El poder de las redes distribuidas

El poder de las redes distribuidas

Algunos intelectuales han señalado que el éxito de las democracias frente a los totalitarismos en el siglo XX se debió, principalmente, a la mayor capacidad de procesamiento de las democracias. Aunque se pueden formular reparos a tal afirmación, la misma tiene la virtud de poner el foco sobre un aspecto en el que pocas veces se repara: la naturaleza computacional de las sociedades. Antes de dejar de leer déjenme que les ponga un ejemplo.

Tradicionalmente las sociedades se han articulado como una red radial en cuyo centro se encontraba la unidad central de procesamiento: el Rey, el Caudillo, el Jefe, el Dictador, el Presidente…

Así quiere la ley que se organicen nuestras asociaciones y así se organizan instituciones y corporaciones. Tal forma de organizarse es, en la mayoría e los casos, un grave error, pues la capacidad de proceso de cada una de esas comunidades se ve limitada por la capacidad de proceso de su único líder. Líderes absolutos como reyes, dictadores y tiranos, hacen recaer sobre sí la mayor parte de las capacidades decisorias de las comunidades que gobiernan y, por esto, el desempeño de dichas comunidades suele ser pobre. La “inteligencia” del grupo se ve limitada por la inteligencia y capacidad del líder absoluto para procesar datos y alcanzar soluciones. El desempeño de sistemas políticos totalitarios como el nazismo, el fascismo o el comunismo estalinista resultó ser, al fin y a la postre, bastante más pobre que el de las democracias occidentales, donde un poder más distribuído les otorgaba una mayor capacidad de procesamiento.

Las democracias occidentales, no obstante, no estaban tan lejos, en cuanto a capacidad de proceso, de los sistemas totalitarios, porque, en realidad, la democracia en occidente era más una forma de gobierno que una forma de cooperación. Permítanme ponerles otro ejemplo.

El Consejo General de la Abogacía Española elige a su presidenta democráticamente mediante el voto de los 83 decanos de España, a su vez democráticamente elegidos. Inmediatamente después la presidenta, libérrimamente, nombra hasta 9 vicepresidentes que presiden comisiones en las que la presidenta establece subcomisiones en las que nombra, también libérrimamente, a sus presidentes. Y nombra adjuntos a la presidencia, y propone patronos de fundaciones… En fin, que, cuando vuelven a celebrarse elecciones, hay una red clientelar tan firmemente establecida que cualquier renovación también está programada.

Pues bien, la presidencia, así de democráticamente elegida, no tiene mayor capacidad de proceso que la de su presidenta, lo que quiere decir que las capacidades de 140.000 letrados y letradas, iguales a ella en conocimientos y capacidades, son sistemáticamente desaprovechados. La ineficiencia está servida.

Es por eso por lo que más arriba escribí que la democracia, en occidente, era más una forma de gobierno que una forma de cooperación, porque la participación en la toma de decisiones apenas si se circunscribía a la elección del líder. Es verdad que la economía de mercado ampliaba el círculo de agentes decisores a poderes económicos o de comunicación, pero la realidad es que el círculo seguía siendo verdaderamente reducido y nunca se extendió más allá de una exigua —y a menudo odiosa— oligarquía; no obstante, esa pequeña diferencia, fue suficiente según todos los indicios para inclinar la balanza a favor de las democracias occidentales. En unos casos por la fuerza de las armas, frente a fascismos y nazismo, y en otros por la pura fuerza de los hechos: caída del telón de acero.

Las democracias occidentales han triunfado, a veces agónicamente, frente a los totalitarismos pero no han sido capaces de triunfar frente a sí mismas y, a punto de iniciarse la tercera década del siglo XXI, siguen usando de conatos y trampantojos democráticos como una forma de legitimación del poder y siguen considerando la democracia como una forma de gobierno y no de cooperación; una creencia que es, además, compartida acríticamente por la mayor parte de los ciudadanos.

Las asociaciones, por designio legal, han de ser constituidas siguiendo ese patrón de red centralizada, jerárquica, y siguen perpetuando ineficiencias que las redes descentralizadas o distribuidas que nacieron con internet cada vez ponen más de manifiesto. El trabajo del poder es, en estas primeras décadas del siglo XXI, balcanizar la red para mantener su poder (véanse los ejemplos de Rusia y China), sembrar de fake-news las redes para torpedear la capacidad de proceso de las sociedades y, en general, abrir sus horizontes a nuevos modelos de guerra jamás antes imaginados.

De esas estrategias de guerra hablaremos otro día, ahora lo que quiero transmitirles es que la sociedad está en trance de abandonar el esquema de red jerarquizada que arrastramos desde el nacimiento de los primeros imperios mesopotámicos para sustituirlo por un esquema de red distribuida o descentralizada que nos convierta a todos en ciudadanos y ciudadanas verdaderamente iguales y que saque el máximo provecho de las capacidades de cooperación de los seres humanos.

No se trata de anarquía, como sin duda querrán hacerle creer quienes se aprovechan del actual status quo, se trata de un orden distinto, tan reglado como el anterior, pero más respetuoso con la esencial dignidad humana y, sobre todo, mucho más eficaz que este sistema que arrastramos ya casi 10.000 años.

No se hagan ilusiones, no será fácil, hay demasiada gente y demasiado poderosa tratando de impedirlo.