Enemigos buenos

Ocurrió el 20 de diciembre de 1943. El superbombardero B-17 «flying fortress» de la fuerza aérea de los Estados Unidos, que pilotaba el teniente Charles (Charlie) Brown, había resultado gravemente dañado por la aviación de caza alemana tras dejar caer su mortal carga de bombas sobre la ciudad de Bremen, y, mientras trataba penosamente de volver a casa, fue interceptado por el caza BF-109 de la Luftwaffe (fuerza aérea alemana) pilotado por el «Oberleutnant» Franz Stigler.

El teniente Charlie Brown, un granjero de Virginia reconvertido en piloto por necesidades de la guerra, se encontró a su cola con un veterano piloto curtido en casi todos los frentes de la guerra, del Canal de la Mancha al norte de África. Stigler contaba con 27 derribos en su haber y derribar este indefenso bombardero B-17 le habría supuesto la obtención de la Cruz de Caballero.

No ocurrió lo esperado, para Stigler disparar contra un blanco indefenso era algo sólo comparable al asesinato, de forma que se aproximó hasta la cabina del bombardero e hizo gestos a Charles (Charlie) Brown de que abandonasen el avión en paracaídas antes de derribarlo. Brown no entendió los gestos y continuó con su penosa marcha hacia la seguridad de Inglaterra. Stigler volvió a hacerle gestos para que aterrizasen o saltasen pero Brown siguió sin entender —o sin querer entender— los gestos de Stigler.

Viendo que Brown no iba a variar su rumbo y sabiendo que el dañado B-17 norteamericano se dirigía a una zona donde la artillería antiaérea alemana (Flak) lo derribaría inevitablemente, Stigler tomó la decisión más extraña que pueda imaginarse: colocó su caza BF-109 al lado del dañado B-17 de Brown, de forma que la artillería antiaérea, al ver un caza alemán, no disparase al bombardero.

Stigler, tras servir de escudo al B-17, dio media vuelta y volvió a su base, dejando a Brown continuar su vuelo hacia la salvación.

Cuando Brown aterrizo y contó lo ocurrido a sus mandos estos le prohibieron difundir la historia: en aquella guerra a muerte no podían existir alemanes buenos.

Brown no olvidó y al acabar la guerra buscó a aquel piloto de caza. No fue sino hasta 1990 en que, tras conocer su búsqueda, Franz Stigler, entonces residente en Canadá, le remitió una carta volviendo a reencontrarse ambos ese mismo año.

Allí nació una fuerte amistad que les acompañó hasta la muerte de ambos en 2008.

En estos días en que veo a gente separada por una o dos ideas simples me acuerdo de Charles «Charlie» Brown y de Franz Stigler y siento que hay demasiados jerifaltes empeñados en que no haya buenas personas entre quienes no piensan como ellos: necesitan enemigos.

Ubi periculum

Visto cómo van las cosas con la investidura de un nuevo presidente y en previsión de que la situación se eternice, he acudido en busca de consejo al acervo del derecho canónico, pues la iglesia romana lleva eligiendo papa un par de milenios y he pensado que algo deben entender de estas cosas. Rápidamente he dado con la constitución “Ubi periculum” que yo creo que sienta como anillo al dedo a la situación presente.

Para el caso de que el cónclave se prolongase mucho por falta de acuerdo (como pasó en el de 1268–71) la santa iglesia de Roma adoptó estas, sin duda, sabias previsiones:

Los electores serán apartados de la totalidad del mundo; su alimentación se llevará a cabo a través de una pequeña abertura por donde se les dará la comida, y ésta se racionará el tercer día (con una sola comida) y al octavo día con sólo pan y agua mezclada con un poco de vino (yo les quitaría el vino). Los cardenales tampoco recibirían de la Cámara Apostólica todos los pagos que conllevara su cargo hasta que el cónclave se diera por terminado (este punto me parece muy sabio).

Creo yo que con esto salíamos del problema en tres días.

Enfermos y cansados

Hoy, mientras escuchaba al presidente en funciones dirigirse a la Cámara durante la sesión de investidura, no he podido evitar pensar en una mujer: Fannie Lou Hammer. Les cuento.

Hace ahora 52 años (22 de agosto de 1964) Fannie Lou Hammer, una mujer negra, enferma y cansada de estar enferma y cansada según sus propias palabras, aprovechó la oportunidad que le brindaba la Convención Nacional del Partido Demócrata que se celebraba en Atlantic City para dirigirse a los allí congregados. Su discurso, televisado a la nación, cambió de forma inesperada y para siempre el curso de la historia de la minoría negra en los Estados Unidos.

Fannie se dirigió a los delegados allí reunidos y les habló de la violencia que se ejercía sobre los afroamericanos en Mississippi para impedirles ejercer su derecho al voto. Fannie les habló de cómo ella misma, en 1962, hubo de superar toda una maraña de problemas y obstáculos para poder registrarse como votante en la Corte de Indianola (Mississippi). Fannie les contó cómo, al volver a su plantación, su jefe le dio dos opciones: o se daba de baja en la lista de votantes o tendría que abandonar la plantación y les habló también de cómo ella tuvo que elegir y eligió. Y, así, les contó, en fin, cómo hubo de abandonar la plantación y su trabajo por no renunciar a ejercer su derecho al voto.

Fannie habló también a los congregados de cómo los hombres y mujeres negras era sometidos diariamente a actos de violencia si persistían en su deseo de votar, y les habló de vejaciones, y de disparos e incendios…

Fannie, en el momento quizá más emotivo de su alocución, preguntó si esta América de la que ella les hablaba era esa patria de los hombres libres, ese hogar de los valientes, en el que sus oyentes creían.

En Washington, mientras tanto, el presidente Lyndon B. Johnson, consciente de la inmensa fuerza que tenía el discurso de Fannie, trató de evitar que las cadenas de TV siguieran retransmitiéndolo y para ello convocó a toda prisa una improvisada rueda de prensa, pero fue en vano. Muchas cadenas de TV emitieron íntegramente y en diferido el discurso de Fannie en horario de máxima audiencia y lo que pasó después es ya historia. La mujer que estaba enferma y cansada de estar enferma y cansada, sólo con la fuerza de su discurso, había cambiado la conciencia de muchos norteamericanos y probablemente la historia de la democracia en su país.

Hoy, sin embargo, he visto cómo un hombre que tenía la oportunidad de dirigirse no sólo a los representantes de la nación sino a la nación en su conjunto, despachaba el trámite con la misma pasión con que un registrador de la propiedad escribe una nota marginal en la hoja de un registro. Y he pensado en Fannie y en como ella no habría dejado pasar una oportunidad como esa para hablar de las cosas en las que creía, para tratar de cambiar conciencias, para señalar el camino. Y he pensado en cuántos votantes con muchas cosas que decir han sentado en esa cámara a personas que, llegado el momento, acaban no diciendo nada, ni sintiendo nada, ni, aparentemente, creyendo en nada; o, al menos, creyendo de forma tan tibia que pareciera que la posibilidad de dirigirse a la nación fuese poco más que un trámite burocrático para ellos.

Hemos hecho de la democracia un rito obsceno, da la sensación de que quienes nos gobiernan no creen en la fuerza de la democracia, da la sensación de que hay en ellos antes un sucedáneo de políticos que autenticidad.

Por eso me acordé de Fannie, porque prefiero la pasión y la verdad de una mujer enferma y cansada de estar enferma y cansada al cansino y enfermo discurrir de nuestras instituciones.