El sexo de dios

El sexo de dios

Cuenta el Génesis que Yahweh nos creó del barro y nos hizo a su imagen y semejanza. Sí, eso dice, y no me discutan diciendo que Yahweh creó a Eva de una costilla de Adán, porque entonces me obligarán a explicarles que el Génesis contiene dos relatos distintos de la creación y sí, en uno de ellos, habla de Adán y su costilla, pero en el relato fetén, en el pata negra, las cosas son muy distintas y hombre y mujer son creados al mismo tiempo.

«26 Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.
27 Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió. »

(Génesis capítulo 1, versículos 26-27).

Por qué hay dos versiones distintas de la creación ya se lo contaré otro día, hoy me interesa centrarme en lo de «…a su imagen, a imagen de Dios los crió…».

Siempre he tenido la sensación de que esta frase debe leerse o entenderse al revés y que quienes han creado a los dioses a su imagen y semejanza han sido siempre los hombres y las mujeres y, si no me creen, sigan leyendo un ratito.

Está perfectamente documentado —y creo que se lo he contado alguna vez— que los primeros dioses, de forma general al menos de Mesopotamía al Mediterráneo, eran siempre mujeres.

Las excavaciones realizadas en Catal Huyuk revelan la omnipresencia de la diosa y uno, en su ignorancia, juzga normal tal creencia: si todos, hombres y animales, nacemos de una hembra ¿quién daría a luz el universo si no un principio femenino?.

En los primeros estadios de la civilización sumeria la jefa del panteón era la despendolada y verderona Innana, contrarrestada por la malaje de su hermana Ereshkigal.

Y sin embargo, con el avance de los milenios, las diosas mujeres creadoras y generativas fueron dejando paso a dioses guerreros y meteorológicos, bastante más útiles para pedirles lluvia o conquistar nuevas tierras para sembrar.

Sin embargo esa tendencia parece encontrar una deslumbrante excepción en la civilización minóica, una civilización admirable por muchas razones y esta es una.

En las obras de arte minóicas es muy fácil distinguir a los hombres de las mujeres porque a ellos se les pinta de color bronceado, cual si fueran indígenas amazónicos, mientras que ellas son pintadas de un blanco refulgente y es por eso que podemos observar en su arte una situación llamativamente igualitaria hombre-mujer.

En la foto de este post pueden observar como hombres y mujeres participan por igual en la taurocatapsia y, si un zagal anda dando volteretas por encima del morrillo del toro, una zagala aparenta agarrarlo de un pitón, pisando unos terrenos sensiblemente más peligrosos que los aires del zagal.

Esta situación igualitaria se confirma en cuanto sabemos de ellos y ellas, las mujeres minóicas lideraban el culto y su dios era una diosa, justo en un momento en el que el Mediterráneo oriental ya se había llenado de dioses.

¿Y por qué en Creta floreció esta maravillosa civilización aparentemente igualitaria, aparentemente pacífica (sus pinturas no reflejan jamás escenas de guerra, soldados o armas) y que sin embargo dominó el oriente del Mediterráneo bastantes siglos?

Y ahora que me doy cuenta se me ha ido el santo a Minos y he descarrilado y olvidado el objeto principal de este post que era el de hablarles de la «imagen y semejanza».

Bueno, quizá mañana, o quizá cualquier otro día. O quizá nunca. ¿Quién sabe?

El pirulí de La Habana

Esta mañana, cosa de poca importancia, me he acercado hasta mi centro de salud, sito en el cerro del Molinete, calle del Maestro Francés.

Las consultas iban retrasadas razón por la que allí formábamos parroquia en la sala de espera tres abuelas de la antigüedad grecolatina, un matrimonio en edad de criar, dos señoras algo más que maduras y un servidor de ustedes.

La tranquilidad era conventual y el silencio reinaba en la sala cuando —sombrerito tirolés de jipi-japa, camisa color hueso con los haldares fuera, pantalón azul clarito de verano, esparteñas con lona azul menos clarita y bastón más de adorno que de uso, ha aparecido en la sala un sedicente viejo de noventa años.

