De testículos y testigos

Que en catalán y gallego se llamen «testimoni» o «testemunha» debiera sugerirnos que el castellano «testigo» es una palabra de formación un tanto extraña.

Corre por ahí la versión de que la palabra testigo deriva de testículo y se adorna el meme haciendo jurar a los romanos metiendo mano a la entrepierna propia y haciéndoles jurar, en lugar de «por Júpiter», por la mercancía propia de la recova.

El latín nos juega malas pasadas y no sólo a los juristas sino a los más finos teólogos; que manzana en latín se dijese «malum» y que en el paraíso terrenal Adán y Eva hiciesen algo «malo» acabó convirtiendo a la manzana en el fruto prohibido cuando, en realidad, nada dice el Génesis sobre el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Mucho más divertida era aquella vieja frase en latín que decía «Mater tua mala burra est» y que dio lugar a no pocas risas al traducirla cuando en España aún estudiábamos latín los de ciencias.

No, testigo, en castellano, no viene de testículo ni los romanos juraban agarrándose los «adminicula procreatoria» sino que, como en catalán y gallego, testigo viene de la misma raíz que el latino e indoeuropeo número tres. En principio «tristis» y por metátesis «terstis» acabó generando «testis».

Que un testigo es un «tercero» en el juicio es algo que aún trata de dejar claro nuestra ley procesal en las «generales de la ley».

De la misma familia que testigo es la palabra «testamento» y por más que le echemos huevos a la cosa no parece sencillo imaginar al testador agarrándose nada mientras dicta o escribe sus últimas voluntades «in articulo mortis». Alguno habrá habido, no lo discuto —hay gente pa tó y los del género masculino somos capaces de las tonterías más notables con el objeto de este post— pero no me negarán que se ve raro.

En fin, que me dejo de etimologías, no se dejen embaucar por la primera explicación etimológica que vean… O mejor sí, igual es falsa pero, como en este caso, más delirante y divertida.

Hay por internet divertidas ilustraciones del meme testicular, ustedes sabrán disculparme si no se las pongo aquí.

Paridad oculta

Paseaba hoy por la Carrera de San Jerónimo camino de la estación de Atocha cuando, al pasar frente al Congreso, he recordado un viejo debate que tiene como protagonistas a los leones que hay frente a él. El debate tiene que ver con el hecho cierto y comprobable de que uno de ellos carece de los elementos que ejercen como pequeños testigos (testículos) de la masculinidad de su portador. Dicho por derecho: el león del rabo recogido carece de testículos.

En el año 2012 el Canal Historia inició una campaña publicitaria para pedir que se pusieran los testículos a este león del Congreso, ya que el otro sí los tenía. La campaña fue a través de la prensa y de las redes sociales y obtuvo un premio del Festival Iberoamericano de la Comunicación Publicitaria. Manda… Bueno, manda.

Y el caso es que quizá la historia no sea esa sino que, a pesar de su melena y de su morfología netamente masculina, es posible que este león no sea macho sino hembra. No, no se echen a reír y denme una oportunidad de explicarme.

Empezaré diciendo que los leones que tiran del carro de la diosa Cibeles, un poco más abajo, con toda seguridad no son leones, sino león y leona a pesar de su melena. La mitología antigua nos aclara este entuerto pues los leones que tiran del carro de Cibeles son, nada más y nada menos, que Hipómenes y Atalanta, una pareja cuya historia conocemos bien. Atalanta, mujer de rara belleza y apasionada por la caza, logró ser tan veloz que, no deseando casarse con nadie, puso como condición a quien quisiese ser marido que, antes, la derrotase en una carrera, pero que —siempre hay un pero— al que perdiese la competición contra ella le daría muerte sin piedad.

El caso es que, como la zagala era guapa pero, para desgracia de sus admiradores, rápida como el viento, pronto apioló a multitud de optimistas que se creyeron capaces de derrotarla y llevaba ya hecho un escabeche de categoría cuando Hipómenes decidió pedir su mano.

Atalanta le retó a la consiguiente carrera en la confianza de que Hipómenes pronto sería un fiambre más; sin embargo Hipómenes, previsor, no había acudido desprevenido a la carrera pues, antes, había buscado y obtenido la ayuda y coaching de Afrodita, una diosa que en esto del amor y los matrimonios era la máxima autoridad. Afrodita entrenó a Hipómenes y le entregó como arma secreta tres manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, instruyéndolo en el uso que debía darles. Así lo hizo Hipómenes y en cuanto comenzó la carrera fue dejando caer cada cierto tiempo una de las manzanas; Atalanta se entretuvo recogiéndolos y por ende perdió la concentración y la carrera.

Atalanta no pudo darle gusto al cuchillo tras la carrera pero, a cambio, se llevó tres manzanas de oro macizo (que quieras que no consuelan bastante por la derrota) y un marido del que se acabó enamorando locamente, tanto que se dedicó a hacer el amor con él en los lugares más inverosímiles e inapropiados. A tanto llegó su celo amatorio que ambos amantes acabaron copulando en un templo de Cibeles (cosa que, como todo el mundo sabe, está feísima) de forma que la diosa se cogió un cabreo más que regular y decidió castigar a la pareja convirtiéndolos en leones. Así pues los dos aparentes leones que tiran del carro de la diosa Cibeles no son dos leones sino un león y una leona, bien que melenuda ella.

¿Se repite la historia de Hipómenes y Atalanta en los leones del Congreso? Hay división de opiniones.

La Wikipedia afirma que no (sin fuentes que a avalen tal afirmación) sin embargo no son pocos los autores que afirman lo contrario.

Lo cierto y verificable es que uno de los leones carece de testículos sin que exista explicación contrastada del por qué de tal ausencia. Quizá los castizos Daoíz y Velarde nos estén mandando un mensaje cifrado, quizá el escultor quiso decirnos algo… ¿Quién sabe? Lo cierto es que hasta aquí ha llegado la paridad.