¿Son de verdad secretas las comunicaciones de los letrados con sus clientes?

Si te dedicas al ejercicio de la abogacía necesitas saber esto: si no usas las aplicaciones adecuadas para comunicar con tus clientes es posible que estés ayudando a condenarles.

Permítanme que les ponga un par de ejemplos de ayer mismo.

Ayer, en una operación a escala mundial, más de 800 personas fueron detenidas, más de 30 toneladas de droga fueron aprehendidas y más de 48 millones dólares incautados en forma de divisas y criptodivisas. ¿Cómo fue posible esto? Muy fácil, interviniendo las comunicaciones.

Todos los detenidos usaban un sistema supuestamente ultraseguro de comunicaciones (Anom) sin saber que, desde 2019, ese sistema estaba en manos del FBI. Una operación policial canadiense un año antes había permitido la detención de responsables de la red que, a cambio de una sustancial rebaja en sus condenas, habían facilitado al FBI una puerta trasera para intervenir las comunicaciones de los ahora detenidos.

Por supuesto que no tengo ninguna simpatía por estos delincuentes y que la cárcel me parece el mejor lugar para ellos pero, dicho eso, debo decir también que no me tranquiliza en absoluto que las comunicaciones entre un abogado y su cliente puedan ser espiadas.

Si usted ha ejercido esta profesión sabrá que muchos atestados comienzan con frases del tipo «Por confidencias recibidas se supo que…»

¿Confidencias? ¿Como estas de Anom y el FBI? ¿Como las de Echelon o como las de Prism?

Para los abogados comunicar con seguridad con su cliente en España es verdaderamente complicado y hacerlo en un entorno en el que uno pueda tener la seguridad de no ser escuchado casi imposible. Incluso las comunicaciones en prisión se hacen a través de un sistema de monitorización y grabación (Marathon y Marathon Evolution) que permite escuchar las conversaciones sin que se haya ofrecido, hasta ahora, garantía alguna de que tal sistema no puede ser utilizado incorrectamente.

Si su cliente va a transmitirle un dato delicado mejor que no lo haga en un locutorio de la prisión.

Pero es que, si su cliente va a transmitirle un dato delicado, es mejor también que no lo haga por teléfono, ni por el email que le facilita el Consejo General de la Abogacía (el gasto más caro e inútil que  pudo realizar la actual presidenta), ni siquiera por aplicaciones de mensajería al uso.

Si usted comunica con su cliente y este le facilita datos comprometedores sepa que, si el caso es de la suficiente entidad, con toda seguridad puede estar siendo espiado.

Sí, ya sé, usted me dirá que esa escucha no será prueba válida en juicio y yo le responderé ¿qué mas da? Si su cliente le informa de que una prueba comprometedora está enterrada a cinco pasos de la higuera de su finca, no dude usted que «por confidencias recibidas», la policía la encontrará. La policía, casi siempre, más que pruebas necesita información y esa información se la estará proporcionando usted mismo.

Piense en Puigdemont, ¿cree usted que Gonzalo Boyé, abogado de Puigdemont, le manda los correos a su cliente a través del correo que nos vende el Consejo General de la Abogacía?

Déjeme que le.ponga otro ejemplo. Ayer también, el FBI anunció que había recuperado más de 60 bitcoins de los que fueron extorsionados a una empresa de transporte de petróleo mediante un ataque ransomware. ¿Cómo pudo el FBI recuperar unas criptomonedas sin disponer de sus contraseñas? Al parecer no a través de ningún proceso mágico sino por el más simple y pedestre procedimiento de infiltrarse y apretar las clavijas a la casa de custodia en que, ingenuamente, los delincuentes habían colocado sus bitcoins.

A los delincuentes capturados en el caso de Anom y a estos delincuentes de chantaje y ransomware les pillaron por lo mismo, por un problema que en informática se llama “Man in the middle” (“el hombre que está en medio”). Y si las cosas son como te cuento —que lo son— puedes estar seguro de que, si no comunicas con tu cliente de forma segura, es mucho más que posible que seas tú mismo el que esté facilitando las pruebas para condenarle porque, a día de hoy, el secreto profesional solo lo garantizan las leyes pero no lo asegura la tecnología. Al derecho al secreto profesional le pasa como al derecho a la vivienda, que es bonito proclamarlo en las leyes, pero de ahí no pasa la cosa.

Cuando pienso en todo esto siento que la primera obligación de un profesional de la abogacía es garantizar a su cliente que sus comunicaciones serán seguras hasta los límites de lo razonablemete posible. La tecnología de que disponen en este momento los estados es virtualmente incontrolable por los jueces y la ley no es una defensa eficaz contra ella, de forma que la única forma de defender tu derecho y el de tu cliente al secreto en vuestras comunicaciones está, en gran medida, en las herramientas y aplicaciones que uses para ello.

Otro día te contaré que soluciones usan algunos abogados que deben ser especialmente cuidadosos en este aspecto e incluso algunas de las que uso yo (aunque obviamente yo no soy ejemplo de nada).

Pero, por hoy, vamos a dejarlo aquí. En otro post seguiremos con este asunto.

¿Puedo hablar con seguridad con mi cliente preso?

Hoy se ha publicado la noticia de que se ha impedido a la mujer de Bárcenas comunicar en prisión con su marido llevando lápiz y papel. La noticia, llamativa, sólo parece tener una explicación racional posible: Impedir que la mujer pueda tomar anotaciones o dirigirse a su marido de forma escrita usando el papel a modo de pizarra.

¿Y por qué habría de dirigirse la esposa de Bárcenas a su marido de forma tan singular? se preguntarán ustedes; bueno, si quieren que les cuente una posible explicación permítanme que me remonte unos diecisiete meses atrás, cuando Baltasar Garzón fue condenado por interceptar de forma ilegal las comunicaciones entre los abogados y su cliente. Fue con motivo de dicha sentencia que conocí los sistemas de grabación que se usan en las prisiones españolas llamados Marathon y Marathon Evolution. La forma en que funcionan dichos sistemas de grabación es totalmente opaca para mí y presumo que en idéntica situación se encuentran la práctica totalidad de los abogados de España. He tratado de obtener información sobre sus características técnicas pero, a fecha de hoy, no he logrado informarme sobre aspectos de dicho sistema de grabación que podrían resultar extremadamente preocupantes por lo que, si me lo permiten, les contaré algunas experiencias personales.

Como imaginarán, tras más de 25 años de ejercicio profesional, conozco a muchos miembros de la Policía y de la Guardia Civil; no es infrecuente que coincidamos en conversaciones informales y no es tampoco infrecuente que en dichas conversaciones tratemos temas como este que ahora me ocupa. Recuerdo que, hace ya años, pregunté a un miembro de estos cuerpos si ellos podían enterarse de las conversaciones que manteníamos abogados y clientes en los locutorios de las prisiones a lo que, con toda naturalidad, me respondió “si queremos sí”.

Su respuesta me dejó perplejo y no supe si atribuirla a una afectada pose de suficiencia de mi interlocutor o si, por el contrario, esta afirmación respondía a la verdad de los hechos.

Verán, no soy un ingenuo, sé que la policía trata de obtener información por todos los medios posibles (algún día les hablaré de las manifestaciones “espontáneas” de los detenidos) pero se me antojaba entonces que la intervención de las comunicaciones abogado-cliente en un locutorio era algo que pertenecía a uno de los más sagrados ámbitos del derecho de defensa. De todas formas decidí andar ojo avizor y observar con cuidado a mi alrededor cuando fuese a comunicar a prisión con alguno de mis defendidos. Tras conocer el contenido de la sentencia de Garzón mi curiosidad se renovó.

Poco después de conocer esta sentencia fui a comunicar con un cliente a la prisión de Sangonera, una prisión antigua donde, hasta hace pocos años, las comunicaciones abogado-cliente se llevaban a cabo en un locutorio rotulado con la palabra “abogados” y donde el sistema de comunicación consistía poco más que en un agujero practicado en la madera de la repisa que había bajo el cristal blindado con reja que separaba la zona de los abogados de la zona de los internos. Dada la mugre acumulada con los años en el orificio, comunicar con el cliente exigía de una buena capacidad pulmonar y, habida cuenta de los gritos que había que dar para ser oído al otro lado, los secretos, si existían, eran secretos a voces.

Como digo, hace unos años, el locutorio de berrido y orificio fue substituido por ocho o nueve modernos locutorios donde, a efectos de comunicación, del lado del preso hay un teléfono y del lado del letrado una especie de micrófono-altavoz con forma de caja, a través del cual el abogado habla y escucha. Tal sistema, ciertamente, no parece diseñado tanto para facilitar las comunicaciones como para permitir su grabación llegado el caso pero, a la vista del sistema, me surgieron algunas dudas:

Primera. Si existen ocho o nueve locutorios ¿cómo sabe el funcionario cual locutorio usaré y por tanto en cual ha de grabar? Sólo cabían dos posibilidades: O todos los locutorios grababan simultáneamente (lo que sería inaceptable) o el funcionario, tras observar en qué locutorio nos introducíamos, activaba el sistema de grabación correspondiente a ese locutorio.

Segunda. Si necesariamente debe haber un funcionario vigilando y activando el sistema de grabación del locutorio correspondiente ¿puede ese funcionario oír (aunque no grabe) mis conversaciones? La cuestión es de la máxima importancia pues, muy a menudo, la policía no necesita la prueba de la grabación sino solo la información contenida en ella, de forma que un funcionario cooperador puede informarles de cuanto necesiten.

Mis reflexiones y observaciones me condujeron a una realidad mucho más chusca. Observé que, en esa prisión de Sangonera, los altavoces del lado de los abogados, al encenderse las luces de los locutorios, comenzaban a emitir un apenas perceptible zumbido. Tras acercar la oreja pude comprobar que, de forma débil, se escuchaba un programa de radio en el altavoz. Fui cambiando de locutorio y comprobé que ese mismo programa se escuchaba en los demás. Si tal prodigio se debía a un fenómeno electromagnético o a que al funcionario le gustaba oír la radio lo desconozco. Sólo sé que el pasante que me acompañaba pasó un rato entretenidísimo. Debo decir que, en las muchas veces que he acudido después a esa prisión, nunca he vuelto a observar el fenómeno lo que indica que, o bien ha cambiado el campo magnético terrestre o bien el funcionario ha perdido su afición por los programas radiofónicos.

En todo caso mis temores siguen intactos: No conozco (ni conozco quien conozca) los detalles técnicos del sistema Marathon de grabación, desconozco si el sistema puede grabar sin posibilidad de que el funcionario escuche o si, por el contrario, el sistema permite al funcionario escuchar sin que el programa grabe. Lo que sí sé es que un funcionario vigila el locutorio donde converso con mi cliente y que dispone de un sistema que le permite grabar mis conversaciones con él.

Y sé que una vez, un policía al que pregunté si podrían enterarse de mis conversaciones con un cliente preso, me respondió: “Si queremos, sí”.

Vale.

PD. Si alguien conoce los detalles técnicos del funcionamiento de este sistema le agradeceré que me lo revele; si no los conoce nadie tendré que poner en marcha alguna acción legal para conocerlos pues un sistema incontrolado de escuchas ya sabemos exactamente a lo que conduce.

Ahora sí. Vale.

 

 

Prisión provisional y predictibilidad.

Señala Norbert Wiener con acierto (Norbert Wiener, “The human use of human beings”, Da Capo Press, 1954, págs 105 y ss) que la ley enfrenta dos tipos de cuestiones distintas: La primera, de orden interno, es determinar cuales son los valores de justicia que la ley misma pretende encarnar y la segunda, de orden técnico, es encontrar el medio por el cual puedan hacerse efectivos en la realidad esos valores de justicia que la ley pretende encarnar. Dicho de otro modo, un aspecto sería el relativo a cómo se ha de legislar y el otro sería el relativo a cómo se ha de aplicar esa ley.

Cuales sean los valores de justicia que haya de encarnar la ley es cuestión que me interesa poco ahora, pues, como señala el mismo autor, estos valores son y han sido tan variados como variadas han sido las religiones o los sistemas éticos y morales a lo largo del tiempo y de la geografía. Cada tiempo y lugar han tenido uno y, en lo que a mí respecta, veo más vinculados estos principios de justicia a la teoría de juegos y la evolución que a fantasmales instancias sobrenaturales o principios eternos. Seguir leyendo “Prisión provisional y predictibilidad.”