El viejo, animado de una hiperactividad impropia de su nada aparente edad, ha demostrado inmediatamente que venía dispuesto a pegar la hebra con quien primero le hiciese, o incluso no le hiciese, caso.

—Va esto retrasado ¿eh?

(Silencio)

—Yo es que vengo poco por aquí… igual esto es normal ¿no?

(Más silencio. El viejo, visto que no encontraba víctima ha optado por silbar muy desafinadamente una cancioncilla —Ramona— mientras discurría la estrategia a seguir. Finalmente, el viejo, ha optado por lo que, en Cartagena, se denomina técnicamente como «coger un tole-tole»)

—Hay que ver que a todos nos gusta lo mismo… y no sólo a los hombres, también a todos los animales… a tos nos gusta lo mismo…

(Silencio)

—Dos maldiciones echó dios na más al hombre. Dos na más… ¿saben ustedes cuales son?

(Más silencio. Al personal no sólo no le importaba lo más mínimo qué dos maldiciones eran estas sino que tenía la profunda convicción de que el viejo las iba a revelar a no tardar mucho).

—No lo saben ¿eh? Yo se las diré. La primera maldición fue pal hombre y esta fue que tendría que perseguir a la mujer. Y la segunda… ¿saben cual fue la segunda?

(Veinte siglos de lidiar con botarates advirtieron a las abuelas grecolatinas de que se encontraban ante un acabado ejemplo de majadero, el marido en edad de criar se revolvió molesto en su silla, su mujer —sin duda precoupada por algo— parecía no oírle, las mujeres algo más que maduras ensayaron un gesto de fastidio. Yo me debatía entre la posibilidad de reconvenir al viejo o dedicarme a observarle y a anotar sus acciones cual si de un experimento antropológico se tratase; finalmente opté por la segunda opción).

—La segunda maldición fue para la mujer, sí, para la mujer ¿y saben cuál fue esta maldición? ¿eh? ¿lo saben?

(El silencio era espeso, las abuelas grecolatinas estaban tensas como cariátides, el marido en edad de criar apretaba ostensiblemente los dientes, las mujeres algo más que maduras le miraban con asco y yo estaba empezando a divertirme mucho mientras levantaba acta del suceso en mi teléfono móvil)

—Pues la maldición para la mujer fue… fue… que habría de perseguir ¡¡¡El Pirulí de La Habana!!!

(Las abuelas grecolatinas a estas alturas habían concedido al viejo el diploma de tonto cum laude, el marido en edad de criar empezaba a dar inquietantes muestras de no soportar al viejo del sombrerito tirolés de jipi-japa, las mujeres algo más que maduras, de haber llevado un adoquín en el bolso, muy a gusto hubiesen verificado con él la dureza de la mollera del de los haldares fuera).

—¿Y qué es el Pirulí de La Habana? ¿eh? ¿qué es el Pirulí de La Habana?

(Silencio espeso, tragedia inminente, sin duda lo iba a decir)

—Pues el Pirulí de La Habana es… es… que la que no lo prueba hoy ¡se queda con la gana!

(Memez impresionante, tontería de campeonato de liga europea, sandez de museo antropológico nacional… en cuanto el viejo ha acabado de decirla ha caído preso de una risa convulsiva que ha debutado con sonoros «ja, ja, ja», que pronto se han transmutado en más graves «jo, jo, jo» que, a su vez, han evolucionado a unos sospechosos «joi, joi, joi» con hipidos intercalados que, por momentos y ante la falta de aire del viejo, amenazaban con degenerar en disnea.

El respetable observaba al viejo como quien observa a un ornitorrinco con sombrerito tirolés y ha sido en ese momento cuando, desde la puerta entornada de la consulta 23, he oído que alguien gritaba mi nombre. Me he apresurado a introducirme en la consulta y cerrar la puerta tras de mí. Aún así, la risa del nonagenario zascandil se ha seguido escuchando todavía un buen rato.