Café con leche y barroco

Café con leche y barroco

Suelo ilustrar las cosas que escribo con alguna fotografía de lo que estoy comiendo o voy a comerme y es por eso que, muchos amigos que me leen, piensan que escribo de comida, pero no es así. Si escribiese de comida se me habría agotado hace tiempo el combustible literario (vivo solo, tengo poco tiempo para cocinar y mi repertorio es escaso) pero yo, en realidad, lo que sucede es que escribo de otra cosa para la cual la comida sólo me sirve de pretexto; pre-texto en el sentido literal de la palabra, pues la comida no es más que la puerta para escaparme hacia otros territorios.

Daría igual la comida, que la música, que la pintura o que la entomología; en realidad todas las cosas del universo están contenidas en cada una de las cosas que lo componen de forma que, uno, puede mirar lo que tenga más mano y escribir acto seguido, por ejemplo, de los sumerios… Sí, creo que eso me pasa bastante.

Sin embargo esta mañana es distinto; he encontrado la ocasión de quedarme solo un ratito y me he venido, como cualquier turista japonés de medio pelo, a desayunar a la Plaza Mayor y a pagar el impuesto revolucionario turístico que los aborígenes vetones tienen instituído para cuantos extranjeros quieren disfrutar del entorno.

Y merece la pena, a qué negarlo.

Porque esta mañana no necesito de las tostadas el café o el aceite como excusa para sumergirme en mi particular universo cultural; esta mañana el entorno de la Plaza ya te sumerge por sí mismo en una burbuja cultural de la cual, tristemente, habré de salir en unos minutos.

Volveré, claro que sí, probablemente en septiembre.

Un color especial

Un color especial

Que Sevilla tiene un color especial es una afirmación hasta cierto punto errónea pues lo que tiene Sevilla son colores especiales, de hecho tanto el amarillo albero como el rojo, que ejercen de colores decorativos de la ciudad junto con el blanco, están debidamente definidos en Pantone, CMYK, RGB, RAL y cualquier sistema de clasificación de colores que usted elija.

Pero, que Sevilla tenga colores especiales, no empece para que haya una ciudad que sí que tenga UN color especial: Salamanca.

Salamanca es una ciudad dorada gracias a que su casco antiguo, e incluso buena parte del moderno, están construídos con la llamada “Piedra de Villamayor”, un pueblo situado a poco más de cinco kilómetros de Salamanca. Con ella está construida la Universidad, las catedrales (vieja y nueva), la Plaza Mayor y la práctica totalidad de los edificios que están en el casco antiguo de forma que, cuando amanece o atardece (esa hora que los fotógrafos llaman la”hora dorada”), Salamanca luce radiante con su color especial.

Me hubiese gustado cruzar el puente romano e irme más allá del Tormes para tomar la clásica fotografía de Salamanca al atardecer, pero no viajo solo y no podré darme ese gusto, al menos por estaa vez.

No pasa nada, desde dentro la ciudad sigue siendo maravillosa.

Piratas y corsarios

Hay que reconocer que han tenido éxito. En muy pocos años nos han hecho creer que, ciertamente, todos somos piratas. Todos, de una forma u otra, hemos copiado o bajado de la red alguna canción, película o programa de ordenador vulnerando las leyes de propiedad intelectual. A esa actividad la industria la ha denominado “piratería” y llama “piratas” a quienes la llevan a cabo. La palabra “pirata”, peyorativa y relativa a personas que comenten actos delictivos, ha calado tan hondo en la sociedad que, a día de hoy, todos nos sentimos un poco piratas y todos tenemos un par de pecados que ocultar celosamente. Esta facilidad con que la industria ha criminalizado a la práctica totalidad de la población es algo que me repugna profundamente.

Conviene, por eso, que recordemos que el mundo de la piratería es más complejo de lo que nos quieren hacer creer y que en el mar de internet navegan, además de los piratas, bucaneros, filibusteros y, sobre todo, corsarios. Seguir leyendo “Piratas y corsarios”