Venganza

VENGANZA
Tradicionalmente la venganza ha tenido mala prensa. Casi todas las religiones y tratados morales suelen condenarla y, sin embargo, tengo para mí que en ella debemos buscar una buena parte de lo que el ser humano entiende por justicia.
Permítanme que, como en tantos otros post de este blog, vuelva a citar la obra de Robert Axelrod, concretamente su libro “The evolution of cooperation”, donde el autor examina las posibles estrategias con que enfrentarse al llamado “dilema del prisionero iterado”, del que ya hemos tratado también en otros post de este blog. Dicho juego es un magnífico banco de pruebas para estudiar las estrategias con que la naturaleza resuelve las tensiones que se producen entre las ventajas que ofrece la cooperación y la natural tendencia “egoista” de los cooperantes, ya sean estos bacterias u hombres.
Robert Axelrod organizó un concurso para encontrar una estrategia válida para el dilema del prisionero iterado. Se jugaría un torneo con 200 rondas por partida, y el programa con mayor puntuación sería el ganador.
Entre los 14 participantes, Anatol Rapoport presentó un programa que consistía en 4 líneas en BASIC, y al que llamó “Tit for tat” (Dónde las dan las toman). Sólo tenía dos reglas:
1. Comenzar colaborando
2. Hacer lo que tu oponente hizo la ronda anterior
Era la más sencilla de todas las estrategias presentadas y fue la que obtuvo la puntuación más alta. Después de la publicación de los resultados, se organizó un segundo torneo, en el que el número de rondas a jugar por partida sería aleatorio (para no crear una ronda especial, la final, en la que se favorece la deserción). A esta competición se presentaron 62 participantes, entre ellos el mismo “tit for tat” que, de nuevo, obtuvo la mayor puntuación.
“Tit for tat”, ciertamente, se guiaba por una estrategia basada en la reciprocidad que se demostró particularmente eficaz en los juegos de cooperación; sin embargo, presentaba problemas frente a estrategias también basadas en la reciprocidad pero menos amables que la suya. Si, por ejemplo, “tit for tat” se enfrentaba a un programa con sus mismas instrucciones pero que, a diferencia de él, desertaba en la primera ronda, la cadena de retaliaciones (venganzas) se prolongaba indefinidamente, lo que resultaba devastador para la cooperación. Fue por eso por lo que se propusieron estrategias que, sobre la base de “tit for tat”, trataban de corregir los efectos perniciosos de su implacable reciprocidad, sobre todo cuando el rival tenía tentaciones egoístas.
No podemos dejar de admirar como estos programas reproducían las consecuencias de algunos de los más típicos debates morales en relación a la venganza.
La estricta reciprocidad que gobernaba a “tit for tat” hacía que la famosa frase de Ghandi “ojo por ojo y el mundo acabará ciego” resplandeciese; sin embargo, las estrategias más cooperativas o “pacifistas” en ningún momento se revelaron como serias candidatas al triunfo. De los trabajos realizados parece desprenderse, más bien, que las estrategias más exitosas se han de fundar de un modo u otro en la reciprocidad y, por lo mismo, han de ser vengativas dentro de unos límites difíciles de discernir. La reciprocidad (y por ende la venganza) son básicas para una estrategia cooperativa exitosa.
También una adecuada economía del perdón es precisa, la férrea reciprocidad que debe presidir las estrategias cooperativas es mucho más exitosa si se mezcla en proporciones adecuadas con el perdón y el olvido. Como la vida misma.
Siendo, en principio, la reciprocidad la estrategia estadísticamente más favorable para regular las tensiones cooperación-egoismo, resulta razonable investigar si podemos encontrar esa reciprocidad en las conductas de seres vivos inferiores como baterias, peces o incluso mamíferos no humanos y, hasta donde se ha investigado, parece que así es, por lo que no parece razonable dudar de que dicha estrategia es, para los animales que la practican instintiva y, por tanto, de un modo u otro, genética.
Y si esto es así, como lo es, ¿qué podremos decir del ser humano? ¿es la reciprocidad, la gratitud pero también la venganza, un instinto natural? ¿sería la venganza uno de esos instintos con que la naturaleza nos equipa para poder afrontar nuestra vida de animal gregario?
No sé de la existencia de estudios específicos al respecto pero mi intuición me dice que, de un modo u otro, la venganza es un instinto natural del ser humano, si bien, en las sociedades avanzadas, la venganza se ha refinado hasta extremos verdaderamente sofisticados.
Los hombres hemos implementado la venganza con otras estrategias admirables. La supresión de la venganza privada ha limitado grandemente uno de sus peores defectos, las cadenas de venganzas. Hemos suprimido la venganza privada y la hemos encomendado a un tercero, lo que ha limitado grandemente la posibilidad de que se produzcan cadenas interminables de venganzas; hemos eliminado la perniciosa “última ronda” del juego alargando el futuro mediante las creencias de ultratumba de las religiones; hemos fomentado el perdón como estrategia más moralmente aceptable que la venganza… aunque probablemente todos sabemos que, en el fondo, la venganza, es una herramienta insustituíble.
La venganza (o la reciprocidad si se prefiere) es más que probable que sea uno de los instintos que está en la base de lo que los hombres llamamos justicia y que su mala fama sea, solamente, una forma de controlar un instinto tan útil como peligroso.

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Tradicionalmente la venganza ha tenido mala prensa. Casi todas las religiones y tratados morales suelen condenarla y, sin embargo, tengo para mí que en ella debemos buscar una buena parte de lo que el ser humano entiende por justicia. Seguir leyendo “Venganza”

Envidia

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¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia, no trae sino disgustos, rencores y rabias.
(Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo VIII “Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo á ver á su señora Dulcinea del Toboso”)

envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
(Real Academia Española. DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA – Vigésima segunda edición)

Ningún sentimiento tiene, probablemente, peor prensa que la envidia; tan es así que el papa San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604) incluyó a la envidia entre los denominados “pecados capitales”, expresión que, por cierto, no se refiere a la magnitud del pecado sino a que el mismo da origen a muchos otros pecados. Sin embargo, no quiero tratar aquí la envidia desde un punto de vista moral o religioso, sino desde un punto de vista, digamos, más naturalista, tratando de entender las razones por las cuales esta tristeza o pesar del bien ajeno es universalmente censurada por todas las culturas.

Resulta llamativa la universal censura de la envidia porque, en principio, nada podría parecer más natural ni más concorde con la naturaleza humana que desear bienes o capacidades que no se tienen (se ha hablado en este punto incluso de “envidia sana”) y no parece que podamos dudar del hecho de que, si el ser humano adquiere nuevos bienes o capacidades, es porque antes los ha deseado. Y si esto es así, como lo es, ¿qué podría haber de malo en este deseo?.

Tal planteamiento individualista ha llevado a los hombres a caracterizar cuidadosamente este deseo de los bienes ajenos para distiguir la envidia-vicio de la envidia-virtud y, en éste sentido, se ha conceptuado la envidia-vicio como aquella que produce “tristeza” o aquella que nos lleva a desear el mal de la persona envidiada y la envidia-virtud aquella que tan solo nos empuja a esforzarnos por adquirir aquellos bienes o cualidades a los que es lícito aspirar sin que ello implique el deseo de privar de los mismos a sus actuales poseedores ni desearles a los mismos mal alguno.

Esta caracterización de la envidia es producto, en mi sentir, de una comprensión parcial de la naturaleza humana pues contempla únicamente al hombre como individuo aislado y no como el animal gregario que es en realidad.

Tengo para mí que es imposible comprender al ser humano si no asumimos que en el mismo hay una mezcla inextricable de instintos individualistas y gregarios. El hombre pertenece a un antiquísimo linaje -los hominidos– que, desde hace unos 6 millones de años, han sido animales gregarios y, durante esos 6 millones de años, sus instintos han evolucionado de modo que, junto a los naturales instintos reproductivos y de conservación propios de cada indivíduo, coexisten de forma inextricable los instintos propios de los animales gregarios. Observar los unos olvidando los otros nos conduce casi siempre a observaciones erróneas. La observación de conjunto es, pues, en este punto, fundamental.

Los animales gregarios son animales que cooperan y la cooperación, como ya hemos visto en otros post de este blog, se funda en la existencia de conductas altruistas (o aparentemente altruistas) que reportan a los indivíduos que las practican ventajas evolutivas. Como ya hemos visto también en otros post de este blog la aparición de conductas altruistas es algo pefectamente natural y que se explica convincentemente a través de la teoría de juegos.

Es por eso imprescindible volver a referirnos en este punto a los trabajos de Robert Axelrod y, en particular, a su libro “The evolution of Cooperation” resultando, para mí, especialmente sugerente en este punto el capítulo 7 del mismo, titulado “cómo elegir eficazmente”. Seguir leyendo “Envidia”

La religión y la sombra del futuro

Desde un punto de vista racional resulta llamativa la presencia más o menos universal de las religiones. Sustentadas en su mayor parte sobre creencias difícilmente justificables y en buena parte inaceptables racionalmente, las religiones son, sin embargo, unos memes extraordinariamente exitosos. La búsqueda de una explicación racional del éxito de estas creencias produce no pocos quebraderos de cabeza a algunos científicos.

Alguna luz sobre éste fenómeno quizá pueda arrojarla la teoría sobre la evolución del altruismo que Robert Axelrod ofrece en su libro “The evolution of cooperation” resultando, para mí, especialmente sugerente lo contenido en la sección primera del capítulo 7 del mismo, titulada “Agrandar la sombra del futuro”, y que se enmarca dentro de una serie de estrategias tendentes a promover la cooperación.

Como sabemos, la cooperación para Axelrod y otros muchos científicos, es un fenómeno que aparece de forma espontánea en la naturaleza dadas una serie de condiciones que ya hemos enumerado parcialmente en otros posts de éste blog. Pues bien, para que la cooperación así aparecida resulte estable es absolutamente necesario que el futuro sea lo suficentemente importante en relación a la situación presente. Trataré de explicarlo con un ejemplo:

Imaginemos que, como en el caso del protagonista de la película “Esencia de Mujer”, el Coronel Slade, alguien está decidido a suicidarse; aún careciendo de dinero tal persona no tendría problema alguno en recorrer, como él,  Nueva York, alojarse en los hoteles más caros, comer en los restaurantes más exclusivos e incluso conducir, a pesar de ser ciego, un Ferrari a alta velocidad. El Coronel Slade no tiene la más mínima preocupación respecto del espinoso asunto de hacer frente a esos gastos e incluso no le preocupa en demasía el hecho de matarse conduciendo el Ferrari porque el Coronel Slade no tiene futuro, se va suicidar. El caso de los personajes sin futuro ha sido aprovechado eficazmente por la industria cinematográfica pero, incluso en situaciones donde la falta de futuro no es tan extrema, la escasez de futuro es un elemento que debilita la tendencia a cooperar.

Muchos animales y en particular el ser humano han desarrollado, gracias a la evolución, sofisticadas estrategias cooperativas pero, dichas estrategias, como dijimos antes, sólo pueden ser estables si el futuro tiene una influencia suficientemente fuerte sobre la situación presente.

El hombre, a diferencia de otros animales, es consciente de su finitud como indivíduo y la muerte, quiérase o no, es un hecho que tiene la mala cualidad de dejarnos sin futuro, lo que hace que, al igual que el Coronel Slade, podamos prescindir de nuestras innatas y complejas estrategias cooperativas.

Las estrategias que las sociedadas humanas han utilizado para atajar las tentaciones egoistas de los seres sin futuro han sido muchas, algunas de ellas muy sofisticadas pero todas buscando otorgar a los indivíduos el futuro del que carecen. Así, en épocas recientes, el ejército israelí, a fin de atajar los atentados suicidas que llevaban a cabo los palestinos, decidió castigar a la familia de los suicidas pues, si bien es cierto que el suicida carece de futuro como indivíduo, sí tiene un futuro genético ya sea a través de los genes que pasa él directamente a las generaciones posteriores (sus hijos), ya sea a través de los genes que comparte con sus hermanos y padres. El fenómeno del altruismo intrafamiliar está muy relacionado con éste tipo de futuro genético y el ejército israelí entendió que esta estrategia de castigo a los familiares podría resultar disuasoria para los suicidas.

No obstante, quizá la más sutil estrategia para dotar de futuro a las personas sin futuro, es la religión. La seguridad en la existencia de una vida futura parece verdaderamente conveniente para reforzar la cooperación, sobre todo si la calidad de esa vida futura está fuertemente anudada al carácter cooperativo y/o altruista de nuestras acciones en la vida presente. La religión, en cuanto que meme que alarga y refuerza la sombra del futuro sobre nuestros actos presentes, debería fortalecer la cooperación en las sociedades humanas. Es bien verdad que tal estrategia puede ser tanto o más peligrosa que la desesperada conducta de los hombres sin futuro pues, vinvulada la existencia futura a determinadas acciones en la vida real, también se favorece que puedan llevarse a cabo actos atroces en la realidad buscando la vida eterna.

No deseo ahondar más. permítanme acabar con una anécdota que me ocurrió en un juzgado de guardia cuando la Guardia Civil condujo detenidos a dos ladrones jóvenes que habían tratado de atracar a punta de navaja a un señor de avanzada edad. El relato de los hcchos que me hicieron los delincuentes resultaba esclarecedor: Esgrimieron sus navajas frente al anciano pero él, lejos de entregarles el dinero, esgrimió a su vez contra ellos un baston con contera metálica bastante aguzada mientras, con la mano libre, les hacía a los atracadores el típico gesto de “acercaos si tenéis huevos”. Uno de los atracadores, cuando quedamos a solas me dijo: “Cuando lo vimos aculao en la pared, con el bastón en la mano y haciendo gestos de que nos acercáramos, ¿querrá usted creer señor abogao que el puto viejo nos acojonó?”

Justicia, evolución y teoría de juegos. (I) | El blog de José Muelas

Justicia, evolución y teoría de juegos; El dilema del prisionero (I) | El blog de José Muelas. Seguir leyendo “Justicia, evolución y teoría de juegos. (I) | El blog de José Muelas”

¿Los pobres son honestos y los ricos son tramposos?

Richard Dawkins en su libro “El Gen Egoista“, (Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1993) plantea a menudo interesantes juegos destinados a explicar cómo el altruismo puede emerger en ambientes absolutamente ajenos al mismo, cuestión esta de la que nos hemos ocupado en otros post de éste blog. Entre estos juegos me resulta particularmente sugerente el que se contiene en la página 210 y siguientes de la edición reseñada y que, por no contar yo lo que él cuenta mejor, dice así: Seguir leyendo “¿Los pobres son honestos y los ricos son tramposos?”

Juegos de microbios.

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Los comportamientos altruistas han sido una de las cuestiones más intrigantes para los estudiosos de la teoría de la evolución; explicar cómo en un entorno egoísta podían resultar exitosos los comportamientos altruistas, no deja de resultar paradójico.

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ha publicado recientemente los resultados de un estudio llevado a cabo por un grupo de científicos con levaduras, aprovechando que en estas, a diferencia de los humanos, al ser unicelulares, su “comportamiento” no está determinado por un sistema nervioso  o un código cultural o racional de conducta:  La conducta de las levaduras es meramente genética.

Estos científicos desarrollaron un experimento que empleaba a las ya citadas levaduras y el metabolismo de la sacarosa, o azúcar común. Seguir leyendo “Juegos de microbios.”

El origen de la Justicia, evolución y teoría de juegos (IV): Los chimpancés y el juego del ultimátum

       Ya he manifestado en otros post sobre éste mismo tema que considero que el origen de la justicia hay que buscarlo más bien en la evolución y en la teoría de juegos que en otras instancias. Recientemente, leyendo uno de mis weblogs favoritos “La lógica del titiritero“, he encontrado un artículo relacionado con un estudio efectuado con chimpacés a los que se planteó el juego que, en teoría de juegos es llamado el juego del ultimátum. Seguir leyendo “El origen de la Justicia, evolución y teoría de juegos (IV): Los chimpancés y el juego del ultimátum”