Mandarache

Mandarache

Cuando llevaron a Cervantes a Italia el hombre quedó admirado de las cosas que allí vio, tanto que sus obras de esa época se convirtieron en una especie de guía turística de aquella península. Así, en «El licenciado Vidriera», nos cuenta:

«Llegaron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova; y, desembarcándose en su recogido mandrache, después de haber visitado una iglesia, dio el capitán con todas sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas con el presente gaudeamus.»

Siempre me ha llamado la atención la referencia del autor de El Quijote al «Mandrache» genovés, sobre todo porque en mi ciudad hay otro Mandrache, si bien, algo más largo de nombre y con rango —un tanto pretencioso— de mar: el «Mar de Mandarache».

Hoy, mientras paseaba junto a María del Mar por los fondeaderos que rodean nuestro «Mar de Mandarache» he pensado que en la vida de Don Miguel los «mandaraches» fueron importantes, no sólo por el que visitó en Génova sino porque, una vez liberado de su esclavitud en Argel, acabó fondeando en otro Mandarache, el de Cartagena y, tanto debió gustarle, que escribió aquellos famosos versos del «Viaje al Parnaso» dedicados a nuestro puerto que, no por conocidos, me resisto a transcribir aquí. Dejemos otra vez la pluma a Don Miguel:

«Con esto, poco a poco, llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto
y a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.»

Cartagena y Spinoza

Cartagena y Spinoza

Fue el filósofo holandés de origen sefardí hispano-portugués Baruch Spinoza quien afirmó que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». Esta idea viene a decir que cada realidad, desde un grano de arena o un planeta —en incluso las ciudades— tienen dentro de sí cierto ímpetu, cierto dinamismo que les lleva a existir y a perseverar en ese estado.

Sólo desde un punto de vista «Spinoziano» puede entenderse que una población como La Unión, con escasos veinte mil habitantes, sea todos los años noticia cultural en los telediarios nacionales gracias a su Festival Internacional del Cante de Las Minas. La Unión, perseverando en su esencia, en lo que saben hacer y en lo que les es propio, consigue año a año una visibilidad cultural que Murcia, con sus cuatrocientos mil habitantes no logra. Es algo admirable esto.

Murcia o Cartagena tienen la costumbre de no seguir la máxima de Spinoza de perseverar en sus esencias y por eso Murcia ha destruido lamentablemete su huerta —que era una maravilla del mundo y probablemente un patrimonio de la humanidad avant la lettre— y Cartagena deja languidecer su patrimonio histórico en favor de acciones culturales y ciudadanas de corte foráneo.

Miren, ciudadanos de Murcia y Cartagena, por más que nos empeñemos en invertir millones en palacios de congresos, auditorios o estadios, nunca sobresaldremos por eso, siempre habrá en el mundo al menos unas cuantas decenas de construcciones similares y seguramente mucho mejores. Lo que no hay en ningún lugar del Mediterráneo, por ejemplo, es una plaza de toros construida sobre un anfiteatro romano en una ciudad donde se dieron juegos de gladiadores (munera gladiatoria) antes que en ninguna otra ciudad de Hispania, la Galia o Britania. Y, si hay en el mundo lugares con edificios parecidos, son pocos y nuestras ventajas competitivas son grandes.

El Puerto de Cartagena ha decidido invertir para modificar por enésima vez el frente marítimo de la ciudad. No puedo negar que el Puerto de Cartagena es la primera empresa de la región, que tienen dinero y que, como el dinero es suyo, se lo pueden gastar como quieran; sin embargo mucho me temo que volver a modificar el frente marítimo de la ciudad es mucho más que innecesario en estos tiempos y creo que hasta perjudicial.

El Teatro Romano de Cartagena es hoy por hoy el primer museo de la región por número de visitas y ha devuelto a esta ciudad —y no hablo sólo en términos económicos— el ciento por uno de lo invertido en su recuperación. Con esa iniciativa los cartageneros perseveramos en nuestra esencia y la ciudad nos lo premió, creo que el ejemplo debiera servirnos para recuperar el degradadísimo anfiteatro y dedicar a él un dinero que veríamos centuplicado en retornos.

Hay muy pocas ciudades en España que conserven un recinto abaluartado de tanta extensión como el de Cartagena, hay pocas ciudades donde la poliorcética clásica, medieval y moderna puedan estudiarse con ejemplos tan vívidos y reales como Cartagena, hay, en fin, una esencia en esta ciudad a la que, en la mayoría de los casos, no se presta la más mínima atención cuando no simplemente se la asesina (¡Ay de la Muralla del Mar y su criminal coronadura moderna!).

Creo que los habitantes de esta región debieran, en algún momento, reexaminarse y sentirse para, como dijo Spinoza, perseverar en su esencia. A mí la esencia de mi ciudad me motiva como pocas cosas en el mundo, desgraciadamente veo cómo se la maltrata por quienes más obligados estarían a cuidarla.

Hoy he leído un corto de mi amigo Miguel Pouget en Facebook y ha hecho que me acuerde no solo de Spinoza, sino de los ancestros más frescos de quienes nos gobiernan o nos han gobernado olvidando sus preceptos.