón azul clarito de verano, esparteñas con lona azul menos clarita y bastón más de adorno que de uso, ha aparecido en la sala un sedicente viejo de noventa años.

El viejo, animado de una hiperactividad impropia de su nada aparente edad, ha demostrado inmediatamente que venía dispuesto a pegar la hebra con quien primero le hiciese, o incluso no le hiciese, caso.

—Va esto retrasado ¿eh?

(Silencio)

—Yo es que vengo poco por aquí… igual esto es normal ¿no?

(Más silencio. El viejo, visto que no encontraba víctima ha optado por silbar muy desafinadamente una cancioncilla —Ramona— mientras discurría la estrategia a seguir. Finalmente, el viejo, ha optado por lo que, en Cartagena, se denomina técnicamente como «coger un tole-tole»)

—Hay que ver que a todos nos gusta lo mismo… y no sólo a los hombres, también a todos los animales… a tos nos gusta lo mismo…

(Silencio)

—Dos maldiciones echó dios na más al hombre. Dos na más… ¿saben ustedes cuales son?

(Más silencio. Al personal no sólo no le importaba lo más mínimo qué dos maldiciones eran estas sino que tenía la profunda convicción de que el viejo las iba a revelar a no tardar mucho).

—No lo saben ¿eh? Yo se las diré. La primera maldición fue pal hombre y esta fue que tendría que perseguir a la mujer. Y la segunda… ¿saben cual fue la segunda?

(Veinte siglos de lidiar con botarates advirtieron a las abuelas grecolatinas de que se encontraban ante un acabado ejemplo de majadero, el marido en edad de criar se revolvió molesto en su silla, su mujer —sin duda precoupada por algo— parecía no oírle, las mujeres algo más que maduras ensayaron un gesto de fastidio. Yo me debatía entre la posibilidad de reconvenir al viejo o dedicarme a observarle y a anotar sus acciones cual si de un experimento antropológico se tratase; finalmente opté por la segunda opción).

—La segunda maldición fue para la mujer, sí, para la mujer ¿y saben cuál fue esta maldición? ¿eh? ¿lo saben?

(El silencio era espeso, las abuelas grecolatinas estaban tensas como cariátides, el marido en edad de criar apretaba ostensiblemente los dientes, las mujeres algo más que maduras le miraban con asco y yo estaba empezando a divertirme mucho mientras levantaba acta del suceso en mi teléfono móvil)

—Pues la maldición para la mujer fue… fue… que habría de perseguir ¡¡¡El Pirulí de La Habana!!!

(Las abuelas grecolatinas a estas alturas habían concedido al viejo el diploma de tonto cum laude, el marido en edad de criar empezaba a dar inquietantes muestras de no soportar al viejo del sombrerito tirolés de jipi-japa, las mujeres algo más que maduras, de haber llevado un adoquín en el bolso, muy a gusto hubiesen verificado con él la dureza de la mollera del de los haldares fuera).

—¿Y qué es el Pirulí de La Habana? ¿eh? ¿qué es el Pirulí de La Habana?

(Silencio espeso, tragedia inminente, sin duda lo iba a decir)

—Pues el Pirulí de La Habana es… es… que la que no lo prueba hoy ¡se queda con la gana!

(Memez impresionante, tontería de campeonato de liga europea, sandez de museo antropológico nacional… en cuanto el viejo ha acabado de decirla ha caído preso de una risa convulsiva que ha debutado con sonoros «ja, ja, ja», que pronto se han transmutado en más graves «jo, jo, jo» que, a su vez, han evolucionado a unos sospechosos «joi, joi, joi» con hipidos intercalados que, por momentos y ante la falta de aire del viejo, amenazaban con degenerar en disnea.

El respetable observaba al viejo como quien observa a un ornitorrinco con sombrerito tirolés y ha sido en ese momento cuando, desde la puerta entornada de la consulta 23, he oído que alguien gritaba mi nombre. Me he apresurado a introducirme en la consulta y cerrar la puerta tras de mí. Aún así, la risa del nonagenario zascandil se ha seguido escuchando todavía un buen rato.

El tonto del presupuesto

Marines

Hablaba hace unas semanas con un alto oficial del ejército español sobre las penurias presupuestarias de la Justicia en España cuando él me preguntó: ¿Y vosotros no tenéis ningún «tonto del presupuesto»?

Le respondí que no entendía lo que quería decirme con eso y él, amablemente, me habló de un oscuro principio estratégico existente en el ejército de los Estados Unidos y que podría formularse más o menos así:

«Por escaso que sea el presupuesto existente en una unidad siempre habrá un tonto que afirme que, con mucho menos dinero, él puede hacer lo mismo que se venía haciendo hasta ahora o incluso más.»

Consecuencias naturales de este principio son los llamados corolarios del «soy el más grande», «todos eran estúpidos» y del «asciéndeme y luego ya, si eso, tal».

Los corolarios de «soy el más grande» y «todos eran estúpidos» van casi de la mano: el tonto del presupuesto afirma poder hacer más con menos porque, no sólo se considera el más listo, sino porque piensa que, quienes le precedieron a él en el cargo, eran ciertamente unos estúpidos que no se dieron cuenta de esas cosas de las que él y su penetrante ingenio de tonto del presupuesto sí se dan cuenta. Ególatra y con una enorme falta de respeto a quienes le han precedido en el cargo, el tonto del presupuesto suele ascender en la cadena de mando diciendo a sus jefes lo que quieren oír: que se puede hacer lo mismo o más con mucho menos dinero y repetirá esto hasta conseguir el ascenso, lo que nos conduce al corolario antes enunciado de «asciéndeme y luego ya, si eso, tal».

He recordado esta mañana la historia del tonto del presupuesto al leer una noticia que comenzaba con el siguiente titular: «Catalá considera “suficientes” los recursos destinados a modernizar Justicia». Y he recordado también cómo, en cuanto se habla de modernizar la justicia en determinaos ambientes políticos, siempre aparecen dos o tres tontos del presupuesto dispuestos a afirmar que ellos, con el mismo o menos dinero y merced a una serie de ingeniosas disposiciones organizativas, podrían solucionar todos los problemas de la justicia y, de paso, invitar a gambas a los presentes para celebrar su ascenso.

El tonto del presupuesto entronca en España con una vieja tradición y linaje de arbitristas que suelen eclosionar en momentos los que se han de rebajar las partidas de algún capítulo presupuestario, de forma que su logorrea ejerce efectos emolientes sobre los afectados por la reducción presupuestaria, aplaca un tanto los malos humores de una población legítimamente enfadada y aplaza hasta el próximo presupuesto debates y carencias mil veces aplazados. Una historia tan vieja como la monarquía española.

Hoy nos dicen que Catalá ha dicho que basta con lo que hay, que dinero no hace falta, que nos apañaremos… lo que es lo mismo, por cierto, que dijo Gallardón y todos cuantos ministros de justicia le precedieron en esos años en que el gobierno al que pertenecían prefería gastarse el dinero de la justicia (¿dónde fue a parar lo recaudado por las tasas?) en otras cosas.

Yo no sé si podría señalar sin error a los tontos del presupuesto que hay en España, lo que sí sé seguro es que gracias a ellos existe una auténtica tonta del presupuesto —esta vez ya sin comillas ni cursivas— en nuestro país: la Administración de Justicia